samedi 26 janvier 2013

Daniel ARJONA/Desolación de la Filosofía


Desolación de la Filosofía
Por Daniel ARJONA 

Los filósofos defienden la asignatura que la próxima reforma educativa puede llevar a su mínima expresión.

Dejada a un lado por las polémicas lingüísticas, las discusiones a cuenta de si la Religión entra y la Educación para la Ciudadanía sale y otros mediáticos vaivenes, la Filosofía corre el riesgo de erigirse, en silencio, en la gran damnificada de la reforma educativa que prepara el ministro Wert. En el Anteproyecto de la nueva ley se relega la asignatura a una posición optativa y vicaria, en el rincón más reducido del saber tras el progresivo arrinconamiento al que le han reducido las sucesivas reformas de los dos partidos. Las Humanidades han sufrido legislatura tras legislatura los zarpazos de una enseñanza que cada vez privilegia más los saberes “prácticos”, pero su hermana mayor, la Filosofía, se ha dejado la piel en la aventura. ¿Por qué debe quedarse y reforzarse la Filosofía en las aulas? Responden Rafael Argullol, Manuel Barrios, Victoria Camps, Adela Cortina, Manuel Cruz, Javier Gomá, José Antonio Marina, Jacobo Muñoz, José Sánchez Tortosa y Fernando Savater.

El oráculo afirmó que era el más sabio de los hombres y él, asombrado y molesto, ideó un eficaz método de enmienda: interpelar a los verdaderos sabios para así demostrar que, a su lado, sólo era un pobre ignorante.Y anduvo a ver a los hombres del Derecho que discutían si “la ley esto” o “la ley lo otro” y sólo al final les preguntó: “¿pero qué es la ley?”. No supieron responderle. Lo mismo ocurrió con artistas, retóricos, políticos... A todos escuchó y a todos avergonzó al mostrarles que no sabían de qué demonios hablaban. Poca gracia.

Lo condenaron a muerte 

¿Está hoy la filosofía tan condenada como aquel Sócrates que hace 2.400 años aceptaba, mientras la cicuta destemplaba sus pies, que tal vez sí era el más sabio de los hombres porque, al menos, él sabía lo que todos los demás preferían ignorar: que no sabía nada? La enésima reforma de los planes de estudio promete laminar aún más el ya frágil estatus de la asignatura. Según el Anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa del pasado 3 de diciembre, Historia de la Filosofía deja de ser la materia troncal y obligatoria de segundo de bachillerato para tornarse optativa en ardua competencia con Artes Escénicas o Educación Plástica. Al tiempo, la asignatura de Ética se esfuma de cuarto de la ESO. Pero es que además las defensas están caídas. Aparentemente, nunca tuvo menos valedores una disciplina que la ciencia triunfante desecha como innecesaria, como aseguraba Stephen Hawking en su último libro. 

Ciencia y Filosofía fueron uña y carne desde los orígenes, de hecho, la primera brotó de la segunda cual de adánica costilla. Y sin embargo, a medida que los progresos científicos oscurecían los de la disciplina humanística, esta se aislaba cada vez más en su autosuficiencia. Por ello, Rafael Argullol (Barcelona, 1949), cuya primera formación fue científica advierte que “en nuestra época las Humanidades no tienen ningún porvenir si no es en íntimo diálogo con las ciencias, especialmente la biología y la física”.Pero no por ello las referidas propuestas educativas le dejan de parecer “disparatadas. El ministro debería saber que la Filosofía no es un asignatura sino un espacio para la iniciación mental y espiritual completamente imprescindible para el conjunto de la educación”. Argullol aclara también, frente al tópico, que “en España la formación de los ciudadanos con respecto a la ciencia aún es más deficiente, si cabe, que la formación humanística”. 

El derecho a la Filosofía

Derrida defendió la inclusión del derecho a la filosofía en la Declaración de Derechos Humanos. No en vano, todo el sistema de derechos está basado en ella, recuerda José Antonio Marina (Toledo, 1939). Ahora bien, el autor de La inteligencia ejecutiva (Ariel, 2012) exige a la filosofía que sea también capaz de responder: “Hay una idea melancólica de la filosofía, que es una abuelita que mira su álbum de recuerdos y dice: qué guapo era el bisabuelo Platon, y qué piadoso mi tío Tomas de Aquino, y qué miedoso el abuelo Hobbes, y qué alocado Heidegger. Eso no es Filosofía. Es, como mucho, Historia de la Filosofía. La verdadera filosofía es un saber intrépido, enérgico y de vanguardia. Nada de pensamiento débil. Para pensamiento débil ya tenemos el “Hola”. Reducir la filosofía a una mera ristra de preguntas tampoco es muy animoso. ¡Algo tendrá que responder! La filosofía y la ciencia que contamos a nuestros alumnos es la momificación de una actividad magnífica. Hay que enseñarles la acción y no el cadáver”. ¿Y cómo lograr que los chavales se acerquen a Platón o a Nietzsche? No es tan complicado, responde Adela Cortina (Valencia, 1947): “Leyendo juntos sus textos y dialogando sobre ellos para degustarlos y para descubrir qué aportan a nuestro mundo”. 

Degustemos la Filosofía pero también la Ética, que no vive mejores momentos. Desaparecerá en 4° de la Eso, al igual que Educación para la Ciudadanía, y la propuesta de una asignatura de Valores éticos alternativa a la Religión no convence: “La Ética de 4° de la ESO debería permanecer”, afirma Adela Cortina, “está situada en un momento clave para reflexionar sobre problemas morales, conocer las propuestas de las tradiciones éticas y argumentar sobre ellas para acostumbrarse a adoptar puntos de vista críticos y responsables.Por otra parte, la ética cívica no puede ser alternativa a la religión. Ni la ética es una moral para ateos, ni la religión es una moral para creyentes. La ética cívica es el conjunto de valores que todos han de compartir en una sociedad pluralista, por tanto, todos han de cursarla, y la religión es una propuesta de vida en plenitud, ofrecida a quienes la elijan”. 

Marina, por su parte, no ahorra calificativos al conjunto de la reforma: “absolutamente peligrosa en lo social, empobrecedora en lo personal y miope en lo laboral. Peligrosa en lo social: la filosofía es la encargada de educar y fomentar el espíritu crítico. Prescindir de ella es crear propensos al dogmatismo. Empobrecedora en lo personal: la filosofía es la que da una visión amplia de la inteligencia, de sus capacidades, de sus limitaciones, y del significado de las creaciones humanas”. Y Adela Cortina apuntilla: “La Historia de la Filosofía, tiene envergadura para ser obligatoria. Aprender a razonar en el espacio público elimina dogmatismos y fundamentalismos: ahí radica la fuerza crítica del saber filosófico, esencial para la vida cotidiana”. 

En vilo por una asignatura

Es sabido que la escuela epicúrea propugnaba una moral del placer y la felicidad sosegada que consignó en esa bella palabra: ataraxia. Javier Gomá (Bilbao, 1965), que más que epicúreo prefiere presentarse como “filósofo mundano”, se apresura a desdramatizar el debate. “No creo que la educación de la juventud o el futuro de la sociedad estén en vilo por unas horas más o menos de una asignatura. La educación obligatoria, más que conocimientos, debería transmitir a los alumnos amor al conocimiento.No podemos pretender que en un curso de Historia de la Filosofía occidental el alumno aprenda los detalles de toda esa larga historia pero sí quizá amor a la filosofía, con el sobreentendido de que luego él o ella complementen por su cuenta, si ha nacido ese amor. No digo que el número de horas no tenga un valor simbólico y desde luego sé que afecta al gremio en cuestión, pero sobrevaloramos la importancia de las materias obligatorias”. 

Y sin embargo, a Manuel Cruz (Barcelona, 1951) el delicado estatus académico de la Filosofía le parece “coherente con el signo neoliberal de los tiempos”. Pero previene a quien busque exabruptos en sus palabras. “No, porque creo que es esa mentalidad la que justifica la consideración de obsoleta que subyace a la propuesta de marginación de la Filosofía. El esquema según el cual el proceso educativo por entero ha de estar colocado al servicio de lo económico, en el sentido de que no tiene más finalidad que la de preparar profesionales insertables de manera competitiva en el mercado laboral, termina de forma casi inevitable en este tipo de iniciativas”.

