dimanche 6 juin 2010

ESPECIAL La Nación/ Thomas MANN, el lado desconocido del mago


Thomas Mann
El lado desconocido del mago
Por Pablo Gianera

Un acontecimiento literario mundial: se publican por primera vez en español y en un solo volumen todos los cuentos y nouvelles del autor de La muerte en Venecia. Sus piezas cortas, a diferencia de sus novelas, no son arquitectónicas sino azarosas y sorprendentes. Anticipamos, en forma exclusiva, dos de esos relatos

La economía también existe en la literatura: ciertas leyes que rigen las transacciones con dinero pueden ser alegorías del funcionamiento interno de un texto. La mayoría de los relatos de Thomas Mann, a diferencia de sus novelas, suelen ser narrativamente deficitarios: salvo excepciones, en ellos se cuenta menos de lo que podría esperarse de un cuento y la manera en que se lo cuenta excede aquello contado. En las novelas, en cambio, hay exceso e inflación; esa sobreabudancia depara otra variedad, opulenta, de déficit: aquello contado permanece disimulado y oculto. El novelista Martin Walser afirmó en una ocasión que la nouvelle de Mann Tonio Kröger era "el peor relato del siglo". Posiblemente sea verdad, desde la perspectiva de Walser. Pero el superlativo negativo encierra también el positivo. Tonio Kröger es en realidad el relato del siglo, como lo definió el crítico Marcel Reich-Ranicki, aquel que condensó la prosa alemana y anticipó y moldeó, entre otros, a Franz Kafka, a quien no le interesaban tanto las partes de la antinomia todavía típicamente finisecular que allí se expone (arte y naturaleza, espíritu y vida) como, de manera más actual, "el hecho peculiar y beneficioso de estar enamorado de la antinomia en sí". Por eso mismo es crepuscular, por lo que tiene de ocaso y de amanecer.

Pero, a menos que se quiera llegar a la bancarrota, el déficit debe ser compensado con préstamos ajenos; en el arte, y específicamente en la literatura, se lo solventa con abusos interpretativos de la universidad y de la crítica indolente, con eso que Umberto Eco llamó sobreinterpretación. Toda la imaginación de Mann se redujo a la escenificación del conflicto entre el artista burgués y su mundo, el burgués. Quien busque y lea en los cuentos de Mann solamente esta anécdota saldrá defraudado y no entenderá quizá por qué es uno de los escritores centrales de la primera mitad del siglo XX. Pero lo que Mann quería "decir" no lo dijo nunca por medio de aquello que efectivamente comunicaba (la decadencia, la imposibilidad del amor, el yugo de la sexualidad, el divorcio entre la aristocracia intelectual y la vida externa) sino en la configuración. Lo que Mann quería decir no fue nunca el contenido, el asunto, de sus textos. Como escribió el filósofo Theodor W. Adorno: "El verdadero despliegue de su obra sólo comienza en cuanto uno atiende a lo que no está en la guía [...] Mejor examinar tres veces lo escrito que una y otra vez lo simbolizado". Al leer a Mann de ese modo se advierte su aguda novedad, la manera en la que prefigura a autores tan diversos, y opuestos en ocasiones a su poética, como Franz Kafka, Thomas Bernhard, Wolfgang Hildesheimer o Andreas Maier

La publicación en español de Cuentos completos (Edhasa) es valiosísima justamente porque permite seguir el desarrollo de ese arco, que se tensa entre dos extremos: la poesía en el inicio y el ensayo en el final. Ordenados cronológicamente, los relatos cubren un período que se extiende de 1893 -cuando el escritor tenía 18 años- hasta 1953 -un par de año antes de su muerte- e incluye "Tristán e Isolda", un proyecto de guión cinematográfico en prosa prácticamente desconocido hasta ahora en nuetro idioma. El volumen comprende también sus famosas novelas breves La muerte en Venecia , Las cabezas trocadas , Mario y el mago , la ya citada Tonio Kröger y La engañada . Cada uno de estos cuentos, relatos y nouvelles pueden leerse asimismo como las versiones reducidas de sus novelas mayores. Así lo entendía el autor cuando estableció un sistema de correspondencias según el cual Tonio Kröger constituía el reverso de Los Buddenbrook , mientras que La muerte en Venecia lo era de La montaña mágica .

Que el relato más temprano incluido en este volumen, "Visión", de 1893, esté dedicado al "genial artista Hermann Bahr" desnuda la matriz poética de Mann. Posiblemente muy pocos se acuerden ya de que Bahr era el representante más eminente de la avanzada estética de la sociedad Joven Viena, emblema del modernismo (se cree que fue él quien acuñó la palabra), un hombre al que Hugo von Hofmannstahl definió como alguien que "no predica nada. No disuelve nada. No reforma nada. No combate. Vive su vida como se goza algo recién descubierto".

Hay en el primer Mann una opción por la estampa, la impresión modernista, lo que en alemán se llama Kurzprosa , la prosa breve, desasida de cualquier función narrativa. Esos relatos escasos -a medias cuentos, a medias viñetas- dialogan secretamente con Contemplación , de Kafka, sobre todo por una especie de coincidencia axiomática que podría enunciarse de la siguiente manera: todo es absurdo, pero en la medida en que se lo pone en palabras, ese absurdo puede recibir algún sentido. Ya en "Visión", dos páginas que transcurren completamente en el interior del narrador, resulta evidente que Mann es más Dichter que Erzähler , más poeta que narrador. No es raro: el escritor había escrito primero poemas, luego ensayos y mucho más tarde narraciones.

Mann aspiró, y logro finalmente, escribir el estilo más refinado intelectualmente del alto modernismo en lengua alemana. Sólo Hermann Broch y Robert Musil podrían rivalizar con él. Resulta así una prosa disfuncional, en el sentido de que las funciones narrativas de la prosa quedan en suspenso. No consiste en una profundización de la poesía sino en una recuperación para la prosa de la inutilidad narrativa del poema combinada con la especulación intelectual del ensayo. Sus novelas y cuentos son entonces la intersección de la poesía y el ensayo; vale decir, el colmo del modernismo. "Encontré en la poesía la máxima del procedimiento objetivo. Soy un plástico", confesó Goethe. En uno de los ensayos recogidos en el libro Adel des Geistes (Nobleza del espíritu, 1945), Mann recupera la frase y observa: "Plástica es la concepción objetiva, creadora y atada a la naturaleza; la crítica, en cambio, representa la conducta analítica y moral respecto de la vida y la naturaleza. En otra palabras, la crítica es el espíritu; lo plástico, lo natural". Queda algo del linaje del propio Mann en esta línea doble: el frío norte de Alemania, Lübeck, de donde provenían sus antepasados paternos, y la tórrida Río de Janeiro, donde había nacido su madre, de origen criollo-portugués. Adorno había visto en los ojos de "el Mago", como se lo llamaba en la intimidad, la concentración de las estirpes: "Sus ojos eran azules o de un azul grisáceo, pero en los momentos en que él tomaba conciencia de sí mismo, se volvían negros y brasileños, como si en el ensimismamiento previo hubiera estado ardiendo sin llama lo que esperaba inflamarse; como si en su gravedad se hubiera estado acumulando algún material con el que ahora aprovechaba para medir sus fuerzas. El ritmo de su sentimiento vital era antiburgués: no de continuidad, sino de oscilación entre extremos, entre el rigor y la iluminación". Esa misma ambigüedad, esa irisación de origen sanguíneo, domina sus cuentos. El propio Mann vacilaba sobre la condición de esas prosas. A propósito de Tonio Kröger , no se decidía por calificarlo de "novela corta", "novela lírica corta", "balada en prosa" o simplemente "relato".

Si se aceptara el símil, podría decirse que en las novelas Mann jugaba al ajedrez y en los relatos, al dominó. Todo parece decidirse en el momento, incluso en una nouvelle extensa como La muerte en Venecia (1912). De hecho, durante la temporada bohemia que, hacia la vuelta de siglo, pasó en Italia con su hermano Heinrich, Thomas solía jugar bastante al dominó mientras bebía ponche. Anota Mann en Relato de mi vida acerca de La muerte en Venecia : "Esta novela corta la había concebido de un modo tan poco ambicioso como ninguna otra de mis obras; la había pensado como una improvisación a la que podría dar fin con rapidez". Pero la resignación de una estrategia no debería confundirse con el simple azar. La supercomplejidad programática de sus relatos tenía mucho de deliberación. Como observa el narrador de La muerte en Venecia : "Aschenbach había anotado sin ambages que casi todo lo grande que existe, existe como un ´a pesar de´, y adquiere forma pese a la aflicción y a los tormentos, pese a la miseria, al abandono y a la debilidad física, pese al vicio, a la pasión y a mil impedimentos más. Pero más que de una simple observación, se trataba de una experiencia, de la fórmula misma de su vida y de su fama, de la clave para abordar su obra". Es posible que pudiera predicarse lo mismo de Mann; es posible que haya una biografía cifrada. Pero todo lo que escribió está mediado por la ironía, entendida no como lejanía cínica, sino como la formuló el romántico Friedrich Schlegel: una perspectiva que se abre en la frase y la niega o la desmiente.

La complejidad de la ironía excava una ventana al infinito. Todo lo que se lee puede ser lo que se lee y también lo contrario. Nada más irónico que el desengaño amoroso de "La caída" (1894), el relato elogiado por Richard Dehmel con el que Mann inauguró públicamente su figura de escritor, ni que "Sangre de Welsungos" (1905), en la que cuenta en clave la saga de su familia, ni que "Venganza" (1899) o "La caída" (1894), con sus intrincadas y fallidas relaciones amorosas.

En verdad, felicidad y arte se anulan y traicionan mutuamente. El arte promete la felicidad, pero su realización, incluso a escala doméstica, vuelve inútil a aquél. Es lo que le pasa a Friedrich Schiller en "Hora difícil" (1905), un raro y resentido monólogo del poeta en tercera persona: "Y así era; ésta era la desesperante verdad: los años de penuria y de futilidad que él había tomado por años de calvario y de iniciación habían sido en realidad sus años más ricos y fructíferos. Y ahora que le había caído en suerte un poco de felicidad, ahora que había abandonado ese filibusterismo del espíritu para adquirir cierta legitimidad y concertar una relación burguesa, ahora que tenía cargos y honores, ahora que tenía mujer e hijos, precisamente ahora estaba agotado y en las últimas".

Lo que en su momento se entendió por decadente no era más que la revelación de la fragilidad de todo lo humano. Tonio Kröger, el contrahecho y pequeño señor Friedemann (del cuento homónimo, quizás el más cruel escrito jamás por Mann), Gustav Aschenbach ( La muerte en Venecia ) e incluso, más allá del cuento y la nouvelle , Hans Castorp ( La montaña mágica ) y el compositor Adrian Leverkühn ( Doktor Faustus ), todos ellos comparten una misma condición: son singulares e invariablemente débiles. Cualquiera de estos protagonistas de sus relatos podría decir de sí mismo lo que Mann puso en boca de un personaje de la novela Alteza real : "La renuncia es nuestro pacto con la musa; en ella reside nuestra fuerza, nuestra dignidad. Y la vida es nuestro jardín prohibido".

Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 05/06/2010
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Un autor ejemplar
Por Pedro B. Rey

En una carta de 1945, donde lo saluda por sus setenta años, Theodor W. Adorno le confesaba a Thomas Mann (1875-1955) que dos décadas antes lo había seguido por la calle a la distancia, imaginando cómo hubiera sido que semejante novelista le dirigiera la palabra. Al momento de escribirle -los dos se encontraban exiliados para entonces en la costa oeste de Estados Unidos-, la admiración juvenil no se había erosionado. "Tuve la sensación de estar, por primera y única vez -declara Adorno, al rememorar la oportunidad en que al fin fueron presentados-, frente a la tradición alemana de la cual he recibido todo: incluso la capacidad de resistir a esa tradición."

No es simple medir hoy el alcance de esas palabras. Adorno constata la tragedia de una tradición concreta, la alemana, pero también adivina la del propio concepto de cultura y de aquellos que lo sustentan. Más de medio siglo después, cuando la idea de cultura se ha visto reducida a una suerte de parque temático acrítico, la síntesis que encarnaba el escritor alemán resulta compleja, por no decir enigmática. Lo notable en el caso de Mann, último representante de un mundo que se desintegra, es que la ironía de su estilo no cede a ninguna reivindicación. Su obra fue contemporánea de las de Proust, Joyce, Kafka -autores que abren nuevas vías-, pero está lejos de actuar anacrónicamente. Clausura un modo de practicar la novela, aunque poniendo en juego todos sus recursos y lucidez. Es, en ese sentido, un autor ejemplar.

Ensayista, además de novelista y cuentista, en 1901 publicó Los Buddenbrook . Esa precoz y masiva obra maestra, en la que abundan los elementos autobiográficos, narra la decadencia de una familia a través de varias generaciones. Cuando en 1929 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura, fue el único de sus libros al que aludió el comité sueco. El escritor, sin embargo, no se limitó a repetir esa narración que lo había hecho famoso de inmediato. La montaña mágica (1924) fue, y sigue siendo, una monumental novela de ideas y la tardía Doktor Faustus (1947) indaga con penetración el mito fáustico en clave contemporánea.

Mann no fue, apenas, un artista. Su figura -de ahí también el respeto reverencial de Adorno- representó el compromiso, en tiempos moribundos, con una idea de Europa. Comenzó mostrando inclinaciones conservadoras, pero luego respaldó la República de Weimar y fue, desde su mismo ascenso, un metódico detractor del nazismo. Desde que abandonó Alemania en 1936 -en 1944 adoptó la ciudadanía estadounidense- nunca más volvería a vivir en ella.

Durante los últimos años, Edhasa ha venido publicando sistemáticamente las grandes novelas del escritor y otras menos leídas, pero igual de notables, como El elegido o Carlota en Weimar . A esa puesta en circulación se suma en estos días Cuentos completos , volumen que afortunadamente incluye, entre tantas piezas, nouvelles clave como Tonio Kröger , Mario y el mago o La muerte en Venecia . Esta edición de adncultura aprovecha la oportunidad para presentar dos de los relatos menos frecuentados de Mann al mismo tiempo que Pablo Gianera analiza ese corpus ineludible y lo distingue de su arte novelístico.

prey@lanacion.com.ar
Articulo: http://www.lanacion.com.ar 05/06/2010

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Venganza
Por Thomas Mann

De las verdades más sencillas y fundamentales -dijo Anselm ya muy avanzada la noche-, a veces la vida nos prodiga las más originales demostraciones.

Cuando conocí a Dunja Stegemann tenía yo veinte años y era el tipo perfecto de mentecato. Muy ocupado en refinarme, me hallaba todavía muy lejos de haber cumplido esta tarea. Mis apetitos no tenían freno y me entregaba sin escrúpulos a satisfacerlos. Del modo más alegre unía a la perversión y curiosidad de mi modo de vivir aquel idealismo que, por ejemplo, me hacía desear intensamente una intimidad pura, espiritual -absolutamente espiritual- con una mujer. En cuanto a la Stegemann, había nacido en Moscú, de padres alemanes, y se había criado allí o, en todo caso, en Rusia. Dominaba tres idiomas: ruso, francés y alemán, y había venido a Alemania como institutriz, pero, provista de aficiones artísticas, dejó aquella profesión al cabo de unos años y vivía, mujer libre, inteligente, filósofa y soltera, de abastecer de crónicas literarias y musicales a una revista de segunda o tercera fila.

Tenía treinta años cuando yo, el día de mi llegada a B., coincidí con ella en la escasamente ocupada table d´hôte de una pequeña pensión: era mujer de gran estatura, pecho plano, estrecha de caderas, ojos color verde claro que jamás vacilaban al mirar, nariz demasiado respingona y peinado muy poco atractivo de un rubio indefinido. Su vestido sencillo de color castaño oscuro estaba tan desprovisto de adorno y coquetería como sus manos. Jamás había visto yo en una mujer una fealdad tan inequívoca y notoria.

Con el rosbif, la conversación giró en torno a Wagner en general y el Tristán en particular. Me desconcertó su libertad de espíritu. Su emancipación era tan espontánea, tan falta de exageración o énfasis, tan serena, segura y natural, como yo jamás hubiera creído posible. La objetiva impasibilidad con la que durante nuestra conversación utilizó expresiones como "ardor descarnado", me estremeció. Y a ello correspondían sus miradas, sus movimientos, la camaradería con que colocaba su mano sobre mi brazo.

La conversación era animada y profunda. Después del almuerzo, cuando los demás comensales, en número de cuatro o cinco, hubieron abandonado la mesa, seguimos charlando durante horas. Volvimos a vernos a la hora de la cena, luego interpretamos algunas piezas en el desafinado piano de la pensión, intercambiamos de nuevo ideas e impresiones y nos comprendimos hasta el fondo. Yo estaba muy satisfecho. Tenía ante mí a una mujer con un cerebro moldeado de modo completamente masculino. Sus palabras eran atinadas y no servían a una coquetería personal, mientras que su falta de prejuicios hacía posible aquel radicalismo íntimo en el intercambio de vivencias, impresiones y sensaciones, por el que yo me apasionaba entonces. Aquí se había cumplido mi deseo: había hallado un camarada femenino cuya sublime naturalidad no despertaba alarma alguna y en cuya compañía podía yo estar tranquilo y seguro de que sólo mi espíritu se pondría en movimiento, pues aquella intelectual tenía los atractivos físicos de una escoba. Sí, mi seguridad a este respecto era tanto mayor cuanto que todo lo corporal de Dunja Stegemann me iba resultando cada vez más desagradable e incluso repugnante en la medida que aumentaba nuestra mutua confianza espiritual: un triunfo del espíritu como no podía haberlo deseado más brillante.

Y sin embargo..., sin embargo, por más que nuestra amistad llegara a la perfección, nosotros, tan inocentes cuando salíamos de la pensión, cuando nos visitábamos el uno al otro en nuestras casas, sin embargo a menudo había algo entre nosotros que hubiera debido ser triplemente extraño a la noble frialdad de nuestra singular relación..., algo que surgía entre nosotros precisamente cuando nuestras almas desnudaban la una ante la otra sus últimos y más castos secretos, cuando nuestros espíritus trabajaban en la resolución de sus más sutiles misterios, cuando el "usted", que seguía siendo nuestro tratamiento en momentos menos extasiados, cedía a un intachable "tú"... había algo en el aire, una fatal excitación que lo viciaba y me cortaba el aliento... Ella parecía no darse cuenta. ¡Su fuerza y su libertad eran tan grandes! Pero yo lo sentía y sufría por ello.

Así fue, y de forma más sensible que nunca, cierta noche en que estábamos en mi habitación hablando de psicología. Ella había cenado conmigo, la mesa redonda ya estaba levantada excepto por el vino tinto que continuábamos saboreando y la situación, que nada tenía de galante y en la que fumábamos nuestros cigarrillos, podía considerarse característica de nuestra relación: Dunja Stegemann sentada a la mesa, muy erguida, y yo, con el rostro vuelto en la misma dirección, echado en el diván. Nuestra conversación, analítica, profunda y radicalmente franca, seguía versando sobre los estados de ánimo que el amor produce en el hombre y en la mujer. Pero yo no estaba tranquilo, me sentía cohibido y tal vez insólitamente excitable, ya que había bebido mucho. Aquel algo estaba presente..., aquella fatal excitación estaba en el aire y lo viciaba de un modo que se me hacía cada vez más insoportable. Se apoderó de mí completamente una necesidad como de abrir una ventana, mientras con palabras directas y brutales mandaba al fin y para siempre al reino de la nada aquel algo injustificadamente inquietante. Lo que decidí manifestar no era más fuerte ni más sincero que otras muchas cosas de que habíamos hablado y había que liquidarlo de una vez. Por Dios, ella era la persona menos indicada para agradecerme consideraciones de cortesía o de galantería...

-Oiga -dije, levantando la rodilla para cruzar una pierna sobre la otra-, hay algo que siempre se me olvida aclarar. ¿Sabes lo que para mí da a nuestra relación su encanto más original y bonito? Es la íntima familiaridad de nuestros espíritus, que ha llegado a ser imprescindible para mí, en contraste con el pronunciado desagrado que siento frente a ti físicamente.

Silencio.
-¡Ah, sí! -dijo ella luego-. Sí, eso es divertido.

Y así concluyó el inciso y se reanudó nuestra conversación sobre el amor. Respiré: la ventana había sido abierta. La claridad, la limpieza y la seguridad de la situación habían quedado restablecidas, como sin duda era necesario. Fumamos y hablamos.

-Otra cosa -dijo ella de repente- que debe comentarse entre nosotros? Has de saber que en cierta ocasión tuve relaciones amorosas.

Volví el rostro hacia ella y la miré perplejo. Estaba erguida en su silla, muy tranquila, y movía un poco sobre la mesa la mano que sostenía el cigarrillo. Su boca estaba ligeramente entreabierta y sus ojos color verde claro miraban fijamente hacia el frente. Yo exclamé:

-¿Tú...? ¿Usted...? ¿Relaciones platónicas?
-No. Unas relaciones... serias.
-¿Dónde...? ¿Cuándo...? ¿Con quién?
-En Fráncfort, hace un año, con un empleado de banca, un hombre aún joven, muy bien parecido... Sentí la necesidad de contártelo... Prefiero que lo sepas. ¿O acaso he descendido ahora en tu estima?

