samedi 30 août 2008

Vlady KOCIANCICH/ Cortázar y los vampiros


Cortázar y los vampiros
Por Vlady Kociancich

¿Azar o destino? El autor de Bestiario y la autora de este texto se encontraron en Buenos Aires para hablar de un misterio literario. En esa cita, el escritor le predijo a su colega, como si le encargara una misión, que ella visitaría una ciudad rumana casi desconocida y le insinuó que en las tierras de Drácula hallaría la explicación de esa profecía

Noche de luna llena en Brasov, Transilvania, a mediados de los años setenta. El auto que me lleva a cenar a una posada del siglo XV gira lentamente por calles medievales, de caracol, en una oscuridad espesa y muda.

He venido a Rumania con el encargo de escribir un artículo para la revista de turismo que me emplea y los tres días aquí no han sido nada fáciles. Apenas llegada de Moscú, ya que la Unión Soviética también forma parte de una edición especial, me entero de que mis anfitriones rusos no han tenido mejor idea que llamar a Bucarest y recomendarme a las autoridades, amabilidad que es entendida como orden tajante. Y que cae en uno de esos momentos peligrosos en que el gobierno de Ceacescu se rebela contra el dominio de la Unión Soviética. Así que cuando bajo del Tupolev de Aeroflot me encuentro con un aeropuerto rodeado de tanques de guerra y gente armada hasta los dientes, en espera de una invasión. No es sólo eso. Llego también después del terremoto que ha arrasado la capital y del que milagrosamente escapé por cambiar la fecha del viaje.

Me hacen esperar en un frío de hielo. Estoy en la pista, entre aviones y tanques, mirando un espectáculo que parece sacado de una vieja película de la Segunda Guerra Mundial, cuando veo a un hombre mayor, muy flaco, algo encorvado, de pelo gris y anteojos, en un sobretodo negro y con una larga bufanda enroscada en el cuello, que se acerca al trote y me informa, tosiendo y sonándose la nariz con un enorme pañuelo blanco, que es el guía que me han asignado y que disculpe su resfrío. Se presenta a sí mismo con infinita melancolía. Es profesor, un académico de Letras, su nombre es Trajano y habla un castellano perfecto. Conoce ocho idiomas, explica con una jactancia lacrimosa, y no puedo dejar de acordarme de Bernard Shaw cuando caracterizó la acumulación de lenguas como una de las pruebas incontestables de la estupidez. Pero el profesor Trajano tiene una pasión: las letras de tango.

" Adiós muchachos, compañeros de mi vida... ¿Es así, señora Kociancich?", recita, mientras yo trato inútilmente de que me diga a dónde vamos y por qué no al hotel para dejar las valijas, darme una ducha y tomar un café. El profesor Trajano suspira, mueve la cabeza en un gesto de agobio a punto del colapso, dice que él no deseaba esta tan honorable tarea de acompañarme en mi estadía pero que no encontraron a un reemplazo culto y digno de mi visita. " Sur, paredón y después... ¿Es así, señora Kociancich?"

Además del profesor Trajano me han asignado un auto y un chofer. El auto es enorme, negro, antiguo, una limusina de colección. El chofer, Dimitri, alto, moreno, el pelo alborotado y una sonrisa despectiva en la cara sin afeitar, un cigarrillo apagado colgando de los labios, odia a los comunistas, se burla del triste profesor y no obedece sin protesta sus indicaciones. "...stos se van a terminar" es la letra favorita de Dimitri, canturreada en inglés, y me señala como una profecía de la caída del sistema el derrumbe de los edificios nuevos y feos junto a las elegantes casas de otro tiempo que aún se mantienen en pie.

Como sé que comunicarse en una lengua ajena no significa realmente entenderse, que siempre hay un código nativo que confunde el mensaje, conservo la esperanza de haberme equivocado y de que me estén llevando al hotel, pero el auto se detiene frente a una casa gris, agrietada por el terremoto. Pisando escombros y esquivando vigas partidas y bloques de cemento, llegamos a una sala. No hay otros muebles que una gran mesa de directorio en el centro y varios hombres, cinco o seis, de traje oscuro y corbata, sentados alrededor, que me miran ceñudos, sin saludarme, mientras el profesor Trajano, más triste y resfriado que nunca, me presenta.

La escena entre el polvo y los cascotes es surrealista. Peor, estoy ahí. "Qué vino a hacer, especifique", me preguntan. ¿Especificar? De pie porque nadie me ofrece asiento, tímida de puro asombro, les recuerdo los pasos formales dados en Buenos Aires por la revista, la invitación que recibimos a cambio de un artículo sobre los atractivos turísticos del país, la contratación de espacios publicitarios, las cartas y faxes intercambiados. Uno de los hombres, el más rígido, de pelo negro casi al ras y bigotes muy cortos, levanta una mano, la palma enharinada del concreto que salpica la mesa. Junto a la mano, viene la acusación. Es un discurso seco, cargado de reproches. Si vengo de Moscú, soy una enviada de Moscú. Niego, repito que se trata del mismo viaje periodístico. Silencio. Apelo al famoso acuerdo de Helsinki que resguarda el turismo de cualquier circunstancia política y que generalmente funciona. No funciona. Silencio. Entonces, por primera vez me doy cuenta de que estoy sola, que no conozco a nadie en este pedazo del planeta, encintado con un hierro invisible.

La desesperación me enfurece. Les grito "yo, argentina", que en esas circunstancias no es precisamente el chiste nacional, exijo que me devuelvan al aeropuerto para tomar el primer vuelo a Belgrado, que ya me harté de sus intrigas miserables. Este mundo es muy raro. Increíblemente, los hombres de traje oscuro se disculpan, sonríen, instruyen a Trajano sobre el hotel, el recorrido, las vistas y monumentos. Recuerdo mi estupor más que mi alivio. Y una extraña desilusión por el cambio, como si en la locura de otros uno esperase alguna mínima coherencia.


"Cuando estés en Brasov"

Noche en Brasov, ciudadela fundada alrededor del 1200 por los sajones, corazón de Transilvania, de un paisaje montañoso espectacular en una de cuyas aristas, Bran, está el castillo de Drácula, es decir, de Vlad Tepes, el sanguinario conde recordado como "el empalador" por su castigo favorito al que sumaba crímenes monstruosos y sin razón ( Draculae significa "hijo del diablo") y celebrado como héroe nacional por sus victorias contra el invasor turco.

Oscura como un pozo, Brasov. Dimitri conduce despacio para que pueda ver la iglesia más antigua y venerada, la Iglesia Negra. Gótica en todos los sentidos. La claridad lunar acentúa la forma de un gigante monje de piedra en un hábito negro que vigila a los pecadores desde la curva de una esquina. Me estremezco. El profesor Trajano explica que la negrura se debe a un incendio de hace siglos, pero no me convence. La ficción siempre es más fuerte que la realidad y durante un minuto la sombra literaria de Drácula sobrevuela los picos agudos, las ojivas como bocas abiertas. Dimitri se persigna. El profesor Trajano se fastidia.

"Cuando estés en Brasov..." ¿Quién me dijo esa frase? No tengo tiempo de buscarla en la memoria. Hemos llegado a El Ciervo de los Cárpatos, al restaurante y la mesa especialmente reservada, que me amarga porque calca el aislamiento de este viaje. Está sobre una especie de tarima, con un cerco de flores artificiales. Me siento ridícula y presa, mirando a los comensales felices que charlan allá abajo. No me miran. Tal vez porque la única demostración de vida del profesor Trajano es entrar gritando a cada sitio: ¡Ministeriul gueste! O algo así, que significa "invitada del ministerio". De pronto, suena un acorde familiar. Es un tango.

Paso de ver a Drácula a ver rumanos bailando un tango ensimismados, como en un doble sueño fantástico. Cuando estés en Brasov . Ahora sí recuerdo. La frase me la dijo Cortázar, unos dos años antes, en una mesa del restaurante Re dei Vini, en Buenos Aires.

Quién nos encantó y para qué...


Yo no sólo admiraba a Cortázar. Sentía por sus libros un profundo agradecimiento. No me gustaban sus novelas, no me alcanzó el impacto que produjo Rayuela en otros escritores de mi generación, pero desde la lectura de Bestiario sus cuentos me iban guiando como una mano tendida a través del bosque de ignorancia en que un autor joven da los primeros pasos. Soñaba con el día en que pudiera escribir algo siquiera aproximado a la perfección de un relato como "La continuidad de los parques".

Nunca en mi vida pedí que me presentaran a un escritor. La excepción a esta regla fue Cortázar, en su visita a Buenos Aires, y el encuentro lo concertó mi amigo Francisco Porrúa, entonces editor de Sudamericana. Yo tenía una buena excusa: hacerle unas preguntas sobre el raro caso de dos cuentos casi idénticos que él y Bioy Casares habían escrito y que yo pensaba comentar en un artículo. La cita era en la confitería Saint James de Santa Fe y Maipú. Con la prudencia de todo escritor famoso y asediado, Córtazar se lamentó de tener sólo el tiempo de tomar un café. No me importaba, realmente. Diez minutos ya eran un privilegio. En esos días, la literatura fantástica significaba para mí y para muchos principiantes un gran campo de pruebas, y Cortázar era uno de sus héroes. Lo recuerdo como todos los que lo conocieron. Altísimo, agradable, cortés en un tono suelto y amistoso, sin vanidad ni prepotencia, en suma, muy parecido en el trato a Borges y a Bioy Casares, como si el género que compartían les hubiera dado los rasgos de una misma familia.

Con respecto a los cuentos gemelos, me comentó que la noche anterior había cenado con Bioy y que se habían divertido tratando de explicarse, sin éxito, las misteriosas coincidencias. Sobre todo, la cita apócrifa que Bioy puso bajo el título de su relato, ignorando, por supuesto, que Cortázar estaba escribiendo la misma historia. Quién nos encantó y para qué, nunca lo sabremos . "Ese nos es mágico -me dijo sonriendo-, pero Bioy no cree en magia alguna. Yo no estoy tan seguro."

A él le parecía sumamente curioso que un autor como Bioy Casares, pródigo en diablos, monstruos y máquinas fantásticas, fuera en persona tan racionalista como para mostrarse horrorizado cuando él le habló de la posible existencia de un orden secreto bajo la apariencia del orden visible que, sumado al viento del azar, nos rige sin que nos demos cuenta. Cortázar no descartaba un tercio de verdad en médiums que adivinaban, en profecías que se cumplían, en sueños premonitorios. Me imaginé a Bioy tratando de disimular su escándalo porque apreciaba y respetaba a Cortázar, mientras oía lo que él consideraba meras supersticiones.

También yo estaba desconcertada. No hay en los cuentos de Cortázar un peso tan fuerte de lo sobrenatural como en los de Bioy. Tampoco una estructura tan deliberadamente fantástica. De hecho, el material de las historias y del estilo de Cortázar no es lo fantástico sino lo irreal. Una irrealidad percibida en la vida cotidiana, de mínimos gestos y avisos que pasan nerviosamente sobre la aparente lisura de un colectivo, de una casa de barrio, del juego de unos niños, para volverse luego sofocantes y trágicos. Esta literatura de la irrealidad, tan argentina, tan clavada en nosotros como la estaca pampa, era a la que yo aspiraba, desde la influencia de La línea de sombra de Conrad. Siempre creí que el realismo puro que algunos autores latinoamericanos, entre ellos Vargas Llosa, pregonan como la única y exclusiva verdad literaria puede tener algo de increíble, de mala página fantástica. Porque también somos nuestros sueños y nuestras pesadillas.

