lundi 26 octobre 2009

Gabriela ADAMESTEANU/La mirada herida de Herta MÜLLER


Perfil de una Premio Nobel
La mirada herida de Herta Müller
Por Gabriela ADAMESTEANU

La obra de la autora rumano-alemana, dotada de una atmósfera crepuscular, se centra en su experiencia bajo la dictadura y en el sufrimiento colectivo.

Herta Müller dice que en la cara de las personas se puede leer la región de donde proceden. Así empieza la historia de Lola en La bestia del corazón, el libro que publicó en 1994, siete años después de haber salido de la Rumania de Ceaucescu para ir a la República Federal de Alemania. La narradora, su compañera de universidad, puede ver en el rostro de Lola la región pobre del sur del país a la que pertenece.

Lola se pinta las pestañas con rímel barato y se pone medias finas para sus citas en el parque con hombres cansados, incapaces de amar, que salen por la noche de sus trabajos del matadero o de la fábrica de detergentes; recibe, como si fueran regalos, detergentes u órganos de animales muertos. Lola va a la iglesia, estudia los folletos ideológicos, recoge el carné rojo del partido, y sus compañeros de habitación empiezan a evitar hablar delante de ella con libertad. Ella sueña con un hombre con camisa blanca que le acompañe a su pueblo, pero el único amante que ha tenido con camisa y cuello blanco, el profesor de gimnasia, es un canalla que la empuja a suicidarse. Lola deja en el baúl de la narradora su cuaderno donde anota sus pensamientos más íntimos y coge la cuerda con la que se va a ahorcar del armario. A punto de ser una persona de éxito, se convierte en una vergüenza para un país que obliga a las personas a ser optimistas. El cuaderno de Lola desaparece del baúl de la narradora, será la primera señal de la vigilancia constante que ejerce la Securitate.

La historia de Lola es una especie de prólogo que abre las líneas narrativas de este libro en el que algunos lectores reconocerán los episodios dramáticos de la propia vida de Herta Müller. En primer lugar, su familia suaba (los suabos son una comunidad alemana que llegó a Rumania en el siglo XVII o XVIII y que emigraron bajo el régimen de Ceaucescu): su abuelo, un comerciante a quien el régimen comunista expropió sus tierras; su padre, un SS "que ha llegado a la tierra cantando canciones militares y ha dejado cementerios en el mundo", ahoga sus penas en alcohol y muere prematuramente; su madre, una antigua deportada a Rusia que vive atormentada por el hambre y se lanza a comer patatas cuando las ve.

Otra de las líneas narrativas de La bestia del corazón se ocupa de lo que les ocurre a los amigos de la narradora (Edgar, Kurt y Georg), a quienes, al igual que a ella, la Securitate les vigila, les atormenta. "La Securitate no solamente ha influido en mi vida sino que me ha acompañado a cada minuto, en la calle, en el trabajo, en mi vida privada... La convivencia con la Securitate continuó después de que me fuera de Rumania", ha contado Müller.

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Una de las características de la deslumbrante originalidad de sus escritos es la densidad con que da profundidad a cada frase. De una concreción alucinante, tendiendo a veces hacia lo fantástico, con tintes expresionistas, la prosa de Müller no solamente registra la monografía social del Banato sino que explora sin piedad tanto los detalles físicos como los comportamientos sociales. Pero también permite al lector un espacio suficiente para que él mismo pueda construir las historias, la mayoría de ellas trágicas, de las personas que llevan en su cara la región de donde procede Müller.

Windisch, el protagonista de El hombre es un gran faisán en el mundo, cuenta los años y los días que le quedan para conseguir el pasaporte soñado. Ceaucescu ha recibido el dinero que envía Alemania federal para aceptar la emigración de la minoría alemana, sajona o suaba. Pero ese dinero no le ha ahorrado de pagar otros gastos a una administración corrupta y de sufrir múltiples humillaciones antes de salir: lleva sacos de harina y dinero al Ayuntamiento, tiene que aceptar que su hija pequeña se acueste con el policía y con el cura del pueblo. Y, cuando regresa de visita y trae objetos del Oeste como muestra de su éxito social, sobre su mejilla cae una lágrima de cristal. Windisch no es un caso aislado. Casi toda la comunidad alemana de Rumania ha perdido su patria. En la atmósfera crepuscular de la prosa de Müller, los cementerios, los búhos, los ataúdes forman parte de la vida cotidiana que, a menudo, toma un color fantástico si acaso más pesado a causa de las siluetas negras oscuras de los personajes negativos como el odioso capitán de la Securitate, Piele, y su perro que lleva su mismo nombre.

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"Tuve la suerte de irme de allí. Me fui demasiado tarde, cuando ya estaba destruida", dice Müller. Pero no tan destruida como para escribir 20 libros a sus 56 años y haber recibido el mayor galardón literario del mundo. Aunque sí lo bastante herida como para que cada uno de sus libros cuente la experiencia de su vida en la dictadura. Delgada, frágil, de ojos transparentes, la mirada distante se le instaló cuando, en plena adolescencia, tuvo que defenderse de las investigaciones de la Securitate y de las amenazas de muerte. Müller es muy crítica con la situación de la actual Rumania y también con los intelectuales que no han hecho lo suficiente para dar a conocer el verdadero pasado del país sobre todo durante la dictadura del general Antonescu, el movimiento legionario y el antisemitismo. "En Rumania se cree que el pasado se ha desvanecido en el aire. El país entero parece sufrir de amnesia...". "Quizás haya algunas personas en Rumania que les gusten mis libros pero yo, como persona, no les soy simpática. Lo más probable es porque continúo diciendo cosas sobre Rumania que molestan pero hay que decirlas. La corrupción está en todas partes porque la ex nomenclatura se ha apropiado del país. Todo está privatizado pero, de qué modo... Este sistema funciona tan bien que no me puedo imaginar cómo podría cambiar la situación actual... Es tan estable que hasta parece normal". Es cierto, para muchos rumanos, sobre todo para aquellos que no han podido ver a la gente manifestarse y morir en la calle en diciembre de 1989, la idea de la revolución persiste. Pero personalmente creo que, gracias a su actitud, Müller es más respetada y más popular de lo que ella piensa.

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Sin embargo, Müller ha reconocido que cuando escribe comparte la lengua rumana con la alemana. En Nitzkydorf, el pueblo donde nació y de donde salió a los 15 años, no había aprendido la lengua rumana sino que la descubrió más tarde cuando trabajó en una fábrica. Impresionada por la poesía de esta lengua, llena de metáforas y comparaciones, ha insertado algunos poemas populares rumanos en el texto de La bestia del corazón. Entre ellos, uno tradicional a modo de maldición a la traición: "El que no ama y renuncia / Que Dios le dé como castigo / El paso de la cucaracha y de la serpiente / El estremecimiento del viento / El polvo de la tierra". Esta poesía se invoca cuando la narradora cuenta la historia de su amistad con Tereza. Tras salir de Rumania, muy enferma de cáncer, va a visitar a su amiga con el encargo de espiarla recibido por el capitán de la Securitate. La narradora descubre la traición y echa a Tereza de su casa con gran dolor y sabiendo que es la última vez que ve a su amiga. "La muerte de Tereza ha sido muy dolorosa, como si tuviera dos cabezas que se golpearan una contra la otra. En una estaba el amor, abatido, que sentía por ella y en la otra estaba el odio". Este capítulo también ha tenido una inspiración autobiográfica. Müller pudo comprobar que en su expediente en la Securitate, su mejor amigo había hecho informes sobre su vida diaria.

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Con el Nobel y con su libro El hombre es un gran faisán en el mundo Müller parece haber terminado su misión: una obra centrada obsesivamente en su experiencia dramática así como en el sufrimiento y el desarraigo de la colectividad alemana en Rumania. Antes de esperar a ver si surgen otros temas en la obra de esta escritora, los lectores descubrirán en sus libros un universo alucinante enriquecido con la trágica historia del siglo pasado.

Traducción de Virginia Solans.

Herta Müller, premio Nobel de Literatura 2009, es autora, entre otros libros, de En tierras bajas (Siruela), El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela y Xerais), La piel del zorro (Plaza & Janés) y La bestia del corazón (Mondadori). Gabriela Adamesteanu es escritora rumana y acaba de publicar en España Una mañana perdida (Lumen).

Articulo:
http://www.elpais.com 17/10/2009

Keith CAMERON/La última leyenda del rock


REPORTAJE:
La última leyenda del rock
Por Keith CAMERON

1989. Una banda ignota de Aberdeen graba con 600 dólares un álbum de debut, Bleach, que cambiará la historia de la música. 20 años después, los protagonistas revelan su génesis.

La pequeña casa de madera del 4.230 de Leary Way NW, en un barrio residencial de Seattle, no parecía el centro de una revolución. Pero un letrero confirmó a un veinteañero Kurt Cobain que era Reciprocal Recording. Aquí los grupos locales Green River y Soundgarden grabaron, para el sello indie Sub Pop, sus primeros discos, piedras angulares del estilo que cambió la música del final del siglo XX. El 23 de enero de 1988, Jack Endino, productor de esos discos, tenía un compromiso: grabar una maqueta para unos chicos de Aberdeen, un sombrío y aislado puerto maderero de 16.000 habitantes a 133 kilómetros de Seattle, en la costa del Pacífico. Uno de ellos, Cobain, había llamado para reservar diciendo que era amigo de Dale Crover, de The Melvins, quien tocaría la batería. The Melvins era el único grupo de renombre que había salido de Aberdeen, y a Crover se le reverenciaba. Por él, Endino aceptó la reserva, por lo demás poco prometedora. La banda ni tenía nombre.

En cuanto empezaron a trabajar, Endino se dio cuenta de tres cosas. La primera, lo alto que era el bajista Chris Novoselic (no empezó a llamarse a sí mismo Krist hasta 1993). La segunda, lo serio que era el cantante y guitarrista Cobain. Parecía muy joven, era muy tímido, y no daba muestras del típico ardor de las estrellas de rock. Pero claro, Nirvana venía del quinto pino. Si Seattle estaba aislada, Aberdeen estaba fuera del mapa. "Eran ingenuos y no se lo tenían muy creído", dice Endino. "Un grupo que crece en una zona rural, no recibe ningún refuerzo positivo por lo que hace. No hay bares donde tocar, ni conciertos, ni público; tienen que disfrutar de verdad y ser muy decididos". La tercera observación de Endino se produjo más o menos a los 71 segundos de empezar a grabar la voz de Cobain en una canción llamada If you must. "¡Vaya!, pensé. Este tipo tiene un grito genial, algo muy valioso en el rock and roll". En ese momento, nadie imaginaba hasta qué punto.

