mardi 27 décembre 2016

Beatriz URÍAS∕Escritos sobre la Revolución y la dictadura

REVISTA LA GACETA
Escritos sobre la Revolución y la dictadura
Por Beatriz URÍAS

El propósito de publicar Rodulfo Brito Foucher. Escritos sobre la Revolución y la dictadura (fce, 2016) es estimular la discusión sobre el clima intelectual opositor a la Revolución mexicana en los años treinta y cuarenta, separando las ideas rescatables de las aristas ideológicas y contradicciones del momento.

La primera mitad del siglo XX fue un periodo marcado por controversias y polémicas entre los partidarios de la Revolución y sus críticos. Algunos de estos últimos son muy poco conocidos, no sólo porque fueron satanizados por la historiografía oficial, sino también porque sus trayectorias políticas e intelectuales estuvieron plagadas de aristas y contradicciones. Este libro recupera los escritos de Rodulfo Brito Foucher, uno de los principales representantes de la vertiente de oposición contrarrevolucionaria de tendencia laica que adquirió presencia y visibilidad durante el cardenismo.

Los contrarrevolucionarios, como Brito Foucher, propusieron un modelo de sociedad con mayor participación de las elites que habían sido desplazadas de la vida política; argumentaban a favor de fortalecer las libertades y los derechos de propiedad dentro del marco legal establecido; minimizaban la influencia del pasado prehispánico y el peso de lo indígena en la configuración del nuevo proyecto de nación y de sociedad, y frecuentemente adoptaron la doctrina de la hispanidad para sustentar que México debía recuperar su referente original: España. Dentro de esta corriente se ubican individuos que habían aspirado a ocupar posiciones en el nuevo aparato político como Luis Cabrera; filósofos cristianos como Antonio Caso, y escritores críticos de tendencia liberal como Jorge Cuesta. Caben también dentro de ella Miguel Alessio Robles, Eduardo Pallares, Diego Arenas Guzmán, Manuel Herrera y Lasso, Luis Lara Pardo, Alberto J. Pani, José Vasconcelos, Manuel Gómez Morin y Rodulfo Brito Foucher.

Todos ellos difundieron sus ideas en periódicos de amplia circulación como Excélsior, El Universal, El Hombre Libre y Omega; en revistas importantes como Hoy, Lectura, Ábside y La Nación, y en libros publicados por casas editoriales reconocidas como Polis, Jus y Cvltvra. Desde esos espacios sostuvieron que la Revolución había introducido una nueva forma de autoritarismo bajo el modelo corporativo, y que el hombre modelado por este tipo de Estado no era un “hombre nuevo”, sino un ser amorfo y manipulable que se adaptaba con facilidad a las directrices impuestas por la pirámide de complicidades en la cúspide de la cual se encontraba el Estado. La serie de ensayos de Rodulfo Brito Foucher, que apareció bajo el título de “Mi expedición a Tabasco” en la revista Hoy entre abril y junio de 1938, se sitúa en este contexto político e intelectual. Sus temas son la Revolución y la dictadura, los cuales habían sido objeto del pensamiento conservador años atrás, y constituyen una parte importante del debate que se produjo en México entre partidarios y opositores de la revolución a finales de la década de 1930. En ellos, el análisis de acontecimientos políticos coyunturales se entrelaza con la denuncia de una Revolución que había instaurado una dictadura bajo el disfraz de un régimen democrático.

Brito Foucher explora una problemática de fondo a partir del examen pormenorizado de una coyuntura regional: la experiencia garridista. En su cometido retomó algunas de las grandes preguntas de la discusión política europea del periodo de entreguerras: ¿bajo qué condiciones podía hablarse de la existencia de una dictadura? ¿En qué medida el liberalismo podía seguir ofreciendo soluciones a una situación política marcada por la irrupción de masas manipuladas por nuevas elites corruptas? ¿Era el corporativismo una opción deseable para encuadrar a estas mayorías? ¿Cuáles eran los riesgos de concentrar mayor poder en un Estado asentado en el sistema corporativo? ¿Se estaban creando las bases de un nuevo despotismo con la expansión del estrato burocrático? A partir del triunfo de la Revolución soviética y del ascenso del fascismo italiano, los críticos de la Revolución mexicana comenzaron a interrogarse sobre la capacidad de las elites para controlar las acciones de un nuevo actor social: las “masas”. Éstas fueron imaginadas como fuerzas amenazantes, violentas, fácilmente manipulables, incapaces de generar un pensamiento propio y de llevar a cabo acciones independientes.

