dimanche 29 novembre 2009

Harol GASTELÚ PALOMINO/Hordas asesinas



Harol Gastelú Palomino, Huancavelica (Perú), 1968. Profesor de arte y literatura por Universidad La Cantuta. Ha publicado el libro de cuentos “Historias urbanas” (Derrama Magisterial, 2005). Sus textos han recibido los siguientes galardones: Premio Nacional de Educación Horacio 2004 en cuento, finalista en novela en el Premio Nacional de Educación Horacio 2005, Premio Cuentos Ciudad de Trujillo 2007, mención especial en novela en el Premio Nacional PUCP 2007. Acaba de obtener una mención de honor en el área de Mitos y Leyendas Populares en el Premio Nacional de Educación Horacio 2007. Textos suyos han sido publicados en las revistas digitales Azularte, Yoescribo.com, Remolinos, Destiempos, Palabras diversas, La puerta azul, Letralia, Ciberayllu, Exquioc, Misioletras y Las filigranas de perder.

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Hordas asesinas
Por Harol Gastelú Palomino

Era joven, bella e inteligente. La mataron unos desadaptados sociales llamados hinchas de futbol arrojándola de un vehículo en marcha.

Cada vez que se enfrentan futbolísticamente Alianza Lima y Universitario de Deportes, dos de los clubes de futbol más populares del futbol peruano pero que nada bueno han aportado a la mejora de este popular deporte, Perú ha sido último en estas recientes eliminatorias, las calles de Lima se ven invadidas y desbordadas por cientos, y hasta miles, de hinchas también llamadas barras bravas. Su nombre lo dice: barras bravas.

Vándalos, eso es lo que son. Delincuentes también. Antes, y después de cada encuentro deportivo, toman por asalto las calles, rompen lunas, arrebatan las pertenencias a los transeúntes que por mala suerte se les cruzan en el camino, se enfrentan entre ellos a punta de piedras, machetes, palos, y hasta armas de fuego. Unos verdaderos salvajes. Una muestra de cuán degradada está la sociedad peruana pese a que nuestros gobernantes anuncian con bombos y platillos que el Perú crece como un país del primer mundo, que hasta el momento nueve de cada diez peruanos posee un celular, pero ese crecimiento es un espejismo, una falsa ilusión, en lo moral, en lo ético, el Perú se hunde cada vez más en un pozo sin fondo. La juventud que abandona las aulas no tiene a dónde ir si no es a un país del extranjero, o a nuestro vecino del sur, aunque sea a lavar platos o a cuidar perros ajenos. A pesar que la oferta educativa es cada vez más múltiple, son pocos los que pueden acceder a ella en un país donde el sueldo mínimo no bordea ni los doscientos dólares al mes y donde un maestro del sector público, a veces con maestría incluida, gana menos de cuatrocientos dólares. Hace muchos años que la educación se pervirtió, que el maestro perdió el interés por hacer de sus alumnos buenos ciudadanos, y las leyes fueron uno de sus mejores cómplices: al alumno no se le puede tocar ni con el pétalo de una rosa. Blindados por esta falsa invulnerabilidad, los alumnos aprendieron a hacer lo que les diera en gana sabiendo que hicieran lo que hicieran todo quedaría impune: eran intocables. Yo recuerdo aún las jaladas de oreja de miss Polloy: una de esas estuvo a punto de emparentarme con Van Gogh. Otros profesores solían utilizar el cable de luz y otros unas reglas de metal que te dejaban un buen moretón en la palma de las manos o en las posaderas. Y no había padre que protestara porque corría el peligro que su dulce angelito terminara de patitas en la calle. Pero eso se acabó cuando a alguien se le ocurrió crear la Defensoría Escolar del Niño y el Adolescente –que alguna vez dirigí en mi centro de trabajo con funestas consecuencias- y el control de esas criaturas se escapó de nuestras manos. La guerra interna que vivimos hasta los primeros años de la década de los noventa del siglo pasado contribuyó a ello: miles de campesinos llegaron a las grandes ciudades en una segunda ola de migración, esta vez a la fuerza. Los hijos de estos, marginados por su idioma, color, origen, procedencia, en unión con los jóvenes marginales de los paupérrimos barrios en los que habitaban, volcaron su furia, su resentimiento en el futbol. Y empezaron los problemas. Antes, las barras de futbol eran pacíficas: bombos, platillos y picapicas eran sus únicas armas de guerra. Pero la guerra civil les enseñó que se podía matar con impunidad, golpear, destrozar, despedazar. Y empezaron a hacer eso. A falta de fusiles, utilizaron piedras, machetes, y de vez en cuando un revólver. Los integrantes de estas barras son imberbes de trece, catorce años, y también sujetos de más edad que, al no tener nada que hacer en su presente, integran estas hordas de desadaptados. Y delincuentes que aprovechan el pánico para hacer de las suyas. ¿Y las autoridades?, ¿la policía?, ¿los dirigentes deportivos? Bien, gracias, han dejado expandirse a estas barras como un tumor canceroso hasta hacer imposible su control. Incluso los futbolistas profesionales, y los entrenadores, están muchas veces presionados por estos sujetos que les marcan la hora y piden resultados positivos para el equipo de sus amores si no quieren ver rodar sus cabezas. Recuerdo el ridículo que hizo la penúltima ministra del interior al destinar un equipo de investigación de la policía para encontrar una banderola de una de las barras bravas robada por la otra para evitar que la sangre llegara al río. Si en lugar de tantas concesiones se los hubiera agarrado a perdigonazos, tal como predica ahora nuestro presidente, las cosas habrían sido diferentes pero no, no hay nadie con la suficiente correa como para poner a esos sujetos en su lugar. Y seguirán destrozando, matando mientras nadie les pare el macho.

Era joven y bella, se llamaba María Paola y la mató una horda de asesinos con nuestra complicidad.

Róger E. ANTÓN FABIÁN/Prólogo a diario personal



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PRÓLOGO A DIARIO PERSONAL
Por Róger E. Antón Fabián

“A todos los que, alguna vez,
Me abandonaron:
Dios los ilumine con la luz
Que cubre lo perdido.”

Luis Hernández


Recopilé mi diario por espacio de casi doce años, muchas son las veces que he perdido partes del mismo. Muchas las que traté así mismo de ordenarlas, ya que profusos e interminables papeles permanecían guardados en sobres, por días, años y meses, así siempre que empezaba a hacer un recuento de lo escrito fracasé, ya sea por mi espíritu de dejadez y anarquía o por alguna investidura de la vida. Iba a titularlo “Textículos” por el irónico hecho que uno necesita de ese machismo que afirma la valentía para elucubrar ‘testes’ [textos más bien] bordeando el temor a ser descubierto o con la plena certeza de que uno jamás será un mito. La reunión de los mismos ha dado sin querer en un libro como lo aconsejaba Nietszche tan sólo por la bendita manía de escribir aunque sea a falta de imaginación una ‘vida literaria’, lo que quiere decir que en cierto modo no es la vida verdadera y al final terminará por serlo. Tiene la pretensión de vida para ser leída, vida diletante, desordenada en realidad, que no procura sino la desnudez de lo que no es ni nunca fue. La vida es una ficción, casi un sueño, como diría Calderón o ese alter ego que era Segismundo. La misma pretensión de retratar lo real no es más que una fatuidad inalcanzable. Otro nombre que ideé era “Pre-textos”, porque escribir era una manera de mantenerme unido a la vida y a la esperanza de la misma y además porque cada anotación siempre la sentí incompleta.

Recuerdo mi infancia caminando patacala por una acequia contra el agua, pescando peces multicolores, recorriendo los bosques con mi perro, esos momentos que uno no puede sino tan sólo retenerlos en la retina porque era imposible escribir. Gustaba andar descalzo y hacer líneas con el dedo gordo del pie en el enlodado, en aquel entonces toda la felicidad se resumía sólo a ello y, puedo decir como Neruda de Temuco que quien no conoció el bosque de mi infancia, no conoció la belleza de este planeta. Cuántas veces he vuelto a llorar mis días de infancia como cuando lo hacía al pie de un roble y al lado de mi perro. Pasados los años embebido en otras aspiraciones, el roble y el recuerdo de mi perro representan una suerte de pena en general, sacrificio y sobrevivencia; pero en fin, al tiempo, azules y agradables recuerdos, nociones que yo tenía ensombrecidas quizá por la misteriosa reacción que de niño provocaban en mí las mujeres manchadas de savia divina camino al bulín Tres Cabezas. Cuando he visto por otros lares robles siempre he imaginado mi infancia, sucia de barro de acequia y con trocitos de escamas de pececillos muertos y algas pegados a mis piernas. Escribir no ha sido sino caminar a descubrir ese mi rosebud, esa felicidad entrañable y rememoración de mi infancia perdida, de aquélla felicidad filtrada de pronto de los propios dedos. Escribir se asemeja a ver crecer con los años un roble que en el recuerdo trae otras asociaciones.

Otros nombres eran: “Naderías”, “Sala de espera”, “Escritos para el olvido” y “El Fracaso del escriba”, pues escribo plenamente consciente que no es más que una terrible necedad el persistir en el arte literario: ser escritor es una fatalidad, tarea absurda e infame. Odio escribir y detesto la literatura como labor. Hubiera querido dedicarme a otra actividad que a este capricho lacerante. Al fin y al cabo la trascripción de esos escritos que fueron mi diario se convierte en un testimonio de la lucha que libra un escriba iniciado en su arte y las vicisitudes del desarrollo del mismo, lucha sino exitosa al menos sin cuartel hasta llevar a uno al delirio, la sinrazón y casi el suicidio. Escribir es mi modo de pensar, quizá para el olvido pensando en “lo que no pasa”. Creo que fue Sthendal o Flaubert –al fin da lo mismo– quien pensaba que escribir sobre nada era frisar el arte mayor. Escribir algo que no suceda era la supremacía a la que podía llegar un escritor, por ello este diario también tendría la pretensión mayúscula de nadería. Al final todo se lo lleva el tiempo y se disolverá en él. Las palabras son recuerdos y es triste el canto, decía el poeta Calvo.

