dimanche 9 septembre 2007

Pedro Pablo GUERRERO/ Los años de Manuel Rojas junto a Julianne Clark



Y NUNCA TE HE DE OLVIDAR...
Memorias de Julianne Clark: Los años de Manuel Rojas junto a Julianne Clark
Por Pedro Pablo GUERRERO

En los próximos días Catalonia publicará el libro escrito por la tercera mujer del escritor chileno, a quien conoció cuando era una estudiante en la Universidad de Washington, Seattle, y tenía 47 años menos que él. La autora ofrece importantes revelaciones sobre la vida personal de Rojas y sus numerosas amistades.

Nunca termina de sorprender el aporte de la mirada "gringa" a la caracterización de la idiosincrasia nacional. Esas luces y sombras que sólo nos pueden descubrir los viajeros del hemisferio norte, sobre todo mujeres, como Mary Graham o, más recientemente, la sueca Sun Axelsson, con esa distancia cultural que les permite captar reveladoras fotografías de nuestros hombres públicos, artistas y escritores, inmersos en una realidad traspasada de contradicciones y matices.

Y nunca te he de olvidar... Memorias de mi vida con Manuel Rojas, de la norteamericana Julianne Clark, es por sobre todo un libro de recuerdos personales, la historia de un amor contada con sencillez, franqueza, humor y ribetes melodramáticos, pero también una crónica de época que retrata los años finales del escritor chileno, una de las fases menos exploradas de su vida, que coincide con un momento de profundas transformaciones y conflictos en nuestra sociedad.

Hace unos años, impulsada por una conversación con Miguel Littin, Julianne Clark decidió escribir un libro sobre su vida junto a Manuel Rojas. Lo conoció en septiembre de 1961, cuando el escritor chileno era profesor visitante de castellano y literatura en la Universidad de Washington, en Seattle. Rojas estaba casado con Valerie López Edwards, pero no tardó en enamorarse de Julianne o "La liebre", como llamaba a su alumna, 47 años menor que él. La cortejó con palabras cariñosas, insinuaciones infantiles, paseos, cartas y un beso a mansalva. Ella no podía creerlo, pero tampoco hizo nada por evitarlo. Un día que se quedaron a solas, Valerie encaró a Julianne, prohibiéndole encontrarse de nuevo con su marido. Cuando Rojas se enteró de esto, su reacción fue decidida: le dijo que no pensaba dejar de ver a la joven. "Ella optó por irse. Él le dio la mitad del dinero que tenía y la casa en Santiago", cuenta Julianne. Fue duro para todos. Junto a su segunda esposa, el escritor había pasado los últimos veinte años, después de enviudar, en 1936, de María Baeza, la madre de sus tres hijos: María Eugenia, María Paz y Patricio.

El camino quedaba despejado para su nueva relación, pero las cosas no serían tan fáciles. En junio del 62, Manuel Rojas se fue a Los Angeles para hacer clases en la Universidad de California. Julianne lo siguió poco después. Vivían juntos, en secreto, pues ella era menor de edad según la legislación de la época, que fijaba la mayoría a los 21. Tuvieron incluso un pequeño incidente con la policía, enviada por el padre de la joven para averiguar lo que pasaba. Conscientes de su precaria situación, le pidieron a Enrique Lafourcade, entonces profesor visitante en la Universidad de California en Davis, que les diera una coartada. La respuesta fue decepcionante, recuerda Clark en su libro.

La desigual pareja decidió viajar a México para casarse. Lo hicieron en Ciudad Juárez, gracias a un expeditivo abogado que le proporcionó un documento de divorcio a Rojas y les facilitó los trámites para el sencillo matrimonio oficiado por un juez civil del estado de Chihuahua. En un Austin del año 57 comprado en Estados Unidos, los recién casados siguieron rumbo a Ciudad de México. Allí los ayudó a ubicarse Augusto Monterroso, un viejo amigo de Rojas, al que había conocido cuando vivió en Chile. Pocos saben que durante esos meses en el D. F. los mayores ingresos de Manuel Rojas provinieron de sus trabajos para la televisión. El productor chileno Valentín Pimstein, director de Televi-Centro y amigo de Emilio Azcárraga, contrató a su compatriota para adaptar obras literarias a la pantalla chica.

"Nuestra vida cotidiana en D.F. era una aventura", escribe Julianne Clark, evocando las juergas junto a grandes amigos como Tito Monterroso, Mario Monteforte y sus respectivas esposas. Allá conoció además a Claudio Giaconi: "Lo que más recuerdo de Claudio, aparte de cierta sugerencia de vulnerabilidad que proyectaba, es la extraordinaria cantidad de azúcar que le echaba a su café". Los viajes del matrimonio Rojas-Clark quedarían registrados en el libro de Manuel Rojas, Pasé por México un día (1965), que confirma el profundo cariño del autor por el país donde vivió diez meses.

Regresaron a Estados Unidos después de que Julianne cumplió 21 años. En California los acogió Fernando Alegría ("el padrino de todos los chilenos que pasaban por allá"), quien apoyó a Manuel Rojas para encontrarle un trabajo de profesor en la Universidad de Oregon, donde terminó de escribir su novela Sombras contra el muro. En este viaje, Manuel Rojas conoció a su suegro, un periodista alcohólico que tomó las cosas lo mejor que pudo, orgulloso, después de todo, de tener como yerno a un escritor de renombre. A pesar de las muestras de afecto, años más tarde desheredó a su hija. La madre, en cambio, siempre la apoyó.


El regreso a Chile

Después de tres años de ausencia, en junio del 64 Manuel Rojas decidió que había llegado la hora de volver a Chile. Pasaron a despedirse de sus amigos en Ciudad de México y siguieron camino a Centroamérica por la peligrosa carretera panamericana. Alcanzaron a llegar en auto hasta San Salvador, donde tomaron un avión que los trajo a Santiago.

En el aeropuerto Los Cerrillos los recibió José Santos González Vera. "¡Trompifay! ¡Trompifay!", le gritaba a Rojas, llamándolo por el sobrenombre que había tomado de un personaje alto y bruto de las películas de Chaplin. "A Manolo le cargaba que le dijera así, pero quería tanto a González Vera que le perdonaba todo", anota Julianne.

"Yo me encariñé mucho con González Vera. Siempre me tomaba de la mano y, con una dulce sonrisa cómplice, me depositaba una mentita en la palma. Como era lógico venía a vernos muy seguido, pues él y Manolo eran amigos desde hacía casi seis décadas. Por un lado estaba Manolo, grande, pensativo, reservado, más bien callado, mientras que, por el otro, estaba González Vera, tan fino, diminuto y locuaz. Los unía una amistad de todos esos años en que se habían casado y habían visto nacer y crecer sus hijos. Además de su experiencia familiar, compartían un sentido del humor irónico, un inmenso cariño, la pasión por las letras y una postura política que no permitía claudicaciones.

Cuando se murió González Vera, Manolo se desmoronó por completo y lloró larguísimo rato a gritos. Nunca lo había visto tan afectado".

Al llegar, Rojas y su esposa se instalaron por un tiempo en la casa de María Eugenia Rojas y su marido, Fernando Ortiz, cerca de avenida Grecia con Macul. Julianne había cumplido 22 años en junio de 1964, y ya tenía tres "nietos" de 15, 12 y 5 años. Se llevaba muy bien con ellos, así como con los hijos de sus nuevas amistades. "Mis primeros meses en Chile se caracterizaron por una larga serie de fiestas de los amigos y conocidos de Manolo que competían entre sí por celebrar su regreso a la patria". El grupo abarcaba tanto a contemporáneos de su marido -Enrique Espinoza y Mauricio Amster, entre otros-, como a generaciones más jóvenes: Jaime Valdivieso y su esposa, Mercedes, también escritora; Francisco Coloane y Eliana, "su adusta mujer"; la "simpática y rediabla" María Elena Gertner y su marido, Pepe Zañartu.

Hubo visitas a Neruda en Isla Negra y una "inolvidable" comida en casa de Pablo de Rokha, donde Julianne prueba por "primera y única vez" en su vida un caldo de cabeza. Compadecido, Fernando Alegría le ayuda comiéndose un ojo.
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En las casas pareadas de Julio y Santiago, los hermanos de Fernando Alegría que vivían cerca del Estadio Nacional, Manuel y Julianne pasan los mejores momentos de su extenuante vida social. "La señora de Julio, Saruca, tocaba el piano con muchísima destreza y picardía, al que se le agregaban guitarras, una trompeta, panderetas, o cualquier otro instrumento que estuviera a mano. En los asados, a los que invitaban a tantos, bailábamos, tomábamos por damajuanas, cantábamos; en fin, con ellos vi lo más alegre y positivo de la chilenidad".

