samedi 24 mai 2008

Un especial sobre la FERIA DEL LIBRO DE MADRID


Reportaje:
América Latina pasa página
Por Winston MANRIQUE SABOGAL

Hacia dónde va la literatura latinoamericana? Y el escritor extendió el brazo derecho señalando hacia un lado mientras exclamaba: "¡Hacia allá!". Todos giraron la cabeza y trataron de descubrir con la mirada el lugar al que apuntaba el índice del autor uruguayo Pablo Casacuberta. Tantos años cercados por esa pregunta. Miles de reflexiones. Tantos años esperando la respuesta y ahora, por fin, estaba ahí, a la vista de todos, reducida a un punto en el horizonte. Hacia dónde va el propio Casacuberta junto a un número sin precedentes de nuevos escritores de América Latina, comprometidos con búsquedas estéticas innovadoras.

Avanza sin miedo. Sin prejuicios. Sin presiones. Explorando. Libres. Inaugurando un nuevo tiempo.

Son de linaje absolutamente contemporáneo. Hijos del mestizaje genético, cultural y literario. Viajeros, cosmopolitas que viven en diferentes ciudades del mundo, herederos de toda la literatura universal, de vocación global en sus temáticas, sin mundos totalizadores, con más mujeres que en otras épocas y unidos por la diversidad y la pluralidad de estilos. Estirpe de estos tiempos para quienes hablar hoy de si existe o no una literatura latinoamericana es una entelequia. Comparten pasado e idioma, pero su creación no es homogénea, surge y avanza por una frondosa geografía literaria sin fronteras que atraviesan sus autores en busca del lugar señalado: "Hacia allá".

Ése es el presente. Así lo ve ese grupo de latinoamericanos que en esta década ha debutado o publicado algunas de sus primeras obras de narrativa en las que se aprecian talento y semillas de prestigio. Forman una gran polifonía de voces procedentes de 19 países, varias de las cuales sonarán más allá de este comienzo del siglo XXI, y cuyo paisaje literario describen hoy aquí Ena Lucía Portela, Juan Gabriel Vásquez, Lina Meruane, Claudia Amengual, Edmundo Paz Soldán, Andrés Neuman, Oliverio Coelho, Guillermo Martínez, Wendy Guerra, Leonardo Valencia, Pablo de Santis, Antonio Úngar, Diego Tréllez, Pablo Casacuberta y Santiago Roncagliolo.

Saben que muchos miran hacia América Latina. Editores y lectores de medio mundo aguardan. Las expectativas son enormes tras el mítico éxito literario de los años sesenta y setenta conocido como el Boom. Demasiado etiquetado. Eclipsante para los lectores. Pero eso ya es una página pasada que los nuevos narradores han incorporado con naturalidad a la tradición literaria universal. No hay tendencias parricidas, y lo que mejor ha asimilado de aquel festín creativo esta generación es la libertad de rupturas temáticas y estéticas. Crean el paraíso del riesgo donde todo es posible.

"Quizá la literatura latinoamericana se sintió obligada a retratarse a sí misma. Como si se mirase a través de lo que otras culturas esperaban de ella. Pero desde hace varios años aspira a simbolizar cualquier espacio, a ser una metonimia del mundo. La sensación es de desprejuicio territorial", asegura el argentino Andrés Neuman (autor de títulos como Una vez Argentina). Si hay una tendencia clara tiene que ver "con el desembarazamiento de las características más notorias que identificaron para el lector europeo lo que significaba Latinoamérica: tropicalismos, barbarie, realismo mágico, representación de la gran escena del poder y la sociedad a través de dictadores y patriarcas", explica el argentino Guillermo Martínez (Los crímenes de Oxford).

Adiós al tópico tropical y exuberante que insiste en ver el mundo y ensombrece el resto del panorama creativo.

Lejos ya de fulgores y liberados de prejuicios y presiones, se trata de una literatura más emigrante y nómada que nunca. Todos avanzan, exploran, pero de manera individual y con micromundos que albergan el universo. Se sabe de sesenta, setenta..., un incontable número de escritores recientes que no paran de adentrarse en un territorio que tiene el aire fresco dejado tras una gloriosa tempestad. "Ya nadie tiene que justificarse, como les tocó a Borges o a Cortázar, por contar historias europeas o indias o norteamericanas con personajes norteamericanos o indios o europeos. Nuestra tradición es toda la literatura", sentencia el colombiano Juan Gabriel Vásquez, autor de Historia secreta de Costaguana, al reflexionar sobre el derecho a trabajar con toda la literatura universal como pedía Jorge Luis Borges. Este grupo de escritores invoca las palabras libertad y ruptura, porque "un narrador latinoamericano de ahora mismo no tiene que circunscribir sus relatos a la contemporaneidad, o a la historia, o a su país. Tampoco es obligatorio escribir sobre política. No hay 'compromiso social' que valga; sólo el compromiso consigo mismo", afirma la cubana Ena Lucía Portela (Cien botellas en una pared).

Más que manifiestos, lo que ha cambiado es la percepción. Con esas coordenadas ha echado a andar este grupo de escritores. Buscan ese lugar señalado aquella noche de agosto pasado en Bogotá 39 -el encuentro que reunió a algunos de los mejores autores latinoamericanos menores de 39 años, convocados por el Hay Festival y la Unesco dentro de los actos de Bogotá Capital Mundial del Libro-. Y cuentan que tan pronto como Pablo Casacuberta reveló que "hacia allá" era el lugar de destino de las letras latinoamericanas, empezó a correrse la voz, y que cuando llegó a oídos del argentino Pedro Mairal, éste sólo atino a advertir: "Y apúrense porque va corriendo".

La travesía no es fácil. Para entenderla mejor, J. Ernesto Ayala-Dip, uno de los críticos de Babelia, se remonta al penúltimo capítulo de esta historia: "Después del sarampión del posboom (años ochenta), y sus enormes secuelas, en cuyo vértice funcionaría como paradigma una novela como La casa de los espíritus, de Isabel Allende, un sarampión que duró mucho y que supuso un grave malentendido en torno a los acuerdos entre imaginación, escritura y realidad social (tanto que se tuvo que volver sobre la importancia de una novela capital como Cien años de soledad, escrita por Gabriel García Márquez en 1967, uno de los orígenes involuntarios de ese malentendido), después de ello, en los últimos años, tal vez décadas, parece que se transita por soluciones de transversalidad en las tendencias narrativas. Hay un proyecto festivo de la invención, otro de experimentación e intertextualismo, de reflexión crítica de las últimas dictaduras latinoamericanas. Novelas realistas (con el criterio también huidizo e inaprehendible con que César Aira tonifica el concepto de realidad) que compiten con las que Roberto Bolaño llamaba novelas mutantes (mezcla, como las suyas, de novela y cuento). El compromiso político, en esta época de inhibición ideológica, rivaliza con el más exigente compromiso estético. Y con una gran presencia del cuento, que allí siempre ha tenido acogida por escritores y lectores".

Senderos que exploran autores como Guadalupe Nettel, Iván Thays, Antonio José Ponte, Juan Carlos Botero, Ronaldo Menéndez, Martín Solares, Inés Bortagaray, Jorge Eduardo Benavides, Florencia Abbate, Fabrizio Mejía, Pilar Quintana, John Jairo Junieles, José Pérez Reyes, Claudia Hernández...


Vocación universal.

Expedicionarios que crean un gran puzle con tonos transgresores o de renovada tradición. Julio Ortega, del Departamento de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad de Brown, completa este presente aclarando que en la última narrativa latinoamericana "no hay parricidios, hay relevos, turnos y diversificación. Y también renovación: los jóvenes del crack cumplieron 40 años y escriben todavía mejor. Y hay narradores de veintipocos años que merecen atención. Se debe a las demandas de esa extrema libertad recibida. No sorprende que sean parte de una conversación más amplia, donde se descubren como interlocutores de una charla que incluye a otros". Y cierra su retrato con un juego literario, como en un jardín de senderos que se bifurcan: "El jardín es una cita literaria, y los senderos se abren incesantes a nuevas lecturas. La última narrativa es una narrativa de narrativas".

Casi todos han renunciado al afán totalizador de construir novelas o proyectos literarios que explicaban una época y que ha caracterizado a la literatura latinoamericana, asegura el escritor peruano Diego Tréllez (El círculo de los escritores asesinos), que publicará en verano una antología con autores de la última generación. Los nuevos narradores describen mundos más cercanos, íntimos. Hacen de lo particular y singular lo universal. El amor, la soledad, el desconcierto, la muerte, la inmigración, el éxito, la envidia, las repercusiones del 11-S, los nuevos miedos, el desamparo, las ilusiones, las dudas o las diferentes formas de violencia que van moldeando el mundo.

Su legado literario procede de todas partes y lo buscan en todos lados, recuerda el boliviano Edmundo Paz Soldán (Río fugitivo). "Mientras los escritores europeos o norteamericanos suelen leer sólo literatura de sus propios países, en América Latina se puede encontrar a mexicanos que leen a Kawabata, argentinos que apuestan por Janet Malcolm, colombianos que siguen a Conrad, peruanos aficionados a Modiano, puertorriqueños fanáticos de Ngugi Wa Thiongo, guatemaltecos fervorosos de Vila-Matas, chilenos obsesionados con Clarice Lispector". Lecturas universales combinadas con las de sus paisanos clásicos, como José Eustasio Rivera, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos o Gabriel García Márquez.

Es una generación que vive y siente con naturalidad las tradiciones culturales y literarias de sus países de origen, su continente y el resto del mundo. Avanzan como alegres guaqueros. "Somos saqueadores de las tradiciones de todos lados", reconoce el mexicano Antonio Ortuño (Recursos humanos). Por eso no es fácil hablar de literatura latinoamericana. Son 19 países y cada uno de ellos es un mundo. No son un grupo uniforme, ni existe un español latinoamericano, sino muchos, aclara Ena Lucía Portela. "Pero de ningún modo debe hablarse de literatura latinoamericana vinculada a una ideología determinada y a motivos considerados exóticos según una visión eurocéntrica", hace énfasis la uruguaya Claudia Amengual (Desde las cenizas).

Tampoco se consideran una hermandad de literatos intentando preservar y legalizar para el mundo una herencia cultural milenaria e inmaculada, afirma Diego Tréllez. "El chovinismo en la literatura es un cáncer extirpable. Lo nacional tiende a ser un concepto desfasado para analizar nuestras correspondencias". Y si algo queda de esto, es por poco tiempo, vaticina el peruano Santiago Roncagliolo (Abril rojo). Recuerda que en países como el Reino Unidos y Estados Unidos la literatura ha incorporado miradas mestizas y el índice de la última antología de jóvenes narradores de la revista Granta "parece un listado de la oficina de migraciones. En España, la inmigración es reciente, pero ya hay autoras como Najat el Hachmi que escribe en catalán. Pronto empezarán a hacerlo también los hijos de los latinoamericanos y la pregunta por su identidad carece de sentido".

