dimanche 29 juillet 2012

Pedro Pablo GUERRERO/ IWASAKI: «Mis libros nunca han estado entre los más vendidos, sino entre los más saldados»


Escritor Peruano
IWASAKI: «Mis libros nunca han estado entre los más vendidos, sino entre los más saldados»
Por Pedro Pablo GUERRERO

Invitado por el Centro Cultural de España, el escritor peruano radicado en Sevilla visitara Chile para hablar acerca del flamenco, las ficciones apocalípticas y los escritores más excéntricos de su país.

Fernando Iwasaki (Lima, 1961) publico hace siete años una novela ambientada en el siglo XVII, escrita al mas puro estilo del barroco hispano, con una prosa digna del Siglo de Oro. Neguijón (Alfaguara, 2005) es fruto de lo que su autor llama “tesis interrumptus”. Es decir, de las investigaciones que llevo a cabo, durante años, en archivos coloniales para realizar su doctorado en historia sobre los procesos de inquisición y santidad en Lima, aunque lo que despertó su curiosidad en el camino fueron las teorías y practicas odontológicas de la época. La Universidad de Sevilla sigue esperando la tesis, pero la literatura hispanoamericana gano una de las mejores novelas históricas de las últimas décadas.

Radicado en España desde 1989, Iwasaki es un escritor sin fronteras. En sus ficciones breves, editadas por Paginas de Espuma, se pasea con soltura por la Lima colonial (Inquisiciones peruanas, 1994), el relato macabro (Ajuar funerario, 2004), la sátira (España, aparta de mi estos premios, 2009) y el cuento erótico (Helarte de amar, 2006). Queda claro que sabe titular, y que domina los juegos de palabras con la gracia de Cabrera Infante. “Nunca he dejado de reivindicar su magisterio sobre mi obra y mi manera de estar en el mundo”, declara respecto de su amigo.

Como el autor cubano, Iwasaki sabe una enormidad de cine, pero sobre todo de futbol, televisión y música. Dirige en Sevilla la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco, creada por una hispanista y mecenas estadounidense. Cuando le preguntan como llego a ese cargo, Iwasaki responde: “Muy sencillo: ¿de qué podría vivir un escritor peruano de apellido japonés en Sevilla? Sin duda de la enseñanza del flamenco. Fuera de bromas, del flamenco pago la hipoteca y los estudios de mis hijas, mientras que la literatura sobrevive como puede en una agenda colonizada por los trabajos alimenticios. En cualquier caso, ya me ocupo yo de que los caminos con ella se crucen”.

A su larga lista de obras, Iwasaki agrega varias en colaboración. Con Jorge Volpi publico una edición comentada de los Cuentos Completos, de Edgar Allan Poe (Paginas de Espuma, 2008). Experto en cuentos, junto al escritor venezolano Gustavo Guerrero preparo la antología Les bonnes nouvelles de l’Amérique latine (Gallimard, 2010).

“Ví mucha televisión”

En su libro mas reciente, Papel carbón (2012), Iwasaki recupera sus primeras narraciones, publicadas entre 1983 y 1993, cuando “queríamos que cada pagina fuera impecable”, como recuerda en el prologo. Y no se refiere a la calidad literaria, sino a los borrones, tachaduras y manchones que eran inevitables en tiempos de la maquina de escribir, antes de las cintas correctoras y el típex.

-Afirmas en tu prologo que el computador abolió para siempre una forma de escribir.
-En El sueño del Rey Rojo, Alberto Manguel demuestra que las tabletas y las pantallas han cambiado nuestra manera de leer, de forma tal que ha desaparecido una forma de leer que inauguro San Agustín. Yo era más modesto, porque solo me refería a los manuscritos originales. Estoy seguro que dentro de unos años será imposible comparar las versiones preliminares de obras acabadas – como ha ocurrido con las novelas de Faulkner – porque los procesadores de textos eliminaran las versiones anteriores si es que el propio autor no las envía directamente a la papelera.

-La televisión permea tus relatos. ¿Te has aliado a ella luego de comprender que no puedes derrotarla?
-Cuando era niño ví mucha televisión, quizá porque éramos siete hermanos y aquel electrodoméstico de compañía era muy eficaz para apaciguar a esas fieras que fuimos. Con todo, la televisión de los 60 y 70 forma parte de la educación sentimental de muchos escritores de mi generación y se podría decir que quienes fuimos niños y adolescentes por aquellos anos vimos las mismas cosas. Por otro lado, mis primeras colaboraciones en la prensa española fueron como critico de televisión. De 1989 a 1999 viví de eso. Ahora bien, sé que no me va  a creer, pero desde hace tres anos, con el apagón analógico, ha desaparecido el televisor de casa. Primero porque la programación actual no me atrae y – segundo – porque me he descubierto minusválido digital.