Una hora después almorzábamos en Re dei Vini. Muy a lo porteño: bife, papas fritas, vino tinto, pero ante todo, la conversación interminable, el rito nacional y la única nostalgia de Cortázar residente en Francia. No sé cómo entraron los vampiros en esa madeja de temas sobre el lado oscuro del mundo que cuenta la ficción. Creo que a través de la puerta de una anécdota que respondía a mi pregunta de por qué se había ido de Buenos Aires.

Una noche, Cortázar y un amigo recorrían un barrio de París, vieron un patio muy hermoso al frente de una casa, entraron, y admiraban la arquitectura y la fuente central cuando salió la concierge , furiosa, a echarlos. Cortázar se disculpó diciendo que habían entrado porque estar en aquel patio era como estar en el Louvre. La portera le replicó: "El Louvre, monsieur , cierra a las cinco". A Córtazar, esa frialdad lo conquistó. "Necesitaba la indiferencia de París. Ser un extraño para otros, un nadie, a lo sumo un inoportuno en vida ajena, sentirme fuera de la mía." ¿El Drácula de Bram Stoker cuyo peor enemigo era la luz?

Por qué no creer, me insistía, en que esas figuras negras de la imaginación son figuras del mundo que no vemos y en un sentido popular más reales que Hamlet o Don Quijote. En Rumania, creían en vampiros. Me reí. Pensé que hablaba en broma. Lo niegan y se ofenden, aclaró, y es natural, a qué país le gusta tener de prócer al Conde Drácula, para colmo famoso por el libro de un extranjero, pero creen en su existencia.

"Cuando estés en Brasov, me dijo, mirá las puertas de las casas, hay ristras de ajo contra los vampiros." Brasov es como un hueco en la oscuridad donde uno podría entender, si quisiera, las coincidencias más extrañas, la mezcla de pasado y futuro, el terror a las consecuencias sobrenaturales de cualquier acción, sobre todo de noche. Algo desanimada por el tono que había alcanzado la discusión -sentí que ya parecíamos dos señoras tirándonos las cartas o leyendo la borra del café- le dije francamente que mi sueldo no me llevaba más lejos que Mar del Plata. Cortázar no me oyó. "Cuando vayas a Brasov", proseguía, dándome consejos sobre qué y cómo mirar aquel momento del futuro.

No volví a verlo. Intercambiamos un par de cartas, Cortázar era un corresponsal atento, creo que todo Buenos Aires guarda alguna de esas largas y brillantes respuestas en papel vía aérea, y nada más. De la conversación en Re dei Vini me quedó el ejemplar de la antología de sus cuentos que en esos días había publicado Sudamericana y que a la altura del último café me atreví a pedirle que me firmara. La dedicatoria, quizá un mero clisé de ese género incómodo, decía: "En el primer día de nuestra amistad". Recuerdo claramente mi emoción. Yo era entonces tan joven.


Las puertas del cielo

Dos años después de ese almuerzo, estoy en Brasov. "Rara, como encendida", anota el profesor Trajano en su libretita y se enoja porque no sé cómo sigue la letra de Los mareados . Rara, como encendida, me parece de pronto la escena de la mesa, la orquesta y los bailarines.

Llevo días de andar encapsulada en un auto negro, mirando a través del vidrio de una ventanilla la alegría radiante del campo en primavera, familias con caras que parecen copiadas de las pinturas romanas del Imperio, palacios y fortalezas de cuento de hadas al sol, breves toques de calidez humana cuando Dimitri se rebela, para el coche en un puesto de salchichas junto a la ruta y nos sentamos en el pasto a comer escuchando los gemidos del profesor Trajano, entre gente feliz que ha salido a disfrutar un domingo. Drácula y su sed de sangre son inconcebibles.

Solamente Brasov es oscura por mi presencia aquí. Si Cortázar me hubiera dicho "Cuando estés en París". O en Roma, o en Londres. Pero Brasov es un destino extraño y lejanísimo, que ha superado con una terquedad casi mágica no sólo mi pobreza en aquel tiempo de trabajos mal pagos, sino hasta un terremoto y una crisis política, insertando este viaje imprevisto. ¿Qué debía entender, según Cortázar, en Brasov? Que como escritora, me tocaba a mí crear la explicación. Asumo que ése fue el mensaje.

Treinta años después, la duda de Brasov, de si fue simple coincidencia o un deliberado producto de la imaginación de Cortázar el verme tan claramente ahí desde la mesa de un restaurante en Buenos Aires, sólo persiste como una leve caída de la luz mientras escribo atenta a otras historias, un temblor en la certeza de que estoy escribiendo en este mundo sólido, rutinario, tangible en toda su belleza y su crueldad.

Los vampiros no existen, me digo. Cruzando los dedos, por supuesto.


KOCIANCICH Novelista, autora de libros de cuentos y ensayos, ha escrito Los Bajos del Temor , El templo de las mujeres y La raza de los nerviosos


Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 29/08/2008

Eduardo LAGO/Entrevista a John GRISHAM


ENTREVISTA a John Grisham
“Sé que lo que yo hago no es literatura”
Por Eduardo LAGO

Ha vendido más de 250 millones de libros de suspense legal; muchos convertidos en películas de enorme éxito. Nos habla de su riguroso plan de trabajo y vida: cada año, un ‘best seller’.

Virtuoso del thriller legal, género indisociable de su nombre, John Grisham (Jonesboro, Arkansas, EE UU, 1955) es autor de una veintena de títulos de los que a lo largo de los años ha vendido más de 250 millones de ejemplares, que han generando miles de millones de dólares en beneficios, lo que le convierte en un fenómeno de marketing que ha sido objeto de numerosos estudios que han tratado de dar con el secreto de su éxito, aunque éste se les escape por igual tanto a los analistas de la industria del libro como al propio autor.

Hijo de un obrero de la construcción que llevaba una vida nómada, John Grisham se licenció en derecho, ejerciendo de abogado en las cortes de justicia del Estado, donde adquirió de primera mano un profundo conocimiento del espinoso mundo de las causas legales. Efectuó su primera incursión en la novela a los 35 años, y lo hizo sin ánimo de iniciar una carrera literaria. Trabajaba 70 horas a la semana, repartidas entre sus obligaciones como abogado y las exigencias de su cargo político, lo cual no le dejaba ningún margen para otras cosas, pero una escena que presenció durante el transcurso de una causa criminal le afectó tan profundamente que, tratando de exorcizarla, escribió un libro, lo cual cambió el curso de su vida.

Lo que Grisham no podía quitarse de la cabeza era el escalofriante testimonio de una adolescente en el que daba cuenta de las circunstancias de su violación en presencia del hombre que la había forzado, ante la mirada atenta del jurado. Sentado entre el público, el padre de la víctima escuchaba el testimonio de su hija con el rostro congestionado por el dolor, a duras penas capaz de contener su rabia. “¿Qué ocurriría”, se preguntó el futuro autor, “si el padre de la niña se tomara la justicia por su mano y diera muerte al violador, teniendo entonces que ser juzgado por asesinato?”. La respuesta fue Tiempo de matar, su primera novela. Aunque no falta quien dice que es la mejor obra de su carrera, cuando se publicó pasó completamente inadvertida. Nada permitía sospechar entonces que el autor de aquel libro primerizo estaba destinado a ser uno de los mayores autores de best sellers de todos los tiempos. Dos años después, las cosas cambiarían radicalmente. Todavía no había enviado a ninguna editorial el manuscrito de su segunda novela cuando alguien se lo hizo llegar de manera clandestina a un productor de Hollywood, que inmediatamente vio sus posibilidades y ofreció 600.000 dólares por los derechos cinematográficos del libro. Cuando la noticia llegó a los circuitos editoriales, Grisham recibió una oferta millonaria. El libro, titulado La tapadera, se convirtió en un mega-best seller. Corría el año 1991. Desde entonces hasta hoy, todos los libros de Grisham, incluido Tiempo de matar, al que le llegó la hora del éxito con carácter retroactivo, han alcanzado un promedio de ventas superior a los diez millones de ejemplares por título, a razón de uno por año, a veces más. Muchos de ellos han sido adaptados al cine, y no por cualquiera. Entre los cineastas que han dirigido películas basadas en novelas suyas figuran nombres del calibre de Sidney Pollack, Alan J. Pakula o Francis Ford Coppola, uno de los fans del autor.

La entrevista tiene lugar en su oficina, ubicada en el centro de Charlottesville, pequeña localidad del Estado de Virginia, en cuyas afueras vive recluido el escritor. Todo en su vida está calculado al milímetro y puesto al servicio de la publicación, distribución y marketing de sus inexorables best sellers. Acude a la cita a la hora en punto, impecablemente vestido. Es un hombre sencillo, de mirada limpia, que transmite una inmediata sensación de integridad y a quien le gusta llamar a las cosas por su nombre. Tiene muy claro cuál es su misión en la vida, y a fin de que nadie se llame a engaño, afirma sin equívocos que lo que hace no es literatura, sino entretenimiento de calidad.

Los popes de la crítica y los mandarines de la alta literatura levantan las cejas cuando oyen su nombre, pero algo debe de tener este hombre cuando hay millones de lectores repartidos por los cuatro puntos cardinales del globo esperando con avidez a que publique su siguiente novela. Es alto, afable y ameno, nada estridente en sus maneras. Aunque el guión de su vida está sometido a un severísimo control debido a los plazos de producción que Grisham se ve obligado a observar, a fin de que en ningún momento se interrumpa la maquinaria encargada de mantener constante el ritmo de publicación de sus libros, hay claros en la conversación que permiten vislumbrar, siquiera durante unos momentos, al individuo que se encuentra en la base de lo que se ha dado en llamar el negocio Grisham. Lo que se ve en esos momentos es un hombre austero y trabajador, un buen tipo, o, como dice él de sí mismo, un chico blanco, de origen muy humilde, criado en el profundo Sur de Estados Unidos, con la cabeza llena de ensoñaciones, al que lo único que le importa es poder escribir sus historias, unas historias que, concebidas en los pliegues más profundos de su imaginación, llegan con regularidad perfectamente calculada a los rincones más alejados del planeta.

-¿Qué es lo más destacable de ‘La apelación’, su última novela?
-Es el libro más abiertamente político de cuantos he escrito. Creo que ése es su rasgo más destacado. Me meto a fondo en un tema que no se ha explorado suficientemente, el mundo de las elecciones judiciales en Estados Unidos, una cuestión candente en mi país. Este tipo de elecciones tiene lugar cada dos años y está sujeto a toda clase de manipulaciones por parte de representantes del mundo de la política y las grandes corporaciones financieras. El fenómeno se ha agudizado en la última década. Cada vez hay más corrupción en el entorno de estas elecciones judiciales. La acción transcurre en el Estado de Misisipi, donde me crié. Hace bastantes años jugué un papel activo en la escena política del Estado, de modo que conozco el ambiente de primera mano.

-¿Cuál es el proceso de gestación de una novela de John Grisham?
-Siempre estoy a la caza de ideas, porque no trabajo nunca en un solo libro, sino en varios a la vez. Aparte de la novela que esté escribiendo en un momento dado, voy dando forma en mi cabeza a las dos siguientes, de modo que el proceso de gestación de un libro empieza mucho antes de que llegue el momento de ponerme a escribirlo. En cuanto tengo la idea del libro, empiezo a organizar el argumento. Antes de escribir la primera palabra sé perfectamente todo lo que va a pasar. Luego viene un periodo que puede durar meses, durante el cual me dedico a documentarme a fondo sobre el tema, hasta que por fin llega el momento de escribir la novela, cosa que me lleva entre cuatro y seis meses. Los preliminares pueden variar, pero el grueso del libro lo remato en 90 días.

