dimanche 28 octobre 2012

Claudio ZEIGER/Juan RULFO: El llanero solitario


El llanero solitario
Por Claudio Zeiger

Desde que lo leyera por primera vez siendo una joven estudiante, Reina Roffé quedó prendada de Juan Rulfo, de sus libros y de su misterio.

A partir de ahí, empezó a escribir sobre él, publicó Autobiografía armada en 1973, lo entrevistó en 1974, dio a conocer Las mañas del zorro en 2003 y ahora, en Juan Rulfo. Biografía no autorizada, amplía y expande lo anterior. ¿Por qué Rulfo dejó de publicar y, según algunos, directamente de escribir? ¿Por qué reconstruyó su biografía hasta convertirla en un mito plagado de pistas falsas? ¿Cómo se situó respecto de los autores del boom latinoamericano? Reina Roffé busca descifrar nuevamente estos misterios que probablemente no cesen, mientras nuevas generaciones siguen abordando el maravilloso y desértico universo de El llano en llamas y Pedro Páramo.

Juan Rulfo perteneció a aquella raza peculiar de escritores que, en plena estridencia del boom latinoamericano, poco antes o después de la gran eclosión de stars como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, eligieron las estrategias del silencio, la retirada al fondo de la escena, el bajo perfil. Rulfo, como Onetti y José María Arguedas, tenían un enemigo en común que también era una fantasma y una demanda explícita: la profesionalización del escritor. Al combatirla, cada uno a su manera, se resguardaron de la fama y también pagaron altísimos costos. Esa manera de ser, y de existir, y de dejar de ser y de escribir, los convirtió en mitos vivientes, sufrientes y románticos. Rulfo no se suicidó como Arguedas ni se echó a la cama por años como Onetti, pero fue el más consecuente en sostener el misterio sobre sí mismo, los motivos de su no publicar. Parco, hundido en el silencio, se quemó en el fuego de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). Ya estaba todo dicho y faltaba una década para el boom latinoamericano. ¿Qué lo llevó a dejar la escritura o, en rigor, la publicación? ¿No tener “más nada que decir”? ¿Alcohol? ¿Mal de amores? ¿La presión de la fama que le resurgió en los ’70?

Reina Roffé, escritora y crítica, se interesó desde muy joven por la obra, la figura y los misterios de la “agrafia” de Rulfo. A punto tal que Juan Rulfo. Biografía no autorizada es el tercer libro que le dedica, sumando voces y testimonios y conjeturas a lo ya publicado. Además, pudo conocerlo y entrevistarlo en 1974, constatando en carne propia que no era una tarea fácil acceder a su palabra, enfrentar su figura. Esta edición, ampliación de Las mañas del zorro (2003), abre con un interesante prólogo de Blas Matamoro, autor, vale pasar la voz, de la mejor biografía sobre Victoria Ocampo (Genio y figura de Victoria Ocampo) y cierra con un personal epílogo de la autora que, según señala en esta entrevista, ya no volverá sobre los pasos de Rulfo.

Roffé confiesa que fue más por devoción que por obsesión que se dedicaría desde muy joven a “asediar” a Rulfo. Lo cierto es que a lo largo de los años, el fruto fue creciendo y también Roffé fue combinando una peculiar capacidad para mantener el equilibrio entre espíritu crítico (no sólo hacia Rulfo sino hacia todo el sistema literario que lo contuvo o no, que lo lanzó y lo relanzó, que quizá no pudo terminar de entenderlo) y sensibilidad y cariño hacia un ser frágil aun en la autoconsciente construcción del mito.

¿Cómo fue tu acercamiento a Rulfo y su obra, y cómo se fue desarrollando a lo largo de los años?
–De aquellos autores que se dieron a conocer internacionalmente en los sesenta y setenta, de la mano del boom latinoamericano, Rulfo fue quien más me interesó. Sus dos exiguas obras, que leí en esos años, me fascinaron y quise saber quién estaba detrás. Comencé a leer cuanta entrevista le hacían y los trabajos críticos que iban surgiendo sobre Pedro Páramo y El llano en llamas. Yo era muy joven y hablaba con tanto entusiasmo de Rulfo que Alberto Vanasco y Juan Carlos Martini Real, que dirigían la revista Latinoamericana, me pidieron que escribiera algo para ellos, y de ahí surgió lo que denominé Autobiografía armada, un texto en primera persona que trabajé como si fuera un relato, construido con fragmentos de reportajes y declaraciones de Rulfo, y cuyo protagonista principal era él mismo hablando de su infancia, de su pueblo, de la Revolución mexicana, de la revuelta cristera, de cómo elaboró sus cuentos y la novela. El texto se publicó en la revista y, luego, apareció en forma de libro, con bellas ilustraciones, en una edición de Corregidor de 1973. Era un libro muy breve que más tarde, en 1992, descubrió un editor catalán que lo recuperó para editorial Montesinos. Después de este tímido acercamiento a Rulfo, y ya recientemente, surgió la posibilidad de escribir la biografía para Espasa Calpe de España. Una biografía que titulé Juan Rulfo. Las mañas del zorro, y vio la luz en 2003 con muy buena recepción crítica. La edición se agotó pronto, pero, en el ínterin, la editorial canceló la colección de biografías de escritores y mi libro no fue reeditado hasta ahora aumentado y corregido.

¿Por qué esta edición dice “Biografía no autorizada” en el subtítulo?
–Para indicar que el texto no ha pasado por ningún visto bueno, por ningún filtro de ésos por los que suelen pasar las biografías. Para esta edición, enriquecí fragmentos relacionados con su trabajo en el Instituto Indigenista y con otros tramos de su vida y también incorporé más testimonios y anecdotarios.

Uno de los aspectos centrales de Rulfo fue su cerrazón, su toma de distancia, pero vos pudiste entrevistarlo. ¿Cómo describirías el impacto que te produjo?
–Conocí a Rulfo en 1974, cuando visitó Buenos Aires como miembro de la comitiva oficial de intelectuales que acompañaron al presidente mexicano Luis Echeverría Alvarez en un recorrido por América latina. Parte de la delegación se había alojado en el Plaza Hotel, y allí lo entrevisté gracias a la amabilidad de Edmundo Valadés y de Augusto Monterroso, que hicieron de puente. Fui a visitarlo con Héctor Lastra y Martini Real, dos escritores que, lamentablemente, ya han fallecido, y a quienes siempre recuerdo con especial cariño. Los tres teníamos una gran expectativa por encontrarnos con un autor tan singular y enigmático. La leyenda sobre su extraña personalidad, su melancolía, su negativa a seguir publicando, su modestia y timidez, que lo llevaban a escaparse de la prensa, se había expandido como un reguero de pólvora. Ciertamente, su conversación estaba llena de silencios, de momentos incómodos para un interlocutor que no lo conocía en profundidad, cosa que hacía difícil entrevistarlo. Pero cuando encontraba lo que quería decir, finalmente hablaba y lo hacía con frases cortas, con un lenguaje poético campesino realmente encantador. Entonces, uno se daba cuenta de que no era tan tímido, sino, como él mismo decía, “de chispa retardada”.

En ese momento, 1974, ¿qué te llamó más la atención de él?
–Advertí que, como todo ser apartado o automarginado, le gustaba ser incluido, que le prestaran atención. Ese encuentro fue para mí muy revelador. Era un hombre que llevaba en su rostro una pena enorme. Tenía editores y lectores reclamándole más libros, contaba con una crítica que lo ponderaba, algo con lo que sueñan todos los escritores, y sin embargo no podía, por retraimiento o exigencia desmesurada, escribir nada que él considerara apto para su publicación. Por un lado, lo tenía todo y, por otro, nada, aunque lo respaldaban sus dos magníficas obras.