Las opulentas sociedades modernas, recuerda Gomá, no necesitan tomarse las cosas con prisa. “La esperanza de vida aumenta sin cesar. La generación de mis hijos disfrutará al menos de noventa años de vida como media. Eso posiblemente está retrasando la madurez sentimental e intelectual de la juventud y no lo veo necesariamente negativo. Lamentaría que los jóvenes se integraran en la economía productiva con tan sólo 20 o 21 años. Si se lo pueden permitir, deben prolongar su formación. Tienen mucho tiempo por delante -toda una larga vida- para ir introduciendo en su panteón a esos grandes especialistas en ideas generales que ha producido la humanidad”. 

Invitación a aprender

Porque los réditos que brinda la Filosofía a la formación integral de unos adolescentes por desbravar son, para Manuel Cruz, evidentes: “La capacidad para cuestionarse lo obvio, lo que todo el mundo da por descontado. Es precisamente a través de todos esos elementos incuestionados por invisibles (actitudes, valores, ideas...) como se vehiculan todo tipo de manipulaciones. Frente a ello, lo que hace la Filosofía es invitarnos a un aprendizaje, preguntarse no sólo ¿por qué? sino, tal vez especialmente, ¿estás seguro? o su variante ¿y si no...?. Ahora bien, hay que intentar resultar, no solo atractivos, sino, tal vez sobre todo, adecuados a su mundo. Combatir el doble supuesto de que a) la filosofía no habla del mundo real y b) cuando lo hace, la realidad a la que se refiere ya no es la actual”. 

Cuentan que la filosofía cifra en su ADN las grandes y universales preguntas del género húmano. Preguntas que la actual situación merece recuperar pero, esta vez, incluyendo a la sofía en el sintagma. “¿Es posible un pueblo culto sin filosofía?”, inquiere Manuel Barrios (Sevilla, 1960), decano de la Facultad de Filosofía de Sevilla, para disparar a continuación: “Sin conocer los grandes sistemas de pensamiento que configuran la identidad cultural de Occidente, sin el adiestramiento debido en capacidades de argumentación lógica y comprensión de razonamientos complejos, sin la perspectiva integradora y transversal que es específica de la mirada filosófica, se compromete seriamente el logro de esa formación de personas autónomas, críticas, con pensamiento propio que propone el preámbulo de la LOMCE”. 

Jibarización

Pero entonces, ¿están en juego las Humanidades? “Por supuesto. La jibarización de la filosofía -teórica y práctica- forma parte de un arrinconamiento general de las humanidades en el nuevo bachillerato”. Responde Fernando Savater, el filósofo con minúscula, como gusta llamarse, que sin embargo libra desde hace mucho tiempo una batalla mayúscula por la revalorización de las Letras en nuestras aulas. “Bueno, he hecho lo que he podido, escribiendo y enseñando filosofía a quienes en principio se asustan de ella”. Fernando Savater (San Sebastián, 1947), autor de Ética para Amador, nuestro primer gran bestseller filosófico, asegura que, sin la Filosofía, el resto de las Humanidades queda “colgando sobre un vacío. Se refuerza lo instrumental, lo que está bien, pero se pierde aquello que se pregunta por los fines para los que queremos esas herramientas intelectuales”. El asunto clave es, para Savater, entender para qué queremos saber lo que sabemos y saber hacer lo que hacemos. Porque “la ciencia nos da conocimientos -imprescindibles, desde luego- pero la filosofía busca el marco mental que los encuadra y lo que un pensamiento que nunca se detiene puede pensar a partir de ellos. El ciudadano no debe ser solamente un empleado de la sociedad, sino alguien capaz de plantearse su sentido: un aventurero de la libertad”. 

La herencia cultural

Y Manuel Barrios apostilla: “El estudio de la filosofía hace inteligible nuestra herencia cultural y nos posibilita apropiárnosla reflexivamente de un modo único, nos ayuda a integrar conocimiento, moral y sensibilidad de una manera que los saberes tecno-científicos, en su compartimentación, no permiten. La asignatura de Ética se ha visto envuelta en un estéril debate ideológico, que confunde su cometido: éste no es dictar nuestro comportamiento, sino hacer madurar la conciencia de nuestra responsabilidad con los demás y con nosotros mismos en tanto seres humanos; enseñarnos a elegir aprendiendo a dar razones de nuestra decisión. Suprimir la asignatura sería aberrante”. 

Habrá algún lector que barrunte que, a fin de cuentas, los aquí interpelados son filósofos y quizá su visión de la problemática exceda un tanto los criterios de objetividad. Se adelanta el sabio Jacobo Muñoz (Valencia, 1942), catedrático de la Complutense: “Las reformas no me parecen erradas por razones gremiales, sino sustantivas. No puede hablarse de una formación integral de la que se sustrae lo que da la filosofía: una imagen abierta del mundo en la que insertar críticamente los conocimientos positivos, que son parciales por definición. Lo que está en juego es el sentido de nuestra cultura y la naturaleza de nuestra relación con ella. Sólo la filosofía enseña a razonar lógicamente, a ejercer responsa blemente la crítica, a valorar, a debatir y a actualizar nuestro gran legado intelectual. Sin todo ello, la educación de los jóvenes quedaría amputada”. ¿Y que hay de lo práctico, lo cuantificable, el mantra de lo rentable? “Sólo desde un utilitarismo extremo puede cifrarse la calidad de vida de un país exclusivamente en el incremento de su PIB”. 

Reflexión y rentabilidad

Prescindir de herramientas educativas no parece la mejor idea en los más bajos momentos de la Gran Depresión. Tal es la impresión de Victoria Camps (Barcelona, 1941), Premio Nacional de Ensayo 2012 por El Gobierno de las emociones (Herder, 2011): “Es muy sintomático no querer ver que el pensamiento y la reflexión nos hacen mucha falta, precisamente en tiempos de crisis, más que otras materias económicamente más rentables. Iniciar a todos los alumnos en lo que ha significado el pensamiento era una excepción educativa que España conservaba. Ahora ha dejado de serlo. La filosofía nos da la capacidad de hacerse preguntas sin respuestas sencillas, de razonar y de analizar conceptos que parece que todo el mundo entiende pero que encierran una gran complejidad, como justicia, libertad, razón, etc.”. 

Sobrevuela la discusión la idea común de que las sociedades de consumo no pierden el tiempo con los saberes poco prácticos. Pero José Sánchez Tortosa (Madrid, 1970), autor de El profesor en la trinchera (La Esfera, 2008), no traga: “Es falso. Las sociedades de consumo estatalizadas giran en torno a realidades basura. Existen dos riesgos: una sociedad restringida a los fundamentos de la tecnología y la ciencia, es decir, a lo que podríamos denominar ‘valores prácticos', o una sociedad limitada a lo inútil u ocioso, cuyo máximo exponente podría ser la telebasura. Lo que se tiende a despreciar no son los saberes no prácticos, sino, sencillamente, los saberes, a no ser en planos exigidos por el fin pragmático o utilitario más inmediato”. 

Victoria Camps se apunta además a denunciar la “injustificable” rebajación de la Ética al oponerse como alternativa a la Religión, una manera de no comprender nada pues, a fin de cuentas, “muchos de los valores tuvieron su origen en el cristianismo, y se mantienen como valores laicos. No entender esto es situarse en la pre-modernidad”. 

Un lugar en el mundo

Y Sánchez Tortosa, a quién las últimas propuestas educativas se le antojan “catastróficas”, cierra con una apasionada defensa de lo que la filosofía regala al estudiante. “Platón o Spinoza no pueden ser más fascinantes para un adolescente, que suele andar en busca de su lugar en el mundo, si se consigue que vea su potencia combativa, esa sacudida que hace tambalear los prejuicios, si se consigue que vean en qué sentido profundo, estrictamente filosófico o discursivo, Platón les está hablando de ellos y a ellos, y que es imposible entender una sola palabra de los mundos en que viven y que son, del hábitat extraño al que han sido arrojados, sin esa tradición forjada en defensa propia que es la filosofía”.