Cronológicamente, el plan es siempre el mismo, y sigue de cerca el curso de las estaciones del año. A finales de la primavera tengo una idea bastante clara de cómo va a ser la historia, y entonces empiezo a escribir, primero sólo un poco, una página al día, a veces dos; luego voy aumentando, hasta llegar a tres o cuatro páginas diarias. Cuando llega el verano, como ahora, entro en velocidad de crucero, y trabajo más horas. En estos momentos estoy sacando un promedio de cinco a siete páginas por día. Mantengo el ritmo a todo agosto, hasta que pongo fin al libro. A mediados de septiembre habré terminado la novela que tengo entre manos ahora mismo. Después de limpiar el manuscrito, lo dejo reposar, y antes de enviarlo a la imprenta, a primeros de diciembre, le echo un último vistazo. El 27 de enero estará en todas las librerías del país y esa misma noche quedaré para cenar con mi editor y con mi agente para fijar la fecha de publicación de la siguiente novela, que según mis cálculos será en febrero de 2010. Es un ritual que nunca falla.

-Entonces, en estos momentos se encuentra en la fase central de la escritura. ¿Puede describir su rutina?
- Me levanto muy temprano, a las seis de la mañana.Me tomo un café muy cargado y me encierro en mi despacho. Vivo en el campo, a quince millas al sur de Charlottesville, y tengo una oficina sin teléfono ni fax ni Internet, nada, silencio total. A las siete de la mañana estoy escribiendo a toda máquina. Con los años he aprendido que cuando rindo mejor es entre las siete y las diez de la mañana. Ésas son las mejores horas del día para mí y procuro aprovecharlas sin interrupciones. A partir de las diez, mi mente empieza a divagar; a las once ya voy casi sin gas. Es rarísimo que la sesión de escritura se prolongue hasta mediodía. Dicho así no parece que sea una jornada de trabajo muy dura, pero escribir de manera ininterrumpida durante cuatro o cinco horas es agotador. Al final de una sesión de escritura dura estoy física y mentalmente extenuado. Cuando acabo vengo en coche a Charlottesville, almuerzo en algún restaurante cerca del despacho y, una vez aquí, me ocupo de las cuestiones organizativas. Aquí es donde concedo mis entrevistas, hago reuniones, me ocupo de la correspondencia y hablo por teléfono con Nueva York. A media tarde me voy a casa y hago ejercicio, una sesión bastante rigurosa: levanto pesas, o salgo a correr, o a nadar, o juego a squash, durante una hora, más o menos. El resto del tiempo se lo dedico a mi familia.

-¿Nunca se toma un respiro? ¿Se siente presionado?
-No me puedo permitir parar, se iría todo inmediatamente al traste. En el negocio del entretenimiento y en el mundo de la cultura popular, todo va por ciclos, ya se trate de cine, de música o de deporte. Son ciclos bastante amplios, pero no se sabe cuánto pueden durar. Eso es particularmente cierto en el caso de la ficción. No me siento presionado. Nadie me obliga a escribir un libro al año. Tengo un contrato que me obliga a escribir creo que son dos o tres libros durante los próximos cinco años, de modo que no hay presión contractual que me obligue a producir al ritmo que lo hago, pero es algo que me impongo, por tres razones: si no escribiera, no sabría qué hacer con mi tiempo; además, me divierte inmensamente hacerlo, y por último, mis libros siguen siendo inmensamente populares. Si, por las razones que fuera, las cosas dejaran de ser así, dejaría inmediatamente de escribir.

¿Cuántos millones de ejemplares calcula que ha vendido a lo largo de su vida?
-Según datos recientes de mis editores, más de 250 millones en 46 idiomas.

-¿Y qué le hace sentir saber que tiene tantos millones de lectores en todo el mundo?
-A pesar del tiempo transcurrido, sigo sin salir de mi asombro. Me resulta increíble saber de antemano que el libro que estoy escribiendo en la soledad de mi estudio lo van a leer millones de personas de todas las edades distribuidas por los cinco continentes. Tengo muy presentes a mis lectores. Ellos son la razón de todo esto. Son increíblemente fieles, aunque, en cierto modo, estoy sometido a sus exigencias. Mis fans saben perfectamente cuál es la fecha de publicación de mis libros, y esperan pacientemente a que llegue, pero no me puedo salir mucho del guión. A veces me gusta probar con otro tipo de libros, pero si lo que publico no es un thriller legal, a mis lectores no les hace mucha gracia. Una vez publiqué una novela cómica, Una Navidad diferente. Mis seguidores dijeron que habían disfrutado leyéndolo, pero dejando claro que prefieren los thrillers legales. He publicado muchas clases de libros, incluso una farsa sobre el fútbol en Italia, y todos se han vendido muy bien porque figura mi nombre en la portada, pero a mis lectores no acaban de convencerles mis devaneos. Tienen muy claro lo que les gusta y quieren que se lo dé. En ese sentido estoy un poco atado: siento que no los puedo defraudar, así que intento darles un buen libro de suspense legal cada año.

-¿Cómo empezó la lluvia de ‘best sellers’?
- Fue algo totalmente inesperado. Mi primer libro, Tiempo de matar, no lo leyó nadie. Sin embargo, dos años después, cuando publiqué La tapadera, en 1991, las cifras de ventas alcanzaron proporciones exorbitantes. Hubo un factor de suerte: cuando salió el libro, el mercado editorial andaba a la búsqueda de nuevos talentos. Stephen King llevaba 15 años en candelero; Tom Clancy, 10, y Michael Crichton y Robert Ludlum, todos ellos autores de mega-best sellers, también llevaban mucho tiempo. Para la industria del libro es crucial descubrir a una nueva superestrella cada dos o tres años. A principios de los noventa, todo el mundo –editores, librerías, lectores– andaba a la caza de un nuevo nombre, de modo que el ambiente no podía ser más propicio para mí cuando apareció La tapadera.

Entonces ocurrió algo importante: me advirtieron contra el éxito. En plena eclosión de ventas, los expertos me dieron un consejo: “Esto que te está pasando es un milagro, pero no lo puedes dejar. Si quieres mantenerte, tienes que sacar un libro el año que viene como sea. De lo contrario puede irse todo al garete”. Me advirtieron que de la misma manera que en el mercado editorial estadounidense se celebra el triunfo de un desconocido, en cuanto pasa un poco de tiempo, los mismos que te han estado jaleando disfrutan del espectáculo de contemplar la caída del nuevo ídolo. La línea divisoria entre el éxito y el fracaso es imperceptible, y yo tuve la fortuna de que me lo hicieran ver a tiempo. Había alcanzado un nivel de popularidad espectacular, el público se había fijado en mí, y ahora tenía que hacer un esfuerzo enorme por asegurarme su fidelidad. Si no les haces caso a los lectores, enseguida te dan la espalda. Me di cuenta de que, efectivamente, los grandes autores comerciales, los gigantes de la literatura popular como Stephen King, Robert Ludlum o Tom Clancy sacaban todos un libro al año. Comprendí que no me quedaba más remedio que hacer lo mismo y durante los tres años siguientes publiqué otras tantas novelas, El informe Pelícano en el 92, El cliente en el 93 y La cámara de gas, un libro bastante oscuro, en el 94. Todas fueron grandes best sellers. Fueron unos años increíbles, porque además se llevaron todas a la pantalla, lo cual le dio el espaldarazo definitivo a mi carrera. El clímax llegó entre el verano del 93 y el verano del 94. En sólo doce meses se estrenaron tres películas basadas en mis tres primeras novelas, y todas fueron un éxito de taquilla. Hubo gente que dijo que había saturado el mercado. Llegué a tener el número 1 de ventas de tapa dura y los números 1, 2 y 3 en la lista de libros de bolsillo. Ahora que puedo ver las cosas con perspectiva, me doy cuenta de que la clave estuvo en tener la ambición y la disciplina necesarias para sacar un libro al año. Stephen King hizo una observación muy interesante al respecto. Hace muchos años que él publica hasta dos libros el mismo año. Lo que dijo King es que cuando un escritor hace algo así, los críticos dejan de fijarse en él, lo cual es una gran victoria. El autor a solas con sus lectores, haciendo de la crítica algo irrelevante.

-De todos modos, los ‘best sellers’ no dejan de ser un misterio cuya lógica escapa incluso a las leyes del mercado. Son muchas las grandes operaciones comerciales que desembocan en fracaso. Por otra parte, no escribe un ‘best seller’ quien quiere, sino quien puede. A veces, ni siquiera el propio autor es capaz de explicar en qué consiste. ¿Cuál es su opinión? ¿Hay una fórmula mágica?
-No puedo hablar en general. Lo que puedo hacer es tratar de explicar mi caso. Se da toda una mezcla de factores. En primer lugar, para que un libro llegue a ser un best seller es indispensable que tenga suspense. Si el autor sabe manejar con destreza el elemento de suspense, las posibilidades de que el libro se venda bien son muy elevadas. El suspense es algo que engancha a todo el mundo. A todos nos encanta ver una buena película de suspense, leer un libro que te mantiene en vilo. En segundo lugar, en la historia tiene que haber un héroe o una heroína que se ganen inmediatamente las simpatías del lector. Una vez que se han identificado con él, hay que hacer que el protagonista se meta en una situación difícil, convertirlo en víctima de alguna traición, quizá poner su vida en peligro, para al final rescatarlo de las dificultades. Ésos son los ingredientes básicos del género de suspense. Luego están las marcas de identidad de cada autor; en mi caso, un buen conocimiento del mundo de la ley. En nuestra sociedad, en nuestra cultura, hay un apetito insaciable por las historias con un trasfondo legal. El mundo de la ley es algo que fascina a todo el mundo. A todo el mundo le encantan los juicios, los procesos legales, los tribunales y jurados que tratan de dirimir un asesinato; todo eso es parte de nuestro ADN. En resumidas cuentas, que la combinación de un buen suspense con un marco legal es formidable. En mi caso hay un tercer elemento, que no se da en todos los escritores, y es que mis libros son limpios, no hay nada escabroso ni moralmente objetable en ellos. Si un lector de 50 años lee una novela mía, sabe que se la puede recomendar indistintamente a su hija de 15 años o a su madre de 80, porque tiene la seguridad de que no hay nada moralmente reprobable en el libro. La clave de la fidelidad que me profesan muchos lectores es esa cualidad, que no es tan frecuente como parece. Hay una sobreabundancia de libros turbios y escabrosos.

¿Podemos apartarnos por un momento del guión? Olvídese de las ventas, de los agentes, de los calendarios de producción, de las sesiones de treinta minutos para el fotógrafo y una hora para el entrevistador. ¿Le resultaría posible desprenderse de todas esas máscaras para hacer su autorretrato? Nada de lo que ha ocurrido conmigo en la esfera pública me ha cambiado. En el fondo sigo siendo la misma persona que era antes de publicar mi primer libro: un buen chico que tuvo una infancia dura, de familia pobre, blanco, criado en Misisipi, en el profundo Sur. Tengo valores morales muy conservadores, aunque política y socialmente soy liberal. Soy demócrata, tengo mis creencias religiosas, y soy tremendamente celoso de mi intimidad. No me gustan los cambios. Llevo 27 años felizmente casado con la misma mujer, tenemos dos hijos, un chico de 25 y una chica de 17. Tengo muy arraigado el sentimiento de familia. No tengo enemigos, soy muy leal a mis amigos, con un profundo sentimiento de mi región, el Sur. Y no soy para nada una persona complicada, al revés. Soy lo que se dice un tipo sencillo.

-¿Cuáles son sus obsesiones? ¿Tiene miedo de algo?
-No tengo tiempo para pensar en esas cosas. Mi única preocupación es que el libro que estoy escribiendo ahora mismo sea el mejor que he escrito jamás. Ahí empiezan y terminan mis obsesiones.