Pero la atractiva esposa de Manuel Rojas no tarda en conocer el reverso de la medalla: "No era nuevo que alguno de los hombres que circulaban a nuestro alrededor de repente se pusiera medio lanzado conmigo. Siempre me disgustaba mucho, pues a los que lo hacían los hallaba, más que canallas, unos hipócritas porque fingían ser amigos de Manuel, mientras, por ejemplo, trataban de correrme mano debajo de una mesa o atracarme en un pasillo o rincón. Probablemente pensaban que sus avances iban a ser bien recibidos por una mujer joven cuyo marido tenía casi medio siglo más que ella. De hecho, yo tenía a mi lado al hombre que amaba, y nuestra vida de pareja era muy armoniosa".

Temiendo la reacción de su marido, Julianne prefería no hablarle de estos acosos. "Únicamente le conté cuando una vez Braulio Arenas me propuso que tuviéramos un hijo. Manolo se rió mucho cuando se enteró por mí misma que le respondí que sólo podría ser en caso de que adoptáramos uno".


Manuel Rojas y la política

La postura política de Julianne Clark por esa época era la misma de su marido. Un año después de llegar a Chile, los invitaron a Sewell. Manuel Rojas dio una charla donde dijo "sin referirse a ninguna entidad en particular y sin ánimo de ofender, que el capital foráneo se apoderaba de los recursos naturales chilenos". Julianne, por su parte, se negó a cantar el himno de Estados Unidos cuando se lo pidieron los niños de la escuela local. Le chocó ver la bandera norteamericana en territorio chileno. Al día siguiente, los anfitriones los mandaron de regreso a Santiago sin dejarlos visitar la mina.

"En la esfera política, de acuerdo con los principios de Manolo -que yo compartía-, por supuesto que andábamos haciendo causa común con Salvador Allende. Recién llegada a Chile participé en una marcha de mujeres allendistas, y salió publicada en El Siglo una foto de esa marcha, donde yo figuraba en primera plana, con la cual se supone que los de mi embajada pudieron iniciar mi ficha. Fuera de ver a Allende en su casa, asistíamos también a los actos del partido y a otros para señalar nuestra adhesión".

Rojas le confesó a su esposa que había sido militante del Partido Socialista por una semana, "hasta que se anunció la candidatura de González Videla, 'movida' supuestamente destinada a ensanchar las bases, pero que causó que Manolo devolviera su tarjeta y se retirara".

En Santiago, Julianne colabora en Punto Final con traducciones de artículos tomados de la prensa izquierdista norteamericana. Uno de ellos es tan radical, que provoca la réplica de Jorge Insunza, director de El Siglo, quien acusa a su autor (John Gerassi) de ser agente de la CIA.

Las divisiones al interior de la izquierda entre fidelistas y pro soviéticos no impiden que Manuel Rojas -junto a su esposa, por supuesto- visite tanto Cuba como la URSS. En 1966, Rojas participa como observador en la Conferencia Tricontinental de La Habana y es jurado de novela del Premio Casa de las Américas. El mismo año viaja a la Unión Soviética para cobrar sus derechos de autor y reunirse con escritores rusos. Por esa época nace su gran amistad con Mario Benedetti, a quien Rojas le pide interceder para ser invitado por segunda vez al Premio Casa de las Américas en 1971. Su admiración por Cuba lo impulsa a escribir una novela sobre ese país que queda inconclusa.

El cáncer impidió que el escritor fuera testigo de la caída de Allende y, probablemente, víctima de las persecuciones que siguieron, como manifiesta Julianne Clark en su libro.


La maternidad

"¿Qué más puede pedir un hombre que ocho años de dicha?", le dijo Manuel Rojas a una amiga en referencia al tiempo que vivió junto a Julianne Clark. Ocho años que llegaron a su fin cuando ambos comprendieron que, por más que se quisieran, había cosas que nunca podrían conseguir. El deseo de Julianne de tener un hijo fue socavando el matrimonio hasta hacerlo insostenible.

"Manolo y yo conversamos y decidimos que yo me iría a vivir aparte. Necesitábamos dar ese paso. Un día me preguntó hasta qué punto lo que me ocurría se relacionaba con la falta de un hijo. Le dije que me parecía que eso constituía una gran parte del problema mío. Fue entonces que me dijo que si yo quería, podría quedarme embarazada 'por ahí', con otro, y que él criaría al hijo como si fuera de él. ¡Nadie en la vida jamás volvería a quererme tanto como para ofrecerme algo así! En realidad, deben existir poquísimos hombres en el mundo capaces de amar en forma tan generosa, con semejante magnanimidad. En ese momento me pareció que sería un monstruoso egocentrismo de mi parte aceptar lo que me ofrecía. Lo que me pasaba por la cabeza era lo copuchentos y desalmados que pueden ser los chilenos de la capa social en que nos movíamos. Pensaba en cómo lo iban a pelar, los comentarios que harían de cómo su mujer le había puesto los cuernos. Desde ese día me he preguntado un millón de veces cuán distinto habría resultado todo de haberle dicho que sí, de haberles hecho una soberana tapa a las malas lenguas".

Finalmente, Julianne se va de la casa y conoce a otro hombre por el que se siente atraída. En el libro, oculta su identidad. "Baste decir que era un hombre que vivía solo y empezamos a vernos. Un par de meses después, quedé embarazada". Ambos deciden tener el hijo. Julianne no le cuenta nada a Manuel Rojas, pero le comunica su decisión de volver a Seattle. Mantienen contacto por correo. En una carta le confiesa que está embarazada. Rojas le responde el 8 de enero de 1971, día de su cumpleños 75: "Tu noticia de que estás esperando un hijo me llenó de sorpresa, presumo que te lo llevaste de aquí, es decir, es un hijo que tendrás por la libre, un hijo que no tendrá padre, de otro modo no te habrías ido, ¿no es cierto?...".

A pesar de su molestia inicial, el narrador le sigue escribiendo a Julianne, pide noticias suyas y le envía libros y artículos de prensa que ella necesita para su tesis. A mediados de 1972 la salud de Rojas comienza a deteriorarse. Las noticias que llegan son alarmantes. En diciembre, Julianne resuelve viajar a Chile con el niño, llamado Christopher Emanuel, nombre que trasluce un inesperado acento cristiano y un inequívoco homenaje a su ex marido. Las hijas del escritor intentan disuadirla de venir, pero ella quiere verlo a toda costa. La recibe en su casa una gran amiga: Alicia Risopatrón. El país está en crisis. Apenas logra conseguir alimento para su hijo. La familia del escritor le manifiesta sus aprensiones sobre los efectos que un encuentro puede causar a su debilitada salud, pero finalmente accede bajo ciertas condiciones que Julianne considera humillantes.

Durante la primera visita, Rojas no puede controlar la tos y se impacienta, pues "no toleraba verse disminuido". Julianne le toma la mano para tranquilizarlo. Él le pregunta por su hijo y le pide que se lo lleve en su próxima visita. Al día siguiente, "Manolo lo miró con mucha ternura y le tomó la carita entre sus enormes manos y le dio un beso, gesto que me conmovió al máximo", recuerda Clark.

Los encuentros se interrumpen cuando la familia se lleva al escritor a la playa durante los meses de verano. Justo el día que regresa a Santiago, Julianne tiene que volver a su país, pues no le queda dinero para cambiar el pasaje. Manuel Rojas muere cinco días más tarde, el 11 de marzo de 1973.

En Pasé por México un día, el escritor anotó el 2 de agosto de 1962 una comparación geológica que identificaba a Julianne con el río Columbia y a sí mismo con un ventisquero que tapó su cauce durante miles de años. "¿Será Julianne el río, seré yo el ventisquero, que un día desaparecerá, dejándola libre?"


El taller del escritor

Por inquieto y anarquista que fuera, el autor chileno tenía hábitos muy ordenados a la hora de crear. "Manolo se sometía a una estricta disciplina para escribir. Siempre decía que para desarrollar talento y habilidad en cualquier oficio era indispensable un trabajo constante. Todos los días escribía en su escritorio entre las nueve de la mañana y la una de la tarde, primero a mano en un cuaderno, luego lo corregía, después lo pasaba a máquina, haciéndole más correcciones. Después, revisaba la copia a máquina, que era como un último borrador, y obtenía la versión final. Era un verdadero artesano del lenguaje. Aparte de las horas que dedicaba a escribir, siempre estaba leyendo cuatro o cinco libros. Leía un rato uno, lo dejaba y tomaba otro".