Yo reí, me extendí de nuevo en el diván y tamborileé con los dedos en la pared, junto a mí.
-¡Probablemente! -dije con pomposa ironía. No volví a mirarla, sino que mantuve el rostro vuelto hacia la pared, contemplando el movimiento de mis dedos. De repente la atmósfera, tan limpia hacía un instante, se había espesado de tal modo que se me subió la sangre a la cabeza y se me nublaron los ojos... Aquella mujer se había dejado amar. Su cuerpo había sido abrazado por un hombre. Sin volver el rostro de la pared, dejé que mi fantasía desnudara ese cuerpo y descubrí en él un repelente atractivo. Bebí de un trago la copa de vino número... ¿Cuántas? Silencio.
-Sí -repitió ella a media voz-, prefiero que lo sepas.

El acento, indiscutiblemente significativo con que repitió estas palabras, hizo que yo cayera en un miserable temblor. Ella estaba allí sola conmigo en mi habitación hacia medianoche, erguida, sin moverse, en una inmovilidad que era como una espera, una entrega... Mis instintos depravados se habían despertado. La imagen del refinamiento que podía representar entregarme con esa mujer a excesos vergonzosos y diabólicos hizo palpitar mi corazón de un modo insoportable.
-¡Vaya! -dije con lengua torpe-. ¡Eso me parece sumamente interesante...! ¿Y te divirtió ese empleado de banca?

Ella respondió:
-¡Oh, sí!
-¿Y no te importaría volver a vivir algo semejante? -proseguí, siempre sin mirarla.
-En absoluto.

Bruscamente, de un salto, me di la vuelta, apoyando la mano sobre la almohada, y pregunté con el descaro del deseo descomedido:
-¿Qué te parecería tú y yo?

Ella volvió el rostro lentamente hacia mí, mostrando una expresión de amistoso asombro.
-Oh, querido, ¿cómo se le ocurre...? No, nuestra relación es de una naturaleza tan espiritual...
-Bueno..., bueno, ¡pero ésa es otra cuestión! Aparte de nuestra amistad, y sin perjuicio de ésta, podríamos por una vez encontrarnos en otro plano...
-¡Pero no! He dicho que no, ¿me oye usted? -respondió ella, cada vez más asombrada.

Con el furor del libertino no acostumbrado a prescindir de su capricho, por sórdido que sea, grité:
-¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿A qué vienen esos remilgos?

Hice ademán de pasar a la acción. Dunja Stegemann se levantó.
-Domínese, por favor -dijo-. ¡Está usted fuera de sí! Conozco su debilidad, pero esto es indigno de usted. He dicho que no y también le he dicho que nuestra mutua simpatía es de una naturaleza absoluta y exclusivamente espiritual. ¿No lo comprende? Y ahora quiero irme. Se ha hecho muy tarde.

Me serené y recuperé el dominio de mí mismo.
-¿Conque me da calabazas? -dije, riendo-. Bien, espero que esto no alterará nuestra amistad...
-¿Por qué habría de alterarla? -respondió ella, estrechándome la mano con camaradería, mientras su boca, nada hermosa, se torcía en una sonrisa bastante irónica. Luego se fue.

Yo quedé de pie en medio de la habitación, y mi rostro no debió reflejar una expresión muy inteligente mientras rememoraba los detalles de esta maravillosa aventura. Finalmente me di un golpe con la mano en la frente y me fui a dormir.

Traducción: Joan Fontcuberta
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 05/06/2010

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La muerte
Por Thomas Mann

10 de septiembre

El otoño ha llegado y el verano no va a regresar. Ya no voy a verlo nunca más...
El mar está gris y tranquilo y cae una lluvia fina y triste. Al verlo esta mañana, me he despedido del verano y he saludado al otoño, mi cuadragésimo otoño, que finalmente se ha cernido implacable sobre mí. Tan implacablemente como va a traer también ese día cuya fecha murmuro a veces para mis adentros sumido en la devoción y en el mudo horror...


12 de septiembre

He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena acompañante que guarda silencio y tan sólo levanta hacia mí de vez en cuando sus grandes ojos llenos de amor. Hemos seguido el camino de la playa hasta Kronshafen, pero hemos regresado a tiempo, antes de que pudiéramos encontrarnos con más de una o dos personas.

Durante el camino de regreso me ha alegrado ver mi casa. ¡Qué bien la he escogido! Sobria y gris, sus ventanas miran hacia el gris del mar desde la colina, cuya hierba está ahora marchita y húmeda y cuyo camino se ha reblandecido. Por su parte posterior transcurre la carretera y detrás se extienden los campos. Pero a eso no le presto atención. Sólo me fijo en el mar.


15 de septiembre

Esta casa solitaria bajo el cielo gris, sobre la colina que hay junto al mar, es como un cuento de hadas sombrío y misterioso; y así quiero que sea durante este último otoño mío. Sin embargo, esta tarde, mientras estaba sentado frente a la ventana de mi estudio, vino un coche a traer provisiones. El viejo Frank ayudó a descargar, se hizo ruido y sonaron varias voces. No puedo expresar hasta qué punto me ha molestado. Temblaba de reprobación: he dado orden de que estas cosas únicamente se hagan por la mañana temprano, mientras yo esté durmiendo. El viejo Frank se ha limitado a decir: "A la orden, señor conde". Pero me ha mirado atemorizado y dubitativo con sus enrojecidos ojos.

¿Cómo iba a comprenderme? Al fin y al cabo, él no lo sabe. No quiero que la rutina y el aburrimiento rocen mis últimos días. Me da miedo que la muerte pudiera tener algo burgués y rutinario. Quiero que a mi alrededor todo sea extraño y raro cuando llegue ese día grande, grave y enigmático: el 12 de octubre...


18 de septiembre

Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo tumbado en el diván. Tampoco he podido leer mucho, pues me han estado atormentando los nervios. Me he quedado inmóvil, sin más, mientras por la ventana veía caer la lluvia lenta e incansable.

Asunción ha venido a verme a menudo y en una de sus visitas me trajo flores, un par de plantas resecas y empapadas que había encontrado en la playa. Cuando besé a la niña para darle las gracias, se echó a llorar porque estoy "enfermo". ¡Qué indeciblemente doloroso me ha resultado su amor tierno y entristecido!


21 de septiembre

He permanecido mucho rato sentado junto a la ventana de mi estudio, con Asunción en las rodillas. Juntos hemos contemplado el mar ancho y gris, mientras a nuestra espalda, en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidas butacas, reinaba un profundo silencio. Mientras acariciaba lentamente el cabello de la niña que caía negro y lacio sobre sus delicados hombros, me he remontado en mis pensamientos a la diversidad y confusión de mi vida. He pensado en mi juventud, tranquila y protegida, en mis peregrinajes por todo el mundo y en el período breve y luminoso de mi felicidad.

¿Recuerdas aquella criatura encantadora y de ardiente ternura bajo el cielo aterciopelado de Lisboa? Hace ya doce años que te regaló a la niña y murió, con su delgado brazo en torno a tu cuello.

Tiene los ojos oscuros de su madre la pequeña Asunción: sólo que más cansados y reflexivos. Pero sobre todo tiene su boca, esa boca de infinita blandura y, no obstante, de trazado algo amargo, que luce su máxima belleza cuando calla y se limita a sonreír muy levemente.

¡Mi pequeña Asunción! Si supieras que voy a tener que abandonarte...
¿Llorabas porque estoy "enfermo"? ¡Ah, y eso qué tendrá que ver! ¡Qué tendrá que ver con el 12 de octubre...!


23 de septiembre

Son pocos los días a los que puedo remitir mis pensamientos, perdiéndome en los recuerdos. ¡Cuántos años han transcurrido durante los cuales sólo he sido capaz de mirar hacia delante, de esperar la llegada de este día grande y aterrador, el 12 de octubre de mi cuadragésimo año de vida!

¿Cómo será? ¡Si supiera cómo va a ser! No tengo miedo, pero tengo la impresión de que ese 12 de octubre se aproxima con una lentitud atormentadora.


27 de septiembre

El viejo doctor Gudehus vino desde Kronshafen. Acudió en coche por la carretera y almorzó con Asunción y conmigo.

"Es necesario -dijo mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de pensar! ¡Nada de cavilaciones!... Porque yo lo tengo a usted por un filósofo, ¡ja, ja!"

En fin, yo me he limitado a encogerme de hombros y a darle cordialmente las gracias por sus molestias. También me dio consejos para la pequeña Asunción, a quien observaba con su sonrisa forzada y apocada. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás a partir de ahora pueda dormir un poco más.


30 de septiembre

¡El último septiembre! Ya no falta mucho, ya no. Son las tres de la tarde y he calculado cuántos minutos restan todavía para que comience el 12 de octubre. Son 8460.

Esta noche no he podido dormir, pues se ha levantado algo de viento y tanto el mar como la lluvia están bramando. Me he quedado en la cama y he dejado correr el tiempo. ¿Pensar y cavilar? ¡Qué va! El doctor Gudehus me tiene por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil y mi único pensamiento es: ¡la muerte, la muerte!


2 de octubre

Estoy muy emocionado y a mis movimientos se añade una sensación de triunfo. A veces, al pensar en ello y ver que la gente me mira con duda y temor, he podido percatarme de que me toman por loco, hasta el punto de que yo mismo he terminado examinándome con recelo. ¡De ninguna manera! No estoy loco.

Hoy he leído la historia de aquel emperador Federico al que profetizaron que moriría sub flore. Por lo tanto, evitó las ciudades de Florencia y de Florentinum, aunque en una ocasión fue a parar a Florentinum de todos modos y murió. ¿Por qué murió?

Por sí misma, una profecía es irrelevante. Lo único que importa es si logra dominarte. Pero si lo consigue, estará demostrada y terminará por cumplirse. ¿Cómo? ¿Y acaso una profecía que surge y se afianza en mi propio interior no tendrá más valor que una que provenga de fuera? ¿Es que la constatación inquebrantable del instante en que uno va a morir ha de resultar más dudosa que la certeza del lugar?

¡Existe una vinculación constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convicción puedes sorber de su esfera, puedes atraerla para que venga a ti, a la hora en que creas que...


3 de octubre

A menudo, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como aguas grises que me parecen infinitas por estar cubiertas de niebla, me parece vislumbrar la relación que las cosas mantienen entre sí y entonces creo reconocer la nulidad de los conceptos.

¿Qué es suicidio? ¿La muerte voluntaria? Pero nadie muere voluntariamente. La renuncia a la vida y la entrega a la muerte se produce por debilidad en todos los casos, y tal debilidad siempre es la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del alma, o de ambas cosas. Uno no muere si no está conforme con ello...

Y yo, ¿estoy conforme? Debo de estarlo, pues creo que si no me muriera el 12 de octubre podría volverme loco...


5 de octubre

Pienso en ello constantemente y eso me tiene ocupado por completo. Trato de pensar cuándo y de dónde me ha sobrevenido esta certeza, y ¡no sabría decirlo! A los diecinueve o veinte años ya sabía que tendría que morir a los cuarenta, y un día cualquiera, tras haberme preguntado insistentemente en qué fecha sucedería, lo supe también.