Articulo : http://www.elcultural.es 25/01/2013

Rodrigo PINTO/ La lista de BOLAÑO y PEREC


UPD
La lista de Bolaño y Perec
Por Rodrigo PINTO

Artículo de Rodrigo Pinto, crítico literario, publicado en la revista UPD en su número 09. Revista editada por Ediciones Universidad Diego Portales. 

A pesar de sus radicales diferencias, hay una secreta hermandad entre el francés Georges Perec y el chileno Roberto Bolaño a la hora a abordar la construcción de ficciones.

1. Dos publicaciones y una posta

Con la reciente edición de Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, y la traducción –también bastante reciente– de La cámara oscura, de Georges Perec, los vasos comunicantes entre la obra de ambos autores se hacen mucho más evidentes y queda más claro aún el sentido y la dirección del homenaje que el chileno le hizo al francés en “Un paseo por la literatura”, contenido en Tres, pero también una notoria red de puntos de contacto entre muchas otras de las ficciones que construyeron en una suerte de posta; cuando Perec murió, en 1982, Bolaño tenía 27 años, ya era conocido como poeta y daba sus primeros pasos en la escritura de prosa, donde Perec, sin duda, fue uno de sus maestros.

2. Bolaño sueña con Perec

“Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso”. Así empieza el citado poema en prosa de Bolaño, compuesto por 57 fragmentos numerados. Y salvo los párrafos que van del dos al seis, todos comienzan con la misma fórmula, “soñé”; y así como Perec está en el primero, también está en el último, algo más extenso: “Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de al pie de la letra

Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”.

“Un paseo por la literatura” es, sin duda, una compleja elaboración desarrollada en la vigilia, donde el soñar se inscribe más bien en lo que Bolaño entiende como poesía más que en la actividad onírica: “La poesía entra en el sueño / como un buzo muerto / en el ojo de Dios”. La poesía, que también “entra en el sueño / como un buzo en un lago”, es una inmersión creativa articulada desde la conciencia vigilante, pero que el poema comience y termine con la infancia de Perec, el hombre que no tuvo infancia porque le arrebataron a sus padres y construyó una obra en torno a esa ausencia, es indicio de una cuestión harto más programática que la simple admiración.

Queda pendiente el ejercicio de construir la biblioteca de Bolaño a partir de los rastros que dejó en la poesía y en la ficción. También hay huellas en el ensayo y la escritura periodística, pero en esos géneros participaba más bien de las discusiones de su tiempo y tomaba partido; en cambio, en estos otros géneros, Bolaño asume de manera más directa el juego de las influencias y de los reconocimientos y en su particular paseo por la literatura, Perec está al comienzo y al final.

3. Perec entra en la cámara oscura

La cámara oscura de Perec es la transcripción de sueños tal y como el autor los recordaba al despertar, pasados por el tamiz de la escritura. Y aunque el ejercicio fue intenso y continuado, seis años después, cuando apareció La boutique obscure, Perec puso una cierta distancia con el libro, pero a la vez expuso un método que bien puede haber sido el de Bolaño con la única diferencia del punto de partida, la actividad onírica en cuanto tal o la invención de lo soñado como acto poético: “Así que mi experiencia de soñador se convirtió, de forma natural, en nada más que la experiencia de escribir: ni revelación de símbolos, ni ruptura del sentido, ni esclarecimiento de la verdad (aunque me parece que, muy en el fondo de aquellos textos, queda constancia del camino recorrido, de una búsqueda a tientas), sino el vértigo de poner lo que fuera en palabras, la fascinación de un texto que parecía producirse por sí solo”.

4. Trazas opacas y limpias a la vez

En Bolaño tampoco hay revelación de símbolos, por ejemplo, ni apelación a mitologías espurias, ni búsquedas ni rupturas del sentido; más bien, hay ausencia de sentido, el enfrentamiento puro y duro a una experiencia vital que se nutre del azar y desemboca en la oscura, sempiterna y anonadante presencia de la muerte.

Luego, Perec avanza aun más en la definición de su libro de sueños: “Ya casi no me acuerdo de que fueron sueños; no son ya más que textos, estrictos y turbios, enigmáticos para siempre, incluso para mí que no sé ya muy bien qué rostro asociar a qué iniciales, ni qué recuerdo diurno inspiró secretamente qué imagen desvaída, de la que las palabras impresas no volverán a dejar, ya fijadas para siempre, más que una traza opaca y limpia a la vez”.

Esos pares de palabras sirven también para describir la obra de Bolaño: estricta y turbia, de traza opaca y limpia a la vez, anclada en el enigma del recuerdo que no se puede reconstituir ya fuera de la escritura del autor, fuera del universo narrativo que aún, a ocho años de su muerte, sigue añadiendo piezas al sólido tramado que lo contiene.

5. Una autobiografía nada convencional

El libro de Perec –sus propios textos “estrictos y turbios, enigmáticos para siempre”– se lee con tanta velocidad e interés como frágil es el tenue rastro de los sueños que queda al despertar. La gimnasia de Perec en el tiempo en que los guardaba enriqueció los detalles y ayudó a que se constituyeran en breves relatos autónomos y con valor en sí mismos, que conforman un capítulo más de esa autobiografía que desperdigó en múltiples lugares y con singulares estrategias: “He escrito fragmentos autobiográficos que siempre se desviaban. ¡No era: ‘He pensado tal o cual cosa’, sino las ganas de escribir una historia de mis ropas o de mis gatos!, o relatos de sueños. Mi maestro en esto es una japonesa, Sei Shónagon, que escribió Notas de cabecera (la traducción de la editorial Adriana Hidalgo, única disponible en español, lo tituló El libro de la almohada), una recopilación de pensamientos sobre naderías, en fin, sobre las cascadas, los vestidos, las cosas que dan placer, las cosas que tienen una gracia refinada, las cosas sin valor, etc.

Para mí ese es el verdadero realismo: apoyarse en una descripción de la realidad despojada de toda presunción”.

6. Del sueño a la estructura

Enrique Vila-Matas escribió, en un antiguo texto suyo sobre Bolaño, que “una red impalpable de precarias galerías une el segundo bloque de Los detectives salvajes con las mil y una historias de La vida instrucciones de uso del ciudadano Perec”. Según Italo Calvino, que compartió militancia con Perec en el OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle, que se traduce como Taller de Literatura Potencial), la novela mayor de Perec era “el último acontecimiento en la historia de la novela”. A lo que agrega Vila-Matas, en otro texto: “De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec”.

En una entrevista, Bolaño señaló lo siguiente: “No sé si lo dijo Borges. Tal vez
fue Platón. O tal vez fue Georges Perec. Toda historia remite a otra historia que a su vez remite a otra historia que a su vez remite a otra historia”. Es bastante claro que esa afirmación, que muy probablemente pertenezca en realidad a Bolaño, describe muy bien el mecanismo de construcción narrativa que orienta ambas novelas: historias que pululan, que se reenvían, que siempre abren una ventana, una puerta, un túnel, un pasadizo, hacia otra historia, y
luego hacia otra, y así sucesivamente. El milagro que ambos logran es que, pese a esa proliferación estructural, las obras tienen centro, línea y desarrollo.

7. Desesperación maniática

Sostiene también Vila-Matas que “en el Bolaño de Los detectives salvajes hay algo de desesperación maniática”. Lo dice en el contexto de un razonamiento tan riguroso como lúdico que busca establecer las afinidades y las diferencias entre su obra y la de Bolaño, de manera que no hay que interpretarlo literalmente (que es, en realidad, la peor manera de leer a Vila Matas), pero la elección de las palabras es indicativa. Y aunque está comparando a Bolaño con Gadda y no menciona a Perec (como sí lo hace en otros textos), el latido de esa desesperación maniática sacude a los tres, a Bolaño, a Perec, a Vila-Matas, y arroja una pista certera que conduce a ese observador de la realidad que quería recoger todo lo que “generalmente no se anota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes” (Perec y su Tentativa de agotar un lugar parisino) y ese otro escritor latinoamericano para quien la única manera de atrapar el caos circundante era realizando su minuciosa cartografía, un escritor que, Vila-Matas dice, “ve el mundo como un enredo, una maraña o un ovillo”.