No había muchos artistas locales de los que Jonathan Poneman, socio de Bruce Pavitt en el sello en ciernes Sub Pop, no hubiese oído hablar. Así que cuando Endino mencionó al tranquilo con una voz increíble, Poneman se sintió lo bastante intrigado como para conducir hasta Reciprocal y hacerse con una cinta. En la etiqueta ponía "Chris, Dale y yo", aunque el grupo ya se llamaba Nirvana. Poneman empezó a escuchar la casete en el viaje de vuelta. Al cabo de unos 71 segundos oyendo If you must, su mandíbula casi golpea el volante. Entonces empieza este gran grito catártico y luego el estribillo, que no tiene mucho de estribillo. Me quedé pensando: "Oh... Dios mío".

Poneman organizó una reunión con Cobain y Novoselic para proponerles que Nirvana grabase un sencillo para Sub Pop. Planeó su primer concierto para el 24 de abril de 1988, como parte del espectáculo Sub Pop Sunday en la discoteca Vogue. El público estaba compuesto en su mayoría por músicos de Seattle que tenían curiosidad por comprobar cómo eran.

Lo que vieron fue a tres jóvenes nerviosos y de aspecto dispar. Novoselic, Cobain, de expresión lúgubre, un zurdo que tocaba una guitarra para diestros cogida al revés. Lo peor, el batería Dave Foster (otro oriundo de Aberdeen) llevaba bigote. La movida punk rock de Seattle era tolerante, pero los bigotes poseían unas inaceptables connotaciones de macho. "Nirvana se pone a tocar", recuerda el batería de Mudhoney, Dan Peters. "¡Menudo sonido de mierda! Acto seguido, llega el tipo del sonido presa del pánico, enciende la mesa de mezclas y los altavoces y, de repente, es como una explosión. Y ellos no tienen ni idea de lo que está pasando". Nirvana había subido al escenario a la hora prevista, sin tener en cuenta que la sala no estaba preparada. "Cualquiera que diga que vio ese espectáculo y supo que iban a ser grandes, miente", afirma Mark Arm. Poco después, Cobain hablaba de la actuación en una carta nunca enviada a Dale Crover. "Había un representante de cada grupo de Seattle observándonos. Nos sentíamos como si sólo les faltase ponernos nota".

La siguiente vez que Endino vio a Nirvana fue el 11 de junio de 1988, cuando el grupo llegó a Reciprocal para grabar su sencillo de debut para Sub Pop: una versión de Love buzz, del grupo holandés de los años sesenta Shocking Blue. Les acompañaba un nuevo batería, Chad Channing, de Bainbridge Island, un barrio residencial de Seattle separado del centro por un viaje en ferry, Channing encajaba en el perfil del grupo tanto por su alejamiento geográfico como por su aire de pirado; Bainbridge Island tenía una pésima fama por sus profundas raíces hippies.

Novoselic había descubierto la canción en un disco en oferta y pronto se convirtió en éxito del directo. La idea de convertirla en la primera publicación del grupo fue de Sub Pop. "Al no tener otras ofertas, Nirvana se avino a ello", dice Endino.

A Cobain lo que le cabreó fue el retraso en la publicación del disco. Sub Pop se había convertido en una empresa legal el 1 de abril. Para aumentar las ganancias, idearon el Sub Pop Singles Club, en el que los suscriptores pagaban por adelantado por una serie mensual de sencillos en edición limitada. El primero fue Love buzz/Big cheese, en noviembre de 1988, e inmediatamente se agotaron las 1.000 copias. Para entonces, los prescriptores como Mark Arm eran fans. "Lo primero que llama la atención es la voz de Kurt", afirma Arm. "Tiene esa cualidad indefinible".

Pero el ambicioso Cobain se sentía resentido. "Teníamos la impresión de que no conseguíamos nada tocando en clubes", escribía Cobain en otra carta no enviada, esta vez a Mark Lanegan, de Screaming Trees. "Sub Pop está teniendo problemas económicos y la promesa de un epé y un elepé en el plazo de un año no es más que una excusa chorra de Jonathan para evitar que tanteemos a otros sellos. Ocho meses después, por fin hemos sacado un maldito sencillo. Hemos enviado la maqueta, pero nadie ha respondido". Nirvana dudaba lo bastante del sello como para reservar tiempo en un estudio para grabar su debut con su dinero. Pero, conscientes de que ningún otro sello se había interesado en publicarles, también terminarían por abordar a Sub Pop y exigir un contrato.

Con un nuevo contrato, Nirvana decidió dedicarse a la música. Novoselic dejó su trabajo como pintor industrial y se había separado de su novia. Hacía maratonianos viajes de ida y vuelta en su furgoneta para recoger a Cobain en Olympia, luego a Channing, en Bainbridge Island, y volver a Aberdeen, donde ensayaban en una habitación que estaba encima de la peluquería de la madre de Chris.

Y así fue como el grupo se presentó en el estudio el 24 de diciembre de 1988. La grabación y la mezcla se realizaron en seis días y quedaron rematadas el 24 de enero de 1989. "Kurt escribía las letras en el último minuto", cuenta Novoselic. "Yo iba a por cerveza; luego terminábamos los temas y las voces, y a mezclar".

Endino les cobró 30 horas de trabajo, 606,17 dólares. Ser capaces de hacer un disco tan barato era motivo de orgullo. No tenían un céntimo, pero estaban decididos a pagarlo. Lo hicieron gracias a Jason Everman, un guitarrista antiguo compañero de colegio de Channing. Everman había ganado dinero como pescador en Alaska y se ofreció a cubrir los costes. Consideró que su jugada era, además de altruista, una inversión. Para agradecerle que les hubiese prestado el dinero, pusieron en la contraportada que había tocado la guitarra (no lo había hecho); hasta aparecía en la foto de la portada.

En el disco destacaba una canción, About a girl. Destacaba tanto que Cobain le pidió disculpas a Endino por ella. "Kurt decía cosas como: vale, para que todo el mundo lo sepa, es posible que también haga más cosas como ésta en el futuro. Era divertido el modo en que me la presentó: ahora voy a hacer una canción pop, ten paciencia conmigo? Y claro, yo sólo soy el tipo del estudio: ¡Vale, lo que sea, desde luego! ¡Genial! ¡Bonita canción!", dice el productor. "Kurt se sentaba dentro de la bañera y escuchaba Meet The Beatles", recuerda Novoselic. "Decía que había comprendido a The Beatles; lo que él pensaba que era esa fórmula".

En febrero de 1989, el grupo emprendió una breve gira (su primer viaje por carretera más allá del Estado de Washington). Mientras conducían por San Francisco, Cobain y Bruce Pavitt se fijaron en el cartel de una campaña de prevención del sida que instaba a los consumidores de drogas a "Bleach your works" (algo así como: "desinfectar las jeringas"). Serviría de inspiración para el título del disco: Bleach [lejía].

Bleach fue publicado el 15 de junio de 1989. Para entonces, Nirvana era un cuarteto: Jason Everman se había unido al grupo en febrero como segundo guitarrista. Pero sólo ocupó ese puesto cinco meses. Durante una agotadora gira por EE UU para promocionar Bleach, la relación se fue volviendo cada vez más tensa. En Nueva York, Cobain y Novoselic decidieron que Jason tenía que marcharse. Cancelaron la gira y emprendieron una vuelta de 50 horas por carretera. "La furgoneta seguía adelante. Y eso fue todo. Era como si se sobrentendiese que aquello ya no iba a repetirse. Nunca recuperó su dinero", reflexiona Novoselic.

Bleach es el disco de más éxito publicado por Sub Pop: más de 1,7 millones de copias vendidas. Las modestas ventas iniciales se multiplicaron gracias al impacto de su sucesor, Nevermind. Endino calcula que los 330 discos que ha hecho desde Bleach juntos no han recibido tanta atención. "Estoy contento de que suene tan bien teniendo en cuenta que sólo gastamos 600 pavos. Si sonase fatal, estaría muy disgustado, ¡Iggy Pop me dijo que era su disco favorito de Nirvana! Con eso me basta". Novoselic, ahora un activista político, escritor y músico ocasional valora el disco que él y sus amigos hicieron hace 20 años. "Es la quintaesencia del grunge", afirma, "pero tiene una sensibilidad pop que revela hacia dónde se dirigía el grupo. Eso es oficio para hacer canciones. Y es un tributo a Kurt Cobain, su visión y su habilidad como artista. El disco es su herencia".

La edición 20 aniversario de Bleach (que incluye un directo inédito) se edita el 3 de noviembre en Rhino.

Scoff (Live At Pine Street Theatre) de Nivarna

Articulo:
http://www.elpais.com 17/10/2009

Lolita BOSCH/Nos leo


Nos leo
Por Lolita BOSCH

Acabo de terminar un libro que me ha gustado mucho: El origen de la tristeza, de Pablo Ramos. Una novela triste y entrañable que Alfaguara publicó en Argentina en 2004 y que he conseguido, tras rastrear en Internet a través de una librería de segunda mano de San Francisco, Estados Unidos.

Y la novela más el envío me ha salido por unos 40 euros. Algo similar me ha sucedido este verano con varios autores que he querido leer y no he podido encontrar en Barcelona. Ni en librerías ni en bibliotecas públicas ni en centros de estudios. No están la novedosa voz de Inés Bortagaray (Uruguay); la narrativa certera de Fernanda García Lao (Argentina); el todavía desconocido Felipe Polleri (Uruguay), cuyo libro sigo esperando y que está por llegar en estos días; Slavko Zupcic (Venezuela), con quien me ocurre lo mismo que con Polleri; Claudia Apalablaza (Chile), cuyo libro ni siquiera he encontrado en Internet; el galardonado Arturo Arias (Guatemala), la desconcertante y compleja Jacinta Escudos (El Salvador) o incluso la célebremente galardonada Diamela Eltit (Chile) o las novelas del envolvente escritor Javier Vásconez (Ecuador). Por citar a diez entre los más de cien autores en lengua castellana que me he propuesto leer este verano. Y lo he hecho porque me harté.

Me explico. Recientemente circuló una encuesta en el Facebook donde alguien preguntaba cuál considerábamos que era la mejor literatura de este último siglo. La curiosidad del encuestador era consecuencia de las declaraciones de un jurado del Premio Nobel que aseguró que no se hacía buena literatura en Estados Unidos y la inmediata respuesta de Philip Roth, quien dijo, categóricamente, que la mejor literatura del siglo XX era estadounidense. Y muchos de mis amigos en Facebook dijeron que sí. Que Philip Roth tenía razón. A lo que yo contesté con otra pregunta. No ya en el Facebook sino con una voluntad más exhaustiva y una curiosidad esencial: de lenguaje.