Se sienten orgullosos de tener deudores tan diferentes. No quieren que les sorprenda el olvido.

"Heredamos la literatura de los años sesenta de nuestros padres. Reconstruimos con nuestra 'filosofía barata y zapatos de goma' a los pensadores alemanes, a sabios del Oriente, a los clásicos, los grafitos de los metros, la mítica popular. Cada quien se arma un puzle con sus referentes y necesidades", resume la cubana Wendy Guerra (Todos se van). Es una literatura en continuo devenir, que en cualquier momento puede engendrar algo que nunca fue leído antes, está convencido el argentino Oliverio Coelho (Promesas naturales).

Sobre estos predios vecinos exploran autores como William Ospina, Álvaro Enrigue, Rodrigo Hasbún, Ana Gabriela Alemán, Marcelo Birmajer, Eduardo Halfon, Jorge Franco, Marbel Sandoval, Mariana Enríquez, Ricardo Silva, Armando Luigi Castañeda, Rodrigo Blanco, Héctor Abad, Damián Tabarovsky...


Refundar con palabras.

Ahora se vuelven a visitar territorios conocidos. Autores que escriben sobre la historia de sus países o regiones, una especie de revisión de la historia para tratar de descifrar o interpretar el presente. Andrés Neuman cree que se trata de un doble desplazamiento: "Muchos escritores latinoamericanos (por ejemplo, los del crack) se han propuesto emigrar literariamente a escenarios que trasciendan sus fronteras nacionales, y otros (en general, influidos por una experiencia emigratoria) hemos revisitado la historia de nuestros países desde perspectivas oblicuas, conscientemente extranjeras (pienso en Juan Gabriel Vásquez, Fernando Iwasaki, Álvaro Enrigue, Guadalupe Nettel o Juan Carlos Méndez Guédez)". Un vistazo atrás muestra que el Boom, en palabras de Juan Gabriel Vásquez, se dedicó obsesivamente a dar su versión de la historia latinoamericana, a construir una nueva historia en la literatura. "Luego hubo una especie de reacción hacia otras maneras de contar la experiencia, menos públicas, más intimistas. Ahora algunos novelistas se dan cuenta de que el Boom está lejos de haber agotado los lugares oscuros de nuestra historia, y se han concentrado en iluminarlos".

Son las luciérnagas perpetuas en la historia de la literatura. Lo que cambia son las miradas, insiste Santiago Roncagliolo. "Siempre tratamos de darnos sentido a nosotros mismos hurgando en nuestro pasado". Y añade que de la misma manera que se han vuelto a escribir novelas sobre historia, también lo hacen sobre guerrilleros, sólo que su figura ya no es épica ni ideal. "En Latinoamérica, nuestras heridas no han cicatrizado", afirmó el poeta argentino Juan Gelman el 23 de abril durante su discurso por el Premio Cervantes, en Madrid. Una aseveración que Wendy Guerra complementa diciendo que en el caso de su generación las heridas no han sido nombradas. "Mi diferencia con los colegas latinoamericanos es que estamos en un punto donde nombrar las heridas ya es ganancia, nos reconcilia con la conciencia de los personajes que narramos, nos vuelve persona y personaje en el propio acto de la narración transitoria y la vida dilatada por el texto. La revisión histórica se inicia, en mi caso, en el minuto en que decido decir la parte de la historia que he vivido y necesita ser nombrada, aunque duela en mi entorno".

Pero la brújula no siempre funciona bien por este trayecto. "Se corre el riesgo de la tipificación editorial. Se empiezan a ver repeticiones de lo mismo con novelas domésticas", advierte el ecuatoriano Leonardo Valencia (El libro flotante de Caytran Dölphin). "Ocurre ahora con la novela histórica o política del país de origen del autor, con temas interesantes pero que no aportan ni avanzan en la forma novelística ni en el lenguaje, y con guiños evidentes para reforzar el tópico o el trópico. Son correctas, pero siguen sin superar a las grandes novelas históricas y políticas de los setenta y ochenta. Esa revisión del pasado puede ser provechosa, si es una relectura formalmente arriesgada, pero me temo que no es así".

Todos tratan de volver a fundar con palabras América Latina. De desandar con las palabras ese atlas de sus vidas hechas de historias oídas, leídas, vistas, imaginadas, intuidas, vividas. Vívidas.

Los desencantos han dado paso a la ilusión por contarlo. Quizás lo que ha cambiado, reflexiona Andrés Neuman, es el abandono del propósito de encarnar determinados esencialismos nacionales y políticos, que no se han perdido, sino reformulado. De opinión parecida es Claudia Amengual. Recuerda que sus predecesores tenían un compromiso ideológico fuerte que se correspondía con la efervescencia de la década de los sesenta y la resistencia a las dictaduras que oprimieron la sociedad latinoamericana en los años siguientes. "Nuestra generación -me refiero a la de los escritores que estamos entre los treinta y cuarenta años- ha sufrido no sólo esas dictaduras sino también los efectos posteriores. Es una generación quizá algo desilusionada con el nuevo orden mundial, con menos utopías, pero no con menor compromiso. Nuestra literatura no siente que deba cumplir, necesariamente, con una función social, sino que tiene un valor intrínseco en tanto arte. Sin embargo, si bien la obra vale por sí, siento que sí existe un compromiso ético del autor con la coyuntura que le ha tocado vivir".

Sin miedo. Con descaro y más conciencia del oficio de escribir. Una metamorfosis literaria que Tréllez reconoce a través de "la alegoría, de la parodia, de la digresión, del secreto, y de todo lo que tenga relación con el juego y con el contrabando literario (el plagio, la cita apócrifa, el guiño, la deformada noción de autoría)". Un legado, agrega, que proviene de autores como Borges, Monterroso, Piglia, Bolaño, Pauls, Bellatin o Aira. En el mundo de los nuevos narradores no se teme a los dioses. "Es un placer escribir porque se hace sin la sombra de escritores paradigmáticos", confiesa el colombiano Antonio Úngar (Las orejas del lobo). Sobre todo en su país, porque si en América Latina la sombra de Gabriel García Márquez es fuerte, en Colombia lo es mucho más. "La generación anterior a la mía sufrió el paradigma: se podía escribir con o contra García Márquez, no había muchas más opciones. En mi generación, el vacío de referentes inmediatos es absoluto, lo que da mucho vértigo pero también una gran sensación de libertad".

Como se percibe en las páginas de Vivian Abenshuhan, Martín Kohan, Karla Suárez, Giovanna Rivero, Carlos Labbé, Susana Haug, Sergio Vilela, Juan Pablo Meneses, Efraín Medina, Gonzalo Garcés, María Fasce, Ariel Magnus, Luigi Amara, Alonso Sánchez Baute, Antonio García, Álvaro Bisama, Andrea Jeftanovic, Mario Mendoza, Jaime Alejandro Rodríguez, Wynter Melo, Yolanda Arroyo...


"Hacia allá".

Es la era de los nichos, como la define el chileno Alberto Fuguet. La de aventuras individuales. Tras el hallazgo de Pablo Casacuberta (La parte de debajo de las cosas y Una línea más o menos recta), muchos son los que también señalan que el destino está en "hacia allá". Él lo mencionó cuando en Bogotá emboscaron a los escritores invitados con la pregunta: ¿hacia dónde va la literatura latinoamericana? "Fueron tantas veces, con tal esperanza acerca de nuestras habilidades para conocer el presente y predecir el futuro, que merecía ser contestada con el mismo entusiasmo visionario. Ese "hacia allá" no señalaba estrictamente hacia adelante, sino hacia adelante y a un costado. Se me ocurrió que tratar ese destino como si fuera un punto preciso en el espacio era la mejor manera de manifestar nuestra incapacidad para abordar la pregunta. Después, en la foto, todos señalamos el mismo punto, como si fuéramos un excitado corrillo de científicos apuntando hacia un meteorito".

Y los escritores se dirigen hacia ese destino desde múltiples y variadas rutas. A la chilena Lina Meruane (Fruta podrida y Cercada) lo que le resulta llamativo es "la aparente renuncia a construir una literatura que exprese la complejidad del mundo contemporáneo desde la ficción (la llamada no-ficción está en auge)". Destaca que se ha producido una esqueletización del entorno y del relato: de su imaginario, de su estructura, de su lenguaje. "Algo muy visible en la microficción, en el acortamiento del cuento y en la creciente brevedad de la novela. Esta literatura 'anoréxica' (así describía Alan Pauls la obra reciente de Mario Bellatin) insiste en sembrar agujeros en la trama: la idea de que el texto sólo muestre la punta del iceberg se ha transformado en la noción del relato-gruyère".

Otras bifurcaciones relevantes son las novelas de género, la hibridación de éstos a veces desencadena en la llamada no ficción citada por Meruane, al tiempo que coge fuerza el periodismo literario. Al argentino Pablo de Santis (El enigma de París) siempre le ha interesado la cuestión de los géneros: "Creo que nos conectan con lo más puro que hay en el hecho de narrar y por eso el encanto del policial, la ciencia-ficción y lo fantástico. Muchos autores se han inclinado por tomar a los géneros como inspiración; Guillermo Martínez, Edmundo Paz Soldán, Jorge Franco y Mario Mendoza, con el policial; Marcelo Birmajer, con el humor y la sátira, y Leopoldo Brizuela, con la novela de aventuras".

Una de las rutas más arriesgadas la ha encontrado Diego Tréllez en el mestizaje de géneros, con autores como Alejandro Zambra, Oliverio Coelho, Tryno Maldonado, Guadalupe Nettel o Inés Bortagaray. Sus obras, cuenta, "pueden ubicarse en esa zona indeterminada donde, de manera oscilante y a menudo indiscernible, se cruzan el ensayo y la novela, la verdad y la ficción, el crítico y el escritor".

La tercera gran ruta no es nueva, pero se refuerza. Se mueve en las fronteras entre periodismo y literatura, coinciden Santiago Roncagliolo y Edmundo Paz Soldán. "Hemos tenido una tradición interesante de cronistas desde la segunda mitad del siglo XIX, pero nunca, como ahora, tantos y de tanta calidad". El retrato de esta página literaria la completa Roncagliolo al decir que "el narrador se ha bajado del pedestal del sabio para sentarse en el banquillo de los testigos, y el periodista ha abandonado su complejo de inferioridad".

