lundi 15 juin 2009

Manual para ser un blogger exitoso

Manual para ser un blogger exitoso
Consejo de fritz berger ch.

o se quede ahí parado en medio de la autopista de la información. Podría usted ser arrollado por un adolescente de acné contumaz que desde una mísera Pentium III y robando WiFi le esté dictando su agenda virtual. ¿No le gustaría estar del otro lado del mostrador? ¡Sea usted el bloguero!

Pero, ¿qué tengo de importante que decir?, se preguntará usted con toda razón. La respuesta es una sola: nada. La buena noticia es que no necesita más. He aquí el cómo.

1.- Prevenir es curar.-
Los verdaderos enemigos de la blogósfera no son ni la prensa escrita ni el apresuramiento por publicar, como tanto se ha predicado. Sus enemigos son la dispepsia, la tendinitis y la caspa. De todos los males acaso la dispepsia sea el más fácil de enfrentar. El solo instinto de evitar orinarse encima obligará a forzada caminata de la PC al baño, desplazamiento más que suficiente para generar el adecuado alivio, y acompasada
motilidad, de todo contenido intestinal.

La tendinitis requiere alternar la rutina del tecleo permanente con algún otro tipo de actividad manual recreativa. Creo que no necesito entrar en detalles al respecto. Y finalmente, el creciente espaciamiento entre duchas logrará que naturalmente el número de hojuelas de células capilares muertas aumente exponencialmente.

Como anécdota podría referir el caso de un exitoso blogger local al cual candorosamente pregunté dónde había conseguido un determinado modelo de teclado en color blanco, adminículo imposible de conseguir. ¿Blanco?, fue su respuesta antes de soplar sobre el mismo y revelar su verdadera tonalidad negra azabache. Con esto quiero decir que la mejor medida a tomar ante la caspa es rascarse. Pero sin violencia, para que el placer sea duradero compañero de esas largas jornadas blogueriles.

2.- Replantee la pirámide nutricional.- La pirámide nutricional del bloguero tiene su base compuesta de lo que podría llamarse «comida de grifo», a saber: golosinas, cigarros, bebidas energizantes y eventualmente un plato de fondo, tipo un triple de huevo, palta y pollo con fecha de caducidad no superior al mes de vencida. Los escalones centrales de esta jerarquía contendrían alimentos que suponen ya un grado relativamente sofisticado de preparación, tales como la canchita, el huevo frito y las tostadas con mantequilla. Y coronando el orden alimentario, graficando que una dosis mínima de su ingesta representa una cantidad máxima de potencia y sustento intelectual, reside solitaria y omnipotente la sopa Ramen. Sus ingredientes, además, estimulan la producción de caspa.

3.- Desarrolle profundo conocimiento de la obra de Jorge Luis Borges.- Habiéndose comprobado que pasar más de cinco horas frente a la pantalla incrementa sustancialmente la presión de los fluidos al interior de los ojos, comprimiendo los nervios ópticos y por lo tanto propiciando el glaucoma y, por ende, la ceguera irreversible, resulta prudente estar anteladamente familiarizados con la obra del genial invidente argentino.

4.- Honre sus influencias.- El bloguero a carta cabal sabe bien que le debe agradecimiento eterno a dos gigantes de la informática contemporánea por igual, sin preferencias ni miramientos: Apple y Windows.

Apple tuvo la visionaria idea de incorporar la opción del copy/paste en los sistemas operativos de sus primeras MacIntosh. Lucidez luego amplificada cuando Windows incorporara el mismo concepto bajo los comandos X, V y C respectivamente. El bloguerismo sería impensable sin la primordial interpretación del conocimiento como un patrimonio universal de usufructo público. Ahora bien, la necedad institucionalizada, a base de artificios dirigidos
a sembrar el pánico libertario mediante el temor a la reparación civil, ha logrado ciertas leguleyadas que el bloguero avisado no puede ignorar: por más que le duela, consigne sus fuentes así sea en microscópica tipografía de 4 puntos, de esa que hace llorar a quien la lea.

El gesto no le impedirá conservar la certeza hacia sus adentros de que una buena apropiación no es sino una versión mejorada de un original. En una palabra, arte.

5.- Deje a su novia.- El bloguero responsable y leal a su oficio tiene muy claras sus prioridades. Y entre ellas no figura, ni siquiera cerrando la lista, el tema sentimental. Menos aún andar dando cuentas de en qué se invierte tanto tiempo a solas con la computadora. Para cualquier otro fin práctico, las respuestas vienen con el territorio.
Fisiológicamente hablando el tema se resuelve con los años, cuando el bloguero de oficio aprende a tipear con una sola mano. Psicólogicamente es mucho más fácil y rápido establecer una conexión espiritual con chicatragasables@xxxxx.com y su web cam de lo que uno se imagina. Lo que hace una mirada.

Para consultas:
doctor.fritzberger@etiquetanegra.com.pe

Articulo:
http://www.elboomeran.com 25/05/2009

Inmaculada DE LA FUENTE/¡Qué alegría, qué tristeza!


REPORTAJE: Infantil y juvenil
¡Qué alegría, qué tristeza!
Por Inmaculada DE LA FUENTE

Libros con aventuras, intrigas o historias cotidianas que ayudan a los niños a reconocer y manejar sus emociones, mientras los padres reciben claves para mejorar la educación afectiva de sus hijos

No es fácil poner nombre a las emociones a los seis o a los ocho años. ¿Qué siento cuando estoy... contento, furioso o muerto de miedo? ¿Qué me pasa? ¿Cómo saberlo? El adulto no siempre sabe interpretarlo. Como mucho, la pista de una rabieta, o la creciente excitación ante algo que acontece o que va a suceder en unas horas. Pero si los libros explican el mundo, no podían dejar de desentrañar las emociones. Además de historias de ficción pura, los niños cuentan ya con ensayos elementales o relatos en los que se filtra algún mensaje educativo a la carta. Una tendencia a la que se suman cada día más editoriales.

Hace ya cinco años, la editorial SM, una de las pioneras, inauguró la colección Cuentos para Sentir, iniciada por Begoña Ibarrola y destinada a cultivar la inteligencia emocional o la autoestima. La misma editorial cuenta con una colección aún más básica, Cuando me Siento..., para niños menores de 6 años. En los últimos tiempos son muchos los sellos editoriales infantiles que han introducido las emociones y la autoestima en sus textos y catálogos aunque sea de manera transversal, como Kalandraka, Kókinos, Edebé, La Galera y Alfaguara infantil.

Los últimos títulos de Ibarrola que acaban de aparecer y que ocuparán probablemente varios estantes de la Feria del Libro de Madrid son El ladrón de estrellas (sobre el amor) y El oso gruñón (sobre el enfado). Además, los pequeños lectores encontrarán otras novedades en la misma dirección: No te vayas... (sobre las despedidas), de Kókinos; Orejas de mariposa (o de cómo una niña a la que alguien osa llamar orejotas acaba saliendo airosa con autoestima e imaginación), y Cerca, una reflexión poética sobre la incomunicación y las emociones, de Kalandraka; además de Donde viven los monstruos de Alfaguara infantil y El nacimiento del dragón de Faktoría K.

De cualquier modo, son muchos los títulos que sin ser estricta novedad cautivan a niños y libreros infantiles. Cristina López, responsable de la librería Luces, de Málaga, evoca la colección Hada Menta de La Galera; Heinemann, con Librosaurio 3-6 Años, y Bruño, con Mini Miedos. Dentro de esta tendencia, Debolsillo inyecta dosis de autoestima con la serie ¡Eres Genial (tal como eres!) con un doble formato: para niñas y para niños. "Estas colecciones trabajan con bastante acierto la inteligencia afectiva y algunos títulos acaban siendo los más vendidos o solicitados", afirma López.

El creciente interés de padres y maestros por estos temas es notorio, asegura Pilar Pérez, responsable de la librería madrileña El Dragón Lector: "Hay asuntos que interesan a niños y padres, como los celos, las mentiras o la timidez". El abanico de títulos es muy amplio. Uno de los más valorados de SM es ¡Qué emoción? (O cómo saber lo que se lleva dentro), de Cecile Gabriel, a base de un sugerente formato de fotografías y pequeños textos.

"A los niños se les enseña todo tipo de conocimientos, pero no a gestionar sus emociones", reflexiona Elsa Punset, autora de Brújula para navegantes emocionales (Aguilar). Algo que no es tan ajeno al fracaso escolar. "Hasta los 6 y 7 años se aprende a tener confianza o miedo y se adquieren los patrones emocionales básicos", prosigue Punset. El sistema educativo potencia el conocimiento racional, mientras que la inteligencia afectiva se diluye en un conjunto de normas de conducta que tiene su vertiente práctica en los consejos del tutor y las relaciones con los compañeros. Sin embargo, a los menores les cuesta entender que su mejor amigo tiene también otros amigos o que el perro doméstico puede enfermar y morir... Y sentirte triste por ello.

"Muchas veces los padres desconocen qué es lo realmente importante. No hay que limitarse sólo a lo cognitivo", insiste Elsa Punset. Pensando en padres y educadores Oniro publica Inteligencia. Emocional. Con un enfoque solidario; Intermón edita Valores, y ediciones San Pablo, La clase de los peques.

Algunos de estos libros generan debate, a pesar de ser apreciados. Por un lado, hay títulos que más que identificar las emociones se deslizan hacia la autoayuda; por otro, los que abordan conflictos familiares, como el divorcio de los padres, parecen dictar al niño lo que debe sentir. "No hay que darles todo tan digerido", advierte la responsable de la librería madrileña La Mar de Letras, Marta A. Balmaseda. Resulta más eficaz, dice, "una historia que no tenga en apariencia nada que ver con el problema que queremos tratar, para que desde ella el niño pueda hablar de lo que siente. Por ejemplo, para el tema de los celos entre hermanos recomiendo un clásico del álbum ilustrado: Óscar y la gata de medianoche, de Jenny Wagner (Lóguez), que cuenta la historia de una anciana y su perro, y de una gata que se cuela en la casa de ambos, creando un conflicto".