8. La lista (parcial) de las listas

Perec y Bolaño tienen un rasgo más en común, el uso de las listas como recurso narrativo, aunque de manera muy distinta. Si Bolaño en cierto sentido las enmascara o las incorpora de manera sutil al texto, Perec las explicita, se regodea en ellas, las estira hasta un punto en que dejan de ser listas y se convierten en maneras de enunciar el universo; pero, a veces, Bolaño las utiliza como parte del tramado narrativo, y de manera tan radical que se convierten en la espina dorsal del relato. De este modo, no sólo está el vínculo estructural, sino también esta manera de acopiar enumeraciones que al poco rato dejan de serlo y se convierten en artificios narrativos deslumbrantes.

La más vasta, de complejidad imposible, la lista de las listas en Bolaño, está compuesta por los asesinatos múltiples de mujeres en Santa Teresa, soporte central de “La parte de los crímenes” en 2666. No hay equivocación mayor, no hay lectura más errada, que aquella que adjudica monotonía e inútil repetición a “La parte de los crímenes”; en esa letanía salvaje está la cifra que permite entender la violencia latinoamericana. Pero también está el listado clasificatorio de poetas en Los detectives salvajes, que también aparece, con algunas modificaciones, en Los sinsabores del verdadero policía; en este último libro, la lista de cosas que Amalfitano ha hecho en su vida, un modelo de autobiografía que merece un lugar indiscutible entre las mejores páginas que escribió Bolaño (hay otra versión más adelante, en tercera persona, que difiere sensiblemente en algunos datos); las profecías de Amparo Lacouture sobre escritores en Amuleto; y diversos fragmentos esparcidos por toda la obra de Bolaño, que descubrirá –y gozará– el lector atento.

9. Perec, la reencarnación de Cristo

Aparte de hacerlo en “Un paseo por la literatura”, Bolaño nombra poco a Perec. En Entre paréntesis, la recopilación de sus ensayos y artículos periodísticos, aparece una sola vez y para señalar que el francés Antoine Bello es un “discípulo aventajado de Perec”, un gran elogio que no sé si Bello merecía. En el último libro póstumo publicado por sus herederos, Los sinsabores del verdadero policía, aparece Perec como parte de las amistades de J. M. G. Arcimboldi, personaje nombrado fugazmente en Los detectives salvajes y que no hay que confundir con el Benno von Archimboldi de 2666. “Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo”, dice en la lista –por supuesto– de amistades.

Otro personaje de la novela, Padilla, poeta, situaba a Arcimboldi “en el cruce improbable de Aloysius Bertrand y Georges Perec y (agárrate) Gide y el Robbe-Grillet del Proyecto para una revolución en Nueva York”. Son alusiones humorísticas en su desmesura y eclecticismo, pero ese es el tono dominante en esta novela que su autor dejó a medio camino. Quizás por lo mismo –porque es una suerte de depósito de materiales que luego fluyeron hacia otras obras o quizá era algo así como un laboratorio para probar fórmulas y temas– es pródiga en listas y tiene una estructura tan enmarañada que el mismo Bolaño la calificó de diabólica. Así termina por remitir de nuevo a Perec, con el añadido de que, como ocurría sólo en “Un al pie de la letra paseo por la literatura”, la referencia es explícita.

10. 53 sinsabores póstumos

A Perec lo sorprendió la muerte cuando aún era más joven que Bolaño al momento de la suya. Trabajaba en otro de sus proyectos aparentemente imposibles, la novela 53 días, novela policial, homenaje a Stendhal (el título alude al tiempo que le tomó a este último escribir La cartuja de Parma, libro extraordinario, probablemente el mejor que escribió el autor) y juego y parodia del arte de narrar articulado en torno a una frase del mismo Stendhal,
“una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino”, que quedó lamentablemente inacabada. La edición de Harry Mathews y Jacques Roubaud, publicada en 1989, y en castellano, por Mondadori, al año siguiente, recoge una primera parte más o menos terminada –un enigma policial–, de alrededor de 100 páginas y once capítulos; el esquema de los capítulos restantes; y otras 150 páginas con apuntes, carpetas, esbozos y apuntes que al menos formulan un argumento imposible de endemoniada estructura, el juego de espejos que tanto le gustaba a Perec. Y a Bolaño: se sabe que era un gran entusiasta por ese libro incompleto y provocador. Y si se mira desde la distancia y en una sola mirada 53 días y Los sinsabores del verdadero policía, se advierte que el río de las coincidencias corre con mayor fuerza y arrastra bloques de peso insospechado; las cajas chinas y las historias que proliferan, las dobles y triples lecturas en el mismo libro, los libros dentro de los libros, están aquí y allá, en los 53 sinsabores póstumos que Perec y Bolaño ofrecen en un juego que espejea en el horizonte.

Posdata

Georges Perec. La cámara oscura.
Impedimenta, Madrid, 2010. Sin foliación de páginas. Se compone de 123 sueños y unas diez páginas con un muy sugerente índice de materias. La edición francesa es de 1972.

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero
Policía. Anagrama, Barcelona, 2011. 325 páginas. Corresponde a una serie de carpetas agrupadas bajo ese título, algunas escritas a máquina y otras impresas desde el computador de Bolaño; por otras referencias del autor, sabemos que trabajaba en este libro ya desde mediados de los ochenta, pero no se sabe cuándo dejó de intervenir en el manuscrito. Probablemente, al menos en lo que estaba en su computador, lo trabajó hasta poco tiempo antes de su muerte.

Rodrigo Pinto. Crítico literario de “Babelia”, de El País, y de “Sábado”, de El Mercurio.
Ilustración: Fernando Vicente y Yelena Bryksenkova

Articulo : http://www.elboomeran.com 24/01/2013

Benoît PEETERS/ El rey de la French Theory


El rey de la French Theory
Por Benoît Peeters 

Cuando comenzó a utilizar el término "deconstrucción", Derrida estaba lejos de imaginar que tendría tanta repercusión, al punto de convertirse, según François Cusset, "en el producto más rentable que se haya lanzado jamás al mercado de los discursos universitarios". Para él, era una herramienta conceptual, pero no era en absoluto "una palabra clave".

Ya en 1984, Derrida lo reconoce de una manera un poco negativa: "Si me asociaran con menos frecuencia a esta aventura de la deconstrucción, arriesgaría esta hipótesis con una sonrisa: Estados Unidos es la deconstrucción. En esta hipótesis, sería el nombre propio de la deconstrucción actual, su apellido, su toponimia, su lengua y su lugar, su residencia principal". Diez años después, la hipótesis se asume, convirtiéndose en el título de un coloquio en la Universidad de Nueva York: "Deconstruction is/in America".

Jean-Joseph Goux -que conoció bien a Derrida en Francia y luego lo perdió de vista durante varios años antes de volver a encontrarlo en Estados Unidos (es profesor de la Universidad Rice, en Houston)- quedó impactado por el contraste entre el Derrida francés y el Derrida estadounidense:
El cambio era muy notorio, incluso a nivel físico. En Estados Unidos, Derrida siempre me pareció más resplandeciente e imponente. Por supuesto que a esto no era ajena una especie de estrellato, que nunca conoció en Francia. A comienzos de la década de 1980, numerosos departamentos se pasaron a la French Theory y el pensamiento derridiano. Todo había comenzado con los departamentos de Francés, luego de Literatura Comparada. Pero pronto la arquitectura, la estética, la antropología y el derecho se volvieron receptivos. La idea de deconstrucción, que permitía establecer puentes entre las disciplinas, generó un inmenso entusiasmo. Fue en ese tiempo cuando realmente se impusieron los cultural studies. [...]

Pero, según otros, el aporte principal de la deconstrucción es de un orden muy diferente. Avital Ronell lo cuenta con ímpetu en American Philo, su libro de entrevistas con Anne Dufourmantelle:
Es imposible imaginar hasta qué punto era cerrado el mundo universitario cuando Derrida llegó a la escena estadounidense. Además de ofrecernos las obras luminosas que llevan su firma, Derrida abría caminos [.]. Practicó, conscientemente o no, una política de contaminación. Sus ideas políticas, sutiles y, según nuestros estándares, izquierdistas, conocían pocas fronteras y dejaban correr su savia por los terrenos pastorales y sagrados de la más alta erudición. De pronto, la universidad adquirió color: color y mujeres impertinentes y eso es algo que no se le perdonará fácilmente. [.]

