mercredi 6 juillet 2016

Julio BAQUERO CRUZ∕Julio LLAMAZARES o el instinto de la lengua

Julio LLAMAZARES o el instinto de la lengua
Por Julio BAQUERO CRUZ

En ‘Distintas formas de mirar el agua’, la prosa se impone por su honestidad, por su transparencia. Como toda escritura genuina lo que nos ofrece es una idea del ser.

Entre la marea de libros que llega continuamente a las librerías, tantos que es casi imposible distinguir el grano de la paja, es decir, la obra genuina del mero producto editorial, hace unos meses encontré Distintas formas de mirar el agua, la última novela de Julio Llamazares. Conocía el nombre del autor, claro, pero no había leído nada suyo. Casi siempre estoy leyendo autores extranjeros, autores muertos. Abro el libro y empiezo a leer:

“Cuando llegamos a la laguna, el poblado estaba aún sin construir. Tan sólo unos barracones se dibujaban en la llanura y en ellos nos refugiamos junto a las quince o veinte familias que habían ido llegando, procedentes de lugares anegados por pantanos como el nuestro, a aquel fangal infinito emergido de la desecación del lago que había cubierto hasta entonces el territorio virgen y desolado que íbamos a ocupar”.

Encontrar una prosa así en un libro español contemporáneo es un acontecimiento. Uno suele leer historias burguesas, situadas en un ambiente urbano, construidas en las fronteras de lo verosímil, y a veces más allá, escritas en una prosa artificial que parece decir: “Fíjate lo bien que escribo”, como si se tratara de la enésima redacción de un autor que no llegó a salir del colegio. Son obras para las que escribir bien quiere decir usar palabras rebuscadas y una prosa rimbombante, como si la literatura debiera huir del lenguaje oral y ser otra cosa. Aquí no. Se escribe como se habla, con palabras sencillas, sobre la tierra, sobre personas normales, sobre hechos que podemos creernos sin hacer ningún esfuerzo. La prosa se impone por su honestidad, por su transparencia, por no llamar la atención sobre sí y no poder dudar, pues no tiene ningún problema de identidad. Se impone por su instinto natural de la lengua, de lo que suena bien y de lo que no suena bien, de una especie de justicia de la lengua.

Uno sigue leyendo:

“No me extraña que mi madre se emocione cada vez que ve estas montañas, cuánto más hoy, que venimos a lo que venimos. Me pasa a mí, que las dejé de ver con dieciséis años, cuando nos trasladamos a vivir a Palencia…”.

Tal vez Julio Llamazares no sea consciente de ello, pero para un palentino, y más aún para un palentino que vive fuera, encontrarse de pronto en un libro con esa palabra, Palencia, resulta emocionante. Igual que cuando lee en Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio:

“Palencia era clara y abierta. Por cualquier parte tenía la entrada franca y alegre y se partía como una hogaza de pan. La calle mayor tenía soportales de piedra blanca y le daba el sol. Las torres también eran blancas, bajas y fuertes y, el río, maduro y caudaloso. Al otro lado del río estaba la vega poblada de viñas, hortalizas y árboles de frutas; surcada de canales. Por los canales iban las barcazas llevadas por mulas que tiraban de maromas desde la orilla y resbalaban con sus cascos en el fango. El agua de los canales tomaba, con el poniente, un color lánguido y fecundo de azul blanquecino con reflejos verdes o rojos”.

Ya no hay barcazas por los canales y tampoco quedan viñas, pero en lo esencial sigue siendo así y lo reconocemos. Y también sabemos dónde está, porque sigue existiendo, aunque una reforma reciente la haya medio destrozado, la “herboristería medical” en la que entrará a servir Alfanhuí como mancebo.

