mardi 27 février 2007

Ketty Alejandrina LIZ /Oscar PORTELA: una mirada sobre su poética


Oscar PORTELA: una mirada sobre su poética
por Ketty Alejandrina Liz
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Como bien se sabe, nadie que pretenda escribir poesía puede dejarse llevar por los caminos lineales de los sentimientos. Pero sin sentimientos no se puede escribir poesía. Sentimientos que, en palabras de Oscar Portela, son verdaderos demonios interiores, implacables demonios que desgarran antes que la piel, el alma, y donde libera cada una de sus caídas con la energía indomable de su talento. De sólida formación literaria, no se observan en nuestro poeta demasiadas diferencias entre los enfoques que desarrolla en sus ensayos y el personal lirismo de su poesía, en los cuales, detrás de cada aparente negación de toda religiosidad (de re-ligare, volver a unir a Dios) muestra justamente una religiosidad tan desgarrada como conmovedora. Una atenta lectura de sus poemas nos ofrecen verdaderas plegarias que emergen ‹oponiéndose a la inocencia aparentemente perdida‹, de la furia que todo ser humano sensible siente ante las atrocidades que suceden en el mundo que nos toca transitar. Veamos:
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PATER
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Padre mío, clemencia a la que me he negado,
desesperado está mi corazón.
Clausurado el último refugio y apagados los trinos
que afanosamente buscó mi boca.
En tu fe, innumerables fueron las pruebas,
los días recorridos y aquello en
que se prodigó mi anhelo nunca colmado.
Y ahora, sólo cenizas dejas sobre mi ojos,
llenos de sombra y viento y furia y llanto.
Aposento sin ventanas vida, mar sin costa,
la palabra que dicta el incierto camino,
inseguros los pasos, mientras debes volver.
En ninguna parte está el origen,
en todo lugar brilla el olvido,
el sórdido complot del desamor.
Tú dices, abandona la posesión,
el sueño infausto, de las bodas de las aguas y el fuego,
pacificadas están las madrugadas, es terrible el desierto
y aún más grande el temor de no ver ya abras disipándose
o asfixiando el poema, perfumes
que el amor hizo suyo en el desnudo
y frío lecho de la soledad.
Madre, ven a mí como ayer,
protégeme del Caos y el viento de la locura.
Todo retorno es peligroso
y adentro mío no hay sino piedras,
negras e inclementes aves que esperan el día en
que hable el cruel y vasto idioma del origen.

De «La memoria de Láquesis»
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Y es en este contexto, donde el oxímoron se da la mano con algunos saltos de un decir directo y claro, cuando la poesía porteliana levanta mayor vuelo:
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ÁNGULOS
A Alfredo Mariano García
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Después de la faena agotadora, la fatiga,
el cansancio, la abrumadora soledad
sintiéndose a sí misma en la cruz,
los ángulos iguales, el vacío
que llena el centro de la nada
y la imagen de un rostro que no se ve.
Atrás quedan las siestas.
Ardor insoportable de ser
y saberse vencido por la implacable sed.
Lejos quedan imágenes sostenidas en claves
y misteriosos vínculos de azul, y el azar,
la sal y las rapiñas de cuerpos devorándose
en la magnificencia de una noche absoluta.
¿También las hubo? Después de las jornadas de dolor,
el porqué y las alas que vuelven
o en círculos vigilan sobre un dolido corazón.
El que habla, el que escribe para callar,
muda para pensarse sosteniéndose
en el abismo de un enigma, florecido
como una boca pura en mi ingle,
es sólo un muerto, un virginal deseo que se durmió a tus pies.
Después de la fatiga, la soledad diciéndose a sí misma,
reenviándose dudas, actas de nacimiento,
diarios de viaje, atormentados pésames
y una paloma con el ala quebrada.
Ceremonias de lo que resta del día,
desoladoras imágenes, risas en el vacío
y la muerte furtiva tras el medroso olfato de la razón,
inquiriendo las formas y los perfumes de tu piel,
soñándose, atormentándose en sahumerios,
que buscan un sepulcro donde durar en sombras
y en vacilantes ecos.
Sólo un Dios puede salvarnos ya.
Ni en los celestes coros ni en los ciegos abismos,
alguien guarda respuestas para ti.
Después de lo que resta del día, de la espera dolida,
sería suficiente, piadosamente desaparecer de las memorias,
los espejos, los nombres y clamores
que abren y dan consuelo al tiempo.
No un viaje más, no una jornada,
sino la ardiente víspera de adiós hacia la noche austera
donde tus bellos ojos yacen velándose en el vacío del vacío.

De La memoria de Láquesis
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«Claroscuro», su último libro, no se aparta del adentramiento en sí mismo, donde sus demonios interiores continúan imponiéndosele con despiadada presencia aunque, paradójicamente, Oscar Portela sabe dar paso a la inocencia que, a pesar de su admiración por Nietzsche, jamás perdió. Una inocencia que sabe enojarse, una inocencia que sabe decidir cuándo y a quien amar, una inocencia que le permite levantarse tantas veces como ha caído. Que aúna la palabra poética con la humana necesidad de trascendencia.
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Prevalecerán las aguas
A Ricardo Mosquera Eastman
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Las aves van a migrar en qué corazón
y de que flores libarán las aves
que ahora me abandonan en el desierto de los años muerto de sed,
y de visiones o espejismos acerca de aquello
que se fue y de lo que no vendrá,
ahora que desando el camino de los muertos
que hicieron de mi alma un nido,
y sus plumajes se muestran mientras los años pasan y nada adviene,
como no ser la barca de Caronte,
arrastrándome hacia el mito del ave
que yo temo en mis sueños, y que golpea a mi puerta
¿por qué señor? cuando congelado está todo,
cuando el cierzo va a caer sobre mí,
y las llamas van a consumir mi cuerpo, solitario, por qué señor;
negras las alas y el blanco plumaje
que cubre su graciosa silueta de garza
que espera el alba de los cielos, los huracanes y las lluvias,
los colores que no diría nadie,
todo-todo, letal como el volcán que en mis sueños
me insta a jamás despertar.
Quédate entre los muertos alma,
que muerta estás, muertas las alas
que levantó el deseo y entregó por instantes al veneno de Apolo,
quédate entre los muertos, me dices,
y en la ventana, negra-blanca,
como otro vampiro, el ave fabulosa que ha resistido los tiempos,
ella, esperando lo que quizá jamás sea sino el teatro de sombras
del cual estamos hechos, nosotros, marionetas,
que con la pasión del absoluto jugamos a desecar el mar,
cuando prevalecerán las aguas.
Cuando yo estuve aquí
Yo estuve aquí: esta fue mi alma,
mi altura, mi verdad, el vendaval, la tempestad en la
que zozobraron mis ansias,
¡ay! y el tumulto, las volcánicas lavas
que arrasaron todo lo vivo: el oro que sepultó tras sí todo lo índigo,
las ardorosas manos y los cielos caídos
como píos de la rama más alta, yo Calibos, yo Ariel, yo el Mago,
también estuve aquí, pero fue el otro, el otro,
que despertaba minuto tras minuto tras de las marejadas
que las auroras dejan tras de sí.
Yo el otro de mismo, el que ahora se vuelve sobre sí,
(paso de danza que no alcanza el presente, ni la sonrisa del querube),
pasado que retorna o círculo vicioso
que la visión perturba y torna todo púrpura,
la pasión ya agotada, pero viva en la muerte.
Ah niño mío, señor de los vientos del espíritu
y el aire que aún usurpas el no lugar (el no ha lugar),
de un pasado sometido al olvido
y sin embargo, pura visión angélica tras mis pasos que vuelven,
como la aparición o el sueño de encarnados espectros y dibuja,
en mis cansados labios, en el alma del alma, la sonrisa olvidada
entre cipreses y aguas más cálidas
y turbulentas que la muerte.
¿Seré hoy un espectro?
¿Será el adviento que un pasado sin torna,
prometido en los sueños?
Di tú, pequeño astro que turbas el ansia
que aún impulsan los signos que me traes y el idioma del muerto.

De Claroscuro
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Oscar Portela, a contramano de su angustia existencial, tiene el privilegio de poseer, en palabras de Yeats, una dulzura tal fluyendo del pecho que nos reímos de todo y todo lo que miramos está bendito Editora de Poéticas http://www.poeticas.com.ar/
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Ilustración : Siegfried Woldhek http://www.woldhek.nl/
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dimanche 25 février 2007

Mary Carmen SÁNCHEZ AMBRIZ -José Emilio PACHECO/ Dos poemas de W.H. AUDEN


Hay un enigma que se abre cuando dos poetas escriben el mismo poema en lenguas diferentes, cuando un poeta mayor es traducido por un poeta mayor. En conmemoración del centenario de W.H. Auden (1907-1973), el escritor rebelde del siglo XX, presentamos las versiones (originales, distintas) que José Emilio Pacheco hace de dos poemas escritos en 1939y 1970 por el autor de Gracias, niebla y Carta de Año Nuevo. Además, un ensayo sobre Auden y la idea del artista como artesano.
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Este mes, H.W. Longfellow (1807-1882), el poeta nacional de Estados Unidos, pilar del proyecto cultural del país que imaginaron Samuel Adams y Thomas Jefferson, celebra su bicentenario convertido en mero autor de dos o tres poemas patrióticos que se enseñan en la escuela primaria. Un texto de Juan Manuel Gómez.
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Tras los recientes intentos por minimizar la existencia del holocausto judío por parte del gobierno iraní, y la propuesta de ley que se negocia actualmente a instancias de la ONU en la que se prohíbe terminantemente negar el genocidio, Claudio Magris retoma el caso de Enric Marco para meditar sobre los alcances éticos de un tema que puede considerarse la gran herida del siglo XX.
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La inasible Elena Garro, polémica, contradictoria, genial es retratada aquí, desde su lado más íntimo, por Archibaldo Burns, quien revela algunos de los fuegos en los que se consumió la autora de Los recuerdos del porvenir.La entrevista forma parte de Yo, Elena Garro (Lumen, 2007), conjunto de entrevistas recopiladas por Carlos Landeros a lo largo de tres décadas.
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A propósito de la publicación de El vaquero más auténtico que existió (Ficticia, 2006), Marcial Fernández e Ignacio Trejo Fuentes entablan una conversación literaria, de editor a escritor, de noctívago a noctívago, que oscila alrededor de las obsesiones vitales del autor de Tu párvula boca y Crónicas romanas.
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La adaptación cinematográfica del best seller del escritor alemán Patrick Süskind, revestida de todos los elementos propios de una súper producción hollywoodense, parece ahogarse en sus pretensiones y, de paso, evidenciar las carencias de un libro que no ha envejecido nada bien. Rafael Muñoz Saldaña hace la crítica de El perfume.