Clark lo recuerda como un lector "ecléctico" y "voraz", no sólo de literatura, sino que también de ciencia, historia y otras disciplinas. Algo de sorpresa produce enterarse de la fascinación que este escritor "de la experiencia", "espontáneo" y "vitalista", como ha sido llamado, sentía por la técnica literaria. "De vez en cuando se ponía a descifrar su ejemplar de The Craft of Fiction, comprado en Seattle, y me preguntaba sobre el significado de una que otra palabra o frase en inglés". Se ha dicho que Faulkner influyó en la prosa del autor chileno. Clark admite que era uno de los autores que leía, pero se detiene más en otro: "Le atraía mucho la técnica literaria de James Joyce con su monólogo interior/corriente de conciencia, que Manuel también había implementado de modo brillante en Hijo de ladrón".

Y NUNCA TE HE DE OLVIDAR... Julianne Clark
Catalonia, Santiago, 2007, 225 páginas. A la venta en los próximos días.
Articulo:
http://diario.elmercurio.com 09/09/2007

Ana María INTILI/Poesía


Ana María Intili, médica, psicoterapeuta, escritora y poeta. Nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, 1950. Reside en Lima (Perú) desde 1975.

Su obra poética se encuentra reunida en Niña de San Miguel. Mereció el auspicio de la Academia Iberoamericana de Poesía, Valparaíso (Chile), 2005. Segunda edición, Lima, 2006. Mención Honrosa en el concurso estudiantil Poesía Romántica Latinoamericana, Tucumán, 1965. Recibió las Palmas Municipales de Huamanga, con Mención en Poesía, Ayacucho (Perú) 2005.

Ha sido incluida en la cátedra de la Universidad de Guadalajara (México), Poetas de Habla Hispanoamericana de Lectura Obligatoria. Autora de trabajos científicos, artículos literarios de interés y del ensayo Madre Coraje: Una narrativa vibrante en “L a s i e s t a d e l m a r t e s” de Gabriel García Márquez.

Parte de su obra ha sido traducida al italiano por la poeta Gladys Basagoitia, publicándose en la Asociación Cultural Comitato Internazionale 8 Marzo-Donne del Mondo, con base en Italia. Participa en Breves, brevísimas. Antología de la minificción peruana, compilada por Giovanna Minardi, investigadora de la Universidad de Palermo (Italia), Santo Oficio Editores, Lima, 2006.

E-mail:
anaintili@yahoo.es


Niña de San Miguel
Por Ana María Intili

“Palabrita e Dios que dan gana
e’llorar, de solo pensar
que no volverá”


Del tiempo i mama
Zamba argentina

De la infancia
tengo la fotografía
en mis manos

la nariz pegada al cristal de la ventana
los rulos claros y el vestidito celeste
que me regaló madrina
-Ella misma lo hizo-
desde allí esperaba que mis hermanos regresaran del
colegio.

En las tardes sentados juntos a la mesa
el armario de los Billiken
y la cortina que los anudaba
dibujaba y aprendía
cosas que hasta hoy no entiendo
pero recuerdo con ternura


Donato Intili
Por Ana María Intili

a mi Padre

En mis sueños lo veo entrar
cada mañana.
Su mirada atraviesa el tiempo
labios quietos
su voz vuela en la nostalgia.
El sol trepa la ventana
mis zapatos de infante calzan la alegría
del encuentro.

Todavía sus manos
acarician
la almohada tibia de recuerdos
donde duermen apretadas una guitarra y mi garganta.



Herencia
Por Ana María Intili

a mis ancestros de
Tufara Campobasso


hunde tus manos
en la masa del recuerdo
saca los pedazos
júntalos
únelos
átalos
reconocerás tu sangre
latir en las cenizas
de los que se fueron



Luna de Casuarinas
Por Ana María Intili

mi casa
es grande

por las mañanas
la luna
aún se agazapa
bajo el armario

recuerdo las calles largas
las palabras blancas
el corazón creciendo
mientras
los zapatos esperan

en el mismo lugar



Hijo, sabes?
Por Ana María Intili

A mi hijo Germán

Hijo, sabes como eres?
impostergable
insondable
sorpresivo fuerte incansable
de corazón inquieto
y sensible

sabes?
vienes del deseo de la mujer que espera
de los ríos sagrados
que unen los brazos de la vida
del tronco hecho raíz
de las profundidades
donde nace la semilla
del clamor del aguacero cuando se hace primavera
del ser y del amor

Hijo
sabes qué quieres?
que tu palabra sea escuchada
justa
entendida

quieres SER
vivir en LIBERTAD

Hijo, sabes?

Helmut JERÍ PABÓN/Crónica de un viaje al extramundo



Correo de: Jinre
hguevarad@gmail.com

Crónica de un viaje al extramundo
Por Helmut Jerí Pabón

Nos embarcamos aquel jueves, con la sensación maravillosa de que enrumbábamos a otro planeta. La nave era ovalada, semitransparente y tan pequeña por fuera como una caja de zapatos. Así era en esta época, de inventos versátiles. Bastaba eso si, poner un pie para internarse mas bien en una estructura amplísima, donde bien podía caber el mundo entero.

Eran las 63 de la noche aproximadamente, cuando habíamos superado ya el desorden del primer momento. Nos conocíamos un poco más, pero un poco menos todavía. Nadie hacia preguntas, había mucho deseo de hacerlo pero era mejor mantener en pie la sensación de lo desconocido. Se apagó la luz, había que descansar para el largo viaje. Todo buen suceso en la vida merece ser disfrutado a plenitud.

La noche serena, entre meteoros y estrellas fugases, desconocido para quienes lo hacíamos por primera vez, cuantos años luz viajaríamos, no importaba. Todo buen suceso de la vida merece cierto tiempo de espera.

Una mañana llegamos al primer puerto, lo llamaban Trujillo, y allí nos invitaron a bajar, a conocer, a respirar aires distintos a los de nuestro planeta contaminado.

Caminamos algún trecho por esas calles geométricas, con más ansiedad por enrumbar nuevamente que por seguir en aquel puerto...

Cuando volvimos al terminal nos habían renovado la nave, pues la ultima parte del viaje, decían era la mas difícil. No había diferencias mayores, o no nos importaba, las formas siempre son las mismas para un corazón entusiasmado.

Algún tiempo después muchos de los viajantes sentimos los estragos maravillosos del nuevo mundo, teníamos la sensación de una revolución en el cuerpo, que se salía de la orbita ordinaria de ser mortales, para quedar solo armazón límpido, pues decían los grandes que, al nuevo mundo no se podía entrar cargado de rezagos terrenales.

Mientras superábamos ese momento nos contaban que alguna vez a alguien se le ocurrió denominar a esa limpia "soroche" pues la intención era que nadie olvidara la condición para entrar al nuevo mundo.

Algún tiempo después la nave salió de la zona de convulsión, para entrar a una vía sedosa que se asemejaba más a deslizarse por un trozo de terciopelo.

Latiendo mucho mas el corazón, pues había una sensación extraña, el cielo cambiaba de color y el cuerpo era cubierto por un aura mística, jamás vivida.

Y un día llegamos a ese mundo, el mismo que había albergado el nacimiento de un hombre convertido en mito por su grandeza, habíamos hecho un largo viaje solo para saber más de su vida, recorrer los lugares que él había recorrido alguna vez, andar sobre sus pasos imperecederos, fuimos al encuentro de Vallejo y en cuanto llegamos, ya éramos parte de su sangre, parte de su alma, pues todo aquel que tiene afanes contra la miseria y la injusticia, tiene algo de Vallejo. Bajamos a prisa de la nave, volamos como pájaros por el universo, dejamos los cuerpos reposando para el retorno, nos hicimos solo espíritu como mandaban las reglas del nuevo mundo. Cayeron algunas lágrimas y se perennizaron en el cielo.

Sin interrogantes, sin buscar un rumbo determinado, solo nos dispersamos por las calles indefinidas de Santiago, y quisimos perdernos ojalá para siempre.

No se sabia con certeza si ese lugar existía, nadie salvo quienes habían logrado llegar a el, se tejieron hipótesis muchas veces, se creyó que era un invento de las edades antiguas, y ciertamente era inimaginable que en épocas como esta, pudiera existir, o sobrevivir un lugar como Santiago. Nadie sabia de aquel lugar, nosotros si, estábamos allí, aletargados cada diez metros. Pues todo suceso bueno en la vida, no podía siquiera aproximarse a este.

Nos identificamos con los habitantes, como representantes de la tierra, y nos recibieron como recibirían a un visitante de cualquier otro planeta, dando lo mejor de si.