-En “España, aparta…” satirizabas la omnipresencia de los medios. ¿Han cambiado las cosas desde 2009?
-Mi libro pretendía ofrecer una caricatura de la llamada “sociedad del espectáculo”, concepto que ahora se discute más gracias al ensayo de Mario Vargas Llosa, pero que ya Debord había lanzado hace unos anos. Las cosas han ido a peor, desde luego, pero no solo en España sino en todo el mundo. Un ejemplo curioso es la superficie – en centímetros cuadrados -  de las imágenes y fotografías en los suplementos supuestamente literarios. A mi me gustaría que haya mas superficie de letras para leer, pero se ha impuesto la idea de abrumarnos con fotos y dibujos. Y de la televisión mejor ni hablemos.

-¿Compartes el punto de vista de Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo”?
-Comparto muchos de sus puntos de vista y otros no. La crítica de Volpi es acertada con respecto al tipo de intelectual que representa Vargas Llosa y que seguramente desaparecerá con él y con quienes somos como él. Mi discapacidad digital, por ejemplo, no me lleva a condenar los aparatos que no comprendo, las posibilidades bienhechoras que ofrecen Internet o la incesante innovación tecnológica. Yo no las puedo disfrutar en toda su magnitud, pero es maravilloso que los demás si puedan. La relación de las nuevas generaciones con la música, los libros, el cine y la fotografía muy pronto no tendrá nada que ver con la de mi generación y las anteriores, pero eso no los condena a ser menos que nosotros. Por ultimo, la banalización – como la globalización – es un fenómeno que siempre ha existido, pero que los prodigiosos recursos de nuestra época han potenciado hasta la nausea.

-¿Volverás en un nuevo libro al Siglo de Oro?
-Desde la ficción, no lo creo. Desde el ensayo y la investigación, seguro que regresaré. Se trata de una época fascinante donde el conocimiento consentía préstamos y cruces que ahora definiríamos como “posmodernos”, pero que en aquella época eran normales y naturales. Cuando Cervantes escribió el Quijote, las novelas de caballerías eran para los “frikis” de la época. Hoy el lugar de las novelas de las caballerías lo ocupan los cómics, los templarios y los vampiros metros sexuales.

Bolaño, Borges, Cabrera Infante

-Conociste a Bolaño unas semanas antes de su muerte, luego de intercambiar postales y llamadas telefónicas durante años. ¿Imaginaste que iba a se tan famoso?
-Cuando reseñé Los detectives salvajes en la revista Renacimiento, y a partir de ahí cada vez que me réferi a su obra, siempre aseguré que estábamos ante un escritor extraordinario. Entonces Roberto vivía  y sin embargo yo ignoraba que estuviera tan enfermo. Para mi Bolaño no toco una tecla en especial sino que escribió desde otro lado, acaso sabiendo que se trataba de un lugar sin retorno. Luego algunos despicados han creado una leyenda absurda, colmada de excesos y malditismos que no lo representan en absoluto. Con todo, creo que los lectores jóvenes fueron hechizados por esa literaria, gamberra y cosmopolita de los poetas del real visceralismo.

-En tu caso, ¿sentiste en algún momento la necesidad imperiosa de desprenderte del hechizo de Borges?
-No hay que desprenderse jamás ni de Borges ni de los Beatles.

-¿Crees que, como Cabrera Infante, ocupas una posición excéntrica en el canon latinoamericano?
-Si Guillermo no es un autor más central o céntrico es única y exclusivamente por razones políticas. De hecho, estoy seguro que dentro de unos años su obra y su figura serán revalorizadas en su justa medida. ¿Cuántas personas han leído O y Exorcismos de esti(l)o? ¡Y sin embargo son fastuosos! Lo mío es distinto, porque no puedo pretender compararme con él. Yo si puedo ser excéntrico, marginal y atípico porque es verdad: no estoy en el centro de nada y mis libros nunca han estado entre los más vendidos sino más bien entre los más saldados. Por lo tanto, no hay punto de comparación.

-¿Es autobiográfico tu cuento “La sombra del guerrero”, sobre un hijo de japonés y peruana que no frecuento la colonia Nikkei ni hablaba de sus ancestros?
-Ese cuento será el primer latido de una novela que todavía no he escrito y que me gustaría dedicar a la memoria de mi abuelo, quien murió en Lima durante los anos de persecución de la colonia japonesa, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a mediados de los 80 yo ni siquiera sabía que mi padre era bilingüe y que su japonés es del siglo XIX. Eso lo descubrí en Sevilla, gracias a que Reiji Nagakawa – traductor al japonés de Shakespeare y Joyce – converso con él y me lo contó. Me habría encantado que mi padre nos hubiera enseñado la lengua en la que mi oji (abuelo) le contaba kwaidan antes de dormir. Pero mi padre quedo huérfano a los doce años y tuvo que esconderse – como muchas familias japonesas -  en parroquias y salvaron de las palizas y deportaciones al campo de concentración de “Cristal City” en Texas. Yo creo que mi padre – “japonés” para los peruanos y ainoko para los japoneses – enterró su memoria japonesa como estrategia de supervivencia.

-¿Afecta la actual crisis española tu escritura literaria?
-Siempre he estado más cerca del sarcasmo que de la depresión. La crisis europea es dura y parece mentira que en apenas dos generaciones la sociedad haya olvidado las penurias de las posguerras mundiales y civiles. Eso es algo que los latinoamericanos jamás olvidamos, porque nacemos con la conciencia de la crisis.