***
Derrida, el deconstructor
Por Benoît Peeters

Se publica en español la apasionante biografía dedicada al filósofo francés, una de las figuras más influyentes del siglo XX
  
Un filósofo, ¿tiene una vida? ¿Podemos escribir su biografía? La pregunta se planteó en octubre de 1996, en un coloquio organizado en la Universidad de Nueva York. En una intervención improvisada, Jacques Derrida comenzó recordando:
Como ustedes saben, la filosofía tradicional excluye la biografía, considera la biografía como algo externo a la filosofía. Ustedes recordarán la frase de Heidegger respecto de Aristóteles: "¿Cuál fue la vida de Aristóteles?". Pues bien, la respuesta necesita de una sola frase: "Nació, pensó, murió". Y todo el resto es mera anécdota.

Sin embargo, no era ésta la posición de Derrida. Ya en 1976, en una conferencia sobre Nietzsche, escribía:
Ya no entendemos la biografía de un "filósofo" como un corpus de accidentes empíricos que dejan un nombre y una firma fuera de un sistema que sí se ofrecería a una lectura filosófica inmanente, la única en ser considerada como filosóficamente legítima.

Derrida llamaba entonces a inventar "una nueva problemática de lo biográfico en general y de la biografía de los filósofos en particular" para repensar la frontera entre "el corpus y el cuerpo". Esta preocupación nunca lo abandonó. En una entrevista tardía, insistió en el hecho de que "la cuestión de la 'biografía'" no lo incomodaba para nada. Incluso podría decirse que le interesaba mucho:
Yo soy de aquellos -pocos- que lo hemos señalado de modo constante: es bien necesario (y es necesario hacerlo bien) volver a llevar a escena la biografía de los filósofos y el compromiso firmado, en particular el compromiso político, con su nombre propio, ya sea que estemos hablando de Heidegger o de Hegel, Freud o Nietzsche, de Sartre o Blanchot, etcétera.

De hecho, Derrida no temió recurrir a materiales biográficos en sus propias obras, cuando hubo de referirse a Walter Benjamin, Paul de Man y algunos otros. En Glas, por ejemplo, cita profusamente la correspondencia de Hegel, mencionando sus vínculos familiares y preocupaciones económicas, sin considerar esos textos como menores ni como ajenos a su trabajo filosófico.
En una de las últimas secuencias de la película que le dedicaran Kirby Dick y Amy Ziering Kofman, Derrida incluso se atreve a llegar más lejos, al responder de manera provocadora a la pregunta sobre qué le gustaría descubrir en un documental sobre Kant, Hegel o Heidegger:
Me gustaría escucharlos hablar de su vida sexual. ¿Cuál es la vida sexual de Hegel o de Heidegger? [...] Porque es algo de lo que ellos no hablan. Me gustaría escucharlos mencionar algo acerca de aquello de lo que no hablan. ¿Por qué los filósofos se presentan en su obra como seres asexuados? ¿Por qué borraron su vida privada de su obra? ¿Por qué nunca hablan de cosas personales? No digo que haya que hacer una película porno sobre Hegel o Heidegger. Quiero escucharlos hablar del lugar que ocupa el amor en sus vidas.

De manera aún más significativa, la autobiografía -la de los demás, principalmente la de Rousseau y la de Nietzsche, pero también la suya- fue para Derrida un objeto filosófico como cualquier otro, digno de consideración en sus generalidades y más aún en sus detalles. Para él, incluso, la escritura autobiográfica era el género por excelencia, aquel que primero le había provocado deseos de escribir, aquel que nunca dejará de perseguirlo. Desde la adolescencia soñaba con una especie de inmenso diario de vida y de pensamiento, con un texto ininterrumpido, polimorfo y -por decirlo de algún modo- absoluto:
En el fondo, las Memorias -aunque con una forma que no sería lo que en general llamamos "Memorias"- son la forma general de todo lo que me interesa, el deseo irrefrenable de conservarlo todo, de reunir todo en el idioma de uno. Y la filosofía -en todo caso, la filosofía académica-, para mí, siempre estuvo al servicio de ese designio autobiográfico de memoria.

Derrida nos brindó esas Memorias que no lo son, diseminándolas en muchos de sus libros. "Circonfesión", La tarjeta postal, El monolingüismo del otro, Velos, Mémoires d'aveugle* [Memorias de ciego], La contre-allée y muchos otros textos, entre ellos muchas entrevistas tardías y las dos películas que le fueron dedicadas, dibujan una autobiografía fragmentaria, pero rica en detalles concretos y, en algunos casos, muy íntimos, que Derrida llegó a designar como "opus autobiotánatoheterográfico". [...]

***
Durante mucho tiempo, los lectores de Derrida no supieron nada de su infancia ni de su juventud. Apenas tenían acceso al año de su nacimiento, 1930, y al lugar, El Biar, un suburbio de Argel. Si bien es cierto que en Glas y sobre todo en La tarjeta postal se presentan alusiones autobiográficas, se encuentran tan sometidas a los juegos textuales que se mantienen radicalmente inciertas y como irresolubles.

Es en 1983, en una entrevista con Catherine David para Le Nouvel Observateur, cuando Jacques Derrida acepta por primera vez dar algunos detalles fácticos. Lo hace de un modo irónico y vagamente exasperado y con un estilo cuasi telegráfico, como si estuviera apurado por desembarazarse de esas preguntas imposibles:
-Hace un momento usted hablaba de Argelia, fue allí donde para usted comenzó.
-Ah. usted quiere que le diga cosas como "Nací-en-El-Biar-en-la-periferia-de-Argel-familia-judía-pequeño-burguesa-asimilada-pero.". ¿Es necesario? No lo lograré, necesito ayuda.
-¿Cómo se llamaba su padre?
-Caramba... Mi padre tenía cinco nombres. Todos los nombres de la familia están encriptados, junto con algunos otros, en La tarjeta postal. En algunos casos son ilegibles para las mismas personas que los llevan, a menudo sin mayúscula, como uno haría con "aimé" o "rené".
-¿A qué edad dejó Argelia?
-Sin lugar a dudas. Llegué a Francia a los 19 años. Nunca me había alejado de El Biar. Guerra de 1940 en Argelia, por lo tanto, primeros rugidos subterráneos de la guerra de Argelia.

En 1986, en un diálogo con Didier Cahen en el programa de France-Culture Le bon plaisir de Jacques Derrida, renueva las mismas objeciones, al tiempo que reconoce que la escritura probablemente permitiría abordar estas cuestiones:
Me gustaría que hubiera un relato posible. Por el momento, no es posible. Sueño con llegar un día, no a hacer el relato de esa herencia, de esa experiencia pasada, de esa historia, sino a convertirlo al menos en un relato entre otros posibles. Pero, para lograrlo, necesitaría realizar un trabajo, lanzarme en una aventura de la que hasta ahora no he sido capaz. Inventar, inventar un lenguaje, inventar modos de anamnesis.

Poco a poco, las alusiones a la infancia se van volviendo menos reticentes. En Ulises gramófono, en 1987, cita su nombre de pila secreto, Élie, el que le fue dado en el séptimo de sus días. En Mémoires d'aveugle [Memorias de ciego], tres años después, evoca su "celo herido" respecto de los talentos de dibujante que la familia reconocía en su hermano René.

El año 1991 marca un vuelco, con el volumen Jacques Derrida , que se publica en la colección Les Contemporains de Seuil: no solamente la contribución de Jacques Derrida, "Circonfesión", es de punta a punta autobiográfica, sino que además, en el "Curriculum Vitae" que sigue al análisis de Geoffrey Bennington, el filósofo acepta plegarse a lo que designa como "la ley del género", aunque lo hace con una diligencia que su coautor califica púdicamente como "desigual". Pero claramente la infancia y la juventud son las partes privilegiadas, al menos en lo que se refiere a notaciones personales.