Huir de los libros "poco sutiles y que carecen de calidad literaria", recomienda Balmaseda. "El caso de Begoña Ibarrola es excepcional porque además de escritora es psicóloga y ha conseguido un producto hecho con cabeza y con acierto", prosigue. "Al final de sus textos viene, además, un pequeño esquema para que los padres sepan qué preguntar al niño, o hacia dónde orientar la historia. De ese modo", argumenta Balmaseda, "el pequeño se verá menos manipulado y expresará libremente sus sentimientos, que es lo curativo".

Para niños de finales de Primaria y de ESO el tono didáctico desaparece. La mayoría de los sellos editan pequeños ensayos o novelas en los que subyace la apuesta por los sentimientos o la inteligencia afectiva, pero no de un modo evidente sino transversal.

La responsable de La Mar de Letras valora de modo especial la colección de Edebé Superpreguntas, un conjunto de pequeños libros realizados por el filósofo francés Oscar Brenifier. Analizar sentimientos y cuestiones filosóficas con un método pedagógico muy original que invita al niño a reflexionar e incita su curiosidad. De Oscar Brenifier y Jacques Després es también un hermoso clásico: Ni sí ni no (SM), para entender los grandes contrarios del pensamiento a edades tempranas.

Además de El nacimiento del dragón, Faktoría K cuenta en su catálogo con una serie de títulos de Daniela Kulot que, a través de fábulas donde los animales se comportan como personajes humanizados, se plasman situaciones cotidianas, con títulos como Leopoldo y Casilda sobre familias monoparentales.

Leer, en definitiva, es un placer que además ayuda a crecer. Y quizás a ser feliz. Si se acepta, como indica Elsa Punset, que "uno de los elementos que constituyen la felicidad es la sensación de que tienes el control de tu vida". Ganar en autoestima y aprender a manejar las propias emociones augura esa sensación de seguridad personal que una vez que se adquiere nunca abandona.

- El ladrón de estrellas. Begoña Ibarrola. Ilustraciones de Anne Decis. SM. Madrid, 2009 . 32 páginas. 8,95 euros. El oso gruñón. Begoña Ibarrola. Ilustraciones de José Luis Navarro. SM. Madrid, 2009. 32 páginas. 8,95 euros. No te vayas ... Grabriela Keselman. Ilustraciones de Gabriela Rubio. Kókinos. Madrid, 2009 . 36 páginas. 14 euros. Orejas de mariposa. Luisa Aguilar. Ilustraciones de André Neves. Kalandraka. Pontevedra, 2009. 32 páginas. 13 euros. Cerca. Natalia Colombo (obra ganadora del I Premio Internacional Compostela de Álbumes Ilustrados). Kalandraka. Pontevedra, 2009 . 36 páginas. 12 euros. Donde viven los monstruos. Textos e ilustraciones de Maurice Sendak. Alfaguara. Madrid, 2008. 40 páginas. 10,90 euros. El nacimiento del Dragón. Wang Fei (historia, caligrafía y sellos). Marie Sellier. Ilustraciones de Catherine Louis. Traducción de Pedro A. Almeida. Faktoría K. Vigo, 2009. 32 páginas. 15 euros.

Articulo :
http://www.elpais.com 12/06/2009
Ilustración de André Neves para el libro Orejas de mariposa (Kalandraka), de Luisa Aguilar-

Jordi GRACIA/Porque Dios no existe


CRÍTICA:
Porque Dios no existe
Por Jordi GRACIA

Hay libros a los que se les nota mucho de dónde nacen. Éste se ha alimentado de la antigua amistad de un poeta con otro poeta y también de un segundo factor más invisible pero más crucial para entender el relato que es. Yo creo que Luis García Montero decidió escribir la infancia de Ángel González porque en esos pocos años de su vida se cimienta un bien inverosímil: de la muerte y del dolor, de la destrucción y la guerra, surge un poeta que encarna en su voz lírica misma y en su actitud una posición ante la vida que el García Montero de la edad adulta ha querido con el corazón despierto de poeta y con la conciencia lúcida del ensayista y profesor universitario. La solidaridad sin épicas y la atención a los débiles, la educación como cruz luminosa de las sociedades con buena salud, la sensibilidad a la ternura y a la voz rasa y común de las mayorías parecen encarnarse en ese espacio familiar del Oviedo que verá fusilar a su rector al principio de la guerra, el hijo de Leopoldo Alas, Clarín, pero sin que acose el texto el costumbrismo y sin prisas tampoco para narrar los ecos de la memoria de Ángel González, sus cachivaches y sus confusiones.

Algunas cosas se cuentan con la morosidad que pide la emoción del recuerdo -las más dramáticas y las más felices- y otras se relatan atando la narración a las deudas de la historia: las convicciones ideológicas y políticas de tres hermanos mucho mayores que él (porque Ángel nace 13 años después del hijo menor) y que sirven para revivir en casa los crujidos que van a llevar primero a la Revolución de Octubre de 1934 y después al siguiente y último desastre. García Montero disfruta haciendo entender qué pudo ser eso de nacer en una de tantas familias de maestros republicanos, crecer con un padre que ha heredado la vocación pedagógica del abuelo, una hermana que será también maestra, y qué fue salir de la guerra con una hermana depurada, un hermano muerto, un padre que se ha perdido mucho antes por fe en la ciencia (falleció al intentar reparar una cojera de nacimiento), otro hermano embarcado en el Winnipeg que además manda algún libro de versos de Pablo Neruda para el más pequeño, Angelín, y, todavía, una madre y una fiel sirvienta que ya sólo pueden convertir su casa en una especie de hospedería: primero para atender a dos militares franquistas, después a uno que finge ser seminarista sin biblia (pero sujeto tan peligroso como si la llevase) y a veces hasta un radioaficionado de los que ya no quedan...

Se queda el libro a las puertas de Madrid, cuando ha empezado a escribir primeros versos y primeros artículos (con seudónimos y sin) en La Voz de Asturias sobre música y sobre otras cosas, cuando se hace abogado y cuando desiste (felizmente) de meterse en el periodismo madrileño. El libro biografía la matriz de un poeta y el autor lo saca a medias de los papeles privados y los documentos de familia y a medias de las conversaciones de ambos. A ratos se incrusta ese presente en el relato, pero casi siempre la voz del narrador actúa como actúan los novelistas: poniendo en sus palabras el intento de hacer habitable y comprensible el espacio doméstico que determina buena parte de las vidas adultas. Por eso se demora sin prisas en hacer las biografías cortas de quienes fueron vecinos, conocidos, amigos y maestros del muchacho, al hilo de la cronología política e ideológica, militar y derrotada, de la España contemporánea. Y si en García Montero había aparecido alguna vez anterior, con Felipe Benítez Reyes, la tentación del narrador que su amigo ha desarrollado con grandes dosis de desparpajo y humor, el novelista potencial que había en García Montero se aplazó hasta este libro y aparece ahora con una voz más suya. Aquí se le oye a él como poeta de imaginación cálida y cutánea haciendo de narrador, cediendo a la recreación verbal de espacios imaginados, sumando percepciones y sentimientos a los rumores posibles de las conciencias de entonces. Se deja atrapar en secuencias de prosa lírica y a menudo conmovedora o acude con mucha gracia a los versos del propio Ángel González para recrear peripecias antiguas. Aunque el protagonista actúa poco: domina casi siempre como espectador, porque el muchacho de este libro parece tan quieto y contemplativo como pareció después Ángel González, visto en vivo y en directo, siempre a punto de que asomase en la mirada la fragilidad (socarrona) de un escéptico pacífico. El adulto sale poco porque al muchacho las cosas le llegan o le caen, o así las relata García Montero. Por eso el abuelo y el padre muerto, y después el hermano Manolo, y en cierto modo él mismo, reaparecen en el tejido narrativo como personajes vivos, porque lo están en la memoria y en la misma biografía del muchacho, aunque ellos ya no estén. Perder al padre no significa que deje de seguirnos a todas partes, mientras nos examinamos en un aula o mientras le vemos las bragas a la primera niña que se deja, como seguramente le pasa al mismo García Montero con el poeta perfectamente vivo que es hoy Ángel González.

***
Recuerdo que las comidas eran aquellos días alegres, prolongadas en largas sobremesas en las que se contaban historias extraordinarias. Mi madre estaba radiante y yo feliz, admirando a mis hermanos como pocas veces volví a admirar a alguien. ángel gonzález Extraña educación, en la que coincidían la libertad casi absoluta —la guerra, en algunos aspectos, deja en paz a los niños— y las servidumbres más humillantes. Pese a todas las limitaciones —enormes— que derivan de esas circunstancias, aprendimos muchas cosas importantes; a decir no (en voz baja, por supuesto, pero con inquebrantable terquedad); a no darnos nunca por vencidos a pesar de sabernos derrotados; a arrancar ilusiones de la desesperanza; a poner precio a la belleza —buscarla donde quiera que se esconda, viva o muerta— e incluso inventarla cuando tardaba en aparecer; a mantener vivo el espíritu de subversión bajo la costra de la sumisión; a ser escépticos y a establecer para siempre algunas diferenciaciones básicas: entre pureza y puritanismo (por ejemplo).

ángel gonzález

1. Que responda Churchill

No sé si ustedes conocen al poeta Ángel González. Su palabra revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, de superviviente estoico que lo ha visto todo y lo cuenta todo, mientras pide una última copa para no dar por terminada la noche que de manera inevitable se pierde ya por la grieta rojiza del amanecer. Detrás de su barba blanca esconde un mentón demasiado corto y una vida demasiado larga. Apenas conoció a su padre, porque murió cuando él no había llegado a cumplir los dos años, por culpa de una operación caprichosa. Era cojo y necesitaba recuperar la movilidad de la rodilla izquierda para conducir. Que un hombre de más de cuarenta años se empeñase en pasar por el quirófano para comprarse un coche no dejaba de ser un capricho en aquella época. En 1927, en Oviedo, la mayoría de los profesores sesudos, o de los respetables concejales, estaban acostumbrados a cumplir con sus obligaciones y con sus ocios sin necesitar un carné de conducir. La aventura no salió bien, quedó frenada por una infección vertiginosa, y Ángel González creció huérfano de padre, sin las enseñanzas directas de uno de los mejores pedagogos asturianos de principios del siglo xx. Pero la madre y los hermanos mayores hablaban mucho de las costumbres, las ilusiones y la rectitud del fallecido. Por eso el niño conservó recuerdos vivísimos de un padre al que apenas llegó a conocer. Además de una enciclopedia Espasa, algunas fotografías y un tesoro de sugerencias morales sobre la educación y el gobierno de los hombres, Ángel heredó de su padre un mentón corto y la certeza de que los caballeros con esa peculiaridad fisiológica deben dejarse la barba para presentar en sociedad un aspecto digno.

