mardi 27 décembre 2016

Juan Francisco FUENTES∕ SCHMITT: el último reaccionario

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
SCHMITT: el último reaccionario
Por Juan Francisco FUENTES

Miguel Saralegui: Carl Schmitt, pensador español. Editorial Trotta, Madrid, 2016.

Miguel Saralegui evalúa el éxito o el fracaso del proceso de supervivencia intelectual realizado por el filósofo alemán tras la derrota del III Reich.

A lo largo de ese proceso, como fuente de inspiración en su afán de adaptarse a un medio histórico adverso, la cultura española desempeñó un papel fundamental.

Carl Schmitt, pensador español es un excelente libro, equívoco en su título y provocador en su planteamiento. Su autor es un joven profesor e investigador español que tras un largo periplo académico por España (Navarra, Barcelona y País Vasco), Europa (Cambridge, Calabria y Tréveris) y América (Buenos Aires y Santiago de Chile) ha recalado en la Universidad Diego Portales, de la capital chilena, como profesor de filosofía. A su extraorlibros dinaria formación, añade una madurez intelectual que se refleja en un estilo apasionado y certero, que resulta elegante e imaginativo sin dejar de ser riguroso. El lector hará bien en quedarse con su nombre, porque Miguel Saralegui (Bilbao, 1982) lo tiene todo para convertirse en un autor de referencia en su especialidad: una concepción de la filosofía a caballo entre la historia de las ideas y el estudio del pensamiento político. Con todo, su sitio está más en el campo de la filosofía pura que de la historia, con sus servidumbres cronológicas y su corolario de procesos y acontecimientos.

Esta original aproximación a la obra de Carl Schmitt (1888-1985) desconcierta en parte por la forma libérrima con la que el autor se mueve por un tiempo histórico muy preciso, que no parece condicionarle en exceso y que se corresponde con la Alemania de Weimar, el III Reich, el franquismo y la Europa posterior a la derrota nacionalsocialista en 1945, un acontecimiento que, como dice Saralegui, “trastorna completamente la existencia de Schmitt”. En gran parte, el libro pretende evaluar el éxito o el fracaso del proceso de supervivencia intelectual llevado a cabo por el filósofo alemán tras la derrota del III Reich. A lo largo de ese proceso, la cultura española desempeñó un papel fundamental como fuente de inspiración en su afán de adaptarse a un medio histórico adverso. El resultado es la careta o la máscara, como también la llama Saralegui (pág. 69), que Schmitt utilizará en su deambular intelectual hasta su muerte cuarenta años después, cuando España se haya convertido en una democracia europea y su viejo amigo Enrique Tierno Galván en alcalde socialista de Madrid. Vivir para ver.

España y su cultura serán, pues, su vía de escape tras una derrota militar, la de la Alemania hitleriana, que fue en parte su propia derrota. La estructura del libro nos muestra en sus grandes apartados los principales aspectos de esa operación de camuflaje intelectual protagonizada por Schmitt: su hispanismo político, referido a su estudio del Siglo de Oro, de la conquista de América y de la Guerra de la Independencia; su interpretación de la obra de Francisco de Vitoria, elemento recurrente en toda su trayectoria; su “pasión imperecedera” por Donoso y por su función antagónica ante el Occidente liberal, consagrado definitivamente como el principal enemigo de todo aquello en lo que creyó el pensador alemán. La sensación de que el marxismo sería finalmente derrotado por el liberalismo, como en efecto ocurrió cuatro años después de la muerte de Schmitt, no hizo más que acrecentar su solidaridad con él. Tal vez la razón profunda de ese giro nihilista de su pensamiento se encuentre en una frase de su Glossarium (1948) recogida por Saralegui: “Preferiría tener que ver con verdaderos lobos antes que con esta mezcla de zorro y marta” (pág. 67). Como en la conocida teoría lampedusiana del chacal y el gatopardo, el espíritu del liberalismo se encarnaría en un animal taimado –un cruce de zorro y marta– más peligroso y menos noble que cualquier otro, por muy salvaje que fuera.