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Hay un enigma que se abre cuando dos poetas escriben el mismo poema en lenguas diferentes, cuando un poeta mayor es traducido por un poeta mayor. En conmemoración del centenario de W.H. Auden (1907-1973), el escritor rebelde del siglo XX, presentamos las versiones (originales, distintas) que José Emilio Pacheco hace de dos poemas escritos en 1939 y 1970 por el autor de Gracias, niebla y Carta de Año Nuevo. Además, un ensayo sobre Auden y la idea del artista como artesano.

Dos poemas
por W.H. AUDEN
traducción de JOSÉ EMILIO PACHECO

Musée des Beaux-Arts
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Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros.
Y qué bien entendieron
Su función en el mundo.
Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.
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No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.
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Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.
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Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
—1939
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Asilo de ancianos
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Todos poseen un límite: cada uno
Tiene un matiz de daño muy distinto.
La élite
Es capaz de arreglarse por sí misma,
Caminar apoyada en un bastón,
Leer completo un libro, interpretar
Movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
Es el veneno del espíritu:
Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
Abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
Que soporta la tele
Y guiado por amables terapeutas
Canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
Palabras en el limbo, y al final
Los que ya son del todo incompetentes
Y como una parodia de las plantas
(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
Todos aparecieron cuando el mundo,
A pesar de sus males,
Era más habitable y más vistoso
Y los viejos tenían auditorio
Y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
Podía refugiarse con la abuela para ser consolado
Y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
Mas su generación es la primera
Que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
Como se arrumban fardos indeseables.
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Mientras voy en el Metro para estar
Media hora con una del asilo,
Recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
Y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
Un somnífero rápido, indoloro;
O bien para rogar, como ella ruega,
Que Dios o la naturaleza precipiten
Su función terrenal?
—1970
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La poética en rebeldía
por MARY CARMEN SÁNCHEZ AMBRIZ
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Cuando alguien le preguntaba a W.H. Auden cuál era su profesión, él de inmediato daba una respuesta que la mayoría de las veces congelaba la conversación de su interlocutor. “Soy historiador medieval”, decía. Y su argumento era que si se definía como poeta, recibiría miradas que querían decir: “Sí, pero de qué vives”. Por eso se mostraba orgulloso de que su pasaporte exhibiera a la vista de todos: “Profesión: gentilhombre”. Se consideraba un individuo feliz, afortunado porque desde la infancia fue testigo de cómo el arte y la ciencia se pueden conciliar.
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En La mano del teñidor (The Dyer’s Hand, 1948) confiesa que comenzó a escribir poesía porque una tarde de verano un amigo se lo sugirió. “La idea nunca me había pasado por la cabeza. Conocía escasos poemas (The English Hymnal, los Salmos, Struwwelpeter de Hoffman y las rimas mnemotécnicas del Manual abreviado Kennedy para el aprendizaje del latín son los únicos que recuerdo) y me interesaba poco por la llamada Literatura de Imaginación”. En ese entonces, a los 15 años de edad, sus libros de cabecera eran los cuentos de George MacDonald y Andersen, los relatos policiales con Sherlock Holmes, las novelas de Julio Verne, Lewis Carroll, Las minas del rey Salomón, de Haggard, y textos relacionados con el estudio de la geología. Así como Goethe se fascinaba por los distintos tipos de minerales —por sus aportaciones a esta ciencia la goethita lleva su nombre—, Auden dedicaba horas a documentarse sobre lo que consideraba “objetos sagrados”, como las piritas y un sinnúmero de minerales. Entre los 6 y los 12 años creció con la idea de que iba a convertirse en ingeniero de minas o geólogo. Se entretenía construyendo un mundo propio, sumamente elaborado, alimentado del paisaje calcáreo de la cuenca minera y de la industria de la explotación del plomo. “Más tarde me di cuenta de que en ese mundo habitado sólo por mí, ya estaba empezando a aprender cómo se escribe la poesía. La decisión final, en su momento, me pareció fortuita. Mirando atrás me doy cuenta de que el terreno ya estaba preparado”, describe el poeta en la que fue su última entrevista, publicada por Michael Newman en Paris Review.
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Auden es, en ocasiones, un poeta claro, y en otras hermético. Intentó trazar una poética de la razón; esto es, un poema, que sin perder la singularidad de la palabra lírica, se nutra de pensamiento y no se circunscriba a una simple descripción de hechos. Así es como deambula tanto en las disertaciones líricas como en el ensayo, en ambos casos predomina el sentido crítico, el humor socarrón, la indignación, el desasosiego y la incertidumbre ante el futuro de la conciencia humana.
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Si acaso una palabra define la obra de W.H. Auden, es rebeldía. De ahí pueden desprenderse una serie de epítetos que, invariablemente, se dirigirán hacia la forma anticonvencional que el poeta, ensayista y dramaturgo tenía de acercarse a cualquier manifestación artística. Virginia Woolf en uno de sus últimos ensayos, “La torre inclinada” (incluido en el volumen The Moment and Other Essays, 1947), lanza una crítica mordaz a los jóvenes escritores ingleses posteriores al grupo que ella pertenecía —encabeza la lista W.H. Auden, y le siguen Cecil Day Lewis, Rex Warner, William Empson y Stephen Spender, incluidos en la antología New Signatures (1933)—. Según Woolf, todos ellos tienen conciencia de estar en la cima de una torre, conscientes de su nacimiento burgués, de su costosa educación. ¡Y qué extraña resulta la vista desde lo alto de la misma; no justamente invertida sino oblicua! “De ahí la violencia de sus ataques contra la sociedad burguesa y al mismo tiempo su modo de no comprometerse a fondo: aprovechan de una sociedad que insultan. Y sin embargo se sienten obligados a predicar, si no con su vida, con sus escritos, la creación de una sociedad en la que todos son iguales y libres. Lo cual explica el tono pedagógico, didáctico, que domina en su poesía.” Mario Praz aplaude la visión de Woolf, y en La literatura inglesa. Del romanticismo al siglo XX (La letteratura inglese dai romantici al novecento, 1967) califica de “feliz metáfora” lo anteriormente descrito; no obstante, al fijar la mirada en el líder de aquella generación, intenta evitar el tono moralizante: “La brillante imaginación de Auden, humor satírico y apasionado, trascendían su identificación con una determinada posición política. Se convirtió en el portavoz de la conciencia turbada, ansiosa y desdeñosa de toda una época. Sus flechas apuntan contra la hipocresía de las emociones, la sentimentalidad y la pseudofilantropía burguesas”.
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De la indignación a la nostalgia
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Auden vivó en Berlín entre 1928 y 1929; también realizó viajes a China, Islandia y España. Sus poemarios Cartas de Islandia (Letters from Iceland, 1937), Viaje a una guerra (Journey to a War, 1939), “Spain” y Carta de Año Nuevo (New Year Letter, 1941), consignan su preocupación sobre la beligerancia y la inestabilidad política. Decidió irse de Europa antes de que iniciara la Segunda Guerra Mundial, y Nueva York se convirtió en su nuevo lugar de residencia; tal hecho fue interpretado como una traición a los ideales políticos que compartía con los escritores de su generación. De este modo, 1939 fue un año decisivo para Auden, quien nunca imaginó que su estancia en Nueva York, en compañía de su amigo Christopher Isherwood, iba a ser tan benéfica para su escritura.
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Consternado por la situación que se vivía en Londres, por estar lejos de su patria, la noche del 31 de diciembre de 1939 W.H. Auden comenzó a escribir su Carta de Año Nuevo, un largo poema que consta de 1,707 versos. Demuestra su pesar porque el discurso político ha fracasado y hace un llamado a la conciencia para evitar la catástrofe. La visión crítica impera en su disertación, así como la ironía, el desparpajo para abordar temas y hacerlos coincidir con frases clave que sustentan la arquitectura del poema. Entre los asuntos que aborda se encuentran el exilio, la guerra, la muerte, la incertidumbre y el destino de la civilización. Toma el modelo dantesco para hablar del infierno, el paraíso y el cielo.Así da la bienvenida el poeta a 1939: “Sometidos al peso sin clemencia/ del invierno, el Estado y la conciencia,/ en formación variable, compartiendo/ amor, lenguaje, soledad o miedo,/ hacia los hábitos del año entrante/ la guerra va fluyendo por las calles/ cantando o suspirando mientras pasa”. Dado que el amor ha quedado destruido, para Auden sólo queda odiar al odio mismo. Escribe: “El hombre más común de los comunes/ se vuelve el Leviatán que nos destruye;/ nuestro millón de actos personales,/ omisiones, creencias, vanidades”. Las referencias a Hobbes, Kierkegaard y Pope son una constante en el pensamiento de Auden.
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La traducción de Gabriel Insausti a la Carta de Año Nuevo (Pre-Textos. Madrid, 2006) se presenta como la más apegada a la propuesta lírica del autor. Insausti eligió transformar el octosílabo en endecasílabo, preferentemente sáfico o melódico. La Carta concluye con un decasílabo que quedó convertido en alejandrino. En el resto del poema se privilegia al verso libre.En esta Carta, Auden convoca de nueva cuenta a ese tono irónico que lo ha acompañado otras veces. La esencia del poemario resulta ser el desasosiego, la indignación ante el Holocausto; es un llamado a la conciencia del ser humano para indagar qué tan válidos son los argumentos que remiten a la destrucción. Auden terminó de escribir la Carta de Año Nuevo en abril de 1940. El libro está dedicado a su amiga Elizabeth Mayer, una refugiada alemana que residía con su familia en Long Island, con quien el poeta inglés se sentía identificado por tres motivos: el interés por la psicología, la música y por el parecido de Mayer con su madre. Auden la llama cariñosamente “mi más querida y más buena entre las hadas madrinas”. Fue una figura protectora en tiempos de incertidumbre.
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Carta de Año Nuevo es la antítesis de Gracias, niebla (Thank you, Fog, 1974). La primera es una reflexión de lo que acontece en Europa, un repaso de sus creencias y obsesiones. La segunda puede verse como un regreso a sus orígenes, un repaso de sus aprendizajes por la filosofía, la poesía y la narrativa; la niebla es la nostalgia por el paisaje invernal de Londres, el regreso a su país natal. “Finalmente, las escalofriantes cosas/ que hacían Hitler y Stalin/, me obligan a pensar en Dios.” Gracias, niebla se publicó un año después de su muerte. Auden ya había escrito el título, y la dedicatoria para Michael y Marny Yates con las siguientes líneas: “Ninguno de nosotros es tan joven/ como antes. ¿Y qué?/ La amistad no envejece”. Pero el poeta no alcanzó a terminarlo.
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“Los poemas de Auden pueden ser artefactos fascinantes o cachivaches estrafalarios, según el día. Pueden ser abstrusos o diáfanos. Pueden perderse por los laberintos del galimatías o seguir el camino recto de la evidencia reveladora”, escribe Felipe Fernández Reyes en el prólogo a la versión en castellano de ese libro póstumo.
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La fiesta del té
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Los ensayos de Auden abarcan diversos temas, desde la manera en que asimila el legado de autores como D.H. Lawrence, Marianne Moore, C.P. Cavafis, los entresijos de la novela policiaca, hasta la literatura griega, la cocina y la música. El ensayo en la literatura inglesa posee una antigua tradición que abarca desde Bacon, Dryden, Addison, Johnson, Coleridge, Lamb, Ruskin y autores más cercanos a Auden como Wilde, Chesterton y Stevenson. El interés del poeta inglés al frecuentar este género literario no radica en impartir conocimientos, tampoco en corregir las ideas de otros. El volumen La mano del teñidor no es el tratado de tufo académico en donde un literato se obstina en reforzar su imagen de buen lector. En “Hacer, conocer, juzgar”, parece que Auden lleva al hombro un carcaj lleno de flechas, y va soltando cada una en el momento preciso: es insistente, didáctico, claro y se muestra iracundo por la manera en que la crítica aborda a la poesía. Con dedicatoria para los poetas y, en especial a los críticos literarios, Auden plantea cuatro puntos básicos para que pueda confiar en el criterio de otra persona sobre cualquier asunto literario: “Quiero saber si le gustan —quiero decir si realmente le gustan, no si le parecen bien en principio— las siguientes cosas:
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1) Un largo listado de nombres propios como los que aparecen en las genealogías del Antiguo Testamento o en el catálogo de naves de la Ilíada.
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2) Los acertijos y otras formas de no llamar a las cosas por su nombre.
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3) Formas poéticas complicadas y con grandes dificultades técnicas, como las englyns, drott-kvaetts y sextinas, aun si su contenido es trivial.
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4) La deliberada exageración dramática, escenas barrocas como la bienvenida de Dryden a la Duquesa de Ormond”.
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Se puede abrevar de las recomendaciones, de forma pausada y así el lector hallará a un hombre preocupado por la función del poeta, por la manera en que se habla y se entiende la poesía. En homenaje a Lewis Carroll toma la imagen de la mesa de la fiesta de té del Sombrerero Loco, y así mira Auden lo que sucede en torno a la “república de las letras” inglesas que le tocó vivir: “La mesa se ha alargado, y ahora incluye miles de rostros nuevos, algunos encantadores, otros horribles. En un extremo están algunos que antes eran muy entretenidos y se convirtieron en embajadores del tedio o se quedaron dormidos; triste cambio que sufre todo invitado después de unos cuantos años. El tedio no necesariamente implica desaprobación; sigo pensando que Rilke es un gran poeta, pero ya no lo puedo leer”.
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Es precisamente en esta fiesta de “no cumpleaños” que el Sombrerero y la liebre se empeñan en celebrar, donde Auden contempla lo que podría llamarse la construcción del “no poema”. Como dice Auden, “no hay nada peor que un mal poema cuya intención sea ser grande”. Sin necesidad de recurrir a zigzagueos de la palabra para lanzar la flecha al sitio que quiere apuntar, diserta sobre la estrecha formación que percibe en los poetas, algunos de ellos invitados a tomar el té: “Atendiendo a su formación limitada, el poeta debe ser cauto y limitarse, al hablar de poesía, a temas generales donde una apreciación correcta pueda extrapolarse a varios casos y aplicarse a todos, o a algún tema específico que sólo demande la lectura intensiva de unas pocas obras. Puede aportar algo al hablar sobre bosques, inclusive al hablar sobre hojas, pero nunca cuando opina sobre árboles”. Fue Auden quien llamó a Tennyson “el más estúpido de los poetas ingleses”.
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¿Qué entiende Auden por poesía y qué le interesa descubrir? Primero, desea ver si en el poema hay una técnica y de qué manera funciona. Segundo, intenta responder a cinco preguntas: “¿Qué clase de persona habita en este poema?, ¿cuál es su idea de una buena vida o de un buen lugar?, ¿y su noción del Demonio?, ¿qué le oculta al lector? y ¿qué se oculta incluso a sí mismo?”. Un artista —para Auden—, alguien que merezca ese título, debe pensarse a sí mismo como un artesano, un hacedor, no como un genio inspirado.
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El pozo de Narciso
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Al margen de la moda y sus vaivenes, el poeta no lee para nadie, sólo para sí mismo. Auden intenta formarse una idea acerca del arte de escribir, de tener una opinión de un personaje o de escudriñar el clima espiritual de una época. Aquí se apela al ensayo concebido por Montaigne y, en cierto sentido, parafraseando al padre del ensayo, el autor podría exclamar: “Yo soy la materia de mi libro”.
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Respecto al empleo del Yo en el ensayo, Auden marca una línea —muy en su costumbre— y recuerda una frase de Pascal: “El Yo es siempre odioso.” En cierta forma, la mirada previsora de Auden alerta ante el uso indiscriminado de la primera persona, recurso que si no se emplea con cautela y de manera equilibrada, se corre el riesgo de caer en lo que precisamente critica Auden, la pedantería. Así lo advierte en el ensayo “El pozo de Narciso”: “El Yo que recuerda la condición anterior de un Sí Mismo ahora alterado, no puede creer que también él haya cambiado. Al Yo le gusta imaginarse como Zeus, quien podría asumir una apariencia corporal tras otra como cisne o toro sin dejar de ser Zeus”. Desde el punto de vista de Auden, en toda autobiografía hay dos personajes: un don Quijote —el Yo— y un Sancho Panza —el Sí Mismo—. Reconoce: “Es difícil encontrar un autorretrato honesto, ya que el hombre que ha alcanzado la autoconciencia implícita en el deseo de pintar su propio retrato, casi siempre desarrolla también una conciencia del Yo que lo pinta pintándose, e introduce luces y sombras dramáticas”.
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Entre monstruos
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Auden fue un profundo conocedor de música. En colaboración con Chester Kallman —su compañero sentimental de toda la vida— escribió el libreto para la ópera The Rake’s Progress, de Stravinsky. Es autor de una breve y notable biografía de Wagner, a quien entiende como “el más grande de los monstruos”, y también reconoce que hay un Wagner desconocido que fue modelo de orden, razón y civilización. “Soy consciente de hasta qué punto escuchar música me enseñó a organizar un poema, a lograr variedad y contraste gracias a los cambios de tono, de tiempo y de ritmo; pero no podría decir de qué manera”, señala.
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En contra de la voluntad de Verdi —quien había afirmado “jamás publicaré mis memorias. Está bien ya con que el mundo haya tenido que oír mi música. No, jamás los condenaré a leer mi prosa”—, Auden junto con Charles Osborne, publicó las cartas del músico. Éstas, sin embargo, no contienen ningún documento embarazoso —tal vez porque Verdi no escribió misivas de ese tipo—, o quizás porque Auden y Osborne resolvieron omitirlas. En el prólogo a la correspondencia, Auden comenta: “Al igual que como compositor, como ser humano Verdi mereció su buena suerte. En el caso de muchos grandes hombres, me parece suficiente el deleitarme con sus trabajos. Pocos me hacen desear el haberlos conocido; Verdi es uno de ellos”. Luego de leer su poesía y su poética, acaso podría decirse lo mismo respecto al propio Auden.
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Sánchez Ambriz. Periodista y ensayista. Su libro más reciente es Entre la pluma y la brújula (UAM, 2006).
Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx 22/02/2007 – Confabulario
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Axel PORRAS DE LOS RIOS/El El horrendo día en que Julie Brown conoció el amor


