lundi 30 avril 2007

José WATANABE, Adieux Poète…


Adieux, Poète...

Correo de: Jinre
hguevarad@gmail.com


Fallece el poeta peruano José Watanabe
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De madre peruana y padre japonés, es uno de los intelectuales hispanoamericanos que más ha influido en las generaciones más jóvenes de Latinoamérica. Muere José Watanabe (Laredo, Perú, 1946), uno de los poetas hispanoamericanos más destacados y que más han influido en las generaciones más jóvenes de Latinoamérica. De madre peruana y padre japonés, desde la aparición de sus primeros poemas, reunidos en el libro Album de familia (1971), se convirtió en una de las voces más valiosas y personales de la denominada generación del 70 peruana. Su segundo libro, El huso de la palabra (1989) fue elegido en una encuesta como el más importante de su década en Perú. En España, las editoriales Renacimiento y Pre-Textos pueden presumir de haberlo dado a conocer entre nuestros lectores.
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Poemarios publicados
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Álbum de familia (Lima, 1971)
El huso de la palabra (Lima, 1989)
Historia natural (Lima, 1994)
Path trough the canefields (Londres, 1997, antología de su obra poética)
Cosas del cuerpo (Lima, 1999)
Antígona (Lima, 2000, versión libre de la tragedia de Sófocles)
El guardián del hielo (Bogotá, 2000, antología de su obra poética)
Habitó entre nosotros (Lima, 2002)
Elogio del refrenamiento (Renacimiento, Sevilla, 2003, antología)
Lo que queda (Monte Ávila, Caracas, 2005, antología)
La piedra alada (Pre-Textos, Valencia, 2005-Peisa, Lima, 2005)
Banderas detrás de la niebla (Pre-Textos, Valencia, 2006-Peisa, Lima, 2006)
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El Cultural selecciona alguno de sus poemas:
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Poema del inocente
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Bien voluntarioso es el sol
en los arenales de Chicama.
Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza
y anda tras la lagartija inútil
entre esos árboles ya muertos por la sollama.
De delicadezas, la del sol la más cruel
que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial
y ardió demasiado súbito y desmedido
como si fuera de pólvora.
No te culpes, quién iba a calcular tamaño estropicio!
Y acepta: el fuego ya estaba allí,
tenso y contenido bajo la corteza,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.
Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)
sin arrepentimientos
porque fuiste tú, pero tampoco.
Así
en todo.
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Intestino
(Homenaje a Jorge Eduardo Eielson)
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Qué hace ese intestino
Dormido en una cama
Recogido
Como un animal rosado
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Sueña que sale del cuarto
Después de la lluvia
Por la ventana dorada
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Se estira y curva
En el horizonte
Como un arco iris
Multicolor por supuesto
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En los lejanos extremos
Ollas de barro
Repletas de monedas de oro
Oro del que amanece solo
Y con borborigmos
Oro de pobre
Mierda.

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A José Watanabe In memoriam

Cuando un poeta muere, se siente que algo propio se ha olvidado; que alguna cosa faltará en los bolsillos; que un par de preguntas vagarán sin sus respuestas; o que tal vez, se acabará la mañana antes del eco largo de las doce.
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Murió uno hoy…¡Cuantas voces despojadas de palabra, como un árbol triste en las indolentes garras del otoño!
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Roberto PavelJáuregui Zavaleta
http://pavelpuntosdevista.blogspot.com

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Estimados amigos,
Como homenaje al poeta José Watanabe, su palabra para reflexionar y un poema:
http://superavefenix.blogspot.com/
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Juan José SOTO
Editor de Surfeando en la Red

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José Watanabe nació en Laredo, Trujillo (norte del Perú) en 1946. Publicó su primer libro, Album de familia, en 1971. Su segundo libro, El huso de la palabra, no apareció sino hasta 1989 y fue considerado por la crítica nacional como el poemario más importante de la década de los ochenta. En 1994 publicó Historia natural. Su obra se editó en Londres en 1997, con el título Path through the canefields. En 1999 apareció Cosas del cuerpo. En el 2000 Editorial Norma publicó la antología El guardián del hielo. Ese mismo año, Watanabe realizó una adaptación de
Antígona de Sófocles, para el grupo teatral Yuyachkani. Watanabe trabaja también como cineasta; ha escrito varios guiones para largometrajes peruanos.

"La poesía no consuela"

Con esta entrevista, el destacado poeta José Watanabe (Laredo, 1946) se reincorpora oficialmente al mundo literario, al tiempo que anuncia la inminente aparición de su segundo libro: El huso de la palabra

A la hora en que la claridad del día empieza a languidecer y los mortales regresan a sus casas luego de cumplir con una larga jornada de trabajo, el poeta José Watanabe, como un duende crepuscular, abre los ojos, se viste, "desayuna" y se sienta frente a la máquina de escribir para iniciar su propia jornada de trabajo.

"Ahora estoy escribiendo un guión cinematográfico", dice después de describir su extraña pero productiva rutina. Se le nota saludable; responde a las preguntas con buen humor, mientras trata de recordar cuánto tiempo ha permanecido sin aparecer en público; sin publicar poemas o verse con sus amigos más entrañables.

"Casi no salgo de esta casa", explica sin solemnidad, como confirmando algo que todo el mundo sabe. Luego esboza una sonrisa de satisfacción y afirma con voz clara: "llevo una vida completamente nocturna. Escribo y leo cuando todos duermen. Me acuesto a descansar a media mañana".

La sala donde Watanabe relata su vida reciente está adornada con cuadros de Tilsa. Este detalle conduce la conversación hacia su amistad con la gran artista. Más tarde habla con detenimiento de su propia vocación plástica, de su paso por la Escuela de Bellas Artes de Trujillo y de sus no tan episódicos estudios de arquitectura en la universidad Federico Villareal. Recuerda su experiencia en la televisión, como director del programa infantil La casa de cartón, que producía el INTE en los años setenta, y a continuación sus inicios en el cine, no sólo como guionista sino también como director artístico. "Ello implica -dice respecto a esta última especialidad- hacerme cargo de la escenografía, del vestuario y del maquillaje".

Watanabe describe, durante algunos minutos, su oficio cinematográfico: "hacer una escenografía es como escribir un poema, pero con cosas. Tienes un espacio vacío y debes crear un ambiente. Haciendo este trabajo yo siento que estoy escribiendo, pero sin angustiarme ni sufrir, lo que sí me ocurre cuando escribo poesía".

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El huso de la palabra

Watanabe ha publicado hasta el momento un solo libro de poesía: Álbum de familia (1971), con el que pasó a ocupar un lugar destacado entre aquellos poetas denominados de la "generación del 70".

En breve aparecerá su segundo libro, El huso de la palabra, título que alude a ese pequeño instrumento que sirve para hilar, en este caso palabras.

Este nuevo poemario reúne treinta y cinco textos escritos en los últimos años, casi todos alrededor del tema del lenguaje. En ellos Watanabe insiste en el tono narrativo y descriptivo que lo caracterizó desde sus primeras publicaciones, empleando elementos autobiográficos -ese mundo mítico provinciano, casi rural, de su infancia pero reprimiendo, como él mismo señala, su neurosis.

"Son poemas muy mesurados -dice-. Tengo una especie de pudor que no sé si he aprendido de la poesía japonesa, especialmente del haiku, o si me viene por tradición familiar, pues mi familia es antipatética, totalmente desdramatizada".

Los poemas de El huso de la palabra, de no mucha extensión pero sí con un claro predominio del verso largo, está divididos en tres partes.

"La primera sección -explica Watanabe- está dedicada a la poesía en mi relación con la mujer. Se llama 'El amor y no', pero no es poesía amorosa. La segunda sección reúne una suerte de artes poéticas en las cuales trato de exponer lo que es mi trabajo con el lenguaje".

"La última parte -continúa- se denomina 'Krankenhaus', que en alemán quiere decir hospital. Allí también hablo dela palabra pero en función de mi larga estadía en el hospital de Hannover, donde estuve muy enfermo. Creo que aquí sí soy un poquito más dramático".

"Supongo que eso se debe a que estuve frente a la muerte -dice, poniéndose muy serio por un instante-. Eso es terrible, pues buscas algo que te consuele y la poesía no consuela en esos momentos. Más me consolaba una ardilla o un conejo que venía al balcón. Lo único que me quedaba era el miedo".

"Estar frente a la muerte -concluye- te cambia todos los conceptos. Creo que a partir de entonces estoy escribiendo una poesía más expeditiva, mas notarial, es decir: cojo el tema, no me salgo de él y simplemente trato de escribirlo. Eso es muy claro en el libro que voy a publicar".


Planteo del problema

Las referencias literarias que Watanabe hace a lo largo de la conversación provienen mayoritariamente de la poesía japonesa.

Reiteradamente habla de los haikus, recita de memoria uno tras otro y los desarma para mostrar el encanto que siente por su oculta riqueza metafísica.

