lundi 24 juin 2013

Alberto OJEDA/ Rayuela, 50 años tirando la piedrita

Rayuela, 50 años tirando la piedrita
Por Alberto OJEDA

El popular libro de Julio Cortázar cumple medio siglo como estandarte de la transgresión contra la narrativa convencional | Mario Muchnik, Julián Ríos, Patricio Pron y Carles Álvarez Garriga someten a juicio el artefacto literario del escritor argentino | Un "jueguecito" para unos; una obra maestra, para otros.

En 1958, tras haber terminado su primera novela, Los premios, Cortázar empezó a dar síntomas de tedio hacia el género novelístico. Sus reglas se le quedaban estrechas para todo lo que él quería embutir dentro: "Muchos deseos, muchas nociones, muchas esperanzas y también, por qué no, muchos fracasos". Es lo que le explicaba al escritor y lingüista Jean Barnabé por carta ese mismo año. Pero tenía muchas dudas. No veía el punto de fuga ni el de ataque para lanzarse sobre las cuartillas. Al final se puso manos a la obra y con el swing espontáneo de un músico de jazz empezó a entintarlas, con un lenguaje "tan brutal y tan poco literario que a mí mismo me rechaza la relectura». En ese estado alucinado entre la ambición y la incertidumbre alumbró Rayuela, que él mismo calificó como "una crónica de la locura". 

A pesar de sus inseguridades (Cortázar no tenía claro que algún editor asumiera el riesgo de amparar aquel "artefacto"), la ¿novela? vio la luz en 1963, bajo el sello Sudamericana, gracias al respaldo de Francisco Porrúa, que creyó desde un principio en la excéntrica propuesta cortazariana. Hay alguna dificultad para fijar el día exacto en que apareció. Alfaguara, que ahora publica una cuidada reedición, con fragmentos de la correspondencia de Cortázar en los que alude a la popular obra y a los desvelos y recompensas que le procuró, señala que fue el 28 de junio. Por tanto, estamos en las vísperas de soplarle 50 velas a un libro clavado en la médula sentimental y literaria de varias generaciones de lectores, en el que la Maga y Horacio de Oliveira mezclaban amor y azar en las calles de París. 

La deconstrucción que le aplicó Cortázar a la novela, con sus itinerarios alternativos de lectura, sigue dando de qué hablar. Muchos aplauden cómo le reventó las costuras a las convenciones del siglo XIX que el género arrastraba. Julián Ríos, endeudado eternamente con Cortázar ("Él me ayudó mucho en mis comienzos"), es uno de ellos: "Sí, la desencorsetó y la liberó de ataduras académicas. Frente a la pesadez más o menos decimonónica y canónica, Cortázar proponía la ligereza. O la levedad, como diría mucho después Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio". Y le atribuye además la cualidad de haber balizado el terreno que debía recorrer la modernidad a posteriori: "Su arte combinatorio y aleatorio prefiguró la hipertextualidad y la cultura numérica de la era digital. Los nuevos lectores, viajeros habituales del ciberespacio, controladores de su propia lectura no lineal, pueden descubrir sin dificultad la cosmopista que abre la obra de Cortázar". 

Como contrapunto al elogio, se levantan también voces para oponer algunos reproches a la supuesta originalidad de Rayuela. Patricio Pron, autor de El comienzo de la primavera, no se anda con paños calientes: "Es un libro fallido porque su presunta novedad formal no es tal (los autores en torno al Oulipo venían anticipándola desde hacía años y ya se habían producido desarrollos similares en la literatura anglosajona) ni resulta apropiada al planteamiento de la historia y porque los conflictos de sus personajes son irrelevantes". El editor Mario Muchnik, amigo personal de Cortázar durante décadas, comparte el diagnóstico de su compatriota: "A mí la primera vez que la leí me pareció un jueguecito y me decepcionó. Ahora que ya tengo una edad le diría a Cortázar que no eran necesarios esos saltos y esas rupturas. Debajo de esos artificios tenía un gran novela". 

Muchnik, que a sus años ya no está para imposturas ni poses, confiesa que la segunda vez que ha leído Rayuela ha sido hace pocos días nada más: "Y sigo pensando que es un jueguecito. Pero ya he dejado de verlo como un libro menor de Cortázar. Esta vez me ha deslumbrado. Es que es un narrador de los de raza". El histórico editor saca a relucir un pequeño ensayo de Walter Benjamin para hacer un ejercicio de entomología literaria con Cortázar. Es El narrador, publicado en 1936: "Ahí distingue entre novelistas, que no saben contar si no se ponen a escribir, y los narradores, que son los que cuentan de manera orgánica, como si respirasen". En este segundo grupo, a su juicio, estaría el autor bonaerense: "Cuando se pone a contar es el momento de decir: 'Chicos, silencio, que ahora va a hablar Cortázar'. Es un narrador hipnotizante, que hasta contando la acción más banal o cotidiana, como coger un autobús, te mantiene absorbido". 

Cuando Muchnik habla de un "libro menor" es porque, antes de su reciente caída del caballo, situaba muy por encima los cuentos de su compañero de conversaciones interminables ("Con él siempre había tema"). Y no es una perspectiva minoritaria la suya. Como dice Pron, "existe un cierto consenso en torno al hecho de que Cortázar, que fue un extraordinario escritor de cuentos, no consiguió escribir novelas de igual calidad". El propio Cortázar, mientras le daba forma a su Rayuela sabía que se podía meter en un lío: "Muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión". Pero tenía argumentos comprensibles para justificar su determinación: "Si hoy [lo dice el 27 de junio del 59] siguiera escribiendo cuentos fantásticos me sentiría un perfecto estafador; modestia aparte, ya me resulta demasiado fácil, je tiens le système, como decía Rimbaud". 

El mencionado consenso, sin embargo, "salta por los aires", según Pron, "cada vez que alguien trae a colación Rayuela". En gran medida, advierte, porque "en la discusión acerca del libro sus defensores esgrimen siempre (curiosamente, o no) argumentos puramente sentimentales:Rayuela sería un libro magnífico porque son magníficos los viejos amigos, los álbumes de cromos de la infancia y las novias de la adolescencia". Los criterios para juzgar la obra escaparían a lo estrictamente literario y caerían en "el peligroso ámbito de la nostalgia autocelebratoria". 

Carles Álvarez Garriga, editor de los cinco tomos de la correspondencia de Cortázar publicados por Alfaguara el año pasado, no lo ve así. Y considera que sí, que en Rayuela hay "al menos algunas de la mejores páginas de toda su obra". Cita como ejemplo el comienzo del capítulo 73: "Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos". 

Julián Ríos tercia para incorporar una visión sintética y conciliadora entre ambos registros (cuentos/novelas) cortazarianos: "En Rayuela hay episodios de antología, como el de la pianista Berthe Trépat pero creo que la obra de Cortázar gana al apreciarla en su conjunto, al conciliar los opuestos (el cuento cerrado y la novela abierta, por ejemplo), al comprobar en definitiva la continuidad de los parques temáticos". Porque, como advierte Cortázar desde la primera frase, "este libro es muchos libros", que conectó (conectaron) sobre todo con lectores jóvenes, por sus modales rebeldes, su idealismo romántico y su promiscuidad verbal. "Los protagonistas de Rayuela muestran que las palabras hacen el amor en la página y que la vida sexual de las palabras es una forma de metamorfosis en la que el verbo se hace carne", afirma Julián Ríos. 

El autor de Historias de Cronopios y Famas se vio sorprendido por el impacto de la novela entre las nuevas generaciones. Algo que le otorgó un brillo de celebridad que siempre le costó ocultar por su gran altura. Cuenta Muchnik que una vez paseando con él por la Plaza del Rey de Barcelona, Cortázar decidió pararse a escuchar a un grupo de jóvenes que estaban tocando canciones argentinas. Un chico que tenía una bolsa de galletitas se le acercó discretamente y le ofreció una. "Esto es todo lo que te puedo dar. Es muy poco a cambio de lo que tú me has dado a mí", le dijo. El joven y Cortázar espontáneamente se abrazaron. Pero quizá la mayor recompensa por escribir Rayuela la recibió de una chica norteamericana. Abandonada por su novio, estaba decidida a suicidarse. Hasta que alguien, en un drugstore, le pasó la ¿novela? El desenlace lo recuerda Cortázar en una carta fechada en el 72: "Me escribió semanas más tarde, reconciliada con la vida, entendiendo admirablemente cada página del libro, decidida a recomenzar y a buscar". Locura que salva a locura. 