A partir de este momento, las páginas autobiográficas se hacen cada vez más numerosas. Como reconoce Derrida en 1998, "durante las dos últimas décadas [.], de un modo a la vez ficticio y no ficticio, los textos en primera persona se han ido multiplicando: actos de memoria, confesiones, reflexiones sobre la posibilidad o la imposibilidad de la confesión". A poco de comenzar a reunirlos, estos fragmentos proponen un relato notablemente preciso, aunque también es repetitivo y lagunoso a la vez. Se trata de una fuente inapreciable, la principal para este período, la única que nos permite evocar esa infancia de manera sensible y como desde el interior. Pero estos relatos en primera persona -cabe recordarlo- deben ser leídos ante todo como textos. Deberíamos acercarnos a ellos con tanta prudencia como a las Confesiones de san Agustín o de Rousseau. Y, de todas maneras -como reconoce Derrida- se trata de reconstrucciones tardías, tan frágiles como inciertas: "Intento recordar, más allá de los hechos documentados y las referencias subjetivas, qué era lo que podía pensar, sentir, en aquel momento, pero esos intentos casi siempre fracasan".

Lamentablemente, las huellas materiales que uno puede agregar y confrontar con este abundante material autobiográfico son pocas. Gran parte de los papeles familiares parece haber desaparecido en 1962, cuando los padres de Derrida dejaron precipitadamente El Biar. No encontré ninguna carta del período argelino. Y, a pesar de mis esfuerzos, me fue imposible echar mano al más mínimo documento en las escuelas a las que asistió. Pero tuve la oportunidad de poder recoger cuatro valiosos testimonios de aquellos lejanos años: los de René y Janine Derrida -el hermano mayor y la hermana de Jackie-, el de su prima Micheline Lévy y el de Fernand Acharrok, uno de sus más íntimos amigos de aquel entonces.

En 1930, el año de su nacimiento, Argelia celebra con gran pompa el centenario de la conquista francesa. Durante su viaje, el presidente de la República, Gaston Doumergue, celebra "la admirable obra de colonización y civilización" realizada desde hacía un siglo. Ese momento es considerado por muchos como el apogeo de la Argelia francesa. Al año siguiente, en el bosque de Vincennes, la Exposición Colonial recibirá a 33 millones de visitantes, mientras que la exposición anticolonialista pensada por los surrealistas apenas logra un muy modesto éxito.

Con sus 300 mil habitantes, su catedral, su museo y sus grandes avenidas, "Argel la Blanca" se muestra como la vidriera de Francia en África. Todo busca recordar las ciudades de la metrópoli, empezando por el nombre de las calles: avenida Georges Clemenceau, bulevar Gallieni, calle Michelet, plaza Jean Mermoz, etc. Allí, los "musulmanes" o "indígenas" -como se llama generalmente a los árabes- son levemente minoritarios respecto de los "europeos". La Argelia donde crecerá Jackie es una sociedad profundamente desigual, tanto en el plano de los derechos políticos como en el de las condiciones de vida. Las comunidades se codean pero casi no se mezclan, sobre todo cuando se trata de casarse.

Como muchas familias judías, los Derrida llegaron desde España mucho antes de la conquista francesa. Desde el comienzo mismo de la colonización, los judíos fueron considerados por las fuerzas de ocupación francesas como auxiliares y aliados potenciales, lo cual los alejó de los musulmanes, con los que hasta entonces se mezclaban. Otro acontecimiento va a separarlos aún más: el 24 de octubre de 1870, el ministro Adolphe Crémieux da su nombre al decreto que naturaliza en bloque a los 35 mil judíos que viven en Argelia. Pero esto no impide que a partir de 1897 se desencadene el antisemitismo en Argelia. Un año después, Édouard Drumont, el tristemente famoso autor de La Francia judía , es elegido diputado de Argel.

Una de las consecuencias del decreto Crémieux es la creciente asimilación de los judíos en la vida francesa. Se conservan las tradiciones religiosas, pero en un espacio exclusivamente privado. Se afrancesan los nombres judíos o, como en la familia Derrida, se los relega a una discreta segunda posición. Se habla de "templo" antes que de "sinagoga", de "comunión" antes que de " bar mitzvah". El propio Derrida, mucho más atento a las cuestiones históricas de lo que se suele pensar, era muy sensible a esta evolución:
Participé de una extraordinaria transformación del judaísmo francés en Argelia: mis bisabuelos todavía eran muy cercanos a los árabes por la lengua, la ropa, etc. Después del decreto Crémieux (1870), a fines del siglo XIX, la generación siguiente se aburguesó: mi abuela [materna], aunque se había casado casi clandestinamente en el patio trasero de una alcaldía de Argel a causa de los pogromos (en pleno caso Dreyfus), ya criaba a sus hijas como burguesas parisinas (buenos modales del 16e arrondissement , clases de piano, etc.). Luego vino la generación de mis padres: pocos intelectuales, sobre todo comerciantes, modestos o no, de los cuales algunos ya explotaban la situación colonial convirtiéndose en representantes exclusivos de grandes marcas metropolitanas.

El padre de Derrida, Haïm Aaron Prosper Charles, llamado Aimé, nació en Argel el 26 de septiembre de 1896. A los 12 años entra como aprendiz en la casa de vinos y licores Tachet, donde trabajará toda su vida, como lo había hecho su propio padre, Abraham Derrida, y como lo había hecho el de Albert Camus, también empleado en una casa de vinos, en el puerto de Argel. En el período de entreguerras, la vid es la primera fuente de ingresos de Argelia y su viñedo es el cuarto del mundo.

El 31 de octubre de 1923, Aimé se casa con Georgette Sultana Esther Safar, nacida el 23 de julio de 1901, hija de Moïse Safar (1870-1943) y Fortunée Temime (1880-1961). Su primer hijo, René Abraham, nace en 1925. Un segundo hijo, Paul Moïse, muere a los 3 meses de edad, el 4 de septiembre de 1929, menos de un año antes del nacimiento de quien se convertirá en Jacques Derrida. Seguramente esto hará de él -escribirá en "Circonfesión"- "un preciado pero muy vulnerable intruso, un mortal de más, Élie amado en lugar de otro".
Jackie nace al amanecer, el 15 de julio de 1930, en El Biar, en los altos de Argel, en una casa de vacaciones. Su madre se negó hasta último momento a interrumpir una partida de póker, un juego que seguirá siendo la pasión de su vida. El primer nombre del niño seguramente fue elegido en honor a Jackie Coogan, que tenía el papel protagónico en The Kid. En el momento de la circuncisión, le dan también un segundo nombre, Élie, que no se inscribe en el registro civil, contrariamente al de su hermano y hermana.

Hasta 1934, la familia vive en la ciudad, salvo durante los meses de verano. Viven en la calle Saint-Augustin, lo cual puede parecer demasiado bello para ser verdad, cuando se sabe la importancia que tendrá el autor de las Confesiones en la obra de Derrida. De esta primera vivienda, donde sus padres pasaron nueve años, sólo conserva imágenes muy vagas: "Un vestíbulo oscuro, un almacén debajo de la casa".

Poco antes del nacimiento de un nuevo hijo, los Derrida se mudan a El Biar -"el pozo", en árabe-, un suburbio más bien acomodado donde los niños podrán respirar. Se endeudan por largos años y compran un modesto chalé, en el número 13 de la calle Aurelle de Paladines. Situado "al borde de un barrio árabe y de un cementerio católico, al final del camino del Reposo", cuenta con un jardín que más adelante recordará como "el Vergel", el " Pardès " o "pardes", como le gusta escribir, imagen tanto del Paraíso como del Gran Perdón y lugar esencial en la tradición de la Cábala.

