samedi 29 septembre 2012

Salman RUSHDIE/ 'Joseph Anton'(Mondadori), un libro de memorias


Salman Rushdie
"Si tuviera que volver a hacerlo, me negaría a esconderme. Diría: Me voy a casa. Protéjanme"

El 18 de septiembre Salman Rushdie lanzó en todo el mundo 'Joseph Anton'(Mondadori), un libro de memorias sobre los aproximadamente diez años que el autor pasó escondido, bajo protección policial, después de que Jomeini exigiese su muerte en 1989 porque su novela 'Los versos satánicos' fue considerada ofensiva para el islam. La fatwa fue revocada en 1998 y desde que se trasladó a Nueva York en 2000, Rushdie se ha convertido en un hombre con una gran vida social, amante de las fiestas.
  
En relación con la noticia reciente de que una fundación religiosa ha renovado la fatwa, escribía en un correo electrónico: “No me siento inclinado a magnificar este feo titular sensacionalista prestándole demasiada atención”. El mes pasado, antes de embarcarse en una gira de tres meses para promocionar tanto el nuevo libro como la próxima versión cinematográfica de su novela de 1981, Hijos de la medianoche, hablaba sobre Joseph Antondurante un almuerzo en un restaurante de la periferia del centro de Nueva York. 

Pregunta. Todo esto pasó hace mucho tiempo. ¿Qué le ha hecho decidirse a escribir sobre ello tantos años después?
Respuesta. Fue en gran medida una cuestión de instinto. Durante mucho tiempo, no quise escribir este libro. Pensaba que sería muy triste tener que volver a introducirme emocionalmente en esa época y sumergirme en ella. Pero siempre supe que tendría que hacerlo. Pensé que el peso de los acontecimientos, su velocidad, la complejidad de lo que estaba pasando eran tan grandes que, aun teniendo la mejor memoria del mundo, no habría manera de recordarlo con detalle. 

P. ¿Por qué la tercera persona?
R. Siempre había pensado que no quería que esto fuese un diario, ni una confesión, ni una perorata. No quiero que sea un libro de venganza, un libro de ajuste de cuentas. Sabía muchas cosas que no quería que fuese, pero no sabía lo que sí quería que fuese. Cada vez que lo intentaba, no funcionaba y lo dejaba a un lado. Y luego me di cuenta de que una de las cosas que realmente no me gustaban era la primera persona, ese interminable “yo”, las cosas que me pasaban a “mí” y “yo sentía” y “yo hacía” y “me preocupaban”. Simplemente, era algo absurdamente narcisista. Así que, en un momento determinado, pensé: “Vamos a ver qué pasa si lo escribo como una novela, en tercera persona”. Y, en el momento en que empecé a hacerlo, fue como el "ábrete sésamo" que me dio el libro. 

P. Este recurso hace que, a veces, el libro se lea como una novela o, como usted mismo dice en él, como una novela mala de Rushdie, llena de melodrama y cosas surrealistas.
R. Una de las formas en que yo lo expresaba para mí mismo era diciendo que la imagen que yo tenía del mundo se había roto. Y entonces, de repente, se volvió muy difícil saber qué forma tenía el mundo y dónde me encontraba yo y cómo debía actuar. Todas esas decisiones que tomamos, y de repente, yo no sabía nada. Otra palabra para definir eso es locura. Estoy convencido de que hubo un periodo en el que mi cordura estuvo bajo una intensa presión y yo no sabía lo que decir o de qué modo actuar. Estaba, literalmente, viviendo el día a día. 

P. Si Joseph Anton es como una novela, no es simplemente una historia kafkiana sobre un tipo obligado a ocultarse. También es una especie de tragicomedia marital, sobre un tipo un poco desafortunado como marido y amante. Entra usted en muchos detalles, especialmente sobre su relación con Marianne Wiggins, con la que se muestra bastante duro. A la gente le puede parecer que algunos de esos detalles son innecesarios.
R. ¿Qué es innecesario? Tengo una opinión similar a la de Rousseau en cuanto a que si uno va a escribir un libro como este, debe ser tan sincero como pueda. Pero he intentado ser justo. En el caso de Elizabeth, ella ha leído el libro y ha dicho que estaba bien. En el de Padma, le he contado todo lo que contiene sobre ella. Hay una cosa que me pidió que quitase, y la quité. Y así sucesivamente. A Marianne no se lo he enseñado. 

P. El libro tiene un propósito mayor. ¿Está pensado para documentar algo importante?
R. Yo me encontré atrapado en lo que podríamos llamar un acontecimiento histórico mundial. Se podría decir que es un gran acontecimiento político e intelectual de nuestra época, incluso un acontecimiento moral. No la fatwa, sino la batalla contra el islam radical, de la que esto fue una escaramuza. Ha habido argumentos defendidos incluso por personas de mentalidad liberal que a mí me parecen muy peligrosos y que son esencialmente argumentos culturales relativistas: tenemos que dejarles hacer lo que quieran porque es su cultura. Yo opino que no. La mutilación genital femenina, eso es malo. Matar a otras personas porque a uno no le gustan sus ideas, es malo. Hemos de ser capaces de tener un sentido del bien y del mal que no se vea diluido por esta clase de argumentación relativista. Y si no podemos, realmente hemos dejado de vivir en un universo moral. 

P. ¿Cuánto tiempo tardó en escribir el libro?
R. Dos años y medio. Y dado que tiene unas 600 páginas, eso es rápido para mí. Pero un libro como este se escribe un poco más deprisa porque uno sabe lo que pasó. Una de las cosas que tuve muy claras desde el principio fue que yo sabía lo que iba a abarcar. Sabía cuál era la primera escena y cuál era la última: yo saliendo literalmente al exterior y llamando un taxi, el regreso a la vida corriente y banal. 

P. ¿Piensa que lo que le sucedió ha cambiado algo?
R. Hay algunos musulmanes británicos que ahora dicen: “Pensamos que nos equivocamos”. Algunos por motivos tácticos, pero otros usan el argumento de la libertad de expresión: “Si queremos decir lo que queramos, a él se le debe permitir decir lo que quiera”. Así que pienso que un poquito de aprendizaje sí ha habido. 

P. ¿Aprendió algo útil en el tiempo que pasó escondido?
R. Aprendí a conducir con técnicas de contravigilancia. Si uno va por una autovía y quiere saber si lo están siguiendo, lo que tienen que hacer es cambiar mucho de velocidad. Se acelera hasta 100 y luego se frena hasta 30 y luego se vuelve a acelerar. 

P. ¿Que consejo le daría a alguien que pudiese encontrarse bajo una amenaza similar?
R. Dos consejos, en realidad. Uno tiene que ver con la cabeza y el otro es práctico. Lo relativo a la cabeza es: no hagan concesiones. Se trata de conocernos a nosotros mismos, saber quiénes somos y por qué hicimos lo que hicimos. Defiendan su postura. Lo otro es que, si tuviese que volver a hacerlo, me negaría a esconderme. Diría: “Tengo un hogar, me voy a mi casa. Protéjanme”. 