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Juan Manuel Bonet
"Amaremos siempre a la Maga, a Oliveira, a Morelli..."
Por Alberto OJEDA 

Acaba de publicar el 'Diccionario Cortázar-París-Rayuela' y de abrir una exposición en homenaje al escritor argentino en el Instituto Cervantes de París, que actualmente dirige

Cuando llegó a la dirección del Instituto Cervantes en 2012 tenía en mente homenajear a su admirado Cortázar. Era una de sus prioridades. Y valiéndose de su experiencia como director del Museo Reina Sofía, ha conseguido organizar una muy sugerente exposición en la delegación cervantina de la capital gala. Rayuela: el París de Cortázar recorre los lugares y los edificios significativos que aparecen en las páginas del libro del escritor argentino. Además, en el catálogo de esta muestra Bonet publica el Diccionario Cortázar-París-Rayuela, un volumen con el que brujulear por París a la busca del fetiche, los evidentes y los más ocultos.

Pregunta.-¿Por qué razones diría que Rayuela, medio siglo después de su publicación, sigue siendo una obra indispensable?
Respuesta.-Carlos Fuentes, en clave latinoamericana, la calificó de "nuestroUlises", en alusión a la novela homónima de Joyce. Creo que es una novela fetiche, la novela de la fascinación por París de un hombre del Nuevo Mundo que sigue los pasos de predecesores que se llaman Rubén Darío o César Vallejo o Alejo Carpentier o Miguel Ángel Asturias... Es una novela sobre la literatura, pero también sobre la vida. Es una novela que mucha gente quiso vivir, y en ese sentido es también un poco nuestro On the Road, y no cito a Jack Kerouac en vano, porque en Rayuela salen el jazz, y el pensamiento oriental, y la propia literatura de los "beats", que también eligieron París como una de sus Mecas. 

P.-¿Puede recordar las sensaciones que tuvo al sumergirse por primera vez en el libro. Y en posteriores relecturas ¿en qué ha cambiado de aquellas sensaciones y qué nuevos descubrimientos ha hecho? 
R.- Nacido en París de madre francesa, cuando la leí, relativamente tarde, pues fue en la treintena, me fijé sobre todo en la cercanía de muchos de los lugares y obras evocados, a mi propia infancia en la década del cincuenta. Ahora la he releído poniéndola en relación con un libro póstumo de Cortázar que me fascinó, que es Cartas a los Jonquières, cuya parte primera es casi un diario de Rayuela. Y lo que más me llama la atención, a la postre, es lo que el libro tiene de "teoría de París", y en general de teoría de la relación de un escritor con una ciudad. Recomendaría leer en esa clave un texto menos conocido, el prólogo que Cortázar le puso a un fotolibro sobre París de su amigo el fotógrafo brasileño Alécio de Andrade; prólogo donde habla del callejeo, de la actividad del flâneur, de fotografía (pero curiosamente no de Atget, que me parece el más cortazariano de los artistas de la cámara), de poesía, de canciones... Y recomendaría pensar en el proyecto Rayuela, como un proyecto inscrito dentro de la tradición de libros como Nadja, de André Breton; Le paysan de Paris, de Louis Aragon, o Le piéton de Paris, de Léon Paul Fargue, aunque este último no figurara en la biblioteca cortazariana. Y mirando más para acá, ahora aprecio en Cortázar otras dimensiones que lo acercarían a alguien con el cual se encontró, como Georges Perec, o a un escritor más joven y con el cual no parece que coincidiera, como Patrick Modiano. 

P.- París es una ciudad hiperretratada por la literatura. ¿En qué sentido diría que es original la aproximación a la capital gala que hace Cortázar en Rayuela? 
R.- Cortázar convirtió en arquetipos a la Maga, a Oliveira, a Morelli, al pintor Étienne. Una de las novedades de nuestra exposición sobre Rayuela es que desvelamos quién fue Étienne: el pintor, compositor y poeta argentino Sergio de Castro, fallecido aquí en París, el pasado mes de diciembre. Amaremos siempre a estos personajes, su deriva urbana, sus despistes, su amor por la pintura de la que coleccionan un sucedáneo como son las postales y las láminas. 

P.- Entró en el Instituto Cervantes advirtiendo que París le debía un homenaje a Cortázar. ¿Considera que la ciudad (sus habitantes, sus autoridades) han soslayado al escritor argentino o no le han dado el tratamiento que merece? 
R.- Está muy traducido, pero no ocupa el lugar que merece. Pero es el destino de muchos de los creadores españoles y latinoamericanos que París atrajo. Casi nadie aquí ha oído hablar de Rubén, de Vallejo, o no digamos de César Moro, y eso que este poeta surealista peruano escribió la mayor parte de su obra en francés. De cara al conocimiento de Cortázar, habrá que hacer un esfuerzo suplementario el año que viene, que es el de su centenario. También es el del centenario de Octavio Paz. Estamos en conversaciones con la BNF, la Biblioteca Nacional de Francia, para montar algo en torno a la amistad entre el mexicano y el argentino; la idea sería buscar puntos de encuentro entre ambos: la India, románticos como Nerval, un maldito como Lautréamont, el surrealismo y alguna figura próxima al mismo como Giorgio de Chirico, el Golpe de dados de Mallarmé que inspira Blanco de Paz, la obra de Henri Michaux, de Marcel Duchamp... 

P.- Ha publicado el Diccionario Cortázar-París-Rayuela. Puede ser una muy útil herramienta para los mitómanos de la ¿novela? que viajen a París...
R.- En el diccionario, que está publicado en el catálogo de la muestra que hemos organizado en torno a Rayuela y al París de Cortázar, he intentado proponer un mapa, cruzando Rayuela con el resto de la obra del escritor, con su correspondencia, con su vida, con el registro de su biblioteca... Salen libros, cuadros, discos de música clásica o de jazz, cafés, restaurantes, salas de conciertos, museos, excursiones a las afueras. También el amor de Cortázar por la Edad Media francesa y dentro de él por el ciclo de tapicerías de la Dama del Unicornio que se conserva en Cluny, o por el romanticismo. Una y otra vez, en las páginas del diccionario salen los paisajes en que transcurre la novela, que son también los paisajes de nuestra Ruta Cortázar: el Sena, el Pont des Arts, la punta del Vert Galant, Notre Dame, Saint-Germain des Prés, el Luxemburgo, el Barrio Latino por el cual cruza la sombra de François Villon, Montparnasse. Pero en el diccionario salen también paisajes urbanos que no salen en la novela, mas sí en otras obras posteriores del escritor. En ese sentido me parece especialmente importante el amor de Cortázar por los pasajes ochocentistas, como la Galerie Vivienne, donde persigue a la sombra de Lautréamont. 

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Cortázar. Cartas (1937-54), (1955-64), (1965-68)
Julio Cortázar
Edición de A. Bernárdez y C. Álvarez Garriga. Alfaguara, 2012, 3 volúmenes. 592, 671, 681 páginas. 23'95 euros cada uno.
Por Joaquín MARCO
Publicado el 19/10/2012 

La primera edición de la correspondencia de Julio Cortázar (Bruselas, 1914- París, 1984) la publicó Alfaguara en Buenos Aires en 2000, al cuidado de su viuda Aurora Bernárdez y la del crítico Saúl Yurkievich, buen amigo de Cortázar, quienes compartían el mismo pueblo de descanso en la Provenza.

Pero en aquella edición se suprimieron algunos pasajes que ahora se restituyen. En 2010, se editaron en España, por Alfaguara, las Cartas a los Jonquières, que comentamos en estas páginas y que aquí reaperacen. Pero esta nueva edición del epistolario casi completo, incluye, a diferencia de la primera argentina, otro millar de nuevas epístolas. Faltan por aparecer todavía los tomos cuarto y quinto. Aurora Bernárdez, también albacea de Cortázar y Carles Álvarez Garriga han corrido con el arduo trabajo de reunirlas y de anotarlas somera, pero de forma muy útil, porque casi nada se escapa a su atención. Fabuloso mecanógrafo, escribía casi siempre sus cartas a máquina con copia para su archivo personal. Tan sólo algunas proceden de textos manuscritos. Además de los especialistas que pueden descifrar algunas claves, los lectores del gran escritor argentino pueden rastrear su evolución, incluso estilística, desde sus inicios hasta la madurez de las de los años sesenta y siguientes. Les cabe, asimismo, la posibilidad de advertir la fraternidad de aquellos autores del llamado “boom” y el de sus maestros en la bulliciosa actividad de un Cortázar, viajero impenitente, que deambula entre los géneros, del cuento a la novela y al cine, cuando no los inventa, y que ofrece toda suerte de descubrimientos. 