¿No le da miedo quedarse sin ideas? Sinceramente, no. Llevo 21 libros en 20 años, todos grandes best sellers, y en ningún momento he estado falto de ideas. Me preocuparé por eso el día que me quede sin ideas. Entonces pararé, pero de momento no parece que haya peligro.

-¿Cuál es la línea divisoria entre literatura y entretenimiento? ¿Qué criterios los definen? ¿Le parecería legítimo hablar de valores artísticos frente a motivaciones económicas?
-Es muy difícil contestar. La línea divisoria, y la hay, qué duda cabe, es demasiado movediza. Resulta difícil determinar dónde acaba el arte y dónde empieza el entretenimiento, es una frontera porosa. Los extremos están claros: por una parte estarían los escritores que hacen literatura de calidad sin tener en cuenta ningún tipo de criterio comercial, y en las antípodas, los autores que escriben exclusivamente con ánimo de satisfacer las necesidades del mercado de masas. Pero hay toda una zona intermedia entre los dos extremos. Hay autores que escriben literatura de calidad que venden bien, así como autores populares cuyos estándares se acercan a los de la alta literatura. ¿Cuál es mi posición en todo esto? La alta literatura exige dedicar mucho tiempo a indagar en las profundidades del espíritu humano, sondeando el carácter de la gente, prestando atención a las relaciones humanas. El argumento no es tan importante. Sí es importante conseguir transmitir un sentimiento del espacio local, del entorno, del paisaje. Yo sé que lo que yo hago no es literatura. Para mí, el elemento esencial de la ficción es el argumento. Mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad. Si quiero lograr eso, no me puedo permitir el lujo de distraerlo. Tengo que mantenerlo en vilo, y la única manera de hacerlo es utilizando las armas del suspense. No hay más. Si me pongo a intentar entender las complejidades del alma humana, los defectos de carácter de la gente y cosas de ese tipo, el lector se distrae, y eso es un lujo que no me puedo permitir. Por supuesto que he leído literatura en el sentido clásico. Todos tenemos esa clase de libros en la biblioteca de casa. Me obligaron a leerlos en la escuela, y le confieso que no me gustaron demasiado. No entendía por qué decían que eran tan buenos.

-¿Se siente envidiado por los escritores ‘serios’? ¿Ha sentido desprecio por parte de críticos y escritores ‘literarios’?
-Ya le he dicho que no presto atención a lo que dicen los críticos, ésa es una batalla que gané hace mucho. Sé que no me tratan demasiado bien, cosa que antes me molestaba, pero ahora ya no. Me imagino que habrá muchos escritores que no consiguen publicar o que venden muy poco que se sienten amargados y no pueden soportar que haya escritores que venden a mansalva, pero en todo caso no tengo trato con ellos. Ni los conozco ni los voy a conocer nunca. Lo único que me importa es que mi próximo libro sea el mejor que he escrito jamás. Me debo a mi público. Mi única preocupación es satisfacer a mis lectores. Lo demás da exactamente igual.

-¿Ha coincidido en alguna ocasión con un autor como, pongamos por caso, Don DeLillo, Philip Roth o Cormac McCarthy? Quizá tuvieran muchas preguntas que hacerse, o cosas que contarse, ¿no cree?
-No se ha dado el caso. Jamás he conocido a ningún autor como los que dice usted. La escritura es un oficio solitario, que se hace en casa, lejos de todo el mundo.

-Pero le interesan esos autores. En algún lugar he leído que colecciona primeras ediciones de los libros de Faulkner.
-Bueno, somos paisanos, los dos somos de Misisipi. Leí a Faulkner siendo muy joven, porque en el colegio nos obligaban a leerlo. Disfruté moderadamente alguno de sus libros, pero lo normal era que me resultara imposible pasar de la página 10. La razón por la que colecciono sus primeras ediciones es porque son una magnífica inversión. Me gusta coleccionar relojes de pulsera y primeras ediciones.

-En ‘La apelación’ y en otros libros suyos se advierte una preocupación por temas como la justicia social.
-Es cierto, y supongo que también seguirá apareciendo esa preocupación en libros futuros, pero si te dedicas a la ficción popular no puedes predicar demasiado, no puedes imponer tus opiniones políticas a los lectores. Está bien abrazar una causa, pero no hay que insistir demasiado. En el libro que estoy escribiendo ahora mismo no hay nada de eso, nada de preocupaciones sociales, nada de política. Suspense puro, al viejo estilo. Claro que se pueden combinar las dos cosas. De hecho, mis mejores libros son los que logran un equilibrio entre los dos elementos. Pero la fórmula del éxito, como ocurre con La tapadera, El cliente, El socio o el libro que estoy escribiendo, prescinde de esos temas.

Sin embargo, en su vida privada no es así: le preocupa su comunidad, ha dado dinero para que se construyan viviendas sociales en Brasil, financia un equipo de béisbol para chicos necesitados. Soy de orígenes muy humildes. Nací en el seno de una familia pobre, y eso es algo que no se olvida fácilmente. Por lo menos, yo no lo olvido. He tenido éxito en la vida. Soy una persona privilegiada y me parece importante aportar algo a la comunidad.

-Antes de ser escritor se metió en política. ¿Cómo recuerda la experiencia?
- Fui candidato a la legislatura del Estado, y me eligieron dos veces, pero no tardé mucho en dejarlo. La política me sigue interesando, pero como espectador, no como elemento activo. He brindado apoyo a los políticos con cuyas ideas comulgo, prestando mi nombre o ayuda financiera a sus campañas. En estos momentos, en EE UU se ha llegado a un punto cercano a la saturación con las elecciones presidenciales. Está siendo una campaña interminable.

-No puedo poner fin a la entrevista sin preguntárselo. ¿Quién va a ser el próximo presidente de EE UU?
-Obama.

***
Leyes, política, libros y películas

Abogado y político. Sus novelas se nutren de sus experiencias profesionales en el campo del derecho criminal, así como de lo que aprendió durante los años en los que se dedicó activamente a la política, en calidad de miembro electo del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes del Estado de Misisipi.

Su primera novela, Tiempo de matar, terminada en 1987 y para muchos la mejor de su carrera, pasó completamente inadvertida cuando se publicó. Pero su segundo trabajo, La tapadera (1991), ya se convirtió en un best seller. Luego llegaron El informe Pelícano, El cliente, El jurado, El socio, La hermandad, La granja, El último partido…

En cine, películas basadas en sus novelas han tenido un éxito fulminante, como El informe Pelícano< (Alan J. Pakula), La tapadera (Sydney Pollack), El cliente (Joel Schumacher) y Legítima defensa (Francis Ford Coppola).


Articulo:
http://www.elpais.com 29/08/2008

Revista Cultural Destiempos nº15


Destiempos
Revista Cultural nº15
http://www.destiempos.com
E-mail: redaccion@destiempos.com



Índice de poesía

Sixto Sánchez (Valera- Edo. Trujillo, Venezuela, 1953). Lic. en Letras, Magíster en Planificación Educativa. Poemarios publicados: Continuidad, Imprenta Universitaria, Universidad Central de Venezuela, 1981. Respiradero Editorial Fundarte, 1991. Caminos en la oscuridad Fondo Editorial del Estado Sucre, 1996. Desde la Periferia Editorial La Espada Rota, 2000. Sin tiempo Ediciones Mucuglifo-Consejo Nacional de la Cultura, 2004.

Pena de muerte
Por Sixto Sánchez

Tráiganle un último cigarro
antes de que aclare
y camine hacia el final.
Con un pañuelo perfumado

cubran muy bien los ojos
porque cuando el veredicto
separe de su cabeza

conocimientos y quimeras
no habrá abrazos de despedida
ni una linterna de coraje
para frenar la caída.

Cuando hablamos de la muerte
no es lo mismo que morir.

***

Melanie Taylor Herrera (República de Panamá, 1972). Tiene una licenciatura en Psicología de la Universidad de Panamá y una maestría en musicoterapia de Hahnemann University en Filadelfia, Estados Unidos. Fue la ganadora del Concurso Medio Pollito del 2006 con el cuento infantil El Acuario. Resultó finalista en el Concurso de Literatura Hiperbreve Viernes en papel en España (2007).Tiene dos libros publicados: Tiempos Acuáticos (2000) y Amables Predicciones (2005). Sus cuentos aparecen en las antologías Cuentagotas VI (2005), Poetas y Narradores (2005) y Soles de Papel y Tinta (2003) y en diversas revistas impresas y electrónicas tales como The Barcelona Review, Letralia, La Zorra y el Cuervo, ANIDE y Maga

El amor es una cosa terrible
Por Melanie Taylor Herrera


Prefacio

El amor es una cosa terrible,
mirarlo a los ojos no es recomendable.
Es imposible halarle la cola
o intentar encadenarlo.
Fluye libre.
Es aire, marea, ola
escarcha, sereno,
nieve, luz.


El secreto

Las brujas desdentadas
prometieron descifrar los códices:
esperé largo rato
a la sombra de los sauces llorones.
A las brujas les salieron dientes
y yo quemé mis preguntas
en la fogata del desconsuelo.


A veces

A veces el alma se cansa
convirtiéndonos en sombras.
En el silencio del hastío
las luciérnagas danzan.


Infinito

Nunca hay suficientes versos
para describir el amor
ni suficientes lágrimas
para llorar las penas
ni suficientes gritos
para proclamar la infamia.


Amor en 3 tiempos

I
Se desgranaban mis ansias,
dolía la ausencia.
Mis horas tristes crecían
como las sombras al atardecer.


II
Y ahora que te tengo
frente a mí
las dudas,
la sonrisa,
el abrazo,
la suspicacia,
la mirada,
el temor.
No se si quererte
o salir corriendo.


III
Un día de estos
te voy a cubrir de besos
y guardaré mis dudas
dentro del fruto del nogal.


Archivos

Hay amores que te obligan
a convertirlos en recuerdos,
quererlos sólo en fotos
y a esconder la memoria en un baúl.


Perdón


En ese instante fugaz
donde yace mi esperanza
hurgaré con mis dedos,
enjugaré mis lagrimas,
volveré a verte con ojos nuevos
y te tomaré de la mano
como la primera vez.


Pernoctante-pernoctada amada - Margarita Mejía Ramírez
Poemas - Cromwell Pierre Castillo
Hambre - Pedro Sevylla de Juana
Intro y llamada - Martín Gómez-Ullate García de León
Poemas - Gerardo Almada
Poema - Rocío Soria
Un poema - Aleqs garrigós
Viaje al centro / A cal y canto - Yolanda Gelices
Una tarde en la playa - Alfonso Aguado Ortuño
No hay peor puerta - Ana María Veas González
Versos contra balas - Luis Alberto Angulo


Índice Artículos y Reseñas

Pablo Brito Altamira. no se considera un escritor sino alguien que se vale de la escritura y otras formas de expresión como instrumentos para transmitir experiencias y experimentar en la comunicacíón dentro de la “vida real”: para él, el único arte posible es el de vivir. Autor de algunas piezas de teatro, numerosos relatos, algunos textos teóricos y unos cuantos ejercicios narrativos que prefiere no llamar novelas, es sobre todo un investigador de la naturaleza humana y un poeta. Su historia, ciertos casos que recordar no quiere. Autor de Teatro, Director, Productor y Publicista, es responsable también de un buen número de guiones de cine y t.v. para largos y cortos - comerciales o experimentales, filmados o por filmar - de cuyos nombres no quiere acordarse. Ha obtenido numerosos reconocimientos por su trabajo. El último de ellos es el primer premio en el certamen literario “Villa de Navia” 2005.

