mercredi 28 décembre 2016

Lucia BERLIN∕ Manual para mujeres de la limpieza

DESCUBRIMIENTO:
La belleza rota de Lucia BERLIN, póstuma y triunfante
Por Roberto CAREAGA C.

Publicado el año pasado en inglés, y en 2016 en español, el libro “Manual para mujeres de la limpieza” recoge los mejores relatos de una autora prácticamente desconocida que ahora ha pasado a la primera línea de los cuentistas estadounidenses del siglo XX.

Estaba sola, por eso Lucia Berlin empezó a escribir. Así al menos se los dijo a dos estudiantes de la Universidad de Colorado, Estados Unidos, en 1996, donde ella daba clases. A sus 60 años, tenía tres recopilaciones de cuentos publicados y, sin embargo, era casi una desconocida. Tras una vida llena de quiebres y abandonos, aunque también algo de esplendor y felicidad, Berlin había dejado de moverse. Instalada en la cuidad de Boulder, escribía y daba clases de literatura. Ya en ese tiempo arrastraba a todas partes un tubo de oxigeno: “Empecé a escribir para arreglar la realidad”.

Nacida en Alaska en 1936, Berlin creció siguiendo las destinaciones de su padre geólogo por Chile, México y diversos campamentos mineros de Estados Unidos. Aunque fue a fines de los 70 que empezó a forjar una obra, empezó a escribir a inicios de los 60 y, les dijo a sus alumnos en Colorado, fue para encontrar tranquilidad: “Cuando empecé a escribir estaba sola. Mi primer esposo me había dejado, echaba de menos mi casa, mis padres me repudiaban por haberme casado tan joven y luego divorciarme. Simplemente escribí para ir a casa. Era el lugar donde me sentía a salvo”, conto, y añadió: “Escribo para arreglar en mi cabeza un momento o un hecho. Es por claridad emocional. Para ver lo que realmente siento por algo”.

Hecho con retazos de su biografía, los cuentos de Berlin son historias de mujeres trabajadoras, con el dinero justo para criar a sus hijos, casi siempre golpeadas por abandonos y exceso de alcohol. Piezas de una memoria enhebrada por la pérdida, la amargura y la soledad que, sin embargo, nunca ceden al melodrama y, casi siempre, están escritos en un idioma luminoso y conmovedor. “Berlin es implacable, no se anda con contemplaciones, y aun así la brutalidad de la vida siempre queda atenuada por su compasión ante la fragilidad humana, por la inteligencia y la agudeza de esa voz narrativa, y su fino sentido del humor”, anoto la escritora estadounidense Lydia Davis en el prólogo de “Manual para mujeres de la limpieza”, una antología de sus cuentos que ha sacado a Berlin del secreto.

Publicado el año pasado en inglés, el volumen recoge 42 relatos que Berlin público en diversos libros. Impulsado por la muerte, ocurrida justo el día en que cumplía 68 años. Y se transformó en un hito literario cuando The New York Times eligió a esa “reveladora colección” como uno de los cinco libros del ano, “Manual para mujeres de la limpieza” corría en boca de autores y críticos como un descubrimiento formidable. “Hace un mes nadie sabía de Lucia Berlin”, decía en agosto del 2015 Edmundo Paz Soldán. “Llego a ganar un National Book Award y luego fue olvidada, hasta ahora, que aparece este libro para asegurarle un lugar de privilegio en la lista de grandes cuentistas norteamericanos. El aplauso ha sido unánime y merecido”, añadía.

