dimanche 23 juillet 2017

El Cultural∕¿Se acabó la belleza?

¿Se acabó la belleza?
Por El Cultural

La belleza es una de las ideas más sugestivas del arte. Ha sido adorada como el más alto valor artístico y denigrada como un delito estético. El deleite que la belleza ansiaba encontrar hasta el siglo XIX se truncó al pasar al XX, con una de las máximas de las vanguardias: ser deliberadamente antiestético.

Duchamp, con su urinario, asestó un golpe mortal al anhelo de belleza que se creía implícito al arte. Desde entonces, su presencia parece haberse ido para no volver, aunque la duda aviva hoy uno de los debates más polémicos del arte: ¿Dónde habita y qué forma tiene? ¿Para qué sirve? ¿Importa en el arte hoy? 

Convocamos a cinco protagonistas de la escena artística para obtener respuestas. Son el prestigioso filósofo y crítico de arte Arthur C. Danto, uno de los que más ha teorizado sobre el tema con el libro El abuso de la belleza (Ed. Paidós), que sigue pensando en su uso; José Lebrero, director del Museo Picasso de Málaga, que nos invita a buscarla en Youtube, aplaudiendo a Lady Gaga; el artista y cineasta Isaac Julien que, mientras ultima su próxima exposición en noviembre en el MoMA, se pregunta si el arte puede llegar a ser “demasiado bello”; la artista Cristina Lucas que reflexiona sobre el canon clásico y cómo subvertirlo, y el ensayista Rafael Argullol, que nos insta, como hizo Olafur Eliasson la semana pasada en El Cultural, a perderle el miedo...

¿Acaso hoy los artistas tienen miedo a la belleza?

Uso y abuso de la belleza
por Arthur C. DANTO

Hay buenas razones para no dar por sentado que el arte actual tiene que contener belleza. La gran revolución pasó hace casi un siglo. Los artistas de vanguardia politizaron de un día para otro el concepto de belleza hacia 1915, más o menos a mitad del camino en el período del readymade de la carrera de Duchamp. Fue un ataque a esa relación interna que siempre ha tenido el arte y la bellezaAbusar de ella, en el sentido de vejarla, ultrajarla, pasó a ser una acción para disociar el arte de una sociedad que los artistas despreciaban. Pienso, sobre todo, en el dadá cuando hablo de esta revuelta moral. Los artistas se negaron a someter su trabajo al gusto de una clase dominante que había llevado a la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial. El sueño de Tristan Tzara, autor del manifiesto dadaísta en 1918, era, de hecho, asesinarla. El dadá fue el paradigma de lo que yo llamo Vanguardia intratable, cuyos productos sólo por error pueden considerarse bellos. Picasso, por ejemplo, con el Guernica, quería la antítesis de una obra bella y se exhibió exhaustivamente para reunir dinero para las causas antifascistas.

A su manera, el Guernica fue pintado en el espíritu que articuló las obras de la Bienal del Whitney de 1993, un momento, los 90, en que se empezó a hablar de cierto retorno de la belleza como el tema clave de la década. Fue prematuro pensar que “la belleza puede volver”. En la Bienal había muy poca, sin duda. Vista hoy en perspectiva, representó el punto álgido de la tempestad política de los 80. Los artistas desafiaban los límites de lo social, el sexo o la raza. Aquellas obras querían cambiar el modo en que pensamos y actuamos frente a las injusticias. Recuerdo a Sue Williams con una instalación sobre la discriminación a las mujeres. Incluía una piscina harto realista de vómitos de plástico, que generaba repugnancia y que expresaba, seguramente, el asco de la artista por los hombres en tanto que opresores sexuales. Hubiera sido un error artístico embellecer contenidos como éste, o los de Andrés Serrano o Cindy Sherman. El objetivo de estos artistas es cambiar la actitud moral de la gente y la belleza se interponía en el camino.

En la filosofía del arte lo sabemos. El discurso de la redención estética nos asegura que, tarde o temprano, todo arte nos parecerá bello, por feo que se muestre al principio. Alguien me dijo que había encontrado belleza en los gusanos que infestaban la cabeza de vaca, cortada y en visible putrefacción, puesta en una vitrina por el artista británico Damien Hirst. No puedo evitar sonreírme al pensar cuál no sería la frustración de Hirst si la opinión de esta persona la compartiera todo el mundo. La repulsión, la abyección, el horror y el asco son hoy categorías estéticas tan válidas como lo sublime en el siglo XVIII. Que no nos cueste reconocer como arte la cabeza de vaca gusanada de Hirst demuestra lo lejos que estamos de la estética dieciochesca y lo rotunda que fue la victoria de la Vanguardia intratable.