La poesía presente
Por Pablo Brito Altamira

Lo señalaba Octavio Paz y viene de una tradición ya larga, inaugurada por Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, los surrealistas y los situacionistas: la poesía de nuestra época no puede ser otra que la poesía del presente.

Sin una definición de presente la declaración sería vacía. Y la definición , que no puede ser más que poética, es ya la poesía misma que se anuncia, ya que poesía es definición , en el sentido de instrumento que señala y marca el perfil, la forma, los alcances y límites de algo en su más íntima esencia.

Y ahora la paradoja, porque no hay poesía sin paradoja, y ésta es una de las más poéticas de todas: la poesía del presente ya no es poesía.

“Detrás de la poesía de las palabras está la poesía a secas, sin palabras y sin gestos “dijo Artaud, y al decirlo lanzó la flecha hacia un futuro que ya es actualidad.

La poesía ya no es decir, sino hacer. Y más que acción o actividad, la poesía es actitud, estilo.

La tarea del poeta no es ya la de escribir poemas, sino la de crear y producir momentos.

En lugar de coplas, sonetos, versos libres o haikus, hay viajes – externos o interiores- , conquistas – amorosas o bélicas- descubrimientos, exploraciones, celebraciones, eventos, sucesos, situaciones.

Hay poemas, canciones, frases convertidas en graffiti que dan la vuelta al globo y sirven de inspiración, de iluminación o de rúbrica a las aventuras individuales o grupales, sí.

Sólo que el juego con las palabras y las palabras del juego son accesorio y complemento de lo vivido. Ya no son fin sino medio. Se trata de hacer de la vida una obra de arte y no de hacer obras de arte a expensas de la vida.

El poeta de hoy no es Petrarca como escritor, la artista del presente es Laura como persona. El poema no es lo que queda escrito sino lo que se ha logrado amar. Enamorarse es lo poético y hacerlo con arte es la meta. Mayores que los laureles de Picasso hoy resplandecen los de Dora Maar.

La poesía es ahora aventura, aventura poética.

Esto es suficiente para servir de manifiesto, o de programa. El buen poema es breve, porque sólo lo breve es memorable. De las largas odas extraemos un verso y es ese verso el que da sentido y valor al resto.

Y el resto, como ya sabíamos, es silencio.

***

Antonio Dopazo Gallego (España), tiene 26 años y completó sus estudios de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid en 2007, obteniendo el premio extraordinario de licenciatura. Es, además, licenciado en Periodismo por la misma universidad (2005). Actualmente realiza su tesis doctoral sobre el bergsonismo y los conceptos de tiempo y movimiento en la Historia de la Metafísica junto a José Luis Pardo. Ha colaborado en diversas publicaciones con textos que giran en torno a los problemas del tiempo y el espacio y autores como Nietzsche, Bergson, Deleuze o Baudrillard. Este curso lo ha dedicado a investigar el legado filosófico del pensador italiano Giorgio Colli, abordando el nacimiento de la filosofía en Grecia, las aporías de Zenón de Elea y la respuesta aristotélica a las mismas en la Física.

Laberintos, espejos y máquinas del tiempos
Por Antonio Dopazo Gallego

En los orígenes remotos del tiempo narrado, allí donde topamos con el mito dionisíaco más arcaico, más enigmático, más hermético de la cultura de la expresión -la griega-, encontramos también una brecha, un obstáculo infranqueable cuyo sentido sería imposible entender mediante un retroceso. Ni siquiera una máquina del tiempo; ni siquiera un recorrido inverso en la línea temporal y necesaria al punto “Knossos” o “Minos” de la cronología histórica podría desescombrar el misterio del mito cretense del laberinto. No hay moderno hilo de Ariadna capaz de resolver este enigma, y sin embargo todavía es posible aventurarnos a su interior a costa de arriesgarnos a ser despedazados.

I. Causas y azares

"El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales..."
[1]

Insiste la lengua inglesa en trazar una distinción afortunada entre dos acepciones del castellano “laberinto” que invita a pensar en una divergencia insostenible en el seno de dicho término. La primera, “maze”, es por lo general una tendencia reciente, próxima al impulso lógico del hombre moderno, y hace referencia a esos senderos bifurcados donde hace falta un uso exhaustivo del intelecto para no desorientarse. El maze es la versión andante, bípeda del puzzle o rompecabezas: hará falta mucho cálculo, mucha pureza y lucidez mental para encontrar la salida, pero precisamente cualquiera, siguiendo los pasos adecuados, puede resolver la encrucijada. Por otro lado, el más antiguo “labyrinth”, cuyo diseño encontramos en vestigios grecorromanos y medievales, ofrece una fisonomía bien distinta a la anterior: en lugar de continuas ramificaciones se presenta una vía única y sinuosa, que va retorciéndose sobre sí misma hasta llegar habitualmente a un centro, y de éste nuevamente a la salida. Como se puede adivinar, el labyrinth no ofrece ningún aprieto teórico que haya que solventar; no hay en él la premura de una criba entre múltiples opciones o de una sabia elección; al revés, su trazado parece apuntar a la idea de destino, de fatalidad irremediable que no ofrece alternativa a quien lo afronta.

Esta arqueológica versión del laberinto alcanza su grado superior de violencia en el mito cretense, pues lo que espera en el centro no es otra cosa que el Minotauro, identificado por muchos con el dios de efigie taurina Dionisos. Como es sabido, el ingeniero ateniense Dédalo ideó la arquitectura y Minos, rey de Creta, encerró en su interior al monstruo híbrido, oscuro objeto de deseo de su esposa Pasifae. Los jóvenes se aventuraban cada nueve años a su interior como ofrendas que calmaran la cólera del dios, pero uno de ellos, Teseo, obtuvo de Ariadna, hija de Minos, dos utensilios con los que romper ese fatal desenlace: un puñal para matar al minotauro y un ovillo para encontrar la salida del laberinto. Y aquí es donde empiezan los problemas.

El hilo de Ariadna se ofrece a nosotros con una extraña familiaridad, como un artefacto enmarañado y difícil, cuyo sentido es preciso destrabar a fin de entender la importancia estética del mito, en el cual parecen estar jugándose dos concepciones contrapuestas de espacio y tiempo. Ya hemos visto cómo el laberinto cretense es un sendero encrespado, contraído y turbador que conduce sin derivas a su médula central. Pero ¿cómo el ovillo continuo de Ariadna puede contraponerse a esa noción laberíntica del espacio hasta acabar por conjurar su embrujo, volver transparente su complejidad y dar con la salida? Y, paralelamente, ¿qué nueva visión del tiempo lleva implícita ese hilo que permitió a Teseo escapar a su destino y convertirse en héroe “por méritos propios”?

El hilo apela a su portadora: Ariadna es una figura ambigua en la mitología griega, que parece caracterizarse por su habilidad para transitar umbrales: de diosa pasa a mortal para huir de Creta con su amado Teseo, pero éste la abandona en Knossos y se ve obligada a traspasar la frontera divina una vez más para regresar junto a Dionisos. Entre medias hay mucho más que un mero cambio de amante: si Ariadna se va con Dionisos, es forzada a regresar a ese tiempo del destino gobernado por el laberinto donde los dioses acaban por imponer sus arbitrarios designios, inescrutables para los mortales que los padecen. A los hombres siempre se les escapa algo de esos caprichosos vaivenes, de esa enmarañada urdimbre que mezcla la violencia de lo tiránico con el juego de lo azaroso y parece no tener traducción exacta a un lenguaje cabal. Apolo y Dionisos están aquí hermanados; recordemos la inconexa palabra de la Sibila en el oráculo délfico que era preciso interpretar: hace falta ser muy sabio para predecir el destino llevándolo a un lenguaje humano, y aun así nadie garantiza una traducción perfecta. Los hombres han tejido lenguaje y pensamiento por medio de la transparencia y la causalidad, pero los hilos celestes y terrestres están confeccionados a partir de materiales muy diversos: el ciego destino no es transitable como una cadena de causas y efectos; su expresión nunca es la de la “necesidad”, sino la del capricho y la discontinuidad. Por una mezcla inextricable de causas y azares, el dios siempre logrará imponer su mandato, frente al cual los hombres están desprotegidos, pues su pensamiento no logra desenmarañar esa trama. Cuando Ariadna entrega a Teseo el puñal y el hilo, impone la continuidad en el ámbito de lo discontinuo, sometiendo a la pareja Minotauro-laberinto a las reglas de la necesidad humana, donde ya sí Teseo puede competir con esperanzas de victoria. El gesto de amor es para la diosa un salto mortal que se manifiesta en la suspensión del tiempo divino. En Grecia, ésta suspensión sólo se podía permitir ser un ensueño momentáneo: como es sabido, el mito concluye con la victoria de Dionisos; en unas versiones Teseo aborrece y renuncia a Ariadna y en otras es Artemisa la encargada de matarla y devolverla –ya como inmortal- junto al dios. Esta virulencia celeste se vuelve comprensible si pensamos que es la propia lógica narrativa del mito la que es puesta en jaque con la desobediencia de Ariadna: si la joven logra su propósito de ser feliz como mortal y los dioses pierden la partida frente a los hombres, éstos comenzarán a escribir a su manera, como mortales liberados, sustituyendo la mitología por algo parecido a una historia de sus pueblos. Pero no adelantemos acontecimientos.

El destino, por tanto, siempre encuentra formas de seguir cumpliéndose; por mucho que Ariadna logre imponer la necesidad en el recinto sagrado del laberinto, una vez fuera de él la ventaja retorna a los dioses y a su mudable capricho. Tras el mito griego está funcionando una brecha metafísica: el orden mortal es sólo expresión, apariencia, reverberación especular de una verdad insondable donde azar y necesidad se dan entremezclados. El hado parecerá delirante, y sin embargo el delirio que emite es todavía mayor que sí: la transparente concatenación de causas humanas es un reflejo de la verdad de los dioses, pero ésta es ciega y no se deja traducir a una física de la luminosidad. De Dionisos sabemos que mira al espejo y ve reflejado el mundo sin verse a sí; el mundo es su visión alucinatoria.

Antes de su fatal desenlace a favor de Dionisos, podemos decir por tanto que el mito del laberinto insinúa un consuelo metafísico: con su obsequio, Ariadna prueba que hay para los hombres una salida heroica al destino; que acompañados del instrumental apropiado –hilo del lógos, de la razón, de la causalidad, así como el cuchillo que separa lo azaroso de lo necesario- es posible sustraerse al capricho ciego de los dioses. Ariadna entrega a Teseo una nueva temporalidad, como diciéndole “yo me hago mortal para que tú te hagas a ti mismo”. A este respecto, siempre ha habido un problema con la interpretación práctica del hilo, pues ¿para qué necesitaría Teseo un hilo en un laberinto cretense, cuya arquitectónica había sido diseñada por Dédalo para conducir directamente al centro? Pero justamente: desde el momento en que el héroe ensarta a la monstruosa figura del animal-dios, el laberinto deja de ser un camino de dirección única para convertirse en un rompecabezas a la altura de cualquier mortal, y no ya sólo de un dios. Ariadna susurra a Teseo: “este ovillo te será útil para encontrar el camino después de matar a la bestia”, como si la arquitectónica del lugar cambiase de pronto con la muerte de su custodio divino; como si para encontrar la salida hiciera falta ahora un artificio humano (según ciertas fuentes el hilo fue entregado a Ariadna por Dédalo, inventor del laberinto) para escapar de ese otro. Como vemos, el labyrinth se convierte en maze cuando deja de estar regido por un destino fatal.