Desde mi adolescencia y seguro por ella, empecé a anotar hechos en una serie de cuadernos viejos, hojas, contratapas, recibos de microbús, facturas, servilletas que han cedido ante la marcha del tiempo. En realidad no fue un trabajo cotidiano, sino más bien un registro esporádico de ciertos acontecimientos desordenados de mi vida con frases que rayan el tiempo a cuentagotas. Prosas incompletas porque además uno da sólo una versión sesgada de los hechos y no una salida. Suicidio amoroso y ociosa exploración de un escriba, y, como dijo alguna vez Nabokov, vano oficio de quien en busca de sí mismo traslada a la memoria retenida el recuerdo de un futuro inesperado y su perspectiva, aunque el futuro sólo se advierte estando ya en él. Y aunque tiene gran parte de olvido y silencio, no es más que acumulación de imprecaciones de un escriba en centenares de irreales días del inexorable paso del tiempo; es decir mezcla de realidad, ficción y asombro. Y si es verdad que me hubiera gustado que nadie lo leyera, –pues nunca tuvo pretensión de libro– debo revelar que es una suerte de confesionario apolíneo, porque lo único que me interesaba era recordar, ya que el olvido –como decía Borges– es tan sólo otro nombre para el caos.

Dejar certidumbre de vida quizá sea el aliciente de todo diarista; porque la labor de recopilar apuntes raudos, atrapados de una buena vez antes que se escapen en alas de la imaginación, no es trabajo menor. Por lo general son un cúmulo de reflexiones autocríticas, espontáneas o secuelas del peso de la propia conciencia. ¿Qué me motivó a redactarlo? Como recomendaba el filósofo mi diario personal ha ido sumando notas casi extraviadas hasta convertirse en libro, no he tratado de llevar rigurosamente la exploración de un camino artístico o vital. No he sido ni testigo ni protagonista de algún acontecimiento histórico, aunque por cuestiones de pasión, amor y apego sí un hombre muy acongojado por los desencantos de la vida. A decir verdad he sido un diarista ocasional y casi de soslayo con la vida. Creo que siendo mi composición no es mi obra pues cada etapa de la vida provoca un desenlace propio. Quizá el escribirlo fue con la secreta intención de comunicarme, pero ¿con quién? Acaso con mi subjetividad, aunque para ello hubiera bastado mi pensamiento y conciencia, pero tal vez necesité escribirlo para tener la certeza de que lo que me ocurría era verdad, adquirir constancia y creer lo que pensaba y pasaba en mi existir. Tal vez acontecimientos como la muerte de mi abuela Juana, el encuentro con mi primer amor, la primera mujer con la que me tuve que acostar, mis primeros libros leídos; y, luego ya el entrar en algún momento en cierta concisión y madurez, mis años universitarios y demás, me llevaron a su consolidación. Todo ello originó su permanencia, quizá esa fue la intención o ya sea para saldar ausencias: la paterna, el tío muerto, la novia, el amor, la posibilidad de escribir. Mi diario no ha sido más que una justificación.

Siempre tuve una afición por la aventura y por ello desde niño también quise embarcarme en un barco mercante y hacerme hombre de mar. Me acercaba al puerto chimbotano y miraba los barcos zarpar. No sabía que después conocería a Conrad, Josep Pla, Hemingway; así también intenté enrolarme como soldado en el ejército peruano de donde mi madre ‘me rescató’; pero siempre pensé escribir. ¿Por qué caminos habría ido mi destino si hubiera sido así? Detesto la vida plácida, amo lo intelectualmente provechoso. Y en ese intento he llevado una vida alejada de toda holgura, dedicado a la pasión creativa. Quizá todo no sea más que la huella del registro de una necesidad perentoria de vivir intensamente mi vocación, y que al igual que José García Calderón, hijo de un ex - presidente peruano y que renunció a una vida plácida y se enroló en el ejército francés permaneciendo hasta más de quince horas seguidas en un globo aerostático aprovechando el tiempo brumoso para no ser descubierto por las tropas enemigas y así rayando la osadía y el nervio escribir su diario, he escrito estos retazos en microbús, en plena clase universitaria cuando se disertaba sobre Heidegger, en mitad de una sesión amorosa, luego de conversar con una fémina, hacer el amor con una prostituta, viajando a provincias o al centro de la ciudad, en los baños, haciendo colas interminables, a mitad de una conferencia. Intenté dejar mi rastro en el mundo, dar el máximo de intensidad ante el peligro, demostrando valentía al borde de la repugnancia y casi inconsciencia ante las complicaciones de la vida afrontando los peligros de un joven artista. Quizá para alguna mente superior estas páginas no sean más que un esfuerzo vano, tedio o labor un tanto insulsa, una penosa banalidad y patética intención de simulación intelectual, de susceptibilidad exagerada entre la aridez del hastío. Un quejatorio de alguien que se sintió lo que nunca fue, vida que acaso estuvo destinada para otro. Una vida entregada que bien se habría podido usar en otros menesteres y que quizá esa sea su única valía.

Roberto Javier RODRIGUEZ SANTIAGO/Novela & Cuento



Escritor puertorriqueño (Ponce, 1981). Graduado de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico (PUCPR), Recinto de Ponce, con un bachillerato en artes y humanidades, mención honorífica cum laude. Ha publicado los poemarios De piedra en adelante (2003), Poemas terrenos (2005) y Poemario Sa(n)gra(n)do (2006).

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Novela corta:
La alquimiocracia
Por Roberto Javier Rodríguez Santiago

(4 de noviembre de 2007)

El país vivía todos los días el pandemonium de las fiebres paranoicas. Desde el primer servidor de la patria hasta sus más moribundos patriotas. Había un enemigo, un enemigo tan secreto y oculto, un enemigo tan oscuro y siniestro, un enemigo espectral por toda la nación.

En otros tiempos, cuando nuestra nación, cuyo nombre prefiero ignorar, gozaba de la bonanza debida a alquimistas que transmutaron ciencia ficción en tecnología todopoderosa, surgieron malos presagios de que la alquimia lograda se convertiría en dios destronado y un gran sollozo nacional.

Apenas convertidas en palabras estas profecías, el apocalipsis que en ellas se anunciaba se hacía realidad. Así, muchos alquimistas vieron como sus letras de oro, infladas en la estratosfera, se hacían polvo de arena abocado a estrellarse en la tierra, ambiciosos rapiñeros confundieron las balas con el cloroformo en medio de la desesperación, y la sana convivencia del pueblo se vio trastocada por el disco rayado del desempleo y por la nota discordante de la intrepidez delincuencial y el frenesí terrorista de un recién parido movimiento revolucionario.

El primer servidor de la patria, que ya por costumbre de ser el primero en mandar, el primero en servir a una patria que él veía en un dios trascendente que le había dado licencia para hacer lo que le diese la gana, fue el único en toda la patria con el privilegio de no sollozar, a pesar del mensaje de emergencia nacional televisado hasta en los canales de menos audiencia donde se mostraba comprometido y compasivo con el pueblo, como siempre hacía para aparentar solidaridad con su nación. El problema de la economía poco le importó hasta que se enteró de los latigazos que a su poder infligía el terrorismo. Entonces comprendió el valor de los alquimistas, de cómo ellos exorcizaban las miserias de los trabajadores con infinitas diversiones y parafernalia futurista, y a los profesionales haciéndoles creer que estaban iniciándose en los privilegios de la alquimia. Y cómo su función de jefe de estado se limitaba a ofrecer discursos de retórica nacionalista para bendecir todos los bienes y males de la patria, siempre y cuando no ofendiesen su pontificado. Y su otro recurso: exorcizar a huelguistas, ecologistas, pacifistas, defensores de los derechos humanos, entre otras pequeñas molestias comunes a otras naciones, con garrotes y gases lacrimógenos de la policía.

Viéndose sin la poderosa alquimia que en sus buenos tiempos era capaz de hacer todo tipo de transmutaciones, incluyendo las generosas alquimias para hacer fraude en las elecciones sin que el pueblo encontrase el fraude porque los alquimistas transmutaban el fraude en votos, acudió en un mensaje teledirigido a toda la nación mostrándose triste por la crisis económica, a la vez que alentaba al pueblo ante las desgracias, y le enviaba esperanzas de que los alquimistas pudieran transmutar esta crisis en un nuevo mundo futurista más avanzado que el de todas las ciencias ficciones juntas, y sobre todo habló compulsivamente del terrorismo elogiando la humildad y laboriosidad del trabajador servilista y vilipendiando a esos guerrilleros que en nombre de su ideología de las nubes ponían su conciencia en las armas de fuego y las bombas.

En el pueblo, pronto acaecería una división maniquea de las mentes. Aunque el primer servidor de la patria era despótico, sabía disfrazarse con hipócritas pero bien articulados mensajes de solidaridad con el pueblo… Y para dar más estuvo la actitud excesivamente beligerante de las guerrillas revolucionarias. Poner bombas en lujosos malls sobrevivientes a la crisis, donde acudían millares de almas de todas las clases sociales, así como en otros comercios muy visitados, movió la conciencia de potenciales aliados, sorpresivamente algunos obreros, en su contra, lo cual contribuyó a un movimiento paramilitar. Pronto las líneas entre unos y otros excedieron las guerrillas y los paramilitares, y con el estado de emergencia nacional decretado primero, luego la suspensión de la constitución nacional junto con la implantación de una Ley Marcial, surgió un ánimo de desconfianza entre los mismos ciudadanos. Unos a otros se golpeaban, apedreaban, mataban, ya sea por ser guerrillero o paramilitar, ya sea por ser muy o poco leal al Gobierno, ya sea por ser muy o poco revolucionario, ya sea por meros resentimientos personales que el estado caótico de la nación permitía.

La animadversión entre gentes del mismo pueblo se envidrió en una guerra civil. Ahora el ejército, ayudado unas veces de forma directa por paramilitares, otras de forma indirecta, encabezaba un movimiento higiénico de sanación nacional. Había que destruir los virus: las guerrillas. Pero como éstas se mantenían por numerosos simpatizantes, había que descabezar a cualquier sospechoso de serlo. A esta tarea se unieron los simpatizantes del ejército y de los paramilitares entre el pueblo.

Tristes espectáculos se vieron: casas de cartones construidas por pobres aplastadas con sus familias adentro por tanques del ejército; un alquimista empobrecido, intentando olvidar su mala suerte en una cena de segunda clase con su esposa e hijos, junto a los pocos criados que podía costear, volados en pedazos sus cuerpos por una bomba puesta por la guerrilla en su mansión; una mujer, temerosa del libre pensamiento de su intelectual esposo, lo envenenó en una cena que le preparó y ella misma se mató arrojándose por un abismo, al no poder sobrellevar en su conciencia la muerte de su esposo. Dignas muestras de la paranoia que abrasaba esta antaño noble nación.