***
Joseph Anton
Salman Rushdie
Traducción de Carlos Milla. Mondadori. Barcelona, 2012. 688 páginas, 24'90 euros

Por Michiko KAKUTANI

En 1989, el ayatolá Ruholá Jomeini declaró que la novela de Salman Rushdie Los versos satánicos era ofensiva para el islam y promulgó una fatwa contra el autor por la que lo sentenciaba a muerte. 

Durante nueve años, Rushdie vivió bajo la amenaza de ser asesinado, privado de la libertad de la vida cotidiana y habituado a sentir miedo por sí mismo y su familia. Fue una pesadilla que curiosamente parecía sacada de una de sus novelas surrealistas y que ponía de relieve los mismos asuntos con los que llevaba años lidiando en la ficción: los costes emocionales del exilio y de verse separado del pasado; las consecuencias de la mundialización y el choque cultural entre Oriente y Occidente, y la naturaleza cada vez más fantasmagórica de la historia contemporánea. 

Ahora, con Joseph Anton, Rushdie ha escrito un libro de memorias que describe aquellos años que pasó escondido; unas memorias que llegan después de varias novelas decepcionantes y que nos hacen recordar sus fecundas dotes para el lenguaje y su talento para explicar las complejidades psicológicas de la familia y la identidad. Aunque este libro puede resultar rebuscado y engreído a ratos, es también un documento desgarrador, muy sentido y revelador: un espejo autobiográfico de las grandes preocupaciones filosóficas que han dado vida a la obra de Rushdie, desde el choque de lo privado y lo político en el interconectado mundo actual hasta las permeables fronteras entre la vida y el arte, la realidad y la imaginación. 

En las primeras páginas, Rushdie da a entender que su historia fue una escaramuza inicial en la batalla contra el islamismo radical y una especie de prólogo del 11-S. La compara con el primer pájaro que aparece en la película de Hitchcock Los pájaros, un presagio de “la plaga de pájaros asesinos” que invade una pequeña ciudad de California. El título del libro -escrito, un tanto extrañamente, en tercera persona, quizás para permitirse una cierta distancia- proviene del alias que adoptó cuando la policía británica le dijo, allá por 1989, que necesitaba un seudónimo: el Joseph viene de Joseph Conrad, el Anton, de Anton Chejov. 

Lo que Rushdie - nacido en Bombay en el seno de una familia musulmana- consigue hacer de manera más persuasiva en estas páginas es transmitir al lector una sensación palpable de cómo fueron los años de la fatwa: al principio, su “necesidad constante de encontrar el siguiente sitio donde vivir”, trasladándose de una casa de un amigo a otra y, más tarde, el hecho de aprender a vivir en una casa alquilada dentro de una urbanización cerrada con “cuatro enormes hombres armados”.

No solo las necesidades más corrientes - como conseguir tratamiento cuando le estuvieron doliendo las muelas del juicio- requerían unas complejas operaciones secretas, sino que toda espontaneidad quedó suprimida rápidamente de su vida: tenía que programar algo tan simple como un paseo; se veía obligado a esconderse en un cuarto de baño cerrado cada vez que una limpiadora iba a casa. Ni que decir tiene que estas circunstancias afectaron gravemente sus relaciones y alteraron su capacidad para escribir. 

El grupo de protección de Rushdie le enseñó el protocolo para entrar debidamente en una habitación (fijarse en el escenario y averiguar todas las salidas disponibles); los peligros de salir de un edificio y cómo llegar sano y salvo al coche que lo esperaba (ese terreno, le explicaron, nunca podía asegurarse al 100%); y el arte de la “limpieza en seco” (el uso de trucos de contra vigilancia para asegurarse de que no le seguían).

Para hacerle la vida más soportable, el grupo de seguridad de Rushdie a veces rompía sus propias normas. En la época en que los sitios públicos le estaban prohibidos, los policías le llevaron al cine, entrando después de que se apagaran las luces y sacándolo antes de que volvieran a encenderse. En una ocasión en la que las autoridades habían advertido de que debía evitar la ciudad de Londres, le llevaban a casas de amigos para que pudiese reunirse con su hijo pequeño, Zafar: “Los trasladaron a él y a Zafar a unos campos deportivos de la policía y formaron unos equipos de rugby improvisados para que pudiera correr con ellos. En los días festivos, a veces los llevaban a los parques de atracciones”.

A medida que pasaban los meses, Rushdie se dio cuenta de que había una “escisión” interna que estaba empeorando: “la diferencia entre lo que ‘Rushdie' tenía que hacer y el modo en que ‘Salman' quería vivir”. La identidad y las metamorfosis que los individuos, que se sienten divididos entre diferentes culturas y ambiciones antagónicas, atraviesan durante su vida siempre han sido inquietudes fundamentales de la ficción de Rushdie, y en este libro nos muestra cómo la fatwa le obligó a reconciliarse con su pasado, su sed de amor y sus profundas creencias acerca del mundo. 

Por el camino, Rushdie nos ofrece un relato conmovedor sobre la compleja relación con su padre, Anis (quien le legó “un escepticismo aparentemente audaz, acompañado de una libertad casi total respecto de la religión”), yalgunos retratos nítidamente trazados de lumbreras literarios como Thomas Pynchon (“era alto, llevaba una camisa de leñador roja y blanca y pantalones vaqueros, tenía el pelo blanco de Albert Einstein y los incisivos de Bugs Bunny”). 

Hace una descripción fascinante del modo en que escribió su obra maestra Hijos de la medianoche -una oscura parábola de la historia india desde la independencia que obtuvo el premio Booker en 1981- y un relato detallado de la génesis y evolución de Los versos satánicos, el “libro grande y extraño” que cambiaría su vida, un libro que, de hecho, era una “exploración interior mucho más personal” que Hijos de la medianoche o su novela de 1983, Shame, dos obras que abordan de manera directa la historia pública del subcontinente indio. 

Rushdie escribe sobre su aislamiento y su “ánimo beckettiano”, el sentirse como Didi y Gogo (de Esperando a Godot), “jugando contra la desesperación” o más bien lo contrario, “esperando lo que deseaba que nunca llegase”.Escribe sobre la amargura que sentía en momentos más sombríos, al pensar que su mayor problema “era que no estaba muerto”: “si estuviese muerto, nadie en Inglaterra tendría que preocuparse por el coste de su seguridad ni por si merecía o no ese tratamiento especial durante tanto tiempo”. 

Casi al principio, Rushdie pensó que si tan solo pudiese demostrar que Los versos satánicos era una obra escrita de manera seria que podía ser defendida honestamente, “entonces la gente - los musulmanes -cambiarían de opinión sobre ella, y sobre él. En otras palabras, quería ser popular. El malmirado chico del internado quería ser capaz de decir: ‘Mirad, todos, habéis cometido un error con mi libro y conmigo. No es un libro maligno y yo soy una buena persona. Leed este ensayo y lo comprobaréis”. 

Sin embargo, llegó a entender de día en día que “la violencia y la amenaza de la respuesta” a su novela “era un acto terrorista al que había que hacer frente” y que él “quería que los dirigentes mundiales defendiesen su derecho a ser un alborotador”. No se trataba solamente de su libro. Se trataba de “la era de miedo y autocensura que se había iniciado como consecuencia de la fatwa”. Se trataba de defender la literatura, que “fomentaba el entendimiento, la solidaridad y la identificación con personas que no son como uno mismo” en una época en la que “el mundo empujaba a todos en la dirección contraria, hacia la intolerancia, el fanatismo, el tribalismo, el extremismo religioso y la guerra”. 