Y ahora ya se ha aproximado tanto, tanto, que incluso me parece sentir el frío aliento de la muerte.


7 de octubre

El viento ha arreciado, el mar está bramando y la lluvia repica en el tejado. Esta noche no he dormido, sino que he bajado a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una roca.

Tras de mí, en la oscuridad y en la lluvia, estaba la colina con la casa gris en la que dormía la pequeña Asunción, ¡mi pequeña Asunción! Y ante mí el mar descargaba su turbia espuma ante mis pies.

He pasado toda la noche mirando por la ventana y se me ha antojado que así debe de ser la muerte o el después-de-la-muerte. Allí delante, en el exterior, una oscuridad infinita que brama sordamente. Y en ella, ¿seguirá viviendo y actuando un pensamiento, una intuición de mí mismo que atienda eternamente a ese bramido incomprensible?


8 de octubre

Quiero darle las gracias a la muerte cuando venga, pues ahora el plazo se vencerá demasiado pronto como para que me sienta capaz de seguir esperando. Sólo tres cortos días de otoño más y sucederá. ¡Qué ansioso estoy de que llegue el último instante, el último de todos! ¿No debería ser un instante de dicha y de indecible dulzura? ¿Un instante de máxima sensualidad?

Tres cortos días de otoño y la muerte entrará aquí, en mi habitación. ¿Cómo se comportará? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará del cuello y me estrangulará? ¿O meterá su mano en mi cerebro? Sin embargo, ¡yo me la imagino grande y bella, de una majestuosidad salvaje!


9 de octubre

Hoy, mientras tenía a Asunción en las rodillas, le he preguntado: "¿Y si pronto, de algún modo, me fuera de tu lado? ¿Te pondrías muy triste?".

Entonces apretó su cabecita contra mi pecho y lloró amargamente. Siento un nudo de dolor en la garganta.
Por cierto, tengo fiebre. Me arde la cabeza y tiemblo de frío.


10 de octubre

¡Estuvo conmigo, esta noche estuvo conmigo! No he podido verla ni oírla, y sin embargo he hablado con ella. ¡Resulta ridículo, pero se comportó como un dentista! "Será mejor que lo liquidemos ya", me dijo. Pero yo no quería y me resistí. La eché sin miramientos.

"¡Será mejor que lo liquidemos ya!" ¡Cómo me han sonado estas palabras! Me han penetrado hasta los tuétanos. ¡Tan escuetas, tan aburridas, tan burguesas! Nunca había experimentado una sensación tan fría y sarcástica de desengaño.


11 de octubre (a las once de la noche)

¿Lo comprendo? ¡Oh, a fe mía que lo comprendo!
Hace hora y media, mientras estaba sentado en mi habitación, vino a verme el viejo Franz. Sollozaba y estaba temblando. "¡La señorita! -exclamó-, ¡la niña! ¡Ay, venga enseguida!" Y yo acudí de inmediato.

No he llorado; sólo he sentido un escalofrío. Estaba tendida en su camita, con el cabello negro enmarcándole la carita pálida y dolorida. Me he arrodillado junto a ella, sin hacer ni pensar nada. Entonces vino el doctor Gudehus.

"Ha sido un ataque al corazón", me ha dicho, asintiendo como quien no se sorprende. ¡Este chapucero e ignorante ha actuado como si lo hubiera sabido siempre!

Pero yo, ¿lo he comprendido? Ay, al quedarme a solas con ella (fuera se agitaban la lluvia y el mar, y el viento aullaba por el cañón de la estufa) he golpeado la mesa con el puño, ¡tan claro lo he visto de repente! Durante veinte años he atraído a la muerte hacia este día que dentro de una hora va a dar comienzo, mientras en mi interior, en lo más profundo, había algo secretamente consciente de que yo no podía abandonar a esta niña. No me era posible morir pasada la medianoche y, sin embargo, ¡tenía que suceder!

De haber venido, la hubiera echado de mi lado: sin embargo, fue primero a ver a la niña porque tenía que obedecer a mi certeza y a mi fe. ¿He sido yo quien ha atraído a la muerte hasta tu cama? ¿Te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ay! Palabras rudas y mezquinas para nombrar algo delicado y misterioso.

¡Adiós, adiós! Quizás, ahí fuera, vaya a encontrar un pensamiento, una intuición de tu persona. Pues mira: la manecilla avanza y la lámpara que ilumina tu dulce rostro se apagará pronto. Estoy a la espera mientras sostengo tu mano pequeña y fría. Pronto vendrá y yo me limitaré a asentir y a cerrar los ojos cuando la oiga decir: "Será mejor que lo liquidemos ya"...

© LA NACION
Traducción: Rosa Sala Rose

Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 05/06/2010

Luis ROSALES, 100 años


Poeta y raíz
Rosales 100 años
Por Antonio SÁNCHEZ ZAMARREÑO

Tiznado por la sombra de una culpa ajena -la traición, la muerte de García Lorca-, Luis Rosales (31 de mayo de 1910-octubre de 1992) resurge, en vísperas de su centenario, como creador al filo del abismo político, cultural y humano que fueron nuestra guerra civil y el siglo XX.
Luis María Anson y Antonio Sánchez Zamarreño, máximo especialista en su obra, dan las claves para comprender al poeta; Félix Grande, amigo cierto en horas inciertas, retrata una noche de poemas y amistad, y siete poetas eligen sus versos favoritos del poeta andaluz.

Sería triste que les pasara desapercibido a las nuevas generaciones el centenario de un poeta tan señero como es Luis Rosales (Granada, 1910 -Madrid, 1992): lo sería, sobre todo, porque a ellas está dirigida su obra, tan llena de voluntad de futuro y de caminos que sería necesario explorar. Sé muy bien que este año se hacen también urgentes otros recordatorios -el de Miguel Hernández- que puedan parecerles más atractivos por el solo hecho de haber sido mejor publicitados. Pero la casa de la poesía tiene muchas estancias y en la que espera Rosales es una de las más luminosas del siglo XX. A los jóvenes les subyugará una palabra que, por su maravillosa orquestación, tardará mucho tiempo en acabarse de decir: esto es, nunca acabará de decirse, porque los materiales con los que fue forjada -la música y el hombre- nunca serán perecederos en poesía.

Surge la de nuestro poeta en un tiempo que tuvo como misión clausurar paraísos. Habían pasado ya aquellos ojos -recuérdese a Jorge Guillén- que vieron un mundo deletreado por la luz. Eran los años treinta y ya las sombras se cernían sobre una historia que iba conocer días terribles. El jovencísimo Rosales comprende de inmediato que ese vacío que empieza a constatar alrededor sólo puede llenarse de trascendencia. Y eso es su primer libro, Abril, publicado en 1935. Para un lector desavisado, esta escritura seguiría pautas ya transitadas en la década anterior por la llamada “poesía pura”. Efectivamente, el tono general del libro así parece sugerirlo: su condición de cántico (“¡oh maravilla sin huella!”), la apelación constante a la luz, el asombro, en fin, “ante el cielo y la espiga y la brizna de hierba” nos sitúan, de nuevo, a la entrada del paraíso. Pero hay una diferencia respecto a aquella poesía impoluta: se trata de esta doble tensión: la humana y la divina. Rosales, al filo ya del abismo, se resiste a salir del Edén; pero, lejos de la asepsia de los poetas anteriores, trata de llenarlo de espesura cordial y de Absoluto. Es su contribución a las convulsiones que empiezan a fraguarse: frente a una historia que se precipita al caos, la contrapropuesta de una cosmovisión articulada por Alguien que trasciende las bajezas partidistas y que, más allá de lo contingente, “ata la sangre al misterio”.

No necesito añadir que los acontecimientos hicieron impracticable, de inmediato, tal utopía. Los que vinieron fueron tiempos arrasadores. Nada, para los coetáneos de Rosales, sería ya lo mismo. Personalmente, la guerra y la inmediata posguerra le infligieron golpes difíciles de sobrellevar. Es muy conocido el martirio de Lorca, refugiado en la propia casa de Rosales y arrebatado de ella por manos asesinas. Su muerte supuso para el autor de Abril un laberinto de espanto del que no pudo regresar. Menos instalado en la memoria comunitaria está el asesinato de otro gran íntimo de Rosales: Joaquín Amigo - “él me enseñó a vivir”-, despeñado, ahora a manos republicanas, por el Tajo de Ronda, unos días después de la muerte de Federico. Fallece también, en 1937, su entrañable condiscípulo Juan Panero y ni siquiera con el final de la guerra cesa, para él, el germinar de la muerte: así, a principios de 1941, con cinco días de diferencia, desaparecen sus padres, doña Esperanza Camacho y don Miguel Rosales.

No es de extrañar, pues, que Rimas, el poemario que ocupa a nuestro poeta entre los años 1937 y 1951, constate con amargura este resquebrajamiento que es, a la vez, personal y colectivo. Escribe entonces, dice, “para reunirme el alma”, esto es, para tratar de fijar en la escritura ese ser disperso que, con cada tragedia, se le está fugando a chorros. Pero escribe también para dejar fe notarial de una angustia que la poesía refleja en nombre de cuantos no pueden expresarla: “...sufrimos tanto, / Señor, que ahora ya somos / hermanos en la cruz”. Rimas es un gran libro precisamente porque recoge -sin aspavientos, en voz baja- el horror colectivo. Y por algo más: porque, frente al arrasamiento y frente al caos, este libro propugna la consideración del hombre como sujeto histórico, cuya misión prioritaria en tiempos sombríos es -recuerda Rosales- la reconstrucción material y ética del mundo “para amarlo de nuevo”.

Tales claves reconstructoras cuajarán, de forma imborrable, en La casa encendida, libro que aparece ante nuestra mirada tan joven como el día en que fue impreso. Se trata, ante todo, de la propuesta prometeica -que me perdonen los poetas sociales- más fascinante de la poesía contemporánea. Así, Rosales parte de una casa -que es la casa familiar y es la casa común- atormentada por las sombras, por los escombros y por la ausencia de los muertos. Pero he aquí que, paso a paso, “como un cabo de vela que se enciende con otra”, cada habitación acaba iluminándose hasta hacerse lengua, casa y patria encendidas: triple propuesta redentora. Son míticos los últimos versos:

Al día siguiente
-hoy-, al llegar a mi casa -Altamirano, 34-era de noche
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares
las ventanas
-sí, todas las ventanas-;
gracias, Señor, la casa está encendida.

Eso ha sido Rosales: abanderado de la libertad verbal, constructor de utopías, espejo de una época inhóspita. Cada vez más comprometidos con la palabra y con el hombre, van sucediéndose otros libros, entre los que destacan Diario de una resurrección (1979) y la ineludible trilogía La carta entera. Reconfortaría una pasada de los jóvenes por éstas y otras obras de Rosales. Su lectura los vacunaría contra aletargamientos y lugares comunes. Poeta y raíz, nos lleva al subsuelo mismo de nuestra lengua. Escuchémoslo de una vez. Ha padecido ya un purgatorio más que suficiente.