Para un filósofo como José Ortega y Gasset, la participación de las multitudes en la vida política era el origen del caos que había aparecido en las sociedades de esa época. Brito Foucher empezó a escribir sus ensayos a partir de que se convirtió en político activo. Él fue el líder del movimiento de protesta protagonizado por un grupo de estudiantes tabasqueños radicados en la Ciudad de México contra el gobierno de Tomás Garrido Canabal en Tabasco en julio de 1935 y que provocó una represión violenta por parte de ese gobierno. A partir del examen retrospectivo de lo ocurrido en Villahermosa en ese entonces, los ensayos abordan una segunda dimensión que resulta en una visión demoledora del cardenismo. En este nivel, el autor presenta argumentos para demostrar que Cárdenas dio continuidad a las alianzas y los equilibrios políticos instaurados durante el obregonismo y el callismo. Siguiendo esta línea de argumentación pasó a un tercer plano, donde hizo un cuestionamiento más profundo de los mecanismos de funcionamiento y reproducción del sistema político posrevolucionario. En este plano puso a discusión cuestiones clave como la articulación y las ramificaciones del autoritarismo en los niveles local y regional, la construcción de un entramado piramidal de relaciones de dominación y de complicidad a través de las organizaciones obreras y del partido, la manipulación electoral, la violación sistemática de la legalidad, la instauración del terror, el ejercicio de la violencia como motor de la vida política, la postulación de derechos ficticios, la amenaza constante de revoluciones y la ausencia de libertad de pensamiento y de acción para la mayor parte de los ciudadanos. Los temas de la política anticlerical y de las relaciones Estado-Iglesia, muy recurridos por otros escritores, no aparecen en su reflexión.

La idea que atraviesa el conjunto de ensayos reproducidos en este libro es que, a partir de la Revolución, los niveles local, regional y nacional de gobierno funcionaban como un sistema dictatorial donde la legalidad había sido anulada. Describe de manera pormenorizada los mecanismos que hacían funcionar la maquinaria política —por ejemplo, el sistema electoral— y ofrece elementos para poner a prueba su interpretación. Los ensayos contienen percepciones lúcidas de los orígenes de algunos fenómenos que siguen presentes en el México actual, como la violencia, y afloran otros problemas de fondo que es necesario explicitar.

El primero de estos problemas está relacionado con los cambios ideológicos que marcaron la trayectoria del autor. Al igual que muchos otros intelectuales mexicanos de su época, Brito Foucher fue un conservador influido por la corriente hispanoamericanista en su juventud pero no formó parte de los grupos católicos que reaccionaron con virulencia contra el laicismo y las políticas modernizadoras. En la década de 1930 se perfiló como un contrarrevolucionario que fustigaba la retórica oficialista, el corporativismo, las violaciones a la legalidad y la política de masas.

En cambio, en los textos que publicó en 1938 hace una reflexión crítica e inteligente de las formas de funcionamiento del sistema político revolucionario, reflexión entrelazada por momentos con manifestaciones de admiración hacia los autoritarismos europeos de la época. Al inicio de la década de 1940 adoptó posturas cada vez más autoritarias y derechistas, reivindicó el régimen franquista y estableció vínculos con grupos católicos de choque en el medio universitario. Finalmente se retiró a la vida privada y a la filantropía, se afilió a asociaciones masónicas estadunidenses y se inclinó hacia el esoterismo.

Un segundo problema a señalar es que los gobiernos revolucionarios fueron intolerantes hacia cualquier forma de crítica y marginaron de la vida política a las elites opositoras cuyos miembros, entre ellos Brito Foucher, tenían una sólida formación universitaria, albergaban ambiciones y mostraban capacidad de gestión. Estos individuos fueron descalificados y marginados por no compartir los principios y las prácticas de los grupos revolucionarios en el poder y muy rápidamente se les etiquetó de “antimexicanos”, “reaccionarios” y “enemigos del cambio”. En esta retórica, la crítica de raíz liberal-conservadora, como la de Brito Foucher, fue encerrada en la misma categoría del tradicionalismo católico. Con ello desaparecieron las diferencias de matiz entre los contrarrevolucionarios seculares descontentos por el giro que la Revolución estaba dando al país, y los conservadores recalcitrantes que buscaban un retorno al pasado, negando la posibilidad de una transformación.

Los primeros pertenecían a elites desplazadas de la vida política, pero no pugnaban por el retorno al pasado. La marginación política de que fueron objeto dio lugar a la radicalización de sus posturas iniciales y a la deformación de sus argumentos, lo que parecía justificar la censura y el silencio que cayeron sobre ellos. Su giro radical a la derecha contribuyó a anular la posibilidad de que su argumentación crítica sobre la Revolución fuera discutida seriamente.