Y a este rumor alegre de la renovación literaria han contribuido más que nunca las mujeres. Algo muy significativo en un continente con poca tradición narrativa femenina. A diferencia de la poesía donde hay referencias que van desde sor Juana Inés de la Cruz pasando por Gabriela Mistral y Alejandra Pizarnik hasta Olga Orozco y Blanca Varela. Entre las debutantes de esta última década, cuenta Ena Lucía Portela, hay alrededor de una decena de narradoras que han alcanzado cierta visibilidad más allá de las fronteras de sus respectivos países.

Mujeres y hombres que Piedad Bonnett, poeta y narradora colombiana, ha leído en su mayoría porque fue una de las responsables de seleccionar a los escritores convocados en Bogotá 39. Para ella, "el panorama de la joven narrativa latinoamericana está lleno de sorpresas y diversidad de nombres ya bien conocidos y de otros que aún circulan poco y que el continente tiene que descubrir. Abarca desde obras como las de Jorge Volpi o Juan Gabriel Vázquez, que fabulan la historia universal o local en novelas de largo aliento, hasta las nouvelles de Alejandro Zambra, construidas sobre poderosos silencios y con personajes y argumentos que se niegan a consolidarse, y que implican una propuesta muy novedosa sobre el género. Por el camino encontramos obras interesantísimas, como la de Junot Díaz o Daniel Alarcón -el uno dominicano, el otro peruano- que escriben en inglés pero desde su condición de latinoamericanos, y con gran conciencia de la dureza de la vida en sus países pero también -sobre todo Junot- de la discriminación que padecen en el extranjero, de su condena a ser ciudadanos de segunda. Son inquietantes también las obras del prolífico y versátil Andrés Neuman, o la de mujeres con voces muy sugerentes y poderosas, como las de Guadalupe Nettel y Enna Lucía Portela. Pero no todo queda enmarcado en Bogotá 39. Escritores como Paz Soldán, Alan Pauls y otros que superan los cuarenta años se están ocupando de una renovación de la novela y el cuento que nos permite hablar de una muy dinámica búsqueda de nuevos lenguajes".

A ellos se han unido César Gutiérrez, Rafael Baena, Alejandro Parisi, Andrea Maturana, Maximiliano Barrientos, Tryno Maldonado, Mauricio Bernal, Javier Ponce, Margarita Borrero, Fernando Quiroz, Washington Cucurto, Sergio Bizzio, Slavko Zupcic, Romina Paula...

Sobre el futuro de todos ellos, uno de los más citados por los propios entrevistados, aunque empezó su andadura en los años noventa, es el peruano-mexicano Mario Bellatin, quien expresa su fe "en que autores que han nacido, viven, provienen por lazos de familia, o sienten que poseen alguna afinidad con la parte de América que utiliza alguna lengua latina -o una mezcla que incluya a una de ellas- como herramienta de trabajo no caigan en la soberbia de sentirse parte de un todo narrativo. Curiosamente, las veces que esto ha ocurrido marcó el declive en la obra de autores que hubieran podido ser clave, quizá, en la literatura universal".

Es el alba de una diáspora de creadores y creaciones de gran diversidad y vigor que han empezado a ser traducidos a varios idiomas. Algunos más conocidos fuera que en su propio continente. Transgresores autores del siglo XXI, que avanzan bajo la invocación de Sherezade hacia ese lugar señalado. "No me extrañaría que, dado ese inesperado consenso, la literatura latinoamericana termine yendo 'hacia allá' un día", reconoce Pablo Casacuberta. Y da más detalles de su ubicación para los que requieran coordenadas específicas: "El punto puede hallarse estirando el brazo en forma exactamente perpendicular a la línea trazada entre los hombros. Una vez allí, se desplaza el brazo una vez y media el ancho de la mano extendida hacia la derecha. Y luego se estira el índice y se señala levemente hacia abajo, como si una línea casi paralela al piso fuera a encontrarse con el horizonte. El lugar es exactamente ahí".

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Páginas latinoamericanas en España

Héctor Abad, El olvido que seremos (Seix Barral); Jorge Eduardo Benavides, Un millón de soles (Alfaguara); Marcelo Birmajer, Historia de una mujer (Seix Barral); Pablo de Santis, El enigma de París (Planeta); Wendy Guerra, Todos se van (Bruguera); Martín Kohan, Ciencias morales (Anagrama); Guillermo Martínez, La muerte lenta de Luciana B (Destino); Andrea Maturana, El daño (Alfaguara); Guadalupe Nettel, Pétalos (Anagrama); Andrés Neuman, El último minuto (Páginas de Espuma); William Ospina, Ursúa (Alfaguara); Edmundo Paz Soldán, El delirio de Turing (Alfaguara); Ena Lucía Portela, Djuna y Daniel (Mondadori); Ronaldo Menéndez, Río Quibú (Lengua de Trapo); Santiago Roncagliolo, La cuarta espada (Debate); Martín Solares, Los minutos negros (Mondadori); Leonardo Valencia, El libro flotante de Caytran Dölphin (Funambulista); Juan Gabriel Vásquez, Los amantes de todos los santos (Alfaguara); Alejandro Zambra, La vida privada de los árboles (Anagrama).

La feria madrileña es también este año americana. Quince escritores trazan el rumbo de un puzzle literario que se ha liberado de ataduras y busca nuevos lenguajes.


Articulo:
http://www.elpais.com 24/05/20008

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Tribuna:
La generación que se alejó del centro
Por Reina María RODRÍGUEZ

Thomas Bernhard ha sido un modelo para escritores que han perdido un Imperio. Autores que no pretendieron retomar el centro transitado por epígonos del Boom, sino que se hallaron, ante un vaciado de utopías y realismo mágico, succionando como eucaliptos el fondo áspero de cuanto rastrojo quedara por los alrededores. Estos autores, que se consagraron en los años 90, disfrutaron por la falta de un centro, hallaron diferentes niveles de ficción y realidad, creando novelas cortas y fragmentadas, con lo pasajero, la hibridez de géneros (lo variopinto), la contaminación; lo enrarecido, hacia una búsqueda experimental. Alta tensión entre una llamada "estética del cinismo", la violencia y el deseo de trastocar juicios sobre aspectos políticos y culturales manoseados por la costumbre y la Historia, desmitificándolos de golpe y porrazo.

Ellos toman por caminos que se extravían hasta llegar a "una historia de terror... que no lo parecerá", dijo Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003): Los detectives salvajes, La literatura nazi en América, Amuleto, Nocturno de Chile, Amberes y su gran obra póstuma, 2666. Peregrinaje de esos buscadores de vida y de matices, tratando de remendar "algo parecido a la vida" hasta lograr un libro a modo de diccionario literario, como si la literatura fuera el único centro posible. Con El cuchillo del mendigo, Lo que soñó Sebastián, Ningún lugar sagrado, Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) entra en "la burbuja artificial del momento presente": del secuestro, aquellos sótanos, el dinero y el precario equilibrio actual, para dejar abierta la pregunta: "¿Estaba vivo o no?".

Jorge Volpi (México, 1968) sabe que, "el fracaso es evidente desde el principio", haciendo nudos con lo real y el sentimiento, se dirige a los lectores y les pide que compartan su mundo en A pesar del oscuro silencio, La paz de los sepulcros, para "disecar los abismos de nuestro tiempo". Mientras Santiago Gamboa (Colombia, 1965) escribe como si filmara estampas. Sordidez, hipocresía y polaridad de las convenciones. Entre estos narradores de los noventa, Fernando Iwasaki (Perú, 1961) trae divertimentos ante la depresión, humor y erotismo: Helarte de amar, Ajuar funerario, La caja de pan duro.

Ella se regodea en los gestos, perfilando cada detalle como aceptación social, creando un espejo. Es Cristina Rivera-Garza (México, 1964), La muerte me da, Nadie me verá llorar, donde un personaje ve "muchachas con el vello púbico afeitado": la vida como un ensayo sin terminar. Entre borrachos, perros callejeros, hijos que no deben nacer, flota lo ilusorio, la desilusión, el escepticismo.

Artesanía en la escritura de Mario Bellatin, nacido en Perú y radicado en México (1963), autor de Damas chinas, El gran vidrio, El jardín de la señora Murakami que, cansado del realismo mágico y de los compromisos sociales, coquetea con mundos exóticos, travestismo, "chinerías"; inyectando historias difíciles de comprender, provocando esa curiosidad que proporcionan los misterios y la crueldad. Artista conceptual, estructura un libro infinito, como si sacara pedazos a flote reciclados para otra puesta en escena, donde la palabra y el cuerpo se manifiestan. Escritura a tajazos, parapléjica, que no pretende moralidad alguna, sino contar posibles fugas, usando esa sustancia "inadaptada" que es "lo literario" y donde el Hecho se vuelve voz.

Con fragmentos de una conversación se estructuran tres relatos de El asco, de Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957), entre palimpsestos de testimonios ataca los poderes, o en Derrumbamiento, las fobias de un niño, que durante un bombardeo siente más que miedo, odio por los nacionalismos. Contrabando de sombras, de Antonio José Ponte (Cuba, 1964), transcurre en un cementerio donde habitan personajes excluidos: fantasmas. Ya en su cuento Corazón de Skitalietsz, Veranda y Escorpión prefieren vagar antes de ser parte de un censo y un asilo, reflejando la libertad como metáfora. La violencia está en cómo corren riesgos para sobrevivir sin ser cuantificados. La fiesta vigilada, novela entre el ensayo y la ficción, hace un recorrido por la ciudad, a la novela de espionaje que le sirve de puente y, a la historia oficial de la cultura cubana, subvirtiendo espacios arquitectónicos por espacios de pensamiento donde el tiempo es protagonista y juez.

Estos autores tan diversos han desertado buscando un sitio laberíntico, sinuoso. Heredan de Bernhard su reacción contra la sacralización literaria y buscando alternativas al trauma de la creencia y a los centros desperdigados de la familia y del poder.

Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) es poeta. En España está publicada su obra Al menos, así lo veía a contraluz (Archione Editorial).