Articulo: http://www.emol.com/ 21/07/2012

Juan Antonio GONZÁLEZ IGLESIAS/'El laberinto del mundo', de Marguerite YOURCENAR


De poética memoria
Por Juan Antonio GONZÁLEZ IGLESIAS 

'El laberinto del mundo', de Marguerite YOURCENAR, es su búsqueda del tiempo perdido: el más mínimo recuerdo desata una retrospección colosal. El libro reúne sus tres tomos de memorias —'Recordatorios', 'Archivos del Norte' y '¿Qué? La eternidad'—

La conversión de la realidad en literatura es uno de los más curiosos empeños del ser humano. Por eso mismo es uno de los rasgos que nos definen como humanos. Y fue el principal empeño de Marguerite Yourcenar. El laberinto del mundo conforma una monumental autobiografía a la que dedicó quince años de escritura, los últimos de su vida. El primer volumen de la trilogía, Recordatorios, vio la luz cuando su autora estaba a punto de cumplir los setenta años. El segundo, Archivos del Norte, cuando se acercaba a los ochenta. Y el último, ¿Qué? La eternidad, se publicó póstumo e inconcluso. En esta evocación general de su pasado se cumple la tendencia general de Marguerite Yourcenar a ser más una narradora que una novelista: una narradora que pone al día la antigua tarea de hacer poética la realidad. La primera frase, “el ser humano al que llamo yo”, va más allá de una sorprendente perífrasis. Con ese principio prodigioso inicia un relato en el que ella misma es tratada como “un personaje histórico que hubiera intentado recrear”. A la manera de su admirado Borges, Yourcenar se deja llevar por el sueño cervantino y el quijotesco con todas las consecuencias.

Si lo pensamos bien, Marguerite Yourcenar es en realidad un personaje literario inventado por Marguerite de Crayencour cuando modificó su apellido real por un anagrama lleno de consecuencias. Al elegir un apellido “por el placer de la Y” se conectó con un linaje cultural, que tiene su origen en Grecia. Al mismo tiempo, dio el primer paso para desvincularse definitivamente de su familia de sangre. Yourcenar acabó siendo su apellido legal. Cuando escribe El laberinto del mundo, el universo de la escritora ha dado un giro completo: ahora Marguerite de Crayencour es el personaje literario de Marguerite Yourcenar. Las nociones narratológicas son ya muy precisas: la narradora es M. Y. Su protagonista es M. de C. Naturalmente, todo esto no se reduce a un juego. Quijotesca, más que cervantina, es esta apuesta para cambiar el mundo con lo que uno ha leído y con lo que uno mismo escribe. Cambiar el mundo con la literatura.

En una autora que estuvo influida por Gide y por Montherlant, nos encontramos con una obra final bajo el signo de Proust. El laberinto del mundo es su búsqueda del tiempo perdido. El más mínimo recuerdo, suyo o de cualquiera de sus familiares o informantes, desata un relato por el que merece la pena extraviarse, hasta llegar al origen del mundo en una retrospección colosal. Pugnan en el relato general dos conceptos del tiempo antagónicos: el lineal y el circular. Lineal, porque las palabras se suceden como el agua que fluye, por utilizar otro título yourcenariano. Pero una fuerte circularidad tiende a que todo retorne. Es el tiempo cíclico de los orientales, pero también el de nuestros antiguos griegos y romanos. Ahí se encuentra la clave de una de las últimas escritoras que merecen realmente la calificación de humanista: el pasado grecolatino, Oriente, especialmente Japón, y el Renacimiento. Esta mujer, que tanto ha despejado nuestro futuro, se pasó la vida inmersa en el pasado. Al principio de Archivos del Norte cita dos versos célebres de Homero: “¿Por qué me preguntas por mi linaje? Como la generación de las hojas, así la de los hombres”. En ellos se resume la visión pagana del mundo: el paso del tiempo no es ni bueno ni malo. Los seres humanos se suceden como las hojas que caen cada otoño y renacen cada primavera.

Los archivos en un sentido muy amplio contaban con una realidad casi literaria, en la que se englobaba todo lo que ya estaba escrito sobre esa región y sobre su propia familia. En los datos familiares entra todo tipo de textos: la familia paterna es muy consciente de su posición en el mundo, editaba un boletín interno con sus noticias propias, y contaban con datos de todo tipo, anotados por distintos parientes. Todo, desde los archivos más grises hasta los apuntes más humildes de su madre, es leído poéticamente por Yourcenar. Por eso, al dibujar el trazo último de uno de sus tíos, cambia la expresión habitual “de piadosa memoria” por otra nueva, polivalente y despejada, más acorde con el retratado: “De poética memoria”.