Pedí a amigos escritores, editores, libreros y buenos lectores, de este lado del Atlántico y del otro, quiénes consideraban ellos que eran los quince mejores escritores vivos de América Latina, más allá de acuerdos comunes como Fernando del Paso o Gabriel García Márquez. Y la respuesta fue desconcertante. Porque fuera de algunos buenísimos buscadores de libros y de un grupo de lectores curiosos y sagaces, me di de bruces contra un mundo muy pequeño. Buenos lectores de otras tradiciones que desconocían por completo la literatura que se hacía en castellano. Prejuicios contra una supuesta tendencia común. Vislumbres narrativos que no superaban los horizontes nacionales. O el tajante filtro de las editoriales españolas con el que, en muchas ocasiones, delimitamos nuestra curiosidad por leer, saber y espejearnos con autores que escriben en nuestra misma lengua. Y más allá de consideraciones sociales o geográficas, me entristecí. Porque me pareció pobrísimo ir perdiendo la necesaria tradición de leer en nuestro idioma. Y porque me pareció inculto dar por hecho una literatura en lengua castellana que en realidad desconocemos.

Es difícil rastrearla más allá de lo que cada uno de nosotros encuentra en su propio país. Más allá del esfuerzo global de ciertas editoriales, independientes y no. Y más allá de las limitadas recomendaciones que atendemos. Pero esto no debería detenernos. Porque podría suceder que nos perdamos un mundo entero por descubrir y en el que zambullirnos. Buenos lectores que debemos tratar de poner en comunicación y necesidades urgentes de mercado que nos permitan encontrarnos.

En definitiva: reconocernos. –

Lolita Bosch (Barcelona, 1970) ha publicado recientemente Esto que ves es un rostro (Sexto Piso) y La familia de mi padre (Mondadori).

Articulo:
http://www.elpais.com 17/10/2009

José SARAMAGO/"La muerte es la inventora de Dios"


ENTREVISTA: a José Saramago
"La muerte es la inventora de Dios"

Una "lógica impecable" caracteriza Caín, la última novela del premio Nobel, profundamente seria y llena de humor, en la que el escritor reescribe libremente la historia "mal contada" del personaje bíblico

Hay quien me niega el derecho de hablar de Dios, porque no creo. Y yo digo que tengo todo el derecho del mundo. Quiero hablar de Dios porque es un problema que afecta a toda la humanidad". José Saramago (Azinhaga, 1922) ha vuelto a escribir de un tema que le inquieta. Lo ha hecho esta vez a través de una figura bíblica con mala prensa. Caín (Alfaguara), última novela del premio Nobel de Literatura de 1998, tiene grandes posibilidades de levantar las iras de algunos sectores católicos. Nada nuevo para el escritor portugués, que en 1991 generó una polémica mayúscula con El Evangelio según Jesucristo. En aquella ocasión, el Gobierno luso se sumó a la campaña contra Saramago, al vetar su nombre como candidato al Premio Literario Europeo. El primer ministro era el conservador Aníbal Cavaco Silva. Hoy es el presidente de la República. El veto indignó al escritor, que decidió autoexiliarse en Lanzarote, donde reside con su esposa, Pilar del Río, desde entonces.

¿Se puede repetir la historia ahora con Caín? "No. Ya metieron una vez la pata. No repetirán la experiencia, a no ser que quieran caer en el ridículo", dice Saramago, con aparente convicción. La entrevista tiene lugar en su casa lanzaroteña, refugio del escritor, a la que acuden amigos de todos los rincones. Dentro de unas horas tiene prevista la llegada de Mario Vargas Llosa. "El Evangelio... provocó las reacciones más violentas en sectores católicos de Italia. Me llamaron provocador", explica. "En mi opinión, los católicos no tienen motivos para enojarse con Caín, porque no tiene nada que ver con ellos. El libro habla del Antiguo Testamento, y me parece que los católicos no leen la Biblia ni el Antiguo Testamento. Tienen el Nuevo Testamento, que es un texto simpático con parábolas bonitas. Creo que Caín sentará mal a los judíos, porque la Torá es su libro. Me llamarán de nuevo antisemita. No me importa. He escrito el libro que quería y creo que es una buena obra literaria". Una obra que reescribe libremente una historia, la Biblia, que según el autor no ocurrió. Y para ello usa elementos de esta historia, Babel, Jericó, Sodoma y Gomorra, Moisés en el Sinaí. Entonces ¿qué ha escrito? ¿Una fantasía? "Sí, pero en mis fantasías hay mucha lógica, y esto ocurre en muchos de mis libros. Le propongo al lector un punto de partida que puede parecer absurdo. Pero después, el desarrollo es siempre de una lógica impecable". Acaso pretende hacerle la competencia a la Biblia. "De ninguna manera. No pretendo que el lector crea haber visto la luz después de leer el libro. Sólo propongo que piense en sus propias creencias y qué espera de ellas. ¿La vida eterna? ¿La condena al infierno?".

En la controvertida novela del Evangelio, Saramago humanizó la figura de Jesucristo. Algunos lectores de su último libro apuntan que ahora humaniza la figura de Caín. Pone cara de póquer, medita un instante y hace la siguiente reflexión: "Lo que pasa es que Jesús humaniza la figura de Dios. Jesús suavizó y matizó el Dios del Antiguo Testamento. Nunca tuve la conciencia de que estaba humanizando a Caín, pero, claro, es el fratricida, el asesino de su hermano Abel. En castellano hay la palabra cainita, que habla por sí sola. Siempre he pensado que la historia de Caín es una historia que ha sido mal contada en la Biblia. Como la de David y Goliat. Goliat nunca ha podido acercarse a David, David venció porque tenía una honda, que era la pistola de la época".

De dónde viene esa obsesión por escribir de Dios, pregunto, porque el tema de fondo es Dios, aunque ahora sea a través de la figura de Caín. "Puede parecer extraño", dice. "Nunca tuve educación religiosa. Ni en el colegio, ni en casa. No tuve crisis religiosas en la adolescencia ni cuando uno empieza a preguntarse sobre la muerte. Sinceramente, creo que la muerte es la inventora de Dios. Si fuéramos inmortales no tendríamos ningún motivo para inventar un Dios. Para qué. Nunca lo conoceríamos". El ateísmo del autor tiene sus matices. "Ateo es sólo una palabra. En el fondo, estoy empapado de valores cristianos, y es verdad que algunos de estos valores coinciden con valores de humanismo. Los acepto. Ahora bien, todo lo que tiene que ver con la creencia en un Dios superior y eterno, que un día me condenará, me parece una chorrada".

Las páginas de Caín son implacables con Dios. "No", replica. "Soy implacable con la especie humana, que ha inventado el Señor". Bueno, pero el libro dice, entre otras cosas, que Dios no es de fiar, que es capaz de pactar con Satán, que está rematadamente loco. Le trata de rencoroso, maligno, corrupto... Le acusa de despreciar la Justicia. Y así hasta el final, donde afirma que Dios acaba por arrepentirse de haber creado el hombre. "Sí, por eso, según la Biblia, ordenó el diluvio y exterminó a la humanidad, a excepción de Noé y su familia. El libro es una lucha entre el hombre y Dios. Con Caín, que no era precisamente un santo sino todo lo contrario, pero en el fondo más limpio de mente y más transparente".

Mientras escribía, Saramago tropezó con un problema narrativo que parecía no tener solución: el paso de Caín por el tiempo. ¿Qué hacer? "Inventé, no el futuro ni el pasado, sino lo que llamo otro presente. De repente, Caín se encuentra en otro presente, no importa que sea pasado o futuro. Creo que conseguí conservar el humor en un tema tan complicado. El libro es divertido y profundamente serio". No es una ironía premeditada, asegura. Nunca premedita nada. La historia marca el camino de cómo tiene que ser narrada. "Soy una mano obediente que intenta no hacer nada en contra de la lógica y de lo que estoy escribiendo. Que acepta lo que quiere la propia historia. La ironía es una constante en todos mis libros. El humor aparece por primera vez en El viaje del elefante, y se repite en Caín. No fue una decisión consciente, simplemente ocurrió así".

La novela termina con una discusión, cargada de reproches mutuos, en el umbral de la gran puerta del arca de Noé, entre Dios y Caín: "Caín eres el malvado, el infame asesino de su propio hermano. No tan malvado e infame como tú, acuérdate de los niños de Sodoma". Es la eterna discusión entre el hombre y Dios, precisa el escritor. Una discusión sin salida. "Ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros le entendemos a él. Son dos entidades que no se han entendido, no se están entendiendo y no se entenderán".

Saramago lo escribió en cuatro meses, la mitad del tiempo invertido en su anterior libro, El viaje del elefante. En ambos casos, reconoce, tenía prisa por escribir, en una carrera contra el tiempo. No podía bajar el ritmo. "Ahora ya puedo darme el lujo de reducir la velocidad. Cumpliré pronto 87 años. La vida es como una vela que va ardiendo, cuando llega al final lanza una llama más fuerte antes de extinguirse. Creo que estoy en el periodo de la última llamarada, antes de la extinción. Lo digo sin dramatismo. Tengo muy claro que no voy a vivir mucho más. Ahora estoy en una fase en la que sí creo que puedo hacer un trabajo y lo puedo hacer bien, quiero hacerlo. Después acabará todo y quedarán mis libros, que pienso seguirán siendo leídos. Espero, si la salud aguanta, terminar la novela que tengo entre manos". No revelará nada del próximo libro. Tan sólo un detalle: ya tiene decidida la última frase. No habrá sorpresas ni cambios sobre la marcha. No suele haberlos en su escritura. "Creo que soy un escritor lógico".

Pilar del Río va y viene por la casa, como siguiendo en la distancia la conversación. Saramago habla con cierta parsimonia, pero no da muestras de cansancio. Pasamos de la literatura a la política, su otra gran pasión. Le gusta hablar de política. Toma carrerilla y no para. Las primeras críticas son para el Partido Socialista (PS), que ha gobernado en Portugal los últimos cuatro años y medio con mayoría absoluta, y que seguirá en el poder después de ganar las elecciones del pasado 27 de septiembre. "El Gobierno socialista ha hecho políticas de derecha y el problema es que no hay ningún palacio de invierno para asaltar. Lo peor de todo, y esta crisis lo ha demostrado, es que la izquierda no tiene ideas. Ningún partido de izquierda, más o menos roja, más o menos rosa, ha presentado una sola idea para combatir la crisis. Y con los sindicatos ha ocurrido lo mismo. Su fuerza está dormida, domesticada. Me parece que Marx nunca ha tenido tanta razón como ahora. Pero eso no es suficiente. Haría falta una reflexión profunda, partiendo de Marx".