Hizo falta aquella energía para abrir una brecha insalvable entre el arte y la belleza, antes impensable, y hoy fundamental para entender el arte contemporáneo. Si antaño era una necesidad, hoy ha desaparecido del discurso artístico. La belleza apenas importa, es tan sólo una opción. Lo que importa en el arte es el significado, y si hay belleza es porque contribuye a éste. La belleza sólo podría volver a ser lo que en arte fue si se produjera una revolución, no sólo en el gusto sino en la vida misma. Una revolución política; cuando las mujeres disfruten de igualdad, cuando las razas vivan en paz, cuando la injusticia haya desaparecido de la faz de la tierra... Pero yo no puedo renunciar a un mundo sin belleza. Sería como imaginar la vida sin bondad.

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Ni Botticelli ni Abramovic, sino Youtube
Por José LEBRERO

Si se acepta que lo feo es la insuficiencia respecto a la belleza, nuestra época artística se caracteriza por dar más relevancia a las manifestaciones de extrema fealdad que a las expresiones de intensa belleza. Vivimos rodeados de cosas, lugares y, lamentablemente, de personajes más bien feos que lo “otro”. Lo saben quienes tienen que pasar una jornada completa deambulando por una feria de arte contemporáneo, y también quienes se ven obligados a tragarse una programación entera de televisión. La cultura ilustrada y la cultura popular, felizmente cruzadas, generan todo tipo de monstruosidades para los consumos más eclécticos. Es el espíritu de los tiempos con sus grandezas (el gran gol que sentencia un campeonato de fútbol) y sus vilezas (el villano precio récord de una subasta que esquilma el patrimonio de un país a favor de un nuevo rico).

Sin embargo, otras categorías, como la de lo grotesco o la de lo patético, parecen más útiles a la hora de definir las características estéticas de no pocas nuevas producciones artísticas relevantes en los museos y las galerías de nuestros días. Hablamos más de experiencias intensas con el arte contemporáneo que de ejercicios de agradable contemplación. Pocas veces tomamos en cuenta el comentario de un “crítico” que ose calificar lo que ha visto mediante el uso de adjetivos sospechosos como bonito o feo: ¿es fea una escultura de Jeff Koons? ¿es bella una video proyección de Santiago Sierra? No importa. Lo que la experiencia de una u otra obra de arte nos produzca emocional o intelectualmente demandará sus correspondientes adjetivos y, muy probablemente, cuando el resultado del encuentro con la obra en cuestión sea de alta intensidad, recurriremos a términos que expresen un bienestar (o una “bella” irritación...). Pero hay normas y, en esto de la escritura sobre el arte, “la belleza” del objeto no parece en boga.

El problema radica en que aquello que se podría identificar como propio o perteneciente al sistema del arte en sentido estricto ha dejado de influir en el gusto. Como grado de valoración de consenso, como referencia de poder que jerarquiza, como instancia hace posible el arbitraje colectivo, como baremo que permite la valoración económica y, finalmente, como referencia que utilizamos para establecer el criterio, el gusto no lo fijan los individuos creadores sino que lo marcan, básicamente, los coleccionistas y las empresas multinacionales. De ser esto cierto se abre una brecha importante entre las representaciones asociadas al poder (véase grandes museos, véase grandes eventos artísticos) y el espacio menor y cada vez menos influyentes en el que los historiadores del arte, los filósofos, los cronistas (como éste que leen) y la mayor parte de los artistas sobreviven gracias a la nostalgia de otros tiempos.

El arte de las vanguardias que cambia la misma idea de arte a principios del siglo XX no se planteaba el problema de la belleza. Esto no quiere decir que los resultados de aquella carrera contra reloj en los senderos de la provocación no hayan acabado por ofrecernos como sociedad representaciones extraordinarias por su grandeza figural. Pero la “hermosa” obligación del compromiso político y la investigación formal de la modernidad no han dejado mucho tiempo para indagar en las antiguas convenciones de belleza. Lo que para muchos en determinado momento puede ser calificado de “bonito”, que no de bello, puede ser insoportable para unos pocos otros.

Empieza Umberto Eco en su Historia de la belleza (2004) recordando que “bello”, como “maravilloso” o “soberbio”, son adjetivos que comúnmente se utilizan para calificar lo que gusta y que frecuentemente se asocia a lo bueno. En el universo consumista, mediático y digitalizado que vivimos, el hermoso coche de carreras futurista sigue siendo “soberbio” pero les recomiendo olvidarse de la “belleza” echando un vistazo “intenso” al último videoclip Applause de Lady Gaga en la todavía barata pantalla-galería de Youtube. Amiga de una ex-radical del arte contemporáneo, Marina Abramovich, confesa admiradora de Picasso, remite ahora a Botticelli: una nueva historia de la belleza (y de la fealdad) en poco más de tres minutos. Frikis no abstenerse. 