El primer servidor de la patria no había cambiado mucho su forma de vida. El más significativo fue sustituir su corbata, su gabán, sus trajes de corte italiano fastoso y sus zapatos de legítima piel costosa por un kepis, uniforme de comandante militar con infinitas barras de méritos que nunca ganó, unido a botas de mariscal. Ahora para sus apariciones televisivas y en vivo vestía como Comandante General de las fuerzas armadas. En lo restante vivía mejor que los reyes de la Corte de Versalles. Solamente que debía recibir todos los días y a todas horas a Generales y militares para conocer las minucias sobre la Guerra Civil. Era todo hastiante para él, pero sabía fingir agrado de manera muy realista. En su soledad maldecía y aborrecía el poder que tenía, pero todo en silencio, así como en silencio había aprendido que una vez se tiene el poder lo que en verdad se piensa y se cree debe ser escondido, que hay que ser un maestro en la hipocresía para mantener el poder.

Las guerrillas irrumpieron en una gran fiesta privada, dando un golpe sorpresivo para el ejército. La fiesta, suntuosa, con mujeres vistiendo de diseñadores de París, junto con hombres vestidos con los mejores cortes de traje europeo, acicalados todos, y con sus hijos, sobrinos y demás jóvenes vistiendo con ostentosos trajes, todos en la fiesta con piedras preciosas, perlas, pulseras de oro de dieciocho kilates, todos en un santuario alquimista. Sin perder tiempo, las guerrillas pasaron por las armas a todos los distinguidos, excepto una joven que descubrieron ser de mucha utilidad.

La Guerra Civil seguía, y las guerrillas iban perdiendo muchos de sus guerrilleros. La campaña de limpieza de sus simpatizantes y sospechosos de serlo había dado éxito, los paramilitares habían perdido casi todos sus efectivos pero matando muchos guerrilleros, y la parte del pueblo leal al Gobierno se había encargado de los posibles traidores. De forma tal que la Guerra Civil ya se acercaba a su final, no sin haber dejado tras sí un gran genocidio, más de media nación había muerto, y abundaban los heridos, mutilados, incapacitados y moribundos.

Nada importaba, salvo que la que Guerra Civil se acabara. Ya los Generales, Tenientes y otros oficiales, e incluso los soldados, comenzaban a prepararse para el gran brindis que harían en cuanto la guerrilla se rindiese o fuese exterminada. Su destino tampoco importaba. Y como era de esperarse, la guerrilla, ya devastada, se había quedado arrinconada en una pequeña aldea de campesinos leales a su causa. La tarea de acabarlos sería fácil: el ejército entraría en la aldea y la limpiaría como lo había hecho en el pasado con cualquier posible traidor. Pero la guerrilla le guardaba una sorpresa: amenazaban con matarle la hija al Presidente. Y para no dejarle dudas al ejército, le enviaron una videograbación reciente de ella. El ejército se paralizó. El alto comando hizo saber de la problemática al Presidente.

No podía creerlo. El Presidente había dado estrictas órdenes a sus fuerzas aéreas de remover a toda su familia del país poco antes de comenzar la Guerra Civil. Ellos le habían asegurado que su cometido había sido cumplido. Y ahora de repente sale que su hija podría ser objeto de negociación de las guerrillas. Ahora se preguntaba si alguien más de su familia quedara. Esos mentirosos, decía respecto a sus subordinados, esos mentirosos, repetía una y otra vez. Por primera vez desde que era Presidente sollozó por largas horas, mientras maldecía a gritos a todo el mundo, y luego gritaba el nombre de su hija raptada una y otra vez envuelto en un largo sollozo. ¿Por qué mi hija? ¿Por qué mi hija?, se preguntaba una y otra vez con tono enajenado, sin dejar de sollozar.

Rápidamente, el Presidente ordenó llevar a cabo una negociación, y la ordenó maldiciendo con palabrotas, con una compostura desordenada y con mucha rabia. Ahora eran las guerrillas las que celebraban: tenían toda la esperanza de poder exiliarse y evitar perder sus vidas. Ya no pensaban en la revolución, habían comprendido en medio de la guerra que la revolución no se impone, nace, así que su preocupación era su propio destino, el temor a la muerte se había apoderado de ellos porque no fue hasta ese momento cuando sintieron la muerte como algo inminente sin honor ni gloria.

A la aldea, último reducto de las guerrillas, llegó el Presidente, algo demacrado su rostro, algo nervioso. Ya no venía a dar discursos para distraer al pueblo, ni a promover futuros que no daría, ni siquiera como Primer servidor de la patria, Presidente o Comandante General. Solamente venía como padre, como hombre insensible al pueblo que solamente una amenaza a un familiar, sobre todo a su querida hija, a quien amaba por encima de todo, lo hacía sensible.

La presencia del Presidente aumentó el ego de las guerrillas, que ya no tan sólo pedían clemencia y perdón por su rebelión, sino dinero, mucho dinero, proveniente de las arcas del Estado. El Presidente accedió a todas sus peticiones, a lo cual las guerrillas exigieron mucho más dinero, armamento, permitirles exiliarse en alguna Embajada de la capital, y el Presidente, sollozando, aceptó, pero sus Generales no le querían obedecer, ordenaron secretamente sitiar la aldea, matar a todos los aldeanos y guerrilleros, e inmediatamente toda la aldea sucumbía a la ráfaga de las ametralladoras.

El Presidente, aún sollozando, corrió hacia el cuerpo caído de su hija, desangrándose, paulatinamente perdiendo su vida, no se sabe si víctima de la matanza o de la venganza. Con la cabeza de su moribunda hija entre sus brazos, sollozaba aún más, tocaba sus mejillas, acariciaba su cabello, mientras se bañaba en sangre.

Una vez sintió inerte la cabeza de su hija, y se percató que la muerte de su hija era el precio que pagó por la guerra, sintió una rabia infernal y le entró a puños a varios Generales, uno de los que, con su pistola, mató a quemarropa al Presidente, sí, al Primer servidor de la patria, sí, al Comandante General, sí, al embaucador de su pueblo, sí, al insensible, al hipócrita político cuya máscara hizo caer su hija, hija que le costó su poder y su vida, y mientras el cadáver del Presidente era juntado con el de su hija, el Vicepresidente, ahora nuevo Presidente, declaraba el fin de la Guerra Civil, restablecía la Constitución, y los alquimistas transmutaron la producción y venta masivas de armas en una nueva era de bonanza económica nacional, en la estratosfera los nombres de alquimistas escritos en oro. Y todo el país se abrazaba porque la paranoia o la desconfianza descansaba en los muertos de la ya casi olvidada Guerra Civil, es decir en el pasado.


***
Cuento:
Elena
Por Roberto Javier Rodríguez Santiago

La ciudad ya era entonces horrorosa, apestosa y decepcionante. Dondequiera se corría el riesgo de tropezar con algún charco de agua desechada manchando los zapatos de cualquier despistado y los neumáticos de algún carro accidentado en la inesperada depresión. Dondequiera los bolsos de basura, a veces rasgados por la desesperación de algún vagabundo, se amontonaban en círculos esperando la salvación que nunca llegaría. Dondequiera el aroma impersonal y mundano de la cloaca hacía a los habitantes y transeúntes buscar a Dios, porque temían que el infierno no estuviese hecho de azufre ardiente y sí de aguas putrefactas. Dondequiera los rascacielos, oficinas y comercios parecían cada vez menos poderosos, motivadores e interesantes. Ya la ciudad había perdido el encanto de la época yuppie, que hoy apenas recuerdan los jubilados y algunos borrachos parlanchines a quienes la gente considera esquizofrénicos.

Fue en esos tiempos que comencé a frecuentar un parque recreativo a las afueras de la ciudad donde la gente acudía en tropel: los padres buscando la esperanza que les permitiera seguir viviendo en una ciudad tan injusta mientras se empeñaban en enseñarles a jugar a sus hijos, ilusionados con verles ganar el juego decisivo que les ayudase a escapar de lo que ellos no pudieron; los envejecientes tratando de revivir la nostalgia que ya ni los filtros eróticos les concedían; y los solteros, persiguiendo el amor que nunca obtendrían. Entonces yo buscaba recuperar la fe en un paraíso que el dinero, el amor y las iglesias me hacían frecuentemente perder. Allí un domingo me sorprendí al ver a Elena, la hija de un viejo amigo mío de juergas universitarias y quien ya había alcanzado renombre en todo el feudo por su feroz destreza empresarial en un mercado tan competitivo como el nuestro.

A Elena la recuerdo desde sus primeros días de nacida. Ya proyectaba una dulzura y alegría que a mí me dejaban estupefacto y a su padre le hacían decir que ‘ella es la miel de mi vida’. Comenzó a gatear antes de lo que su progenitor esperaba y aprendió a caminar rápidamente y con una facilidad y soltura que le hacían exclamar que ‘ha comenzado el tiempo dorado de mi vida’. Cada vez que me lo encontraría me contaba de los constantes progresos de su Elena, a la que apodaba con entusiasmo “Milagros”.

Ese domingo Elena ya contaba con doce añitos de vida. Era apenas una adolescente, y hermosísima, con rostro de ángel y cabellos largos medio ensortijados y muy áureos, zapatos blancos inmaculados y con tacones, vestida con un traje largo de color blanco azucena, pero con atributos físicos extraordinarios, equilibrados y muy atractivos. La felicidad del padre no cabía en su sonrisa. Era tal su felicidad que se carcajeaba con una contentura que desbordaba el mundo, sin serle suficiente para dejar de jactarse de su Elena, de la Elena que le ‘ha traído el cielo a mi vida’.

Hace algunos días inicié mis faenas como voluntario de una organización cívica de asistencia alimentaria y cobijo a vagabundos y otros pobres vencidos por el tiempo y el olvido. Repartía comida desde una mesa. En mi cacerola tenía sopas con fideos de tan urinarios aspectos y olores poco sugestivos que yo mismo me creía bastante culpable de mal samaritano, sintiéndome un calculador calvinista. Una fila de caras de eterna apatía aguardaba por la que parecía ser su última cena. A lo lejos pude ver a mi viejo amigo empresario, ahora pordiosero, demente y errante, sin tener ni siquiera el recuerdo de aquella alegría suya que alguna vez no conoció ni siquiera silencios, disgustos ni tristezas, y que ahora parecía de otro mundo al igual que Elena, muerta en aquel avión estrellado por los terroristas en Nueva York. Ahora mi viejo amigo empresario, mi amigo, ha perdido hasta el nombre en los escombros de su vida.