Es sabido que el premio Nobel portugués es militante del Partido Comunista desde los años sesenta. Un PC que no tiene parangón en la Unión Europea, de larga tradición estalinista, que sigue llamándose comunista, que conserva la iconografía bolchevique, hoz y martillo, bandera roja, que sigue soñando en épocas pasadas, probablemente más próximas a lo que representaba la antigua Unión Soviética, y que, contra viento y marea, tiene un electorado inquebrantable de medio millón de votos, que representa alrededor del 8%. El escritor admite que "es muy posible" que el PCP viva anclado en el pasado. "Lo que pasa es que tenemos una herencia, de la que no puedo despegarme. Y es posible que esta herencia no tenga mucho que ver con la realidad actual. Pero ¿por qué la realidad actual tiene razón?". Su militancia comunista tiene, probablemente, más de sentimentalismo que de convicción. "Los sentimientos cuentan. No me reconocería en ningún otro partido. Puede que sea mi culpa, y que esté enquistado en ideas del pasado, pero yo también tengo mi propio pasado. Francamente, no sabría convivir en otro partido si mañana dejara el PCP. No me pasa por la cabeza". Entonces ¿por qué sigue en el Partido? "Por respeto a mí mismo. He sido muy crítico con mi partido. Dije en una ocasión que nunca dejaría el partido, con una condición: que el partido no me deje a mí. Dejarme a mí sería un cambio radical de rumbo. No creo que eso ocurra". Tuvo una incursión, fugaz, en la política activa, cuando fue presidente de la asamblea municipal del Ayuntamiento de Lisboa. Duró cuatro meses y acabó enojado hasta con su propio partido. No le quedaron ganas de repetir la experiencia, aunque en alguna ocasión aceptó ir en las listas electorales en lugares no elegibles. "Creo que sería un diputado muy bueno", dice sin cortarse. "Siempre he dicho lo que he querido, y también es cierto que la dirección del partido nunca ha hecho nada para impedírmelo".

Saramago hace tiempo que no sube a su escritorio, en el piso superior de la casa, porque la estrecha escalera entraña un riesgo demasiado alto. El estudio tiene una hermosa vista con el Atlántico al fondo, la mesa de trabajo, anaqueles con los libros más queridos, pinturas, recuerdos. Ahora escribe en la biblioteca construida en un edificio anexo a la casa, que alberga su colección particular, convenientemente catalogada, a la espera de su traslado a la Casa dos Bicos, un edificio emblemático del gótico lisboeta, construido en 1523, que será la sede de la Fundación José Saramago, gracias a la colaboración del Ayuntamiento de la capital. "La fundación es cosa de Pilar", dice el escritor. La compañera inseparable, traductora de sus últimos libros, es el motor del engranaje. "No sólo el motor, también las ruedas". En la recta final de su vida, contempla una vuelta, tal vez parcial, a su querida Lisboa, donde tiene una casa. "Ahora nos vamos a Italia y luego nos quedaremos unas semanas en Lisboa. Allí siento que estoy en casa. Nunca pensé que viviría en una isla en medio del Atlántico, a 100 kilómetros de la costa africana". Todo parece a punto para el regreso.

Caín. José Saramago. Traducción de Pilar del Río. Alfaguara. Madrid, 2009. 200 páginas. 18,50 euros. Caín. Traducción de Núria Prats. Edicions 62. Barcelona, 2009. 144 páginas. 18,50 euros.

***
Primer capítulo de
'Caín'
de José Saramago

1

Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta, mientras que los otros animales, producto todos ellos, así como los dos humanos, del hágase divino, unos a través de mugidos y rugidos, otros con gruñidos, graznidos, silbos y cacareos, disfrutaban ya de voz propia. En un acceso de ira, sorprendente en quien todo lo podría solucionar con otro rápido fíat, corrió hacia la pareja y, a uno y luego al otro, sin contemplaciones, sin medias tintas, les metió la lengua garganta adentro. En los escritos en los que, a lo largo de los tiempos, se han ido consignando de forma más o menos fortuita los acontecimientos de esas remotas épocas, tanto los de posible certificación canónica futura como los que eran fruto de imaginaciones apócrifas e irremediablemente heréticas, no se aclara la duda de a qué lengua se refería, si al músculo flexible y húmedo que se mueve y remueve en la cavidad bucal y a veces fuera, o al habla, también llamado idioma, del que el señor lamentablemente se había olvidado y que ignoramos cuál era, dado que no quedó el menor vestigio, ni tan siquiera un corazón grabado en la corteza de un árbol con una leyenda sentimental, algo tipo te amo, eva.

Como una cosa, en principio, no va sin la otra, es probable que otro objetivo del violento empellón que el señor les dio a las mudas lenguas de sus retoños fuese ponerlas en contacto con las interioridades más profundas del ser corporal, las llamadas incomodidades del ser, para que, en el porvenir, y con algún conocimiento de causa, se pudiera hablar de su oscura y laberíntica confusión, a cuya ventana, la boca, ya comenzaban a asomar. Todo puede ser. Como es lógico, por escrúpulos de buen artífice que sólo le favorecían, además de compensar con la debida humildad la anterior negligencia, el señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vámonos a la cama.

(...) Una cuestión de orden. Antes de proseguir con esta instructiva y definitiva historia de caín a la que, con nunca visto atrevimiento, arrimamos el hombro, tal vez sea aconsejable, para que el lector no se vea confundido por segunda vez con anacrónicos pesos y medidas, introducir algún criterio en la cronología de los acontecimientos. Así lo haremos, pues, comenzando por aclarar alguna maliciosa duda por ahí levantada sobre si adán sería competente para hacer un hijo a los ciento treinta años de edad. A primera vista, no, si nos atenemos a los índices de fertilidad de los tiempos modernos, pero esos ciento treinta años, en aquella infancia del mundo, poco más habrían representado que una simple y vigorosa adolescencia que hasta el más precoz de los casanovas desearía para sí. Conviene recordar, además, que adán vivió hasta los novecientos treinta años, luego poco le faltó para morir ahogado en el diluvio universal, ya que finó en días de la vida de lamec, el padre de noé, futuro constructor del arca.

Tiempo y sosiego tuvo para hacer los hijos que hizo y muchos más si le hubiera dado por ahí. Como ya dijimos,el segundo, el que vendría después de caín, fue abel, un mozo rubicundo, de buena figura, que, después de haber sido objeto de las mejores pruebas de estima por parte del señor, acabó de la peor forma. Al tercero, como también quedó dicho, lo llamaron set, pero ése no entrará en la narrativa que vamos componiendo paso a paso con melindres de historiador, por lo tanto aquí lo dejamos, un simple nombre y nada más. Aunque hay quien afirma que fue en su cabeza donde nació la idea de crear una religión, pero de esos delicados asuntos ya nos ocupamos abundantemente en el pasado, con recriminable ligereza según la opinión de algunos peritos, y en términos que muy probablemente sólo nos perjudicarán en las alegaciones del juicio final, cuando, ya sea por exceso, ya sea por defecto, todas las almas sean condenadas. Ahora lo que nos interesa es la familia de la que el papá adán es la cabeza, y qué mala cabeza fue, no vemos cómo decirlo de otra manera, ya que bastó que la mujer le trajera el prohibido fruto del conocimiento del bien y del mal para que el inconsciente primer patriarca, después de hacerse rogar, en verdad más para complacerse a sí mismo que por real convicción, se atragantara, dejándonos a nosotros, los hombres, para siempre marcados por ese irritante trozo de manzana en la garganta que ni sube ni baja. Tampoco faltan los que dicen que si adán no llegó a tragarse del todo el fruto fatal fue porque el señor se apareció de repente queriendo saber lo que estaba pasando allí. Y, por cierto, antes de que se nos olvide del todo o el recorrido del relato haga inadecuada, por tardía, la referencia, hemos de revelar la visita sigilosa, medio clandestina, que el señor hizo al jardín del edén una noche cálida de verano. Como de costumbre, adán y eva dormían desnudos, uno al lado del otro, sin tocarse, imagen edificante aunque equívoca de la más perfecta de las inocencias. No despertaron ellos y el señor no los despertó. Lo que lo había llevado hasta allí era el propósito de enmendar un defecto de fábrica que, se dio cuenta tarde, afeaba seriamente a sus criaturas, y que consistía, imagínense, en la falta de un ombligo. La superficie blanquecina de la piel de sus bebés, que el suave sol del paraíso no conseguía tostar, se mostraba demasiado desnuda, demasiado ofrecida, en cierto modo obscena, si la palabra ya existiera entonces. Sin tardanza, no fuesen ellos a despertarse, dios extendió el brazo y oprimió levemente con la punta del dedo índice el vientre de adán, luego hizo un rápido movimiento de rotación y el ombligo apareció. La misma operación, practicada a continuación en eva, dio resultados similares, aunque con la importante diferencia de que el ombligo de ella salió bastante mejorado en lo que respecta a diseño, contornos y delicadeza de pliegues. Fue ésta la última vez que el señor miró una obra suya y halló que estaba bien.

Cincuenta años y un día después de esta afortunada intervención quirúrgica con la que se iniciaba una nueva era en la estética del cuerpo humano bajo el consensuado lema de que todo en él es mejorable, se produjo la catástrofe. Anunciado por el estruendo de un trueno, el señor se hizo presente. Venía trajeado de manera diferente a la habitual, según lo que sería, tal vez, la nueva moda imperial del cielo, con una corona triple en la cabeza y empuñando el cetro como una cachiporra. Yo soy el señor, gritó, yo soy el que soy. El jardín del edén cayó en silencio mortal, no se oía ni el zumbido de una avispa, ni el ladrido de un perro, ni un piar de ave, ni un barrito de elefante. Sólo una bandada de estorninos que se había acomodado en un olivo frondoso cuyo origen se remontaba a los tiempos de la fundación del jardín levantó el vuelo en un solo impulso, y eran centenares, por no decir millares, tantos que casi oscurecieron el cielo. Quién ha desobedecido mis órdenes, quién se ha acercado al fruto de mi árbol, preguntó dios, dirigiéndole directamente a adán una mirada coruscante, palabra desusada pero expresiva como la que más. Desesperado, el pobre hombre intentó, sin resultado, tragarse el pedazo de manzana que lo delataba, pero la voz no le salía, ni para atrás ni para adelante. Responde, insistió la voz colérica del señor, al tiempo que blandía amenazadoramente el cetro. Haciendo de tripas corazón, consciente de lo feo que era echarle las culpas a otro, adán dijo, La mujer que tú me diste para vivir conmigo es la que me ha dado del fruto de ese árbol y yo lo he comido.