La frase “el ser humano al que llamo yo” inicia un relato en el que ella misma es tratada como “un personaje histórico que hubiera intentado recrear”

Ya los patricios romanos solían escribir sus memorias como una contribución a la historia futura. Yourcenar aplica una doble paradoja. En primer lugar, estos relatos se orientan hacia la novela, no hacia la historia. La narradora no duda a la hora de atribuir a sus personajes pensamientos, sueños o palabras sin documentar. Y —ésta es la paradoja más curiosa— los miembros de la familia de Yourcenar ya han sido protagonistas de sus novelas anteriores. Por poner sólo un ejemplo, la pareja formada por Jeanne y Egon inspiró la primera novela de Yourcenar, Alexis o el tratado del inútil combate, y otra posterior, El tiro de gracia. Uno de ellos maneja para otros asuntos el título mismo de El laberinto del mundo. Sin embargo en esta autobiografía es cuando los conocemos de verdad. A cambio, la propia Yourcenar se inscribe en su propia obra de ficción: “Me gustaría tener por antepasado al imaginario Simon Adriansen de Opus Nigrum”. Unos años más tarde, encontraremos en el epitafio de la escritora unas palabras de esa novela suya. En resumen: todos los materiales biográficos recogidos no se destinan a la historia futura, sino a la ficción pasada.

Esta mujer lúcida se autorretrata inscrita “en las coordenadas de la Europa cristiana y del siglo XX”, que en gran medida siguen siendo las nuestras. Contempla, de cerca y de lejos, la Primera Guerra Mundial y vislumbra los horrores siguientes. No obstante, le cuesta olvidar que perteneció a otro mundo. Un mundo presidido por la cortesía. Todos o casi todos se hablan de usted, incluso los miembros de un matrimonio. Yourcenar es la mujer que sólo tuteó a tres personas en su vida. En su mundo perdido los personajes son aludidos elegantemente por sus iniciales. Se habla de la vida “en provincias” como categoría literaria. Se llama “el siglo” al tiempo. Se distinguía el latín de sacristía del latín del bachillerato. El homoerotismo masculino y el femenino constituyen regalos preciosos, igual que la iniciación sexual temprana, porque todo lo relacionado con el cuerpo es natural.

Es posible que todo haya sido visto ya, pero “no ha sido narrado”, dice la escritora. Puesto que tiende a comportarse como sus personajes, hay que entender simbólicamente algunas de sus explicaciones. En cierta ocasión su padre conversa con un cura. “Más que confesarse lo que hace es contar su vida”. También ella, en este juego de paradojas, más que contar su vida lo que hace es confesarse. A la manera de las Confesiones de Agustín, de los Ensayos de Montaigne, de los Diarios de Stendhal.

Esta mujer, que tanto ha despejado nuestro futuro, se pasó la vida inmersa en el pasado. Es posible que todo haya sido visto ya, pero “no ha sido narrado”
Lo que en su momento apareció como tres volúmenes sucesivos (tanto en francés como en español) se publica ahora en un solo tomo. Esto supone una edición definitiva, que cumple el proyecto unitario de su autora. Merece una celebración en condiciones. Por eso me atrevo a descender a los detalles, como algunas erratas que deben de haber nacido del escaneado (“aterrarme” en vez de “aferrarme”). Creo igualmente que deberían transcribirse al español los nombres y apellidos que tengan tradición en ello, como Alberto I (y no Albert I), o el príncipe Félix Yusupov (no Youssoupoff). No son un detalle, en cambio, las erratas en la cita de la Ilíada, al principio de Archivos del Norte. Procede del canto VI (no del VII) y la alfa debe ocupar el lugar que le corresponde. Tanto si el lector puede leer aquí los dos versos en griego como si acude a leerlos en Homero, la referencia debe ser impecable. Cuando Marguerite Yourcenar citó a Homero en griego confió en unos ciudadanos futuros capaces, como ella, de transmitir lo mejor del pasado para cambiar el mundo. Probablemente pensó en ciudadanos que pudieran, como ella, leer con soltura los dos idiomas clásicos. Pido, en fin, un índice onomástico, similar al que la editorial incluyó en las Cartas a sus amigos, otro gran volumen con el que comparte muchos personajes. Sería lo lógico en un libro de memorias, cuyos protagonistas son reales, más allá de la leve tendencia a la ficción. Sería bueno poder localizar con facilidad a Julio César o al zar de Rusia, a Robespierre o Goethe. O simplemente el momento en el que la joven Yourcenar se encuentra con el rey Alberto I de Bélgica, en el estreno de una obra de Pirandello. Sería bueno poder rastrear las variadas y esclarecedoras referencias a España, “ese país salvajemente autóctono”.

A El laberinto del mundo le conviene una afirmación de Italo Calvino, según el cual un clásico es un libro que equivale al universo. Marguerite Yourcenar, acostumbrada a comparar lo grande y lo pequeño, escribe: “Los retazos de una vida son tan complejos como la imagen de la galaxia”. También le conviene una teoría de Umberto Eco sobre la línea y el laberinto. Piensa Umberto Eco que es un mérito del pensamiento latino (seamos precisos: del que se formuló en la lengua de Roma) el haber convertido el laberinto en línea. Sólo al cerrar el libro comprendemos que la línea tan nítidamente trazada por Yourcenar no es recta, sino curva.

El laberinto del mundo. Marguerite Yourcenar. Traducción de Emma Calatayud. Alfaguara. Madrid, 2012. 800 páginas. 26 euros (electrónico: 12,99).