De este meeting point intelectual que es la obra de Schmitt, en el que se entrecruzan las grandes doctrinas del pensamiento moderno –el marxismo y el liberalismo, en primer lugar–, arrancan cuestiones esenciales para entender la historia del siglo XX y la propia peripecia personal del protagonista de este libro. Una es la caracterización de amigos y enemigos según una compleja tipología que comporta, como dice el autor, una acumulación incesante, un círculo vicioso que al final opera como una espiral en permanente expansión: una y otra vez, “la creación de un enemigo supondrá la aparición de un nuevo amigo” (pág. 61). Cuestión igualmente primordial, implícita en la obra y en la trayectoria de Schmitt, es la atracción que los fascismos de toda condición sintieron por eso que el joven Dionisio Ridruejo, otro notable escritor fascista, llamó en sus Cuadernos de Rusia nuestro “admirado enemigo”, en referencia al comunismo soviético que Ridruejo combatió en las filas de la División Azul. Lo había dicho otro intelectual español, en este caso comunista, César Arconada, a finales de los años veinte: “Un joven puede ser comunista, fascista, cualquier cosa, menos tener viejas ideas liberales”. Esa afinidad entre los totalitarismos de toda condición frente al enemigo común, que llegado el momento se plasmó en el Pacto Germano-Soviético, ayuda a entender, junto a la humillación de 1945, tanto la originalidad del Cortés; su posición ante el franquismo, más ambigua de lo que podría parecer, y su relación, igualmente contradictoria, con los reaccionarios españoles de su tiempo, especialmente con Álvaro d’Ors. El breve capítulo final sirve de conclusión a la obra, sin serlo formalmente, y retoma alguno de los aspectos más novedosos y provocadores del libro, como la condición de precursor de la posmodernidad que el autor atribuye a Schmitt. Lo que desconcierta de este planteamiento, de ejecución brillante pero algo forzado, es la renuncia en general a un orden cronológico que probablemente habría facilitado mucho las cosas. Saralegui –al cabo, estudioso de la filosofía, mucho más que historiador– ha optado por una estructura esencialmente sincrónica, que dificulta en alguna medida la comprensión del núcleo fundamental de la historia que aquí se cuenta: el antes y el después de 1945 y la utilización por Schmitt de una cierta idea de España y de su cultura como una anti-Weimar, una suerte de refugio imaginario ante el derrumbe de su Alemania al final de la II Guerra Mundial.

Se comprende su fascinación por el pesimismo antropológico y el fatalismo histórico de Donoso Cortés, el autor que a los ojos de muchos profetizó, con un siglo de antelación, primero la Revolución rusa y luego el mundo de la Guerra Fría en el que se desarrolló la segunda mitad de la vida de Schmitt. El célebre discurso sobre la dictadura pronunciado por Donoso en 1849 será, en su opinión, “el mejor discurso de la historia”, en su clarividente diagnóstico de la modernidad como un conflicto extremo entre formas opuestas de dictadura, sin resquicio posible para la libertad. La polarización de la política internacional a partir de 1945 le planteó, sin embargo, un dilema irresoluble, muy bien explicado en el libro, en la medida en que su anticomunismo visceral se veía contrarrestado por su (re) sentimiento antiamericano, provocado, una vez más, por la derrota alemana en la guerra y por el trato, a su juicio, denigrante que Estados Unidos otorgó a los vencidos. Pero, como dice Saralegui, “el odio no es exactamente simétrico. Se puede detectar una subterránea preferencia por la URSS y el marxismo como mal menor” (pág. 214), una preferencia que se explica en parte por su mayor radicalidad política acababa de convencerle su régimen, fruto más bien de la improvisación y de la personalidad cuartelera de su fundador, por más que aplaudiera su anticomunismo y su férreo autoritarismo. Los acuerdos con Estados Unidos tampoco ayudaron a mejorar su imagen de una dictadura dispuesta a pactar con el diablo con tal de sobrevivir, pues no otra cosa significaba el tratado entre los dos países firmado en 1953.

Es difícil saber en qué medida esos reparos al franquismo fueron causa o consecuencia de la nula relación personal entre Franco y Schmitt. Durante años se dio por seguro un encuentro en El Pardo. Saralegui lo desmiente de forma rotunda a partir del propio testimonio documental del filósofo y, con el mismo rigor, muestra su evolución hacia un escepticismo que le facilitó su entendimiento con personajes situados en las antípodas del régimen, como Enrique Tierno Galván, al que llegó a calificar como “el hombre más inteligente del mundo”. Él mismo se jactó de tener discípulos de toda condición, “fascistas y marxistas, judíos y cristianos”, según le confesó a Ernst Jünger en una carta de 1959 sintomática de los progresos realizados por Schmitt en su lavado de imagen.