Reconocemos el nombre y los lugares que designa, y nos emociona verlo escrito, acaso por el poder redentor de la escritura genuina, que puede rescatar y devolver su dignidad a las cosas más pequeñas y más humildes. Que es, me parece, uno de los impulsos que están detrás de esta obra de Julio Llamazares, que rescata para la literatura otros nombres y lugares desaparecidos: Quintanilla, Campillo, Utrero, Vegamián…

Y de nuevo percibimos, en Rafael Sánchez Ferlosio, un extraordinario instinto de la lengua, que no puede dudar de sí misma, que no quiere ni necesita deslumbrar, y por eso mismo deslumbra, que no es más que un instrumento, una función vital, casi fisiológica, al servicio de la representación, y todavía no se ha convertido en problema. Es la misma emoción y el mismo instinto que encontramos en Lluvia y gracia, el poema Claudio Rodríguez:

“Desde el autobús, lleno/de labriegos, de curas y de gallos, / al llegar a Palencia, / veo a ese hombre. / Comienza a llover fuerte, casi arrecia / y no le va a dar tiempo / a refugiarse en la ciudad. Y corre / como quien asesina. Y no comprende / el castigo del agua, su sencilla / servidumbre; tan sólo estar a salvo / es lo que quiere. Por eso no sabe / que le crece como un renuevo fértil / en su respiración acelerada, / que es cebo vivo, amor ya sin remedio, / cantera rica. Y, ante la sorpresa / de tal fecundidad, / se atropella y recela; / siente, muy en lo oscuro, que está limpio / para siempre, pero él no lo resiste; / y mira, y busca, y huye, / y, al llegar a cubierto, / entra mojado y libre, y se cobija, / y respira tranquilo en su ignorancia / al ver cómo su ropa / poco a poco se seca.”

Ese hombre sencillo que entra a pie en Palencia en un día lluvioso podría ser un personaje de una novela de Julio Llamazares, de un relato de Sánchez Ferlosio.

La poesía subjetiva que encierran los nombres de ciertos lugares y de ciertas personas ya la ha explicado Proust, al final del primer volumen de En busca del tiempo perdido. Esos nombres siempre designan dos o tres imágenes muy simplificadas y en el fondo falsas entre muchas posibles, entre toda la extensión de significados que evoca su sonido o su grafía. Lo que se esconde en él, en el fondo, es un deseo, un amor, un odio, o una indiferencia. El nombre de Palencia no solo designa una ciudad de provincias, que en Distintas formas de mirar el agua es un símbolo de vida devaluada, frente a la vida auténtica de la montaña que han tenido que abandonar los habitantes de los pueblos sepultados por los pantanos para venir a vivir a un poblado todavía por construir en una laguna desecada de la meseta norte. Es también, y sobre todo, la provincia de Palencia, que puede ser cualquier provincia de Castilla, y en esa provincia, el páramo, los campos góticos y el Norte, la montaña recia y fría, la zona del románico y de los pantanos. La poesía subjetiva de los nombres de lugares no está en las palabras. Está en las conciencias que los leen, pues para muchos esas palabras no serán más que signos o sonidos inertes. Para nosotros
es distinto. Nosotros vivíamos allí. Nuestro horizonte era el del valle del Carrión, un amplio horizonte. El horizonte del páramo es infinito. Visto desde allí, el mundo entero parece un páramo. Pero sabíamos, siempre supimos, que nuestras vidas no eran genuinas, que eran medio fraudulentas, que la vida de verdad estaba en los pueblos, en el campo, en la vaquería, junto a la noria, en casas de adobe cuyo suelo era de tierra compactada con trozos de cerámica rota de todos los colores, entre gente que vivía cerca de la naturaleza, mezclada con ella, que no sabía ni leer ni escribir y tal vez era más feliz o menos infeliz precisamente por eso.

Debo hacer una confesión. Una de las vergüenzas de mi infancia era que no tenía pueblo. Cuando llegaba el buen tiempo mis compañeros del colegio Blas Sierra iban desapareciendo, semana tras semana, y volvían de las fiestas del pueblo de turno con ojos brillantes, pues habían vivido unos días de vida auténtica, la vida de la era, del gallinero, del huerto y la acequia. El que no tenía pueblo, como yo, no tenía nada. Y ellos, los que sí lo tenían, se compadecían de mí, que no podía comprender ni siquiera imaginar los placeres de la vida de pueblo.

