mardi 27 décembre 2016

Rubén DARÍO∕ Los hispanoamericanos: notas y anécdotas

REVISTA LA GACETA
Los hispanoamericanos

La observación aguda, la gracia en el decir y el sentido de justicia de Rubén Darío están presentes en esta crónica sobre la vida de los hispanoamericanos en París, publicada en Viajes de un cosmopolita extremo ( FCE, Argentina, 2013). Con finura pero sin concesiones expone la frivolidad y el vacío de los visitantes de nuestras repúblicas y los estereotipos denigrantes de los parisinos sobre ellos, sin ignorar las excepciones nobles  y virtuosas en el estudio, el trabajo y la fe.

Notas y anécdotas
Por Rubén DARÍO

París, 27 de junio de 1900.

Por los bulevares, en los teatros, en la Exposición sobre todo, se oye a cada paso hablar en castellano. Suenan todos los acentos, desde los marcados en el ceceo andaluz hasta las tonadas pintorescas de las Américas Latinas.

Las repúblicas calientes hacen notar su presencia: “¡Adiós, general!”, “¡Adiós, doctor!” Los especiales bigotes en croc [retorcidos] y las forzadas elegancias indumentarias demuestran la invasión de un tipo que tiene su nombre especial y es harto sonoro en la jerga parisiense.

Naturalmente hay de todo. La América Latina, para el ciudadano de París, tiene muy pocos señalados contornos en su precaria geografía bulevardera. Chile aún es visto por algunos “eruditos” a través de la admiración de Voltaire por Ercilla; el peruano más reciente es el Daudet en Tartaria; el “general boliviano” no dejará de aparecer en las tablas con los más inverosímiles uniformes; brésilien ya se sabe lo que significa; el ministro de Honduras fue explotado por Dumas, por Sardou, por los vaudevillistas: sabía tanto Victor Hugo que pudo hacer estos versos sobre uno de los personajes:

… Il alla
Depuis Ménilmontant jusqu’au Guatemala.

[… Él fue
Desde Ménilmontant hasta Guatemala.]

Caran D’Ache acaba de presentar una serie de tipos nacionales a propósito de sus monedas respectivas; y es de ver cómo se asemejan el sol peruano, el peso argentino, el oriental, el mejicano, etc., a los tipos levantinos, egipcios, griegos. Son los rasgos comunes al señalado rasta1 internacional. No se ve, pues, a  nuestros países sino por ese lado poco agradable.

Etnográficamente, todo se confunde en la lejanía de vagas Venezuelas y poco probables Nicaraguas, a pesar de que la erudición de Hugo hiciese quedar para la inmortalidad “Las razones del Momotombo”. Conocidos son los dislates del gran poeta en sus conversaciones con latinoamericanos y sobre todo con doña Juana Manso, lo cual no obstó para que enviase una estupenda carta a los radicales de Colombia cuando la fabulosa constitución de Río Negro. Creo que solamente la eufonía hizo escribir a Verlaine este verso de uno de sus sonetos: Notre Dame de Santa Fe de Bogotá.

Tanto sabe Tolstói de Porfirio Díaz, a quien ha colocado creo que entre César y Alejandro, como Rodin de Sarmiento, a quien ha esculpido con su excepcional audacia. Ciertos políticos y personajes oficiales nuestros, retratados y biografiados por un Meulman cualquiera en su periodiquito de negocio, no saben que su fama rápida irá tan sólo de San Marino a Montenegro o al Paraguay. He dicho alguna vez que, hablando con un señor muy culto, averigüé que para él Bolívar era un sombrero y San Martín, un santo.

Por otra parte, es una injusticia hasta cierto punto el achacar a los americanos de lengua española la mayor parte en lo que se ha llamado “rastacuerismo”.

Innumerables valacos y griegos, muchísimos italianos, españoles y gentes de Oriente han dado y dan notas sonoras en tal campo. Quienes nos han hecho más daño han sido los presidentes en exil; los varios sujetos de distintas repúblicas que después de ordeñar las respectivas vacas lecheras de sus Estados, han venido a París a tirar zurdamente sus milloncejos; y los varios aztecas, chorotegas, quinches y coyas que hacen el marqués y el príncipe, a la sombra misma del armorial de Dozier.