Si al lector le agobia tal cantidad de material, es aconsejable leerlas al azar, porque en cada una de ellas descubrirá el mundo que rodeó al autor de Rayuela. Cortázar no es dado a la confidencia, de modo que apenas si desvela alguna intimidad; aunque sepamos, por otras fuentes, de sus aventuras amorosas. La del 3, p. 661 es una de las excepciones: “Sabrás quizá que Aurora y yo hemos decidido separarnos./…/No te cuento más de esto porque ni vos ni yo pertenecemos al género confesional, y sería inútil y fatigoso hablar de un pasado que me duele y me deprime”. Con esta carta del 17 de diciembre de 1968 se cierra una etapa. Si nunca resulta fácil escribir sobre una correspondencia, se entenderá que esta masa de materiales de tanto interés resulte casi impracticable. Cortázar escribe con pasión y delicadeza extrema estas piezas que dan cuenta de viajes, lecturas, amistades, peticiones de dinero, ideas sobre la novela, el cuento, el cine, ataques a los productores, consejos a amigos o a simples conocidos. Sabemos por él mismo su relación amistosa con Fuentes, pero su opinión sobre La región más transparente no deja de transmitirle observaciones críticas 2, pág. 166; la impresión que le causó la primera lectura de Cien años de soledad, su relación cordial con Vargas Llosa o con Cabrera Infante, incluso después de que éste se alejara (¡y cómo!) de la Revolución Cubana. Fascinantes son las que se cruza con Francisco Porrúa (merecerían volumen propio), con detalles como los que se refieren al proyecto de Carlos Barral y López Llausás (Sudamericana) para compartir algún libro de los autores más significativos. Es el momento preciso de la expansión de la nueva novela. También apasionante resulta la concreción del paso por la censura (entonces “consulta voluntaria”) española de Rayuela, 3, pág. 477 que Barral quería publicar en España. 

Todo ello queda lejos de su respetuosa carta a Borges, de 1947, aunque sin fecha,1, pág. 273. París convierte a Cortázar en otro escritor bien distinto de aquel que se alegra de la oferta de tres cátedras interinas de la universidad de Cuyo, 1, pág. 319. Podemos ir viendo crecer al escritor ante la publicación de Rayuela o sus traducciones y entender cómo tras sus cuentos, publicados ya en diversas lenguas, se afianza, no sin dudas, como novelista. Acompaña sus cartas de algunos dibujos que se reproducen. También el original manuscrito de su novela principal (hoy en la universidad de Austin, Texas) iba acompañada de esquemas y dibujos, algunos al margen de las páginas. A modo de autobiografía, que nunca escribió, cabe ir siguiendo las muchas peripecias: desde el viaje a Checoeslovaquia, junto a Fuentes y García Márquez, en 1968, en la primavera de Praga, hasta sus impresiones y actividades de mayo del 68 o sus frecuentes viajes a Cuba. Pero estas cartas “objetivas” no disminuyen el interés de cuantas opiniones vierte sobre lecturas, cine y arte. 

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Julio Cortázar. Una biografía revisada
Miguel Herráez
Ed. Al Revés. Barcelona. 2011. 351 pp, 18 euros
Por Luis Antonio DE VILLENA
Publicado el 15/04/2011 

La biografía de Miguel Herráez del argentino Julio Cortázar (1914-1984) se editó por vez primera en 2003, pero nos hallamos ahora ante una edición no sólo revisada sino aumentada. Un trabajo bien hecho, porque consigue que la sucesión de datos, nombres, cifras y análisis que una biografía comporta, no mengüe -como sucede en muchas biografías anglosajonas de signo marcadamente académico- la amenidad lectora de un texto que no está pensado para especialista. 

Como tantas, la historia de Cortázar (con ascendentes españoles, vascos y francoalemanes) es extraña y seductora. Nació en Bruselas, porque su padre trabajaba en ese momento allá y pasó sus muy primeros años en Francia y en España -en Barcelona- antes de volver, niño aún, a Buenos Aires, ciudad sobre la que tanto escribiría. Cortázar fue maestro y profesor, y durante sus años juveniles (de intenso amor a la literatura) dio clases en pueblos o cuidades del interior de la Argentina, desde Bolívar o Chivilcoy, en la Pampa, hasta Mendoza, próxima a la frontera con Chile. Este Cortázar letraherido que escribió entonces varias novelas -algunas perdidas- no publicó nada. Un libro de poemas, casi invisible, Presencia, en 1938, y un pequeño libro de escenificación mitológica, Los Reyes, en 1949. En realidad Julio consideró su primer libro (y el primero que tuvo algún eco) el de relatos, Bestiario, de 1951. Ahí comienza el verdadero Cortázar, uno de los grandes renovadores del cuento en nuestra lengua, entre los juegos con la fantasía y con el tiempo. Borges -con quien apenas tuvo trato- publicó sin embargo en una revista, en 1949, el cuento más antiguo y uno de los más célebres de Bestiario, “Casa tomada”. Apenas tras ese libro, un Cotázar que ya tiene 38 años se va a París, la meca de muchos latinoamericanos de la época, pero para él ya su ciudad para siempre, la ciudad desde la que recordar Buenos Aires, aunque fue muchas veces más a la Argentina, donde vivían su madre y su hermana. Sólo la dictadura de Videla privó a Cortázar de la nacionalidad argentina y murió siendo francés, después de haber tenido doble nacionalidad muchos años. Pero suele decirse que la patria de un escritor es su lengua y entonces Cortázar nunca dejó de ser hondamente porteño. 

En París vivió y tradujo junto a su primera mujer (y hoy su derechohabiente) Aurora Bernárdez, y para muchos ese Cortázar algo existencialista, enamorado del jazz ,de la literatura fantástica y de la vida como sorpresa es el mejor, el alto y gran Cortázar que entra por derecho en el “boom” de la narrativa hispanoamericana, y que produce espléndidos libros de cuentos como Final del juego (1964) o Las armas secretas (1960), de fama creciente pero aún minoritaria, y que culminará en esa novela de diversas lecturas o antinovela creativa que fue Rayuela (1963), que marcó a varias generaciones de lectores. A ese tiempo pertenece también el Cotázar más lúdico, irónico o erudito de La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Historias de cronopios y de famas (1962) 

Cortázar se separa de Aurora Bernárdez -aunque nunca dejaron de ser amigos- y se une con una lituana, especialista en América Latina, Ugné Karvelis, que no representó sino fugazmente el amor, hasta encontrar en Montreal a Carol Dunlop, que fue su última y muy querida mujer, junto a la que está enterrado en el cementerio de Montparnasse, y que le precedió en la muerte, aunque Cortázar ya tenía la leucemia que acabaría con su vida cuando Carol murió, dejándolo seriamente abatido. Para muchos, el segundo Cortázar (literariamente el menos interesante, aunque no falten destellos, como el libro de cuentos Octaedro de 1974) surgirá a partir de los mediados 60, cuando el casi apolítico Cotázar, aunque liberal e izquierdista -dejó Argentina en buena medida por el peronismo- se convierta al culto de la revolución cubana (viajó muy a menudo a la isla) y se fuera politizando más cada vez contra las dictaduras del Cono Sur -tan espantosas- o a favor del sandinismo en Nicaragua. De ese tiempo es su última novela El libro de Manuel (1973), cuyos derechos cedió a los perseguidos políticos de Argentina, el que hizo a dúo con Carol, Los autonautas de la cosmopista(1983) o su Nicaragua tan violentamente dulce, el último que editó en vida. Los dos vértices de Cortázar nunca se separaron del todo, pero si críticos y lectores prefieren literariamente al primero, el segundo (que tuvo menos éxito, pese a la gran fama del escritor) llama la atención por la seriedad y sencillez de su compromiso humano. Alto y de grandes ojos tristes, Cortázar fue uno de los grandes narradores de nuestro idioma en el siglo XX y un tipo discreto, nada amante de premios (impidió un homenaje que querían hacerle sus amigos), un hombre cabal y un escritor de primerísima. 

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Cortázar dialoga con los autores de su biblioteca personal
Orgía para mitómanos
Por  Blanca BERASÁTEGUI
Publicado el 19/02/2004 

Las bibliotecas siempre nos hablan de sus dueños. Las bibliotecas de los escritores suelen darnos, además, muchas claves -palabras mayores y letra pequeña- del mundo literario de su época.

Si encima se trata de la biblioteca de un escritor que dialoga con pasión con los autores, que expresa en cada página su furia o su entusiasmo, que discute y corrige, que subraya y tacha a lapiz o en colores... esa biblioteca es un tesoro. La de Julio Cortázar es una de ellas. Sus libros destilan, a chorros, gustos literarios, amistades, creencias, sensaciones y compromisos de su dueño. Estoy por decir que la biblioteca personal de Cortázar es la mejor de sus autobiografías posible, porque los libros guardan, agazapados en las páginas como a hurtadillas, retazos de su vida escritos de uno en uno, durante las lecturas, a lo largo del tiempo. Esa biblioteca vive en Madrid y no es apta para la salud de los mitómanos.