El tercer problema está relacionado con el hecho de que, en el marco de su crítica política, Brito Foucher sustentó doctrinas raciales que cuestionaban el tipo de mestizaje mexicano y la preeminencia de lo indio sobre lo español. En esta perspectiva, el mestizaje producido en la época colonial y en el periodo independiente habría determinado los rasgos negativos de los gobernantes mexicanos y el desarrollo de una cultura política marcada por la barbarie. La amplia circulación de explicaciones racialistas de la realidad política y social mexicana en el siglo XX no se entiende sólo como prolongación de ideas formuladas en la última parte del siglo XIX sino como elemento del contexto más amplio de la reacción contra las transformaciones radicales que la Revolución estaba generando. En particular, la formación de una sociedad de masas en cuyo seno diferentes segmentos de la clase media y de los estratos populares comenzaron a interactuar al amparo de un nuevo marco legal e institucional.

En suma, la irrupción de una sociedad de masas —receptora de la propaganda oficial y potencial productora y consumidora— fue percibida por las elites conservadoras como un fenómeno amenazante frente al cual articularon una retórica racialista de orientación hispanófila, en oposición a la mestizofilia oficial. Tanto los intelectuales ligados a los regímenes revolucionarios como sus opositores mantuvieron la interconexión entre lo político y lo racial hasta mediados del siglo XX.

La idea subyacente en los ensayos de Brito Foucher apunta hacia la instauración de un régimen autoritario con perfil legalista que, sin embargo, no clama por un regreso al autoritarismo porfirista. En vez de eso planteó que la única manera de terminar con la decadencia y la corrupción imperantes era remplazar la “dictadura de partido” con una “dictadura necesaria” de orientación ética. Define la dictadura de partido como aquella “en la que exclusivamente los hombres del régimen [tenían] el derecho de jugar como candidatos en las elecciones, pero en la cual todos los sectores populares, sin excepción, [conservaban] el derecho del voto”.1

En contra de ese sistema que se perpetuaba indefinidamente a través de diversos mecanismos (clientelares, electorales, represivos) que reforzaban los rasgos antidemocráticos de la sociedad, proponía instaurar otra forma de autoritarismo que asumiría la totalidad de las funciones del gobierno durante un tiempo limitado con el propósito de preparar a la sociedad para ejercer sus derechos ciudadanos. De acuerdo con esta idea, una minoría selecta trabajaría activamente a favor de la estabilidad y el respeto a la ley, combatiría los poderes personalistas e impediría la formación de cacicazgos como el que Garrido Canabal había impuesto en Tabasco durante más de una década.

Sabemos muy poco sobre la fascinación que los autoritarismos europeos ejercieron sobre una parte de la intelectualidad mexicana de mediados del siglo xx y sobre la manera en que las ideas extranjeras se entrelazaron con las formas de conservadurismo entonces vigentes en México. Hasta muy recientemente, este tema y los indicios de vínculos de algunos intelectuales con la España franquista y la Alemania nazi fueron silenciados. El ocaso de la doctrina nazi al término de la segunda Guerra Mundial y el repliegue del franquismo en América Latina al comienzo de la década de 1950 terminaron por erosionar la reputación de algunos de esos intelectuales, mientras que otros negaron haber mantenido filiaciones semejantes.

La ausencia de un debate en torno a esta problemática puede explicar el predominio de la ideología de la Revolución mexicana durante esos años. Hasta final de la década de 1960, a excepción del Partido Acción Nacional y de individuos aislados, algunos de izquierda y otros liberales, la ideología oficial no fue objeto de una crítica consistente en el ámbito intelectual. La argumentación en contra de un aparato burocrático, corrupto, ineficiente y revestido de nacionalismo, quedó en manos de grupos minoritarios que fueron fácilmente reprimidos o censurados. Individuos que, como Brito Foucher, habían esgrimido una crítica sistemática a final de la década de 1930, se retiraron a la vida privada, dejaron de escribir y quedaron en el olvido. Una relectura de esta crítica a la Revolución permite comprender mejor los giros de la historia intelectual del siglo XX mexicano, los argumentos que estuvieron en juego y las cambiantes filiaciones ideológicas de sus actores.•

1Rodulfo Brito Foucher, Mi expedición a Tabasco. IV, “El sistema electoral mexicano”, Hoy, núm. 64, 14 de mayo de 1938.

Articulo: www.elboomeran.com 29/12/2016