Cayó en la cuenta de que estaba luchando por “la libertad de expresión, la libertad de la imaginación, la libertad frente al miedo y el hermoso y antiguo oficio” de narrar historias, “que él tenía el privilegio de ejercer”. 

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Temible turbante
Por Fernando Aramburu

Al clérigo colérico le quedan pocos meses de vida cuando ordena la ejecución de Salman Rushdie. 

Dueño de cuerpos y almas, gestiona cadalsos en representación de Dios para velar por la verdad única, que casualmente es la suya, en nombre de la cual propugna el amor al prójimo, la caridad y esas cosas que han de practicar sus adeptos, él menos. No se conforma con la jurisdicción del templo, sino que manda sobre ejércitos y territorios, y es conocido por su escaso talante compasivo. Aunque desdeña la materia, ofrece mucho dinero a quien mate al novelista. Su desasosiego vengativo comporta un homenaje involuntario a la palabra de las mentes libres.Es de agradecer que sólo dispusiera de horcas, lapidadores y fusiles, y no de la bomba atómica, por ejemplo, para aliviar a Dios de la excesiva carga de imponer castigos. Tenía un nombre, pero no merece mi recuerdo. 

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Salman Rushdie: "Durante mucho tiempo no quise escribir mis memorias, me sentía demasiado trastornado"
Por Nuria AZANCOT

El escritor se confiesa en Joseph Anton, su autobiografía, ya a la venta en todo el mundo

Después de haber vivido oculto tanto tiempo bajo el seudónimo de Joseph Anton (nombres de pila de Conrad y Chejov, sus debilidades literarias), parece que Salman Rusdhie es libre al fin, gracias sobre todo a la publicación simultánea en todo el mundo de su esperada autobiografía.

No fue fácil: desde que el 14 de febrero de 1989 fuese condenado a muerte por el ayatollah Jomeini tras publicar la novela Los versos satánicos, su vida se convirtió en un infierno clandestino que duró una década. Ahora, en cambio, participa en festivales literarios, posa para la prensa y concede entrevistas en las que confiesa sin temores lo mucho que ha sufrido estos años, aunque Irán acaba de casi sextuplicar la recompensa que ofrece por su cabeza, que de 550.000 ha pasado a tres millones de dólares.

En este tiempo, además, su primera mujer, Clarissa, murió de cáncer; su segundo y su tercer matrimonio fracasaron y el cuarto se está desmoronando. Y lo que es aún peor: su editor el noruego, William Nygaard, fue tiroteado por la espalda “aunque por suerte se restableció plenamente”; su traductor al japonés, Hitoshi Igarashi, fue asesinado; y el responsable de la versión italiana del polémico libro, Ettore Capriolo, fue apuñalado “y afortunadamente se recuperó”.

Los libros de Rushdie fueron quemados en todo el mundo, y tuvo que sufrir que autores a los que admiraba, como John Berger o John Le Carré, le atacasen por el libro. Sin embargo, y como recuerda ahora en estas memorias, “Resulto alentador [aquel día del anuncio de la fatwa] ver en acción el valor, la solidaridad y los principios, los mejores valores humanos oponerse a la violencia y el fanatismo -el lado oscuro del género humano- en el momento mismo en que la marea creciente de la oscuridad parecía tan irrefrenable”

"El miedo que se propagó por la industria editorial era real porque la amenaza era real. La fatwa amenazó a editores extranjeros y traductores. Y, sin embargo, el mundo del libro, en el que la gente libre tomaba decisiones libres, debía defenderse. En cuanto a la gente que se manifestaba, en muchos casos ni siquiera sabían contra quién o por qué se manifestaban, y eso fue un derroche de vida terrible y espeluznante.”, leemos en Joseph Anton. 

“Durante mucho tiempo -acaba de confesar a The Guardian- no quise escribir sobre todo esto, porque sentía que estaba demasiado trastornado. No quería escribir más de 600 páginas de resentimiento y venganza. Pensé que tenía que intentar ser tan comprensivo con todo el mundo, y tan violento conmigo mismo como pudiera. Decidí no disfrazar nada."

Pero, si Rushdie hubiese conocido las miserias que la fatwa iba a causar en su vida, ¿hubiese escrito algo tan crítico con el Islam? "Desde luego -asegura el escritor-, pero Los versos satánicos no tiene que ver con el islam. La novela habla del origen de las religiones. Hay muchos paralelismos entre las revelaciones de San Juan Bautista, Juana de Arco y las visiones de Mahoma sobre el Arcángel Gabriel.

Articulo: http://www.elcultural.es 29/09/2012

Leila GUERRIERO/ María Luisa CASTILLO o el bovarismo, dos mujeres y un pueblo de La Pampa


María Luisa Castillo o el bovarismo, dos mujeres y un pueblo de La Pampa
Por Leila Guerriero

Vengo  a decir lo que quizás no deba decirse. Vengo a decir que no he leído  lo  que escribieron, acerca de Gustave Flaubert y de sus criaturas literarias, autores como Jean Paul Sartre, Guy de  Maupassant,  Charles  Baudelaire,  Marcel Proust, Emile Zola, Julio Ramón Ribeyro, Roland Barthes,  o Harold Bloom.  Quizás sería  más justo decir que he leído, pero que he olvidado, y que, en todo caso, no he vuelto a leer. Sea como fuere, eso no tiene importancia.

En su ensayo de 1974, llamado La orgía perpetua, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, hablando de Madame Bovary, la novela que Flaubert publicó a mediados del siglo XIX, dice: “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”.

De eso, entonces, vengo a hablar: de la suma de razones, y de la vida y la muerte de María Luisa Castillo. Todo lo demás no tiene la menor importancia.

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Era abril de 2012  y yo estaba en la ciudad de México, hospedada en  un barrio vagamente peligroso, en  un hotel situado sobre una avenida por la que, me habían advertido, no debía caminar, bajo ninguna circunstancia, sola. Pero ahí estaba yo, que había  caminado por la avenida -bajo toda circunstancia sola-, sentada sobre el muro de una gasolinera, esperando a una persona a la que iba a entrevistar. Era uno de esos atardeceres  gélidos y tropicales de  la  ciudad de México, con las bocinas raspando el cemento y la luz del sol, enrojecida  por la contaminación,  reptando por las paredes de los edificios, cuando pensé: “Aquí estoy, una vez más lejos de casa, esperando a alguien que no conozco en una esquina que no volveré a ver jamás. Y esta es exactamente la vida que quiero tener”. Y porque sí,  o porque ya  nunca pienso en ella,  o porque empezaba a pergeñar esto que leo, recordé, como del rayo, el rostro rubicundo, los dientes  enormes, los aros  de vieja, el pelo lacio, el aroma a pan y a perfume barato de María Luisa Castillo, que fue mi amiga y que, durante mucho tiempo, tuvo tres años más que yo.

Entonces saqué un papel del bolso y empecé a tomar estas notas.