La biblioteca personal de Julio Cortázar se encuentra en la Fundación Juan March de Madrid desde la primavera de 1993. Entonces, la viuda y albacea del escritor, Aurora Bernárdez, donó a la Fundación los más de cuatro mil volúmenes que Cortázar tenía en su casa parisina cuando murió, el 12 de febrero de 1984. Es, como no podía ser de otro modo, la biblioteca de un gran lector, amante, por un lado, de los grandes poetas de todos los tiempos y con la debilidad de siempre confesada por los cuentos de terror y las historias de vampiros y fantasmas. En la biblioteca de Cortázar que podemos visitar en la Juan March se tutean las antologías poéticas de los lugares más remotos (poesía precolombina, quechua, gallega, rusa, metafísica, en sánscrito) con las diferentes ediciones de dráculas (tiene siete) y las baratas historietas de misterio. Conviven prácticamente todos los clásicos españoles, leídos a conciencia, subrayados, anotados, cuestionados, con las novelas fundamentales de sus contemporáneos latinoamericanos y muchas primeras ediciones de los poetas españoles del XX. Todos ellos con mucha música -especialmente jazz-, hablando idiomas -su oficio de traductor explica la cantidad de libros en inglés y francés- y con el rastro inconfundible de filias y fobias, de complicidad o lejanía, con autores fundamentales de su espléndida camada literaria. Una orgía, en fin, para los mitómanos.

Orgía especialmente por la huella de letra menuda y clara que dejaba el escritor en muchos de los libros. Cortázar subrayaba hasta la extenuación, anotaba en los márgenes sus diferencias y no pasaba una errata. Las corregía todas. “¿Por qué tantas erratas, Lezama?” escribe en la primera página de Paradiso antes de enumerar la multitud de pequeños errores que se colaron en la primera edición de la novela de Lezama Lima. Otras veces no está para contemplaciones: “MERDE!” sentencia en la última página de la Antología del humor negro, de Breton.

Habrá que volver y volver a los libros de Cortázar, pero hay nombres, dedicatorias y libros que no ofrecen la menor duda: hay que pararse. Hay que detenerse y saborear las notas, las cruces, los asombros y las furias del escritor mientras leía:“Bravo, poeta”, “Retórica barata, viejo!, “Abandono en la página 76”... y demás avisos para navegantes que aparecen en las páginas de tantos libros de su biblioteca.

Cómplice de Octavio Paz

Las estaciones principales de este viaje interior por las lecturas de Cortázar se llaman Octavio Paz, Pablo Neruda, Alejandra Pizarnik, Lezama Lima, Federico García Lorca, Juan Carlos Onetti y Luis Cernuda. En todos sus libros hay complicidad y hay confidencias. También Valle-Inclán, Borges y Pedro Salinas suscitaron al autor de Rayuela su admiración y desencuentros. De García Márquez y Vargas Llosa hay sólo tenues rastros y es significativa también alguna ausencia: del nobel Cela , por ejemplo, Cortázar no tenía un solo libro. Ningún poema tampoco de Juan Ramón, ni de Guillén.

A Octavio Paz lo admiraba. No hay más que hojear cualquiera de sus libros trasegados. Se conocieron en la India en los años sesenta, cuando Paz era embajador de su país y su relación no sufrió apenas altibajos. Paz le tenía a Cortázar en el panteón de los grandes, junto a Rulfo, Borges y Neruda, y Cortázar consideraba que Octavio Paz era “la estrella marinera de la poesía latinoamericana”. Así es que no es de extrañar que en su biblioteca se encuentre prácticamente todo, desde Libertad bajo palabra (1949) hasta algunos de los artículos publicados en la prensa en España, en los años ochenta.
El mexicano le dedica así Los hijos de Limo: “A Julio, más cerca que lejos, en un allá que es siempre aquí, Octavio”. La confianza entre ambos le permitía escribir en la primera página de águila o sol: “Es muy hermoso, Octavio, pero es un lenguaje del que hay que despedirse. Yo lo hice, al menos, con Estación de la mano”. El 2 de marzo de 1965, desde Delhi, le envía Paz el ensayo La palabra edificante, “con la esperanza de verlo pronto, con la seguridad de leerlo siempre”. No hay más que hojear sus páginas amarillas y porosas teñidas de bolígrafo azul en los márgenes para saber lo mucho que le interesó a Cortázar. Un ejemplo: dice Paz “cuando la poesía de Cernuda era menospreciada en su patria y en el resto de Hispanoamérica (pag, 82)... Y replica Cortázar: “Te equivocas. En esos años había algún argentino -muchos, creo- que veían en L. C. al más alto poeta español de su tiempo junto con Federico”.

El arco y la lira lo cuajó Cortázar de NO en los márgenes con bolígrafo rojo. Otras veces un no le parece insuficiente y añade con fuerza: “Te bandeás, Octavio!”, o “Brillante, sí, y qué? ¿ dónde la salida, el tercer camino, la síntesis definitiva, el salto sintético?”, o “Es mucho peor de lo que dices, Octavio”, o “Más bien es al VERSE, Octavio!”. En la pág. 76 aclara Cortázar que, “al final de su vida, Ezra Pound hizo las paces con Whitman”, y, más adelante, cuando se lamenta Paz de que Unamuno hubiese ignorado el humor, salta Cortázar: “España, querido”.

No hay derecho a escribir tan mal

No resisto la tentación de ocultar la coda que le dedicó Cortázar a la primera mujer de Octavio Paz, Elena Garro, señora culta y novelista discreta. En 1980 publicó el libro de relatos Andamos huyendo Lola y, en la primera página, escribe Cortázar: “Abandono en la página 76. No hay derecho a escribir tan mal. Pero los dos primeros cuentos son bonitos”. Y en la página 72, es decir, unos minutos antes de abandonar, escribe: “¿Por qué redactaste tan mal este cuento, Elenita?”

Las erratas le molestaban enormemente a Cortázar. Las cazaba todas, así que no hay apenas libros en su biblioteca que no tuviera encima la espada, silenciosa a veces y a veces indignada de signos ortográficos, de su bolígrafo. Los libros de Lezama eran en eso especialmente promiscuos, así que en la última página de Paradiso, a modo de memorial de agravios va Cortázar, página a página, cantando las cuarenta, porque más de cuarenta cita. La dedicatoria de Paradiso escrita por Lezama en diminutas líneas verdes es una belleza: “Para mi querido amigo Julio Cortázar, el mismo día que recibí su magnífica Rayuela, le envío mi Paradiso. Entre Ud. y yo hay un cariño muy grande, sin habernos casi tratado, a veces se lo atribuyo al común ancestro vasco, pero otras me parece como si los dos hubiéramos estudiado en el mismo colegio, o vivido en el mismo barrio, o a que cuando uno de nosotros dos duerme, el otro vela y lee en la buena estrella.

Pronto le escribo sobre su novela. Venga otra vez por La Habana, todos nosotros lo recordamos y lo admiramos. Y lo esperamos siempre.

Mi mejor abrazo es para J. Cortázar. Suyo, J. Lezama Lima”.

Se conocían desde 1957. La revista Orígenes, que dirigía Lezama desde La Habana, tuvo la culpa. La leyó Cortázar en París y sintió que “debía decirle a Lezama que su texto le había dado acceso a un dominio fabuloso de la literatura”. Enseguida recibió del cubano un paquete de libros, entre ellosTratados en la Habana, con esta dedicatoria: “A Julio Cortázar, por su ardido traspasar del paredón en ancho”. Durante muchos años intercambian correspondencia, confidencias y discusiones. Otro de sus libros, La cantidad hechizada, se abre con esta complicada dedicatoria: “Para Julio Cortázar, el misterio de la amistad se iguala en ti a la alegre sorpresa de toda tu obra en esa fiesta de la epopeya que es tu escritura, ‘la danza del intelecto entre las palabras’, según Pound. Mi admiración te puede abrazar. Tu amigo, José Lezama Lima”. 

Complicidad con Neruda

En el 66 publica Lezama órbita. La tiene Cortázar muy anotada y, como siempre, se la dedica el cubano con generosidad y mucha enjundia. Entre otras cosas, le dice que “en años que eran muy difíciles, recibí siempre su palabra de comprensión y eso se lo agradeceré siempre. La realización de su obra era para mi una noticia alegre. Los dos podemos decir el verso de Orfeo: ‘escribimos para aquellos que están en la obligacion de leernos’. Lo quiere y lo admira mucho, J. Lezama Lima, marzo, 1966”. Cortázar dejó escrita la pobreza en la que le había dejado la muerte de Lezama: “No es fácil habituarse a estos enormes huecos en nuestras vidas”.