"No trato de hacer reflexiones filosóficas -continúa- sino tan sólo describir una situación. Muchas veces tengo el tema, la idea, pero no tengo el escenario. Busco ese escenario -quizá sea una distorsión que me viene por hacer cine- en la pintura, en la arquitectura; a veces mis lecturas de química o sociología me dan la clave, el escenario que necesito para el tratamiento". Piensa un instante y agrega: "creo que mantengo desde siempre cierto espíritu del haiku: escribir sin dramatizar, describir algo sin sacar conclusiones y dejar que el lector tenga la posibilidad de conmoverse ante una situación que yo simplemente muestro".


Un japonés muy culto

La madre de Watanabe, de origen serrano, fue enganchada en plena juventud para trabajar en las haciendas azucareras. Su padre era un inmigrante japonés con una distinción muy especial: poseía una gran cultura.

"Mi padre leía mucho -recuerda Watanabe-, era pintor, le gustaba hojear un libro de Cezanne que yo conservo hasta ahora. Era una persona muy especial. Por eso, cuando pienso en él algo me duele: ¿qué hacía una persona como él trabajando en una hacienda azucarera? ¿Cómo podía sentirse en un ambiente así? Sabía hablar inglés y francés y el hacendado lo mandaba llamar para practicar esas lenguas. Después mi padre volvía a la ranchería para continuar con su vida de inmigrante pobre".

"Yo estaba predestinado -continúa-, como todos mis hermanos mayores, a ser un bracero más y convertirme con la reforma agraria en un socio cooperativista en la actual empresa Laredo. Pero cuando estaba terminando la primaria ocurrió algo que cambió, mi vida y la de mi familia: mi padre se sacó la lotería de Lima y Callao y gracias a eso pudimos salir de Laredo, instalarnos en Trujillo y continuar estudiando".

"Ese origen me marcó para siempre. Antes de sacarnos la lotería, mi hermano mayor llegó asustado diciendo que lo había perseguido un caballo blanco; a mi padre lo orinó un gato una noche; ocurrieron otras cosas así. Hasta ahora mi madre no puede dejar de creer que esos fueron buenos anuncios, como tampoco que fueron malos anuncios otros signos que precedieron a la muerte de mis dos hermanos. Ese mundo de mitos que aparece en mis poemas yo lo he vivido de chico, no lo he inventado. He vivido el mito sin saber que era un mito. Eso está en mí y no puedo liberarme. En este libro que voy a publicar aparecen con mayor nitidez esos mundos". (Abelardo Sánchez León y Francisco Tumi)


Esta entrevista fue tomada de la revista "Sí". Lima, julio de 1988. Gracias a Carolina.
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ENTREVISTA INÉDITA AL POETA PERUANO JOSÉ WATANABE
EL GUARDIÁN DEL HIELO
Por Benjamín Labatut

Con la muerte de Watanabe desaparece un autor fundamental de la generación a la que también pertenecen Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza. Su padre japonés y la añorada infancia en una hacienda azucarera marcaron su obra literaria, enraizada en la poesía de César Vallejo.

"Nací en el norte del Perú, a quinientos kilómetros de Lima, en una hacienda azucarera con nombre del Lejano Oeste: Laredo. Era uno de los grandes enclaves azucareros del país, cerca de Trujillo. Ahí llegó mi padre como inmigrante japonés, conoció a mi madre y empezamos a nacer los once hijos. Yo fui el quinto".
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En la medianoche del miércoles 25 de abril, el poeta peruano José Watanabe murió de cáncer a la garganta, a los 61 años de edad. Autor de La piedra alada, Álbum de familia, Historia Natural y la antología El Guardián del Hielo, Watanabe fue parte fundamental de la generación de poetas peruanos que incluye a Antonio Cisneros, Abelardo Sánchez León y Rodolfo Hinostroza. En su poesía cultivó un estilo directo, cargado de nostalgia, cuyas raíces se encuentran en su afinidad con Vallejo y en una biografía marcada por su doble herencia japonesa y serrana. En esta entrevista inédita, el poeta repasa su vida y obra.
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- Tu padre tuvo una gran influencia en tu vida. ¿Cómo lo recuerdas?
- Mi padre llegó a Perú de forma aventurera. Imagínate, un japonés en una hacienda azucarera. Tenía otras costumbres. Para empezar, no era expansivo. En ese sentido respondía al estereotipo del japonés; él nunca me acarició, ni a mí ni a mis hermanos, aunque nos quería incondicionalmente. Nunca nos reprimió, simplemente nos enseñó que hay un cierto sentido de pudor, hasta de elegancia si quieres, en no ser demasiado aspaventoso. Además de eso, tenía comportamientos extraños: iba al campo y recogía piedras y maderas erosionadas por el río. Mis propios amigos le traían alguna cosa bonita que encontraban tirada en el campo y se la vendían. Mi padre pasaba por tonto porque se las compraba. Ahora entiendo que encontraba la belleza y la recogía, pero en ese momento yo me avergonzaba. Pero también tenía un espíritu muy poco japonés, en el sentido de que era un inútil para los negocios.
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- ¿Y qué aprendiste de tu madre?
- Ella era una mujer muy estoica, también refrenada, con un carácter serrano. Yo le admiraba mucho ese ánimo. Cuando yo era pequeño padecimos muchas carencias económicas, y mi madre llevó adelante la casa con mucha dignidad. No era muy culta en el sentido educacional, pero terminó siendo una depositaria de sabiduría popular. Hay una de sus frases típicas que metí en un poema: cuando uno venía a quejarse con ella, te decía: "Tienes que aprender que la olla de barro en el fuego se hace más dura". Su apellido es Varas, muy chileno además.
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- ¿Cómo recuerdas tu infancia?
- Yo fui muy feliz en Laredo, al margen de la modestia con que vivíamos. Tenía el campo, mi casa tenía como patio el campo mismo. No había peligro, ni riesgos. Creo que siempre escribo por nostalgia. Siempre estoy añorando mi infancia, el pueblo que quedó atrás, como Vallejo, que le escribía poemas a su madre estando en París.
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- Pero luego tu padre se ganó la lotería...
- Mi padre fue a la capital del departamento, a Trujillo, un niño le vendió un billete de lotería, y se sacó el premio mayor. Yo tenía 12 años. Me acuerdo que ese día llegó y nos reunió, alrededor de la mesa iluminada por una lámpara de queroseno, y nos dijo: 'Vamos a irnos a vivir a la capital'. Cuando le preguntamos por qué, nos dijo que nos habíamos sacado la lotería. Era mucho dinero, como medio millón de dólares, pero él lo dijo así, como si estuviera anunciando algo común y corriente. Cuando llegamos a mi casa nueva, lo que más me impresionó fueron los artefactos. Una licuadora, cocina eléctrica, horno a gas, radio, todo era un poco extraño, tanto artefacto.
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- ¿Cómo empezó tu vocación de poeta?
- Yo me encerraba en el corral de Laredo a modelar figuras de barro, con arcilla que recogía del río. Mi padre me traducía haikus ahí, en el gallinero. Pero yo empecé a sentir cierta vocación más consciente cuando murió mi padre, de cáncer al estómago. Yo tenía 17 años. Al mes siguiente mi primera enamorada tuvo una trombosis coronaria y falleció. Creo que ahí apareció la vocación de escribir.
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- ¿Qué otras cosas fueron "endureciendo el barro"?
- El país mismo. El Perú es un lugar difícil, contradictorio. Yo creo que todo arte - creo que lo dijo Camus- es aquel que expresa la realidad y al mismo tiempo la rechaza. No puede haber un arte de aceptación. Yo creo que mi propio país estimula mi poesía. He estado afuera un montón de veces, pero no puedo dejarlo. Es extraño, porque no tengo un amor ideal hacia el país, sino que extraño sus contradicciones. Otra de las cosas complicadas es que soy noctámbulo. Eso ha afectado mucho mi estilo de vida. Yo siempre quise tener un amigo que esté despierto a las 3 de la mañana para llamarlo. Los que están deprimidos me llaman porque saben que soy el único despierto. De niño sentía una especie de desolación cuando me despertaba a las 3 de la mañana y empezaba a escuchar todos los ruidos de la fábrica: los trenes que salen a las cuatro de la mañana, los obreros que se lavan la boca en la calle. En la secundaria muchas veces ocupaba el primer lugar en el colegio porque como no tenía qué hacer de noche, estudiaba, leía.
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- ¿Has dejado de escribir en algún minuto?
- Nunca he renunciado a la escritura, pero dejé de publicar 18 años después de mi primer libro, con el que gané el concurso "Joven Poeta del Perú". Luego vino El huso de la palabra. Hasta ahora siento un remanente de pudor si alguien me presenta como poeta. Cuando escribo poemas soy muy exigente. Corrijo incesantemente, aunque sea una o dos palabras. Esas palabras tienen que estar afiladas, estilísticamente bien puestas sin que se pierda el ímpetu inicial.
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- ¿Qué importancia tiene el refrenamiento en tu poesía?
- En nuestra cultura occidental nos angustia el caos, nos angustia el absurdo. Tomar distancia nos angustia. Ver cómo el mundo fluye con sus contradicciones, y asumirlo así, con una mirada de alguna manera distanciada. Creo que ordenar el caos es un trabajo de lucidez. Y eso es lo único que nos justifica como seres humanos. No podemos solazarnos en el caos. El caos destruye. Ordenar el caos es una forma de supervivencia, es buscar sentido.


