dimanche 7 février 2010

Tomás Eloy MARTINEZ /Adiós al maestro de la ficción verdadera


El legado imborrable
Por Pablo De Santis

La separación entre la obra literaria y la periodística de un autor siempre es artificial, y más aún en el caso de Tomás Eloy Martínez, que hizo de las rimas y correspondencias entre ambos mundos (que son uno solo) el eje de su obra y la fuente de su encanto. En las líneas que siguen nos ocuparemos sólo de sus novelas, olvidando sus extraordinarios libros periodísticos. Al fin y al cabo eso es la novela: el arte de olvidar que existe otro modo de contar las cosas.

Su primera narración fue Sagrado (1969), que en su cuidadosa elaboración de los recuerdos, en su trabajo con el lenguaje, pertenecía menos a la tradición argentina que a la del barroco latinoamericano representado por Lezama Lima, cuyo juego consistía en hacer del pasado una penumbra hecha de palabras. Y sin embargo, aunque parezca más fiel a su época que al futuro de su autor, ciertos rasgos de la escritura experimental no lo abandonaron: el discurso indirecto libre, la profusión de imágenes en las que la imaginación de los personajes se confunde con la realidad, la irrupción de sueños, la exposición de los hechos en un orden no cronológico. TEM siempre miró a la distancia ese libro con ironía, aunque recordaba con mucho afecto las críticas elogiosas que Augusto Roa Bastos le había dedicado.

Sagrado fue un comienzo, pero los escritores no empiezan sólo una vez. Tuvo, muchos años más tarde, otra primera novela, La novela de Perón (1985). Entre un libro y otro habían pasado muchas cosas: la participación de TEM como un protagonista decisivo de la modernización del periodismo argentino a partir de fines de los años sesenta (fue editor de Primera Plana y de La Opinión Cultural ); la aparición, en tiempos violentos, de La pasión según Trelew (1974), crónica de la masacre de miembros del ERP; el urgente exilio. Y luego los años vividos en Venezuela y Estados Unidos y el regreso. La reedición argentina de Lugar común la muerte (volumen de crónicas publicado originalmente en Caracas en 1979) y La novela de Perón lo ubicaron de pronto en el centro de la literatura argentina. La novela apareció por entregas, como una separata, en El Periodista , la revista que editaba Andrés Cascioli. Después se convirtió en un libro de tapas azules de Legasa, que dirigía entonces ese gran editor que es Jorge Lafforgue.

El momento final de la dictadura y los primeros años de la democracia fueron momentos de un excepcional fervor cultural. Aparecían nuevos medios, como El Periodista , Página 12 o El Porteño . La revista Fierro , dirigida por Juan Sasturain, se ocupaba de ubicar la historieta en un lugar de importancia en la cultura argentina y rescatar la obra de Héctor Germán Oesterheld (y la de sus dibujantes, Solano López y Alberto Breccia) como algo esencial de nuestra narrativa. El cine reencontraba a sus espectadores y Adolfo Aristarain, Fernando Ayala, María Luisa Bemberg, Luis Puenzo, Fernando Solanas, Héctor Olivera y Eliseo Subiela llenaban las salas, con películas como El exilio de Gardel , La historia oficial , Hombre mirando al sudeste o Camila . La extraordinaria Maratón de Ricardo Monti, con puesta de Jaime Kogan, cuyo idioma cifrado ya resonaba en tiempos de pleno Proceso, se convertía en un clásico de nuestro teatro. Libros que habían circulado casi secretos, como Nadie nada nunca , de Juan José Saer, y Respiración artificial, de Ricardo Piglia, ganaban nuevos lectores. Las obras de Griselda Gambaro, con sus metáforas de la opresión, volvían a ser representadas. Los lectores, después de ignorar largo tiempo nuestra literatura, buscaban recuperar el tiempo y las páginas perdidas. La editorial Bruguera publicaba a Juan Martini, a Tomás Eloy Martínez, a Humberto Costantini, a Osvaldo Soriano, a Antonio Di Benedetto. El Centro Editor de América Latina, afectado durante la dictadura por una gigantesca quema de libros, volvía a acercar a los lectores la obra de Andrés Rivera, Héctor Tizón y Daniel Moyano.

En ese clima de reencuentro de la literatura argentina con sus lectores apareció La novela de Perón , donde el autor utilizaba su habilidad y experiencia como periodista para crear, a partir de la violenta jornada de Ezeiza, un cuadro sombrío de nuestra historia. Ya desde sus primeras páginas asombraba la figura de ese Perón cansado, casi espectral, que volvía a la Argentina menos por voluntad de poder que para cumplir con un destino que él mismo no terminaba de comprender. Todos actuaban en su nombre, pero él no sabía el nombre de nadie, y el autor lo mostraba estrechando manos desconocidas, como si habitara un dilatado malentendido. El autor elegía para retratar a Perón la historia de su regreso interrumpida por algunos fogonazos de su juventud: así, los momentos clave de su vida política sólo llegaban a modo de profecía o nebuloso recuerdo. Como en Lugar común la muerte , TEM elegía la cercanía del fin como instrumento para narrar la historia. El maestro de ceremonias de la pesadilla era López Rega, cuyo hermetismo banal aparecía retratado con todo detalle. Al fin y al cabo los oficiantes del ocultismo y los novelistas trabajan de manera similar, buscando en la casualidad conspiración, en los detalles destinos y en la proliferación informe de la realidad un diseño secreto.

La mano del amo (1991) sirvió como paréntesis entre las dos novelas dedicadas al peronismo. Era una historia intimista, el relato de un cantor de voz perfecta que se ve hostigado por su madre, por sus gatos infinitos y por una casa que parece estar viva. El protagonista, Camargo, se llama igual que el periodista de El vuelo de la reina , a quien además se atribuye una novela llamada La mano del amo . Es la descripción de un mundo familiar contada con extrañeza, hasta el límite mismo de lo fantástico. El mundo familiar nunca aparece retratado como lugar de felicidad sino de opresión; también en sus novelas "políticas" las casas que aparecen siempre son sombrías, asfixiantes, silenciosas, como si guardaran luto por alguien muerto largo tiempo atrás.

En 1989 TEM inicia, luego de una depresión (al menos es lo que cuenta en el epílogo del libro), Santa Evita (1995) que completa La novela de Perón . Allí se cuentan las increíbles peripecias del cuerpo de Evita como si se tratara de la historia de una maldición. Todas las historias de maldiciones egipcias, con sus jeroglíficos premonitorios, sus momias escondidas y sus arqueólogos fulminados por males imprevistos, son nada comparados con el halo de locura y muerte que siguió al recorrido de este cuerpo. Mientras que en La novela de Perón los elementos mágicos aparecían del lado del peronismo, en Santa Evita los servicios secretos de la Revolución Libertadora despliegan unas fuerzas sobrenaturales que no tienen nada que envidiar a sus rivales. Siempre ha habido una pasión de los servidores del Estado por el secreto, las maniobras nocturnas, los códigos cifrados; pero aquí esa pasión abandona su precaria racionalidad y entra de lleno en un mundo regido por fuerzas oscuras. El camino que va de un código secreto al tablero ouija es muy corto.

Tomás Eloy Martínez había entrevistado largamente al mismo Perón durante su exilio en Madrid y había tratado de hacerlo hablar de Evita; pero siempre López Rega interrumpía la conversación para conducirla hacia Isabel Martínez, su mentora. Fue sólo luego de varios intentos fallidos que el periodista logró escapar del alucinado advenedizo para tener un momento a solas con Perón.

En la galería de los personajes de la novela sobresalen el médico español Pedro Ara, pulcro embalsamador, Pigmalión entregado con devoción sin límites a la simulación de vida que hay en su obra, y el coronel Moori Koenig, guardián del cuerpo, enamorado despechado, detective de ataúdes perdidos. La entrevista con la viuda del coronel es una escena sombría e inolvidable:
Me recibió vestida de negro, entre muebles que parecían enfermos de gravedad. Las lámparas daban una luz tan tenue que las ventanas se desvanecían, como si sólo sirvieran para mirar hacia dentro. Buenos Aires vive así, entre penumbras y cenizas. Tendida a orillas de un río solitario, la ciudad le ha vuelto las espaldas al agua y prefiere irse derramando sobre el aturdimiento de la pampa, donde el paisaje se copia así mismo, interminablemente.

Pero la devoción no alcanza sólo a estos personajes, sino también al mismo Rodolfo Walsh, que contó su propia búsqueda del cuerpo en el relato "Esa mujer", uno de los cuentos más contundentes de la literatura argentina. Cuando TEM encuentra en París al escritor, Walsh saca de su billetera (allí donde se suelen guardar las fotos de la familia) una foto del cadáver, el amarillento y gastado talismán que lo acompaña siempre.

El Coronel -dijo-. Tenía más de cien. Había fotos de Evita en toda la casa. Algunas eran impresionantes. Se la veía suspendida en el aire, sobre una sábana de seda, o en una urna de cristal, entre un marco de flores. El coronel pasaba las tardes contemplándolas. Cuando lo visité, no tenía casi otra ocupación que estudiar las fotos con una lupa y emborracharse.
-Podrías haberla publicado -le dije-. Te habrían pagado lo que hubieras querido.
-No- replicó. Vi que una rápida sonrisa lo atravesaba, como una nube-. Esa mujer no es mía.

Santa Evita tuvo un éxito extraordinario, pero pasaron varios años antes de que volviera a publicar una novela. Entre un libro y otro hay una página bellísima, perfecta pero terriblemente dolorosa: la columna "En memoria de Susana Rotker" [ver página 18], sobre la muerte de su esposa en un accidente de tránsito en Estados Unidos ocurrido en noviembre de 2000. Periodista especializada en cine y crítica literaria, Tomás Eloy Martinez la había conocido en 1979, cuando él era director de El Diario de Caracas.

En 2002 El vuelo de la reina , una obra de ficción que nada debía al peronismo, ganó el premio Alfaguara. La historia estaba inspirada en un caso real ocurrido en Brasil. El 20 de agosto del año 2000, Antonio Marcos Pimenta Neves, de 63 años, asesinó a balazos a Sandra Gomide, una joven periodista con la que había mantenido una relación de tres años. Pimenta Neves era director de O Estado de São Paulo , el segundo diario del Brasil. El vuelo de la reina no oculta su base documental: en sus páginas Camargo, el protagonista, escribe una nota sobre el crimen, en el que ve una premonición sobre su propio destino (la nota que escribe Camargo es muy similar a la que el mismo Tomás Eloy Martínez escribió para LA NACION cuando se conoció el asesinato). Tomás Eloy Martínez y Pimenta Neves se habían conocido fugazmente, años antes del crimen, en un restaurante japonés de San Pablo, donde habían encontrado una coincidencia: los dos habían comenzado en el periodismo como críticos de cine. La noche del cazador, la única, maravillosa película que filmó el actor Charles Laughton, tiene un lugar fundamental en la trama.

El mundo del periodismo aparece con frecuencia en las novelas, en parte porque muchos escritores son también periodistas, en parte porque la labor del periodista es ideal como mecanismo narrativo. Menos común es el retrato del mundo de las oficinas inaccesibles donde se toman las decisiones editoriales. Camargo pertenece a ese mundo. Como todos los personajes poderosos de Tomás Eloy Martínez, él también vive en una especie de mundo silencioso, inaccesible:
Entró en su oficina fingiendo que no oía los saludos. Cuando él llegaba no permitía que lo molestaran durante media hora, por lo menos. Había leído en un libro del general De Gaulle, El filo de la espada , que los grandes hombres, sin salvedad alguna, tienen siempre la facultad de retirarse dentro de ellos mismos.