axel porras de los ríos axelporras@hotmail.com


El horrendo día en que Julie Brown conoció el amor

A Julie B. de Bachelard,
viuda de Lacan;
paisana de Zinedinne Zidanne.


Julie Brown atravesó el pescante del aeropuerto nacional lentamente, pese a que, en ella, no existía el cansancio. Caminó de forma pausada mirando a uno y otro lado y aunque sentía el ambiente cargado, lo que más le llamó la atención fue la premura de la gente que las caras asustadas de los cachacos.

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Seguramente tú pensaste, madame Julie, que este país de zonzos podía haber cambiado; pero rápidamente reconociste la cantaleta perenne de siempre: el odio revanchista de los cholos, la ambición facilista de los blancos, el temor anacrónico de los negros y por supuesto el rostro hipócrita, indescifrable, de los chinos y sus ojos jalados; todos ellos enredados en un tira y afloje centenario.
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Antes de abordar el taxi, Julie Brown dio un vistazo panorámico y aunque todo lo veía igual, sintió que algo estaba pasando.
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El taxi avanzó por Faucett, entró por Colón y si no te sentiste sola fue porque el recuerdo de un dolor añejo lo llevabas dentro.
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Cuando el taxista llegó a la plaza Dos de mayo no te detuviste a pensar en los niños y sus bolsas eternas de terocal, ni en los ambulantes desperdigados por el piso, sino que sentiste miedo ante el temblor cercano de los tanques del estado; entonces rebuscaste entre tus ropas y encontraste la tira de papel que te di antes que estiraras tus flacuchentas piernas por tu añorada Francia, y nos dejaras con este dolor del carajo mientras tú te divertías de lo lindo buscando supuestos fiambres de los dioses en medio de un sombrío bosque, con la ayuda privilegiada de tus chanchos.
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Julie Brown estiró la tira de papel y empezó a leer lo ya leído como intentando recordar algún suspiro:
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Cada cifra austera
al cinto
cada nota breve
al canto
todo
gesto tieso
en músculo
y otro poco
de locura
¡Armados!

Toda fibra
enclavada en llanto
cada arma
arropada
en
brazos
la tristeza de
los pobres ¡Fuego!
y la risa de morir
¡Luchando!

Idioto -seguro pensaste-, y un pequeño rubor iluminó tu ser desde la punta de tus blondos cabellos acabando atascado en las simas de tu bajo vientre. Era como si acabaras de hacer el amor. Idioto -pensaste-, y tus pupilas como un túnel en el tiempo parecieran evocar las charlas en la facultad de letras, las juergas franciscanas con licores de a sol, recuerdas las caminatas estoicas a la plaza de los toros, lo injusto, recuerdas los palos, los palos Julie; el vuelva usted mañana, el eterno quizá, pero sobre todo recuerdas la pinta que hicimos en las afueras del congreso, esta pinta que vienes antes que nosotros, primero a buscar.
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El taxista dobló por Abancay y tú, petit Julie, vibras en el asiento para luego desdoblar el arrugado papel y nuevamente leer:

Todo orden
enlodado arriba
cada bala de ternura
abajo
la
sonrisa desta amarga pena
y el tristeza constipada
¡Andando!