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 29/04/2007

Por leer y escuchar José Watanabe :

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http://www.librosperuanos.com/autores/jose_watanabe.html
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http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Watanabe
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http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=crit.php&wid=856&show=poemas&p=Jos%E9+Watanabe

Sobre Azul@rte:

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http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Jos%C3%A9+WATANABE

Rubén Darío: víctima superior

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Rubén Darío: víctima superior

Rubén Darío aborda en su autobiografía los sufrimientos de su adolescencia, y en su poesía, los de toda su vida. Cultiva sus diferencias con los demás, separado de todo el mundo. ¿Cuál será la raíz de sus sufrimientos, de su soledad? No faltan quienes prefieren la explicación supersticiosa; habría heredado una mezcla de sangres: negra, india y española. ¿Aclara algo este punto de vista animal? No creo. Rubén Darío creció feliz entre parientes que lo acogieron con solicitud y cariño cuando le faltaron sus padres. Pero el niño precoz no supo a tiempo que quienes lo criaban no eran sus padres. Cuando se lo dijeron continuó fingiendo por años que era verdad lo que él antes había creído sobre su nacimiento. Es decir, él adoptó a quienes lo habían tratado como hijo. Nunca comentó con nadie su propia suerte de allegado. Pero se supo diferente y esto lo convirtió en el solitario que será en adelante.
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Comienza a leer y a escribir muy temprano. En su "Autobiografía" dirá de sí: "Fui algo niño prodigio. A los tres años sabía leer, según me han contado". También empieza pronto a escribir y descubre que la versificación se le da con naturalidad. Pregunta: "¿A qué edad escribí mis primeros versos? No lo recuerdo precisamente, pero ello fue harto temprano". "Yo nunca aprendí a hacer versos; ello fue en mí orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces - y creo que aún persiste - la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros 'epitafios' en que los deudos lamentan los fallecimientos, en versos en general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese su duelo en mis estrofas". Un periódico le publica a los doce años algunos versos de este tipo luctuoso que él declarará ser "de primerizo, rimados en ocasión de la muerte del padre de un amigo".
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En sus reflexiones de joven adulto elabora la noción general del poeta como una figura victimizada por la sociedad. Él tiene, sin embargo, una clara conciencia de sus dotes extraordinarias, las que le fueron reconocidas por otros desde su preadolescencia. La nostalgia de su religiosidad infantil simple lo mantiene fiel al catolicismo, a pesar de su falta de fe. Busca un camino entre este sentimiento de pérdida y su incontenible sensualidad. Viajó toda su vida por todo el continente y por Europa. Tal como Rilke, su inquietud no encontró el lugar donde tranquilizarse. No pertenecen a grupo, tierra o nación alguna: son poetas, y entienden esto como una obligación superior con la belleza que les impulsa a rechazar otras incorporaciones. Cuando llega a nuestro país no tiene sino 20 años y su genio. Lo otro son la pobreza, las dificultades y la soledad. De Santiago se traslada al puerto de Valparaíso y de allí, de vuelta a Santiago. Bebiendo, enamorándose, escribiendo sin detenerse poesía y prosa, se hace conocido en todo el continente: pero a él lo episódico lo deja sintiéndose culpable y desilusionado. Seguro de su fuerza para lamentar la pérdida de un reino que debió ser suyo - dice su "Nocturno" - sufre pensando que hubo un momento en que pudo haber evitado nacer. ¿Cómo imaginar esta posibilidad? No sabemos hacerlo, pero el oscuro deseo de no haber sido ya fue expresado varias veces por otras víctimas superiores, a partir, probablemente, de su común dificultad de ser.


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 29/04/2007
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Paula VARSAVSKY/Edmund WHITE se confiesa


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ENTREVISTA
Edmund White se confiesa
Por Paula Varsavsky

En este entrevista, el escritor norteamericano habla de Kaos, su último libro de cuentos, de tono autobiográfico, y de su novela histórica Hotel de Dream