Atraviesa la novela una fascinación por las repeticiones, como si la realidad tuviera una regla secreta en la que todo sucede más de una vez de un modo oblicuo o escondido. La historia de Camargo repite la de Pimenta Neves, mientras que la víctima, Reina, está fascinada con una leyenda que atribuye a Jesús un hermano gemelo: Simón. Ése es el doble de Jesús, y, al igual que él, predica su mensaje y es considerado enemigo de Roma y crucificado: pero lo que en Jesús es inspiración divina, en Simón es magia o fraude.

Este interés lateral, casi susurrado, por la literatura fantástica reaparece en El cantor de tango (2004) y en Purgatorio (2008). La primera cuenta la búsqueda que emprende un becario norteamericano de un mítico cantor del que no existen grabaciones, y que se presenta de improviso en distintos lugares de la ciudad. La búsqueda es excusa para mostrar una Buenos Aires que esconde, bajo los escombros de la crisis, un mapa secreto. La obsesión por los mapas (que se repite en todas sus novelas y en su fascinación por el cuento de Borges "La muerte y la brújula") reaparece en Purgatorio , historia de una mujer que cree reencontrar a su marido, un cartógrafo desaparecido en los años de la represión. Pero lo encuentra con la misma apariencia de la juventud. El mecanismo de la extrañeza tiene menos relación con la tradición fantástica argentina que con la búsqueda por encontrar, en el mismo mundo, los mecanismos insólitos que rigen nuestra memoria. En los sueños, y a veces también en los recuerdos, todo es un presente perpetuo, donde los calendarios se borran y los relojes se apagan.

Más allá de las virtudes de sus otros libros, La novela de Perón y Santa Evita son las novelas fundamentales de TEM, dos piezas bien diferentes de una misma obra compleja e inagotable. Aunque muy diferentes entre sí, las dos tienen el mismo equilibrio entre el archivo innumerable y ese otro archivo, ignorante del orden alfabético, que es la imaginación. Pero creo que habría que agregar a lo más perdurable de su obra Lugar común la muerte , libro siempre abierto y cambiante que fue recibiendo, en reediciones sucesivas, nuevos agregados: Manuel Puig, José Bianco, Lezama Lima, Roa Bastos. Las páginas dedicadas al uruguayo Felisberto Hernández y a su final, con ese ataúd tan grande que debe salir por la ventana, son inolvidables. Como en La novela de Perón y en Santa Evita , Tomás Eloy Martínez elige el crepúsculo para retratar a sus personajes. A sus héroes ya no los incomodan las infinitas posibilidades que son inherentes a la vida y sólo se reflejan en el espejo de lo definitivo. Lo que estaba escrito a lápiz ha sido pasado a tinta.

Hay un célebre cuento de Henry James, "La figura en el tapiz", en el que un crítico dilapida su vida para llegar a encontrar la forma secreta que esconde la obra de un escritor al que admira. Es una perfecta metáfora de un modo de leer: buscar debajo de lo múltiple y visible hasta encontrar lo único y secreto. Pero quisiera oponer a ese tapiz, otro, más grande, que es en realidad un gran decorado. En enero de 2006, en el suplemente literario de LA NACION, Hugo Beccacece escribió una espléndida nota sobre Arturo Jacinto Álvarez, escritor y editor pero por sobre todo excéntrico (que es una vocación tal vez más profunda que las otras). Aquella nota se abría con la imagen de Arturo Álvarez contemplando en 1951, en medio del campo, el inmenso telón que pintó Picasso en 1917 para los Ballets Russes y que entonces era suyo. Extendía la tela sobre el pasto y movía su silla para ir contemplándolo por parcelas sucesivas. La obra de Tomás Eloy Martínez, por su complejidad y belleza, acepta las dos lecturas, los dos tapices: la página, el párrafo o el instante que hay que buscar en un largo recorrido y que se desprende del todo y gana vida propia, y el impaciente sueño de una totalidad escondida.

© LA NACION

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Adiós al maestro de la ficción verdadera
Por Jorge Fernández Díaz

Borges aborrecía a Hemingway de una manera sospechosa. Sentía, en principio, que era su antítesis: un hombre pacífico encerrado en bibliotecas contra un salvaje peregrino del mundo. Hemingway no tuvo tiempo ni siquiera de devolverle gentilezas puesto que cuando el autor de El viejo y el mar era una megaestrella de la literatura mundial y estaba a punto de volarse la cabeza de un tiro, Borges todavía no había sido canonizado en Europa por Roger Caillois.

Resulta, sin embargo, conmovedor que ambos contendientes tuvieran al menos dos coincidencias notables. Una era la fascinación por el culto del coraje. La otra era el temor al contagio de ese virus letal llamado periodismo. En este último punto, Borges y Hemingway pensaban igual: para cualquier escritor el periodismo era un buen oficio siempre y cuando fuera capaz de dejarlo a tiempo, lo que significa no traspasar jamás la línea de los 40 años. Los múltiples interlocutores de ambos jamás ahondaron en esta recomendación, pero yo siempre me he imaginado las razones profundas. Tal vez porque me incumbían de un modo personal.

El periodista escribe con suma conciencia de su público, anhela muchísimos lectores, utiliza códigos precisos y conscientes, le pega con efecto a la pelota. El periodista está más cerca de ser un guerrero de la palabra que un sacerdote de las letras. Es más un artesano, un profesional de la narración, que un artista. Esos supuestos "vicios" del periodismo pueden, para la academia, contaminar la literatura de ficción, que precisa de una independencia y de un puritanismo a prueba de trucos, calle y lectores.

Luego vino el Nuevo Periodismo, Tom Wolfe ordenó las teorías de la non fiction , Capote escribió A sangre fría , Mailer le respondió con La canción del verdugo , Guy Talese deslumbró desde Esquire y la crónica novelada llegó a cumbres excelsas en The New Yorker . Sin embargo, con todo ese viento a favor (la caída en desgracia de la novela decimonónica y la exaltación de los híbridos, la prédica del Instituto de Gabriel García Márquez y la praxis de la revista Etiqueta Negra) ; con Kapuscinski, Walsh, Villoro y Caparrós, todavía el periodismo sigue siendo en ciertos cenáculos literarios una materia contaminante y perjudicial. Lo es incluso después de haber demostrado sobradamente que puede convertirse en una de las bellas artes, y a pesar también de que la novela verídica -acaso el gran género de estos tiempos- está llena de frutos nobles. El periodismo sigue siendo, para muchos críticos, una enfermedad contagiosa que desvirtúa la mirada del "verdadero" escritor de ficciones. No es raro que Borges y Hemingway pensaran de ese modo hace décadas, lo raro es que algunos de sus descendientes hayan comprado esa idea y la hayan convertido en un dogma permanente.

Algo de esa incomprensión explica precisamente la indiferencia con que cierta crítica literaria ha recibido en nuestro país la obra de Tomás Eloy Martínez durante los últimos treinta años. Tomás no sólo es el padre moderno de la crónica en la Argentina (Walsh es el pionero), sino que además se atrevió a avanzar sobre la ficción llevando consigo los materiales periodísticos para moldearlos, a la manera en que Puig moldeó su otra gran pasión: el cine. Martínez eludió así el mandato borgeano y los prejuicios de Hemingway, e inundó de periodismo la novela. Y de novela al periodismo. Lo vemos claramente en La pasión según Trelew y sobre todo en Lugar común la muerte , textos que ya tienen asegurado un lugar en la Gran Biblioteca del Periodismo Narrativo. Y luego lo verificamos en La novela de Perón y en Santa Evita , donde la historia y el periodismo se amalgaman con la imaginación. Allí Tomás reflejó, como nadie, los mitos esenciales del peronismo, y creó con documentos, recortes, testimonios, chismes e imaginación personajes ficcionales más verdaderos que los auténticos. Su Perón es distinto y a la vez más verdadero que el real. La Evita de Tomás está llena de matices fantasmagóricos y posee una voz íntima reveladora que no tuvo. Lopecito y Moori Koenig son criaturas de ficción que le pertenecen: Martínez se apropió de ellas para siempre por el simple método de volverlas inolvidables. No es posible pensar en López Rega y en el coronel que secuestró el cadáver de Eva Perón sin pensar en lo que Tomás esculpió con la arcilla de la investigación y el vuelo de su prosa poética.

Esta operación literaria se consiguió llevando hasta las últimas consecuencias lo que Walsh había prefigurado en su pequeño gran relato "Esa mujer", otro texto inclasificable, mezcla de cuento de ficción con reportaje frustrado. "Esa mujer" es al género que inventó Tomás Eloy Martínez lo que "La carta robada" de Poe y "Los asesinos" de Hemingway fueron, respectivamente, al policial de enigma y a la novela negra.

Muere Tomás Eloy sin haber podido escribir un libro que soñaba desde hacía tiempo. Un ensayo acerca del oficio de narrar, que postulaba algo subversivo: "El periodismo y la literatura de ficción son para mí lo mismo", me dijo cuando estaba cerca del final.

Afortunadamente, muchas de sus reflexiones sobre el particular (Tomás mismo era un crítico agudo y un periodista cultural relevante) quedaron inmortalizadas en una antología que publicó hace cuatro años el Fondo de Cultura Económica. Hay que prestarle atención a ese libro que pasó inadvertido por el gran público, puesto que allí se encuentra la esencia y teoría de su arte.

El libro se titula, significativamente, La otra realidad . Y allí escribe: "Corregir la realidad, transfigurarla, disentir de la realidad, ya ha sido siempre uno de los deseos centrales del narrador". También califica como "ficciones verdaderas" el género de los deslizamientos que él mismo ha practicado y cuya tradición detecta en la historia de los libros. Y admite: "Escribo para explorar los límites entre lo real y lo ficticio".

Su prologuista fue Cristine Mattos, una doctora en Lengua Española y Literatura Hispanoamericana de la Universidad de San Pablo, quien confiesa que la primera seducción de los textos de Martínez es esa frontera con lo real: "En sus novelas, la imprecisión de los límites entre la ficción y la historia; en sus textos de prensa, un proceso de creación narrativa que se funde con el periodismo". Mattos asegura que han fallado los esfuerzos críticos por encajar a Martínez en los parámetros consagrados o en los géneros tradicionales. Sus textos contienen "demasiada ficción para los bordes que definen las novelas históricas, las composiciones biográficas o el llamado nuevo periodismo. Por otra parte, están cuajados de hechos que impiden definirlos como simple ficción y ubicarlos bajo algunas de las etiquetas asociadas a ella". Tomás trabajaba en esa "otra realidad". Hacía realismo virtual y no sólo lo hacía en sus novelas sino a veces en sus artículos, poniendo en discusión de algún modo el contrato de lectura y el sentido de verdad objetiva.

Esa "poética de la incertidumbre", como la define Mattos, es el sello por el cual Martínez quedará en la historia de la literatura argentina. Cuando se alejó de esa estética, cuando hizo novela pura y dura, cuando trató de quitarse la contaminación periodística, no alcanzó las alturas que había logrado y que siguió logrando con sus incursiones en la prensa escrita. Su Obra Periodística, cuando se compile, demostrará la real dimensión de su trabajo. Su intervención creativa es, efectivamente, inimitable y perturbadora, va mucho más allá de escribir crónicas periodísticas con los artificios del cuentista. Reflexiona el crítico Pablo Gianera: "De algún modo Tomás invirtió la preceptiva de la novela tradicional: en lugar de volver verosímil (´realista´) lo imaginado, consiguió muchas veces que lo real pareciera efecto de la imaginación".