***
7 poetas, 7 poemas
Luis Rosales, 100 años
Por María Victoria ATENCIA

“La palabra del alma es la memoria”, escribió Rosales. Hoy, los poetas María Victoria Atencia, Francisco Brines, Vicente Gallego, Antonio Gamoneda, Juan Antonio González Iglesias, Almudena Guzmán y Francisco Rico hacen memoria, eligen sus versos preferidos de Rosales

Nadie sabe hasta dónde puede llevarle la obediencia

Me gusta recordar que he nacido en Granada:
Libreros, una calle tan pequeña que iba a dar clase
por la noche;
la cerraba, a la izquierda, una pared arzobispal,
una pared muy digna y casi sin ventanas;
generalmente la cubría una pizca de cielo desconchado.
Sí, señor, así fue, no necesita
que le diga mi nombre,
no es preciso,
no lo va a recordar. [...]
No cabe vivir más,
sólo quiero decirle que esa vestiduría,
me causó un sufrimiento tan intenso que recorrió mi
cuerpo hasta llegar a hoy,
no sé cómo,
no sé
pero con él vino hasta mí la despreguntación,
y viví en un dolor la vida entera:
al ponerme la enagura tuve la sensación de entrar por
vez primera en la oficina,
al ponerme las medias sentí un dolor de parto,
al ponerme las bragas se me cayó una mano en el
infierno,
y vi la mano arder,
y yo seguía vistiéndome sin manos,
Sí, señor, así fue,
aún me dura la humillación, el uniforme era tan largo en mi cuerpo de niño como si
me vistiera con la guerra civil,
y cuando todo estaba terminado me puse en la
cabeza un sombrero de niña y aquel sombrero era la muerte de mis padres.



Este poema, que comienza haciendo poesía de lo imposible, de un retortijón, y termina en uno de los finales más sobrecogedores de toda la obra de Rosales. No debería faltar en ninguna antología de poesía española del siglo XX. En él está el Rosales maestro de la imagen, de la precisión y de la hondura emocionada. Lo cuento entre ese puñado de poemas que acompañan y dignifican una vida. VICENTE GALLEGO


Siempre mañana y nunca mañanamos

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas-,
Gracias, Señor, la casa está encendida.


La sección final de La casa encendida ( v: Siempre mañana y nunca mañanamos), por la intensidad emotiva que cobra ahí el lenguaje coloquial, por la sabia administración de pausas que prepara la llegada al inolvidable el último verso y porque lo recuerdo dicho maravillosamente por Rosales. FRANCISCO RICO


Ahora que estamos juntos

Ahora que estamos juntos
ahora que ha vuelto la inocencia,
y la disposición visceral de estas paredes,
ahora que todo está en la mano,
quiero deciros algo, quiero deciros algo.
El dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre,
que nos conduce hacia el país donde todos los hombres son iguales,
lo mismo que la palabra de Dios, su acontecer no tiene nacimiento, sino revelación,
lo mismo que la palabra de Dios, nos hace de madera para quemarnos,
lo mismo que la palabra de Dios, corta los pies del rico para igualarnos en su presencia,
y yo quiero deciros que el dolor es un don
porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre [...]


Siempre que leo este poema me siento reconfortada, como si alguien, en lo más crudo del invierno, me pusiera una manta sobre los hombros. En él, Rosales convierte el dolor en un don que hermana a todos los hombres y los integra en el ciclo vital de la naturaleza. Cada vez que lo leo me acuerdo de San Francisco de Asís. ALMUDENA GUZMÁN


Recordando un temblor en el bosque de los muertos

Si el corazón perdiera su cimiento,
y vibraran la tierra y la madera
del bosque de la sangre, y se sintiera
en tu carne un pequeño movimiento
total, como un alud que avanza lento
borrando en cada paso una frontera,
y fuese una luz fija la ceguera,
y entre el mirar y el ver quedara el viento,
y formasen los muertos que más amas
un bosque ciego bajo el mar desnudo
-el bosque de la muerte en el deshoja
un sol, ya en otro cielo, su oro mudo-
y volase un enjambre entre las ramas
donde puso el temblor la primer hoja...



Sin duda alguna, cualquier poema de La Casa Encendida que tenga por sí mismo entidad propia, porque se trata de un poema único excepcional que, con independencia de su altísima calidad poética, tiene una más definida y profunda raíz existencial. ANTONIO GAMONEDA


Es el miedo al dolor

Es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles,
quien socava las almas
como socavan la ribera las orillas del río,
y yo he sentido su calambre desde hace mucho
tiempo,
y yo he sentido, desde hace mucho tiempo, que el curso de sus aguas nos arrastra,
nos mueve las raíces sin dejarnos crecer,
y nos empuja, y nos sigue empujando hasta
juntarnos
en esta habitación que es ya un rescoldo mío,
en esta habitación en donde las baldosas se levantan un poco
y ya no vuelven a encajar en su sitio
como la tierra removida ya no cabe en su hoyo:
tal vez a nuestro cuerpo le ocurra igual...



Más de dos décadas después de haberlo leído por vez primera, hay versos de La Casa Encendida que sigo recordando. El final espléndido, a la vez claro y misterioso, metafísico y cotidiano, alto y concreto.No son recuerdo literario, sino vital. El versículo largo de Rosales tiene la capacidad de ser bellamente exhaustivo. En ese “todas las ventanas” cabe una totalidad que no necesita enumeración. JUAN ANTONIO GONZÁLEZ IGLESIAS


Porque todo es igual y tú lo sabes

PORQUE TODO ES IGUAL Y TÚ LO SABES,
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.



Podría elegir cualquier fragmento de La Casa Encendida, un poema que es un libro muy personal y extraordinario, porque es una poesía que está escrita desde la sensibilidad y el afecto plenos, y también tiene rasgos de concepto, así que es una obra muy completa . FRANCISCO BRINES


Autobiografía

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,

sabiendo que jamás me he equivocado en nada,

sino en las cosas que yo más quería.



Conocí a Luis Rosales y confieso que me impresionó como ser humano, como intelectual y como poeta. No siempre resulta sencillo elegir un solo poema, pero dentro de ese extraordinario libro que es La Casa Encendida, hay muchos versos extraordinarios, mis favoritos, que reflejan el sufrimiento del poeta y su búsqueda de la felicidad. O el retrato implacable que de sí mismo traza en esta “Autobiografía”.

Articulo:
http://www.elcultural.es 05/06/2010

Evelyn ERLIJ/ La música francesa que nos hemos perdido


La raíz de la "Tiersenmanía" ¿Qué pasó con la canción francófona en Chile?:
La música francesa que nos hemos perdido
Por Evelyn Erlij

El éxito de público de los conciertos de Yann Tiersen recuerda, aunque en menor escala, el lugar que alguna vez tuvieron los artistas francófonos en Chile, cuando Aznavour peleaba los primeros puestos de los rankings con los Beatles. Tras los 60, la huella francesa se perdió, pero no desapareció: varios músicos han venido estos últimos años a restablecer ese lazo.

Escuchar las creaciones más célebres de Yann Tiersen es transportarse inevitablemente a una Francia simbólica o, más específicamente, a las calles parisinas del barrio de Montmartre por donde Amélie, el personaje de la popular película de Jean-Pierre Jeunet, se paseaba acompañada por las melodías de un acordeón y un violín. El éxito de esta música -y del resto del repertorio de este compositor francés- se confirmó en su segunda visita a Chile: las entradas para su presentación del 28 de mayo pasado en el Teatro Nescafé de las Artes se agotaron, por lo que la productora debió sumar dos fechas extras, una en Concepción y otra en Santiago. La prensa habló, incluso, de una "Tiersenmanía".

"Chile es un país muy sentimental y su música tiene ese toque melancólico e introspectivo que llega mucho a la fibra de los chilenos", comenta Philippe Boisier, el productor y músico que trajo al compositor galo a través de su productora No+Studio. "No estoy tan seguro de que haya un interés por lo francés en su éxito, porque hoy la música francesa no se conoce en Chile. He traído muchos artistas de Francia. Algunos han sido exitosos y otros para nada, como pasó en 2008 con Jane Birkin , un ícono de los años 60".

Boisier ha sido uno de los artífices de la presencia de la música de ese país en Chile en los últimos años, ya que gracias a sus gestiones -y con la ayuda de organismos gubernamentales franceses- han pisado suelo chileno una buena cantidad de artistas como Benjamin Biolay , Nouvelle Vague , Olivia Ruiz y Dominique A . Sin embargo, el cancionero francés actual está lejos de ocupar el lugar que tuvo alguna vez en Chile, un país que durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX posó sus ojos sobre Francia y lo convirtió en su principal referente cultural.

Fue tal el afrancesamiento de la alta sociedad chilena hacia fines de 1800, que incluso los antiguos "saraos" -o reuniones de diversión con danzas y música- pasaron a denominarse " soirées ". Más aún, toda la tradición de bailes de salón fue importada desde Francia: valses, mazurcas y polcas-estas dos últimas popularizadas por Chopin en París-, entre otras, son las composiciones que animaron las fiestas de la clase alta nacional.

La música popular francesa, no obstante, viviría su última etapa de esplendor en los años 60. A partir de entonces quedaron atrás los días en que una buena cantidad de artistas francófonos se pelearon con estrellas tan grandes como los Beatles y Raphael los primeros lugares en los rankings , las páginas de las revistas juveniles y los suspiros de las fans .

Quienes vivieron los años 50 y 60 lo recuerdan bien: cantantes como Gilbert Bécaud y Charles Aznavour y galanes como el belga Salvatore Adamo y Hervé Vilard fueron ídolos tan grandes de la música popular como los artistas del mundo anglo. Es más, a diferencia de las estrellas de habla inglesa, gran parte de ellos incluso llegaría a Chile para cantar y desatar, a la vez, los más increíbles episodios de fanatismo de parte de sus fieles fans chilenas.


La hegemonía anglo

El punto de desconexión con esa escena musical se remonta a los años 70, y así como en Chile se pasó por alto toda la discografía setentera de Serge Gainsbourg -"sin él no existiría gran parte del rock alternativo de hoy, desde Air hasta Beck", explica Boisier- y de otros artistas posteriores, lo mismo ocurrió desde la década de los 80 hasta la actualidad. Poco y nada se sabe, por ejemplo, de Les Rita Mitsouko , el gran fenómeno del pop-rock galo ochentero, o de Noir Désir , una de las bandas de rock más famosas de ese país.

"En los 70 la canción francesa atraviesa un momento de reconversión que tiene que ver con una influencia norteamericanizante, al mismo tiempo que Chile pasa por un período en que, después del golpe, se abre al mundo de forma desequilibrada, ya que no hay una atención hacia la cultura popular europea, sino sólo a la norteamericana", explica el historiador Claudio Rolle, uno de los autores de los dos tomos de "Historia social de la música popular chilena".