Cada pieza
de dolor ¡Afuera!
una pizca
de valor cargando
pues no hay amor más grande
en esta Tierra
que el morir por esta
lucha
¡Hermano!

Idioto -habías pensado-, pero al detenerte frente a la pinta que hicimos en el congreso, algo que creías perdido, lo encontraste allí, entonces el rubor entre tu vientre, como un rayo se vuelca entre tus sienes; merde -insulsa seguro mascullaste -.
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Julie Brown camina como perdida, casi como con cansancio, aunque en realidad tan sólo está confundida; repara en la calle y mira al vendedor de mallas para sacar el tizne que nunca deja de tiznar y lo compara con la gentuza del congreso. Recuerdas la cantaleta eterna, el ditirambo retórico, la ausencia, el blablablá demagogo, el nervio, los cabellos, el llanto arropado en codos, el cansancio, merde -seguro hablaste-, entonces evocas la primera reunión literario-política, la discusión, el desgano, el silencio... “los países se merecen los presidentes que tienen”; recordaste tus palabras y luego el resumen histórico de Eduardo sobre nuestros últimos gobernantes... “ése nos metió el dedo a la boca y le creímos, el otro nos metió el dedo al poto y nada dijimos; ahora nos lo sacan del fundillo, nos lo meten en la boca y hasta nos parece rico”.
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Idioto -reíste- y te estás fijando en las bandadas de gente gritando, en los caballos, en los soldados; pero ya te estás haciendo la muy gringa para salvarte de los palos; tú que atravesaste medio planeta para aprender a hablar este idioma y acabaste gritando como todos la impotencia y el desengaño, el desengaño triste Julie, el desengaño.
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Julie Brown corre decidida por Junín y pese a los balazos y la gente que te rodea, decides aminorar el paso, porque sientes dar vueltas tras tus pasos. Entonces aceleras tu andar y regresas con la mucha fuerza que llevas por dentro a la pinta que hicimos en las paredes del congreso; recuerdas la foto que nos tomó con ella Gonzalito, uno de los tantos niños que enseñaste a leer y hasta hablar; aunque nunca le quitaste la maña de andar escamoteando celulares, relojes, joyas y demás que el resto de chiquillos asustados con los que vivíamos en Barrios Altos andaban robando.
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Merde -habías mascullado-, y la impotencia cual hombre se forma en tu garganta y te sientes rara de sentir en tu delgado cuello una fea manzana; así, recuerdas las lecturas literarias, las ideas de luchas constantes; el querer, el tratar, el soñar, el mañana agresivo, el tal vez, el mañana quizá. Evocas nuestro viaje a Ayacucho, los cuerpos desperdigados por el piso; cuando un vahído te mueve desde tus bases y ¿qué es Julie, coléreux Julie, es un vahído o son los tanques, los gritos serán? Miras las zanjas abiertas frente al congreso levantadas con el barajo de remodelaciones planeadas hace años, miras los tanques del gobierno y los confundes con los rebeldes porque sabes que son los mismos; haces la finta de tomar fotos con tu cámara, pero ya estás mirando la foto que nos tomamos el día de la pinta frente tuyo y la comparas tan realista con el momento; mas ya un nuevo vahído te está doblegando y no sabes si es el pasado porque otra vez estás mirando las fosas con gente asesinada, pero son las zanjas hechas por el gobierno para frenar los tanques, las zanjas y no las horrendas fosas Julie. Ahora estás riendo porque uno de los tirapalos de la guardia montada a caído en una zanja con todo y caballo y grita resbalándose con su sangre, chapaleando en ella asustado; la sangre Julie, ésa que sorprendidos miramos y como Tomás no creímos que allí estuviese, pese al tiempo, hasta tocarla. La sangre en la casona de Barrios Altos, “el cuartel”, como le llamábamos, y ya vas a sacarle una foto al tirapalos que como un niño está llorando, cuando un disparo cercano a tus botas de alpinista en el tiempo te ha frenado y del vahído has despertado.
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Julie Brown había volteado, mirando con odio al francotirador que desde una azotea le está apuntando, cuelga la cámara de su delgado hombro, y cuando dispone avanzar, una ráfaga caliente le demarca el camino, entonces siente que en estas tierras todo está delineado, nada cambia, todo está pensado; camina a cortos pasos, pese a que, en ella, no existe el cansancio, mas luego de unas cuadras, un olor nauseabundo la despierta de sus pesares, y así, recuerda al taxista... sí señorita, hace unos diítas nomás una tira de guanacos vino a gritonear con todo y sus animales, y sus ollas, y se plantaron junto a los serranos que estaban tirando sus frutas malogradas, las papas heladas que no crecen jamás, los tomates arrugados como pasas, las cebollas agrias. Tooodo señorita, y se chantaron tres días a fregar la pita y dejaron todo sucio y apestando la muy tira de serranos... Entonces recuerdas la imagen de la campesina apretando una fruta podrida entre sus manos, llorando de impotencia en la pantalla de tu televisor mágico; porque a partir de esa imagen decidiste volver para ayudarnos.
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Ah solidary Julie, nuevamente corres pese a que te han amenazado y otra vez estás frente a la pinta que hicimos ese día en el congreso, mirándolo desde tu gran altura como una gran plasta oficial y si no te amilanas ante la nueva ráfaga amenazante, es porque quieres ver las moscas, las miles de moscas Julie, la podredumbre en los recovecos, en las esquinas; recuerdas un cuento mío donde el pueblo acaba bañado por las aguas residuales de una planta de tratamiento volada a bombazos, las moscas Julie, y la mierda, sí, en todo lado; y tu impotencia, y la de Bryan Yactayo, el hombre niñín que quiso ser famoso cuando ideó hacer la pinta en el congreso, you owe it to me, ok, de nada, su idea, sus ojos en llama viva, pero ya una última ráfaga estás sintiendo que te advierte o adrede a fallado; y si no sales de ese muladar corriendo es porque en medio de tus ropas algo estás buscando, y te sientes colérica; y te sientes triste, porque entre tus manos tienes un pedazo del muro de Berlín que con rabia ya has lanzado.
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LAS BOMBAS LACRIMÓGENAS CAEN COMO GOTAS DE LLUVIA, LOS RELINCHOS SE CONFUNDEN CON LA GRITERÍA DE LA GENTE, LOS DISPAROS REBELDES SE ENTREMEZCLAN CON EL SONIDO DE MONEDAS QUE ALGUIEN ESTÁ GANANDO EN UN CASINO CERCANO, EL TAXISTA QUE TRAJO A JULIE TRANQUILO VE LA MATANZA POR LA TV. MIENTRAS AL LADO DE SU MUJER ESTÁ ALMORZANDO; ALGUIEN LLORA A SU MUERTO DE FORMA APURADA, UNA SEÑORA CAE TOCADA POR LA GRACIA DEL GOBIERNO, EL CASCO DE UN CABALLO SE ATASCA EN EL TÓRAX DE QUIEN YA NO ES, UN TANQUE REBELDE REVIENTA EL CRÁNEO DE UN JOVEN MUERTO, EN EL CONGRESO LAS REINAS DE BELLEZA VAN Y VIENEN CON BIZCOTELAS Y TAZAS DE NEGRO CAFÉ, COMO EN UNA ALEGRE PASARELA, SOLVENTADAS POR EL CURRÍCULUN OFICIAL DE SUS FESTONEADAS MINIFALDAS, ALGUIEN MALDICE y tú Julie Brown sólo piensas en él, en encontrarlo a él y su cálido amor, te abrazas a ti misma mientras te diriges “al cuartel” para encontrarnos, entonces apuras el paso y confundida crees reconocerlo por sus ropas entre los jóvenes encapuchados que los cachacos del gobierno llevan amarrados y temes por nosotros, por Rita y Claudia, por Bryan, pero sobre todo por él y sus ojos angustiados, su alegría al sabernos parte de la lista negra de enemigos del estado; mas, cuando mejor le evocas, un fogonazo aterrador te desconcentra y al voltear ves cómo una de las paredes del congreso se está derrumbando, entonces los miras salir con sus trajes de funeraria, el tropel de asistentes de todo y para todo tras ellos; observas cómo se caen, pelean, y hasta ves algunos morir en medio del cambalache de los escombros, porque como locos se desviven por atrapar los billetes y billetes de dólares camuflados entre las paredes del gran símbolo del estado.
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Julie Brown mira desconsolada los berrinches de los congresistas ante su premura por capturar los dólares empolvados y si no sentiste cólera fue porque estabas segura que ya nos habían arrestado, entonces decides apurar el paso pues por todo lado las tropas de asalto interceptan personas para llevarlas a un futuro paseíto por los hornos oficiales del estado, cotejándolas con una lista de premiados entre las manos.
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Seguramente tú pensaste que estábamos refundidos en alguna prisión, gritando frente a la pinta que hicimos en el congreso o planeando la forma de alentar la revolución; es por ello que te diriges “al cuartel” en Barrios Altos, y piensas que si no nos encuentras en breve, volverías tras tus pasos a buscarnos a la bendita pinta que hicimos en las afueras del congreso como si se tratase de un vulgar estadio.
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Ah romantique Julie, ya estás nuevamente pensando en él e imaginas la reacción que tendría cuando te viera, y recuerdas mi acusadora pregunta, tu valor al romper la prohibición de relacionarnos entre nosotros “lo que pasa es que me propuso un amor realista sin tantas martingalas” -evocas tu respuesta-; y hasta sufres un tanto pues él te dijo que primero estaba su patria, su lucha; y pese a esto le amaste y pese a todo aún lo amas.
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Julie Brown está a una cuadra de la casona en Barrios Altos, y piensa en los miles de poemas, pinturas, pancartas ingeniosas y reportajes acusadores que la gente de nuestro grupo seguramente a creado; suspira de emoción y sientes que las balas están cerca y estás o te haces la muy seria con tu cámara colgante y tu vestimenta de reportera; entonces calculas el peso del grupo lleno de futuros escritores, pintores, poetas, grandes soñadores. Tan sólo en ese momento te das cuenta que Eduardo es el único inculto, pero sabes de su fuerza, de sus cabellos hirsutos, de su olor, mas siempre de su fuerza. Evocas las discusiones sobre su acartonada figura con la madre; el intercambio de recetas retóricas ante la cantaleta de la cocinadera; que le picas una cebollita, unos ajitos, le picas unas papitas en cuadraditos, lo mezclas todo con ají coloradito, un poco de pimientita, una pizquita de cominito... y toda la vaina melifluuela de las doñas de estás tierras que cuando hablan de cualquier chanfaina cocinera se enternecen con la misma porque saben del sufrir para conseguir servirla decentemente en una mesa. Mientras tú te esforzabas en decirle que nuestras comidas eran de locos y primates, pues nos comíamos lo que para ti eran simples mascotas, de puro hambre Julie, pese a que en tu tierra se divierten culinariamente de lo lindo lastrándose de hongos variopintos, y engullendo gusarapos babosientos y arrastrados que bien recuerdan la pelotera de este gobierno bendito.