Pasamos algunos siglos, adaptándonos a las maravillas del mundo Chuco, a su cielo diáfano, y sus calles hechas artesanalmente, a esta vida extraordinaria, entre fogatas cálidas, entre poetas espontáneos que podían emerger de cualquier rincón, bailando con entrega generosa, con el regocijo de vivir en un lugar de estructura etérea. Santiago de Chuco existía, enclavado en el cielo, existía.

Alguna otra vez, unos pocos visitamos la morada de quienes estaban ya en otra dimensión, mientras otro grupo enrumbó a la luna, que quedaba ahí a unas cuadras nomás, para rendirle culto.

Y vivimos al máximo aquella época, sin tiempo, sin saber cuando era de día o de noche, que allá daba igual, el espíritu estaba libre de costumbres físicas, de dolencias humanas, de moléculas mortales...

Llegar no había sido tan difícil, pero marcharse parecía imposible cuando se dio el aviso del retorno, nos abordó la sensación de estar terminando un sueño que antes parecía eterno, nos volvimos entonces almas tristes, y como cuando llegamos, cayeron lágrimas, pero ahora muchas más, para incrustarse en el firmamento, y confirmar que cada luz brillante en el cielo de Santiago es una lágrima derramada por quien llega a sus entrañas, y por quien se va.

La nave se abrió, y volvimos a nuestros cuerpos, tampoco se habló mucho, ya que en el mundo Chuco todo estaba graficado, plasmado en cada pedazo de suelo, para que nadie olvide.

Y regresamos....

Érase una vez Santiago de Chuco, en un viaje de ensueño. O quizá solo una utopía de los mortales...
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Blas MATAMORO/ La oscura luz de Blanchot


La oscura luz de Blanchot
Por BLas Matamoro

A Maurice Blanchot le ha tocado pertenecer a una promoción de notorios letrados franceses: Sartre, Beauvoir, Nizan, Lévi-Strauss, Lévinas, Lacan. De mozo, se codeó con los surrealistas. En Alemania estudió a Heidegger y a Husserl. Se hizo amigo de Bataille, un anarquista tentado por el autoritarismo. De hecho, en su juventud, Blanchot perteneció a grupos de la extrema derecha. Una enfermedad igualmente juvenil lo volvió mórbido, frágil, huidizo. Apenas conocemos una foto suya y un filme documental que le organizó -argentino debía ser el taita- Hugo Santiago Muchnik. En esa debilidad hurgó una larga supervivencia y murió casi centenario. Respetado pero nada evidente, siempre dudábamos si permanecía en el mundo de los vivos. Dicho de otra manera: se las ingenió para habitar ese confín de la vida con la no vida.

Fuera de la congruencia. De sus comienzos quedan algunas novelas que podemos adjetivar de filosóficas: Tomás el oscuro, Aminadab. Luego se afianzó en el ensayo: Pasos en falso, La parte del fuego, La entrevista infinita (entretien: entretenimiento, empresa, sustento), El libro por venir, Lautréamont y Sade, Kafka, El espacio literario, La amistad, La comunidad inconfesable, creo que todos ellos accesibles en castellano. Pasó junto a sucesivas modas culturales sin envolverse en ellas. Si recabamos sus fuentes, puede sorprendernos su heterogeneidad: Artaud, Hölderlin, Mallarmé, de nuevo Kafka. De Heidegger heredó la profesión de dar vuelta a las palabras, no como hermeneuta ni filólogo sino para que ellas dialogaran entre sí. Heideggeriano pero del costado Gadamer: pensar es conversar, discutir, hacerlo contra sí mismo. Nos habituó a pensar fuera de la congruencia, de la coherencia, en el partido de la oposición que empieza por definirnos como opositores de nosotros mismos. En esto, quizá deba lo suyo a Nietzsche. Y, ya que estamos, a Valéry, que buscaba en la oscura profundidad lo inagotable posible.

Temblores históricos. También, como a casi todos los habitantes del siglo XX, le tocó avecindarse con revoluciones y otros temblores históricos. Se encendió la «absoluta y terrible luz del origen», realización y, por ello, muerte de la filosofía. En especial le atrajo la Revolución Rusa, la que define como epifanía y apoteosis de un logos: llevar al poder al oprimido hombre del trabajo y la necesidad, héroe moderno que domina a la naturaleza auténtica, y a la falsa (la que llamamos sociedad) por medio de la omnipotencia del pensamiento. El estalinismo, luego, lo hizo dogma terrorista, reduciendo a la insignificancia el pensar crítico de Marx y convirtiendo la sociedad en un campamento militar. Toda la vida humana se volvió pública y se sometió al rigor de los reglamentos castrenses. Blanchot vio cerrarse un círculo sugestivo y tremendo: esta sociedad revolucionada por el comunismo tuvo la misma extrema rigidez de la obra de arte, solo que excediendo su ámbito estético y ocupando todos los espacios.

Marx imaginó una sociedad en que los hombres fueran iguales, hermanos y amigos entre sí: una literatura. En manos del KGB se tornó dogma, reducida a un engendro, el materialismo dialéctico. La historia, contra lo previsto por Hegel y aceptado por Jaspers -una devoción blanchotiana más- desapareció en las tinieblas de la prehistoria. De ambos maestros Blanchot admitió la fórmula de que es inútil cualquier revolución sin reforma, sin una íntima transformación moral de la humanidad que pueda hacerse cargo, por ejemplo, del riesgo atómico y ecológico, única manera de seguir manteniendo su dignidad y su derecho a subsistir. Desde luego, sin perder de vista que sólo el hombre, como pensaron Freud, Primo Levi y Paz, puede deshumanizarse y deshumanizar al semejante. Por fin, Blanchot diseñó una pregunta: ¿pueden aunarse la praxis política inmediata, la mediatez de la ciencia y el lento discurrir de la historia?

Escribir en la tiniebla. Me quedo con la dupla Mallarmé-Kafka: hay que escribir en la tiniebla, de codos sobre la mesa solitaria, a partir del silencio, dando a la palabra una oportunidad de renacimiento. Así trabaja el arte, sustrayendo a la efímera realidad, traída y llevada por el tiempo, un don de imaginario origen, ese lugar donde nunca estuvo nadie y del cual todos tenemos nostalgia. Esta palabra fue inventada en 1688 por un estudiante de medicina. Fue en Basilea y el chico tenía diecinueve años. La definió como una enfermedad que afecta a los mercenarios, a las muchachas que sirven en tierra extraña como ellos, a los exilados, a los emigrantes, a los extranjeros. Ahí queda eso. Blanchot pudo inclinarse al nihilismo porque nunca le valieron de apoyo las Grandes Causas, Dios o la Madre Naturaleza. No lo hizo. Prefirió pensar en el ser humano como una criatura (de la Historia, del Creador, de las Fuerzas Telúricas, tanto da) lanzado hacia un porvenir habitado por los posibles. Le otorgó una tarea privilegiada: la obra de arte.

Permanencia romántica. Parece una herencia romántica, pero se trata de una permanencia romántica, que no resulta lo mismo. Ciertamente, de Kafka tuvo en cuenta el dictamen: escribir como si estuviéramos muertos. Ya Chateaubriand había propuesto instalarse en la ultratumba para rememorar. De este viaje al más allá se vuelve al más acá con un puñado de páginas escritas que son capaces de zafarse del tiempo, sus usuras, sus agresiones, su definitiva extinción. A veces, no hay estricta escritura, hay música -signos que se significan a sí mismos, que son un mundo, en tanto la palabra trata de hacer lo mismo y no puede: significa al mundo- o memorables garabatos que nos asombran por su presencia aunque daten de milenios: el bisonte de Altamira.

Fue, además, definidor de la modernidad, una empresa que anhela desesperadamente la plenitud, la producción de objetos que llenen o, al menos, enmascaren, el vacío. En estos tiempos a veces atolondradamente definidos como posmodernos, halló que sobraban ideas y faltaba verdad. Insistió en su búsqueda de la inhallable Verdad, una ética de la veracidad. Se valió de las palabras, que nunca terminan de decir lo que dicen, como se comprueba leyendo estas líneas. Y, por ellas, accedió al Ser que nunca termina de ser.

Le debemos trabajos ineludibles sobre algunos de los maestros del siglo XX: Musil, Thomas Mann, Henry James, otra vez Kafka. Tampoco le han faltado reflexiones sobre Borges, sobre todo cuando Funes el memorioso o el descubridor del Aleph, un poetastro de apellido Daneri, intentan enumerar con nuestras contadas palabras el inconcebible, incontable, incesante universo. Quizá le faltó una más decisiva compañía: el ya citado Valéry. Y un excelente cofrade, capaz de alta poesía: Octavio Paz. Pero no pidamos ser exhaustivo a quien practicó la infinita entrevista con nosotros mismos, acaso una de las mejores definiciones de la historia, más tangible que el devenir contradictorio del Espíritu hacia el reposado Absoluto hegeliano. Un libro imposible transformado en obra.