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¿¡Demasiado bello!?
Por Isaac JULIEN

Cuando empecé a trabajar en el arte, a hacer imágenes en movimiento en los años 80, mis profesores en la Saint Martins School de Londres eran cineastas estructurales. Su credo era una especie de antiestética muy formal, que apuesta por lo seriado y en la que el componente narrativo es mínimo. Fue la misma que adoptaron los cineastas políticos de la época. El mensaje parecía ser: “Cómo hacer que tus imágenes sean serias, conceptuales y políticas si éstas son bellas”. Siempre he discrepado con esa idea y he reclamado la belleza como un valor en sí. Si la música, desde Billie Holiday hasta el Funk, puede ser hermosa siendo política, también podía serlo el arte. En mi caso, todo parte del bagaje cultural. Cuando creces en un mundo que presenta una imagen de la cultura negra como degradada, como algo “bajo”, un mundo exterior claramente feo, todo afecta profundamente a tu sensibilidad. De manera activa, te involucras en buscar y apreciar la belleza. En mis obras debe haber poesía en el enfoque político, belleza en su toda su dimensión, si quiero comunicar algo. 

Dicen que mis obras y películas son “demasiado bellas”. Tal vez es la estética que me interesa, la que nunca se ha acercado al minimalismo típico y tópico del cubo blanco del arte contemporáneo que, de vez en cuando, está bien cuestionar. Esa imagen desnuda, “seca”, severa, no siempre es sinónimo de rigor intelectual. Del mismo modo, las imágenes con las que trabajo, por ejemplo, son algo más que simplemente “seductoras”. La relación que éstas tiene con un mensaje político va más allá de “endulzar la píldora”.Mi estética, por decirlo de algún modo, tiene su propia política.

Western Union: small boats (2007), por ejemplo, se basó en el Holocausto siciliano, un término que algunos utilizan para referirse a la cantidad de personas que murieron tratando de cruzar el Mediterráneo en busca de “una vida mejor”. Al describir estos hechos “feos” era vital conseguir cierto “lirismo político”.Por eso trabajé con coreógrafos. La danza ofrece una manera diferente de ver las cosas, otra manera de pensar.

En trabajos anteriores, como Looking for Langston, junto a Nina Kellgren, directora de fotografía para Langston, hicimos una profunda investigación sobre el movimiento, sobre cómo usar las sombras, los juegos de luz y oscuridad. Decidimos rodar en blanco y negro, al modo del cine temprano. Es el tipo de cosa que rara vez se ve, aparte de cuando estás viendo cine mudo. Lo que más me interesaba era la iluminación, en particular, cómo uno debe iluminar a personas negras, rara vez se consideran “estéticas”.

Con mi trabajo me pregunto a menudo por todas estas cuestiones. La razón principal por la que el arte busca la belleza es porque proviene de emociones reales, verdaderas. En mi caso, trabajo para que las emociones, la estética y el contenido se unan en un todo. La belleza es importante en mis obras, pero nunca la finalidad única. 

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Atisbos y certezas
por Cristina LUCAS

La belleza es una certeza biológica que expresa salud y fertilidad. Su código es universal, no cultural. ¡Así de claro lo tiene la biología! La cuestión es que el hombre no es sólo biología... Pensar la belleza en el arte es más complejo porque el concepto ha cambiado con los siglos y necesita un código cultural para apreciarla. Aunque se ha metamorfoseado desde Altamira hasta nuestros días, Hans-Georg Gadamer, en La actualidad de lo bello (1991), apunta a un quebrantamiento de la tradición artística que sucede en el siglo XIX entre el arte clásico y su sucesor, el arte moderno. En este siglo surgen la Ciudadanía, el Capitalismo y toma fuerza la idea de Estado. Es el comienzo de la Era Industrial. La industrialización transforma todo a su paso: lo social, lo político, lo moral y también lo estético. El paso de lo artesanal a lo manufacturado se inaugura, en términos artísticos, en 1913 con el primer “arte ya hecho”, el readymade de Marcel Duchamp: Rueda de bicicleta. La brillantez de esta operación intelectual todavía nos fascina.