Se volvió el señor hacia la mujer y preguntó, Qué has hecho tú, desgraciada, y ella respondió, La serpiente me engañó y yo comí, Falsa, mentirosa, no hay serpientes en el paraíso, Señor, yo no he dicho que haya serpientes en el paraíso, lo que sí digo es que he tenido un sueño en que se me apareció una serpiente y me dijo, Conque el señor os ha prohibido comer el fruto de todos los árboles del jardín, y yo le respondí que no era verdad, que del único que no podíamos comer el fruto era del árbol que está en el centro del paraíso y que moriríamos si lo tocábamos, Las serpientes no hablan, como mucho silban, dijo el señor, La de mi sueño habló, Y qué más te dijo, si puede saberse, preguntó el señor esforzándose por imprimir a las palabras un tono de sarcasmo nada de acuerdo con la dignidad celestial de la indumentaria, La serpiente dijo que no tendríamos que morir, Ah, sí, la ironía del señor era cada vez más evidente, por lo visto esa serpiente cree saber más que yo, Es lo que he soñado, señor, que no querías que comiésemos de ese fruto porque abriríamos los ojos y acabaríamos conociendo el mal y el bien como tú los conoces, señor, Y qué hiciste, mujer perdida, mujer liviana, cuando despertaste de tan bonito sueño, Me acerqué al árbol, comí del fruto y le llevé a adán, que también comió, Se me quedó aquí, dijo adán, tocándose la garganta, Muy bien, dijo el señor, ya que así lo habéis querido, así lo vais a tener, a partir de ahora se os ha acabado la buena vida, tú, eva, además de sufrir todas las incomodidades del embarazo, incluyendo las náuseas, también parirás con dolor, y, pese a todo, sentirás atracción por tu hombre, y él mandará en ti, Pobre eva, comienzas mal, triste destino va a ser el tuyo, dijo eva, Deberías haberlo pensado antes, y en cuanto a tu persona, adán, la tierra ha sido maldecida por tu causa, con gran sacrificio conseguirás sacar de ella alimento durante toda tu vida, sólo producirá espinos y cardos, y tú tendrás que comer la hierba que crece en el campo, sólo a costa de muchos sudores conseguirás cosechar lo necesario para comer, hasta que un día te acabes transformando de nuevo en tierra, pues de ella fuiste hecho, en verdad, mísero adán, tú eres polvo y en polvo un día te convertirás. Dicho esto, el señor hizo aparecer unas cuantas pieles de animales para tapar la desnudez de adán y eva, los cuales se guiñaron los ojos el uno al otro en señal de complicidad, pues desde el primer día sabían que estaban desnudos y de eso bien se habían aprovechado. Dijo entonces el señor, Habiendo conocido el bien y el mal, el hombre se ha hecho semejante a un dios, ahora sólo me faltaría que también fueses a buscar el fruto del árbol de la vida para comer de él y vivir para siempre, no faltaría más, dos dioses en un universo, por eso te expulso a ti y a tu mujer de este jardín del edén, en cuya puerta colocaré de guarda a un querubín armado con una espada de fuego que nunca dejará entrar a nadie, así que fuera, salid de aquí, no os quiero tener nunca más ante mi presencia. Cargando sobre los hombros las malolientes pieles, bamboleándose sobre las piernas torpes, adán y eva parecían dos orangutanes que por primera vez se pusieran en pie. Fuera del jardín del edén la tierra era árida, inhóspita, el señor no había exagerado cuando amenazó a adán con espinas y cardos. Tal como también dijo, se les había acabado la buena vida.

***
TRIBUNA:
"Dios es el silencio del universo"
Por Juan José TAMAYO

Caminábamos una mañana de enero de 2006 por las calles de Sevilla Pilar del Río, Sofía Gandarias, José Saramago y yo en dirección al Paraninfo de la Universidad Hispalense para participar en un simposio sobre Diálogo de civilizaciones y modernidad. A las nueve de la mañana, mientras atravesábamos la plaza de la Giralda, comenzaron a repicar las campanas alocadamente. "Tocan las campanas porque pasa un teólogo", dijo con su habitual sentido del humor Saramago. "No", le contesté en el mismo tono, "repican las campanas porque un ateo está a punto de convertirse". "Eso nunca", me respondió. "Ateo he sido toda mi vida y ateo moriré". De inmediato recordé una poética definición de Dios que le recité sin vacilación: "Dios es el silencio del universo, y el ser humano, el grito que da sentido a ese silencio". "Esa definición es mía", reaccionó enseguida el premio Nobel. "Efectivamente, por eso la he citado", le contesté. "Y esa definición está más cerca de un teólogo místico que de un ateo". Se trata, a mi juicio, de una de las más bellas definiciones de Dios, que merecería aparecer entre las veinticuatro -con ella, veinticinco- de El libro de los veinticuatro filósofos (Siruela, 2000).

La obra literaria de Saramago es una permanente lucha titánica contra Dios. Como lo fuera la del Job bíblico, quien maldice el día que nació, siente asco de su vida y osa preguntar a Dios, en tono desafiante, por qué le ataca tan violentamente, le oprime de manera tan inhumana y le destruye sin piedad. O como el patriarca Jacob, quien pasa toda una noche peleando a brazo partido contra Dios y termina con el nervio ciático herido. No es el caso de Saramago, que nunca se ha dado por vencido y ha salido siempre indemne del combate. A sus 87 años sigue preguntándose y preguntando a los teólogos y creyentes qué diablo de Dios es este que, para enaltecer a Abel, tiene que despreciar a Caín.

Familiarizado con la Biblia, la judía y la cristiana, recrea con humor, un humor iconoclasta de lo divino y lo humano, algunas de sus figuras más emblemáticas. Lo hizo hace veinte años en El evangelio según Jesucristo. Vuelve a hacerlo ahora en la novela Caín, donde recrea literariamente el mito bíblico. La Biblia presenta a Caín como el asesino de su hermano Abel empujado por la envidia y a Dios como "perdonavidas". Saramago invierte los papeles del bueno y del malo, del asesino y del juez. Responsabiliza a dios (siempre con minúscula) de la muerte de Abel y le acusa de ser rencoroso, arbitrario y enloquecedor de las personas. Caín mata a su hermano no arbitrariamente, sino en legítima defensa, porque dios le había preterido en su favor. Y lo mata porque no puede eliminar a dios.

Se comparta o no esta lectura de la Biblia judía, creo que hay que estar de acuerdo con Saramago en que "la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios: ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros lo entendemos a él". ¡Excelente lección de contra-teología!

Cualquiera que fuere la responsabilidad de Caín en la muerte de su hermano, queda en pie la pregunta "¿dónde está tu hermano?". Y la respuesta no puede ser un evasivo "no sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?", sino, siguiendo con la Biblia, la parábola evangélica del buen samaritano.

Juan José Tamayo es premio Mundial del Presidente de Túnez 2009 por su libro Islam. Cultura, religión y política (Trotta, 2009).

Articulo:
http://www.elpais.com 17/10/2009

Alexander KLUGE/Los mundos objetivos de Kluge


Los mundos objetivos de Kluge
Por Alexander Kluge

Heiner Müller y la "figura del trabajador"

Heracles (Hércules), dice Heiner Müller, es el primero en encarnar la "figura del trabajador" en la mitología. Sumido en un estado de perturbación provocado por los dioses, mata "lo más preciado que tiene"; mata a sus hijos, mata a su mujer, prende fuego su casa. Enajenado, lo destruye todo "de manera espantosa".

Acto seguido y para expiar su culpa, se pone al servicio del tirano Euristeo quien -para desguazar al trabajador Heracles hasta volverlo chatarra, es decir para sacar rédito de él, más bien para: aniquilarlo- le encomienda doce tareas, todas ellas signadas por la imposibilidad, según cree Euristeo. Sin embargo, Heracles fracciona esa imposibilidad en pequeños pasos sucesivos, se acoraza frente a la duda y el dolor, y ejecuta los "trabajos". Heracles, dice Heiner Müller, añade a los trabajos una decimotercera tarea, desconocida para nosotros (la de liberar Tebas de los tebanos).

Se trata de una tarea que apunta a lo infinito, capaz de transformar los objetos e incluso de matar o barrer con lo que sea; es la figura de una "máquina viviente", que termina atrapada en una red impregnada de veneno que quema su interior. Por miedo al castigo, nadie se atreve a seguir la orden de Heracles de encender la hoguera sobre la que él se ha tendido. ¿A quién se le habrá ocurrido esto, pregunta Heiner Müller, un relato que transcurre mucho antes del tiempo en que Prometeo fue encadenado a las rocas del Cáucaso?

Sucede que de niño, este Heracles, hijo de Zeus y Alcmena, fue puesto a mamar del pecho de la diosa Hera mientras ella dormía. Tal vez porque, cansado de mamar, al quitársele la teta salpicó restos de leche, o porque la diosa engañada despertó de su sueño y arrancó al lactante de su pecho derramando leche, surgió el arco hercúleo conocido como Vía Láctea, que debe su nombre a esta historia de una noche de invierno.

Pero la investigación del centro de la Vía Láctea corresponde al campo de estudio de la astronomía. Hace poco, durante el Congreso de la Sociedad de Astrofísica en Aspen, Estados Unidos, Inge Werdeloff advirtió que en lo más profundo de la Vía Láctea se encuentra una TRAMPA GRAVITATORIA que induce los movimientos de los brazos espirales giratorios y las nubes de pesados neutrinos que se forman por encima del halo. Es una construcción orgánica, gigantesca, dice la Dra. Inge Werdeloff, y de ninguna manera una "máquina celeste". Toda interpretación mecánica de este trabajo del cielo, afirma, es descabellada. Dice haberlo escuchado de boca de autorizados disertantes.

Por sus propias investigaciones, la Dra. Rer. Nat. Werdeloff sabe (aunque, qué significa propias, si se necesita de la acción conjunta de cien de los raros espíritus de la astronomía para llegar a un resultado), que las potentes concentraciones de masa que llamamos trampa gravitatoria -porque encarnan la "codicia del universo", pues atraen para sí toda la materia y energía- sólo están constituidas de permeabilidad. La mecánica cuántica lo demuestra. Así, explica la Dra. Werdeloff, esta codicia manifiesta todos los síntomas de una "abstracta sed de placeres"; por donde se la mire, la trampa gravitatoria destila sustancia a través de sus poros. Esto hace que permanentemente surjan nuevos universos, mundos paralelos, que en su conjunto informan sobre la indulgencia de la naturaleza (Goethe). Así, el "Universo como figura del trabajador" no manifiesta tendencia alguna a moverse desde un punto de origen hacia el infinito o hacia un fin; se compone más bien de diversidad y simplicidad, de modo que la forma bajo la que se manifiesta siempre va acompañada de un contramovimiento, un mundo opuesto a la apariencia. Es así que, un Heracles profundamente frustrado carga sobre sus hombros las columnas del mundo. A la vez es de suponer que tales columnas han caído hace tiempo, pues ningún viajero de la actualidad puede divisarlas ya en el estrecho de Gibraltar. Esta circunstancia también inquieta a los muertos. Advierten que algo que ayer parecía ser el futuro, hoy ni siquiera parece existir como pasado, pero tiene que haber existido, porque de otro modo no viviríamos en este, nuestro mundo motorizado. Algo se ha vuelto invisible y no sabemos a quién deberíamos culpar por ello.

YO: Esto último no lo entendí.
MÜLLER: Sólo se refiere a Heracles como "figura del trabajador".

YO: ¿Acaso porque en el cosmos no se puede hablar de culpas ni deudas?
MÜLLER: Salvo en el sentido de un balance.

YO: Y no hay tal, porque no se pueden sumar los cuantos.
MÜLLER: De eso no entiendo nada. Pero, si te acercas a un oscuro muro de ese tipo, que todo lo atrae hacia sí, una poderosa barrera de oscuridad, verás un rayo que escapa del monstruo. Está prohibido, pero ocurre.