Desde que volvió de París en 1990, Nueva York, y más exactamente, Chelsea, un barrio en la parte oeste de Manhattan que linda con el West Village, es el hogar elegido por Edmund White (Cincinnati, 1940). En el living de su departamento, las pilas de libros y de discos compactos se desparraman por todas partes y las bibliotecas rebalsan. Lo primero que se ve sobre la mesa del comedor es una enorme biografía de Edith Warthon de la crítica inglesa Hermione Lee. "Estoy escribiendo una extensa reseña sobre este libro para The New York Times . Es excelente", comenta el escritor, con los ojos azules bien abiertos.
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- Este año promete ser ajetreado para usted. Se publicarán dos libros suyos.
-Uno en mayo y otro en septiembre. Kaos es un libro bastante autobiográfico, que reúne una nouvelle y tres cuentos . Tiene un poco la impronta de My Lives, está basado en circunstancias de mi vida, pero esas circunstancias están ficcionalizadas y el libro está escrito en tercera persona. Jack, el personaje principal, es un hombre de mi edad que está bastante más confundido y loco que yo. Lo cual ya es bastante decir.
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-Hotel de Dream , en cambio, es una novela histórica.
-Sí, es una novela acerca de Stephen Crane, un clásico norteamericano que se lee en todos los colegios secundarios. Vivió durante la última parte del siglo XIX y murió a los veintiocho años de tuberculosis. La escribí durante mi último año sabático. Ese año fui becario de la Biblioteca de Nueva York. Todos los años eligen unos dieciséis novelistas que reciben un sueldo para escribir lo que deseen. Además, hay allí unos siete millones de libros que podía consultar.
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- Usted eligió un período muy particular en la vida de Crane.
- Las dos últimas semanas de su vida. En ese momento, Crane residía en Inglaterra, él y su mujer hablaron acerca de la posibilidad de que lo trataran en Alemania, en una clínica que realmente existió en la Selva Negra. Cuando llegó ahí, murió. Estaba casado con una ex prostituta que, además, manejaba un burdel en el norte del estado de Florida, llamado Hotel de Dream. El era algo así como un macho a la manera de Hemingway, sin embargo, fue una persona muy abierta a distintas experiencias. Cuando ya había escrito Maggie: una chica de la calle , además de poesía y cuentos, conoció a un hombre que ejercía la prostitución. No sabía qué era eso. Como le gustaba narrar historias acerca de personas pertenecientes a lo más sórdido de la sociedad, comenzó a entrevistarlo y a escribir una novela sobre ese tema. Era 1895, justo el año en que se estaba llevando a cabo el juicio contra Oscar Wilde. Sus amigos lo disuadieron de publicar semejante novela con el argumento de que le arruinaría su carrera. En mi novela, esta historia lo persigue, entonces él empieza a dictarle a su mujer todo lo que resta mientras se encuentra en su lecho de enfermo.
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- Su novela Fanny (2003) también transcurre en el siglo XIX.
-Sí, está situada en la primera mitad del siglo XIX, la época previa a la Guerra de Secesión, que me resulta históricamente muy interesante. Me agradó escribir esa novela porque tiene mucho humor.
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Psicoanálisis y sexo
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A mediados de la década del sesenta, el entonces joven Edmund White, luego de graduarse en literatura china en la Universidad de Michigan, decidió no seguir adelante con el proyecto de doctorarse. En cambio, tomó un micro con destino a Nueva York. Ya había escrito algunos cuentos, también llevaba consigo una pieza teatral de su autoría. Desembarcó en una ciudad cuyas costumbres le resultaban ajenas a ese muchacho tímido del Medio Oeste. Sin embargo, no tardó en conocer gente. A través del mundillo del teatro off Broadway le presentaron en una reunión a otro joven que daba sus primeros pasos en el cine, se llamaba Woody Allen. Conoció asimismo a Allen Ginsberg y a Susan Sontag, con quien entabló una duradera amistad.
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A sus primeras novelas, Olvidando a Elena (1973) y Nocturnes for the King of Naples (1978), les siguió una tetralogía de narraciones de base autobiográfica: La historia particular de un muchacho (Destino), publicada en 1982, se convirtió rápidamente en un clásico. En esta novela de crecimiento, un personaje sin nombre vuelve sobre su conflictiva infancia con una mezcla de ternura y angustia. La serie continúa con La hermosa habitación está vacía (1988) y The Farewell Symphony (1997). La última novela del ciclo, The married man (2000), trata acerca de la relación entre un homosexual y un hombre bisexual que se está divorciando.
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- ¿Qué opina acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo?
- En Estados Unidos, es legal en varios estados, no en Nueva York. Cuando empezó el debate sobre el tema me opuse. Me pregunté por qué podían querer los gays y las lesbianas algo tan convencional. Después, a raíz de la firme oposición por parte de la extrema derecha, pensé que podía ser un tema interesante. Yo no me casaría, a pesar de que hace doce años que vivo con mi pareja. Si fuera la única forma de dejarle a Michael mi herencia, lo haría. De todas formas, escribí un testamento donde le dejó a él lo poco que tengo.
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- Usted volvió a los temas autobiográficos con My Lives. An Autobiography (2005).
-Sí, pero en My Lives opté no por un orden cronológico sino por un orden temático. Así, los capítulos se titulan "Mi padre", "Mis rubios", "Mis terapeutas"...
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- ¿Por qué dedicó el primer capítulo a sus terapeutas?
- Creo que lo hice porque se trata de una teoría que rivaliza con la ficción. Freud tiene una visión total del mundo y también la tiene Proust. Sin embargo, nunca se tocan, son sistemas paralelos. Pienso que pasé tantos años en terapias y ahora me disgustan. Tuve algunos terapeutas malos, creo que también los hay buenos. Me siento resentido con ellos, querían convertirme en heterosexual. Todos lo pensaban así en ese momento. En el pasado, se consideraba que la homosexualidad era una enfermedad que debía ser curada. Recién en 1974, en Estados Unidos, la Sociedad Americana de Psiquiatría redefinió la homosexualidad como una variación normal de la sexualidad de los seres humanos.
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Abstracción vs. información
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En 1983, Edmund White se instaló en París, donde vivió dieciséis años. Siguiendo la tradición de fino observador de pueblos de Stendhal, según el cual "un francés es un italiano de mal humor", White aprovechó sus largos años de residencia en Francia para analizar minuciosamente las enormes diferencias de idiosincrasia entre sus compatriotas y los habitantes del otro lado del océano. "Hay un momento típico en una conversación entre un norteamericano y un francés, en que, mientras el francés habla en términos abstractos, el americano empieza a marearse y le pide un ejemplo. El francés se ofende: eso sería, de alguna forma, una pérdida de nivel. Creo que los franceses, cuando hablan entre sí, entienden lo que el otro dice mientras se mantienen dentro de cierta abstracción. Pero los anglosajones necesitan algo concreto en la charla", comenta.
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- ¿Considera que estas diferencias se reflejan no sólo en la vida cotidiana sino también en la obra de los pensadores?
- Al leer filosofía francesa o alemana, se encuentran extensos capítulos donde cunde la abstracción, mientras que los clásicos filósofos anglosajones tratan temas éticos o de utilización del lenguaje y escriben en forma muy clara. La filosofía francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial, que tiene tanta influencia de Heidegger, me resulta imposible de entender. Deleuze me gusta, el que no tiene ningún sentido para mí es Derrida.
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- ¿Por qué ha dicho que una de sus formas de conocer en profundidad el funcionamiento de la sociedad francesa fue llevar adelante su investigación de cinco años sobre Jean Genet?
- El desarrollo de esa investigación me permitió observar que también hay mucha diferencia en cuanto a la relación con la información. Los franceses se mostraban sumamente recelosos para dar testimonios sobre el dramaturgo. Era casi imposible conversar con alguien que lo había conocido. Tenía que presentarme una tercera persona, aun así, tampoco me tenían confianza. Un norteamericano me brindaba los datos que conocía sin ningún problema. Tengo una teoría: creo que los estadounidenses, al mudarse tanto de una ciudad a otra dentro del país, y por el hecho de ser una nación de inmigrantes, sienten que tienen que ser amistosos en seguida o, si no, nunca van a tener amigos. En cambio, en Francia, la gente se muda una sola vez: de la provincia a París. Entonces pueden tomarse su tiempo en los acercamientos con otras personas.
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White también se refiere en forma crítica a su país, asegura que es complejo sobrevivir bajo la actual administración y que ciertos debates están fuera de foco. "Creo que en Estados Unidos, muchas discusiones que deberían tener que ver con oportunidades económicas quedan reducidas a estilos de vida. Por ejemplo, la gente se queja de la música rap , dice que empuja a los jóvenes negros a la delincuencia, a dejar la escuela. El estilo de vida de esos gangsters raperos se discute por todas partes, en los medios gráficos y en la televisión. Sin embargo, nadie habla de los problemas de educación, de la falta de oportunidades de empleo, de los temas cruciales. Siento que si los negros tuvieran posibilidades económicas reales, poco importarían los raperos. Es muy difícil llevar a los norteamericanos a concentrarse en los problemas de clases sociales, simulan que eso ni siquiera existe, se hacen los democráticos."
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La industria de enseñar
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A los sesenta y seis años, Ed White, como prefiere que lo llamen, ha publicado cerca de veinte libros entre novelas, cuentos, ensayos sobre arte y literatura y biografías. Las cuatro piezas teatrales que ha escrito se llevaron a escena en distintas partes del mundo y sus obras se han traducido a más de quince idiomas. Su biografía de Jean Genet, considerada la mejor que existe sobre el controvertido autor francés, obtuvo el Premio nacional del Círculo de críticos y su libro sobre Marcel Proust, titulado Proust (Mondadori), es también una pequeña joya.
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A esto se suma una larga carrera en la docencia que comenzó a mediados de la década del setenta en Yale, donde White enseñó literatura. Luego dictó clases en Columbia y en la Universidad de Nueva York. Desde hace poco más de diez años, trabaja en el departamento de escritura creativa de la Universidad de Princeton junto con Toni Morrison y Joyce Carol Oates.
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"Me gusta mucho dar clases -dice sonriente, sentado en un sillón tapizado en cuero gastado-. Tengo alumnos muy jóvenes, de los primeros años. Son simpáticos. Los cursos tienen entre diez y quince estudiantes, son talleres de escritura. Este semestre hay varios extranjeros, dos de Nigeria, una rusa y dos mexicanos. Los temas sobre los cuales escriben me resultan interesantes. Las clases de escritura creativa son una verdadera industria en este país. Hemos tenido algunos alumnos brillantes, Jonathan Safran Foer estudió conmigo. Su famoso libro Todo está iluminado fue su tesis de graduación. También tuvimos un alumno hindú, Akhil Sharma, que escribió An Obedient Father (Un padre obediente). Sin embargo, la mayoría de nuestros estudiantes no quieren ser escritores, quieren ser ricos. Estudian economía, ingeniería o historia. Se reciben y van a trabajar para grandes firmas de inversiones. Nuestra materia se pasa o se reprueba, no hay calificaciones. Digamos que la cursan como alguien que va a psicoanalizarse por un tiempo pero cuya vida es en general normal."
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Vestido con una camisa azul claro y un pantalón de corte clásico, White vuelve de la cocina con una bandeja donde lleva unas tazas y una tetera. Ha preparado un té que hacen unos rusos en París: "En Estados Unidos la mayoría de los escritores enseña en universidades - asegura-. Ni siquiera se han visto entre sí. En cambio, en Francia o en Inglaterra, los escritores son periodistas o editores de libros. Todos se conocen porque viven en Londres o en París".
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Consultado acerca de sus escritores favoritos, da una respuesta precisa: "Alan Hollinghurst es el único autor cuyos libros salgo corriendo a comprar, como me sucedía con Vladimir Navokov. Leo con placer a Oscar Ojuelos, a Joan Didion, a la canadiense Alice Munro. Emmanuel Carrère, el autor de El adversario , es muy legible, Jean Echenoz tiene dos novelas maravillosas: El piano y una que trata sobre la vida de Maurice Ravel".
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Esta noche tiene una cena con varios escritores. Esas reuniones son para él fundamentales en su vida. La lista de quienes son o fueron sus allegados es extensísima; más aún luego de haber vivido dieciséis años en París. Dice que por haber conocido a la mayoría de esos notables después de los cuarenta años, lo impactaron menos. Se refiere, entre tantos otros, a Isabel II, Andy Warhol y Michel Foucault. Le encanta encontrarse con sus pares para hablar. Además del talento del que son testimonio sus libros, White tiene, según lo definieron sus colegas, el genio de la amistad.