Aunque afirma que en ese período hubo algunos cantantes que se conocieron en Chile, como Francis Cabrel , Gerard Lenorman -creador de la clásica Michèle - y Michel Sardou , se trata de figuras menores. "En los 70 y 80 Chile deja de comunicarse con Europa también por el aislamiento que produce la situación política. La gente que viene en esos años asume lo que significa cantar en un país con dictadura. Por ejemplo, para la italiana Iva Zanicchi tiene un costo venir a cantar al Chile de Pinochet", comenta Rolle.

Desde entonces -y a excepción de algunos cuantos artistas como Joe Dassin , creador de varios éxitos como À toi y Et si tu n'existais pas -, la música en francés llegaría a los chilenos en pequeñas dosis. Si en los 80 sonaron en las radios éxitos como Ella, elle l'a de una reinventada France Gall, o la pegajosa Joe le taxi, de una adolescente Vanessa Paradis , también hubo espacio para una buena cantidad de one-hit wonders , como Voyage voyage de Desireless e incluso el éxito Ouragan de la princesa Estefanía de Mónaco .

"También llegaron a Chile influencias cruzadas, como Manu Chao con Mano Negra , artistas que tienen una doble identidad, que están en parte en Francia y en el mundo español. Lo que hacen los Gypsy Kings a fines de los 80 también es un suceso de público, de descubrimiento de un ritmo muy mixto y de fusión, ya que ellos también son franceses", señala el historiador de la UC.

Después de los 60, la música francesa no pudo competir con la hegemonía del mundo de la música anglo y su esfera de influencia se redujo principalmente a una pequeña elite movida por una cierta inquietud intelectual, como ya había ocurrido a fines de los 40 y en los 50 con Edith Piaf , Yves Montand , Maurice Chevalier y otras figuras como la musa del existencialismo, Juliette Gréco (su versión de Les feuilles mortes se convirtió en una canción de culto). A diferencia de ídolos como Aznavour, Georges Moustaki y Bécaud, estos artistas no tuvieron interés en adaptarse al mercado hispanohablante haciendo versiones en castellano de sus éxitos. "El francés siempre ha tenido esa aura de idioma culto, vinculado a la cultura y el refinamiento, por lo que este tipo de artistas francoparlantes impactaron mayormente entre los más entendidos", comenta el musicólogo Juan Pablo González.

"Hay un tema de segunda línea, pero constante en la presencia francesa en Chile y que tiene que ver con la fascinación que producen en el plano intelectual los ambientes parisinos", considera Rolle. De aquí que toda la llamada chanson à texte -con letras elaboradas, cargadas de poesía y a veces de humor- de grandes como Georges Brassens , Jacquel Brel y Serge Gainsbourg haya impactado poco la escena nacional y se haya limitado a un sector bilingüe, y por lo tanto, más elitista.

El músico Eduardo Peralta, autor de numerosas traducciones de Brassens al español, es el mayor ejemplo de esta influencia, aunque asegura que no es el único: "(Están) los que han vivido en Francia, como Quilapayún, los Parra, Los Jaivas, Mariana Montalvo, Cacho Vásquez, Patricio Manns -cómo no pensar en (Leo) Ferré al oír algunos de sus clásicos- y el gran Desiderio 'Chere' Arenas, quien le debe mucho a Renaud, Gainsbourg y a la mejor canción de autor gala", enumera.


Del amor al cliché

A pesar de la pérdida de espacio que tuvo Francia en las últimas décadas en la música popular, Chile y la canción gala sí vivieron una etapa de enamoramiento. Lo demuestran las visitas ilustres que recibió el país desde los años 40 en adelante, entre las que se cuentan grandes estrellas de la chanson como Henri Salvador , Charles Trenet , Jean Sablon y Gilbert Bécaud , quien era "el favorito" del cantante chileno Antonio Prieto.

Más adelante se sumarían Aznavour, Adamo y Vilard, la última gran estrella francesa en el Chile de los 60. Mientras el primero todavía es dueño de uno de los más grandes récords de venta de la historia de la Feria del Disco, el segundo fue capaz de congregar a 7 mil fans en el aeropuerto de Santiago en 1968 y tuvo casi 40 canciones en los rankings entre 1966 y 1970.

Todos ellos importaron el modelo del chansonnier , "esa mezcla entre cantante y actor que dramatiza la letra de sus canciones -señala González- y que adopta el concepto del recital como espectáculo, el que más adelante explotarán Buddy Richard, José Alfredo Fuentes y Gloria Simonetti", los tres artistas chilenos que graban discos en vivo a fines de la década del 60.

Dando un salto hasta la actualidad, ni el éxito de Tiersen ni la mayor presencia en Chile de artistas franceses hoy -en las radios y en recitales, desde bandas como Louise Attaque y Holden , hasta cantantes como Yelle que se hicieron famosos vía MySpace- tienen que ver necesariamente con un resurgimiento de esta tradición en el país, sino con el escenario distinto que hoy existe mundialmente en la industria de la canción gracias a la aparición de internet, principal ventana a la música de todo el orbe y gran motor de la segmentación del mercado musical.

"Como productor y músico me he dado cuenta de que Chile es un país donde hay muchos artistas que son de culto. Mañana puedo traer un grupo que sea desconocido, pero si es de culto, voy a atraer mucha gente. Eso explica por qué los conciertos de Yann Tiersen fueron tan exitosos", opina Philippe Boisier. "Ese es el mercado que hay que tomar, ya que el interés del chileno tiene que ver más con el artista que con el país de donde viene. Nos dimos cuenta de que la música francesa como eslogan era un cliché muy grande".

Aunque ya no se puede hablar de un interés particular por lo francés en lo musical, el hecho de que en las últimas décadas las radios chilenas hayan dado espacio tanto a músicos y bandas de ese país consagradas a nivel mundial - Daft Punk , Air y Justice en la música electrónica, por ejemplo-, como a figuras menores -desde el pequeño Jordy con su (in)olvidable C'est dur d'être bébé! hasta la popera Alizée , surgida de un programa de talentos- es porque el rastro de Francia en lo musical no ha desaparecido. Así lo explica Rolle: "Lo francés en la música popular tiene un sello que nunca se ha perdido, ya que hasta hoy tiene en Chile un espacio de culto especial".


El "hijo" chileno de Brassens

"Francia es uno de los pocos países que reconocen a sus trovadores de excelencia como poetas. Georges Brassens recibió el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa", cuenta Eduardo Peralta, el cantante y compositor chileno que ha traducido más de 60 de canciones de este grande de la chanson à texte francesa, caracterizadas por sus letras poéticas cargadas de humor e ironía. Cada lunes -y desde hace 11 años- presenta su repertorio en El Mesón Nerudiano. "Ya van 427 Lunes Brassensianos ", detalla Peralta. Al repertorio creado por él y al de Brassens, se suman versiones suyas de Leo Ferré, Jacques Brel, Francis Lemarque, Boby Lapointe, Félix Leclerc, Boris Vian y Georges Moustaki.

Esta perseverancia francófona le ha valido dos importantes premios de Francia: la medalla Chevalier des Arts et des Lettres -que entrega el Ministerio de Cultura de Francia- y el Grand Prix Sacem (Sociedad de Autores, Compositores y Editores de Música de Francia) al repertorio francés en el extranjero, galardón que han recibido, entre otros, Nana Mouskouri.

Durante junio, los Lunes Brassensianos tendrán sólo invitadas mujeres: el 7, Sol Domínguez ; el 14, Pascuala Ilabaca, y el 21, Cecilia Astorga .


Sobre YOU TUBE :

GEORGES BRASSENS : les copains d'abord
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http://www.youtube.com/watch?v=Lc8nnrawbI4

Juliette Greco - Parlez-moi d`Amour
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http://www.youtube.com/watch?v=PtXzVFYPkyc

Edith Piaf L'Hymne à l'amour
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http://www.youtube.com/watch?v=1gTGmbA40ZQ&feature=related

Jacques Brel - Ne Me Quitte Pas
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http://www.youtube.com/watch?v=RKMqCqjixyo&feature=related

Yves Montand - Les Feuilles Mortes
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http://www.youtube.com/watch?v=cOsVVeojMZs&feature=related

Dalida & Serge Lama - je suis malade
-
http://www.youtube.com/watch?v=bKg7LCRgwoQ

Serge Gainsbourg & Brigitte Bardot - Comic Strip
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http://www.youtube.com/watch?v=URr37OUyC6I

Jane Birkin & Serge Gainsbourg - Je T'aime... Moi Non Plus
-
http://www.youtube.com/watch?v=sHiMDB19Dyc

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 05/06/2010

Estefanía ETCHEVERRIA/ Las transformaciones de nuestros hábitos de lectura


REPORTAJE Diagnóstico y pronósticos:
Las transformaciones de nuestros hábitos de lectura
Por Estefanía Etcheverría

Los índices muestran que los chilenos leen cada vez menos y el 70 por ciento confiesa no haber comprado un solo libro en los últimos doce meses. Fenómeno que se conjuga con la aparición de nuevas formas de leer, imprimir y vender ejemplares. El horizonte aparece plagado de interrogantes.

Ipad, Kindle, Espresso Book Machine (en tres minutos imprime un libro completo de 300 páginas desde un archivo digital), bibliotecas en la web. La innovación tecnológica llegó hace tiempo al mercado del libro, pero su masificación aún no. Por el momento.

Andrea Palet, directora del Magíster en Edición UDP, no tiene certeza sobre qué pasará con el mercado editorial en diez años, pero cree que "todo o casi todo, desde el punto de vista del negocio, parece depender de qué hagan Google, Amazon y Apple para hacerse con la tajada más grande. Lo mejor que podría ocurrir, pero no ocurrirá, es que se den cuenta de que no es tan bueno el negocio y se vayan a Bollywood o algo así, y nos dejen trabajar más tranquilos".

Para tener certezas, o lo que más se les parezca, sobre la consecuencia del cambio tecnológico, el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlac) publicó un estudio sobre el futuro del libro en 2020 en siete países, entre ellos, Chile. Según esta investigación, el escenario para entonces transitará entre el universo analógico y el digital. En 10 años más, el 90% de los textos escolares ya no se producirían en papel, según el estudio de Cerlac, pero la ficción seguiría publicándose en formato tradicional, salvo dos excepciones: best sellers (que se publicarían en formato digital y analógico) y obras de nuevos géneros que podrían surgir de la digitalización.


Librerías en la mira

A nivel regional, las predicciones hablan de una base interconectada de datos de publicaciones en español. En políticas públicas, los gobiernos pondrían en marcha iniciativas de exportación del libro que aprovecharían el enorme mercado latino que para entonces tendrá Estados Unidos.