Pero había algo todavía más genuino que los pueblos, donde la vida era más vida y los hombres más hombres: la montaña. Algunos domingos nos montábamos en el R12 blanco e íbamos a pasar el día en la zona de los pantanos. Paseábamos, jugábamos en la nieve, o entre los lirones silvestres de los prados, caminábamos al lado de los arroyos, entre vacas serenas, hasta una poza cuya agua helada bebíamos como un elixir. Allí sí saboreábamos la vida en estado puro. Nada que ver con los aditivos y colorantes de la vida de ciudad. La gente que vivía en la montaña, esos abuelos que fumaban farias y jugaban al mus, lanzando órdagos escalofriantes (en mi primera infancia creía que las palabras “órdago” y “linier”, que oía cuando mi padre me llevaba al fútbol, eran insultos terribles) en la tasca grasienta y humeante de San Salvador de Cantamuda, con su olor característico e imperecedero, aquellos abuelos que habían visto tantas cosas, también parecían más enteros y redondos que las personas que conocíamos. Aunque hablaban más bien poco, se notaba que tenían muchas historias que contar y las ideas más claras, como el abuelo de Distintas formas de mirar el agua. Como dice Llamazares, pertenecían “a una generación para la que la fidelidad lo es todo, ya sea con las personas o con los lugares mismos”. También a nosotros nos “gustaría ser como ellos, como esos hombres y mujeres para los que la felicidad se basa en la fidelidad a otros y en conformarse con muy pocas cosas”, como esos hombres de montaña, de “espíritu áspero y tierno a la vez”.

No solo se añoran los lugares, los pueblos deshabitados, la montaña, las casas sepultadas bajo el agua de los pantanos. Se añoran las personas y sobre todo cierto tipo de personas. Y se añora el tiempo pasado, el tiempo perdido. Personas y tiempos que queremos creer más humanos, seguramente idealizados, como idealizamos a los muertos, ensalzando sus virtudes y olvidando sus defectos, como olvidamos que en la montaña la vida del hombre es dura, trabajosa, a menudo nada agradable.

Idealizamos, qué duda cabe. Pero tampoco puede negarse que los lugares y las personas se devalúan, que la tecnología (obra del hombre que obra en el hombre, transformándolo) lo uniformiza y lo engulle todo, deshumanizándolo, amenazando con quitarle su valor singular. La verdad debe estar en medio. Ni aquellos lugares, personas y tiempos fueron tan buenos como creemos, ni nuestras ciudades, nuestro tiempo y nuestras gentes están tan devaluados como imaginamos. Pero esas imágenes de lugares, personas y tiempos perdidos, esa Ítaca que canta Julio Llamazares, se nos ofrecen como un ejemplo que nos anima a tratar de ser mejores. Y la nostalgia que mueve su relato es testigo de que no han desaparecido del todo. La muerte última de las cosas tiene lugar cuando muere también la nostalgia, cuando dejamos de recordar y de añorar y se pierde la memoria. Distintas formas de mirar el agua es un canto a lo que perdemos, a lo que tal vez ya perdimos, y no debemos perder, o no debimos haber perdido. Es un ejercicio de restauración, de recuperación, mucho después del trauma, que debemos a alguien que se da cuenta de que ha vivido toda una vida esperando una catástrofe que ya había ocurrido, antes de que pudiera tener conciencia de ella. No es escritura patológica. Tampoco es escritura terapéutica. No es más que escritura. Y como toda escritura genuina y desnuda, lo que nos ofrece es una idea del ser.

Hay que dar las gracias a Julio Llamazares por haber escrito ese libro. [Texto de la presentación leída por el autor el 30 de diciembre de 2015 en la librería Ateneo de Palencia].

Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua, Alfaguara, Madrid 2015.

Julio Baquero Cruz es escritor y jurista. Autor de Murasaki, El viaje de un nihilista y Compañeros de piso.


Articulo: http://www.elboomeran.com 06∕06∕2016

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