Detrás de la barba de Ángel González, se esconde la imprudencia más precavida que pueda conocerse. Los acontecimientos de la historia lo sorprendieron desde muy pronto en lugares propicios a las grandes borrascas o a las sequías aniquiladoras. Por voluntad o por fortuna, otros individuos pasan su vida en zonas templadas, amparados por la caridad de unos elementos atmosféricos que se comportan como perros falderos. La buena lluvia, el sol suave, la brisa primaveral facilitan mucho las rutinas de la existencia. Ladran alguna vez, pero no muerden. La cuestión es que Ángel prefiere los gatos a los perros, y desde muy niño se acostumbró a que la historia se encontrara con él a la intemperie. Mientras saltaba por los árboles, las tapias y los tejados de su barrio, el viento frío del norte arrastró nubes oscuras, ramas quebradas, papeles de periódico con noticias alarmantes, revoluciones, golpes de Estado, guerras, victorias y derrotas, descargas de fusiles, tiros de gracia y horas de silencio conmovido. Tardó poco en despreocuparse del miedo familiar a los quirófanos, herencia materna en este caso, para atender a los peligros mortales que pasaban por la calle. Al segundo chaparrón, calado hasta los huesos, aprendió a quitarse los calcetines, pedir ropa seca y buscar el calor de la lumbre. Nunca renunció a habitar los lugares marcados con la tinta roja de la imprudencia.

Pero suele acomodarse en ellos de forma muy precavida, moverse con tiento, sin hablar en voz alta, guardándose las lágrimas y las risas para sí mismo o para las ocasiones de extrema intimidad. No ya la felicidad, sino la supervivencia dependieron en muchas ocasiones de un silencio a tiempo. Entre Stalin y Hitler, el cigarro puro, el sombrero y el cinismo inglés de Churchill ofrecían una forma decente de escurrir el bulto. Los alumnos del colegio Fruela jugaban a escoger nombres famosos en la historia europea de los años cuarenta. Olvidaban sus apellidos en la cartera, anotados con caligrafía redonda de las libretas y los libros, y cada cual elegía un personaje en los aires convulsos de la política internacional. Sobre la política española era mejor pasar de puntillas. Los González, los Alas, los Rodríguez, los Caballero, los Álvarez-Buylla, los Bascarán soportaban el peso de una derrota o de una victoria demasiado cercana. Mejor jugar a los bigotes de Stalin y Hitler, o a saludar el paso de la tarde con la mano y la desmayada salud de Roosevelt, o a celebrar la capacidad sentimental de resistencia con el orondo buen humor de Churchill. A ver quién llega primero a la puerta de la Catedral. Ha ganado Adolf Hitler. Vamos a encontrar a Franklin Delano Roosevelt, que está escondido en un portal de la calle Cimadevilla. A la pregunta difícil del profesor de religión, que conteste sir Winston Churchill, y ése era Angelín, que se llevaba muy bien con el profesor de religión del colegio Fruela, como los alumnos becados suelen llevarse con casi todos los profesores en los colegios de pago. Cuando el profesor de religión, por poner las cosas fáciles, preguntaba con voz condescendiente en la clase «¿Quién hizo el mundo? », los pupitres se llenaban de manos y de voces que respondían a coro: «Mi padre».

Por mucha devoción y mucha voluntad clerical que reinase en España, una victoria era una victoria y el orgullo de los vencedores rompía las costuras por donde menos se pensara. Churchill levantaba la mano antes de que el cura empezase a gritar y a tragarse sus blasfemias, y en voz baja sugería «Dios», reestableciendo el orden nacional en el aula. Y no se trataba de responder con la seguridad de quien ha visto a Dios, porque por entonces Dios aún no se le había aparecido a Ángel González. En la vida todo se anda, pero todo tiene sus momentos, sus pasos. Eran sólo ganas de quedar bien, de ser prudente, de comportarse como Churchill.
Por tradición familiar, tal y como estaban las cosas en el mundo, le hubiera apetecido llamarse Stalin, José o Pepe Stalin. Pero con un hermano fusilado, otro hermano en el exilio, y una madre y una hermana depuradas, quién era el niño temerario capaz de llamarse Stalin en el colegio Fruela de Oviedo. Resultaba más peligroso que olvidarse de Dios por una confusión paterna y bienintencionada. Así que era mejor evitar las coincidencias sospechosas, incluso en los inocentes juegos infantiles. Tampoco se podía pasar uno al enemigo, ni siquiera de broma. Hitler quedaba descartado por un asunto de dignidad familiar. Angelín, que ignoraba entonces los crímenes de Stalin, desconocía también hasta qué punto la Inglaterra de Churchill se había lavado sus manos regordetas con un pacto de no intervención durante la guerra, dejando que los alemanes y los italianos crucificasen a la República española. No habían faltado comentarios y noticias desalentadoras, pero Churchill podía ser identificado aún con un caballero, un demócrata, alguien que luchaba contra Hitler, una buena excusa para huir prudentemente de Stalin sin pasarse al enemigo.

En las leyes de la supervivencia hasta el buen humor supone una manera de guardar los secretos. Conviene mirar al viento, mantenerse callado y dejarlo pasar con su arrastre de calamidades y de golpes de fortuna. Nadie puede nada contra el azar, pero nunca está de más una barrera desde la que observar sus revueltas y sus cornadas. Quien ha vivido una guerra sabe que conviene pensar muy bien lo que se hace y lo que se dice, aunque después nada permanezca atado y seguro ante el carácter maniático del destino. En los primeros años de la República, Ángel se extrañaba cada vez que su madre interrumpía las conversaciones de sus hermanos, repletas de optimismo, estrategias y nombres de políticos. La madre se preocupaba por la amenaza de una guerra. El niño entendía el miedo a la electricidad de las tormentas, a las uñas de los incendios, a los aullidos de los lobos, al túnel del tren que pasaba por el barrio, pero no podía comprender la amenaza abstracta de la guerra. Cuando oyó en la radio de galena que unos generales se habían levantado contra el Gobierno, tampoco entendió el miedo de su madre. El mosquetón fascinante de su hermano Pedro, la disciplina firme y decidida de su militancia seguían formando parte de un reino infantil, en el que todo estaba en su sitio, y sobraba espacio para cualquier cosa, para un duro de plata, una película en el cine Toreno, el entusiasmo de un hermano heroico o la leyenda novelesca de las armas. Sólo cuando empezó a actuar el azar, el imprevisible demonio del azar, comprendió el miedo a la guerra. Su hermana Maruja estaba una tarde asomada a la ventana, viendo a lo lejos el humo de los cañonazos que golpeaban uno de los frentes del cerco. Se salvó de milagro, por unos segundos, por un milímetro de reloj, por un golpe de fortuna, porque tuvo la suerte de apartarse de la ventana justo antes de que entrara un obús. Después de los gritos, cuando la casa se tranquilizó, la conversación de los mayores le hizo comprender al niño que la vida de Maruja no era el único milagro. La suerte quiso también que el obús traicionero no estallase aquel día dentro de la casa, un azar tan imprevisto como el invierno sin frío, el sol sin noche o el colegio sin exámenes. Vivir una guerra es ver que un obús entra a merendar en la casa y no estalla, o sentir que una bala deja un agujero redondo y perfecto en el cristal de la ventana, cruza por el salón, pasa por una de las rendijas del biombo, deja otro hueco redondo y perfecto en el cristal del aparador y se incrusta en la pared, sin herir a nadie, sin romper una taza de café, sin rozar una de las copas de la tía Clotilde. Pero la buena suerte suele enamorarse de la mala suerte, van siempre juntas, duermen en la misma cama. La mala suerte llamó a casa de los Taibo cuando los dos hijos de doña Nieves estaban haciendo una visita. Se abrió la puerta y la muerte entró confundida entre los soldados que buscaban al tío Ignacio Lavilla. Apuntaban con sus armas y sus preguntas.
¿Ustedes quiénes son, qué hacen aquí? Vivimos en el piso de abajo, somos vecinos, estamos de visita. Las explicaciones más naturales sirven de poco cuando en la rabia de la guerra un soldado aprieta un fusil o cuando el destino tiene un mal día. Se llevaron detenidos a los hijos de doña Nieves, y al cabo de pocas horas, como represalia por un bombardeo de la aviación republicana, entraron en el sorteo macabro de la venganza, los sacaron de la cárcel y los fusilaron. Decir que no supieron nunca por qué los mataban sería una licencia de mala literatura. Los hijos de doña Nieves supieron perfectamente por qué los mataban, por qué se fusilaba en una guerra como aquélla, por qué tienen razón las madres como doña Nieves o doña María cuando temen las guerras y el azar empieza a moverse al margen de cualquier protección. Ahí sí que acierta la mala literatura, los malos poetas que escriben versos sentimentales contra las guerras y resaltan el dolor de las madres. La mala y la buena suerte actúan sin reglas, como una catástrofe rodante, imprevisible, desbocada, porque las guerras hacen inútil el instinto de protección de las madres. Ése es el abismo, el caos, el infierno. Da igual tener los calcetines mojados o secos, tomarse o dejarse la leche, correr por el túnel del tren o soportar con prudencia la cobardía y las bromas de los otros niños. Da igual el cuidado, el desayuno a su hora, la cama bien hecha, las medicinas contra la tuberculosis.