A la luz de los libros, incluyendo este último, ¿tenés una “versión” definitiva acerca del mito de Rulfo, de su silencio, su retiro, su lugar entre los otros escritores latinoamericanos?
–Esta biografía es lo último que voy a publicar sobre Rulfo, precisamente porque doy por terminada mi composición de lugar sobre un autor insuperable, incluso por él mismo, que no pudo dar a conocer nada más, porque sentía que todo lo que intentó después de su libro de cuentos y de Pedro Páramo no daba la talla, no tenía el nivel de lo anterior y, en consecuencia, decidió, valiente y atinadamente, abstenerse, algo que lo honra, pues da ejemplo de ética personal. Con mi biografía intenté reescribir los vacíos, los baches, los puntos ciegos del escritor. Una de las cosas que más me atrajeron como materia de investigación fue la cuestión de la mentira en Rulfo. Me resultó muy interesante observar cómo fue urdiendo fragmentos de su vida a través de una serie de embustes. Mintió en casi todo, incluso en asuntos que no tenían mayor importancia: cambió su fecha y lugar de nacimiento varias veces, maquilló su infancia, contó historias distintas sobre cómo había ocurrido el asesinato de su padre, mintió sobre los estudios que había cursado, ocultó hasta el final, cuando ya no era necesario hacerlo, que había sido seminarista. Juró y perjuró que estaba escribiendo libros que, finalmente, nunca publicó, y de los que apenas se encontraron un par de páginas, algún fragmento, nada significativo. Mintió, pero también desmintió, desmintió ciertas lecturas, sus influencias literarias, odió y habló pestes de los críticos que vieron en su obra la huella de Faulkner, porque quería ser el más original de todos, cuando sabemos que cada lectura que realizamos deja una marca y no es algo para avergonzarse. Además, orienté la escritura de esta biografía hacia el enfoque de lo que se había callado de este autor, lo que el propio Rulfo había silenciado o tergiversado para mostrar la distorsión, la permanente metamorfosis de la verdad en él. Me di cuenta de que a veces uno no está a la altura de sus deseos o expectativas, y Rulfo era una persona que deseaba demasiado, que pedía mucho de sí mismo. En Rulfo había que leer, digamos, la “mexicanidad” y sus múltiples trabas: la imposibilidad de decir no, no sé; su aspecto insondable, que se cubría de elementos imaginarios, incluso melodramáticos o de humor, a veces agudo y otras francamente ácido, para desdibujar o endulcorar cierta verdad que no podía nombrar.

Además, abordaste esta nueva y última biografía con todo un bagaje propio de escritora.
–Escribimos porque nos rehacemos escribiendo. En este sentido, abordar la escritura de una biografía, sobre todo la de un escritor, representa un claro ejercicio de reescritura y también de transformismo o travestismo, porque el biógrafo se transforma en el personaje narrado y, a veces, el personaje se vuelve como el narrador. Ambos ignoran esta mudanza, simplemente sucede, especialmente cuando sintonizamos de tal forma con la mitología del otro: en Rulfo, el niño abandonado, el hijo del desconsuelo, el escritor silencioso y silenciado que se produce una suerte de coexistencia. La biografía es un espejo del Yo, de un Yo que puede ser el mío en la medida en que la escritura sobre la vida del otro empieza a reflejarme peligrosamente. De cualquier forma, poco hay que sea definitivo. Y como existe mucha información sobre Rulfo que permanece blindada, quizá más adelante alguien pueda tener acceso a ese material oculto y aportar nuevos datos, ofrecer otra mirada. Pero yo doy por concluida mi tarea.

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La vida como relato
Por Reina Roffe

Un artista no debería “contar su vida tal como la ha vivido, sino vivirla tal como la contará”, anotó en 1892 André Gide en sus Diarios. “Dicho de otra manera: que su retrato, pues eso es lo que será su vida, se identifique con el retrato ideal que anhela; y más sencillamente, que sea como quiere ser.” Es lo que hizo Rulfo cuando fue escritor y, sobre todo, cuando dejó de serlo.

Porque entonces se deseó como tal y, contra viento y marea, ejerció de escritor: viajó profusamente, participó en congresos y ferias, recibió premios y homenajes, y se retrató a sí mismo: habló. Pero su discurso no fue el de un intelectual, sino el de un narrador nato: contó historias de sus antepasados, de su infancia y su juventud, de la región donde transcurren sus relatos, del campesino de Jalisco, del cómo y el porqué de una obra hecha y de otra en eterna gestación presentada como ilusión de su actividad creadora. Durante tres décadas, en vez de escribir, jugó a hacerlo: Días sin floresta, La cordillera y alguna otra promesa no llegaron nunca a concretarse en cuentos ni en novelas. De este modo, se convirtió en una especie de juglar moderno, un narrador oral que relevó al otro, al que ya no escribía, dando rienda suelta a su imaginación y ofreciendo versiones distintas, incluso arbitrarias, de ciertos hechos, porque la verdad no importaba mucho.

La agrafia de Rulfo (que duró unos treinta empecinados años) perdió así su rasgo de imposibilidad dolorosa. Sacándole partido a la neurosis de su silencio –después de la publicación de Pedro Páramo, en 1955, y hasta su muerte, en 1986, no dio a conocer más obras de ficción, apenas algunos guiones de cine y un puñado de notas para prólogos y periódicos–, encontró finalmente su reducto gozoso. Los relatos súbitos de jalisciense, esas minificciones, podríamos llamar hoy, que soltaba a regañadientes para la prensa fueron compilados y difundidos por amigos –reales y supuestos–- y por escribidores –llámense periodistas, profesores o críticos–, y vertidos en papel con el objeto de conservarlos para la memoria. En ellos hay algo de Rulfo y algo de los memoriosos que lo frecuentaron.

Por obra de su propia voz y la escritura de otros, su historia personal se hizo ficción para emerger como pieza literaria. La figura, a fuerza de ser pública, se adecuó a lo público con un sello atrayente que concitó inmediata atención. Todos querían saber por qué no había escrito más este Rimbaud de la campiña jalisciense, adscripto a la sede mexicana de los autores del “no”, realmente extraño, casi anacrónico para la sociedad contemporánea: mercantil, devota del éxito, mediática, que promueve el espectáculo y la masificación de los productos culturales, y palpita a la caza y captura de lo diferente, que siempre fascina.

Rulfo es un caso que se da de cuando en cuando. Aunque más excéntrico todavía fue el norteamericano Salinger, un auténtico huraño, que siguió generando interés pese a su incorruptible retiro de décadas, a su total silencio, en una época incidental por excelencia y en un medio del que desaparecen, empujados hacia el olvido, hasta los artistas más prolíficos, histriónicos y sociables.

Si bien la obra del autor mexicano suscita unánime admiración, Rulfo es, en cambio, un modelo que nadie desea imitar, resulta un espejo temible. ¿Quién querría reconocerse en él, si al menos no ha escrito una obra memorable? De ahí la insistencia en continuar preguntándose por qué “prefirió no hacerlo” como el escribiente Bartleby de Melville, no escribir más, interrogante del que todavía se pretende extraer una revelación acabada, definitiva, que calme la zozobra del eclipse creativo, esta especie de muerte simbólica del artista. ¿Por qué, teniendo un mundo como escenario, Rulfo se había retirado de la escena de la escritura?

La inhibición creativa, como se sabe, produce sentimientos parecidos al del suicidio. Mientras éste es considerado por unos como la negación de la vida, para otros es una salida honorable, reivindicativa de la libertad del individuo. Pero cuando alguien muere o algo muere en los otros, no hacemos más que pensar en nuestra propia muerte. Exigimos, por tanto, una explicación que siempre es efímera, momentánea, porque en estas coordenadas las respuestas nunca pueden ser completas ni plenamente satisfactorias.

(Del prólogo de Juan Rulfo. Biografía no autorizada)

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TESTIMONIO
El privilegio de chocar con Rulfo
Por Angeles MASTRETTA

¿Cuándo y dónde conoció a Juan Rulfo?
–En el Centro Mexicano de Escritores en el año 1974.

¿Cómo lo recuerda?
–Muy tímido. Quizá la anécdota que más me divierte recordar tiene que ver con un choque. Después de las reuniones en el Centro Mexicano de Escritores, en donde él era tutor y yo becaria, nos gustaba ir a tomar café y un pastel de nuez a un lugar cercano. Rulfo conducía muy mal. Con la distracción de quien piensa el mundo hurgando lo importante, sin dejar que su cabeza se detuviera frente a un semáforo o una reversa. Una tarde, al dejar el café, iba saliendo hacia atrás y chocó con un coche que tenía el derecho de paso. Pero Rulfo no lo vio. “¿Y ahora qué hacemos?”, me preguntó cuando el hombre empezó a gritar furioso. “Usted nada, yo hablo con él”, le dije. Me bajé completamente decidida a arreglar el asunto con solo decir su nombre. Por desgracia, el señor al volante no era lector. “Ha tenido usted el privilegio de chocar con el maestro Rulfo”, le dije. “¿A mí qué? ¿Quién es? No me importa, me tiene que pagar.” Yo era más pobre que un alfiler, pero le di mi nombre y juré que le pagaría por él. Me creyó. Rulfo me vio volver a su coche como un niño ve regresar al adulto que lo ha librado de un mal pleito. Recuerdo todo el asunto como una bendición que me hizo entenderlo mejor.

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TESTIMONIO
Retrato del Juglar
Por Margo GLANZ

¿Cómo y dónde conoció al autor de Pedro Páramo?
–Conocí a Juan Rulfo cuando regresé de Francia en 1958. Estando en París, hacia 1954, me llegaron El llano en llamas y Pedro Páramo, época en que también leía a Stendhal, Rojo y negro, y La cartuja de Parma. En México nos veíamos mucho, sobre todo a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, en dos librerías que él frecuentaba y a las que iba a tomar café y a platicar con los amigos: el Agora, donde también conocí a Augusto Roa Bastos, y luego El Juglar, cuyo café Rulfo frecuentó casi hasta su muerte.