La Villa Yourcenar

En su batalla contra el tiempo, los grandes narradores se amaran al espacio. Por eso Yourcenar convierte en literatura su territorio natal. Un país en el centro de Europa, crucial para la historia del continente, que sin embargo necesitaba de una gran precisión poética, como le sucede a la biografía de la propia Yourcenar. En la fórmula Archivos del Nortepuede parecernos que la categoría prosaica es “archivos” y la poética es “Norte”. Pero la realidad que se encontró Yourcenar era justamente la contraria.

Como La Mancha para Don Quijote, el Norte es la región poética de Yourcenar. Ella nos cuenta otra vez la victoria de César sobre galos y belgas. Encuentra en la Edad Media un primer nombre literario: Flandes. Posesión de sus condes y de los duques de Borgoña. Y de los reyes de España, ya que el Flandes español es para ella otra unidad narrativa. Después, se convierte en provincia de la monarquía francesa, y finalmente en departamento de la república. La Revolución le cambia el nombre por el del Norte, aparentemente más prosaico. Yourcenar lo ha poetizado para siempre, convirtiendo la denominación administrativa en una categoría poética. La prefectura en literatura. A partir de ahí, todo. Por ejemplo, este retrato de su padre: “Un hombre del Norte que amaba todo lo que fuera del Sur”.

En la frontera de Francia con Bélgica transcurrió la infancia de Yourcenar. Entre dos grandes ciudades como Lille y Bruselas. Cerca de otras cada vez más pequeñas, como círculos concéntricos: Bailleul y Saint-Jans-Cappel. El punctum de ese mundo es el Mont-Noir, la finca familiar con la gran mansión en la que vive su abuela, terrible como una Bernarda Alba nórdica. Yourcenar tardó 75 años en volver a esos parajes, para inaugurar en el pueblo un sencillo museo. No sé si en aquel momento pudo imaginar que unos años más tarde, cuando ella no estuviera ya en el mundo, el Mont-Noir, su casa solariega, se convertiría en un parque natural protegido, abierto a todos los ciudadanos. Aunque el castillo fue derruido en la Primera Guerra Mundial, el Departamento del Norte (hablamos de la entidad gubernativa, sin dejar de hablar de literatura) ha habilitado la casa del guarda, una especie de mansión en miniatura, como residencia para escritores europeos. El ciclo de la vida y la escritura se renueva en las mismas tierras en las que la niña Marguerite recogía frutos del bosque. Hablando de otra finca, de su familia materna, Yourcenar evoca los gritos de los pavos reales y el té que se servía en la terraza. Nos cuenta algo muy parecido: que había pasado a ser un parque natural. “La mansión gozaba de una de las suertes más hermosas que pueden caerle encima a una vivienda desafectada: servía desde hace poco de biblioteca comunal”. Esa sencilla anticipación de lo real, lo que en otro tiempo se llamó profecía, también es propia de un libro clásico.

Articulo: http://cultura.elpais.com 28/07/2012

A los 86 años muere Miguel ARTECHE, Premio Nacional de Literatura 1996


A los 86 años muere Miguel Arteche, Premio Nacional de Literatura 1996

El poeta llevaba diez años retirado de la vida literaria, aquejado de una enfermedad muscular. En 55 años de trabajo, publicó decenas de obras.

SANTIAGO.- Llevaba diez años sin publicar nuevos títulos por decisión propia: Tras la salida a la luz del poemario "Jardín de relojes", determinó que simplemente había llegado la hora de retirarse.

Una llama en la vida de Miguel Arteche se había apagado entonces, y otra terminó de extinguirse anoche, cuando el poeta y Premio Nacional de Literatura 1996 murió a los 86 años a causa de una insuficiencia respiratoria, y tras varias temporadas aquejado de una compleja enfermedad muscular (arteritis temporal).

Sin embargo, una obra que comenzó hace 65 años con la publicación de "La invitación al olvido" (1947), y que desde entonces se desarrolló hasta elevarlo como uno de los principales poetas locales, devuelven hoy a Arteche al lugar que en las últimas temporadas sólo ejerció como observador.

El poeta nació en Nueva Imperial en 1926, como Miguel Salinas Arteche, nombre que invertiría en su primera firma literaria, y que legalizaría décadas más tarde. Su formación no comenzó en las letras, sino en el derecho, carrera que intentó cursar, pero que abandonó en el segundo año.

Ya tenía claro que la literatura era su norte, y a ella se integró formalmente con apenas 21 años, tras unos primeros pasos como escritor en su época escolar. Y durante los siguientes 55 no se detendría: Veinte poemarios, pero también cuatro novelas, colecciones de cuentos y decenas de ensayos completan su obra.

Toda esa trayectoria fue reconocida en 1996 con la máxima distinción que un escritor chileno puede recibir: El Premio Nacional de Literatura, que obtuvo por unanimidad del jurado.

No ocurrió lo mismo en 2000, cuando desde la nómina de jueces se negó a firmar el acta que entregaba la distinción a Raúl Zurita, acusando que el autor de "Purgatorio" no tenía "oficio de poeta". Fue uno de los últimos episodios que marcó a Arteche en otro de los roles que cumplió en el mundo de la literatura local: El de polemista.