El nacimiento de su hermana Janine se corresponde con una anécdota que se hizo famosa en la familia, la primera "frase" de Derrida que llega hasta nosotros. Cuando sus abuelos lo hacen entrar en la habitación, le muestran un baúl, que contenía los elementos necesarios para un parto de la época, diciendo que su hermanita había venido de allí. Jackie se acerca a la cuna y mira a la beba antes de declarar: "Quiero que la pongan de nuevo en su valija".
A los 5 o 6 años, Jackie es un niño muy simpático. Con un pequeño sombrero de paja en la cabeza, canta canciones de Maurice Chevalier durante las fiestas familiares. Suelen apodarlo le Négus [el negro], por la negrura de su piel. Durante toda su primera infancia, la relación de Jackie y su madre es especialmente simbiótica. Georgette, que había tenido una nodriza hasta los 3 años, no era muy tierna ni demostrativa con sus hijos. Pero esto no impidió que Jackie sintiera verdadera adoración por ella, similar a la del pequeño Marcel de En busca del tiempo perdido. Derrida se describirá como "ese niño con quien los grandes se divertían haciéndolo llorar porque sí o porque no", ese niño "que hasta la pubertad todas las noches exclamaba 'Tengo miedo, mamá', hasta que lo dejaban dormir en un diván cerca de sus padres". Cuando lo llevan a la escuela, se queda hecho un mar de lágrimas en el patio, con el rostro pegado contra la reja.

Recuerdo muy bien la angustia de la separación de mi familia, de mi madre, mis llantos, los gritos en el jardín de infantes. Vuelvo a ver las imágenes de cuando la maestra me decía "Tu mamá vendrá a buscarte" y yo le preguntaba "¿Dónde está?". Ella me decía "En la cocina" y yo imaginaba que en ese jardín [.] había un lugar donde mi madre cocinaba. Recuerdo las lágrimas y los gritos de la entrada y las risas a la salida. [.] Llegué a inventar enfermedades para no ir a la escuela, pedía que me tomaran la temperatura.

El futuro autor de "Tímpano" y "L'oreille de l'autre" [La oreja del otro] sufre repetidas otitis, que provocan gran preocupación en la familia. Lo llevan de médico en médico. Los tratamientos de la época son violentos, con lavados de agua caliente que perforan el tímpano. En un momento, incluso le quitan el hueso mastoides, una operación muy dolorosa, pero muy frecuente por entonces.

En este período ocurre un drama infinitamente más grave: su primo Jean-Pierre, que es un año mayor, muere atropellado por un auto, delante de su casa de Saint-Raphaël. El shock se acrecienta porque al principio en la escuela le anuncian, por error, que quien acaba de morir es su hermano René. Derrida quedará muy marcado por este primer duelo. Un día le dirá a su prima Micheline Lévy que le tomó años comprender por qué había llamado Pierre y Jean a sus dos hijos.

DERRIDA
Benoît Peeters
FCE
Las más de seiscientas páginas escritas por el belga Peeters sobre el filósofo franco-argelino siguen el modelo de biografía anglosajona. Ampliamente documentado, es un texto ineludible sobre la figura de Derrida, pero también sobre los avatares del pensamiento francés de la segunda mitad del siglo pasado.

***
Derrida: el amor a la diferencia
Por Ariel Pennisi 

El pensador creó estrategias filosóficas para ahondar en las fisuras del pensamiento occidental

Jacques Derrida parte de una ruptura al considerar que "no hay afuera del texto", es decir, no hay el texto y, separadamente, los distintos niveles de realidad. Como consecuencia, desbarata la primacía del fenómeno como realidad objetiva y el privilegio de la conciencia como unidad facultada. Así, creaciones como "deconstrucción", "différance", "diseminación", "archi-escritura", "injerto", entre otras, le permiten desentrañar transformaciones, instancias inconscientes y relaciones inesperadas que anidan en lo más hondo de la conformación de la cultura occidental. Hay tanto texto en el mundo como mundo en los textos, de modo que los dispositivos conceptuales y, finalmente, la escritura, son las herramientas y el dominio en que los diferentes registros de la vida adquieren sentidos más allá de las oposiciones rígidas con que solemos leer la realidad.

"La forma fascina cuando no se tiene ya la fuerza de comprender la fuerza en su interior. Es decir, crear." Así anuncia Derrida en el primer ensayo de La escritura y la diferencia los riesgos de la crítica literaria, para avanzar luego sobre el estructuralismo: "Ser estructuralista es fijarse en primer término en la organización del sentido, en la autonomía y el equilibrio propio, en la constitución lograda de cada momento, de cada forma, es rehusarse a deportar a rango de accidente aberrante todo lo que un tipo ideal no permite comprender." Si la búsqueda de formas que no cierren va más allá del campo literario o incluso más allá de la experiencia estructuralista, el problema pasa por generar cada vez las condiciones para modos de mirar, percibir y crear capaces de asumir el devenir imprevisible entre una espada llamada totalidad y una pared ausente de sentido.

Justamente, por la imposibilidad que tienen los discursos y las prácticas de aislar un sentido único centralizador o enunciar un sentido general, emerge en Derrida la "deconstrucción". Más que de un método o de un concepto fijo, se trata de una suerte de disposición ante los desplazamientos, giros, accidentes, lagunas de la lengua y, mejor aun, de las situaciones entendidas como "textos", funcionando en contextos específicos. Así, reenvía nuestra atención hacia las fuerzas vitales, inconscientes, deseantes, que disputan y organizan nuestras formas y, a su vez, entiende esas relaciones y variaciones de fuerza como campos estratégicos sin estratega, sin una conciencia clara o una intencionalidad tendiente a un fin. De ese modo no hay intérprete que no forme, al mismo tiempo, parte en la situación de una mirada o una relación cualquiera. Fuera de la situación sólo hay enjuiciamiento, es decir, prejuicio. La deconstrucción vive en las fisuras de la tradición occidental, que está fundada en la unificación de la percepción y la capacidad de comprensión bajo la figura de una razón suficiente y autorrefleja. El trabajo de la deconstrucción nos coloca de cara a las condiciones que hacen posibles al lenguaje tal como viene formateado y a la razón misma, ahora historizada y desmentida como pilar de la metafísica. Descomponer procesos significantes es una tarea importante en el largo y heterogéneo camino de Derrida, pero él mismo supo renegar del modo en que la deconstrucción -tal vez por el abuso recurrente de su carácter negativo- se inscribió culturalmente.

Derrida nombra un recorrido que, antes que una obra, es un mapa de preguntas, invenciones y polémicas o alianzas. Basta recordar su lectura de Freud, su apropiación de Nietzsche y de Marx, su admiración por Foucault y Borges, la literatura, la pintura, el estructuralismo, su relación ambigua con Heidegger, Husserl y la fenomenología contemporánea, el debate con Paul Ricoeur, su tensa lectura de Platón. "De desvío en desvío", se afirmó en la différance, es decir, en la pura vitalidad de la diferencia que es, al mismo tiempo, condición del principio de identidad que tiende a negarla (por ejemplo, cuando se afirma "uno hombre es esto o aquello", "esto es sano, aquello no") y producción de las diferencias como resistencia e insistencia renovadora. La noción francesa de différance permanece sin traducción al español (el cambio ortográfico de e por a en esa palabra no implica cambio fonético en francés), revela sólo en la escritura la dimensión indecidible entre actividad y pasividad de lo que difiere, del Ser como diferencia: las diferencias no se organizan en términos opositivos, sino como diferenciales proliferantes y afirmativos. La différance es un dispositivo conceptual que, entre deriva y estrategia, habilita relaciones múltiples con experiencias y construcciones también múltiples. Nos mantiene en relación de apertura con lo que ignoramos, en un rodeo infinito que dibuja un modo de habitar característico de la escritura de Derrida. ¿Es acaso la escritura el lugar de acogimiento de lo ignorado en cuanto tal? Escribir supone la aventura de no saber adónde se va, es ese rodeo sin dirección que apuesta todo saber a una cifra desconocida, a una zona imprecisa que define la inconmensurabilidad entre saber y no saber.

Artículo : http://www.lanacion.com.ar 25/01/2013

Ben LERNER/ Saliendo de la estación de Atocha


Saliendo de la estación de Atocha
Por Ben Lerner
Traducción de Cruz Rodríguez. Mondadori. Barcelona, 2013. 198 pp. 16'90 euros

Ben Lerner (Topeka, Kansas, 1979) empezaba a ser un poeta reconocido en Estados Unidos -aunque sería muy pertinente preguntarse qué significa hoy que alguien le reconozca algo a un poeta- cuando publicó su primera novela, esta no muy extensa ni muy “novelesca” Saliendo de la estación de Atocha, y también se convirtió en un novelista reconocido. Los premios, los comentarios entusiastas (Franzen, Ashbery, Auster, Wood...), las complicidades generacionales, las ventas razonables: todo lo ha obtenido su debut en el género. 