Juan Carlos GÓMEZ/ Witold GOMBROWICZ & el Louvre Museum


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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & el Louvre Museum
Por Juan Carlos GÓMEZ

Gombrowicz era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales, las ideologías y él mismo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser completa.

Cuando observaba a sus compañeros de la infancia, unos pequeños campesinos que habían integrado la guardia que él organizaba y comandaba por encargo de su hermano Janusz, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas, eran sencillos y sinceros. Gombrowicz no podía comprender por qué la cultura y la educación falsificaban tanto al hombre, mientras el analfabetismo al parecer daba buenos resultados.

Viajando en tren hacia Varsovia, en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una idea que, por lo menos en parte, le aclaró este enigma. En la estación siguiente a la de su ascenso al tren subió uno de sus tíos Kotkowski y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que estaba armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por favor.
El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un ojo: –Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro un poco. Gombrowicz se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban, tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que llegaran a Varsovia.
“Es terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees? Pero sí, es verdad, lo he observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se le han subido a la cabeza;
–Sabes tío, yo tengo una teoría (...)”
“La gente sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no encuentran el tono adecuado”

La necesidad artificial y falsa del cigarrillo Gombrowicz la emplearía mucho tiempo después en la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet sobre la naturaleza de la pintura. Con esta explicación que le dio al tío Kotkowski no sólo resolvió el enigma de la educación y el analfabetismo, sino que también dio una clase doméstica de lo que el marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los valores. La idea sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico.
“Cuando, transcurridos una decena de años, narré a los hombres de letras del café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir una de las tesis fundamentales del marxismo, los contertulios se me echaron encima acusándome de fabulador”

Quizá sea útil saber, para estar bien informado sobre la verdadera naturaleza del cigarrillo, esa arma terrible que Gombrowicz esgrimía para combatir a la pintura, que fumaba cuarenta cigarrillos por día, y que los sostenía al modo de los fumadores de pipa. Los cigarrillos que fumaba eran horribles y muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien le ofrecía cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: –No, gracias, yo fuma Tecla.
Quien le ofrecía con frecuencia cigarrillos norteamericanos era un personaje del café Rex, un suizo alemán al que todo el mundo llamaba Philip Morris. Elegante, serio, puntual, sólo fumaba esa marca de cigarrillos. Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas invitaciones, pero lo desplumaba jugando al ajedrez por poca plata, apenas le alcanzaba para pagarse una comida.

Gombrowicz emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa, para poner a prueba las conclusiones que había sacado de la clase doméstica que le había dado al tío Kotkowski sobre la dialéctica de las necesidades. En París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada.

La indiferencia de Gombrowicz no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco, como representante de una cultura débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera. La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París.
“¿Le gusta París, el Louvre?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios ni mirar los cuadros en el Louvre, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que ni París ni el Louvre han tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno... más o menos... no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto...”Desde muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una actitud impracticable. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero aquí, en Buenos Aires, nos dio muchas muestras de la imposibilidad que tenía para admirar.

Entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno de nosotros; si le preguntaban algo, en algunos casos alegaba que lo hacía para compensar alguna falta de balance de la propia exposición, y en otros porque le dolía mucho una pierna, y que era una lástima que la belleza de la pintura calmara menos el dolor que una aspirina. Cuando en la quinta de Hurlingham me presentó las esculturas metálicas de Giangrande evitó que me pusiera en pose de admiración: –Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. En París, en una de esas tardes de vagabundeo, acompañó a su amigo Jules al Louvre.
“Cuando se me ocurre ir a un museo me preocupo mucho más por los rostros de los visitantes que por los rostros pintados (...)”

“Mientras los rostros pintados miran con una tranquilidad soberana, en los rostros vivientes y reales se nota algo convulsivo y desesperado, falso y ficticio que hasta puede asustar a una persona poco acostumbrada. Ah, por Dios, estas miradas piadosas o conocedoras, ese esfuerzo para estar a la altura, esa pseudo profundidad que se junta con todo un mar de pseudo impresiones, pseudo sentimientos, pseudo juicios (...) La Gioconda es una hermosa tela, pero si Leonardo da Vinci hubiese podido presentir las convulsiones que originaría su cuadro, es posible que hubiese aniquilado el rostro pintado para salvar los rostros reales”

Jules había adoptado en el Louvre Museun un aire místico, se acercaba a los cuadros en estado de tensión, Gombrowicz pensó que adoptaba esa pose para atraerlo a su culto, mientras tanto él echaba miradas desabridas a los cuadros con una mezcla del menosprecio y del aburrimiento que le producía el exceso de pintura.
¿Por qué me haces reproches, Jules?, no comprendes que yo no miraba los cuadros, sino otra cosa; –¿Qué cosa?; –La gente, tu miras los cuadros y yo miro a la gente que admira los cuadros, tienen una expresión estúpida, ¿entiendes?, un hombre al admirar un cuadro pone cara de imbécil, ¡es un hecho! La belleza de la pintura afeaba la cara de los admiradores, el cuadro era hermoso, pero lo que había delante del cuadro era esnobismo y un esfuerzo torpe para advertir algo de esa belleza de cuya existencia se estaba informado.

El sentimiento de admiración que aparece de vez en cuando en las obras de Giombrowicz, es un sentimiento de admiración derrumbado, enfermizo y teatral. Con una expresión de perfecto campesino Gombrowicz echaba unas miradas descuidadas a aquellas salas del Louvre llenas de la monotonía infinita de las obras de arte. Bostezaba. La expresión de Jules rayaba entre la histeria y el odio. Gombrowicz estaba totalmente harto, por fin salieron del museo para ver el sol y a las mujeres.
“Cuando hombres normales e inteligentes en todas las demás realidades se pierden de modo tan lamentable frente a cierta clase de fenómenos, esto quiere decir que hay algo de falso y de malo en su relación misma con esos fenómenos (...)”

“Y, por cierto, en el terreno artístico se acumuló una cantidad tan grande de absurdos, paradojas, falsedades, que eso no se puede explicar sino por algún error básico en nuestro modo de tratar el asunto. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que delante de un cuadro firmado por Rafael nos muramos de entusiasmo y la copia del mismo cuadro aunque perfecta nos deje fríos?”

El escritor debe obligarse a desarrollar una política frente a la cultura, no puede dejarse subyugar, debe conservar su soberanía y no tan sólo en atención a su yo. La atracción que produce la belleza en el arte no tiene lugar en una atmósfera de libertad, una voluntad colectiva que pertenece a la región interhumana de la que no tenemos conciencia nos obliga a admirar.

De modo que somos puestos en el trance de tener que admirar, la relación que surge entonces entre el que admira y la belleza que admira es falsa. En esta escuela de tergiversaciones se ha formado un estilo, no sólo artístico sino también de pensar y de sentir de una elite que se perfecciona y consigue la seguridad de su forma de una manera inauténtica.
“¿Cómo es posible reducir todo eso a la pura estética y a una retórica estéril y vacía sobre la grandeza del arte? ¿Cómo se puede de tal modo enseñar la literatura y el arte a los niños en las escuelas acostumbrándonos desde pequeños a una pura ficción? Nuestra vida artística se desarrolla en un clima de perpetua mentira, y es por eso que la clase culta no tiene ningún real contacto con la cultura y que, en verdad, todas nuestras actuaciones culturales recuerdan mucho más un rito solemne que una auténtica convivencia espiritual (...)”

“Mientras no tengamos el valor necesario para dejar las ilusiones, mientras no lleguemos a una mejor conciencia de las fuerzas que nos dominan, siempre el rostro pintado de la Gioconda en el Louvre va a transformar nuestro propio rostro en algo... algo... en fin, en algo bastante dudoso”

Ruy GUKA/ Trolebús maravilla


Ruy Guka ruyguka@gmail.com
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Trolebús maravilla
Por Ruy GUKA

-Gabriel-

Subió la pierna al primer escalón del Trolebús. Miró para atrás retorciéndose el cuello, quiso fijarse si no lo seguía alguien. Nadie. Terminó de subir los dos escalones restantes. Introdujo dos pesos en la rendija del tubo que está junto al chofer del camión eléctrico. Fue a uno de los asientos individuales. Notó a una persona sospechosa que no dudó en dar unos pasos hacia él. Gabriel se puso nervioso, lo trató de disimular, fingió bien. El sospechoso le preguntó la hora, bajó sus lentes oscuros dejando ver unos ojos de color verde fosforescente.

(sangría) -Por eso uso lentes –le dijo a Gabriel y sacó una risita extraña, entrecortada y tapaba su boca con dos dedos retorcidos. Aún así se veían los pocos dientes que le quedaban. Ocultó los ojos de nuevo tras las pantallas negras y alargadas.

(sangría) -Todavía es temprano –respondió Gabriel.

(sangría) -¿Qué? ¿Temprano? ¿Para qué? Sino te invité un trago. ¿Qué quieres decir con qué es tremprano? –el sospechoso agitaba la cabeza en cada pregunta y le caía un mechón de pelo al frente que se lo reacomodaba de inmediato.

(sangría) Gabriel no supo qué hacer. No le habían dicho nada acerca de tal circunstancia. En el manual tampoco venía ningún ejemplo para resolver esta situación. Por un momento pensó que lo estaban manipulando. Sintió que se ponía pálido. No podía verle los ojos al otro, no sabía cómo lo miraba, los lentes se lo impedían. Seguía sentado y el sospechoso parado, agarrado del tubo de arriba. Había una mujer guapa que los miraba. También tenía lentes, aunque no eran tan oscuros. Alcanzaba a verle la mirada. Estaba seria, movía los labios, decía algo. Gabriel trató de descifrar el movimiento de los labios. El hombre parado junto a él miró a la mujer. Pensó que era una persona cualquiera del camión y que, en verdad, sólo necesitaba saber la hora. Las pantallas negras volvieron a colocarse frente a él.

(sangría) -Bueno, ¿y entonces? ¿Estás bien, muchacho? –dijo el sospechoso poniéndole una mano en el hombro.