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Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 29/04/2007

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dimanche 29 avril 2007

Kcreatinn Organización/ Jack FARFÁN CEDRÓN – Poemario « Ángel»

Kcreatinn Organización kcreatinnorg@yahoo.es


Jack Farfán Cedrón, Piura, Perú, 1973. Ha publicado Pasajero Irreal, 2005; Vironte en el split Esfinge Rota, 2005; Cartas, 2006 y La Hendidura del Vacío, 2006. De 1999 a 2003 codirigió VOCES-Muestra de Poesía Contemporánea, en cuyas 6 plaquettes dio a conocer sus primeros ejercicios literarios. Últimamente edita breves selecciones de sus libros en la serie de plaquettes Al Castor, la cual dirige. Integra Kcreatinn Organización, en Cajamarca, produciendo eventos culturales.
E-mail:
jackgofri@rocketmail.com
Sitio:
http://www.elaguiladezaratustra.blogspot.com/

Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Jack+Farf%C3%A1n+Cedr%C3%B3n+


Les presento Ángel, un poemario escrito bajo el influjo de la magia. La inspiración es eso, un ángel. Todos tenemos uno que ha viajado; unas veces cerca y otras veces muy lejos. Dejemos que en forma de viento de oro nos toque las miradas, que ya empiezan su cálido viaje de agua por el rostro. (J.F.C. 25/4/07)


6
Voy al cielo para dormir en tus manos iluminadas
La monotonía de las rocas tendidas a la neblina
Subo por la carretera
Duermo el camino de allá
Mi gente huele a dolor en los vehiculitos de oriente
Una moneda rodando en el Sol de plata escondida frente
Garúa tiendo mi cabeza contra la ventana irrompible
para dormir sobre tus ojos para mis párpados abiertos
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En cada casa de antaño de tejas musgosas de bordes negros grasosos
In umbrales gorriones viviendo sin volar
Gallinas bebiéndose un pomito de alcohol
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No sé adivinar tu mirada en tus ojos
No sé cuán suave me eres
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Déjame atmósfera,
quiero salir o entrar al hielo;
déjame deslizarme líquidamente libre,
traslúcido aun en el agua,
en esta solidificación que en mi libertad corre corre
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Sólo duerme mis ojos
Duerme tus ojos
Tus latidos en mis manos
Sueño pétalos blancos de tu suavidad tu alma
Una rosa que abre la luz para el vacío calmante que dejas en Tierra
Ríos continuos desde tus ojos detenidos
Un ramillete de lluvia en el tercio pelo de tu pelo
Tu nariz tersa mis sienes
Tu lengua circula en la sangre de mis ojos
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Luna a qué aguantar la lluvia de la Tierra
sobre el Sol escondido en tu angustia
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Soy El Grande
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Soy una luz diseminando desde un abismo
y tú puedes contenerme en la espuma de tu libertad,
viniendo lenta en el agua de tu voz,
lenta y fresca,
cual si el último arroyo del desierto incierto
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Soy El Grande,
la tibieza lúbrica, total, infinita
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Caes para mí en mi caída
El abismo es un punto en nuestro cielo,
el cielo desvanece involuntario, débil, doblegado,
sobre nuestros cuerpos desapareciendo a través de la madrugada
Un arco iris serpea,
cruza nuestra mirada
Un baño de estrellas derretidas tu lamento de mañana,
de mañana continua en alegría de agua
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Otros poemas de Jack Farfán Cedrón


IX
Detenme la hora del sueño
Un despertar abre mi camino
La palabra está naciendo
Tú recorres el lenguaje de mis manos
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Oración de regreso,
tibio canto al mediodía,
plegaria de partida
en las astas frías del otoño
Qué harás cuando callen los principios
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Paso de nube y de color,
riego cromado de las luces
Tus ojos, el perfil de la oscuridad,
el eterno retoño de los trigos maduros
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Pero aún no estás detenida,
hostia de Luna entre los trigos
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XII
Adónde van las golondrinas cuando pienso
desde los escombros del cielo
cuando por ser fría
haces que las cosas sean ese fuego de ceniza derrumbada,
corazón de ceniza, corazón del cielo,
con despedidas aladas como flechas,
golondrinas punzando el corazón del cielo derruido
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A veces te alejas para tomarme de la mano
entre los cristales que piensas cuando ida
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Qué veo cuando alzo mi cáliz al cielo
y pienso en la canción de ángeles,
grande rosa iluminada pensando a orillas del río,
escuchando el alma lejana del agua,
escogiendo como sembradora entre el agua y la Tierra
los colores de las piedras soleadas
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Creadora del postludio de la melancolía
Sentada/arrodillada junto a tu cesta de oro
y tu pelo fresco recién creado para la lluvia,
recién mojado para mi olfato,
tu pelo mojado cuando te respiro lejana;
tu pelo, esa lluvia de veranos dormidos
desde la cruz aquí distante tu lamento,
creadora del día derruido
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A veces me hablabas como la noche al silencio del río,
me instabas al silencio,
yo me iba pensativo
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Regresé y lo vi en tu rostro
Iluminada
Luna nueva
Enamorada del Sol al otro lado de la Tierra
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Tierna creadora de mis oraciones
Tú escuchabas mis pasos en el interludio del milagro perdido
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Creadora de oraciones de agua en reposo

De El Cristo Enamorado, 1999 (inédito) - En VOCES-Muestra de Poesía Contemporánea, Años: 1 y 2, Nros: 0 y 1, Cajamarca, Diciembre de 1999 y primer trimestre de 2000.
© Jack Farfán Cedrón, 2006



MI PADRE
Quien viaja siempre con un maletín verde
que porto hasta el taxi en que desaparece
con su gran cabeza cana;
mi padre,
quien visitó valles y pueblos calurosos;
quien almorzó como a las 7
hígados muertos o corazones fritos
y frotó contra una puta su miembro reseco
y sembró mentiras blancas
en el jardín de repollos helados;
mi padre,
aquel extraño que suele venir
un par de días a los tiempos
a aburrirnos con sus pingües mandados
en cucharita de té;
el extraño verde que oye a mi madre ladrar
y duerme frente a la tele;
el fanático que grita hasta la esquina goool;
el que desmayaba sus brazos en el ropero
y luego los bajaba hasta llegar gateando a la cama
después de horas de jarana
con sus patas de agronomía;
mi padre,
el viajero amarillo bajo un espino
y un eructo de hígados muertos o corazones fritos
cuando se prolonga la tarde hasta el fragor de los ríos.
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LOS OLORES
El olor del arroz cocido después del mediodía,
el olor de la paz del canto de las aves;
el olor que producen las legiones de mariposas amarillas,
las piedras blancas en el río,
los esqueletos de algunos peces al sol, otrora en agonía;
el olor que despiden los hornos donde se cuece el pan vespertino,
el olor de una muchacha virgen,
el de una papaya partida,
el olor del cebiche y los mariscos,
el olor que dejan los amantes después de su primera batalla,
el olor de la amada tras partir;
el olor de las bocas temblando en las estaciones interprovinciales;
el vaho tumefacto de las discotecas,
la pestilencia de las borracheras,
el olor tibio de los caldos a las cinco de la mañana;
una fragancia floral proveniente de la mesa de noche, sentado en la cama;
el olor de los sueños al despertar vacío, a punto de llorar;
el olor de los micros con pasajeros preocupados,
el olor de los hospitales con almas muertas haciendo cola;
la hacinación, el olor en los mercados,
en las plazuelas, en los ejércitos, en los manicomios,
en las cárceles con gritos desgarradores;
la tufarada de los baños públicos,
el olor de la violencia en medio de una madrugada;
el olor de la muerte efervesciendo en plena vida
cuando no hay un segundo para declinar con la sombra,
cuando se ha evaporado el olor de una bestia que te llama.
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© Jack Farfán Cedrón, 2006
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Germán GULLÓN/ Los venenos de la crítica


Los venenos de la crítica
Por Germán GULLÓN

Senabre, Echevarría, Siles, Mora y Villanueva descubren la pócima de la crítica literaria.

Sainte-Beuve, el célebre crítico francés del XIX, dejó inédito Mis venenos, un diario secreto con sus más íntimos pensamientos sobre libros y autores que no se atrevió a publicar en vida, y que comenta hoy en nuestras páginas Germán Gullón. Pero además, El Cultural ha reunido a cinco de los críticos más solventes de nuestro panorama literario –Ricardo Senabre, Ignacio Echevarría, Jaime Siles, Darío Villanueva y Vicente Luis Mora–, para que nos descubran:
1. ¿Qué es lo que da credibilidad a un crítico?;
2. ¿Cualquiera puede ser crítico? ¿Qué mínimos deben exigirse?;
3. Si comparan la situación de la crítica española con la del resto del mundo, ¿en qué salimos ganando, y en qué perdiendo?;
4. ¿Qué pasa con las acusaciones de excesivo academicismo; falta de conocimientos académicos, dependencia del mercado; amiguismo y compromisos; obediencia a consignas , falta de referencias para comprender la creación más joven?...
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Ricardo Senabre
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La independencia –frente a editoriales y autores– y la sinceridad. También una competencia profesional sin la cual lo demás no serviría en absoluto, porque nadie apreciaría la independencia de un botarate. Lo que el lector espera del crítico son orientaciones razonadas, no elogios vacíos ni rechazos injustificados. El lector necesita saber si vale la pena leer esa obra y por qué, y eso hay que dejarlo claro.
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2. En la práctica, y a juzgar por muchos ejemplos reales, se diría que cualquiera puede ser crítico. Pero lo cierto es que habría que exigir unos mínimos: un amplísimo caudal de lecturas –algo muy raro, por lo que se ve–, un buen conocimiento de la historia literaria y una estrecha familiaridad con los fundamentos teóricos y los métodos críticos. La verdad es que, en el amplísimo elenco de críticos españoles en ejercicio, muchos –demasiados– no llegan al aprobado en estas cuestiones.
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3. Frente a otros países, ganamos en la atención a obras estrictamente literarias y de diversas literaturas. Perdemos en independencia: hay demasiada consideración con editoriales poderosas, por una parte, y, por otra, excesivo temor a reseñar negativamente obras de autores prestigiados –a veces producto de la mercadotecnia–, algunos de los cuales pueden reaccionar como si cada reparo puesto a su obra fuese una ofensa a su persona. En realidad, la lucha del crítico que no renuncia a su honradez se plantea contra el complejo mecanismo publicitario que desde hace medio siglo se ha ido apoderando de la creación literaria y artística, gracias al cual lo que se vende es lo que vale. ¡Qué aberración!
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4. Creo que la falta de conocimientos del crítico y el amiguismo son acusaciones fundadísimas en múltiples casos. Hace años, en un suplemento literario de cuyo nombre no quiero acordarme, un crítico comenzaba su reseña confesando ser amigo del autor de quien se disponía a escribir. Naturalmente, la reseña era elogiosísima. ¿Qué crédito pueden merecer una crítica y un suplemento así?