Cortázar disfrutó mucho leyendo Confieso que he vivido. Con Neruda le unían muchas cosas pero la fundamental era la poesía. Hablan de tú a tú y, a medida que avanza la lectura, el bolígrafo verde de Cortázar se va imponiendo y casi no hay página sin réplica, sin admiración, sin complicidad, sin desacuerdo. Me resulta imposible explicar tal grado de humor y sintonía que desprende este ejemplar, realmente vivido. A veces, también le corrrige: “¡Craso error, Pablo!” ,y se mete con su editor: “Che Otero Silva, qué manera de revisar el manuscrito, carajo!”. Las memorias del poeta le dan pie a terciar sobre Pinochet: “Los objetos que regalaste al pueblo chileno, Pinochet se las venderá a los yanquies, es lo más seguro”. Y cuando Pablo habla del Che y dice que los subtenientes de una guerrilla no pueden dirigir un Estado, añade Cortázar: “Pero, claro, los burócratas del PC tampoco”. Luego, confiesa el poeta que se comería toda la tierra y que se bebería todo el mar, y su amigo Cortázar le añade al margen, divertido: “Lo hiciste, Pablo, y a los demás les duele”. Y más adelante, Neruda habla con melancolía de la soledad del niño poeta que fue, y es cuando Julio Cortázar exclama: “También me pasó a mí. También mi madre creía que plagiaba!”.

“Ni comedia, ni bárbara!”

De España escribe mucho Cortázar en los libros de sus escritores preferidos. Valle-Inclán era uno de ellos y, sin embargo, en el ejemplar de águila de blasón (Losada, 1957) que leyó Cortazar lo deja temblando. En su última página escribió: “Enorme y triste parodia, ni comedia, ni bárbara. Retórica barata, viejo!” Y en una de las páginas interiores, leo: “Horror de aquellos que dan más importancia a lo que no les gusta que a lo que les gusta”. Y remacha: “Bodrio! Necrofilia gallega y barata!”. 

“Cernuda, ¡maravilloso!” 

De Luis Cernuda, Cortázar tenía dos libros en su biblioteca: Poesía y Literatura (el ejemplar en realidad era de Vargas Llosa y está fechado en Paris, 1965) y La realidad y el deseo. En este caso, el escritor subraya con lápiz tenue, pero la pasión va por dentro. “¡Maravilloso!”, grita desde una de las múltiples hojas subrayadas. En la pág. 28 anota: “La más íntima, sola, poesía. Rumorosa y mínima. Preludio de una tristeza segura”. Dos páginas adelante, añade Cortázar: “Aquí, una adjetivación suntuosa, excesiva. ¡Pero cómo ordena tanta sustancia peligrosa. Un ritmo sabio y una estructura severa. Aquí vuelvo a hallarte, poeta”. En la pág 205 Cernuda publica su poema al Niño Muerto. Al margen, Cortázar escribe: “Después de mi 14 de abril, cómo no sentir más estos versos, cómo no quemar mi llanto pegado al tuyo!”. Y remata en la última página de La realidad y el deseo: “Un grande, un maravilloso libro, poeta! En Poesía y Literatura se queja en la última pagina: “Compara a Galdós con Cervantes y Shakespeare. ¡No, hombre, por favor!”

También leyó, claro, a Lorca. En su biblioteca encuentro un Así que pasen cinco años y un Poeta en Nueva York muy anotados. “¿No hay en todo ésto (1931) -escribe Cortázar en el ejemplar de Así que...- un anuncio de lo que luego orquestó Salinas en La voz a ti debida, en 1933?”. Poeta en Nueva Yorkle hace brincar y escribir “¡Poeta, Estupendo”, entre ocho o diez admiraciones.

Nos cuenta Cortázar que a Pedro Salinas lo leyó en un restaurante de Wiesbaden“y hacía frío”. Tenía la edición de Poesías Completas, de Aguilar, 1961, donde el poemario de La voz a ti debida aparece disfrutado a fondo. “Esto es un poema. Habrá que excusarse por troncharlo”, escribe Cortázar. Y añade: “Releo en Weisbaden, en el restaurant Zagreb, lleno de vampiros. La mujer de negro (autómata de Hoffmann) el propietario out of a Polansky film, el mozo (“camarero, che!”) con patillas, barba azul, todos mirando a los clientes como si les calcularan los glóbulos rojos. Very Beautiful. Y entonces, Salinas”.

Un poema de Borges diferente

Desde mediados de los años cuarenta data la amistad entre estos dos grandes de la literatura que muchas veces expresaron en público su mutua admiración y sus desencuentros múltiples. Ya en 1946 publicó Cortázar un cuento en Los anales de Buenos Aires, dirigida por Borges. “Lo que creo que Borges me enseñó a míy a toda mi generación fue la severidad, escribió Cortázar. Borges no dedicaba nunca sus libros, pero Cortázar los tenía casi todos en su biblioteca. En la mayor parte delata su admiración. A veces, sin embargo, escribe:“Penoso!”. La sorpresa la encuentro en Zoología fantástica. Dentro del ejemplar hay una copia del poema“In memoriam A. R”., dedicado a Alfonso Reyes, que forma parte de El hacedor, con interesantes variaciones. Así, los dos primeros versos de la segunda estrofa son diferentes: “Dominaba (lo he visto) el oportuno/ Arte que no logró el ansiado Ulises” aparece en la versión de su Biblioteca, mientras que en la versión definitiva son: “Supo bien aquel arte que ninguno/ Supo del todo, ni Simbad ni Ulises”. En la cuarta estrofa, el verso primero es “En los trabajos lo animó la ufana”, que acabaría convertido en “En los trabajos lo asistió la humana”. Falta completa la séptima estrofa. En la octava, la “minuciosa providencia” se convierte en “la indescifrable providencia”. Y en la estrofa final hay cambios sustanciales. Así, en la versión de la biblioteca, leemos: “Al audaz tributemos y al diverso/ Las palmas y el clamor de una victoria;/ No profanen las lágrimas el verso/ Que nuestro amor inscribe a su memoria”, que apareció así publicado: “Al impar tributemos, al diverso/ Las palmas y el clamor de la victoria;/ No profane mi lágrima el verso/ Que nuestro amor inscribe a su memoria”.

Cariño no literario de Onetti

Inmensa complicidad con Onetti . Tenía Cortázar toda su obra. En Dejemos hablar al viento (Alfaguara, 1971) escribe: “Para Julio Cortázar que abrió un boquete respiratorio en la literatura, tan anciana la pobre, Onetti. Con cariño no literario, Onetti”. Y en Tiempo de abrazar (Arca) encuentro una tarjeta de visita de su editor. Está escrita a máquina y fechada en Montevideo el 14 de febrero de 1974. Se dirige a Cortázar: “Le adjunto nuestro último libro de Onetti cuya injusta prisión tanto nos duele e indigna. Más aún que toda nuestra prensa participa en este momento de una muy bien orquestada campaña internacional repudiando la actitud soviética en el caso Solzenitzen y guarda un silencio sepulcral ante la detención de Quijano, Alfaro, Onetti y Marra. Siendo ‘el delito’ de Onetti haber sido jurado de un concurso literario que decretó ganador a un cuento con cuya terminología y enfoque literario él había ya adelantado sus reservas. Desgraciadamente el fascismo manda en nuestro país y todos nos preguntamos, con desesperación, si no estaremos en el próximo otoño enfrentados a un calco de lo de Chile. Reciba mi admiración y estima, Eduardo Irazabal”.

Hay que volver a esta biblioteca.

Pizarnik: “Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio, que fracasó”

De Alejandra Pizarnik hay rastros especialmente conmovedores. Premonitorios. Se habían conocido en París y desde el principio Cortázar ejerció de ángel protector de la poeta atormentada y lúcida. Cortázar admiraba además su poesía que conservó con emoción en su biblioteca: diez poemarios anotados y dedicados hasta el delirio, desde La última inocencia (1956) a Noche compartida en el recuerdo de una huida (1966). En el ejemplar de Árbol de Diana (1962) escribe Pizarnik: “A mis queridos Aurora y Julio: este pequeño Árbol de Diana prisionera --esta promesa de portarme mejor a partir de hoy-25 de febrero de 1963- y esta otra de hacer poemas más puros y hermosos -si me esperan y SOBRE TODO Y ANTE TODO un inmenso y minucioso abrazo (es decir: 2) de Alejandra”.

En La pájara del ojo ajeno, que aparece en “Papeles de Son Armadans” (diciembre, 1970) Pizarnik se sincera, se descubre, se abandona. Le habla al amigo de excesos y muerte desde la primera página:

“Julio, este textículo “les” parece joda. Solamente vos sabés que el más mínimo chiste se crea en momentos en que la vida est à l’auteur de la morte.
Muy tuya, 
Alejandra

Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo
Julio, creo que no tolero más las perras palabras
La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote, tampoco. Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad.

P.S.
Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas.)

P.S.- En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo. Empecé a leer Diarios. Te apruebo mucho políticamente. Tu poema de Panorama es grande porque me hizo bien (lo leí en el hospital)”.

Alejandra Pizarnik se suicidó en septiembre de 1972 con una sobredosis de Seconal, aprovechando un permiso del psiquiátrico. 