¿Cuál fue su primera impresión y la que le quedaría luego para siempre de él?
–Era guapo, una manera extraña de serlo, con una mirada borrosa y dulce, también triste, amarrada, medio maligna, como si sólo tuviese vida por dentro, como si estuviera por encima del tiempo, tiempo que sólo se marcaba preciso en las dos líneas que le acuchillaban la frente, líneas que se fueron hundiendo cada vez más a medida que pasaban los años; sus cejas gruesas, delineadas y la derecha levantada como si estuviese siempre asombrado o preguntándose algo, el pelo lo tenía ondulado, las orejas muy bien hechas, los labios finos.

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QUE LE IMPIDIO SEGUIR ESCRIBIENDO
El miedo a ser Rulfo

“Quizás el éxito lo abrumó, lo abrumó un poco y le dio miedo dejarse influir por Rulfo, volverse demasiado rulfiano.” Fernando del Paso

“Juan no dejó de escribir, yo he visto textos de él que no publicó (...) Incluso tuve en mis manos una carpeta donde estaba La cordillera. Tenía escritas unas ochenta páginas. Eso existía. Además yo lo vi escribiendo, lo vi trabajando. ¿Qué hizo después? No lo sé. Conozco además la historia de esa novela, me habló del argumento, y leí también una de las versiones de La cordillera; no se refiere a una cadena de montañas, sino a las recuas de ganado unidas por un cordel, como a él mismo le fastidiaba explicar. Pero sí escribía. Por alguna extraña decisión que no me atreví jamás a cuestionar, había decidido su silencio. No lo agradaba ni lo hacía feliz. Para mí, durante mucho tiempo, fue una manifestación de protesta, de rebeldía. Otra transgresión frente a lo esperado, a lo previsible; que un escritor escriba y, en consecuencia, publique. Sólo ahora creo entender su empecinado silencio: la autoexigencia de Juan era devastadora.” Mempo Giardinelli

“Escribió dos libros perfectos, buenísimos, y no tuvo necesidad de escribir más.” Elena Poniatowska

“Se detuvo cuando le llegó la fama insoportable.” Jorge Rufinelli

“Es un gran misterio. Una vez de las tantas que le preguntaron por qué había dejado de escribir, él contestó: ‘Es que todavía no estoy maduro’. La relación entre el tiempo y la escritura es distinta para cada persona. Rulfo escribió antes de los cuarenta años libros muy importantes. Tal vez sea equivocado pensar que todo el tiempo que uno vive debe escribir.” Alberto Ruy Sánchez

Alberto OJEDA/John BANVILLE: "Por supuesto que debería vender más que las 50 sombras de Grey"


John Banville
"Por supuesto que debería vender más que las 50 sombras de Grey"
Por Alberto OJEDA
Publicado el 25/10/2012

El escritor irlandés, fijo en las quinielas del Nobel cada año, completa su tercera trilogía con 'Antigua luz', novela en la que compendia todas sus fijaciones.

Algunos críticos afirman que el jurado de Estocolmo, en lugar de haber llamado a China hace un par de semanas, tendría que haberlo hecho a Irlanda, a Dublín, donde vive John Banville (Wexford, 1945), uno de los autores contemporáneos que más prestigio ha ido acumulando en las últimas décadas. Los elogios a su obra (la que firma con su propio nombre y las tramas negras que manufactura bajo el pseudónimo Benjamin Black) salpican los suplementos literarios europeos y en su haber ya luce premios como el Kafka y Booker (obtenido en 2005 por El mar). Tejida, en buena parte, según el esquema de trilogías, las novelas del autor irlandés forman bucles envolventes en que unas dialogan con las otras a través de personajes comunes. Banville acaba de cerrar un nuevo triángulo narrativo (el tercero) con Antigua luz (Alfaguara) (las otras dos esquinas serían Eclipsee Imposturas). Y es esa circunstancia la que le ha traído por España de nuevo, con su porte de escritor serio pero bien dispuesto para la ironía y la autoparodia. 

En Antigua luz encontramos al actor Alexander Cleave en plena decadencia vital: encerrado en un desván, roto su matrimonio y aún atormentado por el suicidio de su hija, rememora sus tiempos mozos, cuando descubrió el sexo (y quizá el amor) con tan sólo 15 años. Algo normal si no fuese porque la mujer que le abrió los ojos a esas cruciales experiencias, Celia Gray, tenía 20 años más que él y era la madre de su mejor amigo. El repaso de aquellos años de plenitud y turbación de su protagonista invita a Banville a reflexionar también sobre la memoria y sus trampas y le permite sacar a relucir el repertorio completo de los temas fijaciones (la identidad, la reconstrucción de la experiencia, el desencanto...). 

Pregunta.- ¿Es usted tan receloso con la memoria como su protagonista? 
Respuesta.- Es un misterio cómo funciona. Algunos neurocientíficos empiezan a sugerir que nuestra memoria lo que hace es elaborar modelos, y esos modelos son los que arrastramos hacia el futuro. 

P.- ¿Y quién elabora esos modelos? 
R.- La imaginación. La imaginación es la que crea el mundo. Y su ausencia lo destruye. Detrás de los grandes genocidios encontramos la falta de imaginación. Los nazis no eran capaces de imaginar que los judíos tuvieran todos los derechos para desarrollar su vida. 

P.- Y alguien como usted que se fía tan poco de la memoria ¿tiene intención de escribir una autobiografía? 
R.- Pues sí la tengo. Me encantaría escribirlas. Estaría todo equivocado y alterado. Todo sería mentira. La gente me pararía y me diría: "eh, eso no fue así". El problema es que si intentara ser honesto sucedería lo mismo. Así que prefiero escribirlas deliberadamente alejadas de la realidad. 

P.- Es usted un escritor fiel al esquema de las trilogías...
R.- No lo tengo tan claro. Cuando publiqué Antigua luz, vino alguien a decírmelo. Yo no me había dado cuenta. En realidad, todos mis libros pertenecen a un mismo volumen. 

P.- ¿Y qué título habría que ponerle a ese volumen omnicomprensivo?
R.- Creo que El libro de las pruebas sería el más indicado, como se titula una de mis novelas. Para mí un escritor tiene que hacer eso: presentar pruebas de la vida de un hombre: esto es lo que pensó, esto es lo que vivió, esto es lo que le sucedió...

P.- Pero un escritor tiene la ventaja de que no tiene que acreditar la veracidad de esas pruebas, como un abogado, ¿no? 
R.- Digo dar pruebas en el sentido cristiano de dar testimonio, aunque yo no soy cristiano. 

P.- ¿Se siente por ello una excepción en su país? 
R.- Pues ya no. En teoría en Irlanda hay un 95% de católicos pero luego ese porcentaje baja mucho si comprobamos quién realmente practica esa religión. 

P.- ¿Cómo cree que marca la educación sentimental de un chico de 15 años el hecho de haberse iniciado en el sexo (¿y el amor?) con una mujer 20 años mayor? 
R.- Pues no lo sé muy bien, pero ojalá hubiera tenido la misma oportunidad que el protagonista. Seguro que hubiera aprendido mucho más sobre la vida y las mujeres, y sobre mí mismo, cosas muy valiosas. 

P.- ¿En qué medida cree pertinente que la ley se entrometa en una relación así? 
R.- No soy un filósofo moralista. 

P.- En España no hubiera habido ningún problema, son 13 años la frontera de las relaciones sexuales consentidas. 
R.- ¿Sí? Es extraño que un país católico sea tan baja. Me parece una ley muy iluminada. De todas formas, es un asunto complejo: creo que los límites deberían determinarse según cada caso, en función de la madurez y detalles así. 

P.- ¿Merece Antigua luz vender más que 50 sombras de Grey?
R.- (Ríe) Por supuesto, pero no creo que ocurra. Mi libro no es erótico. Es demasiado real para ser erótico, no tiene ningún elemento de fantasía. El erotismo depende de la fantasía. Pero, bueno, no sé por qué estoy diciendo esto. Bórrelo. Diga que es un libro muy erótico y muy fantástico. 

P.- Entre Imposturas (2003) y Antigua luz, usted se sacó de la manga otro escritor, Benjamin Black, especializado en novela negra. ¿Black le ha dado alguna lección a Banville en este tiempo? 
R.- A veces, cuando está escribiendo Banville y se le empiezan a caer los párpados, llega por detrás Black y le dice "tranquilo, deja esa frase, no le des tantas vueltas". Y cuando es Black el que escribe, Banville se aproxima a veces hasta él y le dice: "Uhm. Esa frase es interesante. Vamos a trabajar más sobre ella". Lo cierto es que se repelen, porque cada uno escribe de una manera muy distinta. 