(sangría) Gabriel le quitó la mano con un movimiento brusco. Casi lo tira. Qué débil, pensó. De un manotazo sencillo logré desestabilizarlo. No son como en las películas. La gente pareció detenerse en la escena. La mujer guapa y otras dos personas miraban lo que sucedía. Un hombre alto, salido de la nada, fue rápidamente a integrarse al cuadro. Gabriel lo vio aproximarse con esa velocidad y se levantó de su asiento. ¿Será éste el contacto? Por qué viene tan rápido. ¿De dónde salió? Está grande, se ve fuerte, ¿qué hago? Eso pensaba mientras el otro se le plantó cerca, a unos pocos centímetros de tocarse la nariz. Gabriel se hizo para atrás, asustado, y golpeó de nuevo, sin darse cuenta, al sospechoso de lentes oscuros que intentaba sentarse en el asiento liberado. Vio que al grandote le surgían unas venitas verdes alrededor de las cuencas de los ojos y que colocó su mano grande en el tubo, por arriba de Gabriel.

(sangría) -Quieres saber la hora, ¿verdad? –preguntó Gabriel atolondrado.

(sangría) -¿Qué? ¿La hora? ¿Por qué has estado molestando al señor? –dijo el hombre fuerte enojado y empuñando la mano.

(sangría) El camión se detuvo en una parada, Gabriel aprovechó para bajarse y, por otro descuido, golpeó nuevamente al sospechoso que cayó al suelo. Desde la banqueta miró cómo el grandote y otras personas ayudaban al sospechoso a levantarse. La mujer guapa no le quitaba la vista de encima mientras seguía moviendo los labios. El camión continuó con su ruta y todavía alcanzó a ver el puño del señor fuerte que se agitaba en el aire amenazándolo. Qué gente, pensó Gabriel. Alzó la cabeza para ubicarse. Estaba bien, en la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas. En frente tenía un Liverpool. Pinche Liverpool, pensó Gabriel. Estaban colocando el esqueleto del árbol de navidad enorme que ponían cada año. Sonó su celular.

(sangría) -¿Sí?

(sangría) -¡Gabriel! ¿Por qué te bajaste del trolebús, carajo?
¡Puta madre! ¡Ven a la oficina inmediatamente!

(sangría) Colgaron. Se quedó inerte con el teléfono en la mano, parado a la mitad de la banqueta. La gente pasaba. Un hombre chocó con su mano y le tiró el teléfono. Gabriel lo levantó y, mientras se erguía, miró el escaparate de la tienda Milano, una zapatería. Le encantó un par que se exhibía sobre una plataforma giratoria. Unos tipo mocasines de piel y de color café. Entró a probárselos y se los compró. Tenía una mirada perdida, como si se hubiera drogado un poco, sin haberlo hecho nunca antes. Salía feliz de la tienda con su bolsa gruesa y blanca en la mano cuando se acordó que tenía poco tiempo. No, qué tonto, otra vez distrayéndote fácilmente, el jefe se va a enojar. Pensó. Corrió a la orilla de la banqueta y pidió un taxi. Fue difícil tomarlo, estaba el paradero de camiones, unos puestos de comida a lado, y muchos autos que querían doblar a la derecha, hacia Insurgentes. Pero lo paró y se metió al asiento trasero.

(sangría) -Buenas tardes. Aquí a la derecha.
(sangría) -¿A dónde va?
(sangría) -¿Por qué?
(sangría) El taxista lo miró con desconfianza.
(sangría) -Yo te voy diciendo.
(sangría) Ahora lo miró con hartazgo. Gabriel le contestó la mirada agresivamente, juntó todas las experiencias malas que ha vivido con los taxistas de la ciudad y le salió furia de los ojos. Además, el taxi olía a coco artificial. Gabriel odiaba esos olorantes, le parecían asquerosos. El taxista cedió en la confrontación.
(sangría) -Sí, bueno, vaya diciéndome.
(sangría) -Voy a la Juárez –dijo Gabriel cediendo también.
Todavía no habían doblado a la derecha. Estaban en alto.
(sangría) -No, pus, mejor nos vamos derecho y tomamos Patriotismo.
(sangría) -¿Qué? No, claro que no, nos vamos por Insurgentes, por donde yo diga –dijo Gabriel inquieto.
(sangría) -Sí, como no, señor. Lo que usted diga.
(sangría) -Muy bien.

(sangría) Se fueron por el camino más lento. Llegaron y Gabriel se bajó del taxi por el mercado de la colonia Juárez. Cerró la puerta. Caminó media cuadra a la puerta de las oficinas y se dio cuenta de que olvidó la bolsa de los zapatos. Hizo la cara para arriba lamentándose y azotó el pie en el piso. Todavía alcanzó a golpearse la cabeza con la palma de la mano. Salió un colega de la oficina y lo miró como si viera a un pobre loquito. Gabriel se tranquilizó y pasó por la puerta. No saludó a nadie. Sentía que todos le sonreían burlonamente. Tocó en la oficina del jefe. Abrió. Entró. Tomó asiento en un sillón blanco de piel. El jefe se levantó del escritorio y fue a servirse un trago de tequila sin ofrecerle nada a Gabriel. Con el vaso en la mano se sentó en otro sillón y le dijo tranquilamente.

(sangría) -Gabriel, eres un pendejo. Arruinaste tu entrenamiento por tercera vez. Estás fuera del programa. Puedes ir a trabajar al mismo cuarto oscuro de donde te saqué o largarte para siempre de la corporación y nunca dejarte ver.
(sangría) -Pe pero…
(sangría) -Nada. Sal de aquí ahorita mismo y dile a la secretaria tu resolución.
(sangría) El jefe le dio un trago al tequila. Lo saboreó enormemente y Gabriel salió de la oficina cabizbajo y triste.


-Montse-

Entre la vida y la muerte tú no estás más cerca de ninguna y por lo mismo tienes una vida aburrida, llena de rencores y de miedos. Siempre haz tenido miedo de que te pase algo malo, con esa idea sales a la calle. Es increíble que hayas tenido amigos y amantes. Bueno, no eres fea, te cuidas bien, incluso, sí, tu belleza es lo único que tienes, todavía, porque ya en unos años ni eso. En unos años no tendrás nada por culpa del miedo a hacer las cosas, de profundizar en alguna relación, de empezar algo, aunque no está tan mal tu trabajo en la tienda departamental, por lo menos podrás jubilarte y tener una pensión que te ayudará en algo para sobrevivir. Pero, Montse, vas a estar sola y sin el suficiente dinero como para tener un auto con chofer que te lleve a donde lo necesites y cuide de ti. Tus ahorros no son suficientes para pagarle un sueldo al chofer. Podrías irte a provincia, disfrutar de la tranquilidad y las distancias cortas.

(sangría) Éste ha sido tu mejor paso. Quedarte de ver con un desconocido. Ojalá y tengas suerte. Y no suerte para atraerlo, que para eso no hay problema, suerte para retenerlo. A la semana de estarse viendo, los asustas con tu mirada de loca y con tus manías extrañas, eso con los hombres que te convienen. Porque a los hombres que no te convienen les vale que seas como seas, con tal de que los esperes desnuda en la cama y ya, o que les soportes sus groserías, sus malos tratos, sus indiferencias, o ya sus cosas enfermizas donde tú has salido perdiendo.

(sangría) A lo mejor no fue tu culpa tenerle miedo a todo. Tuviste un hermano cruel que se divertía contigo haciéndote bromas pesadas, por las que te hacía quedar en ridículo o incluso te lastimaba físicamente de manera sorpresiva. Pero hubieras superado tus traumas como te ha dicho tu amiga, la de pelo chino. Tienes suerte de que ella sea tu amiga: ha estado cerca de ti desde la secundaria. Su familia te ha recibido bien, te quisieron como una hija, luego tuvieron la intención de juntarte con el hermano que tú rechazaste de una manera algo rara. Aún así te siguen queriendo.

(sangría) Y luego tu padre, un hijo de la chingada que le gustaba entrar al baño para verte mientras te bañabas. Y al vestirte. De milagro nunca te tocó, pero sentías esa mirada a cada momento. Era insoportable. Tú mamá te decía que te imaginabas cosas, hasta que un día ella se dio cuenta de cómo te espiaba, y, cuando lo enfrentó, perdió dos dientes. En ese momento sentiste lo más amargo de la injusticia. Corriste a pedir ayuda, pero nadie quiso ayudarte y el que quiso, tu madre le pidió que se regresara a su casa, en realidad fue un accidente que perdiera los dientes y era un asunto privado que no tenía que ver con nadie, respondía tu madre. Ahí comenzaste a sentir rencor por el mundo, un mundo lleno de cosas no dichas, donde la justicia es muda y sorda.

(sangría) Pero, Montse, ahora debes concentrarte en parecer de lo más normal. El otro día viste un programa sobre las citas a ciegas. Sacaron una estadística no muy esperanzadora, pero también mostraron casos en los que han habido éxito. A lo mejor tú entras en esa estadística de éxito. Vas a ver que sí. Deja de pensar en la parte que dijeron sobre los sicópatas, que suelen usar este servicio porque todas las mujeres les rehuyen en el bar, en el trabajo, en la calle, las amigas de la hermana y están encerrados en sus casas masturbándose en el internet. ¡Por favor, relájate!

(sangría) Mira a ese anciano que está hablando con el joven trajeado. A lo mejor el del traje es el de la cita. El anciano está resimpático con los lentes oscuros deportivos. ¡No! Espera. Quizá es el anciano. Se ve divertido, y la idea de citarse en el trolebús número 0452 a esta hora es divertida. No, pero sería el colmo, ni se te ocurra, un viejito, ni es rico, se nota, y aunque lo fuera, qué te pasa. No, no, no, sería ridículo, un viejito. Tendrían un juego de masturbaciones con utensilios sexuales de todo tipo para que calmen sus necesidades. Pudiera ser interesante, pero, mira, el joven trajeado te está viendo. Parece interesado en ti. Contrólate, deja de mover los labios. Vas bien, sí. Casi ni se nota. Por lo menos si alguien quisiera leerte los labios no podría hacerlo. No puede ser, el joven le dio un manotazo al anciano. Casi lo tira. Qué le pasa y nadie hace nada. Es increíble. Otra vez esta injusticia muda y sorda. No, tú quédate aquí sentadita, bastante tienes con tus problemas. No lo puedo creer, un hombre grande y fuerte fue a defender al trajeado. Parece que va a ver pelea. El otro se levantó del asiento, ay, y le pegó al viejito. No te rías, no es gracioso.