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Ignacio Echevarría
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Una primera puntualización: hace ya tiempo que la crítica ha dejado de ser la piedra angular de los suplementos literarios, por las razones que más adelante doy. Así pues, hace ya tiempo, también, que ha dejado de hacerse cuestión de la independencia de la crítica, menos todavía de su credibilidad, no nos hagamos demasiadas ilusiones con eso. En un pasaje que suelo citar en ocasiones como ésta, Robert Musil, preguntándose en qué consiste el gran talento para la crítica, se responde a sí mismo: “¡La capacidad de tener razón!”. No es fácil dar una respuesta mucho más satisfactoria a la cuestión, sin duda peliaguda. Esa “capacidad de tener razón” obedece a una mezcla variable de talentos, algunos innatos y otros adquiridos, entre los cuales cabe mencionar el buen gusto, la posesión de un criterio articulado, la confianza en ese criterio, la voluntad de compartirlo y la capacidad de persuasión.
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2. No cualquiera puede ser crítico, desde luego, ni falta que hace. La ausencia de alguno de esos talentos que acabo de mencionar basta para inhabilitar incluso al más voluntarioso y bienintencionado aspirante al oficio. El crítico genuino es un tipo muy particular de lector que al placer natural de la lectura añade el de indagar en los mecanismos que intervienen en ella. De esa especie de perversión deriva el crítico una función social: la de orientar a los otros lectores en la tarea de responderse responsablemente a la pregunta que justifica la existencia misma de la moderna crítica periodística: ¿qué leer? Importa mucho insistir en esto último, dado que la mayor parte de los suplementos literarios parecen haberse desentendido de esa pregunta, conformándose con incentivar la lectura. Por eso no existe apenas crítica en la actualidad: porque la consigna de leer (y de leer siempre los mismos libros, de la misma manera) ha desplazado a la pregunta de qué leer, que comporta siempre, para ser respondida cabalmente, un cierto compromiso ético y político, no sólo estético, y que presupone además, sin la obsesión de fomentarla, la afición a la lectura. En cuanto a los mínimos exigibles para un crítico, obedecen antes a cuestiones de temperamento que a grados de cultura. El crítico hace siempre un uso estratégico de su cultura. En su caso, mucho más que los conocimientos acumulados, a menudo inservibles, importa el punto de vista que los ordena. Lo que caracteriza al crítico (y me estoy refiriendo exclusivamente al crítico reseñista) es una determinada escala de preferencias y una decidida voluntad de intervención. De otro modo, estaríamos hablando de simples comentaristas, o directamente de publicistas, que es lo que más abunda. En cuanto al estilo, es la única herramienta de que dispone el crítico para persuadir. Si resulta mediocre o incompetente en este aspecto, su eficacia será nula.
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3. Me cuesta responder a esta pregunta, ya que apenas alcanzo a imaginarme qué pueda entenderse por crítica española, toda vez que –hechas las excepciones de rigor– sus más conspicuos representantes gastan sus menguados recursos en mantener un esforzado equilibrio entre la mansedumbre y la inanidad. Comparada con la del resto del mundo, la situación de la crítica española es, por decirlo buenamente, poco comprometedora: sencillamente, pasa desapercibida. Lo cual no acaba de constituir una ventaja, o no exactamente, dado que en casi todo el mundo la crítica ha sido condenada a la inexistencia. Sus espacios, si algunos le quedan, son residuales, marginales, periféricos a lo sumo, cuando no puramente simbólicos. Exageraciones y dramatismos aparte, la crítica española es, en cualquier caso, fiel reflejo de la prensa que la ampara: una prensa degradada, hipócrita, inepta, carente de todo proyecto cultural y por lo tanto de toda iniciativa en este campo, como no sean aquéllas a que le impulsan sus intereses particulares.
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4. –Excesivo academicismo. De este reproche deberán responder los críticos de procedencia académica, abundantes en un oficio que, es verdad, suelen ejercer con cierta predisposición al eclecticismo y la taxonomía, y grandes dosis de aburrimiento.
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–Falta de conocimientos académicos. De este reproche deberán defenderse los críticos de varia especie, periodistas y escritores en su mayoría, que lo reciben insistentemente de parte de sus colegas los críticos academicistas.
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–Dependencia del mercado. ¿Y cómo soslayarla? El mercado es el medio en el que la crítica interviene, contra el que actúa. Es la corriente que tiende a arrastrarla y a la que ella debe resistirse. El problema, entonces, no es tanto la dependencia como el sometimiento al mercado, es decir, la sumisión, la interiorización de sus consignas.
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–Amiguismo y compromisos. Ésta es una lacra endémica en el oficio. Por lo demás, hay una sola vacuna para curarse de ella: tomar partido. Buena parte de la mejor crítica moderna está impulsada por la complicidad de grupo, de tendencia: es crítica amistosa y comprometida, en el mejor sentido. Pero es cierto que, por estos lares, a menudo se queda sólo en crítica amigable y convenida.
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–Obediencia a las consignas de la Casa (periódico, grupo). Carentes de todo proyecto cultural, como ya he dicho, los grupos de comunicación y los periódicos españoles no emiten consignas propiamente dichas a los críticos: se limitan a establecer un embrollado sistema de listas blancas y negras conforme a las cuales se hinchan o se omiten las novedades de colaboradores afines y no afines. En este punto, no vale la pena extremar la paranoia conspirativa: se trata de la más vulgar y mecánica miseria humana, con frecuencia incrementada hasta la caricatura por los intereses comerciales.
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–Falta de referencias para comprender la creación más joven. Es éste un reproche grave, respecto al que todo crítico deberá mantener se alerta, y que plantea la conveniencia de buscar mecanismos de regeneración por parte de quienes regentan los espacios en que la crítica opera. La mayor virtud que puede adornar a un crítico es el olfato para lo nuevo, y no sólo para “lo bueno”; su mayor hazaña será la construcción de un lenguaje de acogida para la recepción de aquello que, por dilatar el campo de la sensibilidad establecida, carece todavía de un registro público. Con todo –y como no he dejado de decir en más de una ocasión–, una de las funciones menores de la crítica, puestos en lo peor, sería la de actuar como obstáculo, como frontón mediante el cual la sociedad y la época se defienden de las transgresoras innovaciones del joven artista. Éste se forjará, para bien y para mal, en la perseverancia y en la entereza que emplee ya en imponerse, ya en adaptarse a las convenciones con que la crítica de su tiempo lo juzga.