Hay altas familias hispanoamericanas que figuran entre la más elevada aristocracia francesa, sobre todo cubanas y mexicanas. Estas últimas, de las ennoblecidas por el emperador de la barba de oro, cuyos jefes tuvieron acción en la obra del fracasado imperio. Hay fi estas de cubanos como los señores Terry, a las cuales concurre la más fina flor de la aristocracia francesa, de Rohan abajo. En este terreno puramente social hay nombres chilenos grandemente considerados, como los de Blest Gana y Subercaseaux y bastantes argentinos, que están señalados por el buen criterio de Buenos Aires. Aparte de todo esto, la vida esencialmente diplomática, que no tiene nada que ver con lo puramente mundano y de prestigio personal. El Perú ha tenido aquí graciosa representación, desde hace mucho tiempo, con sus encantadoras mujeres. En el segundo imperio tuvieron algunos nombres resonancia. Una de las esposas de Arsenio Houssaye era limeña. Por cierto que el general Echenique me ha referido un incidente respecto a tal matrimonio, en que el caballero francés no aparece como un perfecto modelo de galantería.

La vida de los hispanoamericanos en París ha tenido sus cronistas y hasta sus novelistas. Si no recuerdo mal, hay un libro de un escritor de Centroamérica, el señor Guzmán, que trata de tal tópico, y otro del colombiano Ángel Cuervo, hermano del filólogo. Pero lo mejor que se ha escrito a este respecto es, sin duda alguna, la novela de Alberto del Solar, Rastaquouère. Es un libro de observación y de conciencia. El autor me ha manifestado más de una vez que sus tipos han sido copiados de la realidad, y que más de un episodio de su obra ha pasado ante su propia vista. Es la historia continua e inacabable de la familia americana que deja su terruño, sus costumbres, su rústica riqueza para venir a este mundo de deslumbramientos y de locuras brillantes, a perder el dinero del modo más lamentable, el honor algunas veces, la vida de cuando en cuando.

Es la señorita explotada por nobles arruinados, sin rentas ni vergüenza; la vanidad bufa de quienes llegan con el propósito de formar parte del Tout Paris; la tiranía de la moda, las redes del vicio risueño, y, como inevitable desenlace, la quiebra, el desplumamiento, el crac, la miseria. Ciertamente, de algunos años a esta parte ha cambiado mucho el tipo del rasta. Los periódicos, los folletines, los dibujos, los libros dedicados a caricaturar la especie se multiplicaron, y esto hizo apagar un tanto las detonaciones llamativas, las exhibiciones carandachescas. Llegan familias serias, ricas de veras, acostumbradas a una existencia noble y fastuosamente mundana, y ya en sus hoteles particulares, o en sus departamentos del Rily, del Elysée Palace Hotel y otros semejantes, saben llevar una vida de opulencia y de distinción, que no se confunde con la parada presuntuosa de los varios Talagantes, como el que retratara Del Solar.

El concepto universal que se tiene de París está reconocido que es el de un formidable casino, el de un colosal establecimiento de diversiones y de placeres, la rôtisserie de las naciones y el harén del rey Todo-el-Mundo. El París que cree, que espera, que trabaja y estudia, que ora, ese de que acaba de hablar con tanta cordura y dignidad el señor d’Haussonville, no se toma en cuenta por la generalidad que viene aquí con el único objeto de divertirse. No hay duda de que corre por el ambiente bulevardero un soplo de lujuria perenne y que todo convida al amor y a la alegría; pero hay mundos aparte que son Eldorados para el artista, para el estudioso y para el piadoso.

Sin embargo, la influencia del medio, del aire de oro perfumado, del aliento de las invisibles rosas de este peligroso paraíso, se nota a la continua. Jóvenes que en Buenos Aires son modelo de seriedad y de religiosidad, en cuanto llegan aquí se coronan de flores y se levantan a las dos de la tarde. Viejos graves, padres conscriptos, severos funcionarios se embarcan en la barca de Watteau en viaje a Citeres. ¿Quién se asombra de eso? ¿No son sabidas las incursiones periódicas del simpático rey Leopoldo por causa de las gracias tangibles de Mademoiselle de Mérode, que Falguière consagrara en mármol?