Articulo:
http://www.elpais.com 24/05/20008

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Literatura internacional:
McCarthy, Roth, Coetzee, Bassani, Mann...
Por José María GUELBENZU

Libros arriesgados, conmovedores, apocalípticos o estremecedores se unen a la recuperación de títulos clásicos con nuevas traducciones

No hay modo de resumir en una página lo más interesante que se ha publicado en narrativa extranjera desde el pasado septiembre hasta las puertas mismas de la Feria del Libro de Madrid, de manera que lo mejor será hacer uso de la arbitrariedad y tirar de gusto literario para elegir libros que, sin que al final estén todos los que son, lo sean los que están. Lo son, sin duda alguna, La carretera (Mondadori), de Cormac McCarthy -un libro tan arriesgado como apocalíptico, situado en el centro del miedo al vacío, seco y desnudo como nunca antes su autor lo había sido-, y Sale el espectro (Mondadori), de Philip Roth, una impresionante y conmovedora constatación de la vejez, la pérdida de la sexualidad y la cercanía de la muerte. No menos impresionante es Vida y destino (Galaxia Gutenberg), de Vasili Grossman, una reedición afortunada que ahora sí ha encontrado a sus lectores; libro de ambición y alcance propios de un clásico: libro de guerra, familia, supervivencia bajo la opresión estalinista y también una historia de amor y humanidad. Y entre las recuperaciones, otra obra maestra: Una muerte en la familia (Alianza), de James Agee, de quien también se reedita Elogiemos ahora a hombres famosos (Back List). La primera es una formidable recreación de la mirada de un niño sobre un mundo adulto sacudido por un movimiento sísmico de crisis familiar cuyo epicentro es la inesperada muerte del padre; la segunda es un retrato tan duro como emocionante de la vida de los blancos pobres de la América profunda, producto de un trabajo hecho a medias con el gran fotógrafo Walker Evans.

En la misma línea en que se mueve el último Roth está Diario de un mal año (Mondadori), de J. M. Coetzee; en este caso, se trata de un relato partido en tres plantas, cada una de las cuales comunica con las otras por medio de un hilo sutil de vecindad que se convierte en hilo de vida para el narrador, un escritor consciente de hallarse en el umbral de la decadencia física. Y luego tenemos una maravillosa serie de relatos y novelas trabadas en la memoria de los años de una Italia sumida en el fascismo, la II Guerra Mundial y la posguerra: La novela de Ferrara (Lumen), de Giorgio Bassani; la obra de toda una vida de un escritor de extrema sensibilidad y exquisita penetración y humanidad que incluye un título mítico: El jardín de los Finzi Contini (Tusquets). También es recuperación Los Buddenbrook (Edhasa), de Thomas Mann, que ahora se nos ofrece en una nueva traducción que es la que merecía y que la convierte en una auténtica novedad. Es el relato de la vida de una familia burguesa a lo largo de cuatro generaciones en una ciudad del norte de Alemania entre 1835 y 1876, a través de la cual se levanta un gran fresco histórico; escrita a los veinticinco años, revela una mirada como pocas veces ha mostrado la literatura de nuestro tiempo.

De entre los muertos resurgen dos autoras singulares. La primera, Virginia Woolf, de quien vuelve a publicarse su última novela, Entre actos (Lumen), que narra la representación de una obra de teatro en una casa de campo. La novela es el cierre perfecto de una obra literaria admirable: abre la puerta del collage como forma novelística y finaliza con una escena de audacia asombrosa en la que los actores de la obra se esconden tras unos espejos para que el público se vea a sí mismo. Es el último legado de una autora excepcional llamando al lector para que ocupe su verdadero y exigente lugar. La otra obra es una pieza de admirable delicadeza y sensibilidad: Elizabeth y su jardín alemán (Lumen), de Elizabeth von Arnim, transcurre en la región alemana de Pomerania y se asienta en el contraste entre la vida en una mansión que obliga a todas las convenciones sociales de su tiempo y la vida libre del jardín que la joven madre Elizabeth, con ayuda de sus libros y sus hijos, convierte en un paraíso. La complementa un libro escrito a los 70 años, Todos los perros de mi vida, en el que recapitula su vida, amigos, maridos, amantes..., y perros. Y yo incluiría también La noche quedó atrás (Seix Barral), de Jean Valtin, crónica estremecedora de un agente doble atrapado por la maquinaria de los totalitarismos nazi y soviético.

Los clásicos nos han deparado alguna obra de primera magnitud. Destacan la Vida de Samuel Johnson, en doble edición; traducción más florida la de Acantilado y más ajustada la de Espasa; ambas excelentes ediciones de un clásico de la biografía, inédito en nuestro país. También hay dos estupendas ediciones de cuentos de Rudyard Kipling: Relatos (Acantilado) y El mejor relato del mundo y otros no menos buenos (Sexto Piso), que prefiero por ese orden. Los siete ahorcados (El Olivo Azul), de Leónidas Andreyev nos devuelve a la gran tradición de la novela rusa. Y no conviene olvidar una novedad de gran calado: La muñeca, del polaco Boleslaw Prus (Krk Ediciones), espléndido fresco social de la Polonia de la segunda mitad del XIX; ni Enrique el Verde (Espasa), la gran novela de aprendizaje de la literatura en lengua alemana. Y, por último, la vida de los escritores aperreados o supervivientes que tratan de adaptarse a los nuevos tiempos del oficio literario en el Londres de finales del XIX en una novela entretenidísima: La nueva Grubb Street (Alba), de George Gissing.

Entre las penúltimas novedades (las últimas estarán en otro lugar de este suplemento) destacan Cenizas y diamantes (Alba), de Jerzy Andreyevski, una obra definitiva sobre la realidad de la vida polaca bajo la mano de hierro soviética, llevada al cine en un filme tan legendario como la novela por Andrzej Wajda, y La ciudad de las acacias (Pre-Textos), del malogrado escritor rumano Mihail Sebastian, sin duda uno de los mejores novelistas de la Europa de la primera mitad del XX. Y esta temporada otoño-primavera nos ha traído también alguna pieza importante en el género policiaco y negro: La tercera virgen (Siruela), de Fred Vargas; El hombre que se esfumó (RBA), de Sjöall y Wahloo, y Un cadáver para Harriet Vane (Lumen), de Dorothy Sayers.

Articulo:
http://www.elpais.com 24/05/20008

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Perfil:
Café Perec
Por Enrique VILA-MATAS

La vida instrucciones de uso fue para muchos el último acontecimiento de la novela moderna. Bolaño recogió el guante lanzado por el autor francés.

Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, café Perec para algunos. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente "lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes". Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba "suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado".

Apuro mi café y tengo un recuerdo para 'El salto en paracaídas', un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal ("la cuento porque estoy un poco

... porque he bebido un poco"), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, "para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase".

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y "el otro", donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico de "El Ángelus" de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todos los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto -como todo- meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. "La trama es una vulgaridad burguesa". Le adjudico la frase a Nabokov. "El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies", recuerdo que respondió John Banville en una entrevista.

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela -"como bien saben en el mundo anglosajón"- ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía por qué considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kurt Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar -casi al azar- una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: el estilo.

¿Y cuáles eran esas tramas? Vonnegut se las sabía de memoria, tenía una lista muy perecquiana: "Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; el caso conmovedor de Cenicienta; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado o de haber cometido un crimen; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto...".

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes... Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que -como en libros de Savinio o Dalí- no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones -"el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío"- consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzle en el que el propio puzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario "provisionalmente definitivo" de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Pensar / Clasificar. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente.

Georges Perec: Pensar / Clasificar (Gedisa). La vida instrucciones de uso (Anagrama). Nací (Abada) Me acuerdo (Berenice). El viaje de invierno (Abada). Roberto Bolaño: Los detectives salvajes (Anagrama).

Articulo:
http://www.elpais.com 24/05/20008

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Entrevista :
La melancolía de Benedetti
Por Juan CRUZ

"A veces el alma se descuida y te deja un poco de alegría", declara el escritor uruguayo, de 87 años, que publica sus haikus, el libro Vivir adrede y un ensayo sobre Daniel Viglietti


Mario Benedetti se sienta en su butaca preferida, en su casa de Montevideo, en la avenida a la que da nombre Zelmar Michelini, uno de los héroes de la resistencia uruguaya. En esa butaca lee, escribe haikus, empieza los poemas, vive. Tres libros y otros que prepara están en la mesilla. No cesa de escribir, pero el dolor le ve. Aunque el dolor no ha roto su ironía.

Ya no es la melancolía montevideana, esa de la que hablaban Onetti o Cortázar como parte del alma e incluso de la alegría de los uruguayos; por la vida del autor de Montevideanos, que en septiembre cumple 88 años, han pasado últimamente experiencias muy amargas; la que más le ha herido ha sido la muerte, hace menos de tres años, de Luz, su compañera, la mujer que le abrió el camino de muchísimos versos, su guía en los tiempos del exilio y del desexilio.

Con Luz vivió en Madrid, en Mallorca, en Cuba, y al fin regresaron los dos, y ya volver (a Madrid, que es donde tiene su otra casa) se hace difícil. Él lo dice, con mucha melancolía, porque en Madrid pasó momentos muy ricos... En un momento de la conversación que tuvimos, en su casa, a mediodía, mientras almorzábamos con Hortensia Campanella, su biógrafa, y con Ariel Silva, su ayudante, a Mario se le vio en la cara esa nostalgia de Madrid, cuando habló de la Feria del Libro, de los atardeceres charlando y firmando, dibujando palotes y tachándolos para conservar al fin el número de lectores a los que había firmado...

A veces es un adolescente, cuando escribe, y a veces es consciente del tiempo que ha pasado, y del dolor; fue asmático, ya no lo es tanto, las otras enfermedades, dice de coña, impiden que el asma aparezca de nuevo... Pero sigue estando en sus pulmones la ansiedad cabrona que produce la posibilidad de perder el aire.

Y no sólo ha perdido el aire. La vida es así, trae esos dolores; él los afrontaba gracias a Luz, ahora ya no queda sino la escritura. Ésta es la que le da alegría; le divierten los haikus; los descubrió hace como cinco años, se metió en ellos y ahora es un experto, se ríe haciéndolos. Visor acaba de publicar su Nuevo rincón de haikus; hoy los visitantes le han traído vino pero también cuadernos para que siga escribiéndolos.

Benedetti tiene en la mesilla su último libro narrativo de las dos orillas, Vivir adrede, que en España ha publicado Alfaguara y en Argentina ha publicado Seix Barral; y aún hay otro libro que ha arreglado de una edición de hace treinta años que él ha remozado con datos nuevos y con entrevistas y textos que lo convierten en un trabajo prácticamente nuevo, que ha editado Seix Barral en Argentina. Se trata de Daniel Viglietti, desalambrando, sobre el cantante uruguayo que, como él, sufrió el exilio y vivió el regreso a Uruguay acarreando las heridas de la larga marcha. Los dos, en medio de ese camino, se encontraron en París. Viglietti le dijo que estaba escribiendo música para sus versos; "pues tenemos que hacer algo con esta casualidad". E hicieron una gira memorable, que aún a Mario le devuelve a los ojos la alegría que le deja la vieja y persistente melancolía.

Junto a esos libros hablamos. Él ya no es muy propenso a las entrevistas; lo fue, con cuentagotas. Ahí está ahora, respondiendo a algunas preguntas, ante el magnetófono. Lástima que la ironía de sus ojos no pueda aparecer en letra impresa.