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Jaime Siles
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A un crítico la credibilidad se la da sobre todo su práctica, es decir, lo que ha hecho, el modo en que viene desempeñando su oficio. Otra cosa son los mandamientos que cada crítico tenga como suyos y para sí, porque eso no constituye un método sino una doctrina. Mi doctrina personal como crítico se ha regido por los siguientes principios: en primer lugar, intentar entender la obra tanto si me gusta como si no, tanto si satisface mis intereses como si se encuentra en los puntos opuestos de mi poética. Creo que el crítico es un mediador, alguien que conoce las propiedades, los elementos constitutivos de un producto, y que intenta hacerlo trasmisible desde su propio juicio a los demás. Un crítico debe ponerse en la piel del autor al que juzga y preguntarse si ha conseguido o no los objetivos que en esa obra se propone, y si los medios han sido los adecuados para ello. El juicio de valor no me interesa. Creo que la crítica además de estar bien escrita y digo esto porque soy un crítico sui generis, porque también soy creador, no un crítico estricto, sino un poeta y ensayista que hace crítica literaria, pero la crítica literaria es un género muy específico, como la poesía y dentro de ella, de la poesía que nos llega en traducción, lo que obliga no sólo a juzgar el texto del poeta traducido, sino también la textualidad de la traducción.
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2. Sí, cualquiera que tenga formación adecuada para ello y los criterios de gusto suficientes y que fuese capaz de trasmitirlo podría ser crítico literario. De hecho, cualquier lector a su modo lo es. Ahora bien, como en todo hay unas exigencias mínimas: creo que un crítico literario debería tener una amplia formación intelectual y un profundo conocimiento de la historia y de la teoría literaria que le permitiera situar una obra en el horizonte no sólo de su género y de su propia lengua sino de su propia tradición. Es decir, debería dar su latitud y longitud.
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3. A veces nos juzgamos en exceso, porque tenemos una serie de periódicos importantes que cuentan con su propio suplemento cultural, donde funciona el juzgado de primera instancia, porque aquí se da noticia de la existencia de libros mucho antes de que lleguen a las universidades y Academias. Si comparamos la situación de España con la de otros países, hay que destacar, a favor, que los suplementos culturales españoles dedican una especial atención a la crítica de la poesía, que está abandonada a su suerte en muchos países. La novela es el género al que más atendemos aunque hay otros dos géneros importantes, el teatro y el ensayo, que sufren una especial desatención. En cambio, esos dos géneros tienen mucha más importancia en países como Alemania, especialmente el teatro.
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4. En general, creo que las acusaciones contra la crítica que aquí se mencionan lo que denuncian son todos los riesgos, pero la respuesta más clara la da Cicerón cuando, animado por su amigo Ático a dedicarse a la historiografía, le expone las dificultades y problemas que encontrará. El problema no es la independencia literaria o no, o la falta de referencias, o los compromisos o los academicismos, sino que lo único que debería importar en la crítica literaria es la independencia de criterio, de manera que la forma de luchar contra estos vicios sería acuñar un método y un modo para defender y mantener dicha independencia de criterio.

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Darío Villanueva
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La credibilidad de un crítico radica en la autoridad que posea por sí mismo. La crítica se compadece mal con cualquier ejercicio de ventriloquia. En última instancia se trata de un arreglo entre lectores: entre ellos se le reconoce a uno en concreto voz propia, autorizada, para hablar de literatura. Es una obviedad: el fundamento de la crítica es la lectura y la impresión que deja en el que la lee. En esto, todos los lectores, críticos o no, somos iguales. Más aún: el crítico que no reacciona ante la obra como un lector genuino se parecerá más a un burócrata. Tampoco veo su papel como el de un dómine con palmeta. La crítica en cuanto juicio y valoración no debe tener un fundamento normativo y doctrinal, sino rigurosamente fenomenológico. El mejor crítico sería el que transmitiera su enjuiciamiento como la consecuencia implícita en el análisis de los porqués de su impresión. Y para ello, es inexcusable la forma de la obra. Si todavía existe el arte de la literatura, no consiste en otra cosa que en lo que Coleridge definía como las mejores palabras en el orden mejor.
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2. Cualquier lector puede, efectivamente, ser crítico. Y de hecho, por lo general, lo es: si lee atentamente y es capaz de desgranar los entresijos de su propia lectura e investigar en las causas de sus impresiones como lector. Claro que luego, si quiere ejercer, no podría ser ágrafo: deberá comunicar su experiencia mediante la escritura. De todos modos, la lectura atenta, que se puede ejercitar y perfeccionarse, debe ir amparada por ciertos saberes. Me resulta difícil concebir un ejercicio crítico cabal sin el apoyo de la historia literaria, de los fundamentos generales de una poética y sin el comparatismo, que permite trascender las fronteras lingüísticas de una sola literatura.
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3. No dispongo de suficiente información como para tanto. Admiro la crítica anglosajona a través del “Times Literary Supplement”, pero me resulta muy difícil extender mis apreciaciones a la de otras lenguas. De todos modos, leyendo los libros de los críticos extranjeros que se expresan también en la prensa, los suplementos y las revistas literarias, no acabo ni con complejo de superioridad ni con baja autoestima.
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4.–Excesivo academicismo: Admito que a la crítica académica (donde milito) se le vea debajo de la puerta la patita del academicismo, pero no a la crítica profesional o “militante” (“crítica pública” la llamaba N. Frye), o la crítica, con frecuencia tan interesante, ejercida por los propios escritores sobre las creaciones de sus pares.
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–Falta de conocimientos académicos: Admito que a la crítica no académica se le pueda achacar semejante cosa, pero a lo mejor maldita la falta que les hacen tantos conocimientos académicos si sus lecturas son atinadas y competentes.–Dependencia del mercado: Ése es el gran problema, probablemente sin solución, al menos por el momento. Raymond Federman, hace ya un cuarto de siglo, advertía que la responsabilidad de la crítica era entonces “hacer la distinción, marcar la diferencia entre libros y no-libros”. Pero para cumplir semejante compromiso hay que estar pendiente del mercado: para desenmascarar a los segundos, por muy best-sellers que sean, y para que no pasen desapercibidos los primeros.
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–Amiguismo y compromisos: Es verdad que a veces, ante determinadas críticas de obras previamente leídas por mí cuya euforia no atino a comprender, acabo reparando en que le coeur a des raisons que la raison ne connait pas.
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–Obediencia a las consignas de la Casa (periódico, grupo): Hice mis pinitos en la crítica hacia 1973, recién licenciado, de la mano de Pepe Batlló, director de Camp de l’arpa. Desde entonces hasta hoy, en que ya peino canas, nunca jamás nadie me transmitió ninguna consigna, ni en Barcelona, ni en Madrid, ni en la American Book Review, ¡qué quieren que les diga!. Como decía aquel personaje de Billy Wilder en Some like it hot, “nadie es perfecto”.
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–Falta de referencias para comprender la creación más joven: En todo caso, irá por parroquias. Habrá críticos con las tupidas anteojeras del establishment y otros con mayor curiosidad; de hecho, los hay. A título de ejemplo, puede valer el que en 2006 un título como Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo haya obtenido el eco que sin duda merecía.

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Vicente Luis Mora
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En mi blog, hace unos meses, pregunté por “la crítica que queremos”, y multitud de escritores y críticos llegamos a unas conclusiones que intento respetar a rajatabla. Resumidas: lectura completa, comprensiva y sistemática del libro, conocimientos culturales amplios y profundos de literatura (española y de otras tradiciones), estudio complementario sobre el autor cuya obra puntualmente se analiza, ver el libro como un todo, dedicarle tiempo de reflexión, obviar sus valores de mercado, tener conciencia de la crítica como ejercicio artístico, valoración no descriptiva, reducir al mínimo la inevitable parte subjetiva, y constituirse en una crítica democrática e independiente, que no repita los errores de la institucional, mediática u oficialista.
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2. En un ensayo que saco ahora, y fijándome en los ejemplos mejores, como Conolly, el Dr. Johnson, Bloom, Sainte-Beuve o Eliot, entre otros (¿qué otros modelos imitar, sino los mejores?), propongo un mínimo algo radical, disculpen: el crítico debería ser tanto o más culto que el escritor más culto de su tiempo. Si el libro plantea epistemes que uno desconoce (medicina en Martín Santos, tecnología en Gibson o Pynchon, filosofía en Musil, estética oriental en Valente, Maillard o Aguado), el crítico tiene dos opciones: callarse o adquirir un mínimo saber antes de emitir juicio al respecto. Añádale un mínimo conocimiento de teoría de la literatura. Además, hay que saber leer. Eso es lo más difícil: no puede estudiarse.
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3. Sería insincero si dijera que conozco la del resto del mundo; leo crítica literaria occidental, y eso en sí mismo es una reducción drástica. Desde luego le digo: casi cualquier profesor universitario norteamericano tiene, no sé si más conocimientos, pero desde luego menos prejuicios y un modo más global de entender el hecho estético que sus homólogos españoles. Salvo excepciones, los mejores críticos patrios –véanse los ejemplos de Masoliver, J.J. Heffernan, M. Casado, Fernández Porta, Cuesta Abad, entre otros–, tienen una importante formación en el extranjero, por lo común anglosajona.
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4. Excesivo academicismo. Y tanto. Dentro de la universidad española hay joyas, que nunca son las que vemos. La crítica que más me interesa hoy suele estar extramuros de la universidad.
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–Falta de conocimientos académicos. Interesante denuncia: sugiere que en España la crítica académica puede desconocer o usar mal hasta los rudimentos filológicos.
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–Dependencia del mercado. Inapelable. Hasta una mala crítica con foto puede volverse comercial. Vénganse a Internet, es casi gratis.
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–Amiguismo y compromisos. La buena crítica debería superar la amistad y la animadversión. Eso sí: los compromisos son pútridos en todo caso.
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–Obediencia a las consignas. Si pudiera contar la mitad de lo que sé… Vénganse a Internet, no hay casas, el grupo es uno mismo.
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–Falta de referencias para comprender la creación más joven. Cierto también. Un crítico de un suplemento, en un gesto que le honra, se hizo la autocrítica recientemente en este sentido.
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Mis venenos
Charles-Augustin. Sainte-BeuveTrad. F. Sainz y M. Privat. Artemisa. La Laguna, 2007. 336 páginas, 16’95 euros