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Sé, de Flaubert, lo que sabemos todos: cuarto nacido vivo de tres que  nacieron muertos, hijo de un médico y de una madre glacial, autor de Madame Bovary, padre de la novela moderna,  gladiador del estilo indirecto libre, etcétera, etcétera, etcétera. No tengo nada que decir acerca de todas esas cosas. Pero si  es cierto que Oscar Wilde, hablando del personaje de Balzac, dijo que “La muerte de Lucian de Rubempré es el gran drama de mi vida”, salvando las insalvabilísimas  distancias  yo  podría decir que la vida  y la muerte de Emma Bovary forman parte de lo que soy.  O, para no parecer tan  rimbombante,  podría decir  que me  dejaron huella.

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No era ni el mejor  ni el peor de los tiempos. No era ni la mejor ni la peor de las ciudades.  Eran los años 70, era la infancia, era Junín, donde nací, veinte mil habitantes en una zona rica, agrícola, ganadera, a docientos  cincuenta kilómetros de Buenos Aires.  Yo era hija de un ingeniero químico y  de  una maestra, y  María Luisa Castillo era  la hermana menor de un amigo de mi padre, un mecánico de automóviles llamado Carlos. El día en que la conocí yo tenía ocho años, ella once, y me pareció fea. Tenía la cara grande, alargada,  las mejillas enrojecidas por un arrebol  que yo asociaba con la gente pobre, y una ortodoncia brutal. Me dijo que no se llamaba Luisa, sino María Luisa, y yo pensé que ese era un nombre de persona vieja. Luisa era  discreta,  tímida,  pacífica.  Vivía en un barrio alejado, en una casa con piso de tierra, sin agua corriente ni cloacas. Dormía, con un hermano mayor y con sus padres, en un dormitorio separado del comedor y la cocina por un trozo de tela. A mí nunca me impresionó que fuera pobre, pero sí que sus padres fueran viejos. Los míos, que no llegaban a los treinta,  me parecían  arcaicos,  de modo  que la  madre de Luisa, que tendría 55 y tres dientes,  y  su padre,  un albañil ínfimo  de más de  60, debieron  impresionarme como  dos seres al borde de la muerte.

No sé  en qué se iban las horas cuando estábamos juntas, pero sé que éramos inseparables. Yo tenía 9 años cuando le ofrecí  mi juego de mesa favorito a cambio de que me enseñara  cómo se  hacían  los bebés.  Dijo que sí y, en el asiento trasero del auto de mis padres, la acosé a preguntas acerca de la rigidez y de la forma y de los agujeros, hasta que sollozó de vergüenza. Cuando terminamos, no le di nada: ni mi juego ni, me imagino, las gracias. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

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Un  resumen muy torpe  –y muy injusto- diría que  Madame Bovary cuenta la historia  de Emma, una mujer  casada con Charles Bovary y madre de la pequeña Berthe, que se enreda en amores  con un hombre llamado Rodolphe, con otro llamado Léon y  que,  finalmente, envuelta en deudas y a punto de perderlo todo,  se suicida tragando polvo de arsénico. Yo leí Madame Bovary a los 15 y durante mucho tiempo creí que había entendido mal. Porque la tal Emma no resultó ser el gran personaje literario que esperaba, sino una mujer tan tonta como las chicas de mi pueblo, que construían castillos en el aire  sólo para  ver cómo se  estrellaban  contra la catástrofe del primer  embarazo o del segundo  empleo miserable.  Emma Bovary  era una pájara ciclotímica que se dedicaba a arruinarse y arruinarles la vida a todos en pos de un ideal  que, además,  no quedaba claro. Porque  ¿qué cuernos quería Emma Bovary? ¿Ser monja,  ser  virgen,  ser swinger,  ser millonaria,  ser  madre ejemplar?  No me importaba que hubiera sido infiel (de hecho, esa me parecía la mejor parte del asunto), pero  la  cursilería rampante de sus ensoñaciones me sacaba de quicio. Emma fantaseaba con Rodolphe con el mismo grado de delirio con que  mis compañeras y yo fantaseábamos con John Travolta, sólo que, allí donde mis compañeras y yo sabíamos que John Travolta era un póster, ella ni siquiera era capaz de darse cuenta de lo obvio: que  Rodolphe no era un hombre  para enamorarse sino uno de esos patéticos galanes de pueblo que tragaban mujeres y escupían huesitos (y  de los que, a decir verdad,Junín  estaba  repleto). La demanda devoradora con que  se arrojaba sobre Léon  -pidiéndole que le escribiera poemas, que  se vistiera de negro,  que  se dejara la barba- no me producía emoción sino vergüenza ajena, y los arrebatos que la hacían fluctuar de madre amorosa a madre indiferente, de esposa amantísima a mujer desamorada, me resultaban agotadores.  Trasvasados a la  vida real,  todos esos rasgos daban como resultado una mujer insoportable.

Pero,  así como  me molestaba el estado de humillante desnudez emocional en el que Emma Bovary se entregaba a sus amantes, me parecía muy auténtico que su hija Berthe no le hubiera reblandecido  el corazón y muy  razonable que
tuviera sexo, fuera de su matrimonio, no con uno sino con dos hombres. Y su suicidio, coronado con la muerte del marido y la  orfandad desamparada de su hija, era de un egoísmo  tan  sublime,  tan  salvaje, que resultaba deliciosamente real. Pero entonces, a fin de cuentas, ¿Emma Bovary era buena,
era mala, era cobarde, era valiente, era mediocre? ¿Por qué no me daban  unas ganas locas de ser ella, así como me habían dado  ganas locas de ser Tom Sawyer o  Holden Caulfield o La Maga? Ahora, después de todos estos años, resulta sencillo saber que pasó. Y lo que pasó fue que  Emma Bovary me  insufló enormes dosis de confusión, en una época en la que yo ya tenía confusión en dosis monumentales.

***
Cuando Luisa cumplió 14 años, sus padres –que a pesar de todos mis pronósticos no  se  habían muerto- le dieron permiso para salir de noche, usar maquillaje y ponerse tacos altos. Aunque me desilusionó  descubrir que  se maquillaba poco y usaba tacos discretos, su incursión en  la vida nocturna me permitió entender los usos y costumbres de las discotecas,  saber cuándo era prudente responder con entusiasmo a un beso de lengua o cuán abajo era “demasiado abajo” para la mano de un varón. Cuando salíamos a caminar por el centro, yo me enrollaba la falda en la cintura para que hiciera efecto mini y  Luisa me prestaba su  pintalabios con sabor a  fresa.  De todas las cosas que  la evocan,   nada me empuja tan agresivamente hacia  ella  como el recuerdo de esa sustancia pegajosa que me untaba en los labios y que me hacía  sentir la más temible, las más  brutal de todas las potrancas. Pero, por todo lo demás, no podríamos haber sido más diferentes. A mí me gustaba leer y a ella no, a mí me gustaba escribir y a ella no, a mí me gustaba el cine y a ella no,  yo era vulgar y ella no, yo era  huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada, arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, arbitraria, y ella no.