En La otra realidad hay algunas muestras de su talento. Allí está, como en un volver a vivir, el comienzo de un artículo publicado en Caracas: "Alguna vez sugerí que Macedonio Fernández no existió nunca, y que sus fotos corresponden a las de un viejecito que se divertía imitándolo. Ciertas personas que llegaron a conocerlo estuvieron de acuerdo conmigo. Macedonio era un personaje visible pero improbable". O aquel comienzo antológico: "Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar". O la prosa suntuosa y elegante de aquel otro capítulo inicial: "Una vez más, el general Juan Perón soñó que caminaba hasta la entrada del Polo Sur y que una jauría de mujeres no lo dejaba pasar".

Lo conocí personalmente hace ya muchos años, cultivamos una amistad signada por largas conversaciones sobre literatura, en las que nos contábamos los libros que estábamos escribiendo y Tomás no se privaba nunca de darme lúcidos y cariñosos consejos. Una vez, tomando algo en el Café Roma, le pregunté si no abandonaría Estados Unidos para ponerse al frente de una revista cultural. Ya era un escritor reconocido en muchas partes del mundo, un prócer que se codeaba con García Márquez, Fuentes, Auster, DeLillo. Pensé que me sacaría carpiendo. Pero a cambio de eso comenzó a fantasear con volver al ruedo. Hacer lo que había hecho en Primera Plana , en Página/12 y en tantos otros medios de aquí y de América latina. Regresar a una redacción, poner en marcha un proyecto. Luego en Europa, su amigo José Claudio Escribano completó el juego de pinzas y Tomás repentinamente aceptó.

Desde ese momento hablábamos a diario, y yo iba diseñando el negocio y los números cero desde Buenos Aires, esperando que se mudara. Lo hizo mientras comenzaba a luchar contra el tumor cerebral que le habían detectado. Encaró esa batalla médica con un optimismo sobrenatural mientras seguía con sus libros, con sus conferencias y con la génesis de adncultura. Somos periodistas de diferentes generaciones y tuvimos, como no podía ser de otra manera, muchas discusiones, aunque nunca pudimos dejar de querernos. Se apartó para volverse un consejero externo y para seguir escribiendo su novela Purgatorio . La quimioterapia le quitaba fuerzas y comenzaba a tener un dramático sentido del tiempo.

Me llamó hace unas semanas para despedirse. Tomamos el té en su casa de Buenos Aires y simulamos que volveríamos a vernos. No pude dejar de pensar en Tomás ni un solo día desde aquél en el que lo vi definitivamente vencido, allí donde alguna vez estaremos todos. Y aun así peleando para ponerle el punto final a una novela inédita sobre el Olimpo.

Este editorial tenía por misión demostrar por qué su literatura no morirá a pesar de que nada contra la corriente de los cenáculos y los prejuicios de la contaminación periodística. Y esta edición especial lleva como propósito aunar notas de escritores y periodistas que lo conocieron y lo han leído apasionadamente, con textos antológicos del propio Tomás Eloy Martínez.

Nos enseñó a todos mucho. Muchísimo. Lo vamos a extrañar.
Y perdón por el lugar común. Perdón por la tristeza.

© LA NACION
jdiaz@lanacion.com.ar

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Anecdotario de los años sesenta entre amigos
Por Francisco N. Juárez

El autor de esta nota compartió con Tomás Eloy Martínez las redacciones de Primera Plana y Panorama , además de la creación de Telenoche . Aquí, algunos recuerdos que trazan un cálido perfil

Con Tomás Eloy Martínez nos conocimos en mayo de 1965 en el semanario Primera Plana , donde él ejercía la jefatura de redacción y yo era un redactor recién incorporado. A partir de entonces, en ese décimo piso de la calle Perú, a metros de la avenida Belgrano, me sumé a un equipo de periodistas notables que él conducía con la pericia que lució y multiplicó en su reconocida trayectoria. Con aquellos maestros viví una experiencia irrepetible que duró hasta que el presidente de facto Juan Carlos Onganía clausuró la revista, en agosto de 1969. Fueron poco más de cuatro años en los que, cada semana, sobraban motivos para reconocer en Martínez a un gran narrador y, a la vez, un personaje que desbordaba sencillez y simpatía. En esa época, establecimos una amistad que se mantuvo a lo largo de cuarenta y cinco años. Ahora, al esbozar una evocación que lo retrate, se atropellan las anécdotas sin prolijidad ni cronología, seguramente porque en la apurada cesárea de la memoria prevalecen las emociones.

En Primera Plana corrían tiempos sin computadoras, teléfonos celulares o archivos digitalizados, y las correcciones se interlineaban luego de tachar con densa tinta blanca. Para entregar notas ya corregidas a los jefes de cada sección, Tomás Eloy serpenteaba con andar desgarbado entre los escritorios poblados de Olivettis. Se detenía para breves y siempre sabrosas charlas de a pie, con los brazos cruzados que destrababa para que una mano sostuviera su mentón (su pose predilecta) o acariciara una ceja. Su perfil de nariz aguileña se borroneaba a causa de las nubecillas del humo de los cigarrillos (la más densa provenía de las bocanadas que Osiris Troiani le daba al habano de turno). Troiani y Alberto Laya eran los "señores mayores" de la redacción. Tomás tenía apenas 28 años cuando Jacobo Timerman lo eligió para el lanzamiento de la revista, aparecida a fines de 1962.

A los 17 años había escrito su primera nota en La Gaceta de Tucumán. Desde entonces hasta el premio Ortega y Gasset a la trayectoria profesional que le otorgó el año pasado el diario español El País como "maestro de reporteros", acumuló 58 años de méritos profesionales. Su tenacidad y su talento le permitieron entrar en el mundo de la literatura desde que publicó Sagrado , la primera de una serie de novelas que alcanzarían rango de best seller y fueron traducidas a muchos idiomas, incluido el chino.

Cuando mi memoria revisa la relación laboral y amistosa con Tomás, resulta un verdadero torrente de imágenes. A pocos meses de conocerlo, me contó que lo habían contratado para lanzar un noticiero de TV y que en la revista le conservarían su jefatura por seis meses con la condición de que no contratara a más de dos redactores de la revista que dejaba. Me eligió junto a Silvia Rudni y allá fuimos. La redacción y montaje del noticiero estaba en la calle Paraguay, no lejos de Florida. Tras más de dos meses de preparativos y cronometradas ediciones sin emitir, el 3 de enero de 1966 a las 20, Tomás Eloy Martínez apareció al frente de Telenoche, flanqueado por Mónica Mihanovich y Andrés Percivale, con publicidades filmadas y otras en vivo a cargo de Cacho Fontana. Las noticias se filmaban en muda versión blanco y negro (faltaba más de una década para la TV color nativa) con locución en off y al aire. El plantel de filmación lo comandaba el jefe de noticias -el mítico Alberto Rudni- y entre los cameraman estaban los talentosos Raymundo Gleyzer y Alberto Fisherman.

Competíamos con el Reporter Esso y el noticiero de Canal 7. Como Tomás me elegía para los imposibles, ese día me pidió: "Hoy llegó Lanza del Vasto, no tengo la menor idea dónde para y lo quiero esta noche en el noticiero". No fue fácil, pero localicé a su esposa Chanterelle y acordé pasar a buscarlo al atardecer. Llegué con un fúnebre y gigante remisse negro que contrastaba con la túnica del hombre, tan blanca como su cuidada barba. Este teólogo italiano viajó solemne como un pontífice, pero temía por la entrevista. Estaba en lo cierto, ya que Tomás -que conocía sus vanidades, las notas en la revista Sur y los agasajos que le brindaba Victoria Ocampo- puso en apuros al fundador de El Arca, que se retiró ofuscado.

En la lluviosa mañana porteña en que Horacio Acavallo ganó en Japón la misma corona mundial que en 1954 había conquistado Pascual Pérez, Tomás me encaró: "Negro, el reportaje en el aire hoy es Pascualito. Lo están buscando todos los canales, pero tiene que ser tuyo". Esa noche, después de entrevistarlo, Martínez notó a Pascualito algo alcoholizado y quiso saber cómo había logrado ubicarlo y retenerlo. "Lo secuestré", exageré. En parte era cierto, porque lo metí en un cine, hicimos un almuerzo crepuscular con vino tinto y le prometí una noche de cabaret después del canal. "Fantástico", premió Tomás. Los tres fuimos a un local del Bajo para la primera copa y dejamos al boxeador entre la euforia de quienes le invitaban. Pascualito revivió su gloria pasada, pero terminó en su pieza de conventillo en Chacarita, donde dormía con varios perros.

A los tres meses, Martínez se convenció de que prefería Primera Plana y nos volvimos. Lo que siguió fueron años dichosos en una seguidilla de redacciones: Panorama , El Periodista de Buenos Aires y LA NACION. Pero fue en Primera Plana donde nos hizo conocer a las figuras de la literatura latinoamericana que lo visitaban. El chileno Antonio Skármeta, el paraguayo Augusto Roa Bastos y su amigo Gabo [Gabriel García Márquez], que en agosto de 1967 entró a la redacción con una campera de lanilla a cuadros rojos y negros que lucía en la tapa la revista cuando Ernesto Schoo le hizo un memorable reportaje en México, para cuando Sudamericana de Buenos Aires editó Cien años de soledad .

"¿Estás con el coche?", me preguntó en una calma noche de redacción. "Sigo con el patito Citröen", me disculpé. Tenía que buscar a un amigo -que no identificó- de paso por Buenos Aires para llegar a una fiesta en Palermo, "cerca de tu casa". En Paraguay y Uriburu bajó a llamar por un portero eléctrico y volvió al coche. Esperamos. Luego apareció un gigante que debió plegarse para acceder al asiento trasero. "Julio; el Negro", nos presentó. Arranqué pensando que Julio tenía manos de claque pero cara de Cortázar. Hubo largo silencio. Cortándolo, Tomás me preguntó: "¿Seguís con ese curro jurídico con un banco?", en alusión a mi otro oficio. "¿Qué es curro?", interrumpió el pasajero del asiento trasero arrastrando la erre (¡era Cortázar!). Cuando Tomás terminó de explicar el significado, Julio dijo: "Eso es yeite ". Hablamos sobre el vocabulario, las jergas, la narración. La charla terminó frente a una vieja casona de la calle Charcas, en Palermo, donde las luces preanunciaban la fiesta y mi gigante pasajero se desenroscó para bajarse. "Gracias, Negrito", sonrió Tomás. Yo seguí hasta mi casa en "la manzana de Borges". Y aquí estoy todavía, frente a esa sonrisa, la de un amigo.

© LA NACION

Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 06/02/2010

Tomás ELOY MARTINEZ/ La imaginación ayuda a ser feliz en Navidad


Edición homenaje
La imaginación ayuda a ser feliz en Navidad
Por Tomás Eloy Martínez
Sábado 23 de diciembre de 2006

A continuación, tres artículos antológicos que el novelista publicó en LA NACION durante los últimos años. El que se reproduce aquí cuenta cómo el circo que visitaba Tucumán cada verano y dos libros que recibió de regalo en su infancia estimularon su pasión por la literatura

Dos regalos de Navidad nunca se han borrado de mis memorias de infancia: el circo y los libros. El circo era la única distracción posible en Tucumán los 25 de diciembre, cuando un sol húmedo de cuarenta grados caía sobre la ciudad indefensa. Los cines y las confiterías cerraban sus persianas y nadie osaba salir a la calle. Pero el circo, que no podía permitirse el lujo del descanso, abría sus puertas de lona a las nueve de la noche aunque hubiera temblores, tempestades o fiestas nacionales.