Un genuino espíritu crítico se conoce por cómo goza pelando la cebolla cultural y por las observaciones útiles y profundas que nos ofrece. Su visión viene siempre armada con un sentimiento sincero, pasión por la litera-tura e inteligencia. Muchas páginas de Leopoldo Alas, Clarín, Cyril Connolly y Charles-Augustin Sainte Beuve (1804-1869), entre otros, manifiestan tal espíritu y las correspondientes dotes críticas. Sus piezas contienen juicios y apreciaciones personales, que suenan en el oído del lector como si del toque de una campanilla de plata (Lamartine) se tratase. Curiosamente, a tales personas se les niega con frecuencia el derecho a existir. No puedo pensar una cura mejor para tan disparatada idea que recetar un severo envenenamiento, efectuado con estas páginas rezumantes de ponzoña de Sainte-Beuve.
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Hay un tópico que los autores literarios, generalmente los inseguros o en declive, incluyen en su menú de agravios: la descalificación del crítico. El ser un escritor frustrado, por ende un don nadie, y la envidia, aparecen entre los cargos habituales. La labor crítica de Sainte-Beuve refuta por sí sola tales alegaciones y por una simple razón: estamos ante una obra de creación, si bien crítica. Las pequeñas piezas, metódicamente escritas para la prensa, suponen una contribución literaria de primer orden, porque permiten apreciar el sentido de las creaciones artísticas con mayor agudeza. Los capítulos del presente libro van un poco más allá; el juicio emitido de los textos incluye además consideraciones sobre la persona de sus diversos creadores.
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Mis venenos es un diario personal, un libro secreto, donde Sainte-Beuve conservaba opiniones referentes a la personalidad y a los textos de artistas célebres de su tiempo, que no estaban destinados a salir a la luz. Por diversas razones, por la crudeza de los juicios; porque varios de los mencionados eran amigos, como Víctor Hugo, de cuya mujer vivió locamente enamorado; y otros amigos de amigos, como Alfred de Musset y George Sand. Por ello, el libro no se pudo publicar hasta 1926. Dado que se trata de apuntes escritos a vuela pluma no sorprenderá su carácter aforístico, a veces las frases, las opiniones expresadas, se cierran en una máxima. Se habla bien de pocos autores y de escasas obras. La dureza del juicio golpea sin cautelas a Hugo (“hace una oda como haría una cerradura”), a Balzac (“ha conquistado a su enfermizo público enfermedad tras enfermedad”), a Lamartine (“facilidad de talento, tentación de ligereza y de incuria demasiado grande a la que no se ha resistido nunca”) a Thiers (“por la tarde nos habla de las cosas que se ha enterado por la mañana. Forma parte de esa gente que no puede conservar el vino en la botella, y nos damos cuenta por su estilo, que no tiene ni cuerpo ni aroma”), a Musset (“es el capricho de una época hastiada y libertina”), y a muchos otros.
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Mas el libro no lo experimentará el lector como la obra de un espíritu perverso u enfermo. Si bien una de sus perennes quejas fue que ninguno de los grandes tuvo a bien reseñar sus propios poemas y elogiarlos, como él había hecho con tantos escritores, no advertimos un espíritu de revancha en el texto. Al contrario, en su fondo late la seguridad de que los escritores son hombres de carne y hueso y, por lo tanto, susceptibles al halago, a la vanidad, al poder y a las pasiones.
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Las observaciones generales sobre el hombre vienen apuntaladas por amplios conocimientos de psicología. Leyendo a Sainte-Beuve pasa lo mismo que con los renombrados novelistas decimonónicos, que resultan freudianos antes de que el médico vienés redactase sus obras dedicadas al psicoanálisis. O sea que, según aprendemos los secretos de las lumbreras del XIX francés, recibimos una lección en la importancia de las circunstancias humanas, y comprendemos hasta qué punto el elemento biográfico subyace a toda creación artística.
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Los condicionamientos físicos del hombre aparecen tratados por todo el libro, y los suyos propios fungen de plantilla útil para medir a los demás. Divide la existencia del individuo, la propia, en tres etapas, juventud, madurez y ancianidad. La primera es la mejor, por el vigor de las pasiones sentidas; mientras en la madurez el hombre deberá conformarse con una disminución de ese motor pasional; y en la vejez, uno simplemente debe hacerse de lado. Sus reflexiones manifiestan un pesimismo shopenhauriano: “A partir de ahora la naturaleza me prohíbe no sólo el placer sino el deseo: después de acabar con el fruto y la flor de la juventud, ahora la emprende con la raíz” (pág. 47).
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También su propio talento intelectual lo enjuicia con enorme dureza, sin complacencia alguna. No se considera un autor fuente, poseedor de una inteligencia superior, en verdad son escasos los que la poseen, sino de aquéllos que sirven para llenar los depósitos de agua de los espíritus. Mi actitud, dice, es demasiado lánguida, y por eso la seca y necesita del agua de otros. También sabe que su fisiología resulta incapaz de transmitir sus sentimientos con naturalidad: “La sonrisa es el signo más delicado y sensible de la distinción y de la cualidad del alma” (pág. 54). Él no logra coordinar su ser de manera natural.
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Como ven, la reseña se escribe sola. El texto de Sainte-Beuve enuncia a la perfección ideas que esta pluma resulta incapaz de transmitir con palabras parecidas. En fin, el crítico francés quiere que sus páginas huelan a hombre, pero sin que lleguen a apestar, como ciertas de Balzac, añade con venenillo.
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El texto rebosa de atinadas observaciones, les ofrezco como deliciosa primicia dos. Una porque atañe a una cuestión debatida en la actualidad, la otra por su expresividad. Hablando del célebre novelista Dumas padre, acierta a dilucidar el valor de ese género de libros que hemos venido en denominar “templarios”: “Alexandre Dumas, a pesar de todo su estruendo, no es más que una mente de cuarta fila. Pues, ¿dónde clasificar a un escritor al que no se le encuentra nunca ni un pensamiento elevado, ni un pensamiento delicado, ni un pensamiento juicioso? […] ¡Qué lejos está esto de merecer un puesto entre los verdaderos maestros de la fantasía! Hay juego, puesta en escena, pero ¿dónde está el fondo?” (pág. 59). Y la segunda muestra es un capricho: “El talento no es más que una cresta (crista galli), una hermosa uña que, con tal de cuidarla y cortarla de vez en cuando, permanece bella, aunque el cuerpo y el corazón estén podridos” (págs. 166-67).
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El libro, traducido con pericia al castellano, lleva asimismo un buen prólogo de Juan Malpartida, donde se hace una atinada pregunta. Si el texto es como El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, donde al final, cuando muere el protagonista, le vemos su verdadera cara arrugada, monstruosa. La diferencia, en mi opinión, es que en Mis venenos la faz que este lector ve de Sainte Beuve exhibe las marcas de la experiencia vital, la belleza del escritor que quiso enfrentarse a la realidad del arte, obras y creadores, de frente, con nobleza y prudencia. Dos cualidades poco habituales en cualquier ámbito de nuestro entorno socio-cultural.


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Mis venenos es un compendio de observaciones y pensamientos, redactado hacia la mitad del siglo diecinueve pero publicado en 1926, en el que el crítico por excelencia de la literatura francesa, Saint-Beuve, deja constancia de su lucidez escéptica. Nadie sale indemne (Musset, Sand, Thiers, Hugo, De Vigny, Lamartine, Gautier, Balzac), ni siquiera él mismo: «Éste es mi arsenal de venganzas; digo la verdad». Ésta edición, prologada por Juan Malpartida, especialista en la obra del autor francés, ofrece por vez primera en castellano a los lectores especialmente interesados en la crítica literaria, una de las obras mayores de Sainte-Beuve. La obra cuenta con un magnífico prólogo de Juan Malpartida.
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Acerca del amor y las mujeres
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El amor empieza con la admiración y sobrevive difícilmente a la estima, o al menos no sobrevive más que prolongándose mediante convulsiones.
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Cómo se mata en nosotros el amor: tres niveles: sufrimiento, indignación, luego indiferencia. El sufrimiento desgasta el amor, la indignación lo rompe y así se llegaa la indiferencia final.
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Ocho días de amor, como hacen tantas mujeres a la moda, es demasiado o demasiado poco. ¡Un cuarto de hora o siempre!
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¡Cuántas mujeres son como Circe! Ya no tienen mayor felicidad que agrupar a los hombres a su alrededor, quitarles toda dignidad, hacerles comer a todos en el mismo comedero.
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