(sangría) Escapó el trajeado. Deja de verlo ahí parado en la banqueta. Se va el camión. Párate. La cita era pasando el Liverpool. Ahí estás bien. Qué bueno que no hay muchas personas. Parece que tu cita tuvo la sensatez de escoger una hora donde no se arremolina la gente. Cuidado. Se aproxima el grandote. Te mira. ¡No muevas los labios! Ni un poquito. Cálmate. No hagas movimientos bruscos. Sonríe normal. No, no sonrías, todavía no. A lo mejor no es.

(sangría) ¡Sí, sí es! Te sonríe. Está junto a ti mirándote a los ojos. No te quites los lentes. Deja que diga la clave. Sí, es él. La dijo, “en mayo el calor es romántico”. Quizá sea poeta o publicista. Ahora, sí, quítate los lentes. Dile que mayo es tu mes favorito. No dejes de sonreír. Sí, dile que sí, acompáñalo. Te está dejando pasar. Igual y en esta parada hay algo. Qué suerte tienes, se ve caballeroso, va bien el asunto. No tengas miedo, no, no empieces. Baja, baja, él te está esperando en la banqueta, te da la mano. Baja y dale la mano. Ya te preguntó el chofer si vas a bajar o no. Baja. ¡Baja!

(sangría) Bien Montse. Eso es todo. Camina con él. Te está llevando al restaurante de la esquina. Pidió una mesa que había reservado. Parece que lo conocen, le sonrió el maestre. Seguro trae a todas aquí, pero cálmate, es normal, no lo tomes a mal. Además no sabes si sea así. Deja que te jale la silla para que te sientes. Primero quítate el saco. Deja que él te lo quite. Ahora sí. Siéntate. Deshaz la servilleta y ponla a un lado del plato. Fresca. No te pongas tan erguida, pareces una idiota que quiere mostrar que sabe comportarse en un restaurante. La servilleta a un lado, así, deshecha, así das la apariencia de que estás acostumbrada a hacerlo. Te está mirando. Haz lo mismo. ¡No muevas los labios! Bien.

(sangría) Sonríe. Pregúntale por su oficio, si es que lo tiene. No, no lo beses. ¡Qué haces! ¡No lo beses! Te estoy diciendo que no lo beses. Ah, ya no haces caso, te crees curada, ¿verdad? Oh, ya no mueves los labios. Te gustó cómo besa. Hace mucho que no sientes un beso como ese. Con razón no haces caso. Bueno Montse, buena suerte.


-El viejo-

Señor, fíjese que qué maravilla estar por fin aquí. Pensé que nunca sucedería. Cómo se hace el tiempo lento y difícil. Cada día que pasaba se me hacía una eternidad. ¿Pero por qué justo ese día tan importante para mí? Hubo un tiempo en el que sí transcurrían incluso demasiado rápido los segundos, pero finalmente me llegó la simpleza de que ya no quería estar ahí. Viví encerrado veinte años. No quería salir a la calle. ¿Pero por qué justo ese día tan importante para mí?

(sangría) Antes era diferente: procuraba estar en todas partes. Con la familia, con mis amigos, con algunas personas con las que organizaba cosas en mi trabajo, con quienes ganaba buen dinero. Pero en esa época creía que yo era muy inteligente, pensaba que los demás me debían respeto y admiración. Fui un buen arquitecto. Trabajé en varios lugares hasta formar dos casas de arquitectos. Tenía la camioneta que todos querían, cada año la cambiaba. La que me gustó sobremanera fue una que sacó Mitsubishi, era estupenda, mejor que la BMW que le terminé regalando a un sobrino dejándosela en una suma ridícula. Las mujeres subían a mi camioneta con mucha facilidad nunca me había imaginado que fuera tan fácil. Digo, también las cautivaba con mis ojos de este verde brillante. De joven pensé que sólo le pasaría este tipo de cosas a Jorge Negrete.

(sangría) Era un pobre estúpido como podrá ver. Mi esposa me dejó, no me insultó en lo absoluto. Sólo me miró llorosa y se fue. Nos vimos alguna que otra vez, en la última me platicó sobre un tipo que conoció en un viaje en tren por España. Yo le pagué el viaje. Después ya no la volví a ver, se fue a ese país. Yo quise quedarme en el que nací. Mi México, ahí, donde uno tiene camioneta y es dios. Perdón, no quise sobrepasarme. Pero es que así se maneja en donde nací. Cuando mi esposa se fue llorosa, yo la vi y pensé que era una mujer débil y me felicité por haber causado la separación. A la semana siguiente la extrañé mucho.

sangría) Luego, pocos años antes de encerrarme en mi casa, uno de mis socios me hizo una jugada terrible, se quedó con la casa importante de arquitectos. Me fui a juicio, gasté mucho dinero y perdí el negocio. Tuve que vender el otro, que era pequeño, y decidí no salir… Disculpe Usted, ya no se me entiende ni cuando hablo, me deprimí. Vendí mi casa y compré un departamento que no estaba mal. Y ya no quería saber nada de nada. Me fui gastando el dinero.

(sangría) En mi encierro me dedicaba a ver la tele, mirar películas y hasta aprendí a cocinar. La preparación de la comida me ayudó a reflexionar. Entre la cocinada y alguna película me nació la curiosidad de mirar hacia los libros, que ya se me habían olvidado por completo, y cuando alguien me los recordaba, les decía que no servían para nada, mostrándoles mi hermosa camioneta, la que tuviera en ese momento. Leí mucho y de todo. Al principio compraba los libros, luego tuve que pedirlos prestados en un café que tenía una especie de libroclub o en la biblioteca del parque cerca de mi departamento.

(sangría) Leí libros de historia y filosofía. Estaba fascinado. Luego empecé a leer sobre biología, química, física y matemáticas. Quedé impresionado por todo lo que ignoraba. En la época de las camionetas todavía decía que las matemáticas eran para bobos, la física y la química para gorditos pelones con lentes. Por último descubrí la literatura y lloré. Me vi como una persona asquerosa y podrida.

(sangría) Un día solté "Crimen y castigo" cuando sonó el teléfono. Me sentía hipnotizado por la lectura. Tardé en contestar. Era ella, mi esposa. Bueno, ex esposa. Estaba en la Ciudad de México. Me pidió que nos viéramos. Fue maravilloso, como si Usted me hubiera perdonado todo lo malo que había hecho en mi vida. Por supuesto, le dije que sí.

(sangría) Tenía setenta años y me sentía emocionadísimo. Nos quedamos de ver ese mismo día a las cinco de la tarde. No había tiempo qué perder. Tomé mis lentes oscuros deportivos, eran excelentes, me costaron mil pesos, me cubrían del sol sin molestarme la visión y además se sujetaban perfectamente en mi cabeza. Salí de mi casa, caminé algunas cuadras, tomé un camión que me dejara sobre la calle donde pasa un trolebús que me llevaría a Félix Cuevas, quedé en un café restaurante viejo y agradable.

(sangría) Justo ese día tenía que suceder lo que tanto esperaba y que en ese momento no lo quería para nada. Pero qué se le puede hacer, así es la vida, uno está inmerso en lo que le rodea. No puede evitarlo. Perdón, otra vez con mis cantinfleadas.

(sangría) En el trolebús había un hombre vestido con un traje barato que miraba su reloj sin parar. Quise ver la hora. Ver si iba bien de tiempo, pero no tenía mi reloj puesto en la muñeca, se me había olvidado. Comencé a preocuparme, me imaginé que estaría algo tarde, así que me acerqué al joven del traje a preguntarle por la hora. Había una mujer guapa, parecía una loca, no dejaba de mover los labios, miraba para donde yo estaba. Me recordó un poco a una mujer que conocí y que no aceptó subirse a mi camioneta.

(sangría) Me acerqué al joven de traje bajándome los lentes ligeramente para que viera mis ojos. Así nomás. Le dije que por eso usaba los lentes. Le pregunté la hora, me respondió que era temprano. Me quedé callado. Qué tal que fuera uno de esos locos mataviejitos o algo por el estilo. Comenzó a ponerse nervioso y pálido. Le pregunté si estaba bien y le puse una mano en el hombro para tranquilizarlo, pero él me atacó o se defendió, me quitó la mano de su hombro. Lo hizo con fuerza y perdí el equilibrio, sentí que caería al piso, pero por fortuna me agarré de uno de los tubos.

(sangría) Estuvo raro. Me asomé por la ventana para ver dónde iba. Faltaban pocas cuadras. Luego un hombre alto y fornido se acercó al de traje. Parecía que tenía intenciones de pegarle. Me defendió. El otro se asustó y se levantó del asiento, luego tropezó conmigo para bajar del camión. Me lastimó la rodilla. Escuché que algo se quebró dentro de mí. En la parada siguiente bajaron juntos el fortachón y la guapa. No me di cuenta cuándo se juntaron. Por fin llegué yo a mi parada. Bajé los primeros dos escalones y en el tercero mi rodilla terminó de torcerse y caí de cabeza a la banqueta. Mi sien fue a dar directo a uno de los tornillos que sujetaban un poste del alumbrado público. Me rompí la cabeza y aquí estoy, Señor.

Ian WELDEN/Poesía



IAN WELDEN Valby, Copenhague, Dinamarca. Nació en Santiago de Chile en 1948.

Estudió Comunicación de masas y gráfica en la Universidad Técnica del Estado. También estudio cine en la Escuela de Cine de la Universidad Técnica de Santiago. En 1974 viajó a Barcelona donde, aparte de escribir toneladas de poemas y cuentos que jamás publicó, trabajó como interprete y radiooperador a bordo de un barco que buscaba petróleo a 15 millas de la costa de Barcelona.

En 1975 viajó a Dinamarca donde clavó su bandera chilena para siempre. Aquí trabajó en los campamentos para refugiados de la Cruz Roja, donde, entre muchas otras tareas, coleccionó poemas y relatos de refugiados de casi todos los rincones del mundo. También inauguró una exposición de gráfica titulada "GUERRA MUNDIAL - TERCERA FASE", acerca de la guerra civil en la otrora Yugoslavia.

Ahora, disfrutando su ocio, escribe poemas y relatos cortos que él llama "milagros".

E-mail:
Ian.welden@mail.dk

Ian Welden sobre Azul@rte:
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Curriculum Vitae
Por Ian Welden

Yo en realidad
jamás supe nacer
como hombre de verdad
bestia sigilosa.

Mi suave madre
tan joven y vana
creyó ingenuamente
que yo era otra muñeca más
de su vasta colección
y me perdí por ahí
en los laberintos humanos
alaridos en la oscuridad
y brutalidades instintivas
de este planeta deforme.