Ya ni me acuerdo de quién me regalaba en las Navidades la infaltable entrada para el circo. Sólo recuerdo la carpa desarrapada que se alzaba tras un cerco de guirnaldas en las tierras bajas de la ciudad y las piruetas predestinadas al fracaso de unos perros muy flacos, sin pelos -perros que sólo he visto en las tierras calientes-, después de las cuales comenzaba lo que en verdad era para mí el circo de entonces: una obra de teatro.

El repertorio cambiaba todos los días, pero la escenografía y los actores eran siempre los mismos. Los árboles mueren de pie de las Navidades eran El rosal de las ruinas del Año Nuevo, y El puñal de los troveros de fines de noviembre se convertía en las Bodas de sangre de mediados de marzo. Tampoco la música, hasta donde recuerdo, variaba. El trombón y los dos violines de la precaria orquesta repetían en monótona sucesión la Danza de las horas , de Amilcare Ponchielli, la obertura de Guillermo Tell y el movimiento lento de la Sinfonía en re menor de César Franck. Las representaciones teatrales terminaban siempre con alguna muerte trágica, el auditorio lloraba al unísono y, al cabo de un rato, los actores componían un cuadro vivo que los mostraba a todos en el cielo, sudando a mares bajo una lámpara de doscientos vatios.

Sé que ninguno de los dramones representados en el circo respetaba los textos tal como habían sido escritos. Romeo y Julieta no vivían en Verona, sino en Roma, porque así lo anunciaba el cartelón con el que empezaba la obra. Julieta moría tísica, como la dama de las camelias, y no suicidándose con una daga, como en la tragedia de Shakespeare. Romeo, en cambio, no moría. Ciego de dolor, se encaminaba al palacio de los Capuleto -que era un armario de cocina- y allí degollaba a todos los parientes y a la servidumbre de su amada.

De esas violaciones a los textos originales, que eran también transfiguraciones de lo real, nació el deseo de ser alguna vez un escritor. Pero ese deseo nació también de dos libros que fueron regalos de Navidad.

Tendría yo once o trece años, cuando un arquitecto italiano que pasó por Tucumán dejó en manos de mi padre uno de los mejores libros que existen en este mundo. Es una obra rara, que reproduce las estampas devotas pintadas a mano, hace casi seis siglos, por orden del duque Jean de Berry. En verdad tampoco es un libro sino dos: el primero, elaborado entre 1409 y 1412 por tres célebres miniaturistas flamencos -los hermanos Limbourg-, ha pasado a la historia con el título de Las bellas horas ; el segundo, que data de 1413 a 1416, se llama Las muy magníficas horas (Les très riches heures). El volumen que le dieron a mi padre era este último.

Pasé varios meses encandilado con las figuras de oro y los cielos azules Francia que estimulaban la piedad del duque de Berry. Cada lámina refleja algunas de las historias de la Biblia. Pero, como en el circo de mis navidades anteriores, lo que cuentan es una transfiguración (o, si se prefiere, una traición) de los textos originales.

Dos ejemplos lo prueban: la Galilea pintada por los hermanos Limbourg es una sucesión de torres flamencas y castillos góticos a orillas de ríos inmaculados. La Virgen está siempre vestida de terciopelo, como Genoveva de Brabante, y el día en que presenta a Jesús en el templo la reciben cuatro arzobispos de cabeza tonsurada, en el atrio de una basílica que se parece a Nuestra Señora de París. Esos maravillosos anacronismos de la imaginación cristiana me parecían, en aquel tiempo, la quintaesencia de la verdad, a tal punto que, cuando visité Jerusalén por primera vez, muchos años más tarde, pensé que me había confundido de ciudad. Nada de lo que veía se asemejaba a Las muy magníficas horas del duque de Berry y yo prefería creer que la realidad me estaba mintiendo, no el libro.

La noche de Navidad de mis quince años mi padre me dejó aquel ejemplar bajo la almohada, con un mensaje que decía tan sólo: "Ahora es tuyo". No sé qué se hizo del ejemplar, pero el mensaje todavía viaja conmigo de un lado a otro.

El más inolvidable de los regalos fue, sin embargo, el que me hicieron al año siguiente. Yo había comenzado a leer con frenesí las ficciones de Julio Verne y, entre Dos años de vacaciones y Un capitán de quince años , fui a dar, no sé cómo, en Los tres mosqueteros , de Alejandro Dumas. Sucumbí a uno de esos deslumbramientos que sólo se curan con otro libro aún mejor. Los héroes de Verne me habían acostumbrado a un mundo plano, donde el mal y el bien son previsibles. La Milady y el Richelieu de Dumas me revelaron, en cambio, que nada es como parece.

Cuando llegó la Navidad y mis padres me preguntaron qué quería que me regalaran, les contesté sin pensarlo dos veces: otro libro de Alejandro Dumas. Supuse que elegirían Veinte años después . Me dieron, en cambio, los tres tomos de El conde de Montecristo . No podían haber pensado en algo mejor. He leído más de seis veces esa novela de mil doscientas páginas, y creo que la razón secreta por la que aprendí francés a los diecisiete años fue para poder leerla de nuevo con las mismas palabras con que Dumas y su colaborador, Auguste Maquet, la habían escrito entre 1844 y 1845.

Nunca fue, sin embargo, igual a la primera vez. Aún me veo a mí mismo la víspera de aquel año nuevo con El conde de Montecristo , yendo de un lado a otro por la casa de grandes patios sin poder apartar los ojos de las páginas. Me recuerdo avasallado por pasiones humanas que jamás se han alzado con tanta intensidad como en ese libro. Admiraba el perfecto afán de venganza de Edmond Dantès, que espera media vida pudriéndose en la prisión de If para salir de allí no muerto, sino envuelto en la mortaja de los condenados. No hay parábola tan perfecta como la de Dantès. Al regresar a su ser, recuerda que tres hombres han contribuido a su caída: uno por celos, otro por ambición y el tercero por rivalidad amorosa. Convertido en Montecristo, Dantès se venga de ellos sumiéndolos en la ruina, en la locura y en la muerte. La estructura es impecable y, siglo y medio después, no ha envejecido, a pesar de los embates de la televisión argentina. Volví a leer el libro hace dos navidades y pienso leerlo de nuevo la Navidad que viene. Ni una sola vez me ha defraudado.

Otras novelas únicas llegaron a mis manos en esas curvas del fin de año. La adolescencia me deparó El proceso , de Kafka; La montaña mágica , de Thomas Mann; Luz de agosto , de Faulkner, y La vida breve , de Onetti; en la primera juventud descubrí a Joyce, a Flaubert, a Borges. Ninguna de esas definitivas experiencias de lectura ha sido comparable, sin embargo, a mi encuentro de amor con El conde de Montecristo .

Cada vez que llegan los fines de año, no puedo apartar de mí el recuerdo de los circos, donde Julieta moría como Margarita Gautier, ni las imágenes fulminantes de Montecristo regresando a Marsella con la venganza en el alma. Para cada ser humano de esta orilla del mundo, la Navidad significa algo diferente: familia, regalos, desvelos. Para mí, siempre ha sido un gran relato. Y en eso, creo, reside su felicidad.

[Publicado en LA NACION y en El País]

Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 06/02/2010

Miguel NUNEZ MERCADO/Leyendo a William BURROUGHS una mañana en Valparaíso



Miguel Nuñez Mercado, Nacido en Limache, en 1956, Chile, Ha obtenido variadas distinciones literarias en certámenes de carácter regional y nacional. En esta su primera publicación individual, aunque parte de su obra. Ha sido difundida en numerosas revistas y periódicos.

E-mail:
miguelnunezm@gmail.com

Miguel Núñez Mercado sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/2008/08/miguel-nuez-mercadopoesia.html


Leyendo a William Burroughs una mañana en Valparaíso
Por Miguel Núñez Mercado

Pese a los agoreros, Valparaíso estaba donde siempre. Llegué temprano y hacía frío. Había una neblina que me cubría hasta los lentes. Igual podía divisar los cerros con sus casas como maceteros. A pocos metros de mí, el mar golpeaba despacio en el molo de abrigo. Las lanchas vacías apenas se movían por el leve oleaje.

Algunos, sobre los escaños, dormían una turbia borrachera. La única agitación que se sentía era las de las grúas. Levantaban del vientre de un carguero, contenedores y maderas. Por los colores de la bandera, supuse que era un navío sueco.

Intenté leer algo de “Yonqui”, una novela del escritor “beatnik” William Burroughs. El es uno de los íconos mundiales del consumo de drogas. Hacía semanas que el libro andaba en mi bolso.

No sé porque no me había interesado. Cuando adolescente fue casi una Biblia de mi generación. Leí el prefacio e hice algunas anotaciones. Lo cierto es que, ese día, estaba preocupado de otras cosas, más que de la lectura.
Apenas comenzó a salir el sol, Valparaíso empezó a salir de su pereza. Los borrachos despertaron y abandonaron los escaños. Entre ellos, había una muchacha joven. Se me acercó como si me conociera. Sentí su aliento alcohólico en mi cara y sus palabras: “Socito, tiene quinientos para un `mono´”.

Tenía rasgos hermosos, aunque tristísimos. Saqué mil pesos y se los puse en su mano estirada. “Si quiere socito se los pago `altiro´”, me dijo, con una sonrisa socarrona. Le respondí: “mejor anda a comer algo”. La muchacha partió como si hubiera conseguido una fortuna. La miré hasta que se perdió en una bocacalle cercana.
Volví al libro de William Burroughs y leí una frase que había marcado: “La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir”. Me quedé pensando en la muchacha. Quizás debí pedirle que me contara su historia. Talvez –cavilé- Burroughs escribió su prefacio bajo la influencia del “peyote” y nada era cierto.
La mañana siguió creciendo y cambió el escenario. La luz del sol me dejó ver más lejos. Había más navíos, con bandera de diferentes colores. Al fondo, se podían ver los tenebrosos buques grises de la Armada. : Yo jugué –por un rato- a adivinar la procedencia de las naves por el color de sus pabellones.
Miré la hora y supe que debía ir al lugar donde había sido invitado. Me encontré con amigos que no veía hace décadas. Faltaban otros, que ya se fueron. Con uno de ellos recordé a Claudio Zamorano –el poeta Juan Cameron- cuando salíamos, por los mercados del Puerto, a buscar los tres jureles de ojos tristes que había dedicado, como poema de amor a su mujer.

Repetimos, casi al unísono, sus versos: “Traigo tres jureles para adornar tu mesa./En tu lengua, condúcelos al Cielo de lo peces”. El libro estaba dedicado a Cecilia Delgado, la Virgen de Lo Vásquez y la Revista Luz. Nos reímos de la brutal blasfemia.

La revista Luz fue la primera que asumió el sexo como asunto público. Traía unas mujeres desnudas, en blanco y negro, que ahora podrían postular a monjas. Con ellas en la mirada –y en la imaginación- nuestra generación se masturbaba.
También recordamos mi consigna poética: “pequeño rincón del mundo/morada de luz y fuego/ donde la lluvia/ es una hembra inconsolable”. Era parte de un texto que recordaba el viejo Hotel Almendral, donde los enamorados de esos años se desvirgaban.