Y aunque no tengamos noticia exacta de la arquitectura del laberinto mítico, al menos con el paso de los siglos la suplantación se dio así: los laberintos de dirección única dejaron paso a rompecabezas que introducían la bifurcación y la posibilidad, y donde el miedo era ahora a la pérdida y la desviación: a no encontrarse en el mejor de los caminos posibles. Donde al laberinto antiguo el héroe entraba como quien se dirige a un destino (que el hilo de Ariadna era el excepcional encargado de suspender), en el moderno se entra ya sin destino, siendo un hombre libre, puro, preparado para rastrear todo el ámbito de la posibilidad e indagar la salida sólo en base a un criterio autónomo y a una resuelta razón. Los enigmas que bloqueaban el camino se han tornado en problemas lógicos y matemáticos que pueden ser solventados con la adecuada preparación y pureza de carácter
[2]. Hoy hace falta ser verdaderamente un cualquiera para someterse al desafío del laberinto, pero antiguamente sólo unos pocos elegidos eran seducidos hasta sus meandros.


II. Las cuentas se rinden al hilo

Un individuo recorre distintas fases en la educación y permanece el mismo individuo; e igualmente un pueblo, hasta la fase que sea la fase universal de su espíritu. En este punto se halla la necesidad interna, la necesidad conceptual de la variación.

Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal
[3]

Sorprende así que una de las pretendidas conquistas superiores del hombre moderno esté ya insinuada en el mito griego. ¿Qué hubiera pasado de no haber arruinado los dioses el plan secreto de Ariadna? La respuesta nos fue prorrogada algunos siglos, pero podemos imaginar a un Teseo libre de ataduras regresando a Atenas, donde se convirtió en protagonista inaugural de una historia ya meramente humana, que se podía permitir prescindir del capricho divino y forjarse como un asunto entre mortales. Surgió así una nueva forma de contar las cosas, liberada del mito antiguo y esa laberíntica esclavitud que lo traducía en una sinuosa y voluble narrativa. De entre las cenizas del tiempo laberíntico emergió la historia desatando nada menos que todo el curso universal de los pueblos. Esta nueva eventualidad histórica, identificativa de los estados y su libertad frente a las arcaicas, fatales servidumbres, era la inmodesta heredera de Teseo el ateniense, que utilizó el hilo de Ariadna para escapar del laberinto -en su doble vertiente- y abrazar como conquista el vínculo de la necesidad. Sin embargo, surgió todavía otra dificultad: los más agudos de entre los filósofos modernos se percataron de la endeblez de este tiempo de los mortales, que se veía amenazado a cada rato por las guerras y matanzas entre los estados que lo pueblan y que los historiadores nos cuentan tan a la ligera en términos de influencias, causas, contingencias, auges o decadencias. La historia pedía hacerse universal; pedía una orientación superior para evitar ser pasto de esa carnicería entre facciones arrojada por sus tramas subsidiarias. Le faltaba un cobertizo frente el cenagal de la guerra y la ruina humanas: un sentido único que se encargara de atravesar todas las cuentas; del hilo de Ariadna vamos pasando al hilo de “la razón en la historia”
[4], donde el término “razón”, frente a “mero entendimiento” hace referencia a ese través, a esa flecha direccional que orienta y regula el tiempo hacia su fin. ¿No parece resonar todavía aquí la antigua idea de destino? Es posible, pues una trama oculta –la del destino universal de los pueblos- se sigue colando por entre todos esos episodios de la historia;, la novedad, no obstante, es que ahora esa trama no es más que un estribillo de la razón que cualquiera puede captar si escucha con oídos apropiados. Los tratados de filosofía de la historia se convirtieron en los nuevos oráculos, aunque con una diferencia importante: frente a las inconexas y desapaciguantes palabras de la Sibila, se asumía ahora una perfecta traducibilidad a un lenguaje humano: todo lo racional es real. Más acá de la fractura metafísica, la suprema hostilidad tanto de Apolo como de Dionisos fue olvidada para siempre en el fondo de un abismo cuyo tenue hilo se deshizo.


III. Siempre hay un maze para un labyrinth

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Jorge Luis Borges

De este modo, cuando la cultura y la religión griegas se apagaron, el capricho de los dioses desapareció para dejar libre albedrío al ámbito de la necesidad mediata y racional. Los laberintos se volvieron lugares de entrada y salida; familiares e inofensivos, dejaron de ser la imagen de una enigmática violencia divina para convertirse en simples pasatiempos. Sin embargo, mientras los filósofos y sus héroes históricos se mostraban jubilosos con su recién estrenada ortopedia, encargada de fijar sobre raíles el tiempo que les era dado a los mortales y ponerlo a cubierto de su descarrilamiento, una nueva fantasía emergió de esta noción encadenada de los instantes en una dirección alternativa y desconcertante. Del mismo modo en que el labyrinth había surgido de la concepción griega del caprichoso y sinuoso destino, la máquina del tiempo se hizo posible como expresión extrema o puesta por obra cronométrica de un maze afanoso y expansivo: el espacio arrastró al tiempo modelándolo a su imagen y convirtiéndolo en una línea de eslabones bifurcantes. Impulsados por un mandato inicialmente barroco
[5], algunos pensadores se resistieron a la fijeza e irreversibilidad del sentido del tiempo, a esa violencia unidireccional de la causalidad que va del antes al después y que todavía resonaba a destino. La sucesión no podía ser restrictiva; las series se bifurcaban a cada instante y debía ser posible transitarlas libremente, como si cada instante fuera un punto de partida, como si “llegados a puerto nos encontrásemos de nuevo en alta mar”. A los más ávidos de entre los descendientes de Teseo les aterró así la fijeza de un tiempo único y sintieron el impulso por explorar todas sus posibles ramificaciones, pues de qué serviría imponerle al tiempo la imagen de una cadena eslabonada si no se permitía hacer de los eslabones magnánimas argollas que conectar con muchas otras y no ya sólo con la que marcara la argucia de la razón; de qué serviría la causalidad si todas las causas conspiraban desde el principio hacia un desenlace final. La máquina del tiempo como hipótesis extrema se rebeló contra la razón y sirvió así para introducir en el tiempo algo extraño al tiempo, laberintizando al infinito, poblándolo de paradojas y haciendo de él un rompecabezas en sentido literal[6]. Y una vez más, hacía falta estar muy poco arraigado: ser un hombre libre, mundano, sin ataduras; era necesario tener muy poco destino para embarcarse en un viaje en el tiempo, pero llevado a su forma extrema era preciso haber perdido también la razón[7]. No hay destino ni hilo conductor que se sostengan[8] ante la bifurcación de las series temporales hacia una infinidad de mundos posibles; difícil conservar incluso la propia identidad: como en el mito de Dionisos y los titanes frente al espejo, los crononautas se sentirían desgarrados en una miríada de fragmentos repartidos simultáneamente por la multiplicidad de líneas temporales sin que ninguno de esos pedazos pudiera ser calificado exclusivamente como el auténtico. Y una historia de este tipo sería francamente difícil de narrar.[9]

La de la máquina del tiempo es ciertamente una hipótesis extrema, que matiza la violencia de las cadenas de la necesidad añadiéndole su aspecto más lúdico –la propagación en múltiples series- para componer un juego infinito, casi un paroxismo del entendimiento. Más arriba hemos vuelto a recurrir al espejo de Dionisos, y aunque pueda parecer insólito se da una vecindad entre esta desmesura moderna y la severidad de los mitos antiguos. En la antigüedad, Dionisos se ofrecía mediante un doble aspecto que a muchos ha resultado indescifrable: por una parte era ese voraz dios-animal que aniquilaba con violencia mítica, pero por otra era el dios alegre de la embriaguez y el niño que jugaba con la pelota, el trompo y los dados. Volviendo a la figura del espejo y a la brecha metafísica que traza, podemos pensar que Dionisos hace referencia en primer lugar a esa ceguera brutal e inhumana que aguarda en el seno del laberinto antiguo, pero una vez reflejado aparece descompuesto en una disparidad infinita que se propaga alegremente, contagiando su embriaguez a toda empresa humana y revolviéndose así frente a la mesura de las creaciones de su rival Apolo
[10]. El laberinto antiguo, con el voraz minotauro en su centro, y la forma extrema del moderno, con esa prolongación inaprensible en infinitas galerías espaciotemporales sin centro ni salida, serían representaciones igualmente dionisíacas, si bien una pondría el énfasis en la violencia y la otra en el juego, atendiendo al bifrontismo que nos han trasladado los mitos griegos. Un máximo y un mínimo de violencia separadas por un estallido, pero ambas, en cualquier caso, atrapadas en sus respectivos laberintos: la una buscando su muerte por la senda que conduce a una verdad inaprensible y la otra diseminada por el perpetuo reflejo irradiado[11]. El lado más hostil de Dionisos traduce la existencia de un obstáculo; su lado más lúdico el de una libre extensión. Cada época tiene el laberinto que merece, aunque ¿hay realmente dos? Calmemos nuestras ansias analíticas: el dios no hace distinciones; éstas se dan siempre más acá del espejo: más acá de la explosión de Dionisos.

Por contra, allí donde se ha impuesto el monopolio de un destino racional es el espejo mismo el que ha estallado: el hombre ha olvidado que su mundo es la visión delirante de un dios. Teseo ha escapado de ambos laberintos, pero sólo a costa de un olvido: ya no le es posible captar ese obstáculo, esa barrera infranqueable que separa a los dioses de los hombres. Sin embargo, tal y como hemos tratado de exponer, incluso en el lejano olvido de los mortales el dios parece encontrar nuevas formas de retorno: siempre hay un maze para un labyrinth; siempre el sueño excéntrico de una máquina del tiempo que se cuela por entre toda visión histórica, o el impulso barroco de hacer del espacio-tiempo una hiedra sin fin. “¿Pudo haber ocurrido de otro modo?” La razón nos dirá siempre que no, pero el niño Dionisos dirá “sí” a la tirada de dados que deshile la historia. ¿Descifraríamos el enigma con una máquina del tiempo que nos llevase al punto “Minos” de la civilización cretense? No si pretendiéramos hacerlo a lo largo de una línea única obteniendo así “la verdad de la historia”; sí, pero a costa de prolongar el viaje siempre un poco más, lo suficiente como para no dar tiempo a la razón a colarse por nuestros dislocados calendarios e inenarrables mapas crononáuticos.

Bibliografía

Este texto habría sido in(com)posible sin el legado filosófico de Giorgio Colli.