Mi primer acto
como ser consciente
fue recoger una quijada de burro
y destrozarle alegremente
el cráneo a mi hermano mayor.

Lo hice porque el estaba ahí
manso y hermoso
como una cordillera nevada
sin molestar a nadie
nada más.

La autoridad
me premió con una espada
una medalla perpetua en la frente
y libertad incondicional
para vagar por el mundo
a mi gusto
clavando tiernos corazones
que lavaban ropas multicolores
cantando felices
en las orillas de los ríos.

No es que sea un hombre malo,
al contrario
soy puro y transparente.
Todos pueden ocultar mi alma
pero la mayoría no lo hace
por temor a la verdad
a nuestra naturaleza primitiva
y al afán por los ritos sangrientos
como lanzar a jóvenes vírgenes
a los abismos de los dioses
siempre silenciosos e impasibles.

He aprendido
que hay muchos dioses
en este universo estrafalario.
El mío
y los de ustedes.

El mío es aquel
de los ojos de piedra
que me ordenó sacrificar a mi hijo
para probar mi lealtad.
No se espanten,
me detuvo la mano
empuñada en mi cuchillo de hueso
cuando comprobó que yo
con gran entusiasmo
lo iba a hacer.

Y luego están los otros
magnánimos, creadores,
fértiles e ingeniosos dioses arquitectos
que hablan de amor y perdón
a vuestra hora de dormir.

No me hablen de cesantes
ni de barrios de barro y paja
son mis placeres naturales,
mi cena, mi libido.

Vivo en mansiones monstruosas.
Por mis escritorios desmesurados
corren despavoridas
las hordas de los fantasmas
que he tramitado
y en mi gran pared central
cuelga solitaria y majestuosa
la pintura El Grito de Eduard Munch.

Como habrán deducido
no estoy pidiendo empleo.
Solamente estoy exigiendo
reconocimiento y aprecio
a mi esforzada pero tan necesaria labor.


HAZAÑAS
Ocho poemas de Ian Welden

VIOLETA EN EL BOSQUE

Ella era de hueso
por razones de idiosincrasia histórica.
Cuando dormía
se le veían los sueños
bailando dentro de su cabeza.

Tan transparente era.

Y tan tierna
que los cabritos del monte
venían a mordisquear sus pies.

Vivía en un ruca de caña y mantas
y desayunaba con agua fresca.

Cantaba
y sus notas eran de manzanas
de lunas y de botes
de vivos y de muertos
de amores y de días.

Y su voz era una rueda de carreta
libre colina abajo.


SED Y METAL

Entre mi sed
y este metal
debo escoger un barco
levantar ancla
echar a navegar
por el camino del tiempo.

Por un levante
por ese pan
blanco de estrellas blancas
Algo hay que hacer
para labrar
nuestro destino en hechos.

Este verdugo
esta maldad
este planeta entero
este martillo
manos de amor
heredarán mañana.

Ahora navego
naves de sol
mil manos me acompañan
manos de greda
ojos de arroz
corazones sin fronteras.

Esta gran aventura
la distancia será
justa entre noche y día
no hay banderas
hábil timón
nueva ventana y vida.


LA MUJER TRANSPARENTE
En memoria de María

Y entonces
simplemente enloqueció.

Revisando sus deudas
con el sol en la espalda
un puñetazo en los dientes
y el film que recién había visto
en el porno-shop.

Ella no sabía
que tipo de mundo era este.

Una moneda de cobre
o un millón de dólares
un pan reseco
o un asado de cordero.

lo intentaba
pero jamás llegaba lejos.

Y entonces
simplemente enloqueció
escribiendo su testamento
regando ríos
regalando miel a las abejas
revisando las viejas fotos
olvidadas en su saco de dormir.

Ella no sabía
que clase de amigos tenía
si eran una manada de buitres
esperándola a la vuelta de la esquina
o tan solo un grupo normal
de humildes pecadores.

Lo intentaba
pero no llegaba lejos.

Era tan bella
y jamás la entendí
bailarina fresca
entre las multitudes
las luces de la ciudad
le iluminaban su cuerpo bendito
su sonrisa desinhibida
se clavaba en mi sexo

Y así, sin preámbulos,
enloqueció.

Intentando sobrevivir
con su joven corazón tan viejo
y su alma de túnel
se transformó en una sombra
perdida en la luna.

Jamás supo que lugar era este
un vaso de muertes
un espejo quebrado
una manada de caballos
desbocados en el hipódromo

Intentó duramente
pero jamás llegó lejos.


UNA SIMPLE CANCIÓN DE AMOR

Acuéstate sobre mi pecho
cual gata gentil
y observa desde aquí
como el planeta se torna azul
como el universo se sonroja
y las estrellas nacientes
comprenden el amor
que este hombre siente por ti.

Bebe tu leche a mi lado
y mordisquea tus naranjas
tómate tu tiempo
para despertar por la mañanas
ven a sentarte a mi mesa
y mira por la ventana
como la nieve lentamente
se va transformando en bosques.

Te amo
y ya lo sé
esta palabra
no es extraordinaria.

Qué puedo hacer
si las palabras
en si son ordinarias?

Regresa a mi
de tus noches misteriosas
y encuentra a mi vela
ardiendo por ti
regresa a mi
abandona tu mundo milenario
y vive de una vez por todas
tus vidas a mi lado.

Tiéndete sobre mi pecho
como una gata gentil
y quédate dormida
mientras el planeta
gira y baila para nosotros.


LA LINEA

De pié aquí
al borde de la línea
sabiendo que mañana no existe
sacos de puertas hechas triza
sobre mis espaldas
y cenizas cuando haya devuelto
las cosas prestadas.

Caminando
hacia la tierra de nada
buscando algún sueño en mis bolsillos
tanteando a ciegas el muro del atardecer
y calculando mis pérdidas en las estrellas.

Debo trepar a algún lugar
donde tal vez ya estuve
por ahí en mi alma siento la nostalgia
voces amistosas que seguramente existieron
vidas que tienen sentido al amanecer.

Nubes en mis manos
lluvias en mis pies
el mundo insiste en girar sin mi.

Y si el sol se atreviera a asomarse
tan solo expondría mis pecados a la luz.

Dónde está mi canción
Y los pasos de vida y maravillas
que me condujeron a este abismo?

Detenido al borde de la línea
sembrando piedras con mis codos
durmiendo en viejas carcasas
de barcos abandonados
mendigando un beso entre las multitudes.


HAZAÑAS

Nací un atardecer
e inmediatamente
fui empujado hacia un lado
mi madre estaba borracha
y mi padre lloraba
le saqué punta a mi lápiz
y gateé al colegio
el profesor me dijo ESTÚPIDO!
y me pateó en el traste.

Un lápiz, una sonrisa fingida
una PC del siglo pasado
sin plástico en mis bolsillos
sin manzana ni amigos
me escondí en el W.C.
y fumé un Lucky Strike
y ese fue el primer día
que Dios me brindó.

Me transformé en adulto
antes de saber hablar
y ya estaba montando putas
ante de poder caminar
nunca tuve tiempo
para mirar el cielo del planeta
el Centro Comercial era mi templo
mi jardín de juegos
mi música, mi orgullo
usaba las páginas amarillas
para alcanzar el asiento del baño
mientras contaba las agujas
bajo mis pies
papá no llores más
mamá no bebas más
Dios manifiéstate
y por lo menos hazme un guiño!

Y bueno
ya soy un hombre viejo
acabo de cumplir los cinco
estoy listo para el viaje
estoy preparado para volar
una AK-47 y algún país de por ahí
si no regreso
se pueden quedar con mis posesiones
mi lápiz sin punta
mi PC y mi sonrisa.


UNA LEVE DEMORA

Son las dos de la mañana
están derribando mi puerta
un tipo chico con un pequeño bigote
y cinco o seis o más.

Escondo a mi hijo en la cocina
escondo a mi esposa entre mis manos
puedo ver sus dientes a través del ojo avizor
están tomando cerveza enlatada.

Entran gritando el nombre de mi esposa
dicen ser del vecindario
me aseguran que mi hijo es interesante
si acaso le gustaría chupárselos.

Son ya las cuatro de la mañana
Dios mío me siento tan solo!
mis vecinos cierran puertas y ventanas
tengo a ´la policía en el teléfono.

Me van a conectar con `emergencias
va a haber una leve demora
pero debo contestar primer algunas preguntas
"Es usted negro, latino o gay?"
"Cuales son sus hobbies?"
"Ocupación y dirección electrónica"
"Tiene problemas con Impuestos internos?"
la voz me dice que debo relajarme, por favor.

"Es usted miembro de alguna organización política?"
un puntapié me derriba de la silla
"Cual es su opinión acerca del conflicto en Afganistán?"
otro puntapié me quiebra la mandíbula.

Tienen a mi esposa arrinconada
tengo una mano en la garganta
el teléfono cae al suelo
una navaja aparece de un bolsillo.

Y mientras destrozan nuestro hogar
dicen que nos deben una explicación
que son de familias pobres y quebradas
que en realidad no se les puede culpar.

"Tu esposita nos calienta
y tu hijo también
los hemos visto en el supermercado
necesitamos alivio".

Mi hijo grita en la cocina
ellos me hacen señas y sonríen
"Ya! Los vamos a llevar a una fiestecita
dejemos que este hijo de puta se muera aquí"

Son las seis de la mañana
yo estoy aquí desangrándome
la voz en el teléfono aún hace preguntas
"Es usted simpatizante de la izquierda política?"

Tantos años han pasado ya
jamás volví a ver a mi hijo
mi esposa fue encontrada, no quiero comentarlo
aún vivo en el mismo lugar.

El tipo chico del bigotito
y los otros cinco o seis o más
se juntan en las esquinas del barrio
y me saludan con sonrisas amables.


CANTO PARA TODOS

Que el viento alimente sus almas
hijos de nuestras entrañas.
Que la luz de sol en los árboles
los llene de regocijo.
Sientan la textura de la tierra
y al planeta girar.
Guarden siempre una semilla
en los bolsillos
y las manos llenas de colores.
Que la maravilla de las estrellas
sean su inspiración
y el amor que les hemos dado
un camino por el cual andar.
Sean una roca ante la represión
con voces claras y poderosas.
Llenen sus corazones con compasión
y las mentes con tormentas creadoras.