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Idioto -habrías pues pensado-, y si no te saturaste con los cañonazos de guerra o las bombas plañideras, sí lo hiciste al tener en cuenta las camándulas de gente corriendo desde Barrios Altos con sus bacinicas de plástico como cascos de soldados.
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Julie Brown caminó despacio, pese a que, en ella, no existía el cansancio, un nuevo taxi deja atrás, entonces corre ya cercana a la casona que es como un templo al dolor y agitada dispone continuar, cuando petrificada en medio del salón de la matanza, que no se mantenía a oscuras jamás, distingue cientos de ojos temblorosos que la observaban.
Ah la vida Julie, traumatisé Julie, la jodida vida y sus vainas; no sentiste sin duda temor, más bien un dolor humano se atravesó como espina entre tu vientre, entonces no sólo viste a todos los que educaste, sino a los que nunca se llegaron a educar, los niños, los miles de niños y niñas de estas tierras: Arnulfo, el niño que murió de un machetazo a los setenta abriles; Cándida, la niña que murió por aguaitar a ver quién carajos estaba disparando afuera, matando a sus padres, sus tíos, sus primos, sus vecinos, y hasta a los jodidos de sus padrinos. Luego viste a toda la marabunta de niños de la Sierra llevando entre sus manos las balas que les quitaron su niñez, las putas balas Julie, cargando de a cuatro o de a cinco las bombas; la única gran diferencia que en ellos descubrías eran los ojos teñidos del verde abusivo de la lacra del maldito ejército o los ojos rojos del dolor, de los jijunas del m.r.t.a. y sendero. Ahí mismo les viste a todos y si no te desmayaste ante este nuevo vahído fue porque en medio de las cortinas en tus ojos descubriste que no eran mil o un millón, sino los seis chiquillos que madrugaban a corretear los buses de transporte para dar la lata a gente de piedra, con la cantaleta eterna de señores pasajeros, damas y caballeros el niño que aquí les habla es un niño huérfano.
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Julie Brown se acercó temblorosa a cada uno de ellos y los abraza con su gran amor y fatalista premura, porque dentro de su pecho siente que algo malo está o ha pasado. Pregunta por sus compinches de cientos de luchas entre griterías, palos y pancartas desafiantes, pero los niños no conocen nada más que el susto acalambrado por generaciones entre sus cuerpos flacos.
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Ah méditatif Julie, seguro tú pensaste que al atravesar esa puerta nos verías planeando la gran vaina revolucionaria, nos verías escribiendo demoledoras proclamas, discursos desafiantes, motivadores poemas; pero sólo viste una tira de borrachos agobiados por sus tufaradas de alcohol barato, navegando en el cieno de sus ensueños vagos, rodeados por tres ridículas pancartas y papelería mentecata con seudo-poemas delirantes llenos de signos atrofiados, todos ellos inacabados.
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Ah Julie, petrified Julie, si no te desmayaste ante este nuevo vahído fue porque sentiste dentro de tu alma la matraca ecuménica de esta patria al desbande; entonces despotricaste en cachetadones a diestra y siniestra, mas sólo obtuviste borbotones de palabrotas cocinadas en la adelantada y vespertina juerga desbocada.
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Julie Brown miró de soslayo e imaginó los gritos, hurras, los vivas delirantes de la víspera fantasiosa y los identificó con el recuerdo que tenía de los miembros del grupo. Así, descubrió que tenía razón, que se había dejado llevar por una bola de mensos soñadores que nunca llegaban a soñar en realidad, y cuando se disponía absorta a llorar largo y tendido, sintió un feroz ronquido que llegaba desde el baño. Entonces caminaste apurada, esquivando los cuerpos apestosos regados por los suelos y los comparaste con los cuerpos inertes que vimos en Ayacucho, para rápidamente darte cuenta que éstos estaban mil veces más muertos que los que en verdad estaban muertos.
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Seguro tú pensaste, méchant Julie, que Eduardo se encontraba al lado de una morena brava en medio de una gran modorra encandilada y con afanes de faquir, enroscados en el apretado baño. Con todo, una flaca alegría mantenía en vilo tu enamorada alma. Y sí, no era él, él no podía; volviste la mirada para el oloroso cuarto y te percataste que allí, en ese estanco, él no estaba.
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Nuevamente Julie Brown se haya corriendo en pos de la pinta que en las afueras del congreso, un día hicimos, y corre o camina apurada, porque, en ella, el cansancio no existe o ha existido; LOS TANQUES AVANZAN DEJANDO UN REGUERO DE DOLOR TRAS SUS PASOS DE DINOSAURIO AMABLE, JÓVENES REBELDES SE VUELCAN A LAS CALLES CON SUS PANCARTAS, ALGUIEN SUSPIRA ENAMORADO PORQUE ACABA DE TENER RELACIONES CON SU AMANTE, UNA BALA DE TRISTEZA CAE EN LA PIERNA DE UN MENDIGO QUE PASABA POR AHÍ A VER SI ERA VERDAD ESO DE QUE EN EL CONGRESO LLOVÍAN BILLETES, EL CONGRESISTA QUE LE VIO COGIENDO UN DÓLAR HUYE DE LA ESCENA CON SU PISTOLA TODAVÍA HUMEANTE Y EL BILLETE ENTRE LAS MANOS, EN PALACIO DE GOBIERNO LA FAMILIA PRESIDENCIAL A PUNTA DE TELEFONAZOS INTENTA CERRAR SUBREPTICIAS LICITACIONES EN TANTO ESPERAN AL PRESIDENTE PORQUE QUIEREN OÍR SU VOZ SONORA, CUANDO LO QUE TODO EL MUNDO QUIERE ES QUE LLEGUE A LA HORA; EL DISPARO DEL ÚLTIMO TANQUE REBELDE ATRAVIESA LA TARDE COMO UNA ESTRELLA FUGAZ, Y AL VERLA, NUESTRO PRESIDENTE PIDE QUE LE CREAN LA PROMESA UTÓPICA DE DINEROS QUE NO SE VERÁN JAMÁS, UN CANDIDATO AMBICIOSO ENTRECRUZA LOS DEDOS PORQUE LE TRANSMITAN EN UN CANAL SU ORATORIA EMBAUCADORA, EN TANTO TROTA DESBOCADO EN UN OSCURO Y ENGOMADO CUARTO, EN ORIENTE UN ANCIANO HEREJE SE SOLAZA EN EL DOLOR AJENO PORQUE SE SABE LEJOS Y NO ENTIENDE CÓMO TANTO DESTROZO PUEDE SALIR TAN BIEN HECHO SIN HABER MOVIDO UN DEDO, EN UN CASERÓN RESGUARDADO TRES MUJERES DE NARICES RESPINGADAS OPINAN SOBRE UNA PINTURA SIN SABER DE QUÉ TRATA, MIENTRAS, SUS MARIDOS DESCONECTAN SUS TELÉFONOS PARA CONECTARLOS LUEGO LUEGO CUANDO SE ENTEREN QUIÉN ES EL NUEVO MANDA MÁS EN EL GOBIERNO. Y tú, Eduardo, tú sólo piensas en esta tu lucha; y no piensas en nosotros, ni en Julie con su preciosa carga, entonces arremetes con fuerza y atraviesas el cordón policial con tu palo y sus trapos de colores agitados como bandera, mientras aprietas entre la mano derecha una resbalosa piedra.
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Julie Brown se apega agitada a una pared cercana al congreso y pese al constante polvo se detiene a respirar; retoma la carrera entre convulsiones cortas y en medio de las pancartas de colegiales sangrantes y en medio del jaleo y las balas abundantes, te detienes en seco, pues estás segura de haberlo visto. Sin duda alguna es él, él con su pantalón raído, una especie de bandera y blandiendo entre sus toscas manos una amenazante piedra. Ah Julie, suffoqué Julie, seguramente tú creíste que te escucharía en medio de tanta jarana, pero no pensaste en las balas, en las bombas, en los muertos Julie. Un nuevo vahído mayor que los anteriores te ha derribado y desde el suelo ves gente vestida de rojo ataviada con sombrerotes como en el recuerdo de algún viejo circo que se acercan y ya te está cargando.
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Julie Brown lucha desesperada por hacerse escuchar y en el primer descuido de los bomberos se arranca la mascarilla para bien respirar, porque un rugido salido desde sus entrañas le impulsa a gritar con acalorada euforia. Sin duda tú pensaste désespéré Julie, que alguien mirándote en tu estado, entendería que el hombre adorado estaba a media cuadra exponiendo su vida, y que debían dejarte correr hasta su lado para hacerle ver el regalo de tu vientre cual divisa a cuidar, en el derrotero del destino de ambos; empero, los forcejeos nuevos en que te encuentras han dado frutos y ya te sientes cerca de su sudor arrebatado y sus labios resecos pero bien amados. Julie Brown camina a pequeños pasos, cargando su barriga pese a que, en ella, no existe el cansancio, y, cuando más cerca se encuentra de Eduardo, una horrenda bomba se interpone entre sus pasos; entonces lo ve caer, y aunque está sangrando, le miras avanzar apurado, embravecido por sus bravatas de justiciero enamorado; mas, ya te encuentras gritando e imploras ayuda por su hijo que llevas dentro, porque ves la impotencia del sufrir ajeno, UNA MADRE ENCUENTRA A SU HIJA, INCRÉDULA DE VERLE CON SU TRAJE DE COLEGIALA GRITANDO Y EN MEDIO DE SU ABRAZO PROTECTOR SE VE LEJOS DE ESA ESCENA CAMINANDO, RODEADA DE MILES DE PERSONAS; ENTONCES VOLTEA PARA VERSE BAJO UNA PARED EN DOS QUEBRADA BAÑADA EN POLVO Y LLANTO... ALGUIEN GRITA LA IMPOTENCIA JULIE, ALGUIEN GRITA EL HARTAZGO, EL TEDIO, EL ASCO, ALGUIEN LLORA DESCONSOLADO Y NO ENTIENDE QUE LOS OTROS NO ENTIENDEN QUE NOS ESTAMOS CANSANDO, y tú Julie, tú le ves a lo lejos, cayendo tras un arbitrario balazo; estiras tus manos sangrantes, desesperada porque en medio de tus gritos sientes que tu cuerpo en unas aguas diáfanas, tibias, está flotando; así, clamas junto con él tu dolor a lo lejos y gritas y maldices para que sí, qué se pare, qué no se rinda; pues él nunca se rendía; pero tristemente le ves caer nuevamente derrotado mientras de enardecida cólera está llorando.
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Tú también lloras courageux Julie, mas en medio de tu dolor, una sombra extraña, cristalina, alegre, se asoma por tu alma y nuevamente ves a esa gente de rojo que está limpiándote el polvo y sudor, pues acabas de traer al mundo un enjuto niño, que con presteza ya han puesto entre tus endebles brazos. Le miras con ternura y reprimes el llanto de tristeza al verle bañado en sangre como su padre, en tanto éste entreabre desesperado los ojos, porque cree escuchar tu voz, para luego agradecer al cielo por brindarle un recuerdo parecido al de una mujer que un buen día lo amó, pues está seguro que no se trata de ella; voltea y lee la pinta que hicimos ese día en las afueras del congreso: “las putas al poder, sus hijos fallaron”; Julie Brown en tanto se retuerce de dolor por los suelos, mientras escucha la voz de una joven bombero diciéndole que no se rinda, que sea fuerte, que luche por su hijo; y cuando dispone dejarse vencer por la tristeza, un grito agigantado la remueve desde sus entrañas porque reconoce la voz de Eduardo, su último suspiro embadurnado en rabia y dolor, y con toda la fuerza de su alma se incorpora para caminar un tanto acongojada, aunque sólo un tanto, pues sabe que nunca estará cansada, ya que en este horrendo día, conoció el amor.
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Ricardo Loebell/ La primera generación X