Hay una foto en la que estamos juntas: yo llevo el pelo corto, shorts rojos y una camiseta  de  pordiosera manchada de chocolate; Luisa lleva medias hasta la rodilla, falda con flores y camisa blanca cerrada hasta el cuello. Era una niña prolija; yo, un demonio unisex. Sin que ella me hubiera hecho jamás el menor daño,  yo  podía repetir durante  mucho rato  la palabra “paja”, sólo para verla enrojecer. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

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Es la primera vez que cuento esta historia, demasiado llena de realidades ajenas.  Cada vez que  me  falla la memoria ocreo resbalar  entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto, aun cuando sé que las cosas de la muerte le hacen mal.  En  julio de este año,  mi padre y su amigo Carlos, el hermano mayor de  mi amiga  Luisa, pasaron un domingo pescando. Una  semana  después,  Carlosse murió de cáncer.

Pero,  aunque sé que  las  cosas de la muerte le hacen mal, cada vez que me falla la memoria,  o creo resbalar entre recuerdos falsos,  llamo a mi padre y  le pregunto por la hermana muerta de su amigo que  recién murió. Y  lo hago porque de eso vivo -de  preguntar para  contar historias- y porque esa es la vida que quiero tener. Con todos y cada uno de sus muchos, de sus muchísimos daños colaterales.

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Escribí siempre, desde muy chica. En  cuadernos, en el reverso de las etiquetas, en blocks, en hojas sueltas, en mi cuarto, en el auto, en el escritorio, en la cocina, en el campo, en el patio, en el jardín. Mi vocación, supongo, estaba clara: yo era alguien que quería escribir. Pero, si la escritura se abría paso con éxito en ese espacio doméstico –el jardín, el patio, el cuarto, el escritorio, la cocina, etcétera- no tenía idea de cómo hacer para, literalmente, sacarla de allí: de cómo hacer para, literalmente,  ganarme la vida con eso ¿Estudiando Letras, ofreciendo mi trabajo en las editoriales, empleándome en una hamburguesería  y escribiendo en losratos  libres? Si  durante mucho tiempo esa incertidumbre permaneció agazapada, cuando cumplí 15 años,  y tuve que pensar en el futuro, los diques  se rompieron y pasó lo que tenía que pasar: angustia y confusión cubrieron todo. Y, en medio del desastre, me aferré  a dos abstracciones peligrosas: mi optimismo oscuro y la certeza de que, entre la espada y la pared, siempre podría elegir la espada.

Fue en esos años confusos cuando llegué a Madame Bovary. Y, ya saben, pasó lo que pasó. Luisa, mientras tanto, terminó el colegio secundario, empezó a trabajar como secretaria de mi padre y, paralelamente, ingresó a  un profesorado de biología en Junín. Eso  le permitiría  ahorrar algún dinero y tener una profesión para marcharse,  después, a  estudiar, más y mejor, a un prestigioso instituto de biología en Buenos Aires. Quiero decir que Luisa tenía un plan. Y que yo, en cambio, no tenía nada.

***
Es 7 de agosto y, mientras escribo, me topo con un texto llamado Contra Flaubert,  del escritor chileno Rafael Gumucio, que dice que  Madame Bovary es, para Flaubert, “Una venganza contra su padre, contra sus tíos, contra toda la ciudad de Rouen y sus alrededores pero, más ampliamente aún, es una novela contra la gente que trabaja y tiene hijos, contra las mujeres infieles, pero también contra los hombres fieles, contra los libros, contra las monjas, contra los republicanos, contra las carretas de bueyes, los jueces, los boticarios y contra la ley de gravedad”. Y, mientras leo, pienso que hace falta la mitad de la vida para entender cosas que suceden en minutos.

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Tenía 17 años cuando dejé Junín para irme a Buenos Aires y estudiar una carrera que me importaba poco pero  que me permitiría  vivir sola, hacerme adulta, tener algo parecido a un plan.
Luisa  se quedó en Junín, estudiando su profesorado, trabajando con mi padre, y  empezó a  noviar  con un chico que, como ella, tenía nombre de viejo: Rogelio. Poco después, quedó embarazada y se casó.

No recuerdo haber ido al casamiento pero sí que, dos años más tarde, durante una de mis visitas a Junín,  nos encontramos y me contó que iba a renunciar al empleo y a dejar por un tiempo los estudios para mudarse a un pueblo de  novecientos habitantes llamado Germania,  donde su marido había comprado una farmacia. Recibí la noticia como si algo terrible fuera a sucederme a mí, pero Luisa parecía feliz y se reía, y yo pensé que a lo mejor no la había conocido nunca.

***
Pienso, ahora, que  Madame Bovary es, quizás, una novela contra los hijos, contra el futuro, contra las ilusiones, contralar intensidad, contra el pasado, contra el porvenir, contra las ferias, contra los carruajes y  contra los ramitos de violetas: una novela contra sí misma cuyo milagro mayor reside en la eficacia con que inocula en sus lectores la incondicionalidad fulminante  que  sólo  producen  personajes como  Emma  o como, digamos, Hannibal Lecter: una incondicionalidad incómoda, generada por todos los motivos  equivocados, pero absolutamente radical. Para decirlo simple: aunque yo nunca la querré, le seguiría los pasos hasta el más mísero confín.

***
Luisa se mudó a Germania a fines de los años ´80. El pueblo, a unos cien kilómetros de Junín, estaba, por entonces, unido al mundo por un camino de tierra que se volvía intransitable con la lluvia. Ella hacía de madre y atendía la farmacia de su esposo mientras yo, en Buenos Aires, seguía desorientada pero  ardía  eufórica,  rodeada de nuevos amigos  que tenían hábitos dignos de jinetes del apocalipsis. Y, en algún momento, supongo que simplemente la olvidé.

***
No sé dónde ni cómo escuché  por primera vez la palabra bovarismo. Una definición a mano alzada permitiría repetir con Wikipedia que el bovarismo es  “el estado de insatisfacción de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, que suele frustrarlas”.  Hoy, mientras escribo, pienso que Luisa ya no está entre los vivos, pero que Emma Bovary, con sus volcánicas contradicciones, con sus arrebatos, con su desmesurado bovarismo,  sigue viva. Para mi infinito deleite, para mi profunda indignación.

***
Cada tanto  llegaban, desde Germania, noticias tristes: el camino de tierra se hacía a menudo intransitable; la farmacia no marchaba bien y tenía deudas, y  Luisa, otra vez embarazada, había abandonado los estudios. En Buenos Aires yo había terminado una carrera que jamás ejercí y, confiada en mi optimismo oscuro y en mi teoría de la espada y la pared,  había dejado un relato en el diario página/12, donde el director lo había publicado y, sin saber nada  de mí, me había  ofrecido empleo. Así, de un día para otro,  en 1991, me hice periodista y  entendí que  eso era lo que siempre había querido ser y ya nunca quise ser otra cosa.

Entonces, un día de un mes de un año que  no  sé  precisar, mientras regresaba del periódico o me apuraba para llegar al cine o  cocinaba arroz o quién sabe,  la mejor amiga de mi infancia  caminó hasta  la trastienda de  la farmacia de su
marido,  hundió la mano en un  pote de arsénico y comió, comió, comió. Fue mi padre el que llamó para avisarme.