Entonces escuché que me llamaban. Recordé que estaba allí para hablar acerca de la frontera entre Literatura y Periodismo. Me fue bien. Aunque yo, realmente, hablé acerca de mi vida y mi relación con estos dos oficios. Unos jóvenes me hicieron unas preguntas y, al final, hasta me aplaudieron. Yo estuve nervioso durante toda la presentación y no miraba al auditorio. Realmente, en los minutos que hablé, estuve mirando –a través de los cristales- el monumento a Prat, el único marino admirable, que cada vez se parece más a mi abuelo.

Terminó el acto y bajé, urgente, las escalinatas. Alcancé a escuchar a los poetas reunidos que me invitaron a emborracharme en el Bar Cinzano. Dije que no y caminé hasta la orilla del mar. A esa hora todo había cambiado. Los turistas habían reemplazado a los borrachos y los lancheros gritaban tanto que me dolían los oídos.
Me senté en el mismo sillón de la mañana, abrí mi bolso y saqué el libro de Burroughs. Entre sus páginas, marcando el lugar de mi lectura, tenía una fotografía. La miré y me quedé un rato mirándola.

La rompí entre mis dedos y los trozos de su imagen los lancé al agua. Oscilaron un poco entre el oleaje que, a esa hora era un poco más fuerte y luego se dispersaron. Me quede mirándolos como si fueran barquitos de papel.
Luego lancé un pequeño pez de plata que un hechicero de los indios del Amazonas me lo había regalado, para curar los males del cuerpo y del alma, en una noche ardiente del trópico. Se fue al fondo del mar, con los suyos y con los jureles de Claudio.

Volví mi cabeza, justo en el momento en que un marino sueco gritó unas palabras monstruosas e ininteligibles.

Entonces, una ráfaga de viento me trajo el olor a meados oreados por el sol del puerto. Salí de mi ensimismamiento y me dije: “estoy en Valparaíso”. Por un momento, pensé que había vivido un día de otros tiempos y que, francamente, estoy enfermo de nostalgia y que, parece, me hace mal vivir de la memoria.
Entonces, me puse a escribir estos apuntes de la mañana de un sábado en Valparaíso. Como aún no están terminados quizás podrían llamarse - parafraseando al gran William Burroughs- “la nostalgia no es un estimulante. Es un modo de vida”. Por lo menos, yo así lo creo y así la vivo. Y, francamente, no creo que cambie.

Ilustracion: David LEVINE -

Alexander VORTICE/Poesía



Alexander Vórtice
alexandervortice@yahoo.es
www.lacoctelera.com/alexandervortice

Verso sin vacío
Por Alexander Vórtice

Otórguenle un verso sin vacío
al lector que no es enemigo de lo evidente.
Regálenle al poeta la voz y el voto,
la experiencia y la paciencia.
Eviten que este corazón mío muera
sin haber probado el labio
del ceremonial y definitivo latido.

Porque es la cuerda la prisión del ahorcado,
es el universo el grito de la estrella,
es mi caja de mentiras la verdad de este mundo
que responde, vitorea y niega.

Oros son triunfos, espadas son guerras,
mi única debilidad es el clímax del amor,
del recuerdo, de la lucha hecha con paz
y de la conveniente caricia que medita sobre ti.
Otórguenle al iris de mis ojos un sin fin
de colores sin confusiones ni falsos amores.


Escuela de Hipocresía
Por Alexander Vórtice

…Y viviendo
como el azorado que añora
una copa de ron y 7 cigarros
que apaciguan
sufrimientos inadmisibles,
averiguas que juzgar es arma
de doble filo, sensación de cautiverio…
Agarramos lo peor de nosotros mismos
porque la hipocresía
circula por las calles
y fue asignatura bien aprendida
en tiempos de inocencia y madera.
Rápidamente olvidamos que nada es
si no hay trozos de sinceridad y humildad
en cada paso que vamos dando hacia la tumba;

viviendo como seres que desconocen lo primordial
el dolor llega, la infidelidad existe, la honestidad
es una anécdota que coexiste entre mentecatos.


Azufre para Todos
Por Alexander Vórtice

En períodos de suma debilidad repaso un pasado no tan lejano y enseguida me saca de quicio la pedantería humana con sus puños de “aquí te pillo y aquí te aniquilo”. Mi misantropía, quiero decir, mi intransigencia con el ser humano, ha sido un trabajo de años; no crean ustedes que uno se levanta una mañana y odia a toda una raza así porque así, sobre todo si perteneces a ella. No, los que observamos con ojos de cuervo colérico, pretendemos darle explicación a los hechos y a los sentimientos, aunque, la gran mayoría de las veces, estés conversando con una docena de necios que no conciben la grandeza de lo adecuado para todos. Sí. En días de lluvia funesta y extenuación absoluta, me acuerdo de las madres de unos cuantos que pasan por la vida únicamente con ánimo de joder y malmeter y corromper y absorber lo poco de humano que le queda al ser humano. “Amistad y dinero… Agua y aceite”. Este aforismo tal vez sea el más acertada para exponerles lo que está sucediendo; dicho de otro modo y con retranca galaica: “Nesta vida cada un vai ao seu, menos eu que vou o meu”. Porque, quitando las generaciones que aún se están sazonando, todos tenemos algo de culpa en este trance existencial que padecemos. El egocentrismo domina el cuerpo, la mente y el espíritu de la gran mayoría de las personas, al tiempo que, a medida que la situación va a peor, son más las personas que se afilian al grupo filosófico: “Codicia Sin Fronteras”. Platón sentenció desde su atalaya: “Allí donde el mando es codiciado y disputado no puede haber buen gobierno ni reinará la concordia”. Está sucediendo. Cuando en un País la tercera preocupación de su ciudadanía son los políticos, por algo será, algo se estará recociendo en los adentros de muchas personas desalentadas por el sin Gobierno, por la sinrazón. El mando es ansiado, la moral es escasa, la gente que paga el pato es la de siempre: los más desfavorecidos. Si a esto le sumamos el dato de que el 73% de la ciudanía española opina que en este año 2010 la situación económica será mala o muy mala, tendríamos que sentarnos media hora en la silla de pensar y ver en qué hemos fallado, qué actos directos o indirectos hemos cometido para que la situación sea la que está siendo. Pero claro, que un adulto se siente en la silla de pensar es una ofensa, porque detrás de la codicia, el ego y la envidia, está el orgullo y/o la soberbia. Muchos son los adultos que deberían volver a la escuela para reverdecer su erudición; muchos son los que piden y pocos los que dan; muchos son los que huelen el azufre aquí y allá, y luego, según tire el viento, aseguran que no es azufre, sino un fresco aroma a rosas recién cortadas por la mano pura de una dama virgen (cuan vírgenes hay pocas o ninguna). ¡Simplezas! O nos decidimos ya a tomar el camino del equilibrio y la ecuanimidad,o hasta yo voy a tener que darles la razón a ésos que me aseguran que no es azufre lo que olfateamos a diario.


Caravana de Diamantes
Por Alexander Vórtice

Disculpa el orgullo y el sosiego
de estos años contigo
malviviendo sueños y penumbras.
Disculpa mi ira y mi desván,
mi consuelo y mi humilde honestidad.
Disculpa el pie mojado y los hados
que ya no se acuerdan de respirar.
Disculpa este nunca más, o el por ti,
o el por siempre jamás.

Discúlpame y alquilaré nuevos ideales,
nuevos principios, contigo, nuevo amor de lluvia.
Discúlpame entre los ojos doloridos y le diré
a la caravana de diamantes que nos lleve
todo lo lejos que quiera nuestro amanecer.


Lady
Por Alexander Vórtice

La mujer a quien todos llamaban Lady abrió las cortinas estando completamente desnuda. Las calles se mostraban mojadas y el aire poseía un olor a invierno consistente. Sonrió al ver a aquellos niños jugando a ser unos adultos con bellos y prometedores sueños, sonrió al saber que la primavera llegaría inevitablemente a la ciudad. La mujer llamada Lady había llegado a aquel lugar olvidado por la mano de Dios sin previo aviso. Una estrella de plata y siete besos necesarios la habían guiado, así como un recién nacido se deja guiar por los brazos de una madre expuesta a todo tipo de satisfacciones. Lady, la mujer de cuerpo indescifrable y piedad imperecedera, volvió a sonreír al tiempo que comenzaba a vestirse. Luego, saboreó el café de todas las mañanas, y supo que tras toda tristeza se esconde una agradable y garrida esperanza que se ríe de lo que es mediocre.


Fuego & Esperanza
Por Alexander Vórtice

No pudo ser.
Entonces el ser humano tuvo miedo
y agarraron sus armas de huesos.
No pudo ser y mi hogar fue humo,
nubla furiosa, humo intenso…
Cuando el continente se sumergió en el océano
más de mil millones de personas perecieron;
uno de los jinetes vomitó algo llamado JUSTICIA
y las madres de los niños recién nacidos
lloraron lágrimas de sangre e intenso fuego.
Apareció un ser que exclamó: “¡Ya no sois hermanos!”;
luego, la luna sonrió cual demonio vitaminado,
gozoso, sabedor de todos sus engaños y maleficios.
No pudo ser y sin embargo hubo lloros y bramidos
y días de 79 horas y noches de 400 años;
no hubo perdón y no hubo misericordia.
Creo que algunos se salvaron del Grito Celestial,
no estoy seguro de ello, ya que no pudo ser,
nadie cedió su alma a cambio de esperanza.


Errores humanos
Por Alexander Vórtice

Las computadoras tomaron el control de la situación:
Época oscura, dictadura sumamente desalmada,
tiempo de cadáveres, de orines y de desesperación.
No era el Fin de los Tiempos; era un fallo humano,
robots por las esquinas, sinrazón
y padecimiento prodigioso;
en el momento en que el ser humano se creía Dios,
sus inventos le convirtieron en esclavo del pecado.

Entonces uno de los pocos hombres cuerdos
del planeta Tierra se refugió en sus adentros:
Grandes colores de pasión, libertad, ego afligido,
paz que es soledad y desierto en pleno apogeo…

“Cometimos un error y lo estamos pagando”,
se dijo a sí mismo.

Mientras tanto, más allá de su imaginación,
los pájaros le pedían clemencia al cielo.

Oscar PORTELA/Actualidad de DOSTOIEVKY y los demonios de la Sociedad Actual



Oscar Portela, nacido en la provincia de Corrientes (República Argentina) el 5/13/50, es considerado hoy por las más importantes voces de la literatura de su país, como una de las más potentes voces de la poesía y el pensamiento latinoamericano. Administrador Cultural, ha ocupado importantes funciones en su provincia y ha integrado por dos periodos consecutivos la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de la Argentina, presidente de la misma entidad en su Provincia, Director de revistas como Tiempo y Signos, entre otras, es y a sido Asesor de Cultura de la Honorable Legislatura de la Provincia de Corrientes. Doce títulos de su obra poética editadas (Senderos en el Bosque, Los Nuevos Asilos, Memorial de Corrientes, La Memoria de Láquesis, etc), y obras ensayísticas en las que se ocupa preferentemente del pensamiento filosófico contemporáneo, (Nietzsche sonámbulo del día), le han valido la consideración de importantes pensadores de su país...Ha publicado en España, México, Venezuela, Paraguay, y casi todos los medios de prensa de la Argentina y dictado conferencias en España, Paraguay y provincias Argentinas. Asimismo es especialista en crítica e historia del cine y es autor de letras de obras musicales en su mayoría inéditas…

E-mail:
portelao@hotmail.com

Página personal:
http://www.universoportela.com.ar/
Otras: http://www.arrakis.es/~joldan/oportela.htm
http://oscarportela.lalupe.com/ O www.corrientealdí.como.ar

Oscar PORTELA sobre
Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=oscar+portela


Actualidad de DOSTOIEVKY y los demonios de la Sociedad Actual
Por Oscar PORTELA

“Algunos filósofos existencialistas hallaron en la literatura el camino idóneo para transmitir su pensamiento, y el existencialismo ha sido un movimiento tan vital y amplio en literatura como en filosofía.