***
El capítulo perdido de Rayuela
Julio Cortázar recuperado, tras 20 años de ausencia
Publicado el 12/02/2004 

Antes de terminar Rayuela, Julio Cortázar eliminó un capítulo completo, el 126. No era uno cualquiera: como él mismo confesó, “Rayuela partió de estas páginas”. ¿Y por qué lo eliminó? “No me había dado cuenta [...] que el final del libro, la noche de Horacio en el manicomio, se cumplía dentro de un simulacro equivalente al de este primer capítulo”.

Comprendió “que debía eliminarlo, sobreponiéndome al amargo trago de retirar la base de todo el edificio”. El capítulo perdido se publicó en la Revista Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh en 1973. Saúl Yurkievich y Julio Ortega lo recuperaron en su inencontrable edición de Rayuela (Ayacucho, 1980) sin las palabras preliminares de Cortázar, así como en el volumen 16 de la colección Archivos del CSIC (1991). El Cultural lo rescata hoy para el gran público, cuando se cumplen 20 años de la muerte de Cortázar, con honores de descubrimiento.

Empezó porque después de tomar el último trago de café. Hizo la señal pero lo miró inexpresivamente y fue a buscar el diario para leer las columnas necrológicas como corresponde después del café. Esperó un momento y dijo que iba a hacer más café porque se había quedado con ganas de tomar café de verdad y no el jugo blanquecino que preparaba so pretexto de que ya casi no quedaba café molido en la lata azul. A esto contestó con una mirada igualmente blanquecina, y cuando le hizo otra vez la señal, los ojos se dejaron caer hacia abajo y empezaron a buscar (en un diario de la mañana) a Juan Roberto Figueredo, q.e.p.d., fallecido en la paz del Señor el 13 de enero de 195..., con los auxilios de la religión y la bendición papal. Su esposa, etcétera. Isaac Feinsilber, q.e.p.d., etcétera. Rosa Sánchez de Morando, q.e.p.d. Ningún conocido ese día, ni siquiera un nombre que se pareciera a alguien conocido y que permitiera la duda y la genealogía.

Volvió con la cafetera y empezó por echar bastante azúcar en la taza de que no lo miraba, absorta en la lectura de Remigio Díaz, q.e.p.d. Después le sirvió café hasta el borde de la taza, y llenó la suya, mientras con la mano libre sacaba un paquete de cigarrillos y se lo llevaba a la boca como si fuera a morderlo, pero era nada más que para extraer hábilmente un cigarrillo sin tocar los otros con los labios.
-Tengo muchísimo sueño- dijo al cabo de diez minutos.
-Con las noticias que lees- dijo que había estado esperando la frase y empezaba a inquietarse seriamente.
Bostezó con delicadeza.
-Aprovecha que la cama no está tendida- dijo -. Siempre te ahorras un trabajo. lo miró como esperando que él renovara la señal, pero se había puesto a silbar con los ojos clavados en el techo y más precisamente en una telaraña. Entonces pensó que estaba ofendido porque no le había contestado la señal con la respuesta convenida (que consistía en pasarse una mano por la oreja izquierda en señal de ternura y aquiescencia), y se fue a dormir la siesta dejando la mesa tendida con los restos de un rotundo puchero.
Esperó tres minutos, se sacó el saco de piyama y entró en el dormitorio. Dormía profundamente, tendida de espaldas. Como hacía calor, había retirado la frazada y la sábana de arriba; era exactamente lo que deseaba, y también que no tuviera puesto más que el camisón con que se había levantado. La bata azul estaba tirada a los pies de la cama, cubriéndole los pies, y la enganchó con la zapatilla y la proyectó hasta un rincón. Calculó mal y la bata estuvo a un tris de irse por la ventana, lo que hubiera sido molesto.

Del bolsillo izquierdo del pantalón sacó un tubo de Secotine y un ovillo de hilo negro. El hilo era brillante y bastante grueso, casi como un cordel. Con mucho cuidado metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y sacó una hojita de afeitar envuelta en un pedazo de papel higiénico. El papel higiénico se había roto y se veía parte del filo de la hojita. Sentándose al borde de la cama, empezó a trabajar mientras silbaba estruendosamente un trozo de ópera. Estaba seguro de que no se despertaría, porque el café a grandes dosis la hacía dormir profundamente, y además lo hubiera asombrado que se despertara teniendo en cuenta que le había echado tres pastillas de penumbrato de oxtalina junto con el azúcar. Muy al contrario, el sueño de era extraordinario; respiraba resoplando, es decir que cada cinco segundos su labio superior se inflaba como un volado de cortina, mientras el aire salía por debajo en forma de soplido estertoroso. A le sirvió esto como compás para seguir silbando la ópera mientras cortaba un pedazo de hilo negro luego de calcular aproximadamente cuánto necesitaba.

Los tubos de Secotine se abren extrayendo de su interior un alfiler de cabeza redonda, que sirve para mantenerlos destapados y tapados al mismo tiempo, detalle que da idea de la astucia del fabricante. Una vez retirado el alfiler, lo más probable es que aparezca en el pico del tubo una gota de una sustancia bastante repugnante, de olor ya célebre y propiedades mucilaginosas certificadas. Con mucho cuidado, y mientras bordaba variaciones sobre Bella figlia dell’amore, mojó el extremo de la hebra negra en la Secotine e inclinándose sobre apoyó la parte humedecida en el medio de su frente, dejando el dedo lo suficiente como para que la hebra se pegara en la frente sin que el dedo se pegara en la hebra, es decir unos cuatro segundos término medio. Después se trepó a una silla (poniendo antes el tubo, el alfiler y el ovillo sobre la cómoda) y pegó el otro extremo de la hebra en uno de los caireles de la araña suspendida sobre la cama y que se había negado a tirar por la ventana a pesar de sus (ya pasadas y no repetidas) súplicas...

Satisfecho de que la hebra quedara suficientemente tensa, porque detestaba las combas en cualquier obra humana, se colocó del lado izquierdo de la cama armado de la hojita de afeitar, y cortó de un solo tajo el camisón de empezando por debajo de la axila. Después cortó la vuelta de la manga, y hizo lo mismo del otro lado. Las mangas salieron como pieles de culebra, pero procedió con cierta solemnidad en el momento de levantar la delantera del camisón y dejar desnuda a. Nada podía haber en el cuerpo de que le fuera extraño, pero su brusca contemplación le producía siempre un deslumbramiento que la Gran Costumbre se aplicaba a enmohecer de golpe. El ombligo de, sobre todo, lo transtornaba a primera vista; tenía algo de repostería, de injerto fracasado, de pastillero tirado en un tambor. Cada vez que lo veía desde lo alto, a le venían unas ganas vehementes de juntar saliva, una saliva dulce y muy blanca, y escupir delicadamente en el ombligo, llenándolo hasta el borde de una tibia puntilla de cumpleaños. Lo había hecho muchas veces, pero ahora no era el momento, de manera que volvió a buscar el ovillo y se puso a cortar hebras de diferente longitud, calculando previamente ciertas distancias. La primera hebra (porque la que iba de la frente al cairel de la araña era como un acto previo que no contaba) la pegó en el dedo pulgar del pie izquierdo de; esta hebra iba del pulgar al pestillo de la puerta que daba al cuarto de baño. La segunda hebra la fijó en el segundo dedo y también en el pestillo; la tercera, en el tercer dedo y también en el pestillo; la cuarta hebra, en el cuarto dedo y en un adorno de la cómoda en forma de cornucopia (de roble y rajada en tres partes); la quinta hebra iba del dedo más pequeño a otro cairel de la araña. Todo esto correspondía al lado izquierdo de la cama.