Los Diez: La primera generación X
Por Ricardo Loebell

En la segunda década del siglo veinte, un grupo de artistas trajo nuevos aires a la cultura nacional. Con humor, talento y afán lúdico, intentaron renovar la concepción de la literatura y las artes en general, superando el costumbrismo, la pintura de paisajes y la poesía sentimental. Pedro prado y julio bertrand tuvieron un rol clave en el origen y evolución de este movimiento.

Al mismo tiempo que Huidobro sentaba las bases del Creacionismo y mucho antes que los experimentos de las vanguardias históricas europeas aterrizaran en Chile de la mano de Juan Emar y los poetas de la Mandrágora, un grupo de intelectuales chilenos formó una cofradía que se llamó a sí misma Los Diez. Pintores, escultores, escritores, músicos, arquitectos y otros profesionales se integraron como "décimos", a partir de su afinidad en el intento de "cruzar" y complementar las disciplinas artísticas. En la lista de sus integrantes, muchos más que diez, figuraban Pedro Prado (arquitecto y escritor); Armando Donoso (crítico literario y periodista); Manuel Magallanes Moure (escritor y pintor); Juan Francisco González (pintor); Alfonso Leng (músico); Acario Cotapos (músico); Eduardo Barrios (escritor y dramaturgo); Julio Ortiz de Zárate (pintor); Augusto Thomson (d'Halmar) (escritor y crítico de arte); Alberto Ried (escritor y escultor); Alberto García Guerrero (músico); Ernesto A. Guzmán (escritor) y Julio Bertrand Vidal (arquitecto y pintor).
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Sus actos colectivos se desarrollaron en conferencias, libros, revistas y exposiciones, la primera de las cuales se inauguró en el Salón de El Mercurio, el 19 de junio de 1916.
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La cifra "X" se vincula con el cruce interdisciplinario y alude también a la incógnita aceptada por sus integrantes, al perfilarse la agrupación en una atmósfera de humor enigmático, poético, que incluyó, borgeanamente, la edición de libros apócrifos, como Fragmentos (1921), 'traducción directa del persa' del imaginario poeta afgano Karez-I-Roshan, cuya foto correspondía, en realidad, a la de un viejo que vendía pollos.
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Pedro Prado inauguró el grupo el 2 de julio de 1916, con un trabajo-manifiesto que leyó en la Biblioteca Nacional, en la Primera Velada de Los Diez. Se titulaba "Somera iniciación al Jelsé", y en esa ocasión expresó que "no era ni secta, ni institución, ni sociedad lo que ellos formaban. Carecían de disposiciones establecidas y no pretendían otra cosa que cultivar el arte con una libertad natural".
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Teóricamente, el "Hermano Mayor" debía ser su jefe, pero jamás se lo designó, y todos podían creerse que lo eran. Esta actitud irónica que siempre mantuvieron parodiaba la estructura de poder y la forma en que estaba organizada la sociedad de la época. No hay que olvidar que en el telón de fondo combatían las potencias mundiales en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuyos efectos se reflejaban en el enfoque económico de la explotación salitrera y la dramática transformación de la ciudad de Santiago.
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Su ideario estético, que se desprende del libro oculto 'Jelsé' (palabra que, como Dadá, no significa nada), dispensaba de cualquier reivindicación trascendente, aunque algunos de sus miembros sí las sostuvieran. Según Prado, era requisito imprescindible para pertenecer a Los Diez estar convencidos de que ellos no encarnaban la esperanza del mundo, pero, al mismo tiempo, debían estar alerta a todo aquel que tuviera esa esperanza, para poder gozar juntos, con gran pesadumbre, de los continuos engaños.
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Los hermanos fundadores
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Fue, precisamente, el caso de uno de los impulsores del grupo, Julio Bertrand Vidal (Iquique, 1888), quien recibió su formación en la Ecole Spéciale d'Architecture de París, titulándose de arquitecto en 1910. Bertrand recorre Italia, Suiza, Alemania y Austria - donde se detiene ante el movimiento de Secesión, iniciado en Viena- y plasma con mucha sensibilidad escenas de las ciudades cuyas imágenes se aprecian en el material fotográfico que - junto a los cuadernos de apuntes, bocetos y dibujos- , trajo a su regreso a Chile en 1911, editado por Ezio Mosciatti (2004) en La mirada recobrada. Fotografías, 1905-1918. En ellas se percibe la forma como organiza su mirada, desde muy temprana edad, a través del lente de la cámara, en referencia a la noción estética de la arquitectura que luego plantearía Pedro Prado en su capital "Ensayo sobre la arquitectura y la poesía", escrito en 1912. Allí la arquitectura viene siendo "compendio minúsculo del mundo hecho por ojos humanos. Así considerada, en las ruinas se puede leer, como en los libros, las vidas de los pueblos desaparecidos. En la arquitectura hay expresión humana con aire de eternidad". Como verdadero artista y auténtico poeta, Prado sabe que cualquier arista o insignificante esquirla nos hablan del universo inabarcable, porque en la diminuta presencia habita la gran noticia de lo viviente.
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Bertrand comienza en Santiago a trabajar con su primo Emilio Jequier, cuyo prestigio viene de grandes proyectos, como la Estación Mapocho y el Museo Nacional de Bellas Artes. En 1914 se asocia con Pedro Prado. Dice éste que en aquella época, en momentos que pasaba por una aguda crisis económica, comenzó a trabajar con Bertrand, sin dejar por ello de escribir. Bertrand lo ve, a la vez que urgido económicamente, tan lleno de ardor y tan alegre, que le pregunta si existen en Santiago otras personas que posean una idiosincrasia semejante. Prado sonríe y trata de hacer un recuento. "Quizás buscando, habría otras diez personas más", le dice. Bertrand afirma que le gustaría conocerlas. En su oficina de arquitectura se realizan las primeras reuniones de Los Diez. Él traza los planos para una de las torres que Pedro Prado impulsa en un terreno costero de Las Cruces, pero la edificación queda sólo en proyecto. Dentro de las obras construidas, destaca el Palacio Bruna, diseñado originalmente por Bertrand y terminado por Prado en 1921. Bertrand también dejó su impronta en los nueve capiteles de las columnas románicas del patio principal que hay en la antigua casa de Los Diez, ubicada en Santa Rosa con Tarapacá, único vestigio material que persiste de aquel grupo.
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Revistas que hicieron época
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Los Diez iniciaron su trabajo como editores en 1916. La intención era publicar una serie de doce volúmenes al año, dedicados, alternativamente, cinco a una revista, cuatro a una biblioteca de obras literarias, dos a pintores chilenos y uno a la música, escultura y arquitectura. El grupo se propuso con su revista "ser un refugio contra el rudo mercantilismo de nuestra prensa diaria y de nuestras revistas semanales, de las cuales se habían visto obligados a excluirse nuestros mejores artistas, e intentaron - según el prospecto que circuló en una de sus veladas- reproducir las mejores obras del arte chileno, con un riguroso espíritu de selección". Desde la aparición de la revista, en septiembre de 1916, con un tiraje de 1.350 ejemplares, estos principios se extienden desde una muestra de la producción artística nacional a un panorama cultural de artistas hispanoamericanos y europeos. En la primera edición, Armando Donoso aborda la corriente lírica alemana contemporánea, situada entre el naturalismo y el modernismo. El aporte de Los Diez se caracterizaba por su espíritu filosófico y una visión penetrante y personal que debía abarcar todos los conceptos del mundo. Se manifestaba también en la admiración por la belleza, la preocupación por lo chileno, americano y universal, y en el deseo de remontarse a las fuentes puras de las humanidades.
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Pese a la recepción altamente favorable de la revista, sólo alcanzaron a publicarse cuatro números, con un total de 362 páginas, junto a varias láminas dedicadas a reproducciones de partituras musicales, grabados, cuadros y esculturas. Aparte de las creaciones de sus integrantes, la revista publicó textos de autores como Carlos Mondaca, José Domingo Gómez Rojas, Ángel Cruchaga Santa María, Daniel de la Vega, Amanda Labarca, Amado Nervo, Gabriela Mistral, Manuel Rojas y Juan Guzmán Cruchaga. Además se editaron ocho libros (ver recuadro).
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En agosto de 1917 se anuncia la conclusión del proyecto. Inmediatamente nace la Revista de Artes y Letras - "sucesora de Los Diez", como rezaba el subtítulo- , dirigida por Fernando Santiván y Miguel Luis Rocuant. Desgraciadamente, corrió la misma suerte de su antecesora: duró apenas un año, desapareciendo en agosto de 1918.
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Con su final y la muerte de Bertrand, en noviembre de 1918, el grupo comienza a disolverse. Los números que se conservan de ambas revistas son el mejor testimonio de las tendencias intelectuales y estéticas de una época fundamental de la cultura chilena. Los Diez como proyecto histórico-cultural dejaron un legado patrimonial en la arquitectura, la literatura y las artes que, a juicio de muchos, recién empieza a valorarse en su justa dimensión.
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EDICIONES DE LOS DIEZ
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N.o 1 Septiembre 1916 I de la Revista
N.o 2 Octubre 1916. "Venidos a menos", de Rafael Maluenda.
N.o 3 Noviembre 1916 II de la Revista
N.o 4 Diciembre 1916. "La hechizada", de Fernando Santiván.
N.o 5 Enero 1917 III de la Revista
N.o 6 Febrero 1917. "Días de campo", de Federico Gana.
N.o 7 Marzo 1917. "Pequeña antología de poetas chilenos contemporáneos"
N.o 8 Abril 1917 IV de la Revista
N.o 9 Mayo 1917. "Músicos chilenos"
N.o 10 Junio 1917. "Motivos de Proteo" (selección y homenaje), de José Enrique Rodó.
N.o 11 Julio 1917. "Cuentos de autores chilenos contemporáneos"
N.o 12 agosto 1917. "Pobrecitas", de Armando Moock.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 25/02/2007

SILSH/Sutura


Porteña enamorada de Buenos Aires y del Río de la Plata, que desde los cuatro años juega a armar palabras. Incansable "laburante" que quiere seguir resistiendo en su complicado país y que alimenta su costado sensible a través de la escritura para poder vivir y darle sonido a su voz interior. Adicta al "pucho" y al "mate" además de ser una apasionada por la lectura y la música que, de curiosa, se recibió de Lic. en Publicidad dejando inconcluso su antiguo amor por la bioquímica.Ha publicado su libro de poemas "Descalza y con sombrero" (Letramundi-Argentina) en el 2004..