Articulo :
http://www.abc.es/

Maritza Luza CASTILLO/ La ingeniería perversa



Maritza Luza Castillo, Perú, Periodista y Escritora. Seudónimo: La Condesa de P de Monte. Seleccionada entre las 10 obras finalistas en el certamen organizado por “Civilia”, “Relato hiperbreve “de la Fundación Derechos Civiles. Certamen “Todos Somos Diferentes” Nombre del cuento impreso en la colección “Cansiano”. Nombre del ejemplar publicado el 6 de Julio del 2004 “Libertad bajo palabra”


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La ingeniería perversa
Por Maritza Luza Castillo

¿Cuánto vale la vida de los niños Peruanos?

Parece que nada, para la empresa estadounidense encargada en utilizar cientos de miles de vidas humanas e infantes, lo peor de todo para observar cómo desarrolla la aplicación de ingeniería perversa, que les permite ver sus experimentos desde lejos sin el menor temor a la leyes por naturaleza autistas cuando se trata de poner coto a situaciones ilegales

Los puntos de acción Instituto Especializado de Salud del Niño y en el Instituto de Investigación Nutricional en Lima, Perú, tal situación fue revelada por la Asociación Pro Derechos Humanos del Perú y de la Red por una América Latina Libre de Transgénicos en el 2006 afectando a 140 niños de cinco meses a 3 años que sufrían diarrea aguda y estaban hospitalizados en las instituciones mencionadas

En el caso de Ventria la empresa promotora del proyecto en el Perú, parece que, además, están dispuestos a seguir el triste camino que han recorrido muchas empresas farmacéuticas de usar a las poblaciones del tercer mundo para hacer experimentos no autorizados en su país Ventria Biosciences con sustancias derivadas de arroz transgénico, muestran alergias desde entonces, según declararon sus madres a la prensa
El suero de arroz que no estaba autorizado en el país sede de la empresa, con sustancias no aprobadas para el consumo en ninguna parte del mundo. Las proteínas recombinantes lactoferrina y lisozima, producidas en Estados Unidos en arroz transgénico modificado con genes humanos sintetizados producidos en plantas transgénicas bajo el supuesto beneficio de éste producto a menor precio sedujo al grueso de la población sin recursos en busca de una solución barata y inmediata para sus hijos, le resultó una moneda muy cara por sus efectos secundarios Son abultados los expedientes ocultos de los transgénicos de uso farmacéutico, ya que si se conocieran en totalidad, no habría justificación para que estuvieran en el mercado.

Obviamente estos experimentos se mantuvieron en secreto hasta que fue revelado por Silvia Ribeiro, acuciosa investigadora del Grupo ETC durante el gobierno de Alejandro Toledo. A partir de allí no se han tenido nuevos reportes por parte de la empresa, lo que no se traduce en que no se siga haciendo. En esta nueva etapa gubernamental hubo algunos escandalos ligados a unas vacunas experimentales que levantaron muchas sospechas sobre la Ministra de salud Mazzetti que inicio el periodo Aprista sin serlo en otro portafolio ministerial.

Es necesario, proteger a la gente y reducir la pobreza de países en desarrollo, pero no matándolos, porque si el hambre no los vence, la ingeniería de las compañías biotecnológicas sí.

Javier MARIAS/ El perseguido espíritu de Conrad


El perseguido espíritu de Conrad
Por Javier Marías

En los años 20, Arthur Conan Doyle agobiaba a la viuda del autor de El corazón de las tinieblas con dudosas noticias de su marido, recibidas desde el más allá; hace poco, le dijeron al novelista español que Juan Benet lo estaba buscando...

Hace meses recibí de un librero de viejo un panfleto de 1932 publicado por la Mark Twain Society y escrito por la viuda de Joseph Conrad. Conrad se había casado con ella tardíamente, a los 38 años, cuando Jessie acababa de cumplir 23. Eso (y su barba) explica seguramente que durante su luna de miel en la costa francesa, un joven huésped del hotel en que se alojaron -y que en el comedor de mesa larga y común ocupaba asiento junto a la recién casada- se mostrara un día tras otro demasiado atento con ella, para suspicacia del escritor e incomodidad de la esposa.

Hasta que por fin el francés decidió dirigirse a Conrad y, tras una reverencia, le preguntó: "Señor, ¿podría concederme el honor de cortejar a su hija?" Fue la primera vez que Jessie Conrad hubo de contener a su marido para que no se batiera en duelo al instante. Por el par de libros que escribió sobre él tras su muerte, se ve que era una mujer juiciosa, con sentido del humor y que lo había querido mucho. En este raro panfleto explica que su admiración por Conan Doyle era enorme, pero que habría sido cabal si el creador de Sherlock Holmes no la hubiera importunado con una carta en 1929. (Es sabido, y es lástima, que a tan gran escritor, en los últimos años de su vida -murió en 1930- se le diera por el ocultismo y el espiritismo y, por lo que viene a continuación, se debiera de convertir en un plasta.) Sin haber tenido contacto previo, Conan Doyle le escribió para comunicarle que estaba seguro de que su difunto marido -Conrad había muerto en 1924- deseaba entrar en contacto con ella, y añadía que para los muertos eso no resultaba fácil sin ayuda de los vivos, ya que aquellos seguían tan sujetos a leyes como nosotros.

A través de una médium, aseguraba Conan Doyle en su carta, Conrad había manifestado su deseo de que el autor de misterios terminase por él un libro "de historia francesa" que había dejado inconcluso. Según Jessie, Sir Arthur estaba muy mal informado: no solo a Conrad jamás lo habría tentado semejante y vago tema, sino que, sobre todo, nunca le habría pedido a nadie, ni siquiera a un insigne colega, que acabase por él una obra suya.
La viuda de Conrad añadía que otras tres personas habían tratado de pasarle "mensajes" de su marido más adelante, los cuales se había negado a recibir en redondo. Además, el secretario de Lord Northcliffe, el respetado editor británico fallecido en 1922, había publicado que el autor de El corazón de las tinieblas estaba ayudando a su jefe en una tarea periodística, y que los dos llevaban trajes de franela gris y pajaritas rojas.

"Mi marido fue bendecido", comenta Jessie, "con la suficiente vanidad personal como para no aventurarse a copiar el estilo indumentario de su señoría, ¡al menos en semejantes detalles!" Y una sobrina del escritor norteamericano Stephen Crane, muerto en 1900, declaró que su tío y Conrad se habían encontrado en mitad del Atlántico pocas horas después de que falleciera éste. Lo más que admite Jessie Conrad, en lo relativo a "fenómenos", es que a veces, a solas en su habitación, pasa muchas horas con la mente concentrada en el recuerdo de su marido, con la mirada fija en su sillón favorito. Y que durante esos instantes de intensa concentración, su contorno completo ha ocupado ese sillón. "La postura tan familiar, el juego de los rasgos bien conocidos, las manos apretadas, sí eran exactamente los que yo tan bien recuerdo. Esta visión ha durado unos segundos. No sé explicarla, ni lo intentaría, salvo que esa manifestación era para mí sola".

Nada de particular, yo diría: los recuerdos son a veces muy vivos. Y al final del panfleto concluye juiciosamente: "Quisiera que se me dejara con mi creencia original de que aquellos a quienes queremos y hemos perdido descansan en paz, sin que ninguna ley los perturbe, y sin que hayan de sufrir por saber del dolor y el desasosiego de los que aún permanecemos en la tierra de los vivos".


El espíritu inverosímil de Benet

Pocas fechas más tarde de recibir el panfleto de la viuda de Conrad, me llegó una carta de Puerto Rico remitida por una amable lectora y profesora con la que unos meses antes me había encontrado en Madrid. La señora, educadísima y sensata, decía no ser persona religiosa, sino racionalista y más bien escéptica, aunque reconocía haber sentido curiosidad en los últimos años "por temas espirituales". De modo que se reunía una vez al mes con una psicóloga cubana "que parece poseer facultades espirituales". Al parecer algo le habló de nuestro encuentro y entonces la psicóloga "cerró los ojos, pareció experimentar una especie de trance y dijo que una persona a quien usted había querido mucho estaba ahí. Que el espíritu se llamaba Benet y que decía manifestarse para que hubiera una conexión con usted".

Se refería por cierto a Juan Benet, viejo amigo y uno de los escritores españoles más respetados del siglo XX. Añadió que veía a Benet "halándole las greñas a un joven de pelo largo" y que ese joven "era usted". Dijo que Benet "hacía esto cuando lo veía triste o pesimista". (Quizá no esté de más mencionar que, entre 1970 y 1974, primeros años en que traté al escritor Juan Benet, yo llevaba una larga melena, por así decir, a lo apache, como atestiguan algunas fotos.)