P.- ¿Y James Joyce también se acerca a su escritorio y le da algún consejo o le hace observaciones? 
R.- No sólo Joyce. Tambien Johnatan Swift, Beckett, Yeats... A un escritor irlandés se le acercan muchos fantasmas. Son como las gárgolas de los templos, que se asoman sobre lo que hago, y me recuerdan que yo soy un pequeño escritor a su lado. 

P.- Bueno, usted ya no es tan pequeño. Incluso ahora se ha propuesto recoger el testigo de Chandler y brindarnos una nueva entrega de su serie del detective Philip Marlowe. ¿Será fiel al legado del escritor de Chicago? 
R.- La gente ve a Marlowe como un tipo duro, muy hecho, pero en el fondo es un sentimental. Siento que tengo que darle algunas instrucciones para que sepa de qué va la vida. 

P.- ¿No le gustan los hombres sentimentales? 
R.- Joyce definió el sentimentalismo como una emoción que no merecemos. Y yo lo suscribo. Me parece exagerado que alguien llore en la ópera, o viendo una película. 

P.- ¿En qué medida ser irlandés predispone a la escritura? 
R.- No creo que predisponga en ninguna medida. Eso sí, en Irlanda estamos obsesionados con las historias. Tanto, que si cometes un crimen y la historia de ese crimen es buena para dar de qué hablar en las tabernas puede llegar a evitar que te castiguen. 

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Muerte en verano
Benjamín Black
Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2012. 297 páginas, 19'50 euros
Por Laura Fernández
Publicado el 22/06/2012

Benjamin Black es el muñeco de trapo literario que utiliza el virtuoso John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) para dar rienda suelta a su pasión por el género negro clásico, por Marlowe, Sam Spade y Lew Archer, por todos esos detectives que no fueron simples detectives, perfectos y deseables arquetipos de una pulp fiction elevada a categoría de Vibrante Literatura, así, en mayúsculas. 

Y el caso es que lo que empezó siendo un juego (Banville asegura que Black ni siquiera le cae bien y que le envidia porque es capaz de escribir mucho más que él en menos tiempo), ha acabado por hacerse un hueco en el rincón de los futuros clásicos de lo negro. Y ha colocado al grandullón del doctor Quirke en la lista de elegidos que encabeza el encantadoramente canalla Frankenstein con sombrero de fieltro de Raymond Chandler: Marlowe. 

Dicho todo esto, y añadiendo el gusto decididamente norteamericano del sentido del humor (negro) de Black, que por momentos parece algo así como el hermano irlandés de Ross Macdonald, restándole decorados y sumándole un pulso narrativo sin igual en la literatura de detectives (y, en este caso, forenses) de hoy, abordamos el cuarto caso de Quirke, Muerte en verano,teletransportándonos en primer lugar al Dublín de los 50 (porque es allí donde habita el Banville negro), en concreto, al despacho de Diamante Dick, Richard Jewell, el magnate de la prensa sensacionalista, que parece haberse suicidado. Aunque, qué curioso, su mandíbula está en la otra punta del despacho pero la escopeta con la que aparentemente se ha volado la cabeza sigue entre sus manos, manos que, por cierto, están completamente limpias. El inspector Hackett, más hundido de lo habitual, brilla, como siempre, en su papel de sombra del verdaderodesvelamisterios de la historia: Quirke. El forense grandullón que no puede evitar beber más de la cuenta y enamorarse de la mujer del muerto, la misteriosa Françoise d'Aubigny. ¿Pero no estaba con Isabel Galloway, a la que conoció en su anterior caso (En busca de April)? Sí, pero Quirke siempre se enamora de la chica inadecuada.

Black ha vuelto hacerlo. Armado con un pedazo del pasado de su querido doctor (su condición de huérfano y su fugaz paso por el St. Christopher, orfanato que la multimillonaria víctima visitaba a menudo por su condición de amigo del hogar de chicos perdidos), una ola de calor capaz de confundir a cualquiera (incluida a su más que sensata hija Phoebe) y la dosis exacta de corrupción (o el espejismo de poder del enemigo fatal del muerto, Carlton Sumner), deseo irrefrenable (y prohibido) y maldición familiar (maldición que encarnan la pequeña Dannie y la aún más pequeña Giselle), Black ha vuelto a elevar a categoría de clásico una aventura detectivesca al uso. Con una maestría que no tiene nada que envidiarle al maestro Ellroy, Banville inyecta alta literatura (como la de la escena en la que François cree haber perdido a su hija, en la que la acción parece exquisitamente ensayada, y las frases componen una singular coreografía) a la prosa de su otro yo, su yo oscuro y juguetón, un Black que es cada vez más Banville. De lectura deliciosa y adictiva, Muerte en verano es quizá, por su aparente sencillez, el ejercicio de esgrima perfecto del cada vez más poderoso Mr. Hyde de John Banville. 

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John Banville: "Las novelas de Larsson están muy mal escritas"
Por Alberto OJEDA 
Publicado el 17/10/2011

El autor irlandés visita España para presentar En busca de April, la última novela de Benjamin Black, su alter ego literario, y participar en Getafe Negro

Detrás del gesto grave de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) se esconde el gamberro -en el sentido más positivo del término, el de indisciplinado frente a imposiciones de dudosa ecuanimidad- que todo irlandés lleva dentro. Es incapaz de callarse y soltar perlas como que la iglesia católica ha sido en Irlanda como el partido comunista en los países del este o que las novelas de Larsson están fatal escritas (sic). Hoy día a este autor, laureado con el Premio Booker por su obra El mar, muchos le consideran el mayor novelista contemporáneo en lengua inglesa. Entre sus peculiaridades se encuentra el desdoblamiento en la autoría de sus libros. Aquellos de su cosecha adscritos al género negro los firma con el pseudónimo de Benjamin Black. Bajo esta personalidad, que le permite acelerar los tempos de su narrativa (un banvilletarda en cocerse tres o cuatro años, un black, sólo tres o cuatro meses), merodeaba en los alrededores del Ateneo de Madrid, con su último libro publicado bajo el brazo, En busca de April (Alfaguara), el tercero en la serie del forense-investigador Quirke. Un tipo que debe atravesar las nebulosas etílicas (es alcohólico impenitente) y las brumas del invierno dublinés para esclarecer la desaparición de la mejor amiga de su hija. De la capital, Banville-Black se trasladará a Getafe, donde disertará sobre la relación entre sus dos identidades creativas este martes en el festival de literatura policiaca. 

Pregunta.- ¿Por qué ubica todas las tramas de sus novelas policíacas en el Dublín de los años 50? 
Respuesta.- Es un periodo que no se ha estudiado mucho. Un tiempo oscuro, pobre, económica y espiritualmente, cargado de humo y secretos, sexo clandestino, niebla... ¿Qué mejor periodo para ambientar una novela negra? 

P.- ¿También vuelve a esa época para ajustarle las cuentas a la iglesia católica y sus abusos? 
R.- No, yo simplemente escribo libros. No tengo ninguna intención de curar o denunciar enfermedades sociales. Aunque no me extraña que la gente vea detrás una crítica a la iglesia católica. En Irlanda fue como el Partido Comunista en los países del este. 

P.- ¿Qué le empujó a crear un alter ego para sumergirse en el género negro? 
R.- Fue una aventura en que me embarqué para que la gente viera que era capaz de hacer algo distinto. Tenía la necesidad de expresarme con otra voz. Sólo en Italia me mantienen el nombre de Banville. 

P.- ¿Por qué? 
R.- Allí el género negro tiene una consideración muy baja. Eso es lo que me dijo mi editor italiano. No tenía que haber accedido pero me invitó a un buen restaurante y me invitó a un exquisito vino italiano y ya se sabe que la carne es débil. Es algo de lo que me arrepiento porque funciona mejor cambiando de nombre. 

P.- ¿Y qué les contestaría a los que dicen que se sacó el pseudónimo de la manga y se metió a escribir novela policíaca por dinero? 
R.- Que sí, que es así. No tengo nada contra el dinero. Son novelas que me dan mucho trabajo y creo justo que se me pague por ese esfuerzo. Cuando empecé a escribir estos libros no pensaba que me iban a absorber tanto. Ahora lo que es curioso es cómo se influyen el uno al otro. Acabó de terminar una de Banville, una historia con una trama muy intensa. Da la sensación de que por la noche Black entraba de puntillas en el escritorio de Banville, cogía el manuscrito y perfilaba la historia. 

P.- Más allá del género en el que se enmarcan, ¿cuáles cree que son las principales diferencias entre ambos? 
R.- Son totalmente antagónicos. Sus métodos son muy distintos. Para empezar, Banville escribe con una pluma sobre papel y tarda tres o cuatro años en terminar una novela. Black utiliza el ordenador, tarda tres o cuatro meses y es mucho más espontáneo. Muchos días, cuando llegan las tres de la tarde, Black le dice a Banville que deje de escribir tonterías. Y Banville, a veces, le roba frases a Black y entran en conflicto. Es una relación muy curiosa. 