En ese ámbito, también anotó desencuentros con Nicanor Parra, en quien cuestionó la fórmula de la antipoesía, y con Volodia Teitelboim, sobre quien dijo que había recibido el Premio Nacional debido a razones políticas.

Tras su retiro, no habrían quedado más poemas de Arteche por publicar, según reconoció en una reciente entrevista con "La Tercera". Sin embargo, sí habría dos novelas que permanecerían inéditas en el hogar del escritor, donde vivía con su esposa, Ximena Garcés, con quien se casó en 1953.

El matrimonio se produjo mientras ambos estaban en España, donde se conocieron y donde Arteche cursó estudios de literatura, en la Universidad de Madrid.

Luego, el poeta regresaría a ese país como agregado cultural del gobierno de Eduardo Frei Montalva (para quien escribió el célebre himno de la Patria Joven). Esa labor no sería la única que el autor tendría por fuera del ámbito estrictamente editorial: Además, escribió en "El Mercurio" y "Las Últimas Noticias", fue profesor universitario y subdirector de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (1990 y 1991), entre otros pasos.

También fue miembro activo de organismos como el Colegio de Periodistas y la Sociedad de Escritores de Chile.

Por lo mismo, es que su muerte golpea en prácticamente la totalidad del mundo cultural, que lo despedirá a partir de las 13:00 horas de hoy, cuando sus restos lleguen para ser velados a la parroquia Santo Toribio, de Las Condes (rotonda La Capitanía). Allí mismo se efectuará una misa mañana, a las 13:00 horas.



La luz bajaba desde la colina.
El sonido de un tren, un paso que he perdido.
Juventud, herida de otro tiempo,
te alejas soñolienta
como una verde lámpara sepultada en la noche...

Algo silencioso
estaba junto a mí. La lluvia
penetraba los techos perfumados.
Juventud, perdiste tu campana antigua,
tu yelmo mágico,
tu vara transparente.

Ésta es mi habitación. Ésta tu llama.
Éste el vestido. Ésta tu cintura.
"Tu nombre", dijiste, "se ha perdido en la sombra.
Búscalo más allá, detrás de las colinas".

Era yo el que cantaba.
Nadie ha de saciar nuestro encuentro perdido.
Me perdí en el bosque. Partiste a los canales.
La luz bajaba desde la colina.


COMIENZO

El jardín se ha posado en mi jardín.
Toda su galaxia resplandece a medianoche. 
Los árboles destellan, las flores fulgen. 
Tiene el césped una tersura de nimbo. 
Bajan los Transparentes 
y de sus cuerpos surgen peldaños de escala. 
Los Radiantes me llaman con sus cristales. 
Mis años descienden en el cáliz de un instante. 
Los Centelleantes me han rodeado 
y me tienden sus ojos de oro.
El amor es una paloma de fuego que elevan.
Por fin llegaron. 

DAMA

Esta dama sin cara ni camisa, 
alta de cuello, suave de cintura, 
tiene todo el temblor de la hermosura 
que el tiempo oculta y el amor desliza. 
Esta dama que viene de la brisa 
y el rango lleva de su propia altura, 
tiene ese no sé qué de la ternura 
de una dama sin fin, bella y precisa. 
Aunque esta dama nunca duerma en cama 
parece dama sin que sea dama 
y domina desnuda el mundo entero. 
Esta dama perdona y no perdona. 
Y para eso luce una corona 
esta dama que reina en el tablero.



A mi hermana muerta

La niña de la oscuridad, 
la niña que tiene el rostro en la oscuridad 
de los jardines sombríos: 
en donde llueve y nadie sabe 
o solo sabe que la niña lleva 
la mitad de su rostro, 
la mitad de sus ojos:
.........la niña
de la oscuridad,
volado el rostro,
el rostro en sangre que derrama 
sobre las flores: la niña que me llama 
sobre la lluvia que no cae, 
en su mitad perdida, 
en los jardines sombríos de la tierra.



Hay hombres que nunca partirán, 
y se les ve en los ojos,
pues uno recuerda sus ojos muchos años después de que han
partido.

Pueden estar lejanos,
pueden aparecer a medianoche 
(si están muertos)
y jugar a que viven.
Pero siempre, con la desolación de su ausencia, 
uno comprende que no han vivido en vano, 
y que su esperanza
es la única esperanza digna de ser vivida.

Y los hombres que nunca partirán 
suelen no aparecer en los periódicos, 
no se habla de ellos en las radios, 
su imagen no gesticula en la televisión: 
no son gente importante, 
no circulan entre las altas esferas. 
........Son aquellos 
que aceptaron el sufrimiento 
y lo hicieron suyo para la salvación de otros hombres
sin decir una sola palabra: 
pero dejaron abiertos, bien abiertos sus ojos
para que nunca los olvidemos cuando ellos hayan partido.