Así, las blancas manos están hechas a dejar sin una sola pluma todos los palomares internacionales, y más de un gallo criollo ha tenido que volver a América a rehacer su fortuna. La galantería costosa, las señoritas de chez Maxim’s, exigen presupuestos imperiales y reales. El joven chic, el joven bien, necesita diariamente, si quiere estar en buen pie, una buena compañía de billetes azules, que tomarán el vuelo a los compases de la Valse bleue… Para esto hay que competir y luchar con los lores ingleses, los príncipes rusos, los millonarios yanquis, y por muy fuertes que sean nuestras fortunas, a pesos papel, apenas se podrán percibir aquí en esas justas con accionistas de la Chartered y reyes de algodón auténticos maradjkaes y legítimos mandarines. Cuando el sport se mezcla en el asunto, la gravedad se multiplica. Para figurar entre los primeros sportsmen de París, echad números…

Suele acontecer también, y es más frecuente de lo que se pudiera creer, que los incautos extranjeros, y particularmente los hispanoamericanos, son despellejados de otra suerte. Por tener de amigo íntimo un conde —“¡oh, mi querido conde!”— o un marqués —“¡oh, mi querido marqués!”— suelen caer en las trampas más absurdas. ¡Hay un noble de éstos, que circula entre la colonia de Hispanoamérica, y que no hace mucho tiempo estuvo preso por ofensas a la moral!… Su nombre con todas las letras apareció en los diarios. Se le hicieron algunas reconvenciones y preguntas en los círculos que frecuenta, se dieron tales o cuales explicaciones, y continúa tan campante y fresco. Otro noble, de apellido algo italiano, acostumbra atraer a su elegantísimo departamento a caballeros criollos que juzga exprimibles, y acontece que les deja casi siempre sin jugo. Leed lo que dice un reciente periódico muy informado en esta clase de asuntos.

“¿Conocéis el Silvio y Besco? Es un juego muy en boga en el Peloponeso, y que consiste en una minúscula ruleta, que el banquero tiene en la mano, y cuya aguja haciendo oficio de bola es movida por un resorte.” En una avenida próxima a la Estrella el conde de X… reunía estos últimos días, en su lindo entresuelo, la crema de la colonia argentina, incluso el hijo de un ex presidente de esa república.” Se jugó al Silvio y Besco. La partida fue interesante, las apuestas, soberbias, tanto que el hijo del ex presidente de la República Argentina perdía 300.000 francos.” El joven hidalgo pagó su deuda de honor, pero como hombre de esprit, exigió del conde X… que le regalara la famosa ruleta, como recuerdo de tan memorable déveine [mala racha]: el bonito instrumento estaba cargado…”

Como aquí todas las cosas suelen exagerarse y tomar caracteres novelescos, suprimamos que sea el héroe un hijo de ex presidente argentino, y reduzcamos
la cantidad de una suma no tan fuerte. El hecho debe ser conocido y meditado por los jóvenes bien que deseen venir a gastar su oro y gozar de los cuatro vientos de París.

Nuestros jóvenes “alegres” que se divierten cotidianamente tienen sus puntos señalados. Allá en el bosque, los clásicos Armenonville, la Cascada, etc. Aquí, en el centro de París, y por la noche, el impagable Maxim’s, el Americano, el Café de París. Allí concurren todas esas damas del batallón de Citeres, bellas, adorables, la mayor parte estúpidas, con las manos hechas un escaparate de joyería, provocantes, soberbias, o macabras. Allí se charla, se cena atrozmente caro, se goza, se renueva la antigua vida pagana y la eterna fi gura goyesca de la hembra y el muñeco. Allí van insultantes de gracia mala y de riqueza enferma las varias cortesanas de apellido español, las varias yanquis, las muchas de nombres heráldicos en el armorial del placer parisiense, y que figuran en las crónicas del Gil Blas, y reinan en todas las fiestas de la capital en celo.