Tras años de publicar en pequeñas editoriales, Berlin fue lanzada al estrellato mundial póstumo por la poderosa editorial Farrar, Straus and Giroux y en 2016 “Manual para mujeres de la limpieza” apareció en español al alero de Alfaguara. Y sucedió lo mismo: sus relatos desgarbados, pero plagados de epifanías sedujeron a los lectores hispanos y el libro hoy aparece en casi todas las listas de recuentos del año, incluida la de El País. Un lector tan especializado en literatura estadounidense como el argentino Rodrigo Fresán llego a escribir: “¿Estará mal decir que me parece mejor que Raymond Carver; que el desesperado sentido del humor de Berlin es más sentido que el del autor de ‘Catedral’; que ese hombre jamás se atrevió a poner por escrito dentaduras postizas o bolsas de colostomía y brasieres que explotan o salas de emergencias y centralitas de hospital o lavaderos automáticos o prisiones o clínicas de abortos y de desintoxicación o asilos de ancianos con la ‘gracia’ de esta mujer?”

La emoción verdadera

Nacida como Lucia Brown, en 1958 la escritora se casó por segunda vez, con el saxofonista de jazz Buddy Berlin, y se quedó con su apellido. Instalados en Nueva York, vivió un fugaz inicio literario. Tuvo agente, publico cuentos en la revista de Saul Bellow, The Noble Savage, llego a escribir dos novelas (que destruyo) y siendo una joven promesa ligeramente conocida en el ambiente neoyorquino, se paseaba por el Greenwich Village mientras Ginsberg y Kerouac asistían a los recitales de John Coltrane y Ornette Coleman. “Una era excitante”, dijo en una entrevista para la revista Gargoyle en 1990, en la que justo después le preguntaron por qué había dejado de escribir por 25 años: “Si, paré de escribir, me casé tres veces, tuve cuatro hijos. Mi último divorcio fue en 1970. Críe cuatro hijos sola, enseñé en colegio, fui cada vez más alcohólica”, respondió.

Berlin publico 76 cuentos, en revistas y libros, y casi todos fueron recogidos en tres volúmenes “Homesick” (1990), “So long” (1993) y “Whre I live now” (1999). De aquellos, los que fueron antologados en “Manual para mujeres de la limpieza” pueden leerse como gran relato de su existencia: la historia de una adolescente estadounidense criada con la aristocracia chilena en los 50, que luego deambula entre matrimonios que fracasan, tiene una serie de trabajos temporales en consultas médicas, haciendo la limpieza en casas particulares, como profesora, y lidia con un alcoholismo que, por ejemplo. La despierta a las cuatro de la mañana y la hace caminar cuadras para comprar una botella de vodka que bebe mezclada con jugo de grosellas mientras prepara el desayuno para sus hijos antes que se vayan al colegio. A esa narradora, que casi siempre podría ser la misma Berlin, la acechan los recuerdos de Chile y México, su madre inaccesible y frustrada, su abuelo alcohólico y abusador. Nunca lo movió la amargura.

“Mis cuentos parecen sobre mí, pero usualmente es cuando siento amor hacia otras personas que vienen los cuentos. No puedo escribir pensando en mi todo el tiempo. Creo que se trata de un estado muy espiritual. Es casi como una religión. Suena cursi, pero es como rezar o cantar un himno o algo así. Y si me siento mal, no voy a escribir. Necesito estar en un estado muy positivo”, dijo Berlin en esa entrevista en 1996 en Colorado. Y agregó: “Simplemente escribo lo que me parece emocionalmente la verdad. Para sentiré emocionalmente la verdad. Así fluye el ritmo y creo que la belleza, porque estás viendo con claridad”.

Berlin contraba que desde niña les relataba historias a todos quienes quisieran escucharla. “Deja que te cuente mi aventura”, era su frase típica según sus compañeras en el Santiago College, y así lo anotaron en anuario del ultimo ano. Pero formación literaria nunca tuvo, salvo la lectura. Los cuentos de Chejov fueron su modelo, como también la poesía estadounidense, especialmente de William Carlos William y Robert Creeley. “Aprendí de ellos a escribir con la mayor claridad y simpleza posible, al estilo del modo de hablar americano. Escribir desde la vida real, sin embellecerla. Creo que esa fue la mayor influencia que tuve. Me ayudo como joven escritora a no presumir, evitar lo romántico y a no intentar ser divertida, solo dejar que la historia sea ella misma”, contó.