YO: Pero yo no diría que podría "verlo", porque ¿o bien observo el mundo de la trampa gravitatoria o bien el del rayo? ¿Nadie ve tal trabajo?
MÜLLER: Por eso tampoco es posible ver qué mamaba Heracles ni qué obnubiló tanto sus sentidos, que destruyó "lo más preciado que tenía".

YO: No, no es posible ver las dos cosas al mismo tiempo.
MÜLLER: Pero uno sabe que ha observado mal, si sólo hay una.


La metáfora de la ACUMULACIÓN ORIGINARIA (según Marx) o De cómo presuntamente se originó la disciplina industrial

-¿Usted considera a Karl Marx un poeta?
-Un poeta de gran talento.

-¿Sentado en la biblioteca más imponente de Londres, extracta fragmentos de historia y escribe un relato en clave poética alrededor de esos núcleos de fantasía?
-Es el rasgo que atraviesa toda su teoría.

-¿No está siendo injusto al degradar a este materialista científico tildándolo de poeta?
-¿Cómo que degradar? Una metáfora poética es la forma por excelencia del entendimiento. En el siglo XVI, son arrasadas las viviendas y cottages de los campesinos en las praderas de Gran Bretaña, expropiados los campos y cercadas enormes superficies. Donde alguna vez vivieron hombres, pastan ovejas. Así lo describe Marx.

-¿Eso es la "acumulación originaria"?
-La superficie del suelo sólo se aprovecha si sobre ella pastan ovejas, cuya lana se consume en Holanda, donde florece el capital.

-Eso genera retorno.
-Es necesario acumular un patrimonio originario, expresable en dinero, para que pueda ponerse en movimiento el proceso de intercambio. Esto puede suceder incendiando las fincas, obteniendo una ganancia del 2000% de mano del tráfico de opio con China, por medio de la trata de esclavos o el saqueo. Algún tipo de APROPIACIÓN ORIGINARIA tiene que haber.

-Y ésta conlleva sufrimiento.
-El sufrimiento fomenta el ingenio. Aquellos a los que les incendiaron las viviendas, los expropiados, fluyen en masa a Londres. A los que se la rebuscan por medio del robo, los vagos y holgazanes, les espera la horca. El resto desarrolla la fuerza de la creatividad a partir del sufrimiento. Comienzan a trabajar, es decir: en el campo de sus predisposiciones labran un área de disposición para el trabajo, que produce facultades especiales (como en un invernadero).

-¿Un tesoro dentro de los hombres?
-Sí, creo que Marx quiere decir eso.

© LA NACION
[Traducción: Carla Imbrogno]

El original en idioma alemán integra la serie de relatos Geschichten für Marx-Interessierte ("Historias para interesados en Marx") que acompaña el DVD de la película Noticias de la Antigüedad ideológica. Marx - Eisenstein - El Capital (Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 2008).

Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 17/10/2009

Mariano ESTRADA/Vientos de soledad


Mariano Estrada Vázquez Nací en 1947, en un pueblo de Zamora llamado Justel. Es natural de Muelas de los Caballeros (Zamora) y ha publicado los poemarios «Mitad de amor, dos cuartos de querencias» (1984), «El cielo se hizo de amor» (1986), «Tierra conmovida» (1987), «Trozos de cazuela compartida» (1991), el ensayo «Paco Llorca, semblanzas del arte» (1993) y «Azumbres de la noche» (1993).Ha publicado en papel los poemarios "Desde la flor del almendro" (1995), "Hojas lentas de otoño" (1997) y "Amores colaterales".

Por otra parte, algunos libros que han sido parcial o totalmente publicados en Internet, como "Vientos de soledad", "El limón hespérico" y actualmente escribe "Gotas de hielo" y también un ensayo titulado "Aguablanca, caminos de ida y vuelta", otro titulado "La patrias de dulcinea", junto ha algunos cuentos y numerosos artículos de variada índole

Sitio :
http://www.mestrada.net/
E-mail : maritos@telefonica.net

Sobre
Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Mariano+Estrada+V%C3%A1zquez+


Vientos de soledad, poema que dio título a un libro

Éste es el poema que le da el título al libro “Vientos de soledad”. Fue Accésit en el Premio de la Poesía Festa D’Elx, en 1984. O sea que debí escribirlo a principios de los 80. Tiene un magnífico pps de Mar, y éste sí es reciente:

menos de dos años. Podéis verlo en esta página de Google, donde están por orden alfabético:

http://groups.google.com/group/paisajes-literarios/files


Un abrazo


Vientos de soledad

Me despierta el aire,
me despierta el viento,
todas las mañanas
y a cada momento.

Oigo tus quejidos,
oigo tus lamentos,
oigo que estás sola,
sé que estás sufriendo.

Sin embargo el alma
donde está ese duelo,
se te esconde, muda,
en la voz de adentro.

Ésa no la oigo,
ésa no la siento,
ésa está callada
cuando sopla el viento.

En la sima honda
de tu amargo pecho,
se te muere toda,
se te va muriendo.

Y tus ojos lloran
como llora el viento,
sin saber si es malo,
sin saber si es bueno.

Que de nada vale
vaciar el pecho,
si se saca el agua,
si se deja el cieno.

Porque el aire pasa,
porque pasa el viento,
sin notar siquiera
lo que llevas dentro.

Y tus llantos callan
ese polvo extenso
que te pesa en barro
lo que en carne un muerto.

Si me miras, mira
con mirar entero;
en los ojos, alma,
en el alma, fuego.

Y si son tus labios
los que se hacen verbos,
lléname la boca
de huracán y truenos.

Que me da tristeza
resbalar del sueño
por el aire sólo,
sólo por el viento.

Saca de tu entraña
todo el sufrimiento;
sácalo con vida,
no lo ahogues dentro.

Sácalo a los ojos,
sácalo a los besos,
dámelo en abrazos
cuando me despierto.

Dámelo en temblores,
dámelo en anhelos,
quédate desnuda,
rásgate de velos.

Dame con la carne,
dame con los huesos,
con la voz más honda
de tus sentimientos.

Noches y mañanas
y a cada momento,
cuando sople el aire,
cuando gima el viento.

Accésit en el Premio de la Poesía Festa D’Elx, 1984

Juan Carlos GÓMEZ/Witold GOMBROWICZ, César AIRA & Roberto BOLAÑO

César AIRA

E-mail: junacagomz@yahoo.com.ar

Juan Carlos GOMEZ sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=GOMBROWICZIDAS+


GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ, César AIRA & Roberto BOLAÑO
Por Juan Carlos GÓMEZ

¿Qué hubiera pasado con el Pato Criollo si en vez de enamorarse de Lamborghini se hubiera enamorado de Gombrowicz? La clase de actuación que eligió el Pato Criollo desde joven lo lleva a declarar de vez en cuando que se le acabó la cuerda. El Pato Criollo es un hombre de letras que, igual que el Pterodáctilo, divide la aguas en forma profunda, ocupando uno de los extremos de las opiniones el Niño Ruso y otro Roberto Bolaño.
“Hay conexiones con Gombrowicz en su excentricidad, en su libertad, en muchas cosas. No son iguales, claro, nadie lo es (...) Yo lamento la ausencia de los conocimientos filosóficos que tan bien maneja Aira y que le dan un peso especial a sus novelas, como ‘Cumpleaños’. Aira es el más importante y radical de los nuevos autores latinoamericanos y a mí, que estoy en el umbral de los setenta años, leerlo me da una gran sensación de libertad”

Esta declaración tan entusiasta del Niño Ruso me dio ánimo para ponerme en contacto con el Pato Criollo del que ya sabía que había quedado deslumbrado con las cartas que me había escrito Gombrowicz. No sin cierta renuencia, pero animado seguramente por ese entusiasmo prologó “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, un libro en el que se hacen reflexiones sobre el “Diario”.
Las cartas que me escribió Gombrowicz y su “Diario” fueron entonces los que inspiraron al Pato Criollo para escribir unas cuantas páginas sobre Gombrowicz, un verdadero problema del que no salió del todo indemne, un poco por su propia culpa y otro poco por culpa mía. El prólogo del Pato Criollo resultó ser, de acuerdo a como es su estilo un tanto enigmático, ciertamente incomprensible.

A pesar de los ruegos reiterados que le estuvimos haciendo durante un cierto tiempo tanto yo como mi propia familia, no hubo caso, el Pato Criollo no supo no quiso o no pudo cambiarlo, mejor dicho, le cambió algunas palabras pero el resultado fue más o menos el mismo. Hay hombres que piensan observando el mundo, y otros que piensan después de leer un libro.

Una de las ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de leer, pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen. Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es cierta. Él mismo no le tenía mucha simpatía a la lectura, acostumbraba a decir que nunca había terminado de leer un libro porque los libros lo aburrían.

Mientras la actitud de Gombrowicz respecto a la lectura era distante, la del Pato Criollo no lo es, al contrario, pasa por ser, según las opiniones autorizadas del Niño Ruso y del Hombre Unidimensional, el escritor hispanohablante más leído por lo que lee, no así por lo que es leído.
Las obsesiones de Gombrowicz y del Pato Criollo respecto a la lectura, con una actitud distante porque lo aburría la de Gombrowicz, y con una actitud realmente apasionada la del Pato Criollo, desembocaban muchas veces en actitudes un tanto ingratas. Por acá, en la Argentina, los gestos de gratitud de Gombrowicz no fueron muy frecuentes, al punto que el consejero cultural de la Embajada de la Argentina en París se lo echó en cara al consejero cultural de la Embajada de Polonia.

Se le pueden contabilizar, sin embargo, algunos regalos: una escultura de yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un libro de pinturas, una sandía con su firma, un arrodillamiento conmovedor para agradecer cinco litros de kerosene, y una cantidad considerable de dedicatorias que estampaba en cualquier tipo de libros. El Pato Criollo es más ingrato que Gombrowicz.
Cuando viaja a Francia es recibido a cuerpo de rey en Grenoble, en la casa de su colega y amigo Michel Lafont, pero no da ninguna señal de gratitud. Todos los días, después de tomar el desayuno, en vez de hacerle los cumplimientos a Michel y a su esposa que hacen lo imposible para agasajarlo, el Pato Criollo hurga en la biblioteca y se pone a leer hasta el mediodía.

En Grenoble podría ser más considerado y mantener alguna conversación agradable con los anfitriones, pero no lo hace. A la hora del almuerzo la señora se desvive por prepararle comidas exquisitas, es un esfuerzo vano, al Pato Criollo no le sale ni el más mínimo gesto de agradecimiento. Gombrowicz, en cambio, cuando era homenajeado con una buena comida, dedicaba libros con el menú.
Gombrowicz no se parecía en nada a Lope de Vega que escribía una obra en una sola noche y, para no ir tan lejos ni tan atrás, tampoco se parece al Pato Criollo, uno de nuestros escritores más prolíficos que no llega a escribir una obra por noche pero le anda raspando. Esta dificultad para asomar la cabeza con sus escritos lo hacía sufrir, no tenemos que olvidarnos que Gombrowicz era más bien un hombre de ágora que un hombre de claustro.