Desde entonces, la belleza será la adecuación del discurso estético al discurso sociopolítico. El caso de nuestro momento actual es distinto. Estamos en lo que algunos denominan Era Postindustrial. Lo más interesante de este momento es el vértigo que produce la tecnología de la información, el acceso desde internet (madre de todas las infraestructuras), nos sitúa en una segunda Ilustración. Es como si hubiéramos estado viendo sólo un lado de la escena y ahora toda la imagen quedara a la vista.

Ese entusiasmo fue el que me condujo a empezar, en 2006, una video animación titulada Pantone -500 +2007, en la que después de una larga e intensa investigación principalmente en la red, pude dibujar los estados del mundo, desde el 500 A.C. hasta el 2007. Desde entonces, he seguido componiendo cartografías basadas en datos que sólo ahora, en este momento, están a nuestro alcance. Por algún motivo, la sociedad postindustrial es llamada, también, “sociedad de la información”.

Otro concepto que puede arrojar luz para vislumbrar dónde está la belleza en la creación artística hoy es la propia definición de arte. La mía es muy sencilla: arte es la reflexión estética de tu tiempoCuanto más apropiado sea el medio para expresar el discurso del artista en su realidad sociopolítica, más bella será la obra.

Cuando enfrentamos un código estético contemporáneo con otro que pertenece a otro siglo, el mecanismo chirría. La serie Desnudos en el museo, por ejemplo. Es una performance clásica que consiste en permanecer desnudo en el museo, en horario abierto al público, sin aviso y sin permiso de la institución. En una sala, rodeada de obras de arte de otros siglos, en los que el cuerpo desnudo ha servido para construir el canon de belleza clásico, mi modelo y yo comenzamos una sesión fotográfica y siempre somos expulsadas por “l@s guardianes del orden”. La obra consiste en el documento fotográfico de la expulsión. El canon de belleza clásico ya murió pero sigue custodiado y aislado en los museos y no soporta la confrontación con el actual. Entre ellos hay un abismo.

Este abismo sólo se supera siendo conscientes de los parámetros de la sociedad en la que se inserta la obra. El conocimiento de su contexto es fundamental para disfrutar de ella. Como espectadores, tenemos que ser capaces de mirar con claridad a nuestro tiempo y así poder acercarnos sin prejuicios al arte que éste genera

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Miedo a la belleza
por Rafael ARGULLOL

El lenguaje lo delata todo: fijémonos que “belleza” o “bello” han ido desapareciendo del habla cotidiana, de modo que es muy difícil encontrar estas palabras como descripción de fenómenos de nuestra vida diaria. Hasta hace unas décadas su uso estaba todavía vivo. La desaparición en el idioma popular ha sido paralela a su desaparición en la esfera cultural. La belleza ha sido relegada a la utilización superficial del término en la moda, la publicidad y la cosmética

En el caso de la cosmética, la ironía es evidente pues el vocablo procede etimológicamente de cosmos, la palabra griega que otorgaba orden al mundo. El cuerpo, la arquitectura, la ciudad o el universo eran cosmos, órdenes armónicos que contrarrestaban el caos y la corrupción de las cosas. Lo que históricamente hemos llamado belleza entrañaba un significado afín a cosmos. Nosotros, en nuestro lenguaje actual, nos hemos refugiado en la dimensión más epidérmica, la cosmética. Esto nos describe y nos delata.

Tenemos miedo a la indagación profunda en la belleza. Un tercer concepto nos lo puede aclarar: creemos que “jerarquía” es un término anticuado y conservador. Lo hemos politizado y rechazado. Sin embargo, jerarquía, como cosmos y como belleza, implica nuestra necesidad de armonía, nuestra búsqueda de un rescate en medio del naufragio. Sin jerarquía nos arrojamos a un mundo amorfo y apático.

Asimismo, esto vale para las revoluciones. Subvertir una jerarquía es poder ofrecer una jerarquía alternativa. Esto también sucede con la transformación de nuestras ideas acerca de la belleza. Los modelos están para cambiarlos y romperlos. La modernidad artística subvirtió las formas de lo bello sin renunciar a la belleza. El arte moderno, mientras tuvo poder creador, exigió una belleza diferente en la que reflejar nuevas utopías. Esto parece haberse quebrado en los últimos tiempos bajo el dominio del utilitarismo productivo. 

La cultura tiene miedo a la belleza y a la subversión de la belleza. Los ciudadanos dejan de usar una palabra demasiado fuerte, demasiado comprometedora. En tanto que encarcelada en la cosmética no resulta peligrosa. Como faro del conjunto de la vida es excesivamente inquietante para el dócil sujeto que nuestra época expone como protagonista.


Artículo: http://www.elcultural.com 13/09/2013

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