Los esfuerzos son impagables, pero no dan seguridad ninguna. Se muere por cualquier cosa, porque uno se levanta tarde de una silla, por estar de visita en el piso de arriba o por una coquetería, por no mancharse los zapatos. Alfonso Beaumont, el vecino representante de pollos Chispún, murió por no mancharse los zapatos. Era muy vendedor, muy simpático y muy remilgado. Se hizo alférez provisional por las urgencias del momento. No se podía vender caldo de pollo en una ciudad sitiada. Los himnos y las consignas abundaban más que los contramuslos, y, puesto a elegir, se veía mucho mejor con uniforme de militar que con un mono de miliciano. La calle Fuertes Acevedo había quedado en primera línea de fuego. Los obuses entraban por las ventanas, que cambiaron los paisajes por los frentes de batalla y las persianas por los parapetos y los colchones. Al salir del portal convenía seguir un camino preciso, pegarse a la pared, andar bajo la protección de los otros edificios y llegar a la trinchera. Un charco se cruzó en la vida del alférez Alfonso Beaumont. Por no pisar el barro, dio un salto, se salió de la ruta segura, y la mala suerte aprovechó unas décimas de segundo para apuntarle
a la cabeza. Angelín sintió su muerte, Ángel recuerda su muerte, aunque la guerra iba a escribir con sangre otros apellidos mucho más cercanos. Beaumont no deja de ser un apellido más raro que González.

En un campo de batalla no hay quien pueda negociar con la suerte, nada vale. Pero siempre resulta aconsejable aprender a hablar en voz baja y saber guardar un secreto. Cuando los milicianos se acercaron a la plaza de América y hubo que irse a vivir al piso de doña Nieves, Angelín se hizo amigo de los Taibo.
Amistad era entonces una palabra muy seria, uno se jugaba la vida en cada sílaba. Amistad significaba complicidad, supervivencia, confianza, pacto de silencio, compartir el hambre, saber guardar secretos, aprender las contraseñas, entrar a una
casa llamando a la puerta de una forma especial y enterarse de que el tío Ignacio estaba escondido dentro de un armario. Después, ya al final de la guerra, significó también callarse por segunda vez, guardarse un secreto doble. Amaro y Paco Ignacio se pusieron blancos al ver llegar a un señor muy raro, sucio, fatigado, con una mano tapándose la cara, que entró en el portal donde ellos jugaban y subió por la escalera sin saludar. Benito Taibo, comisario del ejército republicano, volvía de la guerra. Los padres vuelven raros cuando huyen de una derrota, y necesitan muchos besos, pero sobre todo mucho silencio, porque ya son dos los escondidos, un tío y un padre, y la amistad no significa decir vente a jugar con nosotros a la casa, sino entra en la casa, tú sí puedes entrar en la casa, eres de los míos, de los nuestros, pero cállate, no te estoy prestando un juguete sino la vida de mi padre, y la de mi tío Ignacio, no tengas un desliz, que nadie vea nunca los dibujos que te hace el tío, que nadie escuche un comentario tonto sobre alguna cosa sin importancia. Las verdades se filtran por debajo de las palabras como la luz o el miedo por debajo de las puertas.
La suerte es infame y pone los oídos de cualquiera donde le da la gana, hace que las palabras inocentes se conviertan en bolas de fuego, hace que los soldados vengan a por el tío cuando están de visita los hijos de doña Nieves, y se lleva por delante a los pobres hijos de doña Nieves, y se olvida del tío en su armario. Así hasta que pasa la guerra, y la suerte empieza a hacer bromas con la paz. Nada es ya seguro, aunque siempre resulta mejor estar callado cuando se sale de casa. Resulta mejor estar callado incluso cuando se tienen las de ganar. Las amenazas giran la cabeza y muerden los labios de quien las pronuncia muy seguro, sobrecargado de orgullo y de poder. Nadie está seguro, ni siquiera vestido de falangista, ni siquiera siendo un falangista de verdad, un camisa vieja, uno de los que no tuvo que darse prisa, correr a la tienda en busca de una camisa azul para salvar el pellejo y participar uniformado en la fiesta. Juan, el dueño de la peluquería de la calle Asturias, avisó un día a la madre de los Taibo de que un niñato de la Falange, mientras se cortaba el pelo, y se vanagloriaba del asalto a la redacción del diario Avance, había dicho que no se iba a escapar ninguno, que poco a poco irían cayendo esos periodistas, porque todo se sabe, porque acabo de saber que en esa casa de enfrente está escondido Ignacio Lavilla, el redactor jefe, y vamos a ir a por él esta noche. Lo decía muy seguro, muy orgulloso, pronosticando el futuro, la cacería nocturna, los pasos siguientes en la historia cruel de la calle. Luego no ocurrió nada, no llamaron a la puerta, pasaron los días, las semanas, y tío siguió esperando al destino dentro de su armario. El barbero contó después que el falangista, antes de dar el chivatazo, había sufrido una muerte repentina. No había caído en una acción gloriosa, no había sido reclamado por uno de los sobresaltos que escriben los argumentos tormentosos de las batallas.

Sólo fue una muerte repentina, una puñetera y oportuna muerte repentina. El falangista sufrió en sus carnes el cambio de rumbo de la fortuna, y descansó en paz de la guerra que había encendido con tantas amenazas y tanto empeño. Y dejó que los demás se escondiesen en paz. El mundo está condenado a que la mala suerte de unos se convierta en la buena suerte de otros.
Cuando un desdichado pierde el reloj, hay siempre un afortunado que se lo encuentra. La prudencia sirve para no mancharse las manos en el barro de la propia desgracia, a veces ayuda a sobrevivir, pero no evita los arañazos de la culpa, las noches de insomnio, el sudor del tiempo negro. No es sólo el miedo, ni la angustia a la hora de pensar en lo que se viene encima, sino el pasmo, la perplejidad de verse de pronto fuera del infierno, la sorpresa de sentirse a salvo, por fin a salvo, sin motivo, pero ¿qué ocurrió?, la memoria y la duda, yo sí y aquél no, la alegría y la mala conciencia, no sé por qué yo sí y por qué tú no, por qué a ti te visitó la mala suerte y a mí la buena, y vueltas en la cama, y vueltas en la alegría y en el dolor, porque a mí no me tocó mientras a otros los estaban llamando a la ventana, a las tapias, a las curvas de las carreteras, a los lados peligrosos de la calle. Así pasan los años, como una mezcla fangosa de alegría, mala conciencia y secretos. La culpa está ahí, es inevitable, pertenece a la vida de Ángel y a la de cualquiera, forma parte de la resistencia, igual que la depresión, igual que el azar, igual que la alegría, igual que el amor al sol de invierno y a las últimas copas de la noche. No sé si ustedes conocen a Ángel González. Si lo conocen, o si tienen la paciencia de leer esta historia, podrán imaginar el cerco que la culpa impuso en sus recuerdos cuando dio por perdido el reloj Certina que le había comprado su madre.
Era el año en el que Ángel decidió buscarse la vida en Madrid. La pobreza pesaba todavía y fue un regalo a plazos. Habían pasado los años, la guerra, la infancia, la enfermedad en Páramo del Sil, las inyecciones de orosanil, los cursos de derecho en la Universidad de Oviedo, las primeras colaboraciones en la prensa. Resultaba imprescindible marcar el tiempo con un reloj nuevo en una ciudad más grande, llena de tabernas, amigos falsos, mujeres fáciles y academias para preparar oposiciones. La madre compró el reloj, y todavía estaba pagando los plazos cuando Ángel lo perdió en una aventura nocturna. Hay cojos honrados y cojos delincuentes, aunque todos vivan en silencio su desgracia. El ladrón cojo tuvo que tirarlo en un rincón cualquiera del Campo del Moro, antes de que lo detuviese el sereno. Los ladrones cojos no tardan en perder una carrera. Pero allí se quedó el reloj, Dios sabe dónde. Y seguiría marcando el tiempo hasta que se acabase la cuerda, y se quedaría mudo entre los setos, hasta que alguien lo encontrara por casualidad, y otra vez empezarían a moverse sus minutos, sus prisas, sus lentitudes y sus agujas en la muñeca de un ser alegre, visitado por la buena suerte. Quizá sea eso la memoria, o la literatura de la memoria, un reloj que sigue funcionando después de haberse perdido, una esfera en la que nos hace compañía y nos habla lo que ya desapareció.
Todo pasa, pero nada termina del todo. Alguien puede encontrar unos recuerdos, observar su correa brillante entre las hojas secas del otoño, darles cuerda, hacerlos vivir en otro corazón, latir de nuevo y de verdad. Nunca se terminan de pagar los plazos de una vida, de cualquier vida. Quizá la memoria sea también eso. No sé si ustedes conocen a Ángel González. Es posible que hayan leído sus poemas, pero muy poca gente sabe la historia de su vida. Después de sufrir su guerra, de recorrer los prados y las calles de sus quimeras infantiles, de respirar el aire espeso de una adolescencia contaminada por los himnos, las delaciones y el bacilo de Koch, comprenderán mejor el tono bajo con el que habla de las cosas altas, el humor que utiliza para acercarse a los asuntos demasiado serios. Comprenderán que se negara a creer en la existencia de Dios, incluso después de haberlo visto. Comprenderán también ese extraño fenómeno que asombra a sus amigos, una enigmática disfunción biológica que se convierte en el milagro final de todas las fiestas. Cuando bebe, a Ángel González se le sube el alcohol a los pies. Ha aprendido a mantener fría la cabeza. Por lo que pueda ocurrir... Por lo que pueda decirse o callarse... Aunque sus pasos vacilan, su voz es más clara, más sobria. Las apostillas secas de Ángel caen sobre las estupideces incautas de las borracheras.
La memoria no mantiene fría la cabeza, prefiere jugar con los recuerdos, elegir, tejer un mundo claro, volverle los forros al pasado. Los periódicos de la época confirman que entre 1925 y 1934 abundaron en Asturias los días lluviosos, las heladas y los veranos breves. Sin embargo en los primeros capítulos de esta historia van a dominar los cielos azules, las mañanas de sol, los atardeceres suaves, los pantalones cortos, y un barrio casi asaltado por el olor del campo. De día se escucha el andar tranquilo de las vacas. Por la noche, el canto de los grillos.