Como no dejara de pensar en ello, mi corresponsal decidió hablar con una amiga suya, asimismo psicóloga y que también "parece tener facultades espirituales". Esta le dijo que Benet se manifestaba y que solicitaba su intercesión para ayudar a mi "espíritu encarnado". Añadió que "Benet era un sabio y que parecía tener un gran sentido del humor pues hacía una genuflexión antes de marcharse".


Mensajes de ultratumba

La profesora se quedó atónita, y a la siguiente cita con la psicóloga, esta le dijo que "Benet estaba ahí y que deseaba que usted supiera que él se había manifestado y que quería ayudarlo. Añadió que había muerto con mucho dolor porque lo dejaba a usted, una persona a quien tanto había querido y tan importante en su vida".

Mi corresponsal volvía a disculparse ("A pesar de todo, le envío esta carta confiando en que eso sea lo que debo hacer") y se despedía. Nada que ver, desde luego, con la insistencia casi impertinente del gran Sir Arthur Conan Doyle ante la atribulada Jessie Conrad. El pasado 5 de enero se cumplieron 14 años de la muerte de Juan Benet, de quien aprendí muchas cosas, y no solo literarias, y con quien mantuve una amistad de más de dos decenios. Como escritor, son curiosamente sus detractores quienes menos le han permitido caer en el olvido. En todo este tiempo son muchos los colegas suyos y míos que han seguido y siguen despotricando contra él. Al ir con frecuencia unidas la idiotez y la osadía, la mayoría son escritores simplemente ridículos.

Los debe de acomplejar mucho su sombra. Sus textos no son fáciles y yo no le reprocharía a nadie que no se atreviese con ellos. Pero, puesto que los torpes y decimonónicos ladran, aún deben de cabalgar y esa será su "conexión". Lo que no creo es que su espíritu vaya a manifestarse en Puerto Rico con unas psicólogas de por allí. Como la juiciosa viuda de Conrad, creo que "aquellos a quienes queremos y hemos perdido descansan en paz, sin que ninguna ley los perturbe". Puedo imaginar a Benet genuflexo en plan broma, pero nunca diciendo cursilerías y menos aún confesando que yo hubiera sido importante en su vida. Como le contesté a mi corresponsal, él fue importante en la mía, pero en modo alguno yo en la de él.

No creo en apariciones ni en mensajes de ultratumba (salvo en los cuentos de fantasmas y en los sueños, que son solo eso, bonitos sueños y cuentos). Pero si me vienen con la historia de que un muerto bien conocido me está rondando por ahí, lo primero que exijo es que siga hablando como el vivo, y no soltando inverosímiles solemnidades que jamás habrían estado en sus labios. Es lo mínimo, por favor.


Articulo :
http://adncultura.lanacion.com.ar 08/09/2007
Foto: Joseph Conrad & Juan Benet

Aldo NOVELLI/ Las ángeles no tienen sexo


Aldo NOVELLI, escritor argentino nacido en el Neuquén en 1957. Autor de los poemarios inéditos Heridas del naufragio, Delicias de la vida cotidiana de la vaca, Camino cansado entre cuerpos, La noche del hastío, Pasajeros del vacío, Escombros, Tratado elemental de Alquimia, Curso Iniciático de Magia, Tierra de Prodigios y Libros personales, así como el libro de cuentos Heterónimos. En 1992 ganó el 3r premio del Concurso de Poesía de la Fundación del Banco Provincial de Neuquén. Cursa la Licenciatura en Letras.
.
E-mail :
aldonovelli@yahoo.com

Paginas personales :
http://www.elortiba.org/aldonov.html
http://www.arrakis.es/~joldan/anovelli.htm
http://marianallano.com/node/61
http://la-sed-infinita.blogspot.com
http://fluidos-virtuales.blogspot.com



Las ángeles no tienen sexo
Por Aldo Novelli

a Lord Cheselin y Big Leroy

ayer me morí/
estaba leyendo "Mein Kampf" de un tal Adolf Videla Camps
y de golpe me morí.

subí al cielo volando o algo así
me veía ahí abajo
el velador encendido/ los cigarrillos
los ojos húmedos/
cada vez más pequeño
una hormiguita con una lanza en la mano
hasta que llegué al cielo.

me recibió un viejo barbado con cara de loco
- usted se ha ganado el cielo por ser poeta - me dijo.
- que bueno!/ ésta es finalmente la recompensa
a tantas palabras inútiles intentando decir algo -.
- sí/ ésta es la recompensa
pero hay cada poeta!/ que la verdad
deberían irse directo al infierno - dijo malhumorado.
- usted/ se salvó raspando/ dígame que le apetece? -.
- un ron lento y dos chicas rápidas - le dije sin pensar.
- Ja!/ vaya por ese pasillo -.

el ron estaba bueno
las dos ángeles de alas rosadas mejor
las desplumé de a poco
mientras sonreían tímidamente/
y cuando llegué a lo que buscaba
una etiqueta decía "Made in Taiwán".

después/ como en una inmensa pollería
desplumé sin descanso cientos de ángeles rosadas
hasta el calambre total de los brazos.

esta mañana con el cuerpo dolorido
desperté en mi pieza
apagué el reloj/ miré hacia arriba
y entonces me di cuenta
que siempre hay un lugar
donde se puede estar peor.-

/a.n.- (desde los bordes del cielo)

Ilustracion: Hans MEMLING

Beatriz SARLO/ Leyendas involuntarias


La imagen del escritor I
Leyendas involuntarias
Por Beatriz Sarlo

La circulación social de libros requiere del autor un perfil, una figura. Algunos la cultivan a conciencia, pero otros han adquirido dimensión de mito desde una soberana indiferencia. Es el caso de Juan L. Ortiz y Macedonio Fernández, en los que se centra este texto de Beatriz Sarlo. A vuelta de página, Fogwill pone en evidencia los equívocos de una desmedida exposición mediática

"Una de las obras más importantes de un escritor -quizá, la más importante de todas- es la imagen que deja de sí mismo a la memoria de los hombres, más allá de las páginas escritas por él."

Borges profesor: curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires, edición, investigación y notas de Martín Arias y Martín Hadis (Buenos Aires, Emecé, 2000). Macedonio y Juan L. Ortiz, delgadísimos, descuidados y elegantes como mendigos principescos, raros, apartados de la competencia literaria, criollos viejos y amigos de los jóvenes: dos escritores cuya imagen es tan fuerte como su obra. Soles de sistemas planetarios ocultos, alrededor de Macedonio orbitaron Borges, Scalabrini Ortiz y casi todos los martinfierristas; alrededor de Juan L. Ortiz, los jóvenes Hugo Gola y Juan José Saer. A Macedonio y Juan L. se los menciona prescindiendo del apellido, a uno por su nombre raro, al otro acompañado por la inicial, juanele. Lo que fue intimidad de unos pocos, con el tiempo se convirtió en denominación pública. Macedonio fue el Gran Viejo de las vanguardias en los años veinte; Juan L. fue la verdadera literatura casi secreta, para quienes empezaban a escribir en los años sesenta y no se reconocían en lo que se llamó boom . En todo caso, los grandes escritores argentinos de la primera y la segunda mitad del siglo XX están unidos por la amistad más intensa y la respetuosa admiración que suscita el genio extravagante del viejo en el escritor joven: Macedonio y Borges, Juan L. Ortiz y Saer.

Macedonio es el primer mito literario argentino. A diferencia de su contemporáneo Lugones, no hizo nada que lo colocara en la luz, ningún movimiento hacia afuera. Fue revelándose a medida que lo conocía el grupo de jóvenes de los años veinte. ...l, como su amigo Santiago Dabove, era un escritor secreto. A Macedonio se lo conoció un poco por sus cartas, por sus intervenciones orales, por páginas fragmentarias y por unas pocas ediciones que él no promovió. Con auténtico desinterés pasó décadas sin publicar un libro. Pero sus amigos lo leían y sobre todo lo escuchaban. Cuando Borges afirmó haberlo admirado hasta el plagio, fundaba su propia imagen eligiendo darse un antecesor a su altura (Piglia, de algún modo, retoma y ficcionaliza ese gesto). La leyenda de Macedonio atraviesa el tiempo, desde los años veinte a los sesenta, cuando un joven escritor, Germán García, va nuevamente a la busca del Gran Viejo, y Horacio Achával lo edita en el Centro Editor de América Latina; luego, lentamente, su hijo Adolfo de Obieta va publicando sus obras, como una especie de minucioso monumento póstumo.