El novelista ruso del siglo XIX Fiodor Dostoievsky es quizá el mayor representante de la literatura existencialista.

En las "Memorias del subsuelo". (1864) el enajenado antihéroe está enfadado frente a las pretensiones optimistas del humanismo racionalista.

La idea de la naturaleza humana que surge en esta y otras novelas de Dostoievsky consiste en que es imprevisible, perversa y autodestructiva; sólo el amor cristiano puede salvar a la humanidad de sí misma, pero ese amor no puede ser entendido desde la sensibilidad filosófica.

Como dice el personaje de Aliosha en "Los hermanos Karamasov "- (1879-1880): "tenemos que amar la vida más que el significado de la misma" 880): "tenemos que amar la vida más que el significado de la misma"


¿Quien es Fiodor Mijail Dostoievisky?

Un profeta y un iluminado. Junto a Franz Kafka en el siglo XX el único novelista estudiado por los filósofos. Solo él indaga en la psicología humana inquisitorialmente y con la profundidad con la que hasta hoy solo fue llevada a cabo por Federico Nietzsche.

Hijo de aristócratas que lo perdieron todo – pobres y epiléptico, llevando una vida de penurias y necesidades,escribe algunas novelas como "Crimen y Castigo", "Los Hermanos Karamasov", "Los Demonios", "Memoria de la Casa de los Muertos" y sobre todo en su “Memorias del Subsuelo”.

Allí pues “tienen un importante trasfondo psicológico las cuestiones filosóficas que aborda y son decisivas para comprender al escritor.

Es una obra literaria clave para comprender los textos posteriores de Dostoievsky, “Crimen y Castigo”, “Los demonios, y “El Jugador”; así resulta importante mencionar que la manera en que trascurre la relación entre el narrador y Liza, establecerá las bases de la afinidad entre Sonia y Raskolnikov en “Crimen y Castigo” y la de Liza y Stavroguin en “Los Demonios”

Estas obras y otras nos abren los ojos para contemplar el horror que llevó al “Kurtz” de Conrad al suicidio.

Y otros textos en los márgenes de una pléyade de grandes escritores rusos de fines de siglo XIX - que ya no se darían más- como Tolstoy, Chejov, Turguenev, figuras enormes que aún agrandan más su importancia, cuando se realiza una analogía entre ese tiempo y el “nuestro” : él y solo él describe el mundo de hoy, con la visión de un águila, de un profeta, en la cual el crimen se realiza solo como experimento y experiencia de trasgresión, la misma que juguetonamente supo llevar Hitchcock al cine porque para “ los exterminadores todo estaba permitido”.

Condenado a prisión en Siberia por un equivoco policiaco, permanece en aquel desierto durante largos años y allí escribe su magistral "Memoria de la Casa de los Muertos" - alegato profundamente cristiano alrededor del milagro del alma purificada- y parábola del buen ladrón, en la que el creador prefiere vivir con aquellos criminales a convivir con los hipócritas mercaderes de la moral a los que Cristo expulsara del Sanedrín.

Otras obras maravillosas suyas son el estudio de la psicología del jugador en "El Jugador" - novela escrita en días para pagar deudas - "Noches Blancas" - los “Diarios” y otras, pero a quien pretenda leer a Dostoievsky , se le debe recordar que a un joven actual le puede resultar pesado, aburrido, y nesecitamos recordar, y sobre todo a los profesores de literatura, que Dostoievky que el constituye la quintaesencia del alma y la cultura eslava, es decir rusa: de sus inmensas estepas, sus tradiciones católicas ortodoxas milenarias que el marxismo no logró exterminar y de esa fe que en pleno auge del racionalismo desafiaba a la lógica hegeliana de las síntesis, por que como decía el pensador danés Kierkegaard, si Dios quiere que dos y dos sean seis será de éste modo.

El crimen que desafía a la razón en Andre Gide, la violencia que describe Anthony Burgess en " La naranja mecánica", las condenas a la moral del capitalismo en los crímenes seriales de una película como "Pecados Capitales", la anomia moral y ética que invaden nuestras sociedades día a día ya fueron analizados por Fiodor Dostoievky hace más de 120 años.

Conviene pues volver la mirada política hacia los grandes artistas y pensadores cuando de restaurar una nueva época en la historia del ser se trata.

Precisamente para quien esto firma “Los Demonios” - y prefiero esta transliteración- constituye el texto más nihilista y apocalíptico de todos: aquel en que las “legiones bíblicas” confieren a los jóvenes este imperativo categórico: “detruyandolo todo / total todo va a volver a reconstruirse”


Diario del escritor Dostoievky- fragmentos-.

“Sabido es que la mitad del dolor se nos pasa en cuanto tenemos alguien a quien echarle la culpa, siendo lo más triste que no haya a quien culpar”. 50

“¿Cuántos hombres hay que no piensan, sino que viven de ideas que otros les dan ya hechas? Pero aquí no sólo se vive de ideas hechas, sino hasta de dolor hecho”.

“Bajo la presión de la sociedad, el joven poeta sofoca en su alma su natural anhelo de explayarse en formas singulares; teme que condenen su ociosa curiosidad; reprime, contiene esas formas que le brotan del fondo de su alma; les niega desarrollo y atención y se saca de adentro, entre espasmos, el tema que a la sociedad le gusta, que es grato a la opinión liberal y social. Pero ¡ qué error tan horriblemente candoroso e ingenuo, qué error tan craso !”

“Hay talentos muy notables, que prometían mucho, pero a los cuales corroyó de tal modo la tendencia que acabó por vestirlos de uniforme”.

“...una antigua regla: no está la cosa en el argumento, sino en saberlo ver; si se lo sabe ver, se lo encuentra; si no, pues como si fueran ciegos, no encontrarán ningún tema. ¡Oh, el modo de ver es lo principal; lo que para unos es un poema, para otros es una molestia”.

“...enseguida se recuerda el refrán popular: "El abogado es una conciencia de alquiler’" ; pero, sobre todo, ocurre la estúpida paradoja de que el abogado no puede nunca obrar en relación con su conciencia, viéndose obligado a traicionarla aunque no quisiera. Es un hombre condenado a no tener conciencia”.

“No persigo honores ni los acepto, y no es en verdad mi intención treparme a las estrellas para orientarme”.

“La altura de un alma puede medirse en parte, sin más, fijándose en hasta qué grado es capaz de inclinarse, y ante quién, con veneración (o devoción)”.

“¿De dónde sacas tú que al primer intento se pueda pintar un cuadro? ¿Cuándo has adquirido esa convicción? Créeme a mí; para todo se requiere trabajo, una labor gigantesca. Ten seguridad de que cualquier poema gracioso y ligero de Puschkin nos parece ahora a nosotros tan gracioso y ligero precisamente por lo mucho que lo trabajó y corrigió el poeta. Esa es la verdad. Gogol tardó ocho años en escribir su Almas muertas. Todo lo que sale de un tirón está todavía verde”.

“Yo empiezo por escribir una escena según se me ocurre en el primer momento, y me recreo mucho con ella; pero luego me estoy trabajándola por espacio de meses y hasta un año.

Me dejo entusiasmar por ella varias veces (pues me gusta la escena) y tacho aquí, y pongo allá y créeme, la escena siempre sale ganando.

Sólo que hay que tener inspiración. Sin inspiración naturalmente no se puede hacer nada”.

“Con demasiada frecuencia he escrito yo cosas malas, muy malas, por la necesidad de darme prisa y tenerlas terminadas en un plazo fijo”.

“Una novela es una obra poética, y se necesita tranquilidad de espíritu y fantasía para darle altura”.

“Cuando a uno no le satisface su trabajo, no es posible que esté bien”.

“Todo ese personaje lo describiré mediante sus actos y no apelando a disquisiciones, lo que hace esperar que resulte una personalidad, una pieza”.

Oscar Portela
02/03/2010

Ignacio VIDAL-FOLCH/ Genios del mal


REPORTAJE:
Genios del mal
Por Ignacio VIDAL-FOLCH

La dificultad para aceptar el binomio gran artista-mala persona proviene de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Obras de Gorki, Neruda, Rezzori, Eliade ... revelan cómo los escritores están sujetos a las mismas pasiones que los demás.

En las letras, igual que en todo lo demás, el talento es un título de responsabilidad!". Con esta sentencia explica el general De Gaulle su negativa a indultar a Robert Brasillach, condenado a muerte en 1945. Entre los colaboradores con los nazis durante la Ocupación, a Brasillach, joven de suaves mofletes, pelo planchado, gafas de carey y aspecto general de estudiante aplicado, le ha correspondido el título de villano máximo de la literatura. Como director de la revista Je Suis Partout, la más leída, la mejor hecha y la más odiada de la época, agotó el catálogo de las infamias (verbales). Ahora bien, la naturaleza humana es más compleja que el universo: mientras aguardaba en la cárcel su sentencia de muerte escribió este poema:

D'autres sont venus par ici
Dont les noms sur les murs moisis
Se défont déjà et s'ecaillent;
Ils ont souffert et espéré
Et parfois l'espoir était vrai
Parfois il dupait ces murailles.
Venus d'ici, Venus d'ailleurs
Nous n'avions pas le même coeur,
Nous a-t-on dit. Faut-il le croire?
Mais qu'importe ce que nous fûmes!
Nos visages noyés de brume
Se ressemblent dans la nuit noire.
C'est à vous, frères inconnus,
Que je pense, le soir venu,
Ô mes fraternels adversaires!
Hier est proche d'aujourd'hui,
Malgré nous nous sommes unis
Par l'espoir et par la misère.

(Otros vinieron por aquí / cuyos nombres en los muros mohosos / ya se deshacen y desconchan. / Ellos sufrieron y tuvieron esperanzas / y a veces la esperanza acertaba / a veces engañaba a esas murallas. // Venidos de aquí, venidos de otros sitios / nuestros corazones no eran iguales, / según nos dijeron. ¿Hay que creerlo? / ¡Pero qué importa lo que fuimos! / Nuestros rostros, ahogados de bruma, / se parecen en la noche negra. // Es en vosotros, hermanos desconocidos, / en quienes pienso, cuando cae la noche, / ¡Oh mis fraternales adversarios! / Ayer está cerca de hoy, / a pesar nuestro estamos unidos / por la esperanza y por la miseria).

La luz de la circunstancia excepcional en que el poema fue escrito (tan semejante a la que inspiró a Villon su Ballade des pendus) lo realza y nimba con un halo de cosa extraordinaria.

Brasillach tuvo además carácter para recibir la noticia de su condena con estas palabras:
-Es un honor.

Pierre Drieu La Rochelle también se despidió con clase:
"Sed fieles al orgullo de la resistencia igual que yo lo soy al orgullo de la colaboración", escribió en su diario antes de suicidarse. "No hagáis trampa, como yo no la hago. Condenadme a la pena capital (...) Sí, soy un traidor. Sí, he estado cooperando con el enemigo. He aportado inteligencia francesa al enemigo. No es culpa mía que este enemigo no haya sido inteligente".