***
Del velorio, que  se hizo  en Junín, recuerdo poco. Sé que  la toqué, porque tocarla me parecía respetuoso: era una forma de decir “No me das asco”. Luisa tenía los labios unidos por pegamento y una tela de broderie blanca, en torno al cuello, que  me  enfureció porque  la hacía parecer idiota. Después, alguien me dijo que era para cubrir las manchas. En algún momento escuché un grito que llegaba desde la calle: “¡Asesino hijo de puta”. Cuando me asomé a la puerta vi que los parientes, los amigos, los vecinos, se agolpaban en torno a Rogelio,  el marido de  Luisa,  que  trataba de bajar de un auto. Se decía que le había sido infiel y la conclusión de todos era obvia: Luisa se había matado por  su culpa porque, de otro modo, las chicas como Luisa no se matan.

Pero yo hacía rato que sabía que sí. Que bastan un error y un cruce de caminos.
No recuerdo haber ido al cementerio pero dice mi padre que fui y que, incluso, ayudé a cargar el ataúd. Después supe que, antes de morir, Luisa rogó con desesperación que la salvaran, pero no pudieron llevarla a un hospital porque los caminos estaban anegados.

***
Y ese, así, fue el final de todo. No hay conclusión,  no hay fuegos de artificio. No hay epifanía. No se sabe, en fin, qué pensar. Yo, la chica oscura  con la cabeza intoxicada por fantasías descomunales, tuve la vida que quería tener. Luisa, la chica buena y sencilla que al fin sólo quería casarse y tener hijos, está muerta. Fin de la historia.

¿Conclusiones?  De tan obvias,  dan asco: que la más potencialmente bovarista de las dos terminó siendo la menos bovariana del asunto. Y que la menos bovariana de las dos resultó una bovarista literal.

¿Hace falta decir, también, lo evidente? Luisa se murió en un mundo en el que no había internet ni doctor google y fue por  la divina gracia de Emma Bovary que  supe, por entonces, que, después de tragar  el  arsénico,mi amiga no tuvo, durante mucho rato, más síntoma que un desagradable sabor a tinta, y que más tarde llegaron, en este orden, las náuseas, los vómitos, el frío glacial, el dolor en el abdomen, los vómitos de sangre, los calambres, la asfixia. Los años pasaron y, en algún momento, Madame Bovary dejó de ser, para mí, un libro sobre gente mediocre que se cree especial y empezó a  ser un comentario implacable sobre la humillación y el amor, una  advertencia  feroz  sobre  la importancia de nuestras decisiones y sobre el peligro de estar vivos.

Yo casi no pienso en Luisa. No veo a sus hijos. No he vuelto a ver a su marido. Pero Madame Bovary forma parte de lo que soy. O, para no parecer tan  rimbombante, digamos que me dejó huella. O, para  parecer todavía menos rimbombante, digamos que es probable que mi lema anarco burgués -hacer lo que me da la gana sin joderle la vida a ningún prójimo- sea una reacción a aquellas primeras lecturas en las que Emma Bovary me parecía un mecanismo, desorientado y caníbal, que lo devoraba todo en pos de una ensoñación confusa, sin detenerse a pensar en los daños, en los temibles daños, en los inevitables daños colaterales.

Han pasado muchos meses desde la tarde de abril en que empecé a tomar estas notas, y años desde que era una adolescente con angustia y sin un plan. Y, otra vez, no hay conclusión, no hay fuegos de artificios. No hay epifanías. Hay evidencias: Luisa está muerta, y Madame Bovary, como una máquina de atravesar los siglos, me sigue susurrando su mensaje voltaico, su terrible canción: cuidado, cuidado. Cuidado.

NOTA: Esta conferencia fue leída en el mes de septiembre de 2012, en el ciclo de Conversaciones Literarias  en Formentor, en una mesa redonda titulada Grandes damas y mujeres fatales.  Los nombres de  algunas personas reales fueron modificados en este texto para su publicación.

Articulo: http://www.elboomeran.com 09/2012

Pablo NERUDA visto por otros escritores


ANIVERSARIO|A 39 años de su muerte:
Pablo NERUDA visto por otros escritores
Por Carlos FUENTES

En un día como hoy, hace 39 años, moría Pablo Neruda, uno de los mayores poetas de la lengua castellana. Campeón de la amistad, han quedado retratos suyos de varios escritores. Uno de ellos es el que el mexicano Carlos FUENTES (1928-2012) dejo en su ultimo libro, póstumo, y recién llegado a las librerías chilenas, “Personas”. Pero también se agregan las visiones del peruano Mario Vargas Llosa (1936, Premio Nobel 2012), del argentino Julio Cortázar (1914-1984) y del catalán exiliado en México Agustí Bartra (1908-1982).

Sin la aventura poética de Neruda, no habría literatura moderna en America Latina. O por lo menos, no la que conocemos, admiramos y sustentamos. Su enorme alcance se debe a que Neruda asumió los riegos de la impureza, de la imperfección y, también, de la banalidad. Estaba obligado a hacerlo, a fin de nombrar todo un mundo. Nuestro mundo. Lo condujo a las zonas salvajes de nuestro idioma olvidado.
(…)
Recuerdo a Neruda.
Si sus disputas con los hombres de su generación fueron a menudo amargas; con nosotros, los escritores entonces jóvenes, siempre fue generoso, abierto, inteligente, capaz de dialogo, razón y disensión. Y es que lo que nos unía era muchísimo mas grande que lo que pudiese sepáranos. Escribimos nuestras novelas bajo el signo de Neruda: darle al pasado inerte un presente vivo, prestarle voz actual a los silencios de la historia. Esta raíz genética fue mucho más importante que nuestras discrepancias acerca de la forma que el futuro debiese adoptar, porque si no salvábamos nuestro pasado para hacerlo vivir en el presente, no tendríamos futuro alguno.

El día en que murió mi amigo Neruda, recordé sobre todo la comunidad de valores que compartimos y quisimos mantener. La velación de Neruda tuvo lugar en una casa tomada. Soplan los vientos finales del invierno austral a través de ventanas rotas, removiendo las cenizas de libros quemados. Una casa saqueada, una nación violada. Esta terrible coincidencia de dos agonías me hace recordar algo que una vez me dijo Pablo:
-Nosotros, los escritores latinoamericanos, quisiéramos volar. Pero nuestras alas cargan el peso de la sangre de nuestros pueblos.
(…) ¿Hemos, Bolívar, arado en el mar? La vida y la obra de Neruda nos dicen que no es así. Hemos llorado por el poeta y su pueblo. Pero un poeta no es su cuerpo, ni su posición política, ni sus opiniones personales. Un poeta es la totalidad de un lenguaje. Y el lenguaje del Canto general, Residencia en la tierra, Odas elementales y Veinte poemas de amor no ha muerto. Conoce, aun, ya lo dije, la gloria del anonimato: los poemas de Neruda son cantados con desafío y gritados con rabia y murmurados con amor por millones de latinoamericanos que, a veces, ni siquiera saben el nombre del poeta que escribió las palabras:
“Eres, Chile (…) un niño
que no sabe su nombre todavía”.
Una poesía sin forma. Como un templo, como una montaña.

Las cosas no nos pertenecen a todos, pero las palabras si. Las palabras son la primera y mas natural instancia de una propiedad común. La escritura, lo quiera o no el escritor, es siempre una comunidad y una comunión. Pablo Neruda no es dueño solo de las palabras que escribió porque él no es solo Pablo Neruda. Es el poeta: es todos. El poeta nace después de su acto: el poema. El poema crea el autor así como crea al lector.