P.- ¿La jugada del pseudónimo le ha servido para quitarse de encima la etiqueta de "escritor para escritores"? 
R.- Ojalá, porque los escritores no leen a otros escritores y si lo hacen es sólo para buscar pruebas de que ellos son mejores. Hay muchos celos en esta profesión. Pero yo soy generoso, eh, quiero que todo el mundo tenga mucho éxito y que todos ganen un Nobel. 

P.- En En busca de April ahonda en la relación de Quirke [el investigador de los crímenes en sus novelas]. Por un lado, le embota y perjudica sus pesquisas, pero, de resaca, recobra su coraje... ¿Cómo describiría esa relación? 
R.- Bueno, Quirke es lo que la gente llamaría un alcohólico. O bastaría decir que bebe como un irlandés.En su alma tiene incrustados oscuros secretos y dolores. Eso es lo que le empuja a beber. Como dice John Didion en sus memorias, cuando cuenta la muerte de su hija, el alcohol es un gran remedio para la ansiedad, un anestésico. 

P.- El alcohol y la niebla, presentes en todo momento, ¿las utiliza como metáfora de la imposibilidad de saber la última verdad de un crimen? 
R.- Quizás, no sé. Cuando empecé a escribir pensaba que lo podía dominar todo, que todo estaba en mis libros obedecía a mi voluntad. Pero ahora me doy cuenta de que el subconsciente aporta muchísimas cosas; cosas en las que tú nunca has reparado. 

P.- ¿Cuál es la influencia de Joyce en su obra? 
R.- Ninguna. 

P.- ¿Pero confiesa que leía Dublineses obsesivamente? 
R.- Eso fue cuando era un adolescente. Lo cierto es que Joyce no puede influir en nadie, porque no tiene un estilo concreto sino muchos estilos. 

P.- ¿El fenómeno de la novela negra escandinava en el mundo fue merecido o pura inflación comercial y mediática? 
R.- Estas novelas son muy complacientes, una especie de habitáculos donde el lector se siente a gustito. Si coges, por ejemplo, las más famosas, las de Larsson, te encuentras que todo es perfecto, todo está urdido para vender: la violencia extrema, sobre todo de naturaleza sexual, una mujer joven que busca venganza, un héroe políticamente incorrecto y todas muy fatal escritas. ¿Cómo no va a triunfar así? 

P.- ¿Los escritores irlandeses han reinventado la lengua inglesa? 
R.- Qué pregunta tan difícil. ¿Cuánto tiempo tienes? No creo que la hayamos reinventado sino que hemos creado un nuevo inglés, el hiberniano. El inglés básico está hecho para dar órdenes, es muy directo, como el latín durante el Imperio Romano. En cambio, gaélico es muy ambiguo, juguetón y poético. Lo perdimos en Irlanda hace ya 150 años pero lo mantenemos en el inconsciente. Al mezclarlos surgió esta nueva lengua. 

P.- ¿Y ahora qué lleva entre manos: una de Banville o de Black? 
R.- Ahora estoy preparando la adaptación de El secreto de Christine para la BBC. Es una ironía, porque esa novela la escribí a partir de unos capítulos que tenía escritos para la televisión irlandesa que nunca llegaron a rodarse. Y, mira, al final acaban en el lugar para el que fueron concebidos. 

P.- Está contento entonces, ¿no? 
R.- Pues sí. Aunque esto de escribir guiones es una cosa delicada. Decía Ian McEwan que uno escribe los guiones, viaja a Hollywood, te tumbas en una hamaca de una piscina, ves las chicas guapas y esperas a que los productores te traicionen y cambien tus historias. 

P.- Bueno, usted no tuvo que ir a Hollywood para que le traicionasen. Lo que tenía escrito para aquella serie quedó en agua de borrajas en su país. 
R.- Es verdad. Pero en cierto en modo es lógico. Cine y literatura son lenguajes distintos. Cuando he escrito el guión de una novela mía he tenido que cambiar cada una de las frases de los diálogos. Es normal porque en la pantalla el actor es el que da vida al personaje y en la literatura son los diálogos. Por eso en cine estos pueden ser más planos. Pero yo amo el cine. Es para mí la poesía del pueblo. 

Articulo: http://www.elboomeran.com 27/10/2012

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“Lo siento, la escritura es mucho más interesante que la vida”
Por Jesús RUIZ MANTILLA 

El Irlandés John Banville habla sobre su última novela, 'Antigua luz', que cuenta la historia de un adolescente enamorado de la madre de su mejor amigo

Hace unos días —no recuerda con precisión cuántos porque para John Banville el tiempo es una zigzagueante sucesión de aconteceres— comprobó que los cristales de su estudio estaban hechos un asco. “Hacía por lo menos 10 años que no los limpiaba porque cuando trabajo nunca miro a la calle”. También comprobó que el único objeto realmente desgastado del lugar que acoge sus encierros es la alfombra que conduce de su escritorio hasta la cocina. Alrededor, no le avergüenza admitir, “todo está lleno de polvo”.

Menos las palabras… A las palabras, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), autor insólito, sugerente, les saca brillo. Así lo demuestra de nuevo en Antigua luz (Alfaguara y Bromera, en catalán), su nueva novela. Cuenta la historia de un adolescente fascinado y enamorado de una diosa: la madre de su mejor amigo.

Banville es un escritor puro. Una rara avis en su propia lengua. “Sí, creo que lo soy”, admite, obsesionado por la pulcritud desnuda del lenguaje más que por el relato. Un prosista en verso. Un introvertido buceador que luce corbata e ironía, que seduce con sus historias pegadas a la nostalgia de los elementos por un lado y a la novela negra, por otro, cuando se viste de Benjamin Black. Esa esquizofrenia que ahondaba al publicar en España en dos editoriales —Anagrama y Alfaguara— ha sido ya resuelta en uno de los contratos de la temporada editorial. Ahora las novelas que firma como Banville también pasan al sello Alfaguara. El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas”

Dice que en Antigua luz está todo él. Como hombre y como mujer. Pero sobre todo como amante. “La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en esa idealización. Cuando te enamoras inventas una diosa pese a que sabes que es de carne y hueso. Lo malo es que eso no dura más de tres meses, siempre depende de la diosa que se alargue un poco más…”. Nadie puede soportar tanta tensión ensalzadora: “El amor es una feliz angustia”, define. Permanente. Lo supo desde que vivió su primer amor. Fue a tiempo parcial. En verano. “Estuve loco por ella entre los 11 y los 17 años”.

Banville se revela como un estajanovista de su oficio. Sin muchos planes previos cada vez que se adentra en un libro. “Una frase lleva a la siguiente y así hasta que te das cuenta de que has terminado”. Los planes en sus obras marcan poco. “Lo importante es dejarse llevar, perderse en uno mismo, es entonces cuando te das cuenta de que no penetran en ti ni las influencias”.

Aunque eso no quiere decir que nos las tenga. “Los hay que insisten en mis semejanzas con Samuel Beckett, pero yo le debo más al atrevimiento de un poeta como Yeats y a la cirugía en las motivaciones de la gente que observo en Henry James”. La escritura que practica Banville tiene mucho de semiinconsciencia, de viaje interior, de desprecio al acopio de experiencias ajenas, aun cuando lamenta a veces haber perdido tiempo en dejar pasar los días encomendándose a su obra. “Lo siento, para mí, la escritura es mucho más interesante que la vida”. Lucha por crear un mundo en cada frase. Esa construcción en línea es su obsesión. La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en la idealización”
  
El lenguaje tiene sus designios, sus caprichos y en él, cada mañana, a las 9.30, se embarca. “La frase es el mayor invento del hombre”, comenta. Desconfía radicalmente de que la novela sea un reflejo de la realidad. La lucha por encajar ambas cosas le resulta una geometría imposible: “El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas, adaptar ambos es muy complicado”. La existencia es un presente continuo que se desvanece creando confusión. “Un libro es sólo un objeto, con principio y final, en el que a veces podemos convencernos de que cabe algo parecido a lo que es la vida”.

A veces le salen experimentos extraños. Como su anterior novela, Los infinitos, una arriesgadísima batalla de abstracción constante que tenía lugar entre dos mundos paralelos pero ajenos entre los dioses y los hombres. “Espero que a esa novela le haga justicia el tiempo…”, comenta un tanto despistado ante la incomprensión que sufrió.

Antigua luz es diferente: “Aquí pasan bastantes más cosas”. La novela llega en plena fiebre por la literatura erótica. Perdón… “De libros eróticos”, puntualiza, pensando en el boom de Cincuenta sombras de Grey. “Pero esto no tiene nada que ver con dicho fenómeno. No calculo lo que escribo, simplemente lo hago”. Sólo hay que mencionar una casualidad. La protagonista de Antigua luz se llama Gray. “Y me hubiese encantado que fuera mi madre”. ¿Edipo sobrevolando? “No, en absoluto”.