Satisfecho, pegó una hebra en la rodilla izquierda de y la fijó en la parte superior del marco de la ventana que daba al patio del hotel. Precisamente en ese instante una enorme mosca verde entraba por la ventana abierta, y empezaba a zumbar sobre el cuerpo de. Sin hacerle caso, fijó otra hebra en la ingle izquierda de y en la parte superior del marco de la ventana. Pensó un momento antes de decidirse, y después tomó el tubo de Secotine y lo apretó contra el ombligo de, hasta rellenarlo. Pegó inmediatamente seis hebras, que fijó en cinco caireles de la araña y en el marco de la ventana. No le pareció bastante y pegó otras ocho hebras en el ombligo, que fijó en siete caireles de la araña y en el marco de la ventana. Retrocediendo dos pasos (estaba un poco arrinconado entre la cama, la ventana y la shebras que iban de al marco) apreció el trabajo realizado y lo encontró bien. Sacó otro cigarrillo y lo encendió con el pucho del que ya le quemaba los labios. Cortó de golpe media docena de hebras, y pegó una en el pezón izquierdo de, otra entre los pelos de la axila izquierda, otra en el lóbulo de la oreja, otra en la comisura izquierda de la boca, otra en la aleta izquierda de la nariz y otra al lado del lagrimal izquierdo. Las tres primeras las fijó en los caireles de la araña, y las otras en el marco de la ventana, con mucho trabajo porque casi no le quedaba lugar para moverse. Tras esto fijó hebras en cada dedo de la mano izquierda, en el codo y en el hombro del mismo lado. Después tapó el tubo de Secotine con el alfiler suministrado a tal efecto, envolvió la hojita de afeitar en el pedazo de papel higiénico atentamente preservado en el bolsillo trasero del pantalón, y guardó las dos cosas y el ovillo en el bolsillo izquierdo de la misma prenda. Agachándose con mucho cuidado para no rozar las hebras, que estaban admirablemente tensas, se arrastró por debajo de la cama hasta salir del otro, completamente cubierto de polvo y pelusas. Se sacudió contra la ventana que daba a la calle, volvió a sacar sus utensilios de trabajo y cortó una cantidad de hebras, que fue pegando sucesivamente en distintas partes del lado derecho de , manteniendo en general la simetría con el lado izquierdo pero permitiéndose ciertas variaciones; por ejemplo, la hebra correspondiente al lóbulo de la oreja derecha quedó tendida entre el lóbulo y el pestillo de la puerta del cuarto de baño; la hebra que salía del lagrimal derecho quedó fijada en el marco de la ventana que daba a la calle. Finalmente (aunque era una tarea que no tenía por qué terminar tan pronto) cortó una buena cantidad de hebras, les puso abundante Secotine y se largó a una improvisación vehemente, repartiéndolas en el pelo y las cejas de y fijándolas en su mayoría en los caireles de la araña, aunque no sin reservar algunas para el marco de la ventana que daba a la calle, el pestillo de la puerta del cuarto de baño, y la cornucopia.

Metiéndose debajo de la cama, después de guardarse el tubo, la hojita de afeitar y el ovillo en el bolsillo del pantalón, se arrastró hasta salir por los pies de la cama, y siguió reptando de modo de quedar frente a la puerta del cuarto de baño. Muy despacio, para no rozar ninguno de los hilos que iban hasta el pestillo, se enderezó y miró su obra. Por las ventanas entraba una luz amarilla y bastante sucia, que parecía un reflejo de la pared descascarada de la casa de enfrente donde todavía se conservaban los restos de una pintura representando a un niño de pecho que sorbía alguna cosa con aire de gran deleite; pero la pintura se había desprendido a jirones, y en lugar de la boca el niño tenía una especie de llaga amoratada que no parecía ninguna recomendación del producto nutritivo encomiado más abajo con unas letras más bien tartamudas. 

La calle era enormemente angosta y las ventanas de un lado no estaban a más de cinco metros de las del otro. A esa hora no había ninguna abierta, salvo la de, pero no estaría a esa hora, o dormiría la siesta. La mosca empezaba a molestar seriamente a , que hubiera querido expulsarla, pero para eso hubiera tenido que adelantarse hasta los pies de la cama y agitar la mano cerca de la araña, cosa imposible dada la cantidad de hebras tendidas en esa dirección.
“Hace calor”, pensó, secándose la frente con el revés de la mano. “Hace un calor bárbaro, realmente”.

Por un lado le hubiera gustado cerrar las persianas, pero aparte de que era muy difícil abrirse paso entre las hebras, hubiese dejado de ver con la perfecta claridad necesaria el cuerpo de . La desnudez de se recortaba no tanto por estar tendida de espaldas en la cama sino porque las hebras negras parecían converger de todas partes y precipitarse sobre ella. Si no hubieran estado tan tensas este efecto se habría malogrado completamente, y se felicitó por su destreza, aunque llevado por una exigencia natural a su espíritu no dejó de ver que la hebra que iba desde el marco de la ventana hasta el lagrimal derecho estaba ligeramente floja. Por un momento pensó que se habría movido, alterando el juego general de las tensiones, pero le bastó observar en conjunto las hebras para descartar esa posibilidad. Además la dosis que había echado en el café no hubiera permitido que moviese ni siquiera los párpados. Pensó en arrastrarse hasta la hebra más floja y tenderla mejor, pero probablemente hubiera estropeado algunas de las hebras que se reunían con la otra en el marco de la ventana. Concluyó que en conjunto el trabajo estaba bien, y que podía permitirse un descanso y otro cigarrillo.

Ocho minutos después tiró el pucho por la ventana que daba a la calle, y se desnudó sin moverse de donde estaba. Su cuerpo alto y flaco parecía salido de una litografía (era un opinión frecuente de). Aunque no podía verlo, hizo la señal convenida, y esperó alguna respuesta durante medio minuto. Después empezó a acercarse a los pies de la cama, sorteando poco a poco con cuidado infinito las hebras que iban hasta el pestillo de la puerta del cuarto de baño. Para eso se agachó y levantó cada vez que hacía falta, hasta quedar parado exactamente a los pies de la cama, cerrando un triángulo formado por los dos pies de y su propio cuerpo. Esperó un rato, hasta que abrió los ojos y lo miró. Apenas tuvo la seguridad de que lo estaba viendo (porque a veces la inconsciencia duraba unos minutos después del despertar), levantó un dedo y señaló una de las hebras. Los ojos de empezaron a pasear por las hebras, partiendo de las que brotaban de sus cejas y lagrimales, y siguiendo luego a lo largo de su cuerpo. Subían hasta los caireles de la araña y volvían al punto de partida; volvían a salir, iban hasta la ventana que daba al patio y regresaban a fijarse en una rodilla o en un pezón; seguían el rumbo negro que los llevaba hasta la ventana que daba a la calle, y regresaban hasta las ingles o los dedos de los pies. Esperaba con los brazos cruzados, idéntido a un de la época azul.
Cuando acabó de reconocer las hebras, algo como un suspiro le levantó el pecho y proyectó sus labios hacia afuera. Cautelosamente movió el brazo derecho, pero lo detuvo al oír un tintineo en los caireles de la araña. La mosca verde voló pesadamente, resbaló por entre las hebras, giró sobre el vientre de y estuvo a punto de posarse sobre el monte de, pero después subió hasta el cielorraso y se pegó a una de las molduras. Y seguían su vuelo con una atención exasperada; no se miraron hasta tener la seguridad de que la mosca se había posado en el cielorraso con intenciones de quedarse ahí.
Apoyando una rodilla en el borde de la cama, agachó la cabeza y empezó a adelantar el cuerpo hacia, que lo miraba y no se movía. Apareció la otra rodilla en el borde de la cama, mientras el torso avanzaba horizontalmente y una de las manos buscaba el apoyo del colchón, exactamente entre las dos piernas de. Las hebras lo envolvían, pero sus movimientos eran tan precisos que no rozó ninguna cuando sacó una rodilla y la puso sobre el colchón, luego la otra junto con la otra mano, y quedó de hinojos y completamente curvado entre las piernas de, respirando pesadamente porque la maniobra había sido lenta y difícil, y le dolían las tibias que se apoyaban todavía en el borde de la cama.
Enderezando la cabeza, miró a. Los dos estaban sudando, pero mientras el sudor envolvía a en una fina malla de gotas transparentes, tenía empapada la cara y los hombros, pero secos el pecho y el vientre.