Tal es, en definitiva, la historia que se cuenta en este espléndido libro: una historia de supervivencia intelectual, de adaptación al medio y de migración espiritual desde los arrabales del nazismo hasta los conciliábulos académicos del franquismo, en los que coincidió con gente variopinta y, en unos pocos casos, bastante heterodoxa, hasta el punto de llegar a ejercer en ocasiones, nos dice el autor, de “imprevisto confidente de las dos Españas” (pág. 168). La lectura detenida de sus textos, a menudo tan inteligente como provocativa, y la información decisiva obtenida de su correspondencia, especialmente con su hija Alma, casada con un español y residente en España, permiten al autor trazar la evolución de su personaje con pulso firme y claro. Puede que el carácter sincrónico del planteamiento, esa vaga unidad de tiempo y acción que prevalece en el libro, le reste algo de claridad al resultado final de esta obra, demasiado zigzagueante en ocasiones en su aproximación al pensamiento de Schmitt.

Saralegui le califica como “quizás el último gran reaccionario” pensamiento de Schmitt en relación con el viejo conservadurismo como sus discordancias intelectuales con algunos de sus amigos españoles, conservadores católicos al estilo de Álvaro d’Ors, cuya posición le resultaba demasiado retrógrada. Schmitt era otra cosa: un reaccionario de tipo moderno, muy ligado a la experiencia histórica del siglo XX, capaz de interpretar a los clásicos españoles, desde Vitoria hasta Quevedo, al trasluz de las inquietudes propias de la modernidad, aunque fuera una modernidad reaccionaria.

Unas inquietudes que varían con el paso del tiempo, y de ahí la evolución que experimenta su lectura de los clásicos, porque, como señala Saralegui, “sin necesidad de haber leído a la Escuela de Cambridge (…), Schmitt reivindica un principio muy intuitivo”, a saber: que el significado de una obra varía en función del contexto en el que se la lee, de tal manera que los mismos conceptos, las mismas ideas expresadas en su misma literalidad, pueden llegar a significar cosas distintas (pág. 55). Por aquí empiezan a entenderse algunas derivaciones insospechadas de su obra, como son sus concomitancias con la Escuela de Francfort, surgida también del fracaso de la República de Weimar, y ciertas intuiciones que despertaron el interés del pensamiento posmoderno. Estamos de nuevo ante ese frente común que formaron los impugnadores de la civilización ilustrada y liberal nacida en el siglo XVIII y contra la que se alzaron totalitarismos y reaccionarismos de toda condición, incluidos aquellos autores que, a partir del llamado giro lingüístico y de la moda posmoderna, pretendieron cuestionar el sistema de certidumbres heredado de la Ilustración y de las ideologías progresistas del siglo XIX.

Cabría preguntarse hasta qué punto el régimen de Franco significó para Schmitt una tercera vía entre las dos grandes fuerzas vencedoras de la Guerra Mundial y sus respectivas cosmovisiones. Su simpatía por el franquismo queda clara en sus declaraciones públicas y en su correspondencia privada. La cuestión, sin embargo, es mucho más compleja y sutil. Cierto que Franco se adaptaba como anillo al dedo a su teoría del caudillaje ejercido por un katechon providencial, “quizá de segunda clase”, apostilla Saralegui (pág. 165). Pero a Schmitt no Juan Francisco Fuentes (pág. 132), una caracterización nada exagerada que explica sus diferencias, algo más que de matiz, con sus amigos españoles y con el propio régimen de Franco, unos y otro mucho más conservadores que reaccionarios. Como se dice en el libro, la diferencia estriba en que para un reaccionario como Schmitt la respuesta a la crisis de la modernidad había que buscarla en la propia modernidad, y no en fantasías neoabsolutistas teñidas de rancio escolasticismo. De ahí su condición de profeta de la posmodernidad o, en palabras del autor, de “teórico de la modernidad exhausta” (pág. 239). Es una bella definición del conflicto que encierra su vida y que Miguel Saralegui desentraña con una perspicacia interpretativa y una hondura conceptual al alcance de muy pocos. Su Carl Schmitt, pensador español le consagra como uno de los grandes especialistas en el pensamiento reaccionario y uno de los estudiosos más brillantes y prometedores de la filosofía contemporánea.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y en el Instituto Universitario Ortega y Gasset. Autor de Diccionario político y social del siglo XX español y Con el rey y contra el rey: los socialistas y la Monarquía.


Articulo: www.elboomeran.com  05/12/2016

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