PREGUNTA. Este libro, Vivir adrede, compuesto de relatos, parece una combinación de sus haikus y de sus poemas. ¿Cómo fue saliendo?
RESPUESTA. Yo qué sé. Cómo nacen mis libros es un misterio. Porque de repente estoy meses sin escribir, y de pronto aparece, plaf, ahí está, vuelve la escritura. Aparecen de golpe, con sus títulos y todo, con la división de capítulos. Pienso que eso le pasa a todos los escritores, que un nuevo libro les surge como un secreto que se revela... Durante unos meses tuve últimamente unos problemas familiares graves y no escribí nada. Necesito cierta paz para aproximarme a la poesía.

P. Y a la narrativa.
R. ¡Y para aproximarme a mí mismo!

P. En estos libros últimos, en los que escribe, en los que ha publicado, hay autobiografía y contemplación de lo que pasa. ¿Cómo le deja a usted lo que ve?
R. Tal vez porque últimamente trabajo menos y contemplo más; creo que lo que ha crecido en mí es la capacidad para contemplar el mundo. Por supuesto que no he dejado de escribir, pero sí noto que cada día me fijo más en lo que le sucede al mundo.

P. En estos libros, en los poemas, en Vivir adrede, hay como una tachadura de lo que ve...
R. Es como si descubriera el dolor que ha pasado, y el que me ha pasado, y empezara a tachar, sí; hubo cosas en el pasado que dolieron mucho, y que me dolieron mucho. También aparece eso en lo que uno escribe...

P. La escritura es como el mar, devuelve lo que le eches...
R. ¡Y hay que tener cuidado para no te ahogue!

P. Pero usted se defiende con el humor... Como un adolescente que se levantara en clase a hacer preguntas...
R. ¡Preguntas intempestivas!

P. Siempre se ha manifestado perplejo por lo que pasa. ¿Qué es lo que más le extraña de lo que ahora sucede alrededor?
R. Hay muchas cosas. Evidentemente, una de las que más me extraña es la falta de respeto entre las personas. Eso me duele. Me duele desde el punto de humanitario. Y me duele porque lo veo casi imposible de arreglar... Y es un problema mundial; ahí ves la importancia que ha adquirido el dinero, cada uno pelea por más dinero, por eso está cada vez más lejos un cambio positivo, porque cada día se pelea por más... Y ahí está el origen de la falta de respeto.

P. Es el símbolo de la guerra, la falta de respeto.
R. Los diarios están llenos de cosas trágicas, que revelan en qué se está convirtiendo el mundo ahora, y los cambios que se ven suelen ser negativos... Eso provoca cierta tristeza interior, una tristeza irreversible.

P. Qué lejos parece la felicidad.
R. Yo cada vez la veo más lejos.

P. ¿Cómo se siente ahora escribiendo?
R. Para mí escribir siempre fue una necesidad. Si te digo que empecé a escribir a los siete años... A veces escribo con más urgencia. Y si veo que durante meses no escribo me angustio... Escribir ordena a uno dentro de sí mismo.

P. Acaba de entregar un libro, Testigo de uno mismo, versos que publicará Visor en julio, y escribe otro libro autobiográfico, Biografía de uno mismo, también de poemas. Como si usted estuviera ordenando lo que sucedió.
R. Es como si tratara de verme por dentro. Y por fuera también. Pero ahora tengo un poco esa impresión de que mis últimos libros de poesía son una investigación de mi alma o de mi vida.

P. ¿Y cómo es la vida cuando uno la pone en perspectiva?
R. El estado actual del mundo me deprime. Además, voy a cumplir 88 años. ¡No es para andar bailando!

P. Brecht dijo que también habría que cantar en los tiempos oscuros... ¿No hay ninguna luz?
R. Ahora lo que lamento es no tener una religión. A alguien que está pasando los estados de ánimo que estoy pasando yo le vendría muy bien una religión. Pero no la tengo. Y eso es peor.

P. Y ya no la va a tener.
R. No.

P. Los laicos tienen una religión, la escritura.
R. Sí, puede ser... La escritura puede ser como la fe: vas buscando cosas, por lo menos así le sacudo al alma un poco.

P. ¿Y qué completa más, la poesía o la prosa?
R. Ésa es una cuestión de vocación. Siempre fui más poeta que prosista. Me siento más realizado en la poesía.

P. Estamos en Uruguay. ¿Cómo fue posible que en un país tan chico y tan culto viviera la ignominia?
R. La ignominia siempre es posible. Mira Alemania. Eso no lo cambia ni el tamaño del país ni su historia. Ni la enseñanza que uno recibió. Es un secreto.

P. ¿A usted cómo le dejó aquel largo episodio? ¿Le vuelve a la cabeza?
R. Imagínate. Fue una falla histórica. Porque de repente te viene eso y... Un terremoto. No es de Uruguay o de acá, sino del mundo. Si es un pez pequeño como Uruguay, con menos defensas que otros, lógicamente no es para salir cantando...

P. Dice usted: "Todo es adrede, todo hace trizas el alma".
R. Ah, sí. A veces el alma se descuida y te deja un pedacito de alegría.

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El trabajo de Hortensia Campanella

Mario Benedetti, sentado en su sillón, al fin esboza una risa, y brinda con vino. Por sus libros. Pero lo que le ha traído verdadera alegría es la biografía que le ha entregado ya Hortensia Campanella, que lleva trabajando en la vida del autor de La tregua al menos diez años. Aquí está el resultado. De la vida de Benedetti, lo que más le sorprendió a Hortensia, que ahora dirige en Montevideo el Centro Cultural de España, “es la capacidad de asumir riesgos, incluso de arriesgar la vida en ciertas circunstancias, o de empezar de nuevo en tantas ocasiones. Se necesita valor”.

Él siempre quiso ser un poeta; lo dice él, lo dice Hortensia: “Leía al argentino Fernández Moreno y leía a Antonio Machado, y desde que era un adolescente quería ser un poeta”. Y eso ha seguido siendo. “Aprendió a leer casi solo”, dice Campanella, “antes de ir al colegio, y desde entonces la lectura y la escritura fueron su obsesión, su vida”. Luego, como diría Gil de Biedma, la vida fue en serio. “El exilio fue una tragedia de la que su espíritu positivo y tenaz extrajo una gran riqueza: el encuentro con la gente en los diversos países en los que estuvo viviendo: Argentina, Perú (fugazmente), Cuba y España…”. “Viajó mucho y pudo comprobar la solidaridad de los pueblos, de las ‘patrias sustitutas compañeras’, como las llama. Pero durante su exilio pasó angustias económicas, fue objeto de amenazas y su vida corrió peligro, sufrió la soledad, la ausencia de tanto y de tantos y tuvo que empezar varias veces. Sin embargo, su balance, que aparece en poemas y textos diversos, estuvo lleno de gratitud y buenos recuerdos”. “El regreso”, dice Hortensia, “fue casi tan difícil como el exilio. Inventó ese término tan feliz, desexilio, puesto que el regreso es un proceso en el que a veces se echa de menos el lugar del que se viene; a veces se encontró con incomprensiones y mezquindades, pero también con la emoción del reencuentro con gente y paisajes”.

“Creo”, dice la biógrafa, “que tanto en su obra como en su trayectoria vital, el signo de la vida de Benedetti es la coherencia. Y una imagen: su sonrisa, cálida y generosa”.

Ahí está la sonrisa, herida por el rayo de la vida, y aunque melancólica, franca, como recóndita, el poeta de la ironía, del amor y la melancolía dice adiós desde su sillón favorito. A los pies, los libros con los que se reconstruye. J. C. O

Mario Benedetti. Nuevo rincón de haikus. Visor. Madrid, 2008. 240 páginas. 14 euros. Vivir adrede. Alfaguara. Madrid, 2008. 200 páginas. 15,50 euros. Daniel Viglietti, desalambrando. Seix Barral. 2008.


Articulo:
http://www.elpais.com 24/05/20008

Alejandro Di LÁZZARO/Las mil voces de Montreal


«Pour mes deux plus grands fans de Hockey de Longueuil
Francis «Crosby» DESROCHERS et Michaël «Ovechkin» LAMOUREUX»

Dominique G.



Las mil voces de Montreal
Por Alejandro Di Lázzaro

Un enviado de LA NACION realiza una postal viviente de una de las ciudades más prósperas y cosmopolitas de Norteamérica

MONTREAL.– El negro detuvo el taxi, abrió la puerta para que entraran los cuatro pasajeros y dio el buen día: "Bonjour, monsieur". En esta ciudad, siempre las primeras palabras son en francés.

El hombre, un haitiano de barba rasa blanca, sombrero, pañuelo al cuello y verdadero rey de la simpatía, no escapó a las generales de la ley de los taxistas: ni bien se puso en marcha el auto vino el primer comentario, ahora en inglés:
-¿Hablan español?
-Sí. Somos argentinos.
-Entonces conocen a Julio Iglesias...
-Sí, pero no es argentino, es español.
-Claro, lo sé. Es mi amigo.

Y no dio tiempo a nada: con su mano de chocolate subió el volumen del equipo de audio y un joven Julio Iglesias atronó con uno de sus clásicos: Si me dejas no vale/ si me dejas no vale/ dentro de una maleta todo nuestro pasado no puedes llevar. Hubo que pedirle discreción con el volumen, a lo que accedió rápido y algo arrepentido.

En esta ciudad la gente es amable con los turistas. Siempre hay alguien dispuesto a ayudar y, según dicen los extranjeros que llegaron hace mucho tiempo, los canadienses ya no se sorprenden cuando escuchan voces latinas.

Es que el ingreso per cápita de Montreal la convierte en una de las mejores ciudades del mundo si se tiene en cuenta la calidad de vida, y su bilingüismo multirracial es un imán para inmigrantes calificados.

Un capítulo en ese sentido constituyen los argentinos. Según los datos oficiales del Consulado General en Montreal, hay oficialmente unos 5000 que residen sólo en la provincia de Québec. Aunque el propio cónsul general, Jorge Riaboi, calcula que el número está cerca de duplicarse.

La crisis de 2001 trajo hasta aquí a muchos argentinos, en su mayoría profesionales, con la familia y, en gran parte de los casos, ya con trabajo. El comentario lo hizo Roberto Dupuy, diplomático también cónsul que está encargado de las relaciones con los residentes en la zona.

Es la meca de los mexicanos también. Aquellos que fracasan en su intento por llegar a Estados Unidos hacen un puente aéreo con Canadá y muchos recalan en Montreal.