La solidez de la leyenda del anciano que vivía en pensiones, había querido fundar una colonia anarquista, se cobijaba bajo capas y capas de ropa y tocaba hipotéticamente la guitarra inaugura la imagen del artista retraído, a contracorriente, escritor de escritores, un vanguardista por sus dichos, alguien que, como un dandi de fin de siglo, hizo de su vida un objeto raro y admirable.

Juan L. Ortiz es la otra leyenda. Paraná, el Gualeguay, su figura tan leve como la de Macedonio, su larguísima boquilla y los incontables cigarrillos, su viaje a China Roja donde, en el medio de un camino polvoriento, alguien le recitó un poema y ese alguien pudo haber sido Mao, su escucha de Radio Pekín en las noches al borde del río, el carácter no cerrado de su Libro, una obra que corrigió infinitamente, mandando ejemplares a los amigos con tachas y agregados en letra casi imperceptible. Cruzar el río a Paraná fue en los años cincuenta y sesenta la peregrinación de elegidos, que pasaban un fin de semana en una suerte de Weimar semirrural, escena de pequeños hechos curiosos que se transformaban de inmediato en anécdotas. Juan L. fue un poeta para poetas, descuidado de cualquier relación con eso que se llama público.

Sus obras, inconseguibles hasta los años sesenta, fueron editadas por primera vez por la Biblioteca Constancio Vigil de Rosario. Ninguna empresa comercial se ocupó de Juan L., excepto un librito impulsado por otra poeta, Juana Bignozzi, hacia fin de los años sesenta, publicado por la misma editorial Carlos Pérez donde apareció el libro de reportajes de Germán García sobre Macedonio. La Universidad de Santa Fe presentó, en 1996, su Obra completa, en edición a cargo de Sergio Delgado. A Macedonio lo editó su hijo; a Juan L. lo han seguido editando los amigos y los amigos de los amigos.

Tanto Macedonio como Juan L. Ortiz se movían fuera de los recintos de la vida literaria y francamente desentendidos del efecto que se extendía más allá de una casa en las afueras provincianas o de una pieza de pensión en Buenos Aires. Practicaban una especie de indiferencia olímpica, pero no soberbia. Son probablemente los mayores mitos de la historia literaria argentina del siglo XX y, sin embargo, solamente los escritores llegan a afirmar que son los más grandes. Son como el secreto de una logia: algo que no se muestra todo el tiempo y que verdaderamente conocen solo los iniciados. Lo que se reunió alrededor de Macedonio y de Juan L. Ortiz tuvo el rasgo de una conjura estética.

Vamos hacia atrás. Racine no era otra cosa que un cortesano que escribía las tragedias magníficas que le gustaban al Rey Sol; Voltaire no quería ser sino un hombre de sociedad conocido por sus ideas, no por sus caprichos ni por sus aventuras. Pero a fines del siglo XVIII, la circulación social de libros requiere del escritor una figura, como si la obra no fuera suficiente, porque quienes comenzaban a conocer la obra, los nuevos lectores de las nuevas industrias de impresión de libros, ya no conocían directamente a sus autores. Samuel Richardson, el fundador de la novela europea sentimental moderna, quería ser identificado como un caballero, simplemente por esa marca de origen y de estilo, porque vivió el desconcierto producido por el cambio de público: de lectores pertenecientes a las elites a los nuevos lectores desconocidos. Unas décadas más tarde, con Byron, con Chateaubriand, con Victor Hugo, el mito del escritor fue tan fuerte como su obra y la historia literaria se refiere, con propiedad, a la "coronación del escritor".

Según las épocas, muchos escritores establecen su imagen sobre un horizonte exterior a la literatura. A mediados del siglo XX, esa última instancia de la literatura fue la política. La época obligaba a la toma de partido, sobre la revolución cubana por ejemplo, tanto como el estilo contemporáneo juzga anacrónicos los pronunciamientos ideológicos fuertes. Los que siguen haciéndolo mantienen una especie de reflejo del pasado, como si fuera una resistencia que se activa respecto de lo político, pero que no forma parte central de una imagen actual de escritor. Solo los más viejos conservan esa tensión como una dimensión permanente de su figura. La política se ha separado de la vida literaria y se acepta (casi diría: se promueve) que el escritor no se identifique como intelectual. David Viñas y Rodolfo Walsh responden, y esto no tiene nada que ver con el contenido de sus posiciones políticas, a la figura moderna del escritor como intelectual. Esta división entre escritor artista y escritor intelectual es característica de buena parte del siglo XX. No coincide de modo inevitable con una división ideológica entre izquierda y derecha. Hoy ha perdido sentido salvo para escritores nacidos antes de 1940, es decir, escritores que en los próximos años entrarán en el olvido o en la historia literaria.

Donde dominan los medios, la imagen (si es que algo literario es tolerado eventualmente en las pantallas) puede ocultar la obra salvo para los fieles a la literatura. Como sucede con la imagen popular de Borges, en la que se descubre alguien bien distinto (un sabio benevolente, un erudito) de lo que Borges fue como escritor (alguien que desquició, por ironía, todos los saberes). Debajo de los "grandes" están los escritores sin figura pública, el proletariado de las editoriales, los redactores de best sellers que no logran venderse y de biografías históricas rápidas que no alcanzan a ser best sellers; o las vanguardias más secretas, publicadas en pequeñas editoriales que, de todos modos, hoy no aceptarían el nombre de vanguardia porque les parece demasiado moderno, demasiado siglo XX.

Oliverio Girondo paseó un espantapájaros por las calles de Buenos Aires, cuando apareció su libro de ese título; era el gesto del vanguardista rico que buscaba el escándalo, no el de un responsable de marketing. La parafernalia que hoy rodea la presentación de una novela le hubiera parecido descarada a un fabricante de tónico para la calvicie en 1915.

En los intersticios que ahora dejan la prensa y los "eventos" producidos por la industria editorial, el escritor debe ingeniárselas para construir una figura en espacios que son adversos a las personalidades originales, porque necesitan estereotipos más accesibles al efecto mediático. Es casi imposible ser un escritor sin imagen pública. Cuando, en los últimos años de su vida, Borges aplicada y pacientemente contestaba reportajes, construía, pese a las equivocaciones políticas que quizás lo sustrajeron de las listas del Premio Nobel, pequeñas escenas literarias, dramas de lectura, que se parecían a lo que había escrito por sus paradojas y su ironía, pero que estaban como esfumadas, como atenuadas por la proximidad de un micrófono y la incógnita de un público que Borges ya no conocía.

En esos mismos años, Puig afirmaba que escribía desde cierto desdén por la literatura. Como si su pasión por el cine fuera una disyunción autoimpuesta (o novelas o películas). Puig buscaba que su imagen pública fuera la que confirmaba una popularidad de masas que, en realidad, nunca tuvo del todo, porque sus novelas eran demasiado artificiosas, estaban demasiado escritas para fingir que no estaban escritas, eran, entonces, no realistas, literarias como las canciones de Alfredo Le Pera que citaba en Boquitas pintadas . Osvaldo Lamborghini y Alejandra Pizarnik construyeron pieza a pieza, los dos con violencia, pero con violencias diferentes, una personalidad de escritor arraigada en la tradición literaria: la niña suicida, el maldito. Sobre ambos escribió César Aira, cuya imagen se produce por abundancia de novelas y sustracción de reportajes. Un escritor dandi, como lo fue Charlie Feiling, cultivó una personalidad casi fuera de época, porque hay demasiado detalle imperceptible en un dandi y se necesita mucha cultura literaria para apreciarlo: el dandise muestra y se sustrae.

¿Son imaginables los dos grandes viejos, Macedonio y Juan L. Ortiz, en el mundo literario contemporáneo? Probablemente tendrían el perfil de Ricardo Zelarayán o de Roberto Raschella: no su literatura sino sus figuras introvertidas y austeras, conocidas casi únicamente por los miembros de un club de iniciados.


Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 08/09/2007
Ilustracion: David LEVINE

FOGWILL/ Perfil preelectoral de una cándida candidatura literaria

Horacio Quiroga



La imagen del escritor II
Perfil preelectoral de una cándida candidatura literaria
Por Fogwill

El lector se equivoca: no se volverá a comentar la candidatura política del ciudadano Jorge Cayetano Sain Salim, conocido en el mercado de prensa como Oberdán Rocamora y en el mercado editorial como Jorge Asís. Aquí se escribe sobre los escritores como parte de los humanos: la gente.