La publicación y la difusión también se modificarían, sobre todo a partir del libro digital, la venta por internet y la impresión sobre demanda, es decir, hacer el ejemplar cuando ya ha sido encargado por el comprador. Este método implica menos riesgo económico, disminuye costos de almacenamiento y pérdidas por devoluciones. Javier Machicado, del Observatorio Iberoamericano del Derecho de Autor, agrega que este tipo de impresión "permite, por otra parte, reimprimir textos con frecuencia y a bajo costo, graduar el tiraje de acuerdo con la demanda, corregir errores sin costos mayores, y probar la aceptabilidad de un libro en diversos mercados e idiomas, entre otras ventajas".

Se espera que para 2020 se produzca un reacomodo de la situación en torno al libro, más que la desaparición de alguno de los actores del mercado actual. Si en 1993 en Chile el 81% de los libros se compraban en librerías, en 1999 la cifra caía a 63,1% y en 2008 a 44,6%. Las razones de este descenso se explican por la compra de libros en puestos "piratas" y en menor medida en ferias, supermercados y otros espacios comerciales.

Algunos expertos pronostican que la redefinición de la librería deberá ampliarse a una especie de "centro cultural" con una diversidad de funciones, lo que le permitirá sobrevivir de mejor manera, cuando el débil 0,1% que representan hoy en Chile las ventas de libros por internet suba precipitadamente, según algunos pronósticos.


Cifras pesimistas

Cada vez se registran en Chile más títulos publicados. De 2.420 hace 10 años pasamos a 4.462 títulos en 2009. En literatura, hasta 2008 lo que más se editaba era poesía, pero en 2009 la literatura infantil y juvenil aumentó sus ediciones en 60%, desplazando a la poesía.

La gran pregunta es si alguien los lee, ya que nuestras cifras de lectura son más que preocupantes.

Los chilenos cada vez leen menos. El último estudio "Chile y los libros", de la Fundación La Fuente y Adimark, estableció una caída en el porcentaje de lectores respecto de la versión anterior del mismo estudio. Si en 2006 el 55,1% de los encuestados se definía como lector ("lee libros alguna vez en el año"), en 2008 sólo lo hacía el 49,2%.Además, en 2008 el 58% reconocía leer menos que hace cinco años, y el 70,2% confesaba no haber comprado un solo libro en los últimos 12 meses.

En el panorama regional, el país tampoco está de lo mejor. A nivel editorial, Chile es considerado en el grupo de producción media, junto con Venezuela y Perú, bien lejos de las grandes industrias de Argentina, México y Colombia. Y en porcentajes de lectoría tampoco encabeza la lista.

Según cifras publicadas en el Observatorio Iberoamericano del Derecho de Autor, la población que reconocía haber leído al menos un libro al año en 2007 representaba el 72% en Argentina, 68% en República Dominicana, 57% en Uruguay, 56% en México, 55,2% en Perú y sólo 41,5% en Chile.

Los bajos índices nacionales tienen de fondo, según la encuesta 2008 de Fundación La Fuente, el poco gusto por la lectura y la falta de tiempo. Así, ni el menor costo ni el fácil acceso del libro digital podrían revertir las cifras. Y aunque se llegara a leer más, no bastaría. Basta recordar los resultados nacionales en el estudio "Nivel lector en la era de la información", que la OCDE publicó en 2000, que mostraba que el 80% de los chilenos entre 16 y 65 años carecía de un nivel de lectura mínimo para funcionar en el mundo de hoy.

De seguir las cosas así, la situación de Chile para 2020 no se ve bien. Lily Ariztía, directora pedagógica de la Sociedad de Instrucción Primaria, cree que de no tomarse medidas "es probable que la lectura cada vez vaya perdiendo más terreno frente a las nuevas tecnologías, atractivas por su inmediatez y la predominancia de un lenguaje visual".


Posibles antídotos

¿Cuáles son las medidas que podrían revertir la caída de la lectura en el transcurso de una década?

Placer más que rigor es lo que propone Lily Ariztía para lograr los mismos objetivos. La estrategia: "Que en la escuela se generen más instancias de lectura que el niño o joven pueda asociar con el goce también es primordial. Lo más importante para crear lectores es que la lectura haya sido una experiencia significativa y esto no se logra a través de comprensiones de lectura o dictados, sino apelando al impacto afectivo que puede tener la lectura en el lector". Así, el placer de una primera lectura gozosa lograría incitar a buscar nuevos placeres en nuevos textos.

Rebeca Domínguez, directora de la Fundación "Había Una Vez", quien trabaja para incentivar la lectura infantil y juvenil, sugiere integrar las iniciativas públicas y privadas de fomento a la lectura y crear bibliotecas vecinales "que acerquen la lectura a todos los segmentos etarios de la comunidad, transformando estas bibliotecas en espacios públicos que generen identidad y sentido de pertenencia en torno a la cultura y sus distintas manifestaciones".

En ese sentido, el Plan Nacional de Construcción de Bibliotecas, a cargo de la Dibam, ha buscado dotar de bibliotecas a las comunidades con más de quinientos mil habitantes, lo que significó entre 2007 y 2009 una inversión de diez mil millones de pesos.

Verónica Abud, ex directora ejecutiva de Fundación La Fuente y actual jefa de la División General de Educación del Mineduc, propone algunas medidas: capacitar a profesores en la animación de la lectura, fomentar el trabajo y la difusión de escritores e ilustradores, ampliar la cobertura de bibliotecas públicas, crear bibliomóviles para las comunidades rurales, reforzar el rol comprador de libros del Estado, abrir las bibliotecas escolares a los padres y la comunidad, y crear bibliotecas en jardines infantiles. "Hay que desarrollar programas de bibliotecas con estimulación lectora en todos los jardines infantiles del país, capacitando a los padres y educadoras en animación lectora".

Si estas medidas se aplicaran, Chile en 2020 podría tener mejores índices de lectoría y, en palabras de Verónica Abud, "habría una revitalización social y cultural: más libros circulando y a un precio inferior, nuevos escritores, más ilustradores. Un mercado editorial amplio para libros infantiles y juveniles de calidad. En fin, una sociedad mejor, más informada, más libre y amplia de criterio".


Los riesgos de una educación posliteraria

La vulgaridad siempre ha existido a lo largo de la historia. Pero hoy los medios de comunicación le otorgan una caja de resonancia y una amplificación del todo inédita. El 80% de la población prefiere, y está en su derecho, la televisión más estúpida, la película trepidante, sobreabundancia de fútbol, telenovelas, el culto a la actualidad informativa, la navegación sin rumbo por internet, el chateo insustancial, la cultura de revista... a leer a Platón o Esquilo. Frente a gustos tan primitivos la verdadera cultura es más exigente.

Por lo tanto, "capea" televisión, prescinde del blackberry, del celular, de facebook, del I-pod, del videojuego; afronta la riqueza del silencio y toma un libro. No tomes un libro que acaba de salir. Deja que el tiempo, que es el gran seleccionador y discriminador, cumpla su trabajo silencioso que elimina lo mediocre. El clásico es un libro que todavía se imprime y que no cesa de aparecer, que acaba incluso de reaparecer. Ya que dispones de poco tiempo, lee los libros que han pasado la prueba del tiempo. La lectura y la vida no se oponen entre sí como proclaman los pragmáticos. Como si el ejercicio de las más altas capacidades de la mente no fuera la forma más intensa de vivir. Con buenos libros el pensamiento y la imaginación se dilatan, amplían nuestro horizonte vital. En cambio, la pura vitalidad es mera agitación. Es hora que elijas, como lector, alguno de tus amigos e interlocutores entre las cabezas más lúcidas y sensibles de la humanidad. Esos que expanden y enriquecen tu vida al entrelazarla con la de ellos. Comprobarás que tu inteligencia crece, tu imaginación se agranda; te pasearás por los vericuetos de la historia, los laberintos de las ideas o por las maravillas de la fantasía. Tendrás una mente educada que te hará capaz de comprender mejor a los demás, plantearte alternativas inéditas y recorrer sendas inexploradas.

En fin, una educación que prescinda de los clásicos, y todo lo fíe a las nuevas tecnologías y al activismo, es una mala educación. Hay que afrontar con finura y buen gusto el peligro de una educación posliteraria tosca y cercana a la barbarie.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 05/06/2010

Patricio TAPIA/ María Luisa BOMBAL a los cien


Aniversarios Nacimiento y muerte de la escritora (1910-1980):
María Luisa Bombal a los cien
Por Patricio Tapia

Autora de una obra breve, pero celebrada, la cual tiene bastantes entronques con su vida turbulenta y desgraciada, María Luisa Bombal ha sido una escritora influyente y no sólo en Chile.

Cuando en 1938 apareció en la prestigiada editorial argentina Sur La amortajada , de María Luisa Bombal, nada menos que Jorge Luis Borges lo saludó como un libro de "triste magia" y "que no olvidará nuestra América".


Cosmopolita y viajera

La autora era una joven chilena de clase acomodada y educación europea (en Francia) que por entonces vivía en Buenos Aires. Ella ya había publicado, también en Argentina, La última niebla , en 1934. Si no para América, ambos libros determinaron al menos un giro en la literatura chilena (se ha dicho que se adelanta en diez años al movimiento surrealista nacional). Bombal se relaciona con un círculo vinculado a la revista Sur, e incluye al español García Lorca, a Victoria Ocampo, José Bianco y Borges. En Sur publica más tarde un par de cuentos.

Regresa a Chile en 1940, y su vida comienza a parecer uno de sus relatos, con tentativas de suicidio y de asesinato incluidos. En 1941 intenta matar a su primer amor, Eulogio Sánchez, pero sólo lo hiere; es absuelta por haber actuado fuera del dominio de sí misma. En 1944 marcha a Estados Unidos. El alcoholismo es una amenaza que poco a poco se torna una realidad. Allí se casará con un noble francés en la más larga y más estable de sus tormentosas relaciones. Tendrá una hija. Su vida norteamericana acaba cuando en 1969 muere su marido. Después de un tiempo en Argentina, vuelve a Chile. Acá permanece, triste y alcohólica, hasta que muere, sola, en 1980.


Más allá del realismo

Su obra se aparta del naturalismo (o, más bien, combina elementos realistas con otros que no lo son), utilizando recursos (alguien rememora durante su propio velatorio parte de su vida), técnicas y temas -como cierto erotismo- innovadores. Es el triunfo de la sensibilidad por sobre el argumento: importa menos la historia que el ambiente. En sus escritos abundan mujeres insatisfechas con su desesperado destino; hombres agobiados por un amor pasado, muerto o a punto de perderse. Maridos como árboles y matrimonios que se deshojan.

Su obra ha sido generalmente reconocida incluso en Chile (Alone celebró "su arte inmemorial y leve"). A veces se ha leído en clave feminista y en otras se critica la sumisión femenina de sus personajes, pues aparecen mujeres que sufren por el envejecimiento o la pérdida de la belleza.