Es que acá no se les pide visa y, dicen algunos malintencionados, están tan cerca de Estados Unidos que se quedan un par de años e intentan el cruce ilegal por una frontera menos caliente que la del Sur. Habladurías que no hubo tiempo de confirmar.

Claro que para venirse hasta acá hay que estar dispuesto a pasar frío. No dentro de las casas o los trabajos, en la calle. La rigurosidad de la temperatura invita a pensar varias veces cualquier intento por radicarse en esta zona.

Ingrid Bejerman, brasileña de padres argentinos, lo explica con conocimiento de causa después de vivir acá los últimos siete años.

"El frío es muy intento, paralizante, pero la infraestructura es tan impresionante que se pasa bastante bien. Muchas veces el invierno sorprende con 10, 20 y hasta 30 grados bajo cero", relata.

Cuando se refiere a la infraestructura, la joven Bejerman, que antes vivió en el calorcito tropical de Cartagena de Indias (Colombia) y en Guadalajara (México), quiere decir "la ciudad bajo la tierra" que esconde Montreal.

Una verdadera joya de la ingeniería y la arquitectura que la convierte en una ciudad única en la Tierra. Un fascinante mundillo subterráneo, donde se puede comer, ir al cine, tomar un café, comprar libros y música, ropa, ir a la farmacia, hacer deportes, comprar verduras y carnes... en fin. Toda una vida bajo tierra. Claro, el subte también se puede tomar, para ir de un lado a otro de esa ciudad oculta.

El asomo de la primavera de Montreal encuentra a los lugareños con un entusiasmo impar: mucha manga corta y bermudas desafían los 12 grados sin humedad y con solcito.

Verónica Riera, de la editorial Biblos –la única argentina que llegó hasta aquí para participar del 10° Festival Internacional de Literatura de Montreal organizado por la Fundación Metrópolis Blue–, lucía más abrigada (y más elegante) que los locales, y disfrutó de una caminata por la ciudad.

La avenida Sainte-Catherine, la de las grandes tiendas y la de mayor movimento, tiene glamour. Es muy transitada y se convierte, durante el mediodía, en un hervidero de empleados y paseantes que buscan un buen destino para el almuerzo.

Mister Steer es uno de los típicos. Se sirven hamburguesas desde hace 50 años. Una vaca con sombrero de gaucho y pañuelo enmarca la frase "le meilleur burger au monde". El dilema de saber si es cierto o no que son las mejores del mundo se resuelve con poco: entre 10 y 18 dólares el plato.

La gastronomía va más allá de las hamburguesas, por suerte. Es una ciudad tan cosmopolita que se pueden encontrar buenos lugares de comida griega, vietnamita, rusa, italiana, por citar sólo algunos casos.

El ex piloto de Fórmula 1 Jacques Villeneuve, canadiense y campeón mundial, tiene su propio emprendimiento gastronómico con una variada selección gourmet y un local con exquisto gusto en la equina de Crescent y Boulevard de Maissoneuve. El nombre elegido no es original, pero tiene lo suyo: "Newtown". Algo así como Villeneuve, pero en inglés.

Esa esquina explotaba la noche del sábado cuando los Habs, el equipo canadiense que participa de la Liga de Hockey sobre Hielo norteamericana, tenía su compromiso definitorio frente a los Flyers, de Philadelfia. Estaban en la etapa de play offs y los visitantes tenían una ventaja de 3 a 1, es decir que los canadienses tenían que ganar sí o sí.

La cosa empezó bien, pero el resultado fue fatal: 6 a 3. Y afuera.

Ni bien terminó el partido, la ciudad se militarizó. Sí, literalmente. La policía local sacó todo su moderno equipamiento a las calles: desde bicicletas, a agentes con escudos y cascos, a patrulleros y hasta ¡un helicóptero! No se podía ni cruzar las calles. Tanto que un argentino, que intentó hacerlo en el momento en que el semáforo se lo prohibía, fue reconvenido por una amable, bonita y enérgica policía que lo miraba con cara de pocos amigos. Ni el raro magnetismo del muchacho la hizo sonreir...

El hockey sobre hielo es el deporte más popular y el riguroso control respondía a que unos días atrás, cuando los Habs ganaron en casa el único partido de los play offs, sus fans salieron a las calles y rompieron a su paso todo lo que encontraron. No quedó una vidriera sana y las fuerzas del orden quisieron curarse en salud. Por suerte no pasó nada. ¡Y eso que habían perdido!

Los bares y restós de la zona del Museo de Bellas Artes, sobre todo la calle Crescient, estaban desbordados. El tiempo acompañaba: era una noche agradable de primavera (al estilo canadiense, claro, de unos 10 grados) y miles de jóvenes habían ganado la calle.

Y jóvenes acá hay... Montreal es la ciudad universitaria por antonomasia: tiene cuatro universidades grandes y prestigiosas, dos públicas y dos privadas.

McGill es una de las públicas. Tan prestigiosa o más que algunas de los Estados Unidos y de Europa y concentra a muchos canadienses y también extranjeros. Tiene un campus delicioso en medio de la ciudad. Con edificios de estilo inglés y francés, con parques y estudiantes moviéndose a su aire por las callecitas. Dice uno de ellos que "su" universidad no tiene nada que envidiarle al campus de Hardvard, en Boston, ciudad que está a escasas cuatro horas en auto desde aquí.

Esos jovenes son los que, en definitiva, se convierten en el motor de la vida noctura de Montreal cada fin de semana. Basta con darse una vuelta por el Plateau de Mont Royal, barrio bohemio y colorido, repleto de restaurantes y boliches, para tomar el pulso a la noche local.

Si no que lo diga Christina Lembrecht, una alemana que vive en Berlín y que no podía dejar de bailar en el ochentoso GoGo los locos acordes de All night long en la voz de Lionel Ritchie y que se convirtió en el centro de la atención de más de un parroquiano –sobre todo uno, que parecía un basquetbolista de la NBA y que casi la convence–, que probó comunicarse en francés, en inglés y que estaba dispuesto a probar con lenguas tribales con tal de tener éxito.

Una de las mozas, una rubia que cortaba el aliento y que era la mar de simpatía, pidió sacarse una foto con uno de los visitantes. El joven, cuando volvió en sí, soltó uno de los piropos más maravillosos que se pudo haber oído en ese bar aquella noche: "Si Dios tuviera que venir por unas horas a la Tierra, no dudo que elegiría ese envase". Un poeta.

Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar

Héctor CEDIEL/Al Sabor carmín de los Versos


Héctor “El Loco” Cediel o “El Perro Vagabundo” como le dicen algunos, es hijo de la costa, del Tolima y de Cundinamarca; nació en el año 1951. Publicista de profesión y escritor de corazón, vinculado a la Casa de Poesía Silva, desde hace más de 20 años…El Loco regresó 4 veces del infierno y 4 veces lo devolvió el averno de sus fauces; luego escribió Poesía Prohibida de un perro vagabundo, Palabras de amor de un perro vagabundo, Cartas y otros poemas de un Perro Vagabundo y Andanzas de un perro Vagabundo…que fueron un éxito editorial: ¡Todos se los robaron! y los pocos que se salvaron, se los regaló a conocidos…ahora tiene listo para editar: Cartas de Amor de un perro Vagabundo y para Internet, para una página de erotismo, acaba de escribir cartas extensas sobre El Diván Rojo…Palabras…Conjurando…
La melancolía…Testimonios…Cenizas…buceando…
El libro rojo de un diván rojo…que será su primer e-book…

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Sobre Azul@rte:
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Al Sabor carmín de los Versos
Por Héctor CEDIEL

Me encanta que los textos, conserven el sabor del mosto puro. He disecado cartas, envueltas en sangre amarilla, desaborisadas del lúpulo y pasteurizadas, para que no mute su encanto original. La incomprensión de mi imaginario estético, solo se difundirá en la posteridad, como una novedad rescatada del mar de la plástica y del goce de los sacrificios. Los versos se han convertido, en el recipiente mortero de mis sentimientos. He rechazado Edenes, para distanciarme de los poetas, que pueden transformar la música de mis versos, la hiel de mi sangre, los cóndores de los pensamientos, en imágenes arcaicas, en absurdas masturbaciones, en un desatinado suicidio, oficializado por algunos deslices. El mar diagnosticó un carácter profundamente destructivo, para los apetitos heridos que buscan el remanso de una querencia. Le lavaré las manos al imaginario de tu sexo, para que los sentidos fervorosos de su memoria, no se agobien con los gemidos de los poemas que escribe una amante vecina, sobre las paredes de su alma. He desnudado versos para rescatar cadáveres, con la magia que brota del espíritu del papel. Pienso en imágenes que se embellezcan, mientras escribo metáforas sobre tu piel, con la voz de mis dedos y el estilete de mis besos. Déjame electrificarte como los pasos de una hormiga, que prefiere concentrarse como un maníaco depresivo, en la iconografía fálica de mi cuerpo. Permíteme disputar la atención de tus expresiones, para crear con tus ilusiones, palabras amorfas que compitan con un hermoso erotismo porno. Apruébame el superar las expectativas de mis sugerencias y fascinarte con la sugestividad desnuda de los versos, que se transforman en peculiares amantes. Goza del canto voyerista y sugerente de los recuerdos amorosos; de esa mística íntima que se rescata, de ese mundo erótico que se denuda con palabras nudelotenses. Dejemos que se repitan los sonidos de la partitura amatoria, que se evapora del espejo, después de dibujar las insinuaciones de los pensamientos. La esbeltez perfecta de tu cuerpo, esculpida por las estocadas viriles del cincel y el martillo erecto, despertó de tus labios caverneros, todo el amor dormido del fuego, hundido como un secreto prohibido en el bosque. Salpiqué tu boca desnatadora con las estrellas crujientes, del trigo que te azotó como una tormenta furiosa y que se ensañó en los pétalos, hasta doblar la voluntad develadora de tu garganta. Te comportas como la ingle del hielo al fuego, dejando tu futuro a merced de lo golpes del color de la amapola. He sufrido las duras y las maduras, desde que tus vellos me insinuaron un mundo iluminado por el resplandor de tu sangre.