Articulo :
http://www.elpais.com 12/06/2009
El poeta Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), fotografiado en agosto de 1980.- Chema Conesa

Revista literaria Con Voz Propia nº 30 – mayo 2009


Revista literaria Con Voz Propia
de Analía Pascaner
www.convozpropiaenlared.blogspot.com
nº 30 – mayo 2009
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Edición y dirección: Analía Pascaner
Suscripción y colaboraciones:
analiapascaner@gmail.com
San Fernando del Valle de Catamarca
Catamarca – Argentina



Queridos amigos:

Aquí estoy junto a ustedes para enviarles con voz propia nº 30, en Word adjunto. Espero que la publicación sea de su agrado. Y como siempre, pueden leer las voces en el sitio web:

http://www.convozpropiaenlared.blogspot.com

Mi agradecimiento a todos por estar allí… del otro lado de la pantalla. Reciban un abrazo cálido y mis deseos que estén muy bien. A todos los escritores, que el próximo sábado pasen un buen día.

Nos reencontramos en julio.

Analía Pascaner


En este número:

- Editorial / John Lennon
http://convozpropiaenlared.blogspot.com/2009/06/editorial.html

Nos hicieron creer

Nos hicieron creer que el “gran amor”, sólo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años. No nos contaron que el amor no es accionado, ni llega en un momento determinado. Que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad.

No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas, la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Las personas crecen a través de la gente. Si estamos en buena compañía, es más agradable.

Nos hicieron creer en una fórmula llamada “dos en uno”: dos personas pensando igual, actuando igual, que era eso lo que funcionaba. No nos contaron que eso tiene nombre: anulación. Que sólo siendo individuos con personalidad propia, podremos tener una relación saludable.

Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio y que los deseos fuera de término, deben ser reprimidos. Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados.

Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos, y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad. No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas, frustran a las personas, son alienantes, y que podemos intentar otras alternativas.

Ah, tampoco nos dijeron que nadie nos iba a decir todo esto. Cada uno lo va a tener que descubrir solito.

Y ahí, cuando estés muy “enamorado de vos, vas a poder ser muy feliz y te vas a enamorar de alguien”.

Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor…
…aunque la violencia se practica a plena luz del día.

John Lennon
Fuente: AERA Revista de poesía


- Eduardo Dalter
http://convozpropiaenlared.blogspot.com/2009/06/eduardo-dalter.html

- Rainer Maria Rilke
http://convozpropiaenlared.blogspot.com/2009/06/rainer-maria-rilke.html

Cartas a un joven poeta (fragmento)

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora -ya que usted me ha permitido aconsejarle-, ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: ¿Debo escribir? Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y, si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “debo”, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde. No escriba poesías de amor; sobre todo evite las formas demasiado corrientes y socorridas: son las más difíciles, pues es necesario una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presenten en cantidad buenas y, en parte, brillantes tradiciones. Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquéllos que su propia vida cotidiana le ofrece; diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que pasan y su fe en alguna forma de belleza. Diga todo eso con la más honda, serena y humilde sinceridad, y utilice para expresarse las cosas que lo circundan, las imágenes de sus ensueños y los temas de su recuerdo.

Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase que no es lo bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente. Y aun cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos? Vuelva usted a ella su atención. Procure hacer emerger las hundidas sensaciones de aquel vasto pasado: su personalidad se afirmará, su soledad se agrandará y convertirá en un retiro crepuscular ante el cual pase, lejano, el estrépito de los otros.

Y si de esta vuelta a lo interior, si de este descenso al mundo propio surgen versos, no pensará en preguntar a nadie si los versos son buenos. Tampoco tratará de que las revistas se interesen por tales trabajos, pues verá en ellos su preciada posesión natural, un trozo y una voz de su vida.

Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente. En esta forma de originarse está comprendido su juicio: no hay ningún otro. He aquí por qué, estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste; volver sobre sí y sondear las profundidades de donde proviene su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta -si debe crear-. Admítala como suene, sin utilizarla. Acaso resulte que usted sea llamado a devenir artista. Entonces tome usted sobre sí esa suerte y llévela, con su pesadumbre y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que pudiera llegar de fuera. Pues el creador tiene que ser un mundo para sí, y hallar todo en sí y en la naturaleza, a la que se ha incorporado.


París, 17 de febrero de 1903

- Gustavo Vaca Narvaja
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- Rodrigo Morales
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- Robert Gurney
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- Alba Estrella Gutiérrez
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- Pedro Martínez Corada
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- Jorge Nonini
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- Isabel Llorca Bosco
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- Luis Taborda
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- Rubén Vedovaldi
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- Alberto Valenzuela
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- Ricardo Mastrizzo
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- Miguel Crispín Sotomayor
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- Elsa Solís Molina
http://convozpropiaenlared.blogspot.com/2009/06/elsa-solis-molina.html
- Yeni Pérez Zamora
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- Josep Esteve Rico Sogorb
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- Omar Darío Ruiz
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- Jorge Alonso
http://convozpropiaenlared.blogspot.com/2009/06/jorge-alonso.html
- Liliana Céliz
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- Daniel Alarcón Osorio
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Con-fabulación nº 91 & 92/Luis CABRERA: Contra Warhol…


Con-fabulación nº91&92
Périodico virtual
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E-mail: confabulacion1@gmail.com
Contra Warhol…
Por Iván Beltrán Castillo

Mientras la horda de los repetidores profesionales, aquellos que persiguen en el arte el rastro de la estelaridad y solamente encuentran luz en los premiados y los triunfadores, se apresta para volver a venerar, ceremonia repetida hasta el bostezo en todos los puntos del orbe, la obra del artista norteamericano Andy Warhol (1928-1987), que serán colgados está semana en la ciudad de Bogotá como una novedad exultante, Luis Cabrera, un artista colombiano enamorado de la discreción, las mujeres y el silencio, aprovechó un reportaje que le propusiera Con-fabulación, y auscultó la verdad atrapada en aquel circo mediático de obsceno colorido. Quiso, tal vez como una forma de alejarse del “yoísmo” implícito en toda indagación periodística, que el tema central del experimento fuera la imagen excéntrica del rubio, escandaloso norteamericano, embelesado por las latas de Coca-Cola y las sopas Campell, la sonrisa perturbadora de Marilyn, los rictus dramáticos de Mick Jagger, el gesto provocador de James Dean, la imagen endiosada y temible de Mao-Tse Tung, y por todo lo que es susceptible de transformarse en promoción de supermercado.

—Si Andy Warhol es el artista más influyente de la sociedad norteamericana —empieza a decir Luis Cabrera—, si es el vigía y el profeta de los turbulentos años sesentas y setentas del felizmente extinto siglo XX, significa que esa sociedad no era otra cosa que un vacío… ¿Cómo es posible que la memoria de aquellos años esté sintetizada únicamente en la frivolidad, la publicidad y la mitología casera? Warhol arriba en visita consular. Llega con el nombre retórico y triunfalista de Mister América… ¿será que podemos creer que esta sea la síntesis apoteósica de esa pesadilla con aire acondicionado que él fomentó con su perpetuo show? Ahora lo traen a Colombia para que seamos parte de la cena de escombros de los consumidores. Y lo recibimos como los ineptos y oportunistas politicastros de Neiva recibieron al embajador de la India, embelesados con su farsa, prendados de su nadería…

Los lectores querrán saber, por supuesto, quién es el personaje temerario, audaz, cuasi suicida, que se atreve a nombrar lo innombrable y a enfrentarse contra el ensordecedor murmullo de los aduladores de lo ya consagrado. Pues bien, Cabrera, nacido hace 49 años en Ipiales, Nariño, es uno de los creadores plásticos más vigorosos y sutiles de los últimos años. Su iniciación en el arte fue en 1972, cuando recibió clases del artista ecuatoriano Alfonso Reyes, quién nunca fuera demasiado famoso merced a su rutilante homónimo mexicano, ha obtenido muchos premios y en el 2002 fue seleccionado para participar en el festival cultural colombiano de Milán. Se trata del artífice de una obra inquietante aunque no pertenezca a las camarillas y a las roscas impenetrables que dominan las galerías y las cuartillas de los curiosos críticos de arte, y afirma haber paladeado desde un principio el hostigamiento de las modas, la oficialidad y la banalidad, que ocupan el centro de operaciones espirituales de la cultura; por ese motivo no se ruboriza al nadar a contracorriente frente a la leyenda del señor feudal del Pop, ni tampoco cuando decreta que: “yo perdí la inocencia cuando llegué a Bogotá. Hablo de la inocencia en su sentido original… lastrada de subversión, y que lleva implícita la mirada original, primigenia, sustancial…Llegar a Bogotá es, en muchos sentidos entrar en comunión con lo impostado, lo inauténtico, aquello que no le sirve sino a los mecanos y que, contrario a lo deseable, es decir la fecundidad de la memoria, extiende en nosotros una amnesia arrogante, una demonología vestida de luces. Cosas como Warhol no se pueden contrabandear sino en esta capital, donde uno llega buscando la transparencia y termina arrojado a las fauces de la impostura… Y después también se hace tarde para el regreso… por eso durante las últimas décadas he vivido en Bogotá la terrible, esta enorme fábrica de mierda donde se le encuentra más verdad a la victoria que al oxigeno, pero trato de tener mi casa y mi estudio en alguno de los pueblos cercanos, cosa que la vorágine del burgo insensato no me devore del todo.”

Afirma que los hilos conductores que van de una aventura personal, irrepetible y única como la suya, a la historia colectiva son sutiles, a veces impenetrables, herméticos en ocasiones, pero tan ciertos y expresivos como los que enlazan al amor con el olvido, a la comunión con la soledad o a la vida con la muerte, pero cree que se debe tener la mirada finísima del creador para notarlo, así como las palabras arrojadas del vidente para denunciarlo, aunque después se deba asistir a innúmeras y sanguinarias retaliaciones.