[1] Borges, La biblioteca de Babel.
[2] El cine ha sondeado estos pasajes en la trilogía The Cube.
[3] p. 74 (Ed.Alianza)
[4] “Quien suministra esta garantía [de la paz perpetua] es, nada menos, que la gran artista de la naturaleza (natura daedala rerum), en cuyo curso mecánico brilla visiblemente una finalidad: que a través del antagonismo de los hombres surja la armonía, incluso contra su voluntad.” Kant, Hacia la paz perpetua, p. 31. (Ed. Tecnos)
[5] Precursores como Leibniz ya sondearon la cavernosidad de un pensamiento enfrentado a una infinidad de mundos posibles. La unicidad del tiempo, sin embargo, quedó finalmente puesta a salvo en su filosofía mediante mecanismos de clausura y selección. Y, si bien todavía en Leibniz no se alcanza un tiempo puramente histórico-racional, se observa muy claramente ése proceso restrictivo: vivimos en el mejor de los mundos posibles y no hay tránsito factible a ningún otro.
[6] En la saga Regreso al futuro, el personaje de Doc representa al hombre moderno de control de variables y precisos cálculos relojeros, frente al desmadre de Marty McFly con sus líos familiares en los que está en juego su propia identidad; Marty espera no perder su destino, pero Doc le aporta como solución toda la probabilística occidental: éste es el divertido caos de la película.
[7] Antes de que H.G. Wells popularizara la máquina del tiempo en su célebre novela, otro autor menos conocido, Enrique Gaspar y Rimbau, abordó el tema de la precaria estabilidad psicológica de los viajes temporales en su obra El anacronópete (1887). Escrita en formato de Zarzuela, narra la hilarante historia del viaje crónico de Sindulfo García -científico de Zaragoza e inventor del ingenio-, su amigo y ayudante Benjamín, la sobrina y pupila Clarita, la sirvienta, el capitán Luis -amor de Clarita-, unos cuantos húsares y algunas mujeres francesas de vida alegre. AnaRcrónopete, después de todo.
[8] Como hemos visto, Leibniz da el pistoletazo de salida, pero para liberar al juego ideal del corsé teológico de la composibilidad todavía habrá que esperar a dos de sus discípulos más aventajados: “Nietzsche y Mallarmé nos han vuelto a revelar un Pensamiento-Mundo, que emite una tirada de dados”. Las mónadas de Leibniz están encadenadas a una doble argolla divina: clausura y selección, pero en Nietzsche y Mallarmé lo que acontece es justamente que, al pasar a estar las mónadas en conexión con series divergentes que pertenecen a mundos incomposibles entre sí (es decir, “a caballo” entre diversos mundos), no sólo no hay selección divina –mejor mundo posible- sino que el principio de clausura también desaparece, con lo cual el individuo se diluye por completo, al no estar siquiera obligado a permanecer en el interior de su “jardín” o núcleo de predicados primitivos. "Diríase que la mónada, a caballo entre varios mundos, es mantenida semiabierta como por pinzas. En la medida en que el mundo está ahora constituido por series divergentes (caosmos), o que la tirada de dados sustituye al juego de lo Lleno, la mónada ya no puede incluir el mundo entero como en un círculo cerrado modificable por proyección, sino que se abre sobre una trayectoria o una espiral en expansión que se aleja cada vez más de un centro." (Deleuze, G., El pliegue. Leibniz y el barroco, p. 90 y 176)
[9] Excepto, quizá, al modo de los cuentos de Borges: “En ese instante gigantesco ví millones de actos deleitables o atroces, pero ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.” (El Aleph).
[10] Apolo y Dionisos parecen ir de la mano en su referencia a la fractura metafísica: al primero se asocian los enigmas y al segundo la bestia del laberinto, pero ambos son crípticos y hostiles con los mortales. Sin embargo, una vez pasamos al ámbito de la apariencia, los matices los distinguen: Dionisos nos ofrece un arte embriagador (el puro juego de los reflejos especulares) y Apolo conserva parte de su violencia originaria en una belleza sujeta a orden (la palabra, la medida).
[11] Eran frecuentes los antiguos ritos iniciáticos que colocaban un espejo en el corazón de un labyrinth.


De México a Barcelona: cartas desconocidas de Gabriel García Márquez - Antonio Cajero
Estética de la locura transformista en El Quijote - Amon Paul Ndri
Sueños, pesadillas y heridas: chicanidades y latinidades - Julio Pino Miyar
El amor y el narcisismo en la literatura del Romanticismo Español. El ejemplo del "Canto a Teresa" de José de Espronceda - Fernando A. Morales Orozco
Visión ecocrítica de Única mirando al mar, de Fernando Contreras Castro - Yelenny Molina Jiménez
A propósito de la Muerte en Venecia - Carmen Lafay
Falke - José Rafael Simón Pérez
Por los ojos de Modigliani - Efi Cubero
El universo de Sahgún. Pasado y presente. Coloquio 2005 - Felipe Canuto Castillo
"La relación de la cosa": La sacralidad del tiempo profano en un cuento de Clarice Lispector - Dulce Isabel Aguirre Barrera
El cuerpo del hijo y la voz poética de Rocío Soria - Porfirio Mamani Macedo
La insensata geometría del amor, un libro geométricamente bello - Mariel Reinoso
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Índice de Narrativa

Osvaldo Ahumada-Espinosa, es belga de origen chileno, autor de cuentos, poesías y algunos artículos, más de 25 publicaciones en revistas de literatura, universitarias y virtuales, antologías y periódicos. Miembro de la Sociedad de poetas de la Open University, Inglaterra, del Círculo de Escritores de la V Región Chile y de la Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos, SELAE. Primeros textos publicados : Amores de tejado, Revista de Literatura Chilena en el exilio N°6, 1978, California. La vida a través de una reja , misma revista N°10, 1979. Ultimo texto publicado : Los tallarines estaban fríos , Antología Literaria. A 30 Años del golpe militar , 2005 Milán, Italia. Primer premio en cuento : Concurso Literario Internacional de la ONG Reencuentro, 2005, Chile, con el relato La Golemah


Páginas del diario de un perfecto criminal
Por Osvaldo Ahumada-Espinosa

El mes pasado fui a Gandia, cerca de Benidorm, en España. Voy todos los años, siempre de vacaciones, pero esta última vez no estaba muy seguro, si era descanso o si era para quitarle la vida a otro ser despreciable. Esta vez sentía el olor caractéristico de la muerte a mi alrededor.

Después de instalarme en mi hotel preferido, salí a la calle a dar un paseo por la principal avenida de la ciudad. En una esquina leí su nombre que ya conocía: “Paseo de los Alemanes”. De repente me acordé de Jutta, una buena amiga alemana que veo de vez en cuando, sobre todo porque me acababa de encontrar con ella solo hacía algunas horas, antes de mi llegada a España, en sala de tránsito del Aeropuerto John Kennedy de Nueva York.

Estaba esperando el vuelo Nueva York-Madrid-Valencia, ella regresaba del Outland australiano, donde había pasado algunos meses en los matorrales, trabajando como guía e intérprete para algunas parejas de alemanes aventureros. Jutta estaba radiante, sobre todo que actualmente, habiendo perdido su temor anoréxico a engordar, se había convertido en una hermosa mujer, llena de formas redondeadas y duras: Una belleza de treinta años.

Hablamos un poco, bebimos una botella de champaña bruto, como en los viejos tiempos y ritual de rigor en cada uno de nuestros encuentros. Un poco antes de que su vuelo despegara hacia Frankfurt, nos dimos cita en “La chapelle des Lombards”, en París, cerca de la Plaza de la Bastilla, todo el mundo conoce, no necesito hacer un plano. Pero no iré a este encuentro fijado para el próximo mes. Volver a ver a Jutta me hizo temblar desde el cabello hasta los dedos de los pies. Hace años que la amo. Nunca hemos hecho el amor, pero eso no tiene importancia, como bien decía mi amigo, el desaparecido padre del arte pop Andy Warhol: “Si te enamoras de alguien, lo más excitante es que nunca hagas el amor con esa persona”. Creo que Andy tenía toda la razón. No iré a la cita, pero estoy seguro de que algún día la volveré a ver en el lugar menos imaginado, en un aeropuerto cualquiera, en medio del gran cañón del Colorado, paseando por la Quinta Avenida, o por los Halles de París, o a lo mejor donde Paul, en el “Bierodrome” de Bruselas. El lugar no tiene ninguna importancia, sé que la volveré a ver, estoy convencido.

Acordarme de la salvaje alemana me había dado sed, me puse a observar los alrededores buscando donde ir, un poco más lejos divisé el café alemán “Schösseralt”, que significa cerraduras antiguas. Entonces me dije :
-¡Porqué no! – Sonaba divertido ir a emborracharse con cerveza negra alemana, en medio del “Paseo de los Alemanes”, recordando una bella alemana de pelo negro, en una pequeña ciudad española. Me dirigí allí.

Paladeando mi cerveza, mis pensamientos comenzaron a recorrer los recodos de la memoria, haciéndome rememorar mis homicidios perfectos. ¿Cuántos había cometidos ya? ¿Treinta? ¿Cuarenta? No me recordaba con exactitud.

Una disputa en la mesa de al lado, llamó enormemente mi atención. Escuché. Un tipo le gritaba a una mujer española, de más de veinte años, cabellos negros, blanca y propietaria de un cuerpo que tenía todo lo que debe tener. El hombre, poseía una cara de facineroso, un vientre redondeado por la cerveza y un lenguaje soez. ¡Un verdadero proxeneta de barrio!

-Escúchame bien imbécil, si realmente deseas seguir conmigo deberás emputecerte, si lo quieres más claro, ¡deberás arrendar el coño! ¿Comprendes?
-¡Pero Antonio! – respondió ella, desesperada - ¡Yo no podré jamás hacer eso!
-Necesito 500 euros por día – respondió el gordo – ¡Y eso será todo, tonta! Recibirás llamados telefónicos. Fijarás tu misma las citas, a la hora que tu desees. Después, algunos pequeños movimientos de caderas, pam, pam, pam y ¡listo! Pides 100 euros antes de comenzar, recibes cinco tipos por día y ¡ahí están mis 500 euros! Está clarísimo. Claro que si lo deseas tu podrás recibir diez clientes diariamente, eso es asunto tuyo, para mi bastan los cinco primeros, pero evidentemente tienes que comer, comprar trapos, alimentar tu crío. Querida, te aconsejo honestamente aceptar algunos clientes más. - terminó de decir el asqueroso individuo, mientras apretaba con fuerza y rabia entre sus poderosas garras, y por debajo de la mesa , las piernas de la desesperada mujer.
-¡Qué no podré Antonio! Qué te amo mucho, ¿sabes?
-Yo te amo también, es por eso que te he escogido a ti y no a otra. Tengo que vivir de algo pequeña. Ahora ándate ya. ¡Andate te digo!

La hermosa española salió sollozando. El gordo se quedó, bebiendo cerveza una tras otra, mientras yo lo observaba fríamente, bebiendo la mía. ¿Sera él, número quarenta y uno? No tenía idea. De serlo sería mi enésimo.

No soy un asesino. Soy un justiciero anónimo. Un barrendero social que borra del mundo toda la basura parecida o peor que el energúmeno del gordito Antonio. Elimino a todos los hombrecitos torturadores, aprovechadores y golpeadores de mujeres que se cruzan en mi camino. ¿Por qué me he abocado a esta tarea? No sé muy bien. Puede que sea porque todavía no encuentro a la mujer que me haga sentir feliz de vivir. Entonces, cuando observo a hombres que tienen esa oportunidad, que tienen mujeres enamoradas de ellos, capaces de realizar cualquier cosa para agradarles la vida, encuentro que no tienen el derecho de torturarlas, de golpearlas o de venderlas a cambio de su amor. No tienen derecho a ser tan crueles, a no tener sentimientos. No merecen vivir, y es por eso que los destruyo, sin ninguna piedad… y perfectamente.

Todo esto comenzó hace casi 10 años. Un fin de semana que me encontraba en el hotel Altona de Madrid, leyendo El País y tomando desayuno en la cama. De repente comencé a escuchar una discusión que empezaba a subir de tono en la habitación de al lado. Una mujer se puso a aullar de dolor mientras los ruidos aumentaban de intensidad. Al parecer el hombre golpeaba bastante fuerte. Luego se escuchó un crujido de madera rota contra el muro.
-¡No me pegues otra vez, te lo juro que nunca te he engañado- gritaba la víctima.
-¡Te atreves a lanzarme una silla a mi, puta! Te voy a matar por esto - vociferaba el tipo.

Escuché en seguida un grito potente de dolor … y luego nada. Quince minutos después, todavía nada. Intrigado salí de mi habitación y traté de escuchar a través de la puerta vecina. Nada. Apoyándome contre ella, esta se abrió suavemente. No estaba cerrada como debía ser.