Mas no solamente los hispanoamericanos tienen representación en los lugares de placer, en las casas de los modistos y los elegantes cotillones. Hay familias religiosas que oran, y ejemplos de piedad que turban. De ese modo ha hecho de su existencia un extraño poema la dulce e ilustre damita de Buenos Aires que no hace mucho tiempo, entre la gloria babilónica de la Feria que clama los triunfos y goces del siglo, entre los palacios de todas las naciones, los colores de todas las banderas y los cantos y danzas de todas las razas, fue una mañana fría, en un barco del Sena, a tocar a la puerta de un convento, u ofrecer a Dios sus cabellos y su belleza joven, y su vida. ¿No creéis ver en esto evocado uno de esos casos de la vieja vida cristiana, entre las victorias de Roma, que pueden hallarse en Evagrio del Ponto o en Fra Domenico Cavalca? Buen número de familias hispanoamericanas iba también el otro día, en una peregrinación internacional en que el estandarte de García Moreno fue saludado con harto entusiasmo por un bravo sacerdote.

Y entre tanto, en su estudio ginecológico trabaja la doctora argentina; en el salón fi gura el pintor argentino; el médico argentino está allá, con el sabio de París, aprendiendo, orando con las manos, con el cerebro, con la cuchilla. Se va a la misa de la ciencia y al sermón del arte. Hallan su refugio los estudiosos y los estudiantes. Se cumple con el deber de la labor y del entusiasmo. Hay quienes buscan el diamante de verdad y de bien que hay en el fondo de la copa de rosas de París. Y después de la tarea, después de haber quedado bien consigo mismo, sabe mejor el beso de Suzette o de Suzzon.

La vida intelectual es difícil y áspera. Nuestros jóvenes de letras que sueñan con París deben saber que la vorágine es inmensa. Se nos conoce apenas. La
literatura nueva de América ha llamado algo la atención en algunos círculos, como el del Mercure de France, pero como nadie sabe castellano, salvo rarísimas excepciones, nos ignoran de la manera más absoluta. Los nombres hechos, las famas adquiridas se respetan, y las personalidades son acogidas con deferencia. Pero no se hace diferencia entre el poeta de Finlandia y el de la Argentina, el de Japón o el de Méjico. Fuera de estudiosos admirables, como Rémy de Gourmont, que observa la evolución de nuestra lengua y la producción mental nuestra, no se ocupa nadie en tales tópicos, como no sea Finot, en la Revue de Revues, ¡que encarga estudios como el de La novela en la América Central…! Verlaine hacía creer que conocía el español, y no sabía sino decir: “No hay mal que por bien no venga” y “A batallas de amor, campos de pluma”. Moréas, de quien se anunció una traducción de Calderón, no entiende nada: y lo único que sabe es lo que me dice cada vez que me saluda: “¡Don Diego Hurtado de Mendoza!” Y se queda tan fresco. Así, pues, sonreíd cada vez que leáis en El iris decadente o en La estrella tropical: “El eminente poeta hispanoamericano don Fulano de Tal, tan conocido no solamente en América y España, sino también en París…, etc.”

Y ¿España? España no tiene mejor suerte que nosotros. Aquí, de España, ¡olé! Y se acabó.

1 A fines del siglo xix se popularizó el término rastaquouère. Se lo usaba despectivamente en Francia y el resto de Europa para referirse a los hispanoamericanos que se habían enriquecido súbitamente con la explotación de algún producto (guano, trigo, cobre, ganado) y que salían a exhibir ostentosamente sus fortunas en las capitales europeas, especialmente en París. Las élites europeas lo usaban para marcar diferencias con los ricos empresarios y comerciantes latinoamericanos, a quienes consideraban advenedizos, arribistas, sin cultura, groseros, cultivadores del mal gusto y la falta de refinamiento. La amplia difusión del término indica de qué modo molestaba la aparición de nuevas clases y nuevas costumbres. En francés o español, Darío lo usa en varias de sus formas: rastacuero, rasta, rastacuerismo. [N. de la E.]


Articulo: www.elboomeran.com 22/9/2016