Héctor “El Perro Vagabundo” Cediel
2008-03-01

Oscar PORTELA/Márgenes


Oscar Portela, nacido en la provincia de Corrientes (República Argentina) el 5/13/50, es considerado hoy por las más importantes voces de la literatura de su país, como una de las más potentes voces de la poesía y el pensamiento latinoamericano. Administrador Cultural, ha ocupado importantes funciones en su provincia y ha integrado por dos periodos consecutivos la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de la Argentina, presidente de la misma entidad en su Provincia, Director de revistas como Tiempo y Signos, entre otras, es y a sido Asesor de Cultura de la Honorable Legislatura de la Provincia de Corrientes. Doce títulos de su obra poética editadas (Senderos en el Bosque, Los Nuevos Asilos, Memorial de Corrientes, La Memoria de Láquesis, etc), y obras ensayísticas en las que se ocupa preferentemente del pensamiento filosófico contemporáneo, (Nietzsche sonámbulo del día), le han valido la consideración de importantes pensadores de su país...Ha publicado en España, México, Venezuela, Paraguay, y casi todos los medios de prensa de la Argentina y dictado conferencias en España, Paraguay y provincias Argentinas. Asimismo es especialista en crítica e historia del cine y es autor de letras de obras musicales en su mayoría inéditas…

E-mail:
portelao@hotmail.com
Página personal: http://www.universoportela.com.ar/
Otras: http://www.arrakis.es/~joldan/oportela.htm
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Sobre
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Márgenes
Por Oscar PORTELA

A Jaques Derrida

Se escribe para callar, para acallar
las puras voces, las visiones que el silencio
pone en el corazón a la hora en que culminan
los trabajos del día. Se escribe para templar
a la locura, sus ásperos sonidos, la violencia
que precede a la zozobra donde toda escritura
naufraga ahora y para siempre.

Se escribe, más que se dice, para borrar
el dictado que viene del silencio
y habla y desnuda el pánico donde se sostiene
el vértigo de la razón. Y es extraño estar aquí
cuando lo familiar nos amenaza con diestras
certidumbres, con certeras señales o es
la voluntad una insomne veleta que gira
con la tempestad de horas y de nada.

Así sobre tus ojos escribo para acallar
el más torvo silencio, a la hora en que terminan
los trabajos del día. Pronto se borrarán los
presagios y seremos espectrales siluetas
en busca de los apareamientos del viento,
diestros sonarán luego los cantos
y en las bellas cinturas veremos el escarnio
del tiempo. Es inútil decir mientras podamos,
escribir para mejor callar, para acallar
en nos el grito de la muerte. Pasa quimera
frente a mí, aire de la voluntad, mundo
y espejo como abismo donde caen las letras
de esta escritura aciaga. Vela en nosotros
oh nada, el duro desasosiego de la voluntad.

Crítico de arte, pensador y poeta nacido en la provincia de Corrientes, Argentina (1950)

Los graffiteros ponen una pica en la fachada de la Tate Modern


Los graffiteros ponen una pica en la fachada de la Tate Modern

Seis artistas 'callejeros' presentan sus dibujos en la paredes exteriores del museo londinense

El graffiti, arte de la calle, tiene desde hoy un hueco en la Tate Modern de Londres, cuya emblemática fachada que mira al río Támesis muestra los trabajos de seis artistas callejeros internacionalmente reconocidos.

En un momento dorado para el arte urbano, que goza de prestigio cultural y ha entrado en las más cotizadas galerías y casas de subastas, este museo contemporáneo ha puesto sus muros a disposición de los artistas del aerosol.

Hasta el próximo 25 de agosto, quienes acudan a ese centro, uno de los museos contemporáneos más visitados del mundo, o aquellos que den un paseo por el río Támesis no se quedarán indiferentes al ver las seis pinturas de 50 metros de altura cada una que prácticametne cubren la fachada de la Tate Modern.Se trata de la iniciativa Street Art at Tate Modern, una nueva apuesta del museo londinense por nuevas técnicas artísticas urbanas, la mayor de las veces contestatarias y más libres por el hecho de que las calles no imponen los límites de un lienzo.

Entre los seis artistas que participan en esta muestra, algunos de los cuales estaban pintando aún sus graffitis la pasada noche, se encuentra el barcelonés Sixeart y los brasileños Os Gêmeos y Nunca.

El comisario de esta iniciativa, Cedar Lewisohn, explicó que Londres es un lugar idóneo para mostrar el "interesante" arte desarrollado en los ambientes urbanos, pues por toda la ciudad pueden verse trabajos de "graffiteros" anónimos, entre ellos los del famoso Banksy.

Por esta razón, indicó, se ha elegido a seis artistas no británicos para tomarle el pulso a las diferentes tendencias de arte callejero en el mundo.

Aparte de los brasileños y el español, muestran sus diseños en la Tate Modern Blu, de Italia, Faile, de Nueva York y JR, de París.

Cientos de colores decoran la fachada de la Tate en murales que van desde lo abstracto a lo surrealista, pasando por lo psicodélico y la denuncia social más directa, algo que ha caracterizado históricamente al trabajo de los "graffiteros".


Reminiscencias mironianas

Así, Sixeart crea, a partir de figuras geométricas que recuerdan a Miró, un ser abstracto que sostiene a un tierno osito mientras es rodeado por corazones.

JR utiliza el blanco y negro para dibujar a un "guerrillero" que apunta desafiante con su cámara de vídeo y Faile recurre a la estética del cómic para mostrar a un indio luchador.

Os Gemêos pintan a un hombre desnudo de color amarillo sólo cubierto por un burka y Nunca opta por un pirata poco corriente con pulseras de perlas y delicadeza a la hora de tomarse una taza de té.

Por último, Blu recurre a la crítica social para denunciar la muerte y la destrucción de la sociedad occidental, conceptos que aparecen en decenas de viñetas que ocupan la mente de un hombre.

Lewisohn aseguró que los autores españoles de este tipo de arte están entre los mejores del mundo, por lo que decidió que un grupo de artistas asentados en Madrid crearan una serie de trabajos en los alrededores del museo, lo que se ha llamado Walking Tour.

Se trata de Spok, El Tono and Nuria, Nano 4814 y 3TTMan, quienes llevan años llenando de arte las calles madrileñas.

El comisario de esta iniciativa sostuvo que artistas como Pablo Picasso o Jean-Michel Basquiat ya utilizaron recursos del arte callejero y que influyeron en su desarrollo, que fue rápido desde los años 70 del siglo pasado.

Cuando termine la iniciativa Street Art, la fachada de la Tate Modern volverá a mostrar su aspecto habitual, conocido por sus característicos ladrillos industriales de color marrón.

Lewisohn explicó que, aunque el arte callejero sea una técnica pictórica que tengan que albergar los museos, su carácter es "efímero" y como tal los dibujos serán borrados en agosto.

Podrán morir estos dibujos, pero seguro que otros vendrán para despertar sonrisas o conciencias en el lugar más inesperado de la ciudad.

Jaime SEREY/ Cuento: El síndrome de Icaro


Jaime SEREY nació en la ciudad de Viña del Mar, Chile. Poeta radicado en Canadá. Después de haber participado en diferentes talleres literarios que reagrupaban los poetas marginales de los años 80, recibe los premios RENACER (1985) y del Colegio de los Padres Maristas (1987) en Chile.En 1994, publica su primer libro «Soledad Casi Culpable» Y los cuadernos, «Vivir por beber y escribir» (2003), «Aguacero de Palabras (2005) y «Poemas de una Edad» (2006).Participo en el taller literario “SUR” de Montreal, en la revista québécoise francófona “ARTMAGE” y en diversos sitios Web literarios Canadá, Chile, España, Perú, Argentina, New-Zealand…Editor y Creador de la revista virtual «Revista literaria AZUL@RTE»

Sitios:
http://revistazularte.blogia.com/
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/

Página Personal: http://jaimeserey.blogspot.com/
E-mail: jaimeserey@hotmail.com


Cuento:
El síndrome de Icaro
Por Jaime SEREY

A mon frère, Rodolfo

Aquel día de verano todos mis amigos trotaban a la zaga de mi hermano Rodolfo, como guardaespaldas, porque pronto se desplazaría por los aires
Como un pájaro. La obsesión de volar se le había incrustado en la mente después de haber percibido un deteriorado nido sostenido a duras penas en una rolliza rama de un níspero, con una nidada de Zorzales piando.

Mi hermano sabia que tratar de dejar su cuerpo transportarse por el aire no seria fácil y aunque todavía no conocía el cuento de Alsino ni a su autor Pedro Prado, como tampoco la teoría del sabio Isaac Newton, y su divulgada teoría de la fuerza de gravedad, algo dentro de su entusiasmo infantil y su ignorancia le dictaba, que podría seguir aquellas mismas huella de concebir la existencia de la naturaleza y la metafísica más allá de lo normal.

En nuestro municipio habitaban también otros niños Mauricio, Vicente y Ricardo, que poseían las mismas obsesiones, los mismos sueños de mi hermano, pero ellos comprendían que nunca podrían hacerlo realidad, pues siempre era el miedo quien imperaba y el que se apoderaba de ellos, aquel tremendo miedo, que es una especie de pánico amargo y demasiado intenso, un espanto y un dolor demasiado más punzante solo comparable a la muerte, todo un enigma universal, que no ha sido aún controlado por el hombre.

Llego el día señalado, mi hermano se había decidido al fin realizar su hazaña un día sábado, de descanso cuando todos habíamos dejado atrás los deberes y las obligaciones escolares, mi hermano había determinado subir en el alto níspero del fondo de la quinta vestido y arropado con dos viejos abrigos de nuestro progenitor, más un raído capote de marino, mi hermano se los había puesto y eran tan grandes que cabía tres veces en ellos arrastrándolos por el suelo, como si ellos fueran un largo velo de novia.

El níspero muy vetusto yacía esperándolo impertérrito con su tronco lleno de nudos a un costado de una pequeña plantación de cañas silvestres, unos delgados bambúes de gruesas hojas verdes y amarillas. A lo lejos montaban ya sobre las nubes las cinco de la tarde en punto antes del crepúsculo, antes de que el sol veraniego, como un girasol gigantesco cerrara sus pétalos en la cima del cerro el Roble, todos sus amigos habían ido llegando uno por uno hasta formar un grupo magno de guardias pretorianos todos fieles a su locura.

Por un instante el ambiente se transformo en un coliseo Romano o en un anfiteatro de peleas de box, mi hermano como un pugilista salio de nuestra hogar y fue seguido y rodeado por sus simpatizantes, igual que el boxeador Cassius Clay, en el Madison square garden, marcho a lo largo del camino de tierra y malezas, mientras se oían gritos de volare, volare... como la canción interpretada por el cantante italiano Modenico Modugno, después todos atónitos lo fuimos observando trepar por el tronco áspero del cigüeñal, alcanzar los primeros ramajes plenos de frutos amarillos y verdes después a la cima, parecía un verdadero cuervo, protegido con el negro y usado capote, en el cual solo brillaban sus botones de anclas dorados lo había encontrado en un cuarto de la casa juntos a un viejo sable de la época de Napoleón y del regimiento de los húsares, desde abajo le vemos posar sus dos pies sobre el último ramaje del árbol frutal, le vemos equilibrarse con sus dos brazos en alto formando una cruz como una plegaria aparentando que fueran dos alas verdaderas de plumas, en unos segundos interminables todo muy nervioso en unísono le vociferamos desde abajo del tronco y del árbol si él advertía desde su posición hartos peligros por favor que no se lanzara, pero desde su lugar ya no nos oía y comprendimos que ya penetraba y permanecía en otra atmósfera dispuesto ha visitar el mundo celeste de los volátiles.