Que el sol brille sobre nuestros huesos
que el viento nos limpie de tantos pecados.
que la noche nos acaricie los ojos
que el agua aclare nuestras venas
que el silencio sane nuestros oídos
que los árboles decidan nuestros destinos
que nubes protejan nuestras almas
que nuestros hijos sonrían y canten
que nuestro amor resucite esta noche.

Ilustracion: Jean-Paul RIOPELLE - http://www.riopelle.ca/

Martín COPPONI/Poesía


Correo de : Adrián Escudero

Martín Copponi, 24 años de Santo Tomé
E-mail: tincho2815@hotmail.com

A paso de palabra
Por Martín Copponi

Resucitar de la herida del verbo,
Reencarnarse en el cuerpo de la verdad,
Volver de la lucha y a la lucha
Por un grito cierto.
Pelear por el necesitado alarido,
Por haber sido silencio.
Pero sentir miedo,
Un calor desprotegido,
Porque somos humanos
Vulnerables y abiertos.
Es por eso que
Esta Luz nos ha elegido
Para sembrar con la palabra
La sangre del verbo.
En la tierra donde se vive y se muere,
Donde hacemos historia y a veces nada,
Está escondida la verdad que buscamos
A paso de palabra.

.
Hay una luz
Por Martín Copponi

Hay una luz, faena de la noche,
Que rompe la paciencia del silencio
Y comienza en cierta arena
A dibujar la huella
De una palabra redimida.
Dicen que allí
Van a nacer las palabras jamás dichas
Que eran justas
Y fueron preñadas por el infierno.
Allí, en esa arena,
Se hace justicia,
Se redime la esencia del hombre
Muerta por su ignorancia.
Pero nadie sabe dónde se halla tal luz,
Tal arena.
Los sabios dicen que en otra vida,
Los lógicos que en el desierto o junto al mar.
Algunos dicen que es una procesión
Dónde sólo acuden los espíritus,
Que allí Dios y Satán
Deciden qué es verdad
Y qué es mentira.


El mismo Dios
Por Martín Copponi

Ella sabe que mis palabras nacieron para su memoria.
Ella es el lugar que eligió Dios
Para que descansen mis versos.
Ella me dijo que la poesía estaba dentro de mí.
Mi mirada yacerá eternamente
En la memoria de sus ojos.
Cada mañana mis ojos se abrirán hacia su tiempo.
Mi ausencia hará eco en sus pasos
Y sus pasos serán el eco de mi recuerdo.
Dios dejó a mi tiempo para latir en su piel,
Jamás morirá mi silencio en su alma.
Mi corazón quiere dormir mi muerte en su alma.
Dios la ha elegido para darme redención
En el tibio milagro de su existencia.
Es por esto que aquí me despido en paz,
Sabiendo que sólo Dios y el amor bastan
Para justificar mi paso por el mundo.
Todo lo que soy ella lo guarda en sus manos,
En el vasto universo de un milagro.
Yo seré la eterna luz
Donde nació el amor que Dios le envía.
Yo estoy en el altar de su memoria
Y allí me quedaré peregrinando
Para volver con su palabra y su rezo
Al calor del mismo Dios que compartimos.


El tiempo
Por Martín Copponi

El tiempo hoy es tan caro,
Tan miserable a la hora del olvido,
Tan rentable a la hora del insulto.
El tiempo es en TV
Algo así como una cacería,
Un insulto visual
Que dura un segundo
Y nos cuesta un siglo.
El tiempo es mucho más
Que esas mentiras,
Que ese manojo de códigos
Hambrientos de consumo.
El tiempo es respirar profundo,
Sentir amor, buscar a Dios

Y comprobar que nadie,
Nadie,
Nos cobró un centavo.


Él y tu
Por Martín Copponi

Irá a verte caminar,
Acostumbrado al techo azul de tu amargura.
Verá los vuelos rojos en tu pecho,
Pero para Él estarás -sin ser pecado- desnuda.
Bordará el horizonte en tu espalda
Y con la tarde en tus ojos redimirá tu penumbra.
Fundirá colores y serás la distancia
Que separa al milagro... de la blancura.
Él estará en tu tenue paso,
Sabiendo que sin querer lo buscas.
Pondrá en tus labios movimiento,
Y sin que sepas, tu palabra... será la Suya.


Escondrijos de la verdad
Por Martín Copponi

Escondrijos de la verdad,
Espinas del presente,
Perversidad del averno de la sabiduría,
Aroma de auras venenosas,
Melodías hipnóticas de las masas,
Manipulan sagazmente
La raza que cubre al mundo,
Azotan la palabra,
Ignoran la voluntad divina,
Ríen ante el perecimiento
De la identidad.
La cultura se abraza al azar,
El destino mira hacia atrás, llora,
Nos ve vencidos, nos ve ínfimos,
Y la tierra emana miradas
Y el pueblo suda silencio.
El moho que emboza nuestra moral,
El cáncer del materialismo masificado,
Las estrategias de la decadencia,
La virginidad de la conciencia
Y los escrúpulos,
El convencimiento impenetrable
De una apócrifa ideología,
Encarnan el papel
De un personaje cotidiano.
Cada segundo del presente
Aniquila al tiempo, al destino,
Y el tiempo pasa,
Ingenuo e inevitable,
Ignorado e ignorando.

Sakhmet RESTREPO/Muñeca plástica


Sakhmet restrepo viviana419@hotmail.com


Muñeca plástica
Por Sakhmet Restrepo

La tarde tenía un aire aromático, el viento parecía seda recorriendo el cuerpo, los colores de las nubes eran varios, la gama de azules realizaba una fiesta en su cielo, y el sol sólo observaba con impetuosa paciencia mientras sus rayos nos regalaban lágrimas doradas, ella abría sus manos para recibir la nostalgia de un atardecer, su piel blanca recordaba la belleza de una princesa en el dulce aire de su inocencia, sus ojos profundos y bellos como el mar que sueñan aquellos amantes del romanticismo fantástico, sus labios realizaban una proeza divina al saborear una manzana; allí estaba mirando absorta las formas creadas por su imaginación utilizando ese algodón que estaba encima de su cuerpo, y se dedicaba a pensar y analizar su propio entorno.

Ella tenia una figura agradable en la que se apreciaba sus curvas, no era demasiado delgada como para matar la lujuria de un hombre, estaba bien, demasiado bien. Era completa, bella e inteligente, con esa lucidez trágica que hace interesantes a muy pocas mujeres. Por lo menos eso era lo que reflejaba, yo siempre trataba de escucharla hablar con sus amistades, con su soledad, con su espejo, pero lastimosamente el sonido no llegaba a mi débil cuerpo, y nunca lograba descifrar sus labios moviéndose con una hermosura de otros mundos.

Un día mientras dormía después de una pesada comida, mi piel café oscuro se estremeció, estaba yo sobre una hoja del florero bien oculto a la visión humana, y sentí el estruendo, de verdad ¡me estremecí!, ¡me estremecí! ¿No les he dicho que era? era el bicho de la conciencia, no sé porque de este tamaño pequeño, de este color oscuro, de estos ojos certeros y brincones, en fin, un bicho cualquiera pero diferente a cualquiera. ¡Lero!

En fin dejo mi discurso ególatra, y continuo con lo que quería decir, ese día el estruendo fue motivo de que escuché por primera vez la voz de la muñeca de carne humana, ese día inició mi decepción, era una voz lindísima, juguetona y sexy, era genial una música tocada por ángeles invisibles que vivían en sus dientes, pero sus palabras fueron dagas a mi conciencia de lo único que estaba hecho y ¡ella me destrozaba!, ese día la conocí más (pensaría ella se conocía así misma).

Frente al espejo se miraba, tocaba, vestía, desvestía, hurgaba, era algo casi neurótico. Se sentó después de un rato a mirar algunos libros que por lo que pude notar era de cultura Griega, empezó a elogiar la belleza de aquellas mujeres, su cuerpo fértil, sus curvas abundantes, la blancura de su piel, el grosor de su espíritu, nada que ver decía con lo de hoy en día, esas muñecas plásticas que se hacen así mismas por medio de la venta de algo dizque bonito y socialmente aceptable, esas muñecas que son sólo hueso y la piel es un cuero mal administrado, esa belleza que es pan de cada día en un mundo que se desmorona de ignorancia. Ese era el mundo donde se podía ser sociable, afable y bien recibido. Yo le daba toda la razón, no podría ser más veraz en sus argumentos, me alegre de ser la conciencia de alguien tan consciente, por segundos largos tuve una satisfacción inexplicable si existiera dios le hubiera agradecido, pero en cambio me regalé a mi un buen chupito de tequila para celebrar.

Un día leí en su diario el inmenso amor que profesaba a Soledad, la señorita de la esquina que siempre iba con sus ojos melancólicos, ella tenía una belleza extraña, pero que atraía demasiado, aunque nunca andaba muy arreglada todos elogiaban sus proezas imaginarias, nunca estaba acompañada, sólo a veces se le veía con otra mujer de corte elegante pero triste, apáticas al resto del mundo, caminaban dentro de una burbuja que los demás temían, ellas excéntricas y señaladas por los moralistas. Las admiraba, soñaba con algún día ser tan valiente.

Pasaron días, horas, minutos, segundos y se despertaron el bicho y la muñeca inocente.

Ella se fue a tener un diario aburrimiento, un diario cumplimiento del deber de ser normal, ese día asistió a una fiesta, bailó canciones que odiaba con una sonrisa natural, habló con los que antes repudiaba, y me destruyó. Ese día se miro al espejo y se escupió, se vio fea, antinatural, no ganaría un concurso de belleza se decía, veía las demás chicas que si eran sociedad y veía , notaba la gran diferencia, y se entristeció de ser diferente, y empezó a cambiar de ideas, cada día se acercaba a lo que llaman belleza las pasarelas donde califican hombres homosexuales, perdón gays que odian a las mujeres, y se sentía aún frustrada por las pequeñas cosas que aún no la hacían parte del ejército de muñecas plásticas que al dar tanto en algunas partes y quitar de otras, se quedaban también sin inteligencia y su cerebro sólo se dedicaba a pudrirse. Luego llego Soledad, y empezó a dialogar con ella, esa noche comenzó su herejía matando sanguinariamente otras muñecas plásticas, elogiando lo que secretamente odiaba mataba con más crudeza lo que amaba.

Ese día yo su conciencia supe que jugaríamos de ahora en adelante hacer hipócritas. Ella pensó que nadie lo notaba, yo empecé a engañarme a mí misma, me decía conciencia estas confundida, ella se ama como es, pero no. Se había convertido en anoréxica.
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