En cambio, Céline, que con Brasillach y Drieu, Montherlant y Morand y Daudet (pronto exonerado de toda culpa), Céline cuyo Viaje al fin de la noche revolucionó la prosa francesa, Céline, del que dice Lottman que "el examen de sus libros y de su vida muestra claramente que fue un genio del mal y que su psicología no era enteramente normal", eludió el cadalso fotografiándose vestido de harapos y con un gatito sobre las rodillas.

(La dificultad que encontramos en aceptar el binomio gran artista-mala persona es la consecuencia de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Pero al fin y al cabo, los escritores siempre estuvieron sujetos a las mismas pasiones que los demás. En las revoluciones de 1848, el filósofo Schopenhauer, el pesimista, el reaccionario, ofrecía las ventanas de su casa en Francfort a los soldados austriacos para que disparasen cómodamente contra "la canalla", mientras en París Baudelaire, el poeta moderno y progresista, agitaba las barricadas tratando de convencer a los insurgentes de que le acompañasen a su casa para fusilar a su padrastro).

Stalin atrajo de vuelta a la URSS al que los bolcheviques consideraban el mejor escritor ruso, la voz del pueblo, Maxim Gorki, halagando su vanidad, y una vez lo tuvo en Moscú le adjudicó como vivienda un palacio modernista cerca del Kremlin y dos dachas, y lo nombró presidente de un comité para agrupar a todos los escritores soviéticos. Además rebautizó su ciudad natal con su nombre. Al autor de La madre esto no acababa de parecerle del todo bien:
-He escrito por primera vez Gorki en el sobre, en vez de Nizhni Novgorod. La verdad, me resulta desagradable y embarazoso.

Pero en fin, todo lo daba por bueno, ya que gracias a su influencia Zamiatin (autor de la antiutopía Nosotros) pudo exiliarse en Francia, y Bulgákov (el autor de El maestro y Margarita), que estaba reducido al ostracismo y al hambre, obtuvo un empleo en un teatro, y Pilniak (Caoba) y Babel (Caballería roja) pudieron ampararse tras sus anchas espaldas: luego le seguirían a la tumba, como los siervos al Faraón.

Muchas noches, concluida su jornada laboral en el Kremlin, Stalin se presentaba en la cercana mansión de Gorki, que solía recibir a sus colegas en su salón y sostener con ellos animados debates nocturnos. Fue allí, una noche de 1932, donde el estadista y su escritor de cabecera perfilaron las líneas maestras de la estética del "realismo socialista" y definieron la misión de los escritores para las siguientes generaciones, que al cabo de pocos días el primer congreso de la Unión de Escritores, presidido por Gorki, refrendó: glorificar la aniquilación de las clases enemigas y el liderazgo de Stalin, mientras los órganos rectores de la Unión debían alentar la producción de "obras de alto valor artístico imbuidas del espíritu del socialismo".

Al año siguiente de aquella decisiva reunión, Gorki coordinó el prototipo de libro imbuido de ese espíritu edificante, el que el historiador Shentalinski define como "el libro más vergonzoso y más cargado de mentiras de la historia": Belomor, historia de la construcción del canal J. V. Stalin del Mar Blanco al Mar Báltico, una apología del trabajo esclavo en esa obra que costó 100.000 vidas. Para redactarlo, Gorki reclutó un equipo de 120 escritores y viajó con ellos en un tren fraternal hasta el canal, donde no vieron o no quisieron ver las condiciones en que los esclavos vivían y morían; y a la vuelta seleccionó a los 30 escritores más eficientes y corruptos para exaltar la portentosa hazaña.

Entre ellos, su favorito, el aristócrata Alexéi Tolstói, descendiente del autor de Guerra y paz y un caso humano curioso. Parece que tuvo verdadero talento. La llave dorada, su versión rusa de Pinocchio, es todavía hoy uno de los cuentos infantiles más apreciados en su país, y su Pedro I, donde retrata al zar Pedro el Grande como el protobolchevique, se considera una obra de calidad literaria. La misma Ajmátova le admiraba, a pesar de que atribuía la condena de su amigo, el poeta Osip Mandelstam, más que a su Epigrama contra Stalin, a la bofetada que le dio a Tolstói por una cuestión menor. Éste le amenazó proféticamente: "¡Te expulsaremos de Moscú! ¡Nunca más publicarás un verso!", mientras Gorki confirmaba: "¡Ya le enseñaremos cómo hay que pegar a los escritores rusos!".

La ambición, la codicia y el servilismo royeron el talento de Tolstói hasta dejarlo en los huesos. Despachó novelas que retorcían los hechos históricos para denigrar a Trotski y ensalzar a Stalin (Pan), o contaban las hazañas de un chequista (policía secreta); fue miembro de la comisión especial para intoxicar a la opinión mundial con películas y panfletos que endosaban a los nazis la matanza de Katyn; clamó pidiendo la muerte de sus anteriores protectores, Kamenev y Zinoviev... "Pocas familias pueden preciarse de tener en su seno a un escritor tan grande como León Tolstói, pero pocas pueden tener a un escritor a la vez tan dotado y tan despreciable como Alexéi...", sentencia su lejano pariente el historiador inglés Nikolái Tolstói en Los Tolstói, 24 generaciones de historia rusa. "No hubo mentira, traición o indignidad que no se apresurase a cometer para llenarse los bolsillos".

A este top five de malos malones de la literatura agrego ahora algunos monstruos subjetivos, malos o malillos no universales, pero sí a los ojos y en los textos de los grandes escritores: Neruda según Brodsky, Éluard según Kundera, Rezzori según Vizinczey, Eliade según Manea.

El poeta y premio Nobel de origen ruso Joseph Brosdky menciona en su libro Del dolor y la razón a Pablo Neruda, best seller mundial y permanente de la poesía en lengua española gracias a sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada: "Trotski, aún reciente el segundo atentado contra su vida (en el que su secretario americano fue asesinado por el luego célebre muralista David Alfaro Siqueiros, ayudado por el luego célebre poeta, y premio Nobel, Pablo Neruda)...", dice Brodsky. En su autobiografía, Me llamaban el coronelazo, David Alfaro Siqueiros reconoce su participación en el "asalto a la casa de Trotski" el 24 de mayo de 1940. Lo que no dice es que él dirigió al fracasado escuadrón de sicarios, y por qué mataron a su cómplice Robert Sheldon Harte. El relato que dejó Neruda, en Confieso que he vivido (su autobiografía, redactada poco antes del cuartelazo de Pinochet, del asesinato de Allende y de morir él mismo de enfermedad y pena), sobre sus tiempos como cónsul de Chile en México, es un alarde de escamoteo de la verdad y de pánfila autosatisfacción:
"David Alfaro Siqueiros estaba entonces en la cárcel. Alguien lo había embarcado en una incursión armada a la casa de Trotski. Lo conocí en la prisión, pero, en verdad, también fuera de ella, porque salíamos con el comandante Pérez Rulfo, jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de sus rejas".

"(...) Entre salidas clandestinas de la cárcel y conversaciones sobre cuanto existe, tramamos Siqueiros y yo su liberación definitiva. Provisto de una visa que yo mismo estampé en su pasaporte, se dirigió a Chile con su mujer, Angélica Arenales...".

Cuando Norman Manea, disidente exiliado en Estados Unidos, y el escritor rumano más interesante de la actualidad, publicó su ensayo Felix culpa, a propósito de su compatriota, el gran historiador de las religiones, el notable literato, el erudito, el sabio que buscaba y encontraba las manifestaciones de un espíritu primigenio y global en mitos y atavismos y remotos ritos chamánicos, Mircea Eliade, le llamaron de todo, entre otras cosas "policía del espíritu". El título de su ensayo alude a una anotación de Eliade en sus diarios, del 10 de octubre de 1984: "Sigo pensando en lo que hubiera sufrido si me hubiera quedado en la patria, como profesor y escritor, y si no hubiese sido por aquella felix culpa: mi adoración por Nae Ionescu y todas las consecuencias (en 1935-1940) de esa relación (...) Me hubiera quedado en la patria. En el mejor de los casos hubiera muerto de tuberculosis en una prisión". Nae Ionescu (nada que ver con el Ionesco de La cantante calva), filósofo y profesor en la universidad del Bucarest de entreguerras, fue el principal propagandista en los medios intelectuales del movimiento fascista rumano, la Legión de San Miguel Arcángel o Guardia de hierro. Eliade era un sabio precoz y ayudante de cátedra de Ionescu, y escribía en la prensa: "Para aquellos que han sufrido tanto y han sido humillados durante siglos..., por los húngaros..., después de los búlgaros la gente más imbécil que haya existido nunca..., han anhelado una Rumania nacionalista, hiperactiva y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengativa".

Lo que Manea le reprocha es que -como el filósofo Heidegger con su pasado nazi- nunca manifestase contrición ni reconociera que su filiación al fascismo fue un error juvenil: un paso al frente le parece a Manea que hubiera sido muy beneficioso, en términos de didáctica social, sobre todo ante el futuro inmediato en que las primeras generaciones poscomunistas, desorientadas, desinformadas y confusas y en busca de señales de identidad nacional y referentes ideológicos, recuperan el magisterio de Eliade y al mismo tiempo las tentaciones chovinistas y antisemitas. Muy al contrario, cuarenta años después de esa felix culpa, Eliade escribía en su diario: "No sé cómo juzgará la historia a Corneliu Codreanu (fundador de la Legión)...
". Y puedo muy bien imaginarme a Manea en el Bard Collage de Nueva York, adonde llegó también por la ruta del exilio, leyendo por primera vez estas frases del Eliade crepuscular, y preguntándose con incredulidad: "No sé cómo juzgará la Historia a Corneliu Codreanu".

Milan Kundera dedica unas páginas brillantes de su novela El libro de la risa y el olvido a la condena a muerte de un poeta surrealista checo, Závis Kalandra, durante las purgas de los años cincuenta. Ese poeta era amigo de André Breton, el papa del movimiento surrealista, y de Paul Éluard, que después de la Segunda Guerra Mundial había abandonado las filas del surrealismo para integrarse en las del comunismo. "André Breton no creyó que Kalandra hubiera traicionado al pueblo y a sus esperanzas, y dirigió un llamamiento en París a Éluard (en carta abierta del día 13 de junio de 1950) para que protestase contra la absurda acusación, e intentase salvar a su antiguo amigo praguense. Pero Éluard estaba en ese preciso momento bailando en un inmenso corro entre París, Moscú, Varsovia, Praga, Sofía, Gracia, entre todos los países socialistas y todos los partidos comunistas del mundo, y en todas partes recitaba sus hermosos versos sobre la alegría y la hermandad. Cuando leyó la carta de Breton dio dos pasos en el sitio, un paso hacia delante, negó con la cabeza, se negó a defender a un traidor al pueblo (en la revista Action del 19 de junio de 1950) y en lugar de eso recitó con voz metálica:

Vamos a colmar la inocencia
De la fuerza que durante tanto tiempo
Nos ha faltado
No estaremos nunca más solos...
Huiremos del descanso, huiremos del
sueño,
Tomaremos a toda velocidad el alba y la
Primavera
Y prepararemos días y estaciones
A la medida de nuestros sueños
El hombre, presa de la paz, siempre tiene
una sonrisa
El amor se ha puesto a trabajar y es
infatigable.