***
Pablo Neruda viene volando
Por Agustí BARTRA

Tú también vienes volando como el Alberto Rojas
Jiménez de tu terrestre residencia.
Vienes volando dentro de la tierra como un río de cadenas.
Vienes volando, vienes volando, padre del verso innúmero
que cerealmente llama a horizontes y ventanas.
Vienes volando, Pablo abierto, negativa de tumba.
afónico de tanto grito de azucena cabizbaja.
Mas allá del vinagre y los tristes notarios,
hecho fénix furioso de febril cabalgata,
vienes volando, vienes volando hacia el vino de los orígenes,
hacia espigas que inclinan su peso enamorado
en mi corazón lacustre.

Fragmento del poema “Pablo Neruda viene volando”, 1974, que publicó Bartra en el primer aniversario de la muerte de Neruda.

***
Amigo leal y generoso
Por Mario VARGAS LLOSA

Había en él algo de niño caprichoso y juguetón, con sus manías coleccionistas y sus apetitos materiales, que exhibía ante el mundo sin la menor hipocresía, con la buena salud y el entusiasmo de un adolescente travieso. Era un amigo leal y generoso, que volcaba su afecto a manos llenas a quienes lo rodeaban y a los jóvenes que llegaban hasta él llenos de timidez y admiración.

Detrás de su apariencia bonachona y materialista, se agazapaba un astuto observador de la realidad literaria y política, y en ciertas ocasiones, en grupos muy reducidos, luego de una buena comida rociada de excelentes vinos, podía de pronto mostrar una intimidad desgarrada. Aparecía entonces, detrás de esa figura olímpica, pública, consagrada en todas las lenguas, traducida y leída en todos los países, el muchachito humilde y provinciano, lleno de ilusiones y de estupefacción ante las maravillas del mundo, que nunca dejo de ser.

Fragmento del texto “Océano de mares diversos” del libro “Imagen y testimonio” (Comisión Bicentenario, 2004) realizado en homenaje al centenario del nacimiento de Neruda.

***
Neruda entre nosotros
Por Julio CORTÁZAR

Conocí muy poco al hombre Pablo Neruda, porque entre mis defectos esta el de no acercarme a los escritores, preferir egoístamente la obra a la persona. Dos testimonios había tenido de su afecto por mi: un par de libros dedicados que me hizo llegar a Paris, sin que jamás hubiera recibido nada mío, y una pagina que envío a alguna revista cuyo nombre no recuerdo, y en la que generosamente trataba de aplacar una falsa, absurda polémica entre Arguedas y yo. (…)

Cuando Salvador Allende asumió la presidencia en noviembre de 1970, quise estar en Santiago cerca de mis hermanos chilenos, asistir a algo que era harto mas que una ceremonia, la primera apertura hacia el socialismo en el sector austral del continente.

Alguien llamo a mi hotel con una voz de lento río: “Me dicen que estas muy cansado, ven a Isla Negra y quédate unos días, ya sé que no te gusta ver gente, estaremos solos con Matilde y mi hermana, Jorge Edwards te traerá el auto, vendrán Matta y Teresa a almorzar, nadie mas”. Fui, claro, y Pablo me regalo un poncho de Temuco y me mostró la casa, el mar, los solitarios campos. Como si tuviera miedo de cansarme, me dejo andar por los salones vacíos, mirar despacio y a mi gusto la caverna de Aladino, su Xanadu de interminables maravillas. Casi inmediatamente comprendí esa correspondencia rigurosa entre la poesía y las cosas, entre el verbo y la materia. Pensé en Anna de Noailles preguntándole a una amiga el nombre de una flor entrevista en un paseo, y asombrándose: “Ah, pero si es la misma que tanta veces he nombrado en mis poemas”, y sentí lo que iba de eso a un poeta que jamás nombro sin antes palpar, vivir lo nombrado. Cuanto resentido, cuanto envidioso ironizo en su día sobre los mascarones de proa, los atlas, los compases, los barcos en las botellas, las primeras ediciones, las estampas y los muñecos, sin comprender que esa casa, que todas las casas de Neruda eran también poemas, réplica corroboración de las nomenclaturas de Residencia y del Canto, prueba de que nada, ninguna sustancia, ninguna flor había entrado en sus versos sin ser lentamente mirada y olida, sin darle y ganarse el derecho a vivir para siempre en la memoria de los que recibirían en pleno pecho esa poesía de encarnación verbal, de contacto sin mediaciones.

Incluso la muerte de Pablo Neruda (…) ¿no es un último poema de combate? Sabíamos que estaba condenado por el cáncer que era una cuestión de tiempo y que acaso hubiera muerto el día en que murió aunque la ralea vencedora no le habría destrozado y saqueado la casa. Pero el destino habría de dibujarlo hasta el fin como lo que él había querido ser; voluntariamente o no, ya ajeno a lo circundante o mirando las ruinas de su casa con esos ojos de alcatraz a los que nada escapaba, su muerte es hoy su verso mas terrible, el salivazo en plena cara del verdugo. Como en su día el Che Guevara, como Nguyen Van Troy, como tantos que mueren sin rendirse.

Me acuerdo de la ultima vez que lo vi, en febrero de este año; cuando llegué a Isla Negra me basto ver la gran puerta cerrada para comprender, con algo que ya no eran las certidumbres de la ciencia medica, que Pablo me citaba para despedirse. Mi mujer había esperado grabar una charla con él para la radio francesa; nos miramos sin hablar, y el grabador quedo en el auto. Matilde y la hermana de Pablo nos llevaron al dormitorio desde donde él continuaba su dialogo con el océano, con esas olas en las que había visto los gigantescos parpados de la vida. Lucido y esperanzado (eran las vísperas de las elecciones en las que la Unidad Popular afirmo su derecho a gobernar) nos dio su ultimo libro.

“Ya que no puedo ir a las manifestaciones ni hablarle al pueblo, quiero estar presente con estos versos que escribí en tres días”.

El titulo lo explicaba todo: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (…). Un televisor a los pies de la cama lo mantenía al tanto del proceso electoral; novelas policiales, que tanto le gustaban eran mejor sedante que las inyecciones cada vez mas necesarias. Hablamos de Francia, de su ultimo cumpleaños en la casa de Normandía donde los amigos habíamos llegado de todas partes para que Pablo sintiera un poco menos la geométrica soledad del diplomático famoso, y donde con gorros de papel, largos tragos y música lo despedimos (él lo sabia, y nosotros sabíamos que él lo sabia). Hablamos de Salvador Allende que había venido a visitarlo en esos días sin previo aviso, sembrando la estupefacción con un helicóptero inconcebible en Isla Negra; y por la noche, aunque insistíamos en irnos, en que descansara, Pablo nos obligo a mirar con él un horrendo folletín de vampiros en la televisión, fascinado y divertido al mismo tiempo, abandonándose a un presente de fantasmas mas reales para él que un futuro que sabia cerrado. En mi primera visita, dos anos atrás, me había abrazado con un hasta pronto que habría de cumplirse en Francia; ahora nos miro un momento, sus manos en las nuestras, y dijo: “Mejor no despedirse, verdad”, los fatigados ojos ya distantes.