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SUTURA

Escondida
detrás de un alfiler
devana los recuerdos.

Se escapa suave
el níquel de sus ojos.

Desenhebra quietud
en un enredo de domingo
y cae
por las paredes del dedal
su frío contrariado.

Brusca locura
retroceder al bies
cuando la toman por sorpresa.

Sutura de la tarde
que ciñe
puntillosa
al nudo en donde asoman
sus hilachas.


© Silsh
(Silvia Spinazzola)
-Argentina-

Ilustracion: JJ.FEZ http://www.jjfez.com/deutsch/pag%204%20lapiz.htm

Matías RIVAS/Escritos excéntricos


Crítica de libros
Escritos excéntricos
Por Matías RIVAS

Los escritos misceláneos de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) reunidos en el volumen Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos) se leen con tanta facilidad que da lo mismo estar o no interesado en los temas e ideas que aborda. La destreza de Chesterton como prosista hace que sus textos sean hipnotizantes por su desenvoltura en la exposición de sus consideraciones y por la abundancia de ejemplos simples y precisos que prodiga para sostener sus argumentos. Aunque nunca se sabe qué quiere decir Chesterton de manera definitiva respecto al tema que aborda, no importa.
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Chesterton entendió el género ensayístico de manera similar a Montaigne. Al comienzo del volumen describe en un largo párrafo ejemplar lo que considera al respecto: "En realidad uno no escribe un ensayo. Lo que hace es ensayar un ensayo. Y el resultado es que, aunque haya muchos ensayos famosos, afortunadamente no hay ningún ensayo modélico". Es decir, el ensayo contiene el discurrir de la mente en torno a un tópico. En ese sentido, es poco relevante el tema que se aborda, ya que las infinitas digresiones lo transmutan, y aquello que perdura en último término son las opiniones, paradojas y comparaciones que se desprenden del objeto al cual apunta el autor.
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Durante su vida Chesterton fue un personaje categórico y controvertido. Tuvo tantos detractores como lectores fieles. Fue católico y conservador, pero libre en su manera de asumir estas visiones de la existencia. Nunca fue convencional, ni creyó en dogmatismos de ninguna especie. Estos rasgos se notan en sus ensayos de manera más definitiva que en su ficción, ya que se explaya sobre sus obsesiones, fobias y dudas sin pudor. Entre las fobias habría que señalar su desprecio por los ricos, las guerras y los fanáticos. Sus obsesiones están relacionadas con los desperfectos metafísicos de la vida cotidiana. En sus escritos, asimismo, aparecen sus inclinaciones literarias, como la obra de William Shakespeare y la de Robert Browning, la figura y los libros del doctor Johnson, la novela policial como perspectiva narrativa, los cuentos de hadas y la época medieval.
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Chesterton fue un periodista entusiasta a lo largo de su vida. Y fue en los espacios que otorgan los diarios y revistas donde desarrolló el género ensayístico. Muchos de estos textos poseen un tono mordaz. Chesterton huye de los énfasis y de la redacción remilgada. Aunque era un lector voraz y erudito, practicó la falsa modestia con exquisitez. No se permitió ni la menor sombra de pedantería ni de soberbia en sus juicios. Es difícil encontrar citas en sus artículos, salvo aquellas pocas que le sirven como ilustración de sus reflexiones.
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¿Qué se le puede criticar entonces a esta antología de ensayos de Chesterton?
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A los artículos mismos, nada se le puede objetar. Pero a la selección de éstos, sí. El libro es muy grueso para ser sólo una muestra parcial de la labor ensayística de Chesterton. Faltan textos sobre literatura y sus célebres críticas a la sociedad inglesa y a la guerra de los Boers. Sobran, en cambio, extensas páginas dedicadas a sus viajes, que perfectamente podrían constituir otro libro. No hay índice onomástico, ni notas registrando dónde fueron publicados los ensayos por primera vez.
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La traducción también deja que desear. Se encuentran más de algunas frases disonantes, que no son propias de un prosista diestro como Chesterton. Pero estos inconvenientes son minúsculos al lado del genio envolvente de este autor. Este conjunto de ensayos es, al fin de cuentas, un grueso libro repleto de frases brillantes, pasajes divertidos y cavilaciones asombrosas.
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Ensayo - «Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos)» de Gilbert Keith Chesterton.Acantilado, Barcelona, 2006, 632 páginas, $27.900.
Articulo:
http://diario.elmercurio.com 25/02/2007