“Qué extraño, que no leas. Yo prácticamente no hago otra cosa (...) Pero estoy seguro que vas a leer esta carta. Si yo fuera una de esas pedagogas insistentes, se me ocurriría un truco para hacerte leer: tomaría una buena novela, por ejemplo ‘La Montaña Mágica’ de Thomas Mann, y te la iría mandando de a una página por día en un sobre; si encuentro una oficina de correos que abra los domingos, me llevará tres años, si no, cuatro”

Un poco por este truco del Pato Criollo con el que me quería obligar a leer y otro poco por el hecho de que en cada uno de los miembros del club de gombrowiczidas debe anidar algo de esa impotencia que tenía Gombrowicz que le impedía terminar de leer los libros, la cuestión es que se me fue ocurriendo la idea de escribir los gombrowiczidas, una idea que también me permite entrar y salir de Gombrowicz con alguna soltura.

A pesar de la desenvoltura con la que escribe el Pato Criollo y la facilidad con la que consigue que le publiquen lo que escribe, conoce perfectamente bien las contrariedades que padecen muchos de sus colegas escritores. En una de sus novelas más logradas narra las desventuras de un joven escritor cuyo destino queda ligado a la conducta contradictoria de un editor.
El editor recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una historia que le parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de dos semanas, pero las cosas no suceden así. Los contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor aumentan con el transcurso del tiempo.

Pero es justamente el transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de joven promesa a la de autor entrado en años y, como si fuera poco, de un escritor malogrado, una historia con un marcado aire kafkiano que me trajo a la memoria “Un artista del hambre”. Kafka narra en este cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya nadie se interesaba por él, y lo barren junto a la basura, un final que surgiere hasta cierto punto un parentesco entre este pobre faquir y los escritores malogrados. Hace unos años Carlos Fuentes andaba desparramando a los cuatro vientos que en poco tiempo César Aira recibiría el Premio Nobel de Literatura pero, el tiempo está pasando y la delicada maquinaria de precisión que ha montado su agente literario alemán no es suficiente para alcanzar este propósito.

Al Pato Criollo le está ocurriendo con los premios lo mismo que al autor malogrado le ocurría con el editor contradictorio, y tiene miedo de correr la misma suerte del ayunador en el cuento de Kafka, es decir, tiene miedo de que lo barran junto a la basura. Este miedo despertó en el Pato Criollo el deseo de escribir una ópera magna, una novela a la que dio en titular “Las aventuras de Barbaverde”, pero no alcanzó su propósito y quedó decepcionado. Todo comienza y termina en la ciudad de Rosario, en la que un periodista joven recibe el encargo de entrevistar al señor Barbaverde hospedado en el Hotel Savoy y cuyo rostro nadie había visto jamás, un verdadero representante del bien que intenta detener los diabólicos designios del representante del mal por excelencia, el malvado profesor Frasca, que se propone dominar al mundo desacreditando el poder del señor Barbaverde haciendo todo lo posible para que nadie lo tome en serio.
Obedeciendo las órdenes de Frasca aparece un salmón de grandes proporciones sobre el cielo de Rosario, mientras otros fenómenos también perturbadores atentan contra el orden del cosmos: aparecen juguetes que se transforman en personas, personas que se desprenden de una pantalla, las pirámides de Egipto se multiplican y avanzan por el desierto... un gran desorden hace peligrar a la humanidad.
El tremendo volumen del gran salmón lo hace visible desde cualquier parte de la tierra, había surcado la inmensidad del espacio a la velocidad de la luz con el malvado propósito de estrellarse en Rosario y con la intención de destruir el mundo, justo enfrente de esa ciudad que Gombrowicz despreciaba olímpicamente por su monstruosidad, pero que el Pato Criollo amaba tanto.

Yo creo que el propósito del malvado profesor Frasca hubiera entusiasmado muchísimo a Gombrowicz, no así al Pato Criollo que le opuso la voluntad del representante del bien, el señor Barbaverde, para que no realizara el mal en Rosario y tampoco en la tierra. En todo caso, para presentar “Las aventuras de Barbaverde” el Pato Criollo viajó a España e hizo declaraciones a los periodistas tan melancólicas como paradojales, mientras se encaminaba a la editorial Mondadori para encontrarse con sus colegas de letras de molde.
“La literatura comercial debe tener como condición ineludible una completa sinceridad, pues si hay una gota de ironía el lector lo huele de lejos y deja la novela. Ésta es la razón por la que mis libros fracasan totalmente, pero ya estoy resignado a eso (...) No es mi intención reírme del mundo, no sé bien para qué escribo, pero sería más bien para una exploración de mí mismo, para entenderme y para entender mi vida (...)”

“Se me acabó la cuerda, como lo que hacemos los escritores no tiene un fin práctico, las ganas que tengo de escribir se me están terminado, son muy volátiles”
El grado de indefensión que expresan estas declaraciones de un hombre de letras tan encumbrado como el Pato Criollo es equivalente a su debilidad infantil, una forma decadente que por fin alcanza el extremo que ocupan las opiniones un tanto negativas que tiene Roberto Bolaño sobre él.
“Una línea en juego de la literatura argentina actual o postborgiana es la que inicia Osvaldo Lamborghini, un escritor que designó como albacea literario a su discípulo más querido, César Aira, que viene a ser lo mismo que si una rata dejara como albacea testamentario a un gato con hambre (...)”

“Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza obras memorables, como el cuento ‘Cecil Taylor’ o la nouvelle ‘Cómo me hice monja’, pero que en su deriva neovanguardista y rousseliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida (...)”
“La prosa de Aira, que se devora a sí misma sin solución de continuidad, hace gala de un acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida”

Seguramente amargado por estos contratiempos, el Pato Criollo hizo recientemente declaraciones amargas en la Feria Internacional del Libro de México.
“He creado un personaje que algunos se lo han creído. Para eso me ha servido la literatura (...) He jugado al escritor maldito, era un mito que existía en los años sesenta, creo que en Argentina la última que lo encarnó plenamente fue Alejandra Pizarnik, de esos escritores que gustan de quemarse en su propio fuego y que mueren jóvenes.”

En medio de este clima macabro y cuando ya todo parecía perdido, Ginés González García, el embajador argentino en Chile le da una mano al Pato Criollo. Como ya es habitual, la Feria del Libro de Santiago contará con un amplio contingente de escritores invitados que esta vez sobrepasa los doscientos entre chilenos y extranjeros.

Entre estos escritores se encuentran unos pocos nombres de trascendencia o más resonantes, en medio una amplia cantidad de autores menos conocidos o emergentes. Entre los primeros destacan el mexicano Carlos Fuentes, el chileno Nicanor Parra y el español Ray Lóriga, entre otros, además de una masiva concurrencia de autores del invitado de honor que es la Argentina.
Según explica Ginés González García, “no tenemos una gran cantidad de escritores laureados con grandes premios que estén vivos”, por lo que el énfasis transandino no estará en nombres estelares, sino en un abanico más amplio. En éste destaca a las que califica como “joyas ocultas” de la literatura argentina, y nombra como ejemplo a César Aira.

Elizaveta MIJAILOVNA/Escapar de los bolcheviques



Historia / En primera persona
Escapar de los bolcheviques
Por Elizaveta Mijailovna

En Memorias de otra princesa rusa, que Ediciones de la Flor publica el mes próximo, la autora, madre del fotógrafo Anatole Saderman, narra su infancia en la Rusia zarista, la huida en 1917 y su llegada a Buenos Aires. Aquí, un fragmento

Y realmente, al volver después del verano a Moscú, encontramos allí un aire pesado, como en vísperas de tormenta. Todos hablaban a media voz, parecían ocultar algo, guardando para sí sus tristes presentimientos, y ya nadie pensaba en diversiones. Los teatros y otras distracciones se volvían cada vez más escasos, desde luego sin contar el teatro de Stanislavsky del cual éramos antiguos abonados: lo seguimos siendo, efectivamente, desde los días de su fundación hasta los últimos días de nuestra estadía en Moscú.

A poco de nuestro regreso de Crimea, papá y tío Mitia se fueron al Cáucaso y de allí a Sochi. En el escaso mes de su ausencia se produjeron grandes cambios: a mediados de octubre se desencadenó la revolución en Petrogrado y luego en Moscú.

Este suceso inesperado nos tuvo particularmente alarmados, ya que a papá le tocó volver bajo un tiroteo en las calles de Moscú, y es indescriptible lo que hemos padecido hasta que, de pronto, llamó el teléfono y era papá que nos hablaba desde la casa de unos amigos, que se encontraba entre la estación y nuestro hogar.

Tardaron varias horas hasta llegar a casa, bajo este tiroteo, guareciéndose de las balas en los zaguanes de paso. Fue una gran dicha verlos finalmente en casa, contando los horrores que les había tocado vivir.

Desde este momento la vida pareció haberse detenido, hubo una paralización total. Moscú parecía vacía y muerta, mientras que en Petrogrado todo parecía hervir: las viejas autoridades cambiaban de una manera salvaje y extraña.

Los bolcheviques habían vencido. En febrero el Zar firmó la Constitución y el pueblo salió a la calle jubiloso, con escarapelas rojas en los ojales. Los conocidos, al encontrarse en la calle, se abrazaban, pero recuerdo que uno de ellos quiso echar un balde de agua fría sobre nuestros ánimos exaltados, afirmando que era demasiado prematuro festejar los acontecimientos. Por lo visto, este amigo sabía bien cómo se desarrollaba un movimiento revolucionario, pero mientras tanto, la revolución era un hecho. (Evidentemente, Nona confunde varias fechas: lo de la Constitución se remonta a la Revolución de 1905, y tampoco la firmó. Las escarapelas rojas y los abrazos en las calles eran fenómenos de la Revolución de febrero de 1917, cuando el Zar fue destronado. La vuelta de papá del Cáucaso coincidió con la Revolución de octubre del mismo año, ganada por la fracción bolchevique del Partido Social Demócrata. N. del T.)

Esta primera alegría se trocó luego en un año de penurias. En este lapso fueron requisados todos nuestros bienes. Al tío Samuel Katzevich le quitaron su comercio de ocho pisos, a su familia la echaron de su lujoso palacete, permitiéndoseles sólo llevarse a cada uno una pequeña valijita de mano, y por más que las chicas imploraron que se les permitiera llevar sus bicicletas, esto no fue admitido. Se mudaron a otra casa de su propiedad, y empezaron a pensar en la huida.

Esto no era fácil, ya que había una estricta vigilancia de "burgueses y ricachones".

Finalmente se pudo rescatar al tío Samuel, cosa que le costó a papá un tremendo esfuerzo y una considerable suma de dinero, y fue organizada su fuga al extranjero. Simultáneamente, también nosotros nos aprontábamos para la fuga. De todos lados llegaban noticias terribles. Eran muy escasos los fugitivos que lograban llegar hasta la frontera con vida: eran despojados de todos sus bienes y ultimados. Pero papá decidió emprender la fuga, y con nosotros todos los Katzevich y la familia del tío Arkady.