Articulo: http://cultura.elpais.com 25/10/2012

Jacinto ANTÓN/Ursula K. LE GUIN: “La ciencia ficción es una gran metáfora de la vida”


“La ciencia ficción es una gran metáfora de la vida”
Por Jacinto ANTÓN 

La octogenaria autora norteamericana, una Swift contemporánea, ha abordado con maestría la diferencia de sexos, la ecología, los peligros del poder o los sistemas políticos. Pero desde mundos fantásticos.

Portland (Oregón) no es Gueden, ni Terramar, ni Anarres, ni ninguno de los otros mundos imaginados por Ursula K. Le Guin, pero hay que ver lo lejos que está para una visita rápida. Cuando llego a la puerta de la casa de la gran dama de la ciencia ficción en las afueras de la ciudad tras un viaje de 9.000 kilómetros y 17 horas, me siento tan extranjero, extraño, solitario y melancólico como uno de sus viajeros siderales. Falta aún un rato para la hora de la cita, así que deambulo por la calle flanqueada de bosques en busca de pájaros con mi pequeño catalejo, lo que no deja de crear alguna alarma en el tranquilo vecindario. En fin, como dice Le Guin, un extraño es una curiosidad; dos, una invasión. Hacía calor en el downtown de Portland, pero aquí arriba se ha levantado un airecito frío y al cabo de un rato estoy temblando: parece muy adecuado para visitar a la creadora del planeta Invierno.

Le Guin (Berkeley, California, Estados Unidos, 1929) es la indiscutible reina y decana de la ciencia ficción y la fantasía, además de un referente en la literatura más allá de cualquier género. Entre sus novelas, que abordan a la vez de manera apasionante y reflexiva temas como la diferencia de sexos, la ecología, los prejuicios, los peligros del poder o los sistemas políticos, siempre en otros mundos que nos espejan, se cuentan títulos antológicos que han fascinado a millones de lectores como La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos, El nombre del mundo es bosque o Un mago de Terramar. Es imposible describir la conmoción que provocan esas historias, llenas de extraña belleza, sentimientos delicados como hebras de plata, sueños y advertencias. La escritora, en parte una Swift contemporánea, es autora además de cuentos, ensayos, poesía, libros infantiles y de fotografía, y un amplísimo reguero de artículos y críticas. De su influencia baste decir que su adolescente mago es un claro precedente de Harry Potter y que es imposible ver Avatar sin pensar en alguna de sus novelas. Ahora se publica en España (RBA) un volumen con tres de sus novelas más conocidas, El mundo de Rocannon, El planeta del exilio y Ciudad de ilusiones, agrupadas bajo el título Mundos de exilio e ilusión.

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ANÁLISIS: LECTURAS COMPARTIDAS
La grandeza de Ursula K. Le Guin
Por Rosa MONTERO 
6 AGO 2011

La escritora estadounidense contempla la vida con perspectiva de águila. Sus libros -La mano izquierda de la oscuridad, Lavinia, Los desposeídos...- tienen una visión telescópica capaz de apreciar a la vez lo diminuto y lo grandioso, el infinito encerrado en la nuez

Adónde me llevará el estudio de la astronomía?", le pregunta un personaje a otro en la novela La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. Y la contestación es: "A la grandeza". Es una respuesta que define con exactitud el tono del libro, porque leyendo esta y otras novelas de Le Guin sientes que, en efecto, te estás asomando a la vastedad del Universo, al secreto mismo de la vida, a la belleza pura. Dentro de una cáscara de nuez cabe el infinito, pero sólo los escritores verdaderamente buenos son capaces de atisbar esa vibrante enormidad.

Creo que la norteamericana Ursula K. Le Guin (1929) es uno de los mejores novelistas vivos del mundo. Para mí, sin lugar a dudas, una maestra. Su obra está catalogada como ciencia ficción, y en ese territorio ha ganado todos los premios posibles: cinco Hugos, seis Nébulas y diversos galardones más. Pero la etiqueta del género, y más aún de un género tan injustamente menospreciado como éste, le ha dificultado el reconocimiento mayoritario que merece y la aprobación de los pretenciosos mandarines de la cultura oficial. España es, precisamente, uno de los países en donde la ciencia ficción es más desdeñada, sobre todo por puro desconocimiento: la mayoría de las personas que dicen que no les gusta nada no han leído jamás un solo texto de este tipo. Es una pena; sé que, si fueran capaces de levantarse de la poltrona de sus prejuicios y se asomaran a los libros de Le Guin, se darían cuenta de que son reconocibles y espléndidos relatos sobre la condición humana, exactamente igual que cualquier gran novela.

Cada novela es una obra completa en sí misma, compuesta de innumerables, sutiles, poderosas capas expresivas

Lo que hace única a Le Guin es la magnitud y complejidad de su mirada: a esta mujer le cabe literalmente el Cosmos en la cabeza. Varias de sus novelas suceden en distintos mundos de Ekumen, una especie de federación humana compuesta por más de ochenta planetas. Son relatos que, más allá de ese marco común, no tienen que ver unos con otros; cada novela es una obra completa en sí misma, compuesta de innumerables, sutiles, poderosas capas expresivas. Porque los libros de esta autora son, en primer lugar, narraciones absorbentes que no puedes dejar de leer, como si te llevaran anillada de las narices. Pero además contienen estupendos retratos psicológicos, densos trasfondos políticos y filosóficos, gran fuerza simbólica. Y todo en un lenguaje limpio y bello.

Le Guin posee una imaginación y una inteligencia excepcionales, y la mezcla de ambas cosas (razón y visión) consigue unos resultados maravillosos; las sociedades que inventa son coherentes, sólidas, están construidas hasta su más pequeño detalle, y en su veracidad abrumadora son un revelador espejo de lo que somos. De la mediocridad humana pero también de la posibilidad de lo sublime; de nuestras incoherencias, nuestros anhelos y nuestras necesidades. Por ejemplo, La mano izquierda de la oscuridad habla de un mundo habitado por individuos hermafroditas, lo cual nos sumerge en una vertiginosa, deslumbrante indagación sobre los géneros sexuales y el modo en que condicionan nuestras vidas. Y Los desposeídos, que es una de las novelas que más me gustan, traza un colosal fresco de las ambiciones sociales, de los sueños de justicia, de las ansias de poder y las formas posibles de gobierno. La amplia, serena mirada de la novelista nos permite atisbar un confuso pataleo de hormigas, un afán siempre traicionado de grandeza, el conmovedor esfuerzo de los humanos por ser un poco mejores. Ursula contempla la vida con perspectiva de águila.

Voy a mencionar sólo otro título más dentro de la extensa obra de Le Guin: Lavinia, su última novela, publicada en 2008 y que, curiosamente, no es de ciencia ficción. Lavinia es una libérrima versión de la Eneidapero contada por la esposa de Eneas, de quien Virgilio sólo proporciona el nombre y apenas nada más, un personaje mudo que aquí adquiere espléndida elocuencia. De manera que es, digamos, una novela histórica. Y, sin embargo, para mí es exactamente igual que sus otros libros: la misma capacidad mítica, idéntica mezcla de brillantez intelectual y emoción turbadora, y, sobre todo, esa visión telescópica capaz de apreciar a la vez lo diminuto y lo grandioso, el infinito encerrado en la nuez. A medida que avanza Lavinia, el relato se va elevando a cotas épicas. Escuchamos el eterno quejido de la humanidad, el metálico entrechocar de los ejércitos, el retumbar de los imperios que se colapsan. Pero, también, el casi inaudible, glorioso suspiro de los enamorados cuando el amor se consuma. Son los mismos elementos que podemos encontrar en sus novelas de ciencia ficción: toda esa pasión, toda esa alegría y esa tristeza brillan como joyas en sus páginas. ¿Qué importa que la acción transcurra, como en Lavinia, en un pasado impreciso y legendario, o que suceda en un futuro igualmente incierto e ilusorio? La distancia temporal no es más que una herramienta para poder atrapar la sustancia de lo que somos, para retratar mejor la realidad.

Y es que la realidad no es sólo lo tangible, lo visible, lo matemáticamente mensurable. La realidad está compuesta también por los mitos, por los arquetipos esenciales heredados desde nuestro pasado más oscuro, por nuestros sueños y también por nuestros delirios: por ejemplo, el nazismo fue un delirio pero cambió la realidad del siglo XX. "Voy a presentar mi informe como si contara un relato, porque me enseñaron de niño, en mi mundo de origen, que la Verdad es un asunto de la imaginación", dice el comienzo de La mano izquierda de la oscuridad. Y de eso trata la obra de Le Guin: de una Verdad fabulosa y hermosa que parece ser capaz de abarcarlo todo.