Adriana GOÑI GODOY/ Mujeres, Militancia y Exilio



Adriana Goñi Godoy adrianagoni@tie.cl
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MUJERES, MILITANCIA Y EXILIO.
Historia de Vida
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Carmen Castillo
LA DICTADURA CONVIRTIO A CHILE EN PAIS DE AMNESIA GENERAL
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Dos mujeres que han vivido –que viven– el exilio como una condición permanente: nadie en verdad puede regresar, algunos no pueden engañarse con la idea del regreso, autoconvencerse que el regreso significa encontrar lo que se ha tenido que dejar, charlan.
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La escritora y cineasta chilena exilada en Francia, madre de 4 hijos, uno de los cuales murió. Fue militante del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). El 5 de octubre de 1974 –por delación de Marcia Merino "la flaca Alejandra", militante que se convirtió en agente de la policía política (DINA) de Pinochet– cae la casa donde vivía clandestina junto a su compañero Miguel Enríquez, máximo dirigente del MIR).
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Ximena Bedregal*
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Miguel y otros militantes son asesinados, Carmen, embarazada, cae presa y es torturada. Como consecuencia de las torturas, el hijo de ambos muere poco después de nacido.
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Es autora de dos libros: Un día de octubre en Santiago y Punto de fuga, así como de varias películas sobre Chile y México. La más conocida (ha sido transmitida en México por canal 11) es La flaca Alejandra, donde esta mujer confiesa su participación como delatora e integrante de la DINA. La película fue premiada en 1994 con la FIPA d'or y en 1995 con la Nestor Almendros Award.
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–Carmen, además de hablar de tu obra y tus éxitos como cineasta, quiero poner un tema que, aunque todavía afecta a decenas de miles de chilenas/os, en estas democracias que son una desgracia, es uno de los no temas: El exilio, en especial el exilio como mujeres.
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"Somos dos mujeres de la misma generación, ambas feministas, ambas chilenas exiladas por la dictadura de Pinochet, y ambas somos "no retornadas", otro elemento más a integrar en nuestras identidades.
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"Insistiendo en sacar al exilio de los temas del olvido, empiezo diciendo qué es para mí el exilio y preguntándote a ti qué ha sido en tu vida.
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"Para mí el exilio es la imposición violenta de un abismo en la integridad de nuestras referencias. En ninguna parte, ni aquí, ni allá, me leo completa. En cada lugar me falta un pedazo de mí, en cada lugar hay una parte inefable, e incaptable por las/los demás. Y ese abismo es irreparable, no es posible rellenarlo, la única solución es construir algún puente que te permita cruzar de un lado al otro con el menor dolor".
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–Siento como tú que es un dolor insalvable, un quiebre que te obliga a un estado de extranjera donde estés. La dictadura es la gran máquina del olvido y con el exilio te tratan de imponer una amnesia, una no lectura de nuestro Chile, una no lectura de ti misma completa. Y esto o se trabaja o una se muere y no son palabras, muchas mujeres murieron de mil maneras, de autodestrucción consciente o no.
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"Beatriz Allende denuncia al exilio con su suicidio en el 76, otras –ante la imposibilidad de concebir otra cosa más que el retorno– vuelven, sin condiciones, a la clandestinidad, a la muerte.
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"Frente a la máquina del olvido, junto a construir nuevas posibilidades de existencia cotidiana tuvimos que trabajar la memoria, los recuerdos porque si estos se vuelven estáticos, si se hacen obsesión y nostalgia se transforman en algo parecido al olvido porque mata y si nos mataba, era el torturador el que había ganado. Tuvimos que hacer que el recuerdo fuera algo humano, aferrarlo a la vida. Fabricar y refabricar la culpa de sobrevivir te mete fácilmente en un verdadero culto a la muerte. Aquellos que ya no estaban, aquello que ya no existía, tenía que intervenir en mi presente no como una fotografía estática sino como una experiencia que me enseña a visualizar lo otro, al otro.
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"Y esto no es fácil porque el exilio endurece tus memorias, la necesidad de aferrarte te hace sectaria, dogmática".
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–Las memorias y el olvido, temas centrales en nuestras vidas y temas centrales en el Chile de hoy.
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–Si, el olvido se construye tanto cuando una memoria se fija hasta hacerse estática como cuando se borra. Yo he tenido que trabajar mucho mis memorias. El libro Un día de octubre en Santiago fue fundamental en mi trabajo con la memoria, mi pelea contra una memoria rígida que podía quedarse pegada, porque buscaba responderme ¿a través de que afectos y que encuentros se puede seguir viviendo y no darle el gusto al torturador?
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"Es el primer relato de lo que sucedió ese cinco de octubre de 1974 cuando cae la casa en que vivíamos clandestinos y asesinan a Miguel Enríquez. Con estos apuntes y la pregunta a muchos exilados ¿dónde estabas tú ese día?, más el testimonio de una sobreviviente del centro de tortura de la calle José Domingo Cañas, voy reconstruyendo(me) la mecánica del torturador y de la sobreviviente. Mientras trabajaba, en Francia, en una tienda para ganarme la vida, fui escribiendo y escribiendo en un cuaderno y luego, esa materia viva de recuerdos, se convirtió en el libro.
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–¿Y qué te pasa cuando vas a Chile, cuando ves ese país que ya es otro, cuando ves el desafecto a "los retornados" y las bromas sobre "el exilio dorado" y tu no retorno, cuando te dicen "la francesita" como a mi "la mexicanita", además así, en diminutivo?
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–Ya no tengo problema en decir "aquí no puedo vivir", yo que he sobrevivido gracias al trabajo de la memoria, no puedo vivir en un país de la amnesia general. Soy chilena, de esas chilenas de la ruptura que produjo la dictadura. Tengo derecho a pensar y actuar como esa chilena aunque no esté viviendo en Chile.
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"Afuera puedo seguir trabajando las memorias, las mías y las de ese país y lo hago porque hay otros que me dan la posibilidad de hacerlo con mis documentales. Mientras más hablemos y digamos lo que pasó y lo que pasa ahora, más podremos librarnos de los traumas y construir otra democracia.
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"Como ciudadana del mundo lo miro todo con mis experiencias de chilena, porque el exilio me llevó a entender el mundo como un territorio que nos concierne a todas/os, me voy sintiendo ciudadana del mundo sin dejar de ser chilena, lo que sucede en el mundo me concierne y tengo el derecho y la necesidad de pensarlo, opinar, intervenir. Esta es una de las líneas de vida que pude sacar del dolor del exilio".
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–Las mujeres en la cultura patriarcal vivimos de por si una especie de exilio de nosotras mismas, somos "lo otro", sin memoria, sin historia, sin genealogía propia en una cultura hecha por y para otros. Los viajes son simbólicamente –y prácticamente hasta hace pocas décadas– asunto de hombres que les permite volver con mas autoridad, experiencia, enriquecidos por la aventura. Ellos tienen permiso social para romper y traspasar fronteras mientras la mujer espera en su lugar manteniendo el origen de ellos, el lugar a donde pueden volver.
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"Las que salimos exiliadas, castigadas por nuestra propia posición o detrás del marido, conocimos el feminismo afuera, o sea contactamos con los instrumentos para entendernos y para integrar la fragmentación de nuestras existencias cuando ya no podíamos contactar con nuestros orígenes concretos, con muchos de esos fragmentos. En este sentido siento que el exilio obliga a las mujeres a dobles o triples procesos y la carga con dobles o triples ausencias".
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–Yo creo que el exilio fue más doloroso para nosotras, un sentimiento de retroceso hasta que nos encontramos con el feminismo.
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"Fueron mujeres las que a mi me ayudaron a encontrar una nueva manera de recordar, de vivir y pensar que no la teníamos antes. En ese sentido, su experiencia se ligó a mi historia. En los trabajos que he hecho posteriormente me doy cuenta que las mujeres procesamos dolores muy profundos que los hombres no logran contactar o expresar, por ejemplo durante el documental sobre la flaca Alejandra, me di cuenta que las mujeres encontraban las palabras del dolor para relacionar sus vivencias con su condición de mujer, la experiencia del exilio e incluso como se insertaron antes.
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"Por algo pongo en mis trabajos a las mujeres, también entrevisto a hombres pero no los pongo por que al editar los veo más abstractos, en mis películas son mujeres las que hacen la reflexión de los campos de concentración, del exilio. Ya en el exilio también veo una gran diferencia de vivir las relaciones.
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"Esa historia y reflexión nuestra hace falta también en Chile; cuando voy a Chile y presento mis trabajos veo la necesidad de la juventud de conocer esa otra parte de la historia, el cómo éramos, cómo vivíamos, qué sentíamos y allá mis trabajos circulan casi únicamente de mano en mano".
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–La forma en que militábamos en los partidos ha sido reflexionada por el feminismo, también el modo específico en que se empleó la violencia de los torturadores hacia las mujeres. Lo que creo que no ha sido suficientemente reflexionado es el exilio de las mujeres como tal.
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–La violencia ha sido relatada, sí, pero no se si tanto la militancia. Yo he hablado mucho con mujeres ex combatientes chilenas, argentinas y uruguayas sobre, por ejemplo, nuestra relación con las armas. ¿era un símbolo de poder, una prolongación fálica o había en nuestro modo de tenerlas y usarlas algo particular? El feminismo nos obligó a reflexionar cosas como estas.
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–¿Y cual es la conclusión?
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–Yo no quiero idealizar porque la mujer torturadora fue la más cruel, desde el sin poder cuando accede al poder es peor que el hombre, pero también vimos que muchas de nosotras no vivíamos las armas como un símbolo de poder, nos relacionábamos con ellas como con algo indispensable para vivir, las despreciábamos como poder en sí... No eran un juguete para sentirnos poderosas.
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–Tu perteneces a una línea paterna de conocidos políticos chilenos y fuiste la compañera del máximo dirigente del MIR, que muere como se entiende un héroe: traicionado, combatiendo contra los esbirros de la dictadura. ¿Qué peso ha tenido esto en tu ser mujer?
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–Tuve un rechazo corporal a convertirme en la viuda de un héroe, primero porque mi relación con Miguel fue una historia de amor que nunca determinó mi rol social. Si la muerte no me había aplastado no podía permitir que me aplastara el amor.
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"A la militancia no me llevo un hombre sino el sentirme viva, por lo tanto mi plenitud para vivir, para combatir la muerte que traía como experiencia, no podía estar en relación a la imagen de un hombre aunque lo amara. Esto lo logré gracias al apoyo y la mirada de otras mujeres que me ayudaron a combatir al aparato, a la institución que te obliga a someterte a un cierto rol; mujeres que me decían "no te instales en algo que no eres tú" y eso fue muy difícil pero cuando dije "no", nadie pudo obligarme a más nada".
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–Tu eres fundamentalmente cineasta y has contado cómo tu trabajo te ayudo a procesar los dolores del exilio, pero ¿por qué elegiste el cine, qué tiene el cine que te resultó mejor instrumento de creación y de auto re-creación?
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–Primero porque le tengo un respeto paralizante a la escritura. Sólo he logrado escribir y publicar cuando ya no podía más, cuando ponerle palabras a los hechos era algo vital para superar el miedo. Ya te conté como escribí Un día de octubre en Santiago y luego el otro libro, Punto de fuga sale de lo que me produce mi primer retorno a Chile en el 87, la angustia de no reconocer nada, un relato sincero sobre lo que es enfrentar el desfase entre exilio y regreso en sólo 15 días que fue el tiempo del permiso de estadía que me dio la dictadura.
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"Lo de la Flaca Alejandra, era también un tema obsesivo para mí, por eso empiezo escribiendo, pero de pronto me doy cuenta que quiero filmar, con la escritura ya no podía mostrar lo que necesitaba, requería otros lenguajes. Me lancé con la inconsciencia de quien no sabe, pero a partir de ahí se creó un núcleo de complicidad entre mi creación y el cine.
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"La escritura requiere de una forma de soledad que no puedo. Es fácil quedarse pegada en el pasado, como una foto fija, y para quienes tenemos que mover el pasado y necesitamos una memoria en movimiento, del devenir –si no, te hundes, te aplastas– hay que poner la foto fija en movimiento para que te ayude a vivir. Hay que ponerle al relato más lenguajes, todos los que hablan dentro tuyo para seguir viviendo, para inventar, para seguir luchando".
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–En este sentido ¿qué te pasó cuando hiciste el documental de la flaca Alejandra?
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–Llegué a hacer esa película después de un enorme trabajo con la memoria, en el pensamiento y en la emoción. Yo logro llegar con una emoción neutra, tratando que no salgan confusiones de culpabilidades ni perdones, con el objetivo de que el espectador decidiera.
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"Lo que ambas teníamos en común era la relación con la muerte y yo vengo a escuchar la otra parte de esa relación, vengo a tratar de que hable de su relación con el torturador; yo ya había trabajado mucho la situación de la tortura y sabía que en ese momento podía estar junto a ella sin juzgarla.
"Nos juntamos para hacer un trabajo y luego ella siguió su vida y yo la mía. Aunque logré mantener ese estado durante la edición, porque sabía bien lo que quería hacer, en ese período surgieron cosas fuertes, por ejemplo vuelve la muerte de mi niño, el duelo de mi hijo lo comencé durante ese trabajo. Nuevamente tuve el apoyo de quienes me decían "no te quedes pegada, vamos a seguirle mirando y trabajando".
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"Después vino la polémica que despertó la película, lo que me gusta porque significa que hace pensar, hablar, recordar y tomar posición sobre hechos hasta ahora mudos; pero últimamente –en el contexto del juicio a Pinochet– la volví a ver y me conmocionó mucho, fue fuerte, muy fuerte para mi".
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–Tu trabajo cinematográfico es fundamentalmente sobre y en Chile.
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–Sí, ya no puedo estar en Chile sólo por estar; no puedo ir sin un proyecto mío. Es como que para sentirme bien allá necesito estar releyendo, retrabajando a ese mi país. Mis trabajos son fundamentales para contactar con Chile, para estar allá.
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–Ultimamente has hecho películas sobre México.
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–Hice La verdadera leyenda del subcomandante Marcos porque pretendo que no surja una caricatura de lo que fuimos, me interesa mucho este nuevo invento de radicalidad del zapatismo que no se la dan las armas sino lo no negociable, aunque fue bien importante que estuvieran armados al comienzo.
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"También acabo de terminar El bolero, una educación amorosa, un viaje totalmente personal al bolero, a la música y a mis amigas de México, es mi bolero mexicano, esta tierra de la amistad, este territorio para mí, femenino.
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–¿Nuevos proyectos?
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–Tenemos un proyecto con Patricio Guzmán –el cineasta chileno– sobre Chile a partir del juicio a Pinochet, una reflexión sobre toda esta época. Son dos tipos de documentales. El haría el gran documental sobre el proceso, la jurisprudencia, la legislación etc. y yo haría un documental en tono menor donde trabajo con y sobre tres mujeres.
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–¿por qué sería "en tono menor"?
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– Bueno, porque no serían los grandes análisis, sino lo humano de la experimentación, la experiencia.
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–¿No será al revés, tu harías el tono mayor y él el marco para comprender eso?
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C.C. Bueno... tal vez tienes razón.
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* Periodista y escritora. El reportaje, originalmente publicado en La Jornada de México, se complementa con mayor información. Se lo encuentra aquí.


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