Si entras a esa casa, a medianoche, 
si entras en ese mundo, 
y sigiloso y en puntillas dejas 
quietas las manos, con cuidado 
no respiras, y si los ojos fijas 
en una hoja de papel en blanco 
por algunas semanas, y luego te desprendes, 
aunque es difícil, de tu cuerpo, 
o si lo dejas en los años que te quedan 
por vivir, y nadie hay en la casa, 
y nadie hay en el mundo de la casa:

verás que el cigarrillo enciende al fumador, 
y el vino se bebe al embriagado, 
y el libro lee a su lector, 
y la chaqueta se viste de su dueño, 
y el pan engulle a sus hambrientos, y el espejo 
se mira en el azogue de la dama, 
y de improviso se enciende una pared, 
y asoma una cabeza, y la saludas, 
o muy de súbito sale de tus hombros 
el niño que serías, y lo besas, 
o una mano en el aire arroja de improviso 
abejas de oro sobre tu cabeza, 
o ves llegar la madrugada 
y te duermes
en otra casa, y en el sueño tratas 
de buscar lo que has perdido: 
ese mundo real que ya no tienes,
porque entraste en el mundo de los ojos irreales.

Salvo que entraras de nuevo en esa casa...



Este es el fin del Cristo abandonado, 
el fin de la lanzada, el clavo y el vinagre, 
el nunca más de la Resurrección, 
el siempre de la muerte en el Sepulcro, 
el fin del pan que multiplica 
la sangre, el fin del buen ladrón y Magdalena, 
el fin del hombre Lázaro sin muerte. 
Este es el fin del traidor en Judas, 
del cobarde en tu Juan, 
el fin de la ramera perdonada, 
la huida en mercader y a latigazos,
el balbucear del rico que entra al cielo 
cada cien mil años, y el sisear del pobre
descoyuntado a huesos por el rico.
Esta es la fuga a noches en el asno,
el apagarse de la estrella, 
el reventar de los belenes, el estallido 
de la pregunta que no dice
José de Arimatea.
Este es el fin
del centurión y de los lirios
del campo (mirad los lirios del campo, y Salomón con toda
su gloria no pudo alimentarlos).
Este es el fin: buscadme ahora, 
decidme ahora que no sea 
el fin de la Palabra
(en el principio la Palabra, en el principio
las tinieblas que jamás,
se van), y el río que a los mares 
se va, según el Cristo, y el Cristo no regresa: 
se va, se fue: lo dejo escrito 
a ver si no es el fin, a ver si en esta noche 
Tú no me has abandonado.



Te llama el sur esta noche, te llama como nunca 
el corazón secreto de la lluvia, te llama un perfume 
dejado en la distancia y que regresa ahora. 
¿Hay algo para el cuerpo que espera con nostalgia, 
algo para su sed, para el canto que escapa; 
hay algo, viene algo por el cielo, no oculta la cordillera 
nuestra pregunta insomne, no guarda su pecho oscuro 
la respuesta a ese tiempo que desde el mar avanza? 

¿Es eso lo que recuerdas, es ese ser oculto que por las calles
canta,
es ese vagabundo que duerme en la basura, 
con los zapatos rotos y la cara hacia el cielo, 
en una horrible mueca?
¿Es eso lo que recuerdas, es eso que por las ramas 
insiste en la primavera:
la joven esposa muerta, la huella de los hombres 
en el parque mojado? ¿Era eso en la noche, 
eran las luces secas de brillos petrificados 
en las calles del lujo? 

Para ti, tierra, las vidas de los hombres solitarios, 
los niños harapientos jugando entre la lluvia, 
los nombres, las fechas y las personas muertas; 
para ti las tormentas, las colinas purpúreas, 
las castañas en duros zurrones afilados, 
las lámparas en grandes
habitaciones, los vientos, 
los vientos sobre plazas desiertas, 
mientras las hojas secas en el sediento asfalto 
acumulan la futura lluvia que aparece. 

Es cierto: porque cuando pasas sobre la noche; 
cuando, sigilosamente, aparece la lluvia,
y recuerdo los seres que pasaron, 
el calor de unas sienes doradas por el vino; 
cuando cruza el otoño -rojo de furia triste-
por semáforos, autobuses, tiernas escalinatas, 
¿hay algo en esa cara que interroga hacia el aire 
de un día que soporta otro día lejano? 

Para aquéllos las luces llenas de terciopelo, 
las sibilinas voces de perfumes, las vagas 
promesas de placer en cálidos recintos; 
para ellos las noches de promesas ocultas, 
las estampas de un invierno pasado, 
el entierro lejano, el humo 
sobre el parque. Papeles enloquecidos 
caen hacia un otoño rabioso que se acerca.
Están sobre los puentes acumulando angustia, 
el agua tiene secos reflejos afiebrados, 
sus ojos se adormecen, fiebre y frío penetran 
los ansiados retornos que por el río pasan. 
¿Qué han perdido en las noches, 
en la esquina poblada qué interrogan sus caras? 
Hablan del mar cercano (el viento se estremece, 
el viento cruza y pasa) y apretados esperan 
un ayer imposible para un futuro incierto. 