La mano izquierda de la oscuridad. Ursula K. Le Guin. Traducción de Francisco Abelenda. Minotauro. Barcelona, 2009. 304 páginas. 17,95 euros (bolsillo: 8,95).Los desposeídos. Ursula K. Le Guin. Traducción de Matilde Horne. Minotauro. Barcelona, 1999. 382 páginas. 9,95 euros. Lavinia. Ursula K. Le Guin. Traducción de Manuel Mata Álvarez-Santullano. Minotauro. Barcelona, 2009. 384 páginas. 19,50 euros. Los mundos de Ursula K. Le Guin. Edición recopilatoria con tres novelas: La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y El nombre del mundo es Bosque. Traducción de Matilde Horne y Francisco Abelenda. Minotauro. Barcelona, 2008. 832 páginas. 29 euros.

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REPORTAJE: 
Una galaxia que se apaga
Por Jacinto ANTÓN 
19 JUL 2008

El futuro parece ya demasiado cerca para imaginarlo. La literatura de ciencia-ficción pasa por una crisis achacable a los nuevos hábitos culturales, aunque el género funciona en otros formatos. Los viejos maestros desaparecen y no surgen nombres a su altura.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... snif.

La ciencia-ficción está de capa caída, un manto más oscuro que el de Darth Vader parece haber caído sobre nuestro querido género, en el terreno literario. La muerte y el crepúsculo se han adueñado de los viejos grandes maestros: el risueño Arthur C. Clarke ha fallecido (adieuRama), JG Ballard se enfrenta a su personal apocalipsis en forma de cáncer y Ray Bradbury, a punto de cumplir 88 años, estruja su melancolía soñando con que esparcirán sus cenizas en los desiertos de Marte. Ya no están con nosotros Stanislaw Lem, Zelazny, Heinlein, Asimov... Son unos ancianos Aldiss, Pohl, Harry Harrison. No se ve surgir nombres a la altura de aquellos grandes que desaparecen. Muchos buenos autores se pasan a la fantasía. Ursula K. Le Guin acaba de publicar en Estados Unidos Lavinia, ¡una relectura de la Eneidacontada por una mujer! Pero es que además, y esto es lo peor, nadie parece leer ya ciencia-ficción. Las colecciones languidecen. Editoriales que se lanzaron a publicar sellos nuevos, confiadas en un boom como el de la historia militar, se replantean la decisión. Los aficionados de siempre aparecen como aquellos vagabundos solitarios de Fahrenheit 451 que deambulaban como fantasmas con los viejos libros memorizados buscando infructuosamente a alguien a quien traspasar el legado. ¿Alguien ha oído hablar de La Fundación? ¿Qué ha sido de los Heechees? ¿Queda vida en el superjoviano planeta Mesklin, aunque sea vida muy aplastada por la gravedad?

El futuro ya no es lo que era. Clarke, al que le gustaba hacer profecías científicas, había vaticinado alegremente para este julio de 2008 (véase Greetings, carbon-based bipeds, Harper Collins, 2000) que en su ochenta cumpleaños Kubrick recibiría un Oscar especial de Hollywood. Claro que también veía al príncipe Harry en 2013 en el espacio (de momento ha estado en Afganistán) y a él mismo en su centenario (16 de diciembre de 2017) alojado en el hotel espacial Hilton Orbiter... Pobrecillo, que los Superseñores de El fin de la infanciale tengan en su seno.

En fin, no sigamos poniéndonos nostálgicos. ¿Qué le pasa a la ciencia-ficción? ¿Está realmente mal la cosa?

Miquel Barceló, editor de la legendaria colección Nova, veterano fan del género, autor de una obra de referencia sobre éste (Ciencia-ficción, guía de lectura, Nova, 1990, de la que todos esperamos ansiosamente su anunciada puesta al día: ¡vamos Miquel!) y profesor en la Facultad de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), responde con un gesto elocuente: en la cafetería de la UPC, tan vacía en estos días veraniegos como un club de admiradores de Hal Clements -el más duro de la SF dura, muerto, por cierto, hélas, en 2003-, inclina el pulgar hacia abajo. "En la historia de la ciencia-ficción hay épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Ésta es de flacas. Es algo cíclico. Pero ahora es más serio, mucho más serio, me temo".

Barceló, factótum del veterano premio UPC del género, hace una pausa dramática. La cafetera del bar aprovecha para emitir un ruido ominoso que recuerda los servomecanismos de los marcianos en La guerra de los mundos mientras se enciende una lucecita que sugiere el inquietante ojo escrutador de Hal (por cierto, ¿recuerdan la frase del supercomputador en 2001, una odisea del espacio?: "Tenemos un problema", ¡Clarke se adelantó dos años al leitmotiv del Apolo XIII!; parafraseémoslo: Ciencia-ficción, tenemos un problema). "La ciencia-ficción está yendo a menos. Es un hecho. En Estados Unidos hay un cambio de nombres y los nuevos no son conocidos, no logran un reconocimiento como antes. Aquí nadie se atreve a publicarlos. Las cifras de venta caen. En España, a la mitad. Ha habido un exceso de oferta en los últimos años que ha saturado el mercado, y a eso hay que añadir ahora una falta de demanda".

El especialista tiene una teoría sobre lo que está pasando -y que a él como editor le ha llevado a recortar su número de títulos-. Son varias las razones que llevan al declive del género en su faceta literaria. "El lector de ciencia-ficción típico es una persona interesada, en mayor o menor grado, en temas tecnológicos. Es una persona que pasa mucho tiempo en internet y ese tiempo ya no lo dedica a leer. Y está el audiovisual. El aficionado a la ciencia-ficción, al que siempre le han encantado las películas, encuentra un acceso ilimitado a ellas y a las series de televisión del género en la red, puede bajarse lo que quiera y verlo tranquilamente en casa. En referencia a la televisión, estamos hablando de muchas horas: las diez temporadas de Stargate SG 1, las cuatro de Stargate Atlantis, todos los capítulos de Battlestar Galactica, Star Trek... ¿Cuánto tiempo significa eso de recorte de lectura?".

Lo paradójico es que bastante gente sigue interesada genéricamente en la ciencia-ficción, pero no en los libros, sino en otros soportes. Como en el cine. Aunque es difícil encontrar en los últimos tiempos alguna película que compita por el título de la mejor del género o que haya influido tanto como lo hizo en su día, por ejemplo, la Matrix de los Wachowski (1999: ¡hace ya nueve años!).

Otro fenómeno que perjudica a la ciencia-ficción, apunta Barceló, es que muchos de los temas clásicos del género forman parte hoy de nuestra vida cotidiana y ya no los percibimos como tales. La bioingeniería, por ejemplo, la inteligencia artificial o la continua revolución en las comunicaciones. Eso ya no nos parece ficción, sino pura ciencia. En general, la especulación parece haber perdido el sentido que tenía antes. El mañana se está comiendo el futuro. "La realidad deja obsoleta pronto cualquier predicción o hace ridículos los escenarios imaginados. Por eso una buena parte del género se dedica desde hace tiempo al futuro cercano, inmediato, más controlable, como hizo Gibson conNeuromante (Minotauro) y como ha hecho el ciberpunk. El futuro lejano interesa menos". Gibson predijo en 1984 el ciberespacio como una realidad virtual consensuada por los usuarios que accedían a él mentalmente a través de la interfaz cerebral con el ordenador. Es verdad que algunos lugares más allá de la pantalla en los que se meten hoy en día nuestros adolescentes no resultan menos complejos y siniestros que los escenarios de Neuromante, Conde Zero o Mona Lisa acelerada...

"Si nos fijamos en los autores clásicos que mejor continúan funcionando, dentro de la crisis", apunta el estudioso, "son los de la ciencia-ficción más cercana, los de los mundos interiores, personales, obsesivos, muchas veces mundos enajenados, insanos, autores de los que atrae, más que la ciencia, la complejidad psicológica, muy interesante para la gente de hoy. Escritores como Philip K. Dick o Ballard. Significativamente, son autores que, como en el caso de Ballard, han ido saliéndose del género o creándose un lector propio".
Ballard, no lo olvidemos, capaz de revelar lo abismal que puede ser una piscina, vacía, es el hombre que ha dicho que el único planeta realmente extraño es la Tierra -no en balde pasó la II Guerra Mundial en el campo de prisioneros japonés de Lunghua con compatriotas que se negaban a desprenderse de sus palos de cricket-, y que es el espacio interior, no el exterior, el que ha de explorarse (Guía del usuario para el nuevo milenio, ensayos y reseñas, Minotauro, 2002).