El libro, escrito en primera persona, muestra a un joven poeta norteamericano disfrutando de una beca en Madrid para escribir “un largo poema de investigación que explorase el legado literario” de la Guerra Civil. Si usted no entiende qué es tal cosa, no se preocupe: el narrador y protagonista tampoco. De hecho, apenas sabe nada sobre la Guerra Civil, no digamos sobre su legado literario. Notablemente despistado, o mejor, encantado de hacerse el despistado, Adam Gordon vive en un piso con claraboya de la plaza Santa Ana, trajina porros y tranquilizantes por las calles madrileñas, establece relaciones francamente distorsionadas con la realidad y con los “nativos de Madrid” (a los que reconoce porque son “versiones imperfectas o tardías de estilos norteamericanos”) y, en definitiva, experimenta la sensación del tiempo de la manera en que hacemos eso cuando el tiempo no importa mucho. En sus momentos más generosos, nos informa sobre cuándo “caga”. Piensa en poesía, o en su relación con la poesía. Se acuesta con una chica y desea a otra; quizás ama a ambas, o tal vez no. Como el mundo no se detiene por mucho que los jóvenes novelistas adoren mirarse el ombligo, a veces pasan cosas allá fuera: su mejor amigo ha visto morir a alguien, por ejemplo. O el 11M y toda su onda expansiva de manifestaciones y quién ha sido, uno de esos momentos en que la historia nos exige que prestemos atención. Ni por esas: ahí sigue su despiste. Sobre todo, Adam Gordon dedica su tiempo a pensar que él es un fraude. A planificar ese fraude y luego contemplarlo como un accidente incontrolable. A hacer de su vida una performance, y también una huida. ¿Novela de aprendizaje? No: novela sobre alguien que trata de esquivar el aprendizaje inventándose un personaje que, de todas formas, tiene fecha de caducidad. 

Me ha entusiasmado Saliendo de la estación de Atocha. Desde la magnífica escena inicial en el Prado, es uno de esos libros sin trama en los que un autor de vida más bien corriente cuenta cosas que se parecen mucho a su propia vida corriente. Vale la pena que el lector sepa que se trata de este tipo de novela. También conviene avisar de que lo anecdótico, que a veces llega a ser muy ligero y divertido, se mezcla con la reflexión estética, política, sociológica. Que, por otra parte, también es divertida, porque la inteligencia siempre lo es y porque el narrador no trata una cosa y la otra de forma distinta. Es un poeta, un estudiante de literatura: en su vida, pensar en Ashbery no es más ni menos importante que follar. O digámoslo de otra forma: el que folla y el que se pregunta en qué consiste leer poesía son la misma persona. Un tipo bastante gracioso, por cierto. Dicho todo esto, creo que Lerner ha escrito un libro muy bueno. Tiene un tono peculiar, que puede recordar a Vila-Matas, citado en alguna entrevista por el autor: ¿no resulta vila-matiano un protagonista que afirma sentirse “como un personaje de El pasajero, una película que no había visto”? ¿No está en sintonía con el autor de Bartleby y compañía esa descacharrante escena de picaresca charlista en la que nuestro joven poeta intenta sobrevivir a su participación en una mesa redonda sobre un tema del que no sabe nada, pero nada de nada? Y ahora, una fórmula de cintilla de libro: ¿se imaginan la prosa de Bernhard al servicio de Jacques Tati? Pues algo así parece Lerner en ocasiones, con derivas propias de Peter Sellers, como al explicarnos su técnica facial para expresar un “desdén que confiaba en que se entendiera como político” cuando asiste a fiestas de gente más rica y atractiva que él. Y luego, tenemos esta frase para demostrar que Lerner nos conoce, que ha hecho trabajo de campo en ciertos bares españoles: “no paraban de saludarme modernos que pasaban por allí”. Cada lector deberá decidir, según sus convicciones, cuánta displicencia puede albergar la palabra “modernos”. Yo creo que mucha. 

Por supuesto, aquí la clave -una de ellas- es la prosa: “una ola”, escribe Lerner dos veces para explicar lo que debe lograr el lenguaje (y en su espléndido poemario Angle of Yaw usaba la misma expresión, nada casualmente, importada de la galaxia Ashbery). “Mucho más que cualquier argumento o sentido convencional, me importaba la mera direccionalidad que sentía al leer prosa, la textura del tiempo al pasar, la máquina blanca de la vida”, dice el narrador a propósito de Tolstói. Así es esta prosa hecha de disyuntivas, de posibilidades planteadas por la especulación o la traducción o la confusión; que se alarga y acorta, que sirve para narrar o para fliparse; esta prosa nerviosa y automática cuando el personaje se pierde en Barcelona, sonámbula cuando ha tomado demasiadas pastillas, ensayística y poética a gusto del autor. Lerner escribe muy bien, y además sin afectación. Es la prosa de un poeta, pero en la división de los que no se la pegan al dar el salto narrativo. Y la traducción de Cruz Rodríguez Juiz le hace justicia; menos mal, porque esta novela también habla sobre la traducción como jardín en el que perderse y hacer hallazgos: “Teresa leería los originales y yo leería las traducciones y las traducciones se convertirían en los originales conforme leyéramos”. 

Todo ese talento estilístico logra que Saliendo de la estación de Atocha tengauna vitalidad a la que los críticos traicionaríamos si nos empeñáramos en señalar “el tema” de la novela. Pero sí hay temas que la atraviesan, claro. En lo más alto, la idea de fraude, la sospecha de que la vida es una forma de inautenticidad: “¿Quién no ocupaba una del puñado de posiciones del sujeto prefabricadas que brindaba el capital o como quieras llamarlo, mintiendo cada vez que decía ‘yo'; quién no actuaba un poco en un publirreportaje de la vida dañada emitido en bucle?”. Derivando de ahí, la pregunta sobre el arte y una de sus formas más inútiles, la poesía, cuya inutilidad tal vez es un “no” pronunciado frente a “lo real”... Aunque a “lo real” le dé igual ese “no”. En esto hay algo de modernidad clásica -la paradoja es deliberada-, algo de Baudelaire sin anacronismo; un poquito, se me ocurre, como en Franzen resuena el realismo clásico. ¿He aquí un síntoma de época? No sé. Y finalmente, a propósito de esa realidad mencionada, Adam Gordon juega a estar perdido y despistado, pero no lo está: “Por qué pensaba, por qué pensaban todos que morir en un ataque terrorista estaba más ligado a la lógica inexorable de la historia que morir en un accidente de tráfico o de cáncer de pulmón, no lo sabía. Le dije a Teresa que derivaba de nuestro empobrecido sentido de la política, que no podíamos pensar en el coche o el cigarrillo como si fuera Titadine porque ello nos obligaría a enfrentarnos a nuestro modelo económico”. 

***
Poeta andante
Por Fernando Aramburu 

Abandonar la tierra nativa con este o aquel pretexto y la cabeza atestada de literatura. Acechar en las horas cotidianas de lugares novedosos pequeñas plenitudes poéticas. Llegar a Madrid o a un campo con molinos de viento. Pensar en páginas del Amadís o de Lev Tolstói. Trastrocar la realidad literaturizándola o con las pupilas nubladas por los porros, el café y los tranquilizantes. No entender lo que pasa cerca de uno y sin embargo explicarlo con elocuencia. Protagonizar numerosos y divertidos episodios y no alcanzar con ellos la coherencia de una trama pero suscitar, en cambio, una gran novela. A los escritores que propiciaron la reencarnación de cierto caballero andante se ha unido el norteamericano Ben Lerner. Su novela Saliendo de la estación de Atocha brota del mismo tronco del cual pende la rama de Cervantes. El autor norteamericano lo reconoció meses atrás en una entrevista en Granta. 

Artículo : http://www.elcultural.es 25/01/2013

Alberto GORDO∕La vida salvaje de THOREAU

La vida salvaje de THOREAU Por Alberto GORDO Distintos sellos celebran los 200 años del nacimiento del pensador norteamericano con ...