Tierra, tierra sobre deseos, sobre puentes y ramas, 
sobre arenas desiertas, sobre pasos que mueren, 
¿qué buscas, qué esperas 
para alcanzar un rostro, un harapo, una mano quemada 
por la moneda avara? ¿Es que esperas sus muertes 
en la noche, sólo sus vidas hoscas 
consumidas sin haber conocido 
el hueco de un calor, 
el sueño sin temores, el alba 
por fin mágica y buena? 

Articulo: http://www.emol.com/ 21/07/2012

Francisco VÉJAR/Thomas WOLFE: Tras la fuga del tiempo


Thomas WOLFE (1900-1938)
Tras la fuga del tiempo
Por Francisco VÉJAR

Llega a librerías El niño perdido y otros relatos, la primera traducción chilena de una obra de este autor norteamericano, integrante de la llamada “generación perdida”, junto a John Steinbeck, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway.

“En Norteamérica hay tres grandes escritores: primero esta Wolfe, después yo, y después Hemingway”. Así sentencio el escritor William Faulkner, en 1947, dos años antes de recibir el Premio Nobel de Literatura. Y el tiempo le ha dado la razón. Una prueba de ello es la reciente publicación de El niño perdido y otros relatos por Tajamar Editores. El volumen, traducido por Oscar Luis Molina, contiene tres relatos inéditos en lengua castellana: “Oscuro en el bosque, extraño como el tiempo” y “Lo distante y lo próximo”.

El libro incluye además la nouvelle “El niño perdido”, cuya trama da cuenta de la muerte en Saint Louis del hermano de Wolfe, Grover, cuando tenia doce años. Cargada de lirismo y contada en varias voces, comienza con la del propio Grover. “Aquí esta la plaza tal como ha estado siempre, y la tienda de papá, el cuartel de bomberos y el municipio, la fuente y los pulsos de su surtidor, los tranvías que llegan y aparecen por un cuarto de hora”. Luego habla la madre, después la hermana y finalmente el hermano. “Eugene supo que los ojos oscuros y el rostro sosegado de su amigo y hermano – pobre niño, extranjero de la vida, exiliado de la vida, perdido como todos nosotros, una cifra en laberintos ciegos, hace tanto tiempo -, que el niño perdido se había marchado para siempre y jamás regresaría”.

La principal inquietud de Wolfe es el paso del tiempo y las pérdidas que ese transcurrir conlleva. La descripción del pasaje desplegada en esta ficción, que lleva necesariamente a reconstruir la América provinciana de principios del siglo XX que tanto fascino a escritores como Truman Capote y Jack Kerouac, no ha perdido su frugalidad. No en vano Kerouac dijo que “una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros seria llegar a escribir algo con la altura y la poesía de “El niño perdido”. El influjo de Wolfe sobre este ultimo es palpable en novelas como En el camino (1957) y Visiones de Gerard (1963); luego trascendería a toda la generación beat.

La estructura literaria de este volumen quiebra las fronteras del cuento y se transforma en digresiones y episodios que incluso podrían ser parte de algunas de sus narraciones autobiografiítas. Por ejemplo, de la ya célebre novela Del tiempo y el río, publicada por su editor Maxwell E. Perkins, el año 1935. Se manifiesta, entonces, el mismo anhelo de abarcarlo todo. No es casual que Perkins dijera de él. “Thomas Wolfe necesitaba un continente para recorrerlo, realmente o con su imaginación. Y este lugar era América. Era América lo que mas hondamente le preocupaba, y yo creo que nos revelo el país como ningún otro escritor lo hiciera para la gente de su tiempo y para los escritores y artistas del mañana. Ciertamente, tenia algo que decirnos”.

Nacido en 1900, en Ashville, Estados Unidos, donde su padre era dueño de un negocio de lapidas y mausoleos, Thomas Wolfe fue un escritor de acción que no solo recorrió su país, sino que también viajo por Europa – léase “Oscuro en el bosque, extraño como el tiempo”, incluido en este libro -, tras las principales motivaciones de su obra: el desplazamiento y la remembranza.

Como él mismo lo dijo: “Quiero volcar mi alma en el papel y expresarlo todo… Iré a todos los lugares y haré todas las cosas. Conoceré a toda la gente que pueda. Pensaré todos los pensamientos, sentiré todas las emociones de que sea capaz y escribiré, escribiré, escribiré”.

Se echaba de menos un nuevo libro suyo en librerías. Y El niño perdido y otros relatos ratifica las palabras de Francis Scott Fitzgerald: “Los mas entrañables momentos de Thomas Wolfe son las partes del mas profundo lirismo, un lirismo que se funde con su portentoso poder de observación… Admiro enormemente el talento de Wolfe y creo que no tiene parangón en este ni en ningún país”.

Relatos como “Lo imaginado” y “Lo verdadero” – del capitulo “El regreso del hijo prodigo” -, y “Lo distante y lo próximo”, entre otras narraciones, son sencillamente notables. Aquí no sobra ni siquiera una coma. Y si hay nostalgia, es para reunir a vivos y muertos con su respectiva impronta.

El niño perdido y otros relatos
Thomas Wolfe
Traducción de Oscar Luis Molina
Tajamar Editores, Santiago, 2012, 179 paginas.

Articulo: http://www.mer.cl 22/07/2012