Con nuestros ojos infantiles e estupefactos lo divisamos saltar y desprenderse del resistente serpollo que le sostenía sus dos pies en la sólida materia de la creación de la madera y lo contemplamos penetrar como una nube en el mundo de la transparencia del viento, como un ave filial y mitológico y después de relámpagos segundos lo avispamos descender pesadamente y transitar velozmente hacia el centro del fuego y de la tierra como una piedra prehistórica en el verde cañaveral, quien con sus hojas largas y abiertas parecen recibirlo como un colchón y a la vez, como una madre que recibe a su hijo imprudente, intrépido y prodigo, pero sin olvidar de dejar de lado marcas, heridas, rasguños y profundos hematomas en su rostro y en su cuerpo, que lo tuvieron por varios meses en un hospital para que aprendiera que con la naturaleza no se juega.

Por nuestra parte los que participamos en aquella hazana, dentro de nuestras estadísticas el fue muy valeroso, como lo fue nuestro ídolo del momento y de nuestra pequeñez el gladiador Espartaco, quien se atrevió a liberar a todos los esclavos del imperio romano.-


® & © Jaime SEREY – Mayo.2008

Ilustracion: FOLON

Lesley DOWNER/ En la intimidad del harén


En la intimidad del harén
Por Lesley DOWNER

El castillo de Edo era el Versalles japonés. Un enorme complejo de construcciones de cerca de dos kilómetros de ancho y casi 13 de perímetro, que dominaba la gran ciudad de Edo, el Tokio de nuestros días. En él habitaba el sogún –el “generalísimo”, el título de los personajes que mandaban en Japón en representación del emperador– y, con la ayuda de un ejército de funcionarios, gobernaba el país.

Pero, a diferencia de Versalles, nunca se veía a las mujeres mirando coquetas por encima de sus abanicos. Como en la Ciudad Prohibida de Pekín, y como en los serrallos de los sultanes otomanos, las mujeres del castillo de Edo vivían recluidas. A los visitantes se les permitía pasar sólo hasta el límite del omote, el palacio exterior, donde los burócratas trataban los asuntos de Estado. Más allá estaba el naka-oku o palacio medio, la residencia del sogún y de sus sirvientes personales. En el extremo opuesto se elevaba un sólido muro que atravesaba el complejo de edificios, con una única entrada. Sólo un hombre podía cruzarla: el sogún.

El o-oku, el “gran interior” o palacio de las mujeres, era mayor que el omote y el naka-oku juntos. Allí vivían alrededor de 3.000 mujeres, y todas, desde la más alta dama hasta la más humilde sirvienta, debían jurar que nunca iban a revelar sus secretos, ni siquiera a sus parientes más cercanos. Y la mayoría nunca lo hizo.

Los planos del palacio muestran que estaba dividido en tres secciones: el ala en la que la mujer del sogún tenía sus estancias, una zona de trabajo donde las damas funcionarias se encargaban de la administración cotidiana y –la parte más grande con diferencia– las habitaciones privadas de las mujeres y sus doncellas. En total había más de 400 habitaciones y pasillos. Sólo las damas de más alto rango y las que conseguían quedarse embarazadas de un hijo del sogún tenían aposentos propios. Las demás debían compartirlos.

El palacio era un mundo en sí mismo, con bosques y jardines, riachuelos y barcazas lacadas en rojo. Las damas se entretenían con concursos de escritura poética, ceremonias del té, adivinando olores y emparejando conchas. Representaban obras y mascaradas y organizaban banquetes bajo los cerezos en flor en primavera, o danzas en pleno verano, y recogían setas en otoño.

Como no había guardianes, las mujeres eran las responsables de proteger al sogún. Muchas de ellas eran expertas en el uso de la naginata –la lanza del largo mango–, una hoja larga y curva, tan afilada como una cuchilla, encajada en el extremo de un palo más largo que una espada. Con esta arma tenían la oportunidad de dar a un hombre un buen tajo en las piernas antes de que consiguiera acercarse. La mayoría de las mujeres aprendían a luchar desde la infancia, y se enorgullecían de su habilidad con las armas. Llevaban uniforme: una gruesa chaqueta de paño negra, unos tiesos pantalones negros de pinzas y una gorra negra de seda rodeada por una cinta blanca; y había una sala de entrenamientos en el palacio donde podían practicar.

Todas las mañanas, las concubinas dedicaban horas a su aseo, se preparaban para las tres visitas diarias del sogún. La primera tarea era afeitarse las cejas y repasar el tinte de los dientes. En esa época, las mujeres adultas se ennegrecían los dientes con una tintura a base de resina de zumaque, sake y hierro. Una mujer con los dientes sin pintar habría parecido tosca. A renglón seguido, una sirvienta pintaba el rostro de la dama con un maquillaje blanco. Le perfilaba los ojos en negro, aplicaba colorete en las mejillas y le retocaba los labios con pasta de cártamo rojo; a continuación perfumaba, untaba con aceites y cepillaba la melena larga y brillante, que recogía en un moño. Había diferentes estilos de peinado, que indicaban el rango, así como diferentes estilos de quimonos.

A medida que el reloj se acercaba a las diez de la mañana, y luego nuevamente a las dos y a las ocho de la tarde, una gran agitación y ajetreo se apoderaba del palacio. Las mujeres de más alto rango lo atravesaban entre frufrús hasta llegar al pabellón de la Campana Superior, que desembocaba en la doble puerta que separaba las residencias de los hombres de las de las mujeres. Cuando los tambores del castillo señalaban la hora en punto, unas monjas con la cabeza rasurada que ejercían de funcionarias hacían tintinear el manojo de campanas que pendían de la puerta. A continuación quitaban los candados, descorrían los cerrojos y abrían la puerta. Por ella sólo pasaba un hombre: el sogún. La razón de que allí no pudiera entrar ningún otro hombre era la de garantizar que cualquier niño que naciera fuera hijo del sogún, y no de ningún otro.

Mientras hacían una reverencia hasta el suelo, las palabras que cualquiera de las jóvenes esperaban oír eran: “¿Cómo se llama?”. Éste era el código que indicaba que habían llamado la atención del sogún, y que éste quería pasar la noche con ellas.

Oficialmente, todas las concubinas procedían de familias nobles. Sólo a la nobleza se le permitía estar en presencia del sogún, pero en la práctica era muy frecuente que el mandatario echara el ojo a una muchacha encantadora entre las sirvientas de más bajo nivel o incluso en la calle.

Cuando el sogún se acostaba con una concubina, primero había que desnudar y registrar bien a la muchacha, para asegurarse de que no llevaba en su cuerpo o en su largo y esplendoroso cabello armas o notas. No se permitían las horquillas, y las peinetas tenían que ser examinadas para comprobar que no tuvieran un filo cortante. Si era la primera vez de la muchacha, una de las damas mayores verificaba que era virgen. Una vez que ella y el sogún estaban en la cama, dos damas se tumbaban despiertas a ambos lados de la alcoba, y dos más se quedaban escuchando tras unos biombos cercanos, para asegurarse de que la muchacha no realizaba petición alguna ni para sí ni para su familia.

Tanta formalidad resultaba sin duda igual de opresiva para el sogún que para su concubina. Los primeros sogunes solían pasarse mucho tiempo en el baño, donde sólo había una alegre chica de clase humilde que le restregaba la espalda. Son bastantes los niños que nacieron de estas ayudantes del baño. Con el tiempo se puso fin a estas prácticas, y desde entonces los sogunes tenían que bañarse en el palacio de los hombres.

Esposas y concubinas se retiraban de sus deberes maritales a los 30 años, y muchos niños morían, de modo que había una necesidad constante de nuevas concubinas. Hubo un sogún que destacó sobre todos los demás por sus dotes amatorias, Ienari tuvo a lo largo de su vida, entre 1773 y 1841, 53 hijos de 27 concubinas.

Salir a rezar era la única ocasión en la que se permitía a las mujeres abandonar el palacio. A lo largo de los años, muchas mujeres, irritadas por su castidad forzosa, encontraron el modo de sacar partido de ello. La tentación de apartarse de la norma era en ocasiones irresistible, a pesar de que los castigos eran muy severos. Los grandes baúles que se utilizaban para introducir quimonos y otros artículos en el palacio eran lo suficientemente largos como para esconder a un hombre, y en ocasiones lo hicieron. Actores de kabuki –muchos de los cuales ejercían además como prostitutas– se colaban a menudo en el interior del palacio, del mismo modo que las mujeres se las apañaban para salir. Pero la mejor ocasión era cuando las damas invitaban a sus doncellas a una obra en el teatro kabuki de regreso al palacio.

En 1714 se produjo un famoso incidente cuando Ejima, una de las mujeres más veteranas de palacio, llevó a sus doncellas al teatro. Allí recibió las atenciones de un apuesto actor de kabuki llamado Shingoro Ikushima. La leyenda cuenta que se reunieron una y otra vez, y que Ikushima incluso entró en el palacio de las mujeres escondido en un baúl. Cuando pillaron a Ejima, ella e Ikushima fueron enviados al exilio por separado. Ejima abandonó el palacio por Fujomon, la Puerta Sucia, una pequeña entrada lateral que se usaba sólo para los que morían en palacio o caían en desgracia. Ejima la atravesó descalza, con un sencillo sayo blanco. Su familia tuvo que rendir cuentas por su mal comportamiento y deshonra, y a su hermano se le condenó a muerte mediante el haraquiri.

En 1861, la princesa Kazu, la hermanastra del emperador, llegó al palacio de Edo para convertirse en la esposa del decimocuarto sogún. Ambos tenían 15 años y nunca se habían conocido. La relación de la princesa con el sogún adolescente fue complicada. No tuvo hijos, pero cuando el sogún partió para la guerra, le dio un regalo para asegurarse de que tuviera un heredero: una concubina.

Nadie podía imaginarse que el sogún jamás regresaría. Al poco tiempo de su partida, en 1868, el castillo se rindió, el palacio fue clausurado y a las mujeres las pusieron de patitas en la calle. Así fue como la muchacha que Kazu entregó a su marido se convirtió en la última concubina de los sogunes.

La novela ‘La última concubina’, de Lesley Downer, está publicada por Seix Barral.

Articulo:
http://www.elpais.com 24/04/2008

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