"Hay un cambio cultural: creo que podríamos vaticinar la muerte de la ciencia-ficción por disolución en el contexto", continúa Barceló. Como decíamos, el mañana está tan cerca que se come la ciencia-ficción. Quién hubiera dicho que el cambio climático, por ejemplo, que ha inspirado sensacionales novelas como El mundo sumergido (1962) o La sequía (1964) -ambas en Minotauro-, por no salir de Ballard, se convertiría en un tema esencial de la actualidad inmediata.

Un síntoma de esa disolución de la ciencia-ficción es cómo la literatura generalista está apropiándose de obras que hace unos años se hubieran publicado en colecciones del género y con esa etiqueta. "La literatura digamos convencional se ha permeabilizado a los contenidos de ciencia-ficción de una manera que parecía impensable. Se han roto muchas barreras. Pasó con Criptonomicón (Ediciones B, tres volúmenes), de Neal Stephenson, publicitado como libro para hackers y muy vendido. Se intenta con Spin (Omicron, 2008), de Robert Charles Wilson (sobre un escudo misterioso instalado por unos alienígenas en torno a la Tierra), presentado como matrimonio entre la ciencia-ficción hard y la novela literaria y que ganó el Premio Hugo en 2006". Otro caso es el de Greg Bear (1951), uno de los grandes nombres actuales, un tipo tan del género que hasta se casó con la hija de Poul Anderson. Bear, autor, de Eon (Ultramar, 1988) -alucinante revisión del tema clásico del asteroide o mundo hueco- y uno de los continuadores de la saga de La Fundación asimoviana (Fundación y caos, Nova, 1999), se pasó en su último libro, Quantico (Harper Collins, 2005, en España lo publicará Ediciones B, fuera de la colección especializada Nova), al techno thriller, con mezcla de biotecnología y política. Del antes citado Stephenson se ha publicado Interfaz (Nova, 2007), una novela del mismo estilo escrita a medias por el autor con su tío, un profesor de Ciencias Políticas, y que trata sobre un presidente de Estados Unidos al que le implantan un chip en el cerebro. Richard Morgan (autor de Carbono alterado, Minotauro), ha ganado el Arthur C. Clarke a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en el Reino Unido en 2007 por Black Man, un thriller, de nuevo, sobre genética. "El techno thriller está por todas partes", señala Barceló mirando alrededor con aire alerta como si estuviéramos en El día de los trífidos.

Una clara evidencia de la mencionada permeabilidad de fronteras es que le hayan dado el Nebula, otro de los grandes galardones del género, a El sindicato de policía yiddish, nada menos, de alguien a quien la gente relaciona tan poco con la ciencia-ficción como Michel Chabon. Es cierto que la novela es una distopía -una utopía negativa- en la que Israel ha quedado colapsado en 1948 y los judíos europeos han debido establecerse en Alaska, que ya es tema. En España la ha publicado Mondadori. En buena manera, como ha señalado muy ingeniosamente un colega, la ciencia-ficción está siguiendo los pasos de la narrativa erótica, que ha desbordado el género estricto salpicándolo todo, y perdón por la imagen. La ciencia-ficción, podría decirse, está perdiendo su identidad genérica.

Encontramos, pues, ciencia-ficción por todas partes: en los numerosos thrillers biotecnológicos que han proliferado en las colecciones de best sellers, por ejemplo. "Pero la buena ciencia-ficción", considera Barceló, "en última instancia pierde en esos formatos. Domingo Santos, el gran padre teórico del género entre nosotros, decía que la ciencia-ficción no puede ser editada en España por editoriales grandes porque tiene un clarísimo tope de mercado y eso hace impacientarse, frustrarse y desanimarse a las empresas que buscan muchos beneficios. En este país han funcionado tradicionalmente las pequeñas editoriales, de las que ahora son ejemplo Bibliópolis, La Factoría de Ideas, Gigamesh..., que publican quizá dos mil ejemplares por norma de cada título y cuidan más sus programaciones". Un problema grave para la salud de la literatura de ciencia-ficción es que el lector típico del género, que era muy coleccionista, muy seguidor de las colecciones y solía comprarse todos los títulos de sus favoritas, ha dejado de serlo. "Antes vivíamos mucho de ese lector que compraba todo lo que publicabas, que quería estar al día, seguir contigo las vicisitudes del género. Ese lector casi ha desaparecido".

Para más inri, diríase que la ciencia-ficción ha perdido punch social, parte de lo que era su función en nuestra sociedad. "La ciencia-ficción clásica hablaba de un futuro lejano. Hoy parece no tener sentido la gran especulación. Las cosas cambian demasiado deprisa. Los sueños de un futuro lejano pierden rápidamente verosimilitud. La realidad lo deja casi todo obsoleto en veinte años".

La ciencia-ficción escrita, por otro lado, parece haberse alejado, a diferencia de la fantasía, del lector que busca más la evasión, un lector al que quizá no le apetece tanto meterse en novelas que requieren una honda formación científica. "Es cierto que Asimov y Clarke, de los que ahora muchos fans de la ciencia-ficción echan pestes, escribían tan sencillito que llegaban a todo el mundo. Recuerdo haber leído algo sobre un estudio literario acerca de los tropos y metáforas en la obra de Asimov y que concluía que no los hay".

Otro elemento distorsionador es que en la actualidad la narrativa para jóvenes se ha convertido en un género con carta de naturaleza propia, mientras que antes, a falta de esos productos específicos (el paradigma sería Harry Potter), si exceptuamos la inefable Enid Blyton y sus epifenómenos, la ciencia-ficción (como la gran narrativa de aventuras) era una iniciación a la lectura para muchos jóvenes, que luego permanecían en él. O sea, que no se crea público de futuro. Curiosamente, algunos clásicos de la ciencia-ficción de los setenta que se prestan a ello están siendo reeditados para el público joven, presentados como género fantástico en un sentido amplio. Es el caso de la hermosa saga de los dragoneros de Pern, de Anne MacCaffrey -historia ambientada en una lejana colonia de la Tierra en la que los humanos han aprendido a operar simbióticamente con criaturas telepáticas semejantes a dragones en lucha contra una amenaza alienígena-, cuya trilogía original editó Acervo en 1977 y acaba de reeditar ahora Roca editorial, ¡en la estela del fenómeno Eragorn!

Hoy en día la iniciación en la ciencia-ficción es mucho más difícil. Paradójicamente, los jóvenes tecnológicamente más punteros de la historia se están perdiendo un género literario que parece hecho para ellos.

Llegados a este punto, ¿podemos dar algunas notas de optimismo? Bueno, la ciencia-ficción interesa en cine, en parte gracias a que a Willie Smith le gusta el género. En ensayo encontramos que el Premio Anagrama de la categoría lo ha ganado este año Descenso literario a los infiernos demográficos, de Andreu Domingo, un libro sobre las distopías, con muchísimas referencias a la ciencia-ficción. Las convenciones, foros y encuentros del género siguen reuniendo a mucha gente -en Valencia uno sobre la La guerra de las galaxias logró un éxito al traer al actor Garrick Hagon, intérprete de uno de los pilotos colegas de Luke Skywalker, Biggs Darklighter (Rojo Tres), caído en el ataque a la Estrella de la Muerte-. Una de las grandes exposiciones de la temporada y que se inaugura el próximo día 22 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) está dedicada a Ballard. Y, sin duda, se están publicando, pese a todo, buenos títulos del género. Quien firma estas líneas, sin ir más lejos, ha leído recientemente un par de novelas muy sugerentes, La vieja guardia, de John Scalzi (Minotauro), con unas entrañables tropas del espacio de la tercera edad, y Camuflaje, del viejo amigo Joe Haldeman (Omicrón), que sin ser nada del otro mundo (!) te devuelve el entretenimiento de aquellos viejos clásicos con los que aprendimos a amar el género (trata sobre dos extraterrestres capaces de modificar su aspecto enfrentados en la Tierra).

Y la crisis, y esto es un consuelo, no afecta a la fantasía, un género hermano que funciona de lo lindo. Que se lo digan a Bibliópolis, que triunfa con el polaco Sapkowski y su brujo cazador de monstruos, Geralt de Rivia. O a Alejo Cuervo, editor de Gigamesh, que pasea estos días bajo palio por España al gran Georges R. R. Martin (autor, por cierto, de una de las novelas más conmovedoras jamás escritas de la ciencia-ficción, Muerte de la luz, historia de un amor imposible en un planeta condenado, reeditada por Gigamesh, que reedita también la bellísima novela de vampiros y amistad Sueño del Fevre). Martin ha conseguido unas ventas y una popularidad extraordinarias en España con su larga serie de Fantasía Canción de hielo y fuego.

La ciencia-ficción, para acabar, sigue siendo, pese a todo, como recalca Barceló, el género mejor para explicar el presente con especulaciones sobre nuestro futuro. Sólo la ciencia-ficción nos permite imaginar las consecuencias indeseables del presente. Es nuestra mejor herramienta y no deberíamos perderla.

Articulo: http://cultura.elpais.com 27/10/2012