Éramos cuatro familias que se pusieron en marcha guiados por un "combinador", un judío polaco, probablemente un lejano pariente de la tía Sonia Katzevich que también viajaba con nosotros. Además de una gran familia, viajaban con nosotros dos institutrices -una de Nina y la otra de Ira- y nosotros llevábamos a nuestra mucama Pasha.

Nuestro camino nos llevaba a Minsk, aún ocupada por los alemanes, y decidimos esperar allí hasta que los bolcheviques fueran derrotados, calculando que esto llevaría entre tres y seis meses. ¡Qué manera de errar el cálculo! En octubre de 1948 se cumplieron treinta y un años de nuestra expatriación, de lo que se puede deducir que tras no pocas y penosas aventuras, pudimos llegar vivos a la ciudad de Minsk.

No veo mucha razón en describir ese último año en Moscú, bajo el régimen bolchevique. Ustedes, hijos míos, ya eran lo suficientemente grandes como para recordar que, prácticamente, no nos faltó nada. Papá conseguía todo lo que era necesario para nuestra manutención. Teníamos bolsas de harina y siempre había gran cantidad de otros productos.

Pero se me oprimía el corazón cuando llegó el momento de despedirme de la vieja niñera Katia. Recuerdo bien el último momento: los chicos fueron despachados con anterioridad para no provocar las suspicacias de los porteros y algunos vecinos que eran grandes enemigos de los "burgueses".

Por última vez recorrí todas las habitaciones, despidiéndome de todas las cosas porque, dígase lo que se diga, el corazón presentía que nunca más volveríamos a ese hogar.

Nos dimos un último y muy sentido abrazo. Pensar que ella vivió con nosotros más de treinta y cinco años, me había criado, fue la que me enseñó las primeras letras. Se sentía muy herida por el hecho de que llevábamos con nosotros a la mucama Pasha y no a ella. Me costó mucho trabajo convencerla de que a nadie más que a ella podía yo confiar todos nuestros bienes, y con este argumento quedó algo tranquilizada.

Y, realmente, ¡cuántos bienes de valor tuvimos que dejar a los bolcheviques! Pero poco a poco Katia empezó a sacar de los armarios algunas cosas, tales como buenos manteles, cortinas sobrantes, abrigos de piel, y los fue llevando a la casa de la tía Mania, la que unos años después nos los trajo a Berlín, junto con un vaso lleno de brillantes que ella, enseguida de nuestra partida, escondió en la tierra de un macetón con plantas.

[Traducción: Anatole Saderman]
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 17/10/2009

María Rosa LOJO/Una decidida letra femenina


Crítica de libros / Testimonio
Una decidida letra femenina
Por María Rosa Lojo

"He intentado ser fiel a la verdad, pero mi verdad no tiene por qué ser la verdad de todos, y menos aún han de coincidir mis puntos de vista con los ajenos. Puede además fallarme la memoria: ni siquiera los recuerdos de mi hermano coinciden con los míos cuando rememoramos un pasado por ambos compartido..."

Con estas palabras liminares, Esther Tusquets (Barcelona, 1936), legendaria editora de la la casa Lumen, sintetiza la paradoja de las memorias y de toda reconstrucción autobiográfica. La mayor debilidad que se achaca a este tipo de escritos, siempre indecisos entre la imaginación y el testimonio, es también su mayor riqueza: la perspectiva única e irrepetible, el pasado visto por intermedio de un sujeto determinado y apasionadamente comprometido. Antes considerada "hermana menor" de la llamada "alta literatura", junto con otras modalidades afines, como los diarios o el relato de viajes, las memorias ocupan un lugar cada vez más relevante en el canon literario.

Libros como el de Tusquets ejemplifican hasta qué punto este lugar es bien merecido. Por momentos, Habíamos ganado la guerra resulta pariente cercano de otras memorias ( Mundo, mi casa , La vida cotidiana ) de una autora argentina: María Rosa Oliver. No sólo por sus cualidades literarias, sino también por una reacción similar respecto a la clase privilegiada de la sociedad a la que ambas pertenecen. Oliver y Tusquets, hijas de la alta burguesía, se vuelven críticas de los valores dominantes en su entorno.

Sin renunciar al despliegue de un vasto friso social y familiar, con personajes inolvidables (la Abuelita, los tíos Sara y Víctor, la madre, el Señor Jiménez, el tío Juan...), la voz narradora es fuertemente autorreferencial. Una niña hipersensible, miedosa, insegura y torpe en el mapa de los objetos, que admira con locura a su madre, pero nunca llega a sentirse plenamente amada por ella, ocupa el primer plano y muestra un mundo traspasado por sombras y maravillas. Un mundo jerárquico, donde el límite de clase es una barrera infranqueable. Eso, y la sensación de que ella también es una derrotada nata, porque nunca está ni estará a la altura de las expectativas maternas, es lo que la lleva a sentirse parte del bando de los vencidos, a pesar de haber nacido entre los vencedores.

Tusquets cumple en este libro el objetivo que se propuso Victoria Ocampo: escribir como una mujer. Pero no por las "malas razones" que el prejuicio suele asociar a los libros escritos por mujeres. No hay aquí ni temas remanidos ni cursilería. Hay, por el contrario, una perspectiva crítica de género, en el mejor sentido de la expresión, una mirada atenta al mundo femenino, a sus complejidades y a sus condicionamientos históricos, que no es frecuente entre los varones escritores. Quizá porque, como señala mordazmente la narradora al referirse a las virtudes de su primer gran amor, Jiménez, son "escasísimos los hombres a los que las mujeres les gustamos de verdad, no sólo para la cama".

Una madre atípica, ajena a los parámetros del ama de casa convencional, y malcasada con un hombre que hubiera podido ser excelente marido para cualquier otra pero no para ella; una abuela dominante y magnífica como una reina, una tía con vocación empecinada por la miseria y la desdicha, en brutal contraste con la alegre inclinación de su hermana por la belleza y el placer; una "pobre huerfanita", Teresa, señorita madura, de familia decente venida a menos, auténtica en su desvalimiento e ingenuidad, que resguarda su dignidad en la pobreza con un trabajo de niñera dominical, son algunos de los memorables retratos femeninos que, al lado de otras figuras (criadas, profesoras, amigas), constituyen uno de los mayores aportes de la obra.

Otro mérito es el tratamiento de la postura ideológica de los personajes. Aunque la narradora, adulta, se halla convencida de su oposición al franquismo de sus padres o al filonazismo de opereta del tío Víctor, no por eso aparecen demonizados éstos y otros caracteres (como el tío sacerdote Joan Tusquets, fundador de la primitiva Lumen, antimasón y antisemita en una época de su vida, pero también culto, inteligente). Todos ellos son plenamente humanos, amables y detestables.

Con Habíamos ganado la guerra , Tusquets añade a su reconocida obra de creación un libro decisivo para la comprensión de una clase social y de la posguerra civil española.

© LA NACION

Habíamos ganado la guerra
Por Esther Tusquets
Bruguera
278 Páginas
$ 48


Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 17/10/2009

Jorge URIEN BERRI/Crítica del fanatismo puro


Críticas de libros / Ensayo
Crítica del fanatismo puro
Por Jorge Urien Berri

En El segundo avión , libro que reúne sus artículos periodísticos sobre el 11 de septiembre de 2001, además de dos relatos, el escritor inglés ataca el fundamentalismo islámico con argumentos llamativamente precarios

Si Martin Amis no fuera un exitoso novelista inglés mimado por la prensa, este libro no existiría -tampoco esta reseña- y The New Yorker , The New York Times , The Guardian , The Observer y The Times jamás habrían publicado los doce artículos y dos cuentos ahora reunidos en El segundo avión. 11 de Septiembre: 2001-2007 , del que los editores españoles astutamente eliminaron el subtítulo inglés: Terror y aburrimiento.

El terror lo aporta el fundamentalismo islámico a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, tema excluyente de estas piezas publicadas desde la semana posterior a los atentados hasta 2007. Amis relata y explica el espantoso y obvio peligro del terrorismo islámico con llamativa precariedad analítica y primitivismo ideológico -de Amis, no de los terroristas- y una sorprendente dificultad para hacerse entender cuando pretende profundizar. El esfuerzo es vano: todos vimos fundirse las Torres Gemelas y ahora comprobamos la pérfida sofisticación de los terroristas al ver qué han hecho con el pobre Amis, quien de todos modos venía haciendo agua después de sus primeras novelas.

Sin piedad, los fundamentalistas islámicos lo han reducido a un igual, casi tan fanático como ellos. Aunque aquí se presenta como un "islamismófobo" y no un "islamófobo", rezuma fobia al islam. Está en todo su derecho. Un escritor puede cuestionar o defender lo que quiera, hasta lo más aberrante. Lo que no puede es escribir con tanta tosquedad y pobreza argumental. Por ejemplo, puede decir lo que se le ocurra de los talibanes afganos, pero no puede limitarse a describirlos sólo como "esos patanes sanguinarios".

Con la brevedad del relámpago, cada tanto irrumpen en sus artículos ramalazos de sentido común: las torturas por parte de Estados Unidos a los prisioneros de Abu Ghraib equivalen "a una batalla perdida", la de Irak es "una guerra equivocada" que permitió la reelección de un Bush tan ebrio de poder como Tony Blair y que se decidió porque Bagdad carecía de armas de destrucción masiva.

Hablando de Tony Blair, una extensa nota relata sus encuentros y viajes con el ex primer ministro británico, en la que fracasan el escritor y el periodista, y entre los muchos "Tony me dijo" y "Le dije a Tony" -Tony dice mucho menos que Martin- apenas queda dibujado un Blair híbrido y de mirada gélida.

En cuanto a los dos cuentos del volumen, Amis no lo dice aquí, pero iba a incluirlos en su novela La Casa de los Encuentros (2006) y a último momento cambió de idea. "En el Palacio del Fin", las únicas diecisiete páginas rescatables del libro, narra en un tono kafkiano los sufrimientos de uno de los tantos dobles del hijo de un tirano, seguramente basado en Uday Hussein, hijo de Saddam.

El otro relato, "Los últimos días de Mohamed Atta", parece un mal chiste. Atta, secuestrador y piloto del primer avión que se estrellará contra el World Trade Center, es un terrorista muy malo, nunca ríe, goza torturando moralmente a sus camaradas y el 11 de septiembre de 2001 hacía cuatro meses que "no movía el intestino". Adivinen cuándo despierta "la irreprimible ira de sus tripas". Una fallida vuelta de tuerca final trata de rescatar este cuento absurdo.

En manos de Dostoievski y Conrad el tema del terrorismo ha dado a la ficción obras maestras, y a Gore Vidal le ha permitido escribir artículos de suma lucidez. A Amis lo ha dejado fuera de combate tal vez porque, como dice aquí, "el terrorismo mina la moralidad. Y, después, la razón".


© LA NACION
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 17/10/2009