Al interior me encontré con una escena espantosa: La mujer estaba en el suelo, sus ropas desgarradas. Había sangre por todas partes, hasta en el cielo raso. Había sido degollada. El hombre presentaba su rostro y su camisa sucias con el líquido vital. Se encontraba de pie, los brazos abiertos en cruz, manteniendo un gran cuchillo en su mano derecha. Mascullaba una especie de letanía:
-La maté, la maté, la maté…

Me aproximé a él, mi rostro casi tocando el suyo. No me vio. Estaba en estado de choque. Me alejé un poco, observé la mujer. Su rostro señalaba los golpes recibidos antes de su muerte, sus bien contorneadas piernas me mostraron los golpes más antiguos y los más recientes. Había sido muy bella, era una rubia verdadera de unos veinte y cinco años. Me interesé de nuevo en el tipo, había conservado la misma posición y recitaba su mea culpa:
-La maté, la maté, la maté…

Tomé sus manos, no se movió, junté sus manos frente a su pecho. La derecha conservaba aún con fuerza el cuchillo. Le puse la mano izquierda sobre la derecha. Me dejó hacerlo. Me coloqué detrás de él. Lo envolví con mis brazos, dirigí la punta del arma justo debajo del apéndice xifoides del esternón y empujé con fuerza, la lámina atravesó el corazón. Suavemente lo solté. Dió vuelta su cabeza y me miró directamente a los ojos, asombrado, moribundo y diciéndome:
-¿Por qué? ¿Quién es usted?
-Por ella. ¡Adiós ¡ - le respondí.

Antes de que tocara el suelo ya estaba muerto, sus mano todavía cogidas al cuchillo.
De repente di una mirada al lecho. Estupefacto observé una maleta abierta llena de dólares americanos. Además, tirados en desorden, junto al lado de la valija, había un montón de saquitos transparentes, henchidos de un polvo blanco.
-¡Vaya, el guarro era traficante de drogas! - me dije, tomando la valija y agregándole un saco de medio kilo antes de cerrarla. Dejé una treintena de sacos más pequeños para los polis. Borré los posibles rastros que hubiese dejado y abandoné la carnicería.

Una vez en mi habitación me serví dos dedos de whisky y probé un poco del polvo para verificar su calidad. ¡Era cocaína pura y no esa cochinada de crack que inundaba actualmente el mercado! Conté el dinero, habían seiscientos mil dólares en billettes de cien y algo más en de veinte. ¡De qué vivir mejor que ahora y sin moverse por unos quince años!

Aquella noche decidí convertirme en el justiciero de las mujeres maltratadas. Acababa de cometer mi primer crimen perfecto. La mayoría de los mortales cree que cuando se habla de crimen se habla de muerte, y no es siempre lo mismo, la palabra crimen es mucho más amplia. Un crimen es un delito grave, como el homicidio,el asesinato, la violación, la falsificación de moneda o el espionaje. A mi modo de ver el crimen perfecto se tipifica cuando solo el criminal está al corriente de su crimen. Si alguien mata a un desconocido en una centrica calle, de un balazo en la cabeza y después huye sin que jamás sea encontrado, no habrá cometido un crimen perfecto. Habrá cometido un crimen ordinario, un asesinato. Los polis tendrán un caso, un delito de asesinato será configurado y el modus operandi será también conocido: un tiro de pistola. Lo único que faltará será ubicar y detener al autor. Después de algún tiempo el caso se cerrará, pero todo el mundo sabrá, que un día determinado, un señor plenamente identificado a sido asesinado de un tiro en la cabeza en aquella calle.

Pero, si alguien asesina una persona por cualquier razón y tiene el cuidado de disfrazar su crimen en accidente, suicidio o bien decide de destruir el cuerpo con ácido o enterrarlo en su jardín y nadie, absolutamente nadie sabe del asunto, entonces eso será un crimen perfecto. Igual cosa si alguien consigue vivir toda su vida falsificando billetes de banco, sin que nadie lo descubra o sepa.

Aquella noche había cometido mi primer crimen perfecto. Permanecí descansando en mi habitación esperando que los sucesos se produjeran. Aquella misma mañana el personal del hotel descubrió los dos cuerpos. Los polis tocaron a mi puerta cerca del mediodía y me hicieron las preguntas habituales, de vuelta recibieron respuestas banales:
-No señor inspector yo no conocía a los clientes de la habitación vecina. Si, los escuché discutir un par de veces este fin de semana. Esta mañana muy temprano escuche gritos, un golpe en el muro y luego silencio hasta ahora.
-Eso es todo señor, si lo volvemos a necesitar lo ubicaremos.
-Cuando usted desee señor inspector.

“Homicidio y suicidio en un oscuro caso de drogas y celos”, determinó finalmente la Brigada de Homicidios.

Los dólares del traficante, los dólares recibidos de la herencia familiar y un afortunado golpe de suerte en el Loto, donde recibí un jugoso premio, me ha permitido juntar un montón de dinero, con el cual he vivido y viviré sin problemas unos doscientos años. Utilizo cinco nombres falsos, vivo cinco vidas diferentes en mis cinco casas que se encuentran en cinco países del mundo occidental. Paso mi tiempo escribiendo, navegando en mi pequeño barco, el Jutta I, y de vez en cuando salgo de mis escondites para ir a la casa de los cobardes torturadores que maltratan mujeres indefensas.

Me gusta mi estilo de vida, encuentro que lo que hago con los crápulas está bien hecho. Lo único que me molesta un poco es que ahora que me acerco a la cincuentena, comienzo a sentirme un poco solo, a aburrirme de mi soledad un poco salvaje y de mis viajes solitarios. A veces tengo deseos de comenzar a buscar una hermosa mujer inteligente, posiblemente como Jutta y tratar de empezar una nueva vida en pareja, disfrutando cada una de mis cincos casas y mi barco. Un sueño.

Aquel día de febrero, en Gandia, era el turno de Antonio, el gordo que bebía cerveza, una tras otra, al lado mío. Aún recuerdo, como si hubiese sido ayer tal como sucedieron los hechos.
-¡Oye Gunter!- grita el individuo - ¿No tienes tú, por casualidad, un poco de coca?
-Sabes muy bien que no vendo esa porquería - respondió el patrón del bar. - Vendo buenas cervezas alemanas ¡y nada más!
-Te convendría ampliar el negocio sino vas a perder a los buenos clientes como yo - balbuceó el despreciable tipo mientras pagaba y abandonaba el lugar completamente borracho y balanceándose para todos lados.

Pagué mi cuenta y salí trás él.
-¡Oye Antonio! Espera - grité. El individuo detuvo su marcha inmediatamente, y se dio vuelta haciéndome frente.
-¡Ah es usted! Usted estaba en el bar ¿Qué desea? ¿cómo sabe mi nombre? - me dice sin dejar de balancearse.
-Fácil amigo- le lancé al rostro - Escuchado cuando tu mujer te nombró. Te propongo un trato. Tu me ofreces una buena botella de whisky americano y yo te ofrezco diez líneas de la coca colombiana pura. Tómalo o déjalo, pero decídete de inmediato.
-De acuerdo macho, trato hecho. Yo no rechazo jamás una línea de colombiana. ¿Cómo lo hacemos?
-Iré por la coca a mi hotel, tu vas por el whisky y después buscamos un lugar tranquilo, tu departamento por ejemplo, donde conversar y relajarse un poco.
-De acuerdo macho - repite el tipo - nos encontramos aquí en diez minutos, y enseguida iremos adonde vivo, escucharemos buena música y todo lo demás – dice alejándose con dificultad.

Fui al hotel, cogí todo lo necesario y luego salí a enfrentarlo, momentos después estábamos en su madriguera. Puso música española, pasodobles de los años cincuenta y mientras se dirigía a la cocina en busca de hielo y vasos, descolgué del muro una reproducción de un retrato de San Francisco de Borja. Coloqué el cuadro sobre la mesita del salón y sobre su vidrio protector, preparé diez líneas de cocaína, ayudándome de una pequeña cortaplumas.

Cuando Antonio regresó al living, traía vasos, hielo y dos pajuelas. ¡Era un proxeneta previsor! Sirvió los vasos, cogió una pajuela y aspiró una línea, mientras yo le hacía creer que estaba bebiendo mi vaso, el individuo continuó aspirando una línea tras otra. Antes de terminar su labor el tipo se sobresaltó, se llevó las manos a la cabeza y mientras me observaba con asombro se deslizó al suelo cayendo de inmediato en un sueño hipnótico profundo. El hombre acababa de aspirar una mezcla que se asemejaba bastante a la cocaina: 800 gramos de bórax mezclados con 200 gramos de diazepan puro.

Tomé su pulso, estaba latiendo a diez mil por hora. Saqué de mi bolsillo unos guantes de caucho, esos de cirujano N° 7. Lo acosté sobre el sillón, cogí una sonda gástrica de otro bolsillo y se la introduje en la fosa nasal derecha. Con una jeringa de 50 ml introduje aire por la sonda. El tipo no se ahogó, la sonda estaba el el estomago. En realidad como ex-enfermero sabía lo que estaba haciendo. Luego, ayudándome de la jeringa, introduje por el tubo de plástico toda la botella de whisky, renforzando el alcohol con 100 ml de diazepan líquido. Apenas terminé saqué la sonda.

Me senté en el otro sillón y mientras guardaba el vaso que había tocado dentro de una bolsa plástica junto con la jeringa y la sonda, Antonio comenzaba a temblar. Antes de que tuviera tiempo de guardar la bolsa, el hombre estaba muerto. Infarto cardiaco.

Coloqué el resto de la mezcla bórax-diazepan al lado de Antonio, sobre la mesita, luego borré todas mis posibles huellas.
-¡Adiós Antonio! Nos volveremos a ver en el cielo - le dije, saliendo a la tarde estrellada. Corría una brisa suave. Caminé algunas calles antes de volver al hotel. La dulzura de la noche me recordó los atardeceres de San Francisco y pensé que tal vez no sería mala idea juntarme con Jutta y convencerla de que me acompañe a mi casa de Caleta Bay en California, beneficiaríamos de algunos meses de sol y mar. Veremos. Dicen que el sol acerca a los seres humanos. Pensándolo mejor comienzo a vacilar, debo elegir entre ella y mi estilo de vida. Puede que lo más sensato sea dejar de jugar al justiciero, no dejo de pensar este último tiempo en el famoso Factor H, que destruye los mejores planes. Puede que algún día se termine la suerte que he tenido hasta ahora, que alguien me vea saliendo de una casa o que caiga un pelo mío encima de un cadáver o que olvide cualquier otro indicio y lleguen hasta mi en cuestión de horas, siendo ese el Factor Humano o H que podría destruir mi crimen perfecto.

Dos días más tarde, esperando en la sala de tránsito del aeropuerto de Valencia-mi conexión Valencia-Madrid-París, leí en el “Provincial”: “Un proxeneta conocido de la policía de Gandia, muere después de beber una dosis excesiva de whisky y valium”.

Me agrada escribir mis aventuras como justiciero, me relaja, pero también sé muy bien que algún día mi diario íntimo puede caer en otras manos y ser utilizado en contra mía. Tengo conciencia también que después de mi muerte será descubierto y todos mis crímenes perfectos serán conocidos y cesarán de ser perfectos. Ante estas dos posibilidades, he tomado el cuidado de quemar cada hoja, una vez escrita y corregida. Mi diario, el archivo de mis correrías, está en el fuego, en el infierno…y en mi cabeza evidentemente.

Gandia-Bruselas 1987/2007


Caperucita roja again – Susana Guzner
El ladrón rampante - Carlos Enrique Cabrera
Tardes de lluvia - Arnolodo Rosas
Un libro para soñar despierto - Pablo Hernández
Naja-naja - Tere Dávila
Descubrimiento del alma - Omar Requena
El maestro de filosofía - José Antonio Durand Alcántara
Anales de Lázaro - Adam Gai
Micelánea de movimientos en el espacio - Gaspar Jover Polo