Lo mismo que movió a Kundera para inmortalizar como significativo ese episodio llevó a W. G. Sebald (aunque con menos humor) a retratar, en Sobre la historia natural de la destrucción, a Alfred Andersch como una escoria, con una vida interior "plagada de ambición, egoísmo, resentimiento y rencor", y hacer de él el paradigma de la corrupción moral a la que puede llegar un escritor. Trabajo de inquisición semejante, aunque si cabe con una ferocidad mayor, y contra un colega superior, hizo Stephen Vizinczey (En brazos de la mujer madura) en Verdad y mentiras en la literatura, con Gregor von Rezzori (maravilloso autor de Memorias de un antisemita, de Flores en la nieve, de Un armiño en Chernopol), a cuenta de La muerte de mi hermano Abel. Según Vizinczey, la frivolidad de Rezzori en esta "novela estúpida y taimada" relativiza el bien y el mal, iguala a víctimas y verdugos, y esa operación hace de él un hombre "con la sensibilidad embotada, el cerebro pequeño y la piel gruesa de un cerdo".

¡Rezzori! Gustosamente seguiría yo añadiendo nombres a esta galería, para agregar al tuyo y los de tantos ilustres monstruos el mío, aunque fuera sólo por el expediente, tan claramente malvado, de escribir listas negras... (y leerlas). Pero por ahora basta y vale.

La novela del adolescente miope. Mircea Eliade. Traducción y prólogo de Marian Ochoa. Impedimenta. Madrid, 2009. 520 páginas. 26 euros. La gran trilogía: Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita, Flores en la nieve. Gregor von Rezzori. Traducción de Daniel Najmías, Juan Villoro, Joan Parra Contreras. Anagrama. Barcelona, 2009. 904 páginas. 34 euros.

Articulo:
http://www.elpais.com 06/02/2010

Grupo literario SIGNOS/Un especial Charles BUKOWSKI


Grupo literario SIGNOS
César Boyd, Cromwell Pierre, Ronald Calle & José Abad
www.grupoliterariosignos.blogspot.com
E-mail: grupoliterariosignos@hotmail.com


Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=GRUPO+LITERARIO+%22SIGNOS%2+


Charles Bukowski
(EEUU, 1920-1994)

Poeta y narrador estadounidense, creador de una literatura provocadora y sórdida, cargada de gran emoción y sentimientos. Nació en la ciudad alemana de Aldernach, pero a los dos años se trasladó con su familia a Los Ángeles, donde vivió toda su vida. Durante muchos años, y tras un breve paso por la universidad, se ganó la vida con trabajos manuales temporales, espaciados por los periodos de vacaciones que se tomaba cuando tenía suerte en las apuestas del hipódromo, afición que reflejó continuamente en su obra. Empezó a escribir cuentos muy joven pero, tras un primer relato publicado por una revista en 1944, abandonó la literatura por un espacio de diez años, en los que sentó los cimientos de su leyenda alcohólica. Sus primeras obras se publicaron en la década de 1960 en editoriales y revistas underground; a esta época pertenecen colecciones de poemas como Crucifijo en una mano muerta (1965) o la que para muchos es su mejor obra en verso, Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas (1969). La poesía de Bukowski, al que le gustaba vanagloriarse de haber escrito su primer poema con 35 años, está marcada por un realismo descarnado y lírico a un tiempo, explícito, tierno en ocasiones y brutal en otras, abundante en datos autobiográficos, personalísimo y pleno de humor ácido y desencantado. Nunca abandonó su producción en verso que, con los años, se fue haciendo más directa, más sobria, como en El amor es un perro del infierno (1974) o La última noche de la tierra (1992). Bukowski escribió más de treinta poemarios, que le han acreditado como gran poeta; sin embargo, pocos de sus poemas se han traducido al español.

Su primera novela, Cartero (1970), le permitió abandonar la oficina de correos en la que trabajaba. A ésta seguirían otras cinco, todas protagonizadas por Henry Hank Chinaski, alter ego del propio Bukowski, entre las que cabe destacar La senda del perdedor (1982). Los cuentos de Bukowski están reunidos en varios volúmenes. El más conocido, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1972), recoge relatos aparecidos en varias revistas underground. Su obra inspiró una película, Ordinaria locura, a Marco Ferreri, a la que seguiría Barfly (1989), de Barbet Schroeder y con guión del propio Bukowski. La prosa de Bukowski es, si cabe, más autobiográfica, en un 90% según el propio autor, que su poesía, y es la que le ha dado fama entre los lectores de habla hispana; todas sus obras en prosa están publicadas en español. El alcohol, el sexo, la soledad y los aspectos más absurdos y sórdidos de nuestra civilización ocupan un lugar de honor en la obra de Bukowski, que siempre evitó los ambientes literarios; prefería los bares y las habitaciones lúgubres.

Publicado en
http://www.epdlp.com

De Peleando a la contra – Antología de Compactos Anagrama

Lo haces mientras matas moscas
Por Charles Bukowski

Bach, dije, tuvo 20 hijos.
apostaba a los caballos durante el día.
jodía durante la noche
y bebía en las mañanas.
en el medio escribía música.

al menos es lo que le dije
cuando ella me preguntó,
cuándo es que
escribís?



Por Charles Bukowski

Eres una bestia, me dijo ella
con tu blanca panza
y esos pies peludos.
nunca te cortas las uñas
y tienes manos regordetas
zarpas como de gato
tu narizota colorada y brillosa
y los huevos más grandes
que he visto nunca.
arrojas esperma como una
ballena arroja agua por
el agujero de su espalda
Bestia bestia bestia
me besa,
Qué quieres para el
desayuno?


Cómo ser un gran escritor
Por Charles Bukowski

Tienes que follarte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.

sólo toma más cerveza más y más cerveza.

Ve al hipódromo por lo menos una vez
a la semana

y gana
si es posible.

aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.

y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.

no te exijas.
dormí hasta el mediodía.

evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.

acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).

y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.

un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.

quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé
paciente,

el tiempo es la cruz de todos.

más
el exilio
la derrota
la traición

toda esa basura.

quédate con la cerveza

la cerveza es continua sangre.

una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana

dale duro a esa cosa
dale duro.

haz de eso una pelea de peso pesado.

haz como el toro en la primer embestida.

y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.

si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...

entonces no estás listo

toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.


Más discusión
Por Charles Bukowski

Risque, ella dijo, ¿no adoras a
Rilke?

no, dije, me aburre,
los poetas me aburren, son mierdas, caracoles, pedacitos de
polvo en un viento barato.

Lorca, dijo, ¿qué te parece Lorca?

Lorca era bueno cuando era bueno. Sabía como
cantar, pero la única razón por la que te gusta
es porque fue asesinado.

Shelley, entonces, ¿qué te parece Shelley?

¿no se ahogó en un bote de remos?

entonces ¿qué te parecen los amantes? me olvidé sus nombres...
los dos franceses, uno asesinó al
otro...

bárbaro, dije, ahora háblame de
Oscar Wilde.

un gran hombre, dijo ella.

él era inteligente, dije, pero vos crees en todas esas cosas
por la razón equivocada.

Van Gogh, entonces, dijo ella.

ahí vamos, dije, ahí vamos de nuevo

¿qué me quieres decir?

quiero decir que lo que los otros pintores de la época decían era verdad:
que era un pintor promedio.

¿cómo lo sabes?

lo sé porque pagué $10 para entrar y ver algunas de sus
pinturas. vi que era interesante,
honorable, pero no grandioso.

¿cómo podés decir, preguntó, todas estas cosas acerca de toda esta gente?

querrás decir, ¿por qué no estoy de acuerdo con vos?

¡para ser un hombre que casi se está muriendo de hambre, hablas como si
fueras
un tremendo sabio!

pero, dije, ¿no se murieron de hambre todos tus héroes?

pero esto es diferente; no te gusta nada de lo que a mí me gusta.

no, dije, simplemente no me gustan de la manera que
te gustan.

me voy, dijo.

podría haberte mentido, dije, como la mayoría
lo hace.

¿quieres decir que los hombres me mienten?

sí, para llegar a lo que crees que es sagrado.

¿quieres decir que no es sagrado?

no lo sé, pero no te voy a mentir
para que funcione.

vete a cagar entonces, dijo.

buenas noches, dije.

ella dio un bruto portazo.

me levanté y prendí la radio.

había un pianista tocando la misma pieza de
Grieg. nada cambió. Nada
cambia nunca.
nada.


Conocí a un genio
Por Charles Bukowski

Hoy
conocí a un genio en el tren
como de seis años de edad;
se sentó a mi lado y,
mientras el tren
corría por la costa,
llegamos al océano.
el niño me miró y me dijo:
el mar no es nada bonito.

fue la primera vez
que me di cuenta
de ello.


Putrefacción
Por Charles Bukowski

Últimamente
me ronda este pensamiento
que este país
ha retrocedido
4 0 5 décadas
y que todo el
avance social
los buenos sentimientos de
una persona hacia otra
se han borrado
y se han reemplazado por la
vieja
intolerancia de siempre.

más que nunca
tenemos
egoístas ansias de poder
desprecio por el
débil
el viejo
el pobre
el desvalido.

estamos reemplazando necesidad con
guerra
salvación con
esclavitud.

hemos desperdiciado
los logros
nos hemos deteriorado
deprisa.

tenemos nuestra Bomba
es nuestro miedo
nuestra vergüenza
y nuestra condena.

Ahora
se ha apoderado de nosotros
algo tan triste
que nos deja
sin aliento
y ni siquiera podemos
llorar.


Acto creativo
Por Charles Bukowski

Por el huevo roto en el suelo
por el 5 de julio
por el pez en la pecera
por el viejo de la habitación nº 9
por el gato sobre el muro

por ti mismo

no por la fama
ni por el dinero

tienes que seguir luchando

cuanto te haces viejo
disminuye el atractivo

es más fácil cuando se es joven

cualquiera puede alcanzar
las alturas alguna que otra vez

la clave consiste en
resistir

cualquier cosa que sirva
para que

esta vida siga bailando
frente a Doña Muerte.


Confesión
Por Charles Bukowski

Esperando la muerte
como un gato
que va a saltar sobre
la cama

me da tanta pena
mi mujer

ella verá este
cuerpo
blanco
rígido
lo zarandeará una vez y luego
quizás
otra:

"Hank"

Hank no
responderá.

no es mi muerte lo que
me preocupa, es mi mujer
que se quedará con este
montón de
nada.

quiero que
sepa
sin embargo
que todas las noches
que he dormido a su lado

incluso las discusiones
más inútiles
siempre fueron
algo espléndido

y esas difíciles
palabras
que siempre temí
decir
pueden decirse
ahora:
Te amo.


De Hollywood
Por Charles Bukowski

"Jon se puso a trabajar. Se hicieron copias del guión, se enviaron a productores, agentes, actores. Yo volví a jugar con la poesía. También planeé un nuevo sistema para el hipódromo. El hipódromo era importante para mí porque me permitía olvidar que, supuestamente, yo era un escritor. Escribir era extraño. Necesitaba escribir, era como una enfermedad, una droga, una fuerte compulsión, sin embargo no me gustaba verme a mí mismo como escritor. Tal vez había conocido a demasiados escritores. Empleaban más tiempo hablando mal unos de otros que en hacer su trabajo. Eran inquietos, cotillas, solteronas; se quejaban, apuñalaban por la espalda y estaban llenos de vanidad. ¿Esos eran nuestros creadores? ¿Siempre fue así? Posiblemente. Tal vez escribir fuese una forma de quejarse. Sólo que algunos se quejaban mejor que otros".

(1989)