—La recepción del arte es una de las más acabadas formas de la estafa. Con frecuencia regresamos al teatro de las simulaciones. La grande y verdadera tentativa de un artista, su comunión con lo innombrable, está en quererse rechazado, incluso por los perdedores. Si un artista ya conoce dónde queda la salvación no es necesario para nadie.”

Estos ademanes iconoclastas, que algunos podrían tildar de extremos, arrogantes, teatrales y, por qué no, también poseedores de una savia mediática, son urgentes cuando el infinito juego de equívocos y mistificaciones mansas entra en acción para prolongar en nosotros lo que ya se convirtió en crepúsculo en los centros floridos de la cultura occidental.

—Sucede que nosotros todavía somos provincia, y entre más nos pretendemos hermanados con el latido irrisorio del supuesto mundo adelantado, damos más palos de ciego en la marcha para llegar a conocernos y fundarnos —apunta Cabrera, y retoma la artillería contra Andy Warhol, rememorando que él rubio y excéntrico artista lo que puso en marcha, antes que una exploración estética, fue una insurgencia publicitaria, y que movió a su antojo, como quién dirige una fatua orquesta sinfónica, a todos los partícipes y los intérpretes de los mass-media, y entonces remata—: Por algo le puso a su grupo de trabajo Factory, lo que alude sin duda a la producción en serie y mecánica, rapaz e insaciable de las sociedad capitalista, donde, como afirmara algún genial ensayista, la producción de desechos tiende a superar la producción de bienes. Sospecho de la unanimidad, la voz del consenso que pretende borrar todas las diferencias y anular el matiz. Y con respecto a Warhol existe hace mucho tiempo una sola opinión, esa que lo ubica como el gran sacerdote, la figura emblemática y el ícono del arte ultra-moderno. A mi juicio lo que el gran Papa del Pop inaugura es la decadencia del arte del siglo XX. Todos los cuadros y series que inventó son posibles hasta el límite de lo irritante, y yo amo los cuadros que, por el contrario, son imposibles. La única forma de aproximarse a lo imposible es la inocencia, y el norteamericano carecía por completo de ella. Todo artista termina por regresar, en defensa propia, a esa inocencia.

Pero como no solamente de Warhol vive el hombre, Cabrera quiso también tocar otros tópicos, recuerdos de su propio paso por el cosmos del arte, y donde también parece habitar la disidencia y la polémica, el sonámbulo gesto de los dioses blasfemos. Aclaró entonces que para él “la pintura no es otra cosa que una forma de conquistar a los demás… Ser artista es, llevándole la contraria a Heráclito de Éfeso, querer bañarse una y mil veces en el mismo río, pero se trata de un río difícil de domeñar porque en el arte, pero también en la vida, sólo vale la pena lo que ofrece resistencia, y nunca lograrás este imperioso cometido si te conformas, como tantos, en convertirte en Monsieur Lobby, si te dedicas a creer que entrando en la fila de los que esperan, mansos y patéticos, sus cinco segundos de fama, abrirás las puertas clausuradas, las únicas que en verdad son urgentes”.

—¿Y por qué cuando se habla de arte se merodea el territorio de la vanidad, los países insulsos de la crítica, los guarismos millonarios de las ventas de cuadros y los pormenores de la fama, cuando de lo que se habría de hablar es de antiguos atardeceres, de la huella impertérrita que deja en el artista la infancia, la atracción hacia el otro, y la sublime ebriedad que inoculan las mujeres? Yo no sé si seré un artista —exclamó de pronto, luego de paladear lentamente la última, deleitosa y apetecible frase—, pero sé exactamente quienes no lo son… Y miren ustedes que ahora descubro que en el arte colombiano vuelve a repetirse la metáfora del embajador de la India, que hace un rato le aplicamos a Andy Warhol: en nuestra plástica también abundan los embajadores de la India, falsos profetas venidos de falsos reinos lejanos y exóticos… y se les recibe con aplausos, lisonjas, loas pueriles y ridícula veneración. Con frecuencia se trata de saqueadores de memoria, como ocurre, por ejemplo, con Carlos Jacanamijoy… Él se arroga el derecho de representar un mundo mágico, una sensibilidad ancestral y una sabiduría chamánica. Y para hacerlo dice, por ejemplo, que trabaja cuando está en trance, cuando hasta el más cándido sabe perfectamente que todo artista, cuando trabaja, se encuentra en trance, porque todos nosotros anhelamos vivir como sonámbulos.

Pero, cansado de mirar hacia el horizonte servil de los impostores del arte, y de dilapidar la necesaria capacidad de desprecio inherente a todos los que nos consagramos a esta sublime necedad, Cabrera vindicó, con palabras redondas y jugosas como frutas tropicales, a los pintores que, a su juicio, constituyen el corpus trascendente de nuestra imaginación plástica. Y entonces habló de Alejandro Obregón, puntual esclavo de la belleza del trópico; de Luis Caballero cuyas líneas le parecen grafitos en el alma; de Darío Morales y su exploración de la caligrafía del cuerpo femenino; de Fernando Maldonado, el perseguidor de universos en apariencia cotidianos pero en realidad hechizados de surreal latencia; de Ángel Loochkartt, maestro de ceremonias de la noche insular con sus travestis y vampiros, de Juan Cárdenas, Nicolás de la Hoz, de Leonel Góngora y del Pollo Rodríguez…

Todos ellos constituyen, afirmó con desparpajo, “el Aleph que propicia la esperanza”.

***
Un minuto de palabras
Por Javier González Luna

Hacer de su vida el equilibrio rimbaudiano como diría Jorge Nájar en su prólogo al libro Vigilias, (Colección Los Conjurados, Bogotá, 2005), quizá fue una de las grandes constantes de Javier González Luna (Facatativá), cuya repentina desaparición nos sobrecoge y entristece. La suya, una obra singular llena de búsquedas y vertientes filosóficas, podría decirse que fue en su justa madurez una de las plenas realizaciones de este escritor, testimoniadas a través de sus diversas publicaciones de ensayo, poesía y crónica, entre las que sobresalen: El cuerpo y la letra - La cosmogonía poética de Octavio paz (Madrid, 1990); Hacia el alba (1993), Abuso de palabra (1998) y El linaje de Orfeo (2000)

De sus palabras vaticinadoras acogemos fraternalmente el siguiente poema para rendirle un pequeño y justo homenaje.


NOCHE TRANSFIGURADA

La noche se instala
Confiada.
Noche sin horrores
Ni hambre.
Sosiego de la llama.

Levanta la mirada
Y fija el cielo.
La noche te cubre y las estrellas
Componen sus dibujos.
Se abre una esfera
De color y de música
No temas nada esta noche
El cielo te ve.


INFANCIA

La memoria orienta porvenires,
presta vigores
al fatigado presente.
El azul rebrilla bajo nueva luz.

Son de nuevo los gritos y las risas,
las veloces palpitaciones.
Es el trigal destellante, rumoroso,
el látigo bautismal de las cascadas,
la miel de la cereza.
Sueño. Infancia perdida
que regresa en cada acto,
en cada deseo,
nutriendo con sangre siempre nueva
ese otro sueño que es el presente.

***
Palabra de Autor
Conversación con Mallarino Flórez

Este jueves 11 de junio la librería del Fondo de Cultura Económica inaugura el ciclo Palabra de Autor, con el escritor bogotano Gonzalo Mallarino Flórez autor de las novelas: Santa Rita y de Trilogía de Bogotá compuesta por las novelas Según la costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida (Alfaguara). Mallarino conversará con Martha Ofelia Martínez y Federico Díaz-Granados. Hora: 6pm. Entrada libre.

Gonzalo Mallarino dice que la nostalgia y la melancolía por las cosas perdidas irremediablemente lo inspiraron a escribir Santa Rita, su más reciente novela. En esta obra, y a través de las aventuras y sinsabores de Antonio (y las de su familia, amigos y vecinos) durante su último año en tierra caliente, el autor hace un retrato no sólo de la infancia sino también del fin de la infancia.

Para ello, Mallarino se vale de la voz narradora de su protagonista, que en ciertos momentos de la historia se va aniñando e impregnando de inocencia, picardía y ternura, como si el niño que fue se tomara las riendas de la narración. Para la muestra, un botón:

Ella echó la cabeza para atrás y cerró los ojos. Los dos tenían los labios grue­sos, como llenos de babas. Pensamos que era de tanto darse besos. Nosotros nos dimos cuenta de que no eran los papás de los mismos niños. El se­ñor era el papá de unos niños y la señora de otros. No eran esposos. Se besaban y todo eso pero no eran esposos. Los esposos de cada uno no sabían que ellos dos estaban escondidos abrazándose…

Así, el autor de Según la costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida abandona su obsesión por Bogotá, su lluvia y sus mujeres (temáticas ampliamente tratadas en dichas novelas) y enfoca su mirada melancólica hacia “ese paraíso que todos hemos perdido”.

***
Tierra en trance
La represa del Quimbo
Por Jorge Enrique Robledo
Senador de la República

En el departamento del Huila el Gobierno Nacional, con la total obsecuencia de la clase dirigente de la región, ha proyectado la represa de El Quimbo. Este embalse, cuya construcción y usufructo será asumido por la multinacional Emgesa, significará la ominosa desaparición de un ecosistema, valorado por respetables conceptos científicos, como endémico (único en el mundo). Igualmente, el trágico destierro de miles de familias de la región que será inundada, provocanso así la más flagrante violación a todos los tratados ambientales. El total desdén, a las múltiples manifestaciones de rechazo realizadas por los habitantes de los municipios afectados, confirma el proceder autocrático del gobierno, que privilegia el capital extranjero, antes que el patrimonio histórico, cultural y ambiental, de esta zona del sur del país.

El gobierno nacional impulsa en el Huila la Central Hidroeléctrica del Quimbo, proyecto de Emgesa, trasnacional europea que causará con éste irreparables daños sociales y ambientales.