Sin instrucción formal en la escritura, ahora Berlin ha sido situada en torno al realismo sucio estadounidense de los 70 y 80. Y, por supuesto, junto a Raymond Carver, a quien ella veía como un par. “Escribía como él incluso antes de leerlo. Nuestros estilos vienen de nuestras raíces similares. No muestres tus sentimientos. No llores. No dejes que nadie te conozca, blablablá” dijo la autora. Pero allá donde Carver es puro control y frialdad, Berlin escribe con soltura, casi de manera intuitiva y no es raro que sus finales sean menos golpes de efecto que puertas abiertas. Pero ingenua no era: en el relato “Punto de vista”, la narradora es justamente una escritora que nos va contando como enfrentar a los personajes del cuento que escribe, desde donde construirlos y qué perspectiva asumir. Es un alarde técnico, y una forma no tradicional para involucrar al lector.

La ambición póstuma

“Lucia Berlin conquista por la soltura de su prosa, su irónica mirada sobre lo humano y su carga autobiográfica, que la torna entrañable” asegura el dramaturgo chileno Marco Antonio de la Parra, otro seducido por la autora. Mientras que el periodista Héctor Soto añade: “Sus relatos son raros, aparentemente desestructurados y desafiantes. Sus personajes son gente dañada, pero al mismo tiempo fuertes y con cero autocompasión. Estos magníficos cuentos desafían muchas de las convenciones del género. E invariablemente salen triunfantes. “Manual para mujeres de la limpieza” revela a una autora excepcional”.

Según Soto, el caso de Berlin recuerda al de John Williams, un autor olvidado y hoy aclamado por una novela que publico en 1965, “Stoner”. Aunque Williams tuvo cierto éxito, la carrera de Berlin fue pura discreción y rechazo: su cuento “Manual para mujeres de la limpieza”
  
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Una vida agitada

“Cuando empecé a escribir, lo hice porque echaba de menos Chile. Fue mágico, porque mientras más escribía mas recordaba” conto Lucia Berlin en los 90. Incluso hizo una novela ambientada en nuestro país, aunque luego la destruyo. Llego a nuestro país en 1947, con 11 años, y se fue en 1954, con 18. Su padre estaba ligado a la industria minera y acá la familia se sumó a una aristocracia que hablaba en inglés. Estudio en el Santiago College, pasaba las vacaciones en Algarrobo, Viña del Mar o Pucón.

En uno de los relatos que ambienta en Chile, “Buenos y malos”, una escolar relata sus fines de semana y, aparentemente, eran como los que Berlin vivió: “Peluquería, manicura, modista. Almuerzo en el Charles. Polo, rugby o criquet, thés dansants, cenas, fiestas hasta el amanecer. Misa de siete en El Bosque el domingo por la mañana, todavía con el traje de noche. Luego desayuno en el club de campo, golf o natación, o quizá pasar el día en Algarrobo, junto al mar, o esquiando en invierno. Cine, por supuesto, pero más que nada bailábamos toda la noche”.

Tras dejar Chile, Berlin estudio en la Universidad de Nuevo México y, después de casarse con un escultor, se distancio de su familia. Se divorció para luego casarse y separarse también de dos músicos de jazz, un pianista y un saxofonista. Crio sin ayuda a sus cuatro hijos, ganándose la vida en trabajos como profesora de secundaria, telefonista, administrativa en centros hospitalarios, mujer de limpieza y auxiliar de enfermería en diferentes ciudades de Estados Unidos.

Paralelamente escribía y bebía. En los 80 logro salir del alcoholismo y publico sus primeros relatos. Entre 1994 y hasta el año 2000 hizo clases de Literatura en la Universidad de Colorado. Era una fumadora empedernida y nunca olvido su vida en Chile y en México. Falleció en 2004, a los 68 años.


Articulo: http://impresa.elmercurio.com 23∕12∕2016

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