-Uno hace la seña pero el otro juega con las nubes -dijo.
-Las nubes también son una respuesta- dijo. 
-Frase alquilada.
-A tu justa medida.
Esperó.
-Por fin lo hiciste- dijo -. Hace meses que me preparabas para esto. Primero con la manía de enseñarme a declamar porquerías, a bailar como las tibetanas, a comer como los esquimales, a hacer el amor como los perros. Después me obligaste a no cortarme las uñas, me echaste a la calle el día del granizo, me encerraste en una caja de madera con una lámpara de rayos infrarrojos, me regalaste un álbum de estampillas. Todo eso no era nada.
-Vos sabés cuánto te quiero- dijo en voz tan baja que abrió los ojos como sorprendida-. Mi amor está apretado en este puño, triturado y apelmazado hasta volverse una bola chirriante, una estrella portátil que puedo sacar del bolsillo y acercar a tu cuerpo para quemarlo, para tatuarlo. Cada vez que te hago la seña no me contestás, y la estrella me fríe las piernas, me corre por las costillas como una tormenta en el mar de los sargazos, esa inexistencia donde flota el kraken, donde las medusas se acoplan de a miles, girando lentamente por la noche, en un baño de fósforo y de plancton.
-¿Y yo tengo la culpa de todo eso?
-Vas a desplazar las hebras- dijo -. Apenas movés la boca hay dos hebras que se desplazan.
-Bah, las hebras- dijo.
-¿Cómo bah las hebras?- -. Me ha llevado media hora de trabajo, estoy lleno de tierra y de pelusas. No barrés nunca debajo de la cama. Peor, barrés el cuarto y metés la basura debajo de la cama. Acabo de descubrirlo. Mi amor es también así, materias sueltas que se juntan y aglutinan y conglomeran y yuxtaponen. Además yo sudo, cosa que no le ocurre a la basura.
-Parece como si hubiera dormido cien años- dijo -. ¿Cuánto dormí?
-Cien años- dijo.
-Es mucho, cien años.
-Para el que se queda despierto.
-Vos, te debés haber aburrido una locura.
-Exactamente- dijo -. Al dormirte te llevás el mundo, y yo me quedo despierto en una especie de nada con líneas de fuga. A la larga resulta aburrido.
-Por eso jugás así- dijo, mirando las hebras.
-Esto no es un juego. Estar desnudos frente a frente.
-Te lo juro- dijo -. Yo creo que no vi la seña.
-La viste perfectamente.
-Si la hubiera visto la habría contestado. Prefiero estar despierta con vos.
-Frases explicatorias nunca amamantaron a las abejas- dijo.
-A lo mejor la vi y no la contesté, pero era por el calor y porque en el fondo yo hubiera tenido que lavar los platos antes de venir a acostarme.
-Primero los platos- dijo -. Un buen lema. Detrás de cuántas puñaladas hay esa razón que ningún juez aceptaría. Preferís pasar la lengua por los platos sucios antes que lamerme el pecho como un caracolito industrioso. Dejando una huella en forma de cuatro o de ocho. Mejor de siete, número empapado de sacralidad. Pero no, primero lameremos los platos como decía la reina Victoria. Primero lameremos los platos.
-Pero es que están tan sucios, -dijo -. Hace quince días que no lavamos nada en la cocina. Ya te fijaste que hoy almorzamos con platos sucios, no se puede seguir así.
-Estás perturbando las hebras- dijo.
-Y si ahora me hicieras la seña, si ahora mismo vos...
-Ahora no hace falta- dijo -. Tengo derecho a lo que me dé la gana. Al fin y al cabo no sos más que una mosca.
Se oyó un silbido en forma de S. Entró por la ventana que daba a la calle.
-Es -dijo -. Me llama.
-Vestite un poco antes de asomarte- dijo -. Siempre te olvidás que estás desnudo.
-Es que siempre estoy desnudo. Sos vos la que te olvidás de eso.
-Está bien- dijo -. Pero por lo menos ponete el pantalón de piyama. ¿Y yo hasta cuándo tengo que quedarme así?
-No sé- dijo -. Primero hay que ver lo que quiere -.
-Alguna manga, seguro. Un cigarrillo o los fósforos, esas cosas.
-Es un vicioso, realmente.
-Pero vos lo protegés.
-Si te vas a poner a proteger a la gente normal...
-Es cierto- dijo -. En el fondo es un buen muchacho. Oílo como silba. Es increíble la forma en que puede silbar. A mí se me haría pedazos la boca.
- Es un alquimista- dijo -. Transforma el aire en una cinta de mercurio. Qué jodido, carajo.
-¿Por qué no te asomás a ver lo que quiere? Fijate que yo no estoy muy cómoda con estos hilos.
Se quedó estudiando en silencio las palabras de.
-Ya sé- dijo-. Lo que vos querés es que yo te suelte para irte a lavar los platos sucios.
-Te juro que no. Me quedo aquí con vos. Si me hacés la seña, te juro que...
-Puta, reputa, recontraputa-dijo -. Si te hago la seña, eh. Ahora vení a comprarme con la seña. ¿Qué me importa la seña, si te he poseído como me dio la gana mientras dormías? Ahora mismo no tengo más que resbalar veinte centímetros, abriéndome paso como una gaviota entre este maravilloso cordaje negro, esta arboladura de galeón empavesado, y penetrarte de un solo golpe para que grites, porque siempre gritás si te tomo de sorpresa. Y lo estás deseando, hace cinco minutos que te huelo y sé que lo estás deseando, podría entrar en vos como una mano en un guante usado, tenés el perfecto grado de humedad que aconsejan los especialistas en cuestiones copulares, especie de holoturia caliente.
-¿Realmente lo hiciste mientras yo dormía? -dijo.
-Lo hice de la manera más perfecta, pero eso no lo comprenderás nunca- dijo mirando las hebras con un orgullo profundo-. Más allá de la seña, más allá de tu sucia cocina, y sobre todo más allá de tu bajo deseo. Quedate quieta, estás alterando las hebras.
-Por favor- dijo -. Andá a ver qué quiere, y después cerrás las persianas y venís conmigo. Te juro que no me voy a mover, pero apurate.
Volvió a estudiar en silencio las palabras de.
-A lo mejor sí- dijo. Vos no te muevas. ¿Querés que te seque un poco con una toalla? Estás sudando como una marmota.
-Las marmotas no sudan- dijo.
-Sudan muchísimo- dijo.
Siempre hablaban de marmotas en el momento en que se reconciliaban.
-Ahora la cuestión es saber cómo voy a salir de aquí- dijo -. Hay tantas hebras que puedo tropezar con una, y cuando se retrocede no se tiene la misma clarividencia que cuando se avanza. Es increíble cómo el hombre ha nacido para la frontalidad. De espaldas no somos nada, che. Como la marcha atrás en auto, el más pintado se traga un buzón en la primera de cambio. Vos guiame. Primero saco esta pierna y pongo la rodilla en el borde de la cama.
-Un poco más a la derecha- dijo.
-Me parece que toco una hebra con el pie- dijo, mirando atrás y corrigiendo su movimiento.
-Apenas la rozaste. Ahora poné la otra rodilla, pero despacio. Estás hermoso, tan sudado. Y la luz de la ventana te hace como un baño verde. Parecés podrido, te juro. Nunca te vi tan lindo.
-Dejate de elogios y guiame- dijo furioso-. ¿Te parece que pongo el pie en el suelo, o mejor voy resbalando? Lo malo es que me voy a despellejar las canillas, esta cama tiene un filo terrible.
-Poné primero el pie derecho- dijo -. Lo malo es que no alcanzo a ver el piso, cómo querés que te guíe si tengo que quedarme quieta.
-Ya está- dijo -. Ahora me voy agachando despacio y retrocedo centímetro a centímetro, como en las novelas de.
-No nombres a ese pájaro maléfico- dijo.

Reptando cual el caimán de las marismas, pasó poco a poco bajo las hebras que iban hasta el marco de la ventana. No volvió a mirar a , absorto en el estudio de la cornucopia de la cómoda y el problema de sortear las hebras que iban de la cornucopia a un dedo del pie y al pelo y las cejas de . Así pasó bajo la mayoría de las hebras, pero la última la salvó de un salto. Recién entonces, con la mano en el pestillo de la puerta, miró a que parecía dormida. Se daba cuenta de que en vez de haber ido a la ventana estaba al lado de la puerta, y que desde ahí era fácil llegar a la cabecera de la cama sin perturbar las hebras. Acercándose en puntas de pie, empezó a soplarle el pelo. Las hebras se agitaron, y se oyó el entrechocar de los caireles de la araña.
-Vení-dijo en voz muy baja.
-Oh no- dijo, alejándose-. Yo te hice la seña y vos no me contestaste.
-Vení, vení en seguida.

Miró hacia la puerta. Respiraba penosamente, como si las hebras negras le estuvieran succionando la sangre. Se oyó todavía la nota cristalina de un cairel, y después el silencio de la siesta. Desde la casa de enfrente vino un silbido terrible, y desde abajo le contestaron con algo muy parecido a una ventosidad rectal.
-Le han rajado un pedo espléndido- dijo -. En realidad se lo merece.
-Por favor vení- pidió -. Me hace mal estar así esperándote, siento que me voy a morir, esta noche ¿quién te hace el asado?
Abrió los brazos, tomó impulso y saltó sobre la cama, barriendo las hebras con aletazo fabuloso. El estrépito de los caireles coincidió con el golpe de sus pies al tocar el suelo del otro lado de la cama y con el alarido de que se apretaba el vientre con las dos manos. Gritaba todavía de dolor cuando le cayó encima apretándola, hundiéndola, mordiéndola y éndola. “Me duele muchísimo el ombligo”, alcanzó a decir, pero no la oía, completamente del otro lado de las palabras. El aire olía cada vez más a Secotine, y la mosca verde planeaba en torno a la sacudida araña. Pedazos de hebras negras se retorcían como patas por todas partes, caían por los bordes de la cama, se entrecruzaban y rompían con menudos chasquidos.

Tenía hebras en la boca, debajo de la nariz, otra se la enroscaba en el cuello, y movía casi inconscientemente las manos, mezclando caricias con manotazos para desprender las hebras que le salían por todos lados. Y todo eso duraba interminablemente, y la cornucopia estaba en el suelo rota en tres pedazos, uno más grande y dos casi iguales, como manda la divina proporción. 

Articulo : http://www.elcultural.es 24/06/2013 

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