La represa acabará con los medios de subsistencia de dos mil habitantes de los municipios de Gigante, Garzón, El Agrado, ltamira, Pital, Paicol y Tesalia. Emgesa también se enriqueció con la venta a menosprecio de la Empresa de Energía de Bogotá y es propietaria de la Central Hidroeléctrica de Betania. El Quimbo destruirá 7 mil hectáreas de suelos aptos para la producción de alimentos, amenazando la seguridad alimentaria y la economía local. Según el Ministerio de Agricultura, por la inundación de las tierras desaparecerán 15 mil millones de pesos de ingresos anuales y desaparecerán nueve distritos de riego con inversiones por más de 12 mil millones de pesos, pérdidas que no compensará la regalía del proyecto y que la convierten en una miserableza.

Los daños ambientales serán irreparables. La Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena señaló que con la represa serán destruidas 842 hectáreas de bosque ripario, ecosistema sensible y único. La inundación de más de 8 mil hectáreas pone en peligro la biodiversidad de la región, hecho que para el Ministerio de Ambiente no fue óbice para otorgar la licencia ambiental. La situación reviste mayor gravedad, porque la compañía inició obras en enero, fecha para la cual no contaba con autorización alguna, poniéndose en abierta contradicción con la Constitución y la Ley.

Las nefastas consecuencias han sido denunciadas por los huilenses en innumerables oportunidades, exigencias a las que el gobierno nacional responde con arbitrariedades como la declaratoria de utilidad pública e interés social de los terrenos necesarios para la construcción y operación del proyecto. Con esta autorización, Emgesa podrá reclamar la expropiación de las tierras cuando los propietarios de los predios se nieguen a vender. El gobierno autorizó además la creación del Batallón número 12 con un costo superior a 142 mil millones de pesos, con el objetivo de salvaguardar las inversiones de Emgesa. Se entiende así por qué en un consejo comunitario, el Presidente Álvaro Uribe sentenció que El Quimbo “va porque va”.

Expreso mi total respaldo a los huilenses en su justa lucha contra un proyecto hecho a la medida del capital europeo y hago un llamado al Gobierno Nacional para que atienda las reclamaciones de la comunidad. El empeño por favorecer al capital extranjero a costa del sufrimiento de la población será contrarrestado por la más grande unidad nacional en torno a la soberanía y los principios de una nueva y verdadera democracia.

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El nuevo destino del libro
Por Miguel Márquez*

Las siguientes son las palabras del poeta y editor venezolano Miguel Márquez, director de la emblemática editorial El Perro y la Rana, del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, en el marco del pasado Festival Internacional de Poesía de Bogotá.

Agradecer es un verbo que une al rito con los estados emocionales, a la fiesta con ciertos episodios, momentos y fechas. El que agradece pondera, distingue, desanda, funde frecuencias temblorosas en la rutina muchas veces triste de los días; señala actitudes capaces de reivindicar lo auténticamente humano, en el devenir constante, a veces sordo, otras mudo.

En numerosas ocasiones esta humana celebración irradia aquella extraña fuerza que anhelamos en la dimensión cotidiana donde solemos vivir, en la nostalgia, en la melancolía. Añoranzas por la pasión, por la magnitud sagrada, por la lluvia que nos trae noticias del apareamiento de los dioses, el encriptado misterio de la vida, la esquiva relación de las cosas que han sido, el fasto mitológico de las piedras y las cartas de amor. De allí que dar las gracias es un acto cualitativo ajeno a la ruda repetición de la costumbre. Es por ello que hoy, cuando se lleva a cabo el Festival de Poesía de Bogotá, esta decimoséptima edición dedicada a la poesía venezolana, agradezco en nombre de quienes hemos sido convocados.

Por un lado vamos a decirlo así: los libros, la lectura, la poesía, son fieles testimonios de la tarea, siempre inacabada, nunca fácil, de descifrar los signos de la existencia y su coloratura desigual y enigmática. Las palabras no tienen más, ni menos tampoco, que entregarse al diálogo con el tiempo y con la historia. Diálogo desmedido, necesario, indispensable para quienes buscan el corazón de los árboles en la maravilla y en la pulpa de las cosas que amamos o que despreciamos.

La escritura consagra la rebelión, la decidida apuesta por no quedarse con lo dado, la zanja, la grieta, diría Álvaro Mutis, que abre la inteligencia y la sensibilidad. De esta manera, lo escrito es profanación, escándalo, voz primigenia.

Así que cada verso, cada frase, cada aforismo, contribuyen a abrir hendijas y pasadizos en la circularidad de la condena, y a darle paso a nuestra indomesticable fidelidad para dar cuenta de una manera de ver y estar atentos a lo que ocurre, con los ojos primerizos de quién se confiesa en voz alta. Fuga, libertad, lucidez, fuego, revuelta. Quien deja las cosas como parecen ser no ha hecho nada en el caudaloso río de imágenes, en el ocaso constante de colores, encuadres, personajes, tonos de voz, gestos, movimientos corporales, formas de anticipar el duelo o la alegría, que componen nuestra existencia. En el contexto del hastío existencial que el imperio de las mercancías produce, la lectura es el único vehículo emancipador.

Si fuera por la abrumadora cantidad de información meticulosamente manipulada, a través de la radio, la prensa, el cine, la televisión, la publicidad, pareciera increíble que existieran poetas sobre la Tierra. Sin duda que somos como los afganos, como todos los que resisten y luchan (a lo mejor ahí deberíamos entender a Rilke cuando habla de la poesía como destino) contra mecánicas que buscan adaptarse al sistema enajenante y cruel que dibuja Chaplin en Tiempos modernos.

Intento decir y escribir lo siguiente: escribir equivale a desprenderse de las conductas previsibles y atender hasta el delirio a la incómoda e indómita proliferación de palpitaciones inéditas que la vida trae consigo. Lejos de las convenciones donde todo parecía tan aburrido, hueco, vacío, sumiso, dependiente, marchito, repetido.

La dictadura de los medios de comunicación no quiere a su lado a los poetas, ni a quienes denuncian las sombras de los intereses mercantiles y a sus sistemas de alumbrado, marginándolos y ubicándolos del lado oscuro de la luna. Por eso leer ha sido una acción largamente perseguida por el poder, o si no, que lo desmienta el Santo Oficio.

Hoy en día Venezuela, como lo dijo alguna vez el poeta Aurelio Arturo de Colombia, es un país que sueña.

No ha sido un regalo esta historia reciente, sino una conquista que poderes de diversa índole han intentado impedir, como ustedes lo saben demasiado bien, como para detallarlo aquí.

En Caracas hemos producido más de 50 millones de libros distribuidos de manera masiva, muchas veces gratuitamente. La política del Ministerio del Poder Popular para la Cultura ha sido la democratización, la inclusión. Hemos dado fin al axioma falsario según el cual el venezolano no lee, cuando lo que realmente ha pasado es que los libros tuvieron siempre precios inaccesibles. Pero hay algo mayor: La valoración del prójimo, de la otredad como razón de la política, de la acción colectiva puesta al servicio de una dignidad tanto tiempo postergada.

Esta política cultural está hoy a la vista de todos: Convertida en libro, estimulando los puntos de vista, el diálogo, la crítica, la tolerancia…

Muchas gracias a todos por estar aquí, ofrendando nuevamente a la poesía, y que en estos días del festival seamos muy felices. Y los poetas sí que sabemos de eso.

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“Emprender la noche” de José Zuleta Ortiz
Por Hernando Guerra Tovar

José Zuleta Ortiz (Bogotá, 1960), nos muestra en su poética mundos diferentes, que sin embargo han estado ahí desde siempre, al alcance de nuestros sentidos, de nuestra mirada, acaso empañada por otras urgencias, otros apetitos. Lejanos territorios de la cotidianidad más inmediata. Objetos cercanos, teñidos de una voluptuosidad desconocida, colmados de belleza nueva; distinto rostro del entorno familiar, paisaje inadvertido hecho presencia.

Asistimos en esta poesía a un itinerario por el envés de las cosas, el otro lado de los usos y costumbres, el redescubrimiento de regiones externas e internas del hombre, en su discurrir por la tierra que le es propia o ajena, según nuestra percepción, de acuerdo al lado y al lente desde el que lo abordemos. El verbo, limpio de los sedimentos de siglos de uso, desuso y maltrato, muestra ahora su identidad primigenia, intacta. La Antología Emprender la noche (Colección Los Conjurados, Común Presencia, 2008) es así, poéticamente, un llamado del autor para que busquemos en el sueño la vigilia de nuestros actos, del entorno, los motivos que habitan más allá de la apariencia, la verdad oculta, el fin y el propósito que impulsa todo acto, todo hecho, toda circunstancia. Miraremos, pues, con el lector, libro por libro, el contenido de esta obra, de un autor que se destaca como una de las voces originales, auténticas, de la poesía de su generación en Colombia:

“Las alas del súbdito” (Primer Premio Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos, Riosucio Caldas, 2002), constituye un recorrido por la sencillez, por la elementalidad de la vida. La paradoja de lo cotidiano enaltece el milagro del ser, en lo rural, en lo urbano. En el silencio. En el barullo: “…se respira el agua…la balsa avanza. / Chaquiro, Sajo, Amarillo, Cedro, Tangare, / Comino, Flor Morado y Chanúl. / Tantos años erguidos; como casa de pájaros, / camino de ardillas, trapecio de micos, / sombras de orquídeas, / filtros de luz…” (Bocas de Satinga). El contraste urbano lo aporta el anodino personaje “pregonero de abalorios, de ilusiones”, que después de una faena extenuante por la ciudad, como “súbdito de riquezas anónimas / (que) vende para pagar facturas ajenas. (…), llega por fin a su colina amada y “feliz: sabe que en algún lugar / de la estancia están esperándole las alas… / ahora podrá volar lejos del reino, lejos del vocerío, / y verá / desde lo alto el mundo, y hasta podrá quererlo. (Las alas del súbdito).