Fragmento de texto la compilación de Julio Ortega “Palabra de escándalo” (Tusquets, 1974)

Articulo: http://www.mer.cl 23/09/2012

Alicia RINALDI/ Fernando VALLEJO: “América Latina es el continente de la libertad”


ENTREVISTA|Escritor nacido en Colombia
Fernando VALLEJO: “América Latina es el continente de la libertad”
Por Alicia RINALDI

Próximo a cumplir 70 años, el autor de “La virgen de los sicarios” habla de la soledad y la muerte, de su peculiar método de escritura, y cuenta que planea escribir un libro titulado “El desastre”.

Polémico y provocador, Fernando Vallejo (Medellín, 1942) hizo de la diatriba un arte, un regodeo de su manejo del español, con el cual apunta en su obra la ira contra Colombia, las religiones, con espacial esmero la Iglesia Católica, los políticos o la superpoblacion mundial.

Con igual vehemencia defiende la vida de los animales, es vegetariano desde 2003 y sentencia que “no puede haber una moral que no los incluya como nuestro prójimo”. Se enoja porque tampoco lo hicieron Cristo, un “personaje mítico”, ni Mahoma, un “sanguinario”, en el cristianismo y Islam. Consecuente, dono el dinero de los premios Rómulo Gallegos y de la FIL a asociaciones protectoras de perros abandonados.

Atractivo central del Festival Internacional de Literatura que se acaba de desarrollar en Buenos Aires (Filba), un Vallejo sonriente, apacible y calido dialogo con “El Mercurio” sobre los temas que atraviesan hoy su escritura y sus desvelos.

Después de estudiar filosofía, biología y música, el narrador ha publicado diez novelas, tres biografías y varios ensayos. Egresado de Cinecittà en Roma, hizo tres películas pero se desilusiono de ese “género menor” que asegura “va a acabar” pronto.

-¿Cómo vive el proceso creativo de sus obras?
-Cada vez que acabo un libro no quiero volver a escribir mas; con el tiempo vuelvo a caer en el pecado, a planear otro, a pensar, y un día, de repente, empiezo a escribir y sigo hasta que lo termino en unos cuantos meses, sin para.

-¿Tiene algún método?
-Escribo todos los días, varias horas hasta que me canso y nunca miro para atrás, nunca releo. Apenas lo escribo le doy un vistazo de un día para otro, pero nunca vuelvo a corregir. Es una costumbre que adquirí cuando no había computador, sino maquina de escribir; como mis novelas no están divididas en capítulos, dejaba el texto limpio mecanografiado y ya no volvía atrás. A veces quedaban con contradicciones o repeticiones, pero se las dejaba.

-¿Esta escribiendo en estos días?
-Estoy planeando otro libro, pero el problema es que los géneros literarios son muy estrechos para lo que quiero decir. Me he dado cuenta de que tengo que hacer un género que  no sea novela, biografía ni ensayo de tesis, sino un libro simplemente. Voy a escribir uno que se llame “El desastre”. La vida es un desastre y ahora le sumamos el derrumbamiento económico, ecológico, demográfico y de todo tipo que se viene; es inminente.

-¿Cómo surgió ese yo excesivo y exagerado de sus novelas?
-Nunca quise escribir en tercera persona porque es un género del pasado sin razón de ser, absurdo, puesto que no podemos estar en la mente de otro. Solo podemos estar en lo nuestro, no podemos reproducir conversaciones, no andamos con una grabadora por la vida.

-Cuando se refirió a la literatura iberoamericana como “pobre y sosa”, ¿hablaba de ella en su conjunto o de las nuevas generaciones?
-Hablo al cálculo porque no leo, no tengo interés de leer literatura desde hace mucho tiempo, no me interesa lo que me vayan a decir; sospecho que no me van a revelar nada y no quiero saber más de lo que ya sé y de lo que he descubierto por mi mismo. Ojeo libros y digo “éste no sabe escribir” porque es pobre sintáctica y lexicográficamente, es manido. Es muy fácil ojear un libro por cualquier parte y ver si estas ante un escritor bueno o no.
¿Quién esta escribiendo una gran prosa como Mujica Lainez o Azorín?, muy pocos. Además, a los jóvenes les toco un idioma en bancarrota y paupérrimo.

-¿Cómo ve a América Latina en cuanto a la libertad para expresarse y crear?
-América Latina es el continente de la libertad. Nuestros países son los únicos donde se puede hablar libremente temas de religión que en otro lado serian tabúes o nos podría costar la vida, por la simple razón de que nunca tuvimos guerras religiosas. Europa se desgarro en las guerras de la Reforma y la Contrarreforma; es un cuento que Francia y Holanda sean países muy libres, son países casi musulmanes. Es como si no hubieran tenido el Siglo de las Luces, los enciclopedistas; las luces están apagadas. Las cosas que digo acá en Argentina, o en Chile, no las puedo decir en Francia ni Holanda. En un país musulmán tampoco, porque me matan.

-Pese a su crítica feroz a Colombia y a que lleva 40 años viviendo en México, toda su obra transcurre en su país. ¿Necesita volver a sus raíces?
- Si, yo nunca me liberé; he seguido siendo colombiano, conservé el acento y nunca rompí los vínculos, siempre he estado yendo y volviendo. Solo he escrito sobre Colombia en las novelas y las tres biografías son de personajes colombianos. Es que uno nunca se va, el país lo acompaña, la infancia sigue pesando sobre uno, la juventud y lo que vivió. Entonces uno se va física pero no espiritualmente, que es lo que cuenta.

-En sus últimas novelas, “Entre fantasmas”, “La rambla paralela” y “El don de la vida”, habla de la vejez y la muerte. ¿Le preocupan esos temas?
-Claro. La vida es un desastre desde que nacemos y cada momento tiene problemas distintos; uno solo resuelve algunos y siempre le caen otros. Va viviendo cosas diferentes y las que yo vivo ahora son que la gente que me acompaño en el planeta se me ha muerto, familias, amigos. Me voy quedando solo. Tengo la fortuna de ser escritor y tener relaciones con los jóvenes, pero los viejos están arrumbados en la basura de la sociedad. La gente se va quedando sola después de los 50, 55 años. También el tiempo va corriendo a una velocidad asombrosa. Es un tema que la literatura no ha logrado captar.

-¿Cree que haber escrito libros es una forma de alcanzar la inmortalidad?
-No, nada va a quedar, todo se olvida rápido. La gente se muere y va al cementerio o al crematorio y al olvido. Antes había posibilidad de quedar, en el siglo XIX o parte del XX. Ahora cada vez menos, porque la gente, los libros, las películas, los políticos, los cambios son demasiados. La memoria no tiene espacio para cargar con tanto nombre y tanta gente. No hay posibilidad de inmortalidad.

-En 2005 decía que quería morir en México, pero en 2007 prefería Medellín.
-Pues, pienso morirme en Medellín. La casa donde nací esta tal cual, he vuelto varias veces, la vi muy estrechita. El tiempo, la vida, dirá donde termino, pero seguro en uno u otro país, no en un tercero.
  
Articulo: http://www.mer.cl 23/09/2012

Alberto GORDO∕La vida salvaje de THOREAU

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