Su distanciamiento del realismo, ¿habrá influido en su amigo Borges? Se supone que éste escribió "Pierre Menard, autor del Quijote" -cuento que marcaría un nuevo rumbo en su obra, lejos de todo criollismo, apuntando a lo fantástico y metafísico- en un estado febril fruto de un accidente que casi lo mata y que, según la leyenda, habría sufrido en casa de Bombal. Borges conoció el argumento de La amortajada antes de su publicación y le puso reparos, pero al leer el manuscrito lo celebró y, una vez publicado, habló de ese libro que América no olvidará.


En América

En su Diccionario crítico de la literatura mexicana (2007), Christopher Domínguez Michael, hablando de Rulfo y su leyenda romántica como un ser de etérea originalidad, dice preferir un Rulfo real, sometido a la influencia de Faulkner y al "venturoso accidente de haber conocido y leído" a Bombal, "su hermana en el estilo y en el espíritu". José Bianco, uno de sus amigos argentinos de Sur, dejó escrito que creía recordar que Rulfo le dijo que La amortajada lo había impresionado mucho en su juventud (no habló de haberla tratado).

No todos son elogios, claro. César Aira dice de ella en su Diccionario de autores latinoamericanos (2001) que su obra es "algo lánguida y con pronunciadas caídas en la cursilería". En realidad, a Aira no le gustan los autores que, como Bombal y Rulfo, no siguen escribiendo. Y en eso quizá no se aparte mucho de lo que su querido Borges opinaba. En el Borges (2006), de Bioy Casares, hay una anotación de mayo de 1962 sobre el prestigio de La amortajada : "Haber escrito un librito muy breve, hace muchos años, asegura una posición muy firme, queda como fierro. Otra jugada es la de dejar muchos libros para que no puedan juzgarlo a uno por ninguno, como Goethe".

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 05/06/2010

Ignacio VALENTE/ CHÉJOV como narrador


150° Aniversario de su nacimiento El reverso del alma rusa:
Chéjov como narrador
Por Ignacio VALENTE

En la base del cuento moderno están dos narradores muy disímiles: Maupassant y Chéjov, tan francés el uno como ruso el otro hasta la médula. A pesar de su muerte temprana, a los 44 años, la huella de Chéjov se extiende hasta nuestro siglo. Historias como "El beso", "La dama del perrito" o la novela "El pabellón número 6" han marcado a varias generaciones de escritores.

Es curioso que cuando pensamos en el alma rusa (durante el siglo XIX) solemos evocar más bien el mundo de Dostoiewski y Tolstoi: las grandes humillaciones, el pathos violento, los amores inconmensurables, el horizonte épico, los anhelos mesiánicos. Pero con su contemporáneo Anton Chéjov, nacido hace 150 años, entramos en el otro lado, casi en el reverso del alma rusa: la exactitud triste de un paisaje otoñal -de la naturaleza y del corazón-; el ámbito realista donde, al decir de Gorki, "la mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las sucias calles donde se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados, llenando sus casas de un insensato y somnoliento bullicio".

Lo que exaspera a Chéjov -con más melancolía que pasión o que amargura- es la necedad, la ignorancia, el tedio, los prejuicios y las máscaras de la vida provinciana o pueblerina -y a ratos también citadina- de las pequeñas gentes, con sus tragedias hechas de vulgaridad: en las antípodas de cualquier épica o mística.


Caracteres y atmósferas

Los cuentos de nuestro autor casi no tienen argumento. Da la impresión de que en ellos no sucede nada, y sin embargo el lector los sigue con alto interés. Anécdota hay, sí, pero incluso ella es muy leve. Resulta una proeza del narrador conseguir, sin ese apoyo mínimo, relatos tan substantivos y substanciales. ¿Qué hay en ellos, entonces?

Hay caracteres humanos. Con un estilo opaco y preciso, la mirada de Chéjov capta esos pequeños detalles psicológicos, esos gestos y maneras que definen a un ser humano mejor que muchas descripciones. Estos caracteres no proceden del campesinado (los mujiks) y rara vez de la nobleza: su ámbito -pueblerino- son los funcionarios medios, los comerciantes, las dueñas de casa, los profesores, los militares... Como personajes, ellos llevan consigo sus mundos domésticos, laborales, geopolíticos: las atmósferas, también captadas en forma sintética, con pinceladas veloces, a partir de la experiencia que tuvo de ellas el autor como médico rural.


Crítica de la vida

Una confesión suya del mayor interés: "Sigo sin tener posición política, religiosa o filosófica firme. Cambio todos los meses; por eso estoy obligado a contar cómo mis héroes aman, se casan, hacen hijos, hablan y mueren". De allí que no denuncie instituciones: su tono verbal no tiene nada de ideológico ni profético; su mirada es más profunda y existencial. La categoría que le corresponde en relación con la sociedad rusa es la de "crítica de la vida". Un objeto privilegiado de esta crítica es la máscara de la intelectualidad infatuada.

Me detendré en un par de botones de muestra, que además son de una particular calidad narrativa. La Olga Ivanov de "La cigarra" encarna el poder destructor de la pedantería, capaz de sacrificar los más altos compromisos, promesas y lealtades humanas por una ilusión de cultura superior y "elevada". Chéjov tiene un ojo infalible para detectar la vanidad de las pretensiones artísticas en quienes son meros aficionados sin talento (o incluso con él), que desprecian a quienes no se interesan -oh, pecado- por el Arte con mayúscula. Olga se mueve entre la mediocridad plástica y la musical; se cree artista, pero no lo es en absoluto. Su marido es un médico e investigador notable, un gran hombre enamorado de ella, ¡pero no un artista! Con mano maestra, y con una objetividad ajena a todo reproche, se nos traza la inexorable caída de Olga por los pasos del desdén conyugal, el capricho, la infidelidad, y por último la crueldad: el holocausto de su marido. Sin embargo, todos esos pasos llevan consigo cierta humanidad, vacilaciones, pequeñas redenciones: nada más lejos de Chéjov que moralizar.

(Que yo recuerde, una sola frase suya moralizante -y sabelotodo- he sorprendido en un relato suyo, "Enemigos": "Sus pensamientos eran injustos y cruelmente inhumanos". Y nada más, lo que contrasta con los hábitos narrativos de su época y de su país.)

El caso de "La princesa", como crítica de la vida, es análogo al anterior, sólo que se desarrolla en el plano moral y religioso. Pocas veces se ha revelado con tanta fuerza el desconocimiento de sí mismo: la espantable distancia entre lo que una persona cree ser y lo que es. Leyendo este cuento he recordado un paradigma anterior y otro posterior: el clérigo Collins de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, y la farisea, de la novela del mismo título, de François Mauriac. La princesa se cree buena, amable y religiosa, pero en su invulnerable ceguera no hace sino explotar y hacer sufrir, en lo material y en lo moral, a cuantos la rodean, y todo bajo capa de... ¡misericordia! Dicho así el caso, parecería prestarse a la sátira o a la diatriba, pero no en la pluma de Chéjov: aquí todo es humano y comprensible, y sólo en forma oblicua se revela el autoengaño de la protagonista: su ser y su parecer. Este retrato viene de una mano sutil.


La gran novela

Siento no poder referirme aquí sino a una sola novela, una gran novela de Chéjov: "Pabellón n. 6". De su lectura se cuenta que Lenin -¡Lenin!- se impresionaba hasta el sofoco, y necesitaba salir a respirar para continuarla: es terrible, pero -no hace falta decirlo- sutilmente terrible. En un manicomio un loco es tratado por un psiquiatra, que recibe de su paciente un impacto moral indeleble, porque éste es un ser superior: más culto, más sabio, más humano y más inteligente que el doctor. Con un tono opaco escalofriante se nos narra el proceso por el cual el médico, a fuerza de conversar y conversar con su paciente, sale de su mediocridad y abre los ojos a la vida, pero por eso mismo se crea fama de loco en el pequeño mundo provinciano, y termina... ¡recluido él mismo por sus colegas en el manicomio! Y sólo entonces toma conciencia del sufrimiento de sus nuevos compañeros, a quienes trató por años sin haberse asomado siquiera a su interioridad.

Como se ve, el autor prolonga aquí la misma crítica de las convenciones pueblerinas que hemos encontrado en sus relatos breves, sólo que con más anchas dimensiones formales y temáticas. Esta novela es tan lograda como los mejores cuentos y nouvelles de Anton Chéjov, lo que obviamente no es poco decir. Como maestro del cuento, nuestro autor ha dejado una larga y profunda huella a lo largo de todo el siglo XX y hasta nuestros días.


Pensamientos del doctor Chéjov

A las colecciones de relatos del autor ruso disponibles en el mercado -entre las que destacan las ediciones de Alianza, Pre-Textos, Lumen y Edhasa- se sumó hace un tiempo la espléndida biografía Anton Chéjov , de Natalia Ginzburg (Acantilado). Desde Argentina, llega ahora un interesante Cuaderno de notas editado por La compañía de los Libros, con traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela y una introducción de Vlady Kociancich, dos reconocidos escritores trasandinos.

No se trata, en rigor, de un diario íntimo ni homogéneo, sino de una antología realizada a partir de varios cuadernos de trabajo que Chéjov escribió entre 1891 y 1904. La traducción es del francés, pero fue revisada de acuerdo con el original en ruso, lo que, en teoría, hace más confiable la edición. Cuaderno de notas contiene esquemas de historias, bocetos de personajes, ácidos comentarios sobre la sociedad de su país, listas de libros, cuentas de gastos e incluso recetas médicas, además de lacónicos apuntes de sus viajes por Europa ("14 de septiembre. Bayonne. Gran Carrera de la Costa. Vacas").

Sin embargo, son aquellos textos cercanos al aforismo los que mejor reflejan su impresionante capacidad de observación y la exactitud matemática con la que emplea la ironía. "Un hombre sin bigote es como una mujer con bigote", suena casi como un teorema. "No es el número de enfermedades nerviosas o de enfermos mentales lo que ha aumentado, sino el de los médicos capaces de percibirlas", escribe en otra parte el doctor Chéjov. Definitivamente, el cuentista no sentía un gran respeto por la formación académica: "La universidad desarrolla todas nuestras capacidades, incluso la idiotez".

El machismo de varias frases puede hoy resultar ofensivo, aunque en favor de Chéjov cabe suponer que no representan necesariamente el pensamiento del autor, sino de sus creaturas de ficción. De esta forma, se puede sonreír sin culpa cuando leemos: "Ariana habla perfectamente tres idiomas. Las mujeres asimilan rápidamente las lenguas: hay mucho espacio vacío en sus cabezas". Provocación equivalente a: "Es necesario educar a una mujer de modo que sepa reconocer sus errores; de otro modo, siempre creerá tener razón".

Pero no todo es humor. Conmueve hallar atisbos de convicciones profundas ("La fe sólo es accesible a los organismos superiores"), aledañas, en el libro, a temores existenciales: "La muerte nos causa espanto. Pero sería aun más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola", anota este autor que falleció de tuberculosis a los 44 años, convencido de que su fama no sería perdurable.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 05/06/2010