En “La línea de menta” (Colección Escala de Jacob, Universidad del Valle, 2005), la lúdica de los sentidos hace del fruto un festejo:”Avanzo por la tierra y sus fragancias, / siento las caderas dulces de los mangos, / los cascos cosidos con hilos blancos / en el costurero del mandarino. (…) El erotismo sutil de la palabra deriva en el entretanto del ocio que brinda la siesta, “el menú” del cuerpo hecho manjar del deseo: “Después de la prisa / de las prendas cayendo, / mariposas urgentes vuelan tu pecho”. Todo aquí convida al descanso, al solaz, a la contemplación de un mundo detenido en la pereza. Salvo el texto que nomina al poemario, la agenda del poeta y del poema es insustancial: “Viviría soñando…/ vagaría en duermevela / por libros claros, / por películas, / por cuadros rojos y amarillos, / por recetas perfumadas de hierbas. Sin embargo, entre esta despreocupación cercana al hedonismo, hay un lugar para recordar la tragedia del Raúl Gómez Jattin, su viaje intempestivo al encuentro con su progenitora. Y hay lugar, asimismo, a la trascendencia, a la mirada hecha visión, cuando Zuleta Ortiz observa el río del tiempo entre la lluvia, como en un prisma, en su recorrido por la exaltación de la fruta, para llegar a esta imagen bella y exultante: “sigo / ahora llueve / miro al fondo la montaña oscura / veo un río, / es una línea de menta que desciende.”

“Música para desplazados” (Premio Nacional de Poesía, Casa de Poesía Silva, 2003) es un libro en donde la convocatoria hecha bajo la irónica consigna “descanse en paz la guerra”, confronta la dolorosa “realidad” de una nación que se debate entre la insensatez de la violencia y la belleza inocua del poema. La dura pregunta de Höelderlin tiene respuesta en este poemario, cuando José Zuleta Ortiz consigna el hecho simple de un activismo cívico, fundado en la palabra, alejado del ataque, como corresponde al ser inteligente que no ignora las verdaderas “razones” del flagelo, del maridaje de una aristocracia rancia y corrupta, postrada, genuflexa ante poderes del “otro lado” del mar y del sueño. Entonces todo fluye y confluye. El río no sólo lleva muertos, lleva también la vida con destino al hombre citadino. No sólo lleva el cadáver del árbol milenario, transporta así mismo el alimento, es decir la paz, porque la paz, amigo lector, comienza en el estomago, aun la atroz intermediación en el comercio de los frutos, el destino final de “tantas semanas de paciente labranza, (…). El siguiente poema, bello en su singular desgarramiento, canta una “realidad” que se nutre de la indiferencia de quienes fungen un poder oscuro, de intereses mezquinos, podridos como aquellos frutos que no resisten los embates del clima, y la displicencia del sistema: “Derrotados en la guerra del andén, / sin los encargos de los hijos, / ni el corte de género para ella, / ni la funda nueva del machete, / suben al techo del bus de escalera, / para volver al monte azul donde / la vida es una guerra perdida.” (En el andén de la Galería Alameda).

“Mirar otro mar”, (Hombre nuevo Editores, 2006), es la celebración del goce por la vida. “Rueda sin rumbo la noche…” La alegría como motivo poético. Un delicioso erotismo recorre estos poemas. La mujer y la gastronomía se mezclan en una receta, en donde la comida de mar, las frutas y los aderezos, extienden por la página olores, sabores, exquisiteces; alcoholes en infinitas rondas, roces, risas, alas. Los nombres de los poemas hablan por sí solos: “Hambre”, “Otra ronda”, “La mujer de enfrente”, “Lo de la vecina”, “Cantar dentro de ti”, “Una cerveza en la Habana”, “Seducción”, “3 A.M.” “5.30 A.M.” “Como los ángeles”, “Placer glaciar”, “Motel Santa Bárbara”, “Tinta Roja”, “Intensidad”, “A la intemperie” “Insectos”“Visita conyugal”, “Apetitos varios”. El autor se apropia del alcance semántico de la fruta, su magia, su deleite, para trasladarlo a la escena erótica: “Lo mejor de ti son tus silencios: / espera de mango, / distancia de naranja, (…) “Ver tus manjares intactos”, / tu hambre, (…)

El último libro de esta Antología, que contiene la obra poética hasta ahora publicada por José Zuleta Ortiz, “Las manos de la noche”, segundo premio en el concurso internacional de Poesía de la Universidad San Buenaventura en 2007, contiene ocho textos, como anticipo de la publicación del libro por parte de la Universidad Nacional de Bogotá, en la Colección Viernes de Poesía que impulsa el profesor Fabio Jurado Valencia, poemas que mantienen la unidad temática y de tono del contexto de la obra del autor aquí reseñada: “Hace años / las ardillas viajaban / de la costa atlántica / a la costa pacífica, / de rama en rama / sin bajar al suelo. / Era cuando los árboles estaban tomados de las manos / jugando a la ronda de los bosques. (Tomados de la mano)

“Emprender la noche”, un acierto estético, en la poética y la plástica (bellamente ilustrado por la Artista Viviana Ángel). José Zuleta Ortiz, “cazador de instantes”, una voz diferente que refresca la poética colombiana, a la vez que indaga y señala otras regiones de la geografía y del pensamiento; derroteros preferibles, más humanos, para la tierra, el hombre y su palabra. Otra mirada, otro mar, otras posibilidades en un país en donde la ceguera y el autismo de la clase dirigente, constituyen el “Padre nuestro” de cada día.

Pablo PANIAGUA/Manifiesto para una Nueva Literatura Independiente


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Manifiesto para una Nueva Literatura Independiente
Por Pablo Paniagua

Estoy convencido de que la literatura vive en un estado de permanente emergencia. La industria editorial, casi en su conjunto, dejó de apoyar a los autores noveles que enfrentan su trabajo con honestidad, para promover un tipo de producto pseudoliterario que rebaja la percepción general de lo que antes se entendía como literatura. Ahora, por ejemplo, David Trías, editor de Plaza & Janés (del grupo Random House Mondadori), proclama con descaro la conveniencia de la novela como producto consumible, mientras que el “mundillo literario” aplaude la concesión del Premio Cervantes a un escritor, como Juan Marsé, que plaga sus novelas con adverbios terminados en “mente” y cuya obra supone el estancamiento de un género que sigue los cánones del siglo XIX. Y es que la banalidad y la simulación de la Civilización Supermoderna lo empapa todo, hasta el punto de equiparar el éxito de ventas con la calidad. Hoy las historias de contenidos superficiales, bajo una deficiente forma y sin fondo, son las que reinan en el panorama literario, mientras asistimos a la derrota de la Gran Literatura.

Da la sensación de que una parte de los involucrados en el proceso editorial (escritores, agentes literarios, editores, críticos y periodistas), están planeando y ejecutando la muerte de la literatura, su asesinato, mientras los lectores, alienados por la simulación, aplauden como si estuvieran viendo tal acto sentados frente a un televisor. Es la “cultura del entretenimiento” la que se superpone a la “cultura del pensamiento”, donde enanos mentales, como Francis Fukuyama, tan festejado por los medios de comunicación de masas, son los grandes pensadores de la Época Supermoderna.

Pero dicha civilización parece que naufraga, en la propia crisis generada por la ausencia de valores espirituales, cuando el Becerro de Oro que todos idolatran se desquebraja como el mismo modelo económico en el que se sustenta. Y aquí la historia bíblica toma la forma de la parábola para repetirse en los tiempos de hoy, con un dios supletorio que nos conduce hacia la distopía. Ésta es nuestra civilización fracasada, la Humanidad ante el callejón sin salida, donde el ídolo monetario refulge con el fuego de la avaricia y la especulación, y donde la literatura, como un apéndice corrupto, rebaja su esencia para ir a la búsqueda exclusiva del logro económico, y así mostrar su rostro más siniestro.

Ante lo arriba expuesto, hago de mi palabra un grito para promover una nueva “literatura independiente” que ha de enfrentar, criticar y señalar, los males de la Época Supermoderna y su banalidad, para así alejarse de la inercia que supone la muerte de la literatura. Como escritores tenemos que recuperar, con esfuerzo y dedicación, los espacios que nos están robando, encontrar nuevas estrategias para la supervivencia y no desistir en mostrar muestro trabajo al mundo. Para ello, hay que crear editoriales independientes (las nuevas tecnologías de impresión propician dicha vía, cuando negocios como “Lulu.com” o “Bubok.com” son salidas demasiado fáciles y, por tanto, bajo el influjo de la mediocridad), autogestionar nuestra obra, formar colectivos y grupos que dejen de mirar hacia el fondo del callejón sin salida, y así hacer que nuestra voz permanezca y sea escuchada; es indispensable suscitar la ruptura, crear el espíritu crítico que nos distinga frente a los narradores de lo banal, y recuperar la palabra: porque el paso del tiempo siempre hace justicia a los que no la traicionaron.

Ahora que el negocio editorial se está transformando, gracias a las nuevas tecnologías de impresión, más la venta y promoción de contenidos literarios a través de Internet, podemos ir de manera resuelta al encuentro de los lectores. Es necesario, en consecuencia, establecer los procesos de divulgación y promoción que nos permitan evadir el anonimato, y presentarnos como una alternativa literaria independiente. Cualquier iniciativa es mejor que quedarse con los brazos cruzados, pues podemos vender nuestro trabajo, además de por Internet, en las calles, plazas, librerías, centros culturales, cafés y bares de nuestra ciudad (así como lo hacía, por ejemplo, Georges Bataille con sus ediciones caseras en la noche parisina). Es posible, les aseguro, vivir de la literatura sin rendirse a la superficialidad, sin tener que abandonar nuestros principios de honestidad literaria ni claudicar ante los equiparan el libro, como producto, a una hamburguesa de McDonalds´s o una lata de Coca-Cola.

Siempre es duro nadar a contracorriente, ser marcado y mirado con recelo por los traidores de la palabra, pero incluso así merece la pena continuar. Es el simple acto de esta rebeldía el que nos diferencia, el motor de la ilusión que pretenden pisotear, cuando el camino embrozado al que nos arrojaron se convierte en el estímulo para avanzar hacia el futuro.

Hoy, sin duda alguna, es la hora de luchar por este gran sueño.

Pablo Paniagua a 21 de mayo del 2009
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