La gente en general, y junto a ella no pocos escritores, piensa que la poesía es resultado de un trabajo con palabras, o frases, o versos. Y no es así: ni siquiera se trata de un trabajo con el sonido de los versos, las frases y las palabras, ni del trabajo con el sentido que las palabras adquieren cuando se organizan en frases o en forma de versos. El arte de la poesía es un trabajo con la inestabilidad simultánea de los sonidos y los sentidos del lenguaje que consigue transmitir algo que no suele aparecer en los usos corrientes del habla y la escritura.


-¿Qué algo?

Cualquier cosa. Algunos quisieron creer que el tal algo sería la verdad, pero no habría que exagerar, aunque se pueda conceder que, en efecto, lo que "aparece" en el poema es verdadero, porque todo lo que sucede es verdadero salvo nuestras creencias y opiniones y nuestros confusos sentimientos.

Con frecuencia, el escritor se encuentra con personas que de una u otra manera le ofrecen contar su vida. Llega un pintor, un millonario, un pistolero, una actriz, un travesti, alguien que sobrevivió al cáncer, a un fusilamiento, al secuestro de un grupo de tareas o a un naufragio en el Caribe y amenazan:

-¡Si yo te contase mi historia podrías escribir una novela maravillosa...!

Y aunque resulte de mal gusto, habría que decirles también a ellos que si uno pudiese hacer una obra maravillosa no perdería el tiempo escuchando sus trivialidades. Mucha gente, y no pocos escritores, creen que la narrativa -novela, nouvelle , relato, cuento- se ocupa de contar historias. Y si bien es cierto que en general la narrativa parece contar historias, nada está más lejos del arte de narrar que una buena crónica de acontecimientos: el arte narrativo no cuenta historias sino maneras de contarlas.

Sin embargo, la consigna "hay que contar historias" periódicamente vuelve a remover las aguas estancadas de nuestra narrativa. Generalmente procede de escritores y críticos naif, esa clase de gente que en el siglo XVI le habría recomendado a Cervantes animar gigantes y dragones, contar victorias de un apuesto y joven caballero y eludir sus farragosos prólogos para adecuarse a las historias que la gente prefiere leer.

Quienes creen que la poesía se ocupa de palabras y sentimientos y que la narrativa consiste en contar historias tienden a suponer que la imagen del escritor depende de sus atributos.

Esto ha superpoblado la profesión literaria de gente que se emborracha como Hemingway, se droga como Baudelaire, usa barba como el Che, motos de alta cilindrada como Lawrence y Berger, o colecciona chucherías como Neruda, enamora actrices como Arthur Miller, escribe en mesas de bares como Sartre y Aira, se va muy lejos como Rimbaud y Quiroga y fuma en pipa como el canceroso Freud, y todo eso sin conseguir ninguno de los resultados de sus modelos.

Por ejemplo, en la Argentina hay una veintena de escritores -grupo al que seguramente pertenezco- que ha logrado trepar a tapas de revistas, diarios o suplementos mucho antes de llegar a vender un tercio de los ejemplares de sus pocos libros editados.

Son, o somos, gente que con mucha probabilidad nunca llegará a vender, lo que no es muy grave, pero que tampoco alcanzará a producir una obra memorable.

El paso a la primera plana de la prensa, o a la exposición en unos pocos espacios culturales de la televisión, es efecto de una operación que cada uno y sus agentes o los servicios de prensa de su editor realizan por diversos medios sobre la prensa cultural. En general los escritores sucumben a los reportajes por suponerlos instrumentos para dotarlos de los atributos que indicarán o sugerirán sus respuestas. Pocos advierten que el objetivo de los mejores reportajes es provocar nuevos reportajes, como si no hubiesen asimilado que en un reportaje, como en un relato o en una vida, el valor de un personaje no surge de sus atributos sino de lo que el autor consigue llegar a hacer con ellos.

Ya nadie cree en lo que se dice en los reportajes y el público culto sospecha que lo que parece la transcripción de una entrevista es producto de un cálculo tan esmerado como el que se aplica a la corrección de un prólogo o de una solapa.

Entre el público culto, los más avisados saben que, con frecuencia, cuanto más coloquial y espontáneo parece un diálogo transcripto, y cuando más atinadas e incisivas resultan las preguntas del entrevistador, más conviene apostar a que el reportaje se compuso en el teclado del escritor o en el de un asesor o un agente más diestro en este oficio.

Y no es malo que así sea. Hay buenos escritores que son excelentes publicitarios de su obra y de su figura, pero cualquiera de ellos puede encontrar a alguien con mejores obras que por torpeza, pereza o mera distracción no llegaron a despertar curiosidad sobre sí mismos y, en consecuencia, por sus libros. Y hasta se podrían encontrar ejemplos de grandes autores que omitieron figurar y ni llegaron a publicar sus textos.


Lugares comunes

A la hora de aprovechar la exposición pública para sumarse atributos, hay dos lugares comunes que disputan a la pipa, la barba y las variadas intoxicaciones el liderazgo del repertorio de agregados poco pertinentes para su arte, pero imaginados como indispensables para la construcción de la figura de escritor.

Uno es la posesión de información procedente de la lectura. Contra la evidencia de que los contemporáneos que más y mejor escriben suelen ser las personas cultas que menos tiempo destinan a leer, los artículos, las notas, los reportajes y hasta las charlas de café de los autores que compiten por la notoriedad los muestran como si se sintiesen en el deber de haber leído mucho y de vivir en permanente actualización. En un libro de publicación póstuma, Carlos Mastronardi deja sentada su sospecha de que Borges no leyó todas las páginas del Quijote. Me cuento entre quienes comparten su opinión y agregaría la hipótesis de que tampoco habrá agotado sus lecturas de Dante ni de su mimada Enciclopedia Británica , y que, en caso de haberlo hecho, con ello no habría agregado nada a su obra.

El otro lugar común de la construcción de la imagen es la manifestación progresista.

No es que abunden entre escritores opiniones de izquierda o revolucionarias, pero entre quienes las formulan y los que por mera corrección política eluden diferenciarse cuando aparecen en público, el gremio literario parece ganado por esa ideología chirle a la que se alude con la expresión "progresista".

Tanto es así que no faltan lectores inteligentes dispuestos a compartir la opinión del comentarista de cine Quintín, que desde el diario Perfil ha comenzado a incursionar con frecuente lucidez en la crítica literaria y en una columna reciente ha llegado a afirmar que " desde hace mucho tiempo nuestros escritores son todos progresistas. Salvo Fogwill, probablemente".

Tal vez ya haya pasado mucho tiempo separándonos de Lugones, Borges, Bioy, Silvina, Girri, pero ¿quién no se siente hoy contemporáneo de Aira, Carrera, los Lamborghini, Laiseca y tantos otros para quienes la última lacra con que preferirían contaminarse es el espíritu progre.. ?

Es que desde la segunda década del siglo pasado, adquirir el kit progresista exige pagar un alto precio intelectual. Pasados cien años del comienzo de la migración de progres hacia el fascismo, el estalinismo o el autoritarismo liberal siguen acentuándose las contradicciones múltiples que cien años atrás hicieron estallar el mito de la unidad entre progreso social, progreso económico, progreso político, progreso científico y progreso humano.

Persiguiendo cualquiera de las colgantes zanahorias del cóctel progre, el burrito intelectual y su variante literaria se pierden por los peores caminos que transita el ciudadano de la aldea global.

¡Los políticos! Todo es una cuestión política, pero ellos sí pueden abusar de la captatio benevolentia, porque, aspirando al poder, actúan como si supiesen que será el Poder quien termine definiendo los efectos de la pócima suministrada.

Pero la imagen del escritor no se destina a un escrutinio pactado en un calendario electoral. Los autores votan a cada instante sobre su famosa página en blanco y el acierto de sus decisiones es lo que terminará construyendo dentro de mucho tiempo su verdadera imagen, que no depende de su "posicionamiento" público en ejes tan poco pertinentes como lindo-feo, sobrio-borracho, famoso-ignoto, culto-salvaje, drogón-careta, izquierda-derecha, homofilia-homofobia, sino por el lugar que ocupa en la intimidad de su trabajo, que con los años permitirá clasificarlo como uno que ha escrito bien o mal, llamando "mal", en el mundo, al conjunto de las cosas mal hechas y, en literatura, a todo lo que se ha escrito mal sin advertir que se lo estaba haciendo.


Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 08/09/2007

CubaLiteraria/ Edel MORALES: Los deberes de la inteligencia


La Letra del Escriba

http://www.cubaliteraria.com/
http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n59/index.html#
E-mail: letradelescriba@loynaz.cult.cu

Edel Morales
Director Centro Cultural «Dulce María Loynaz»
19 y E. El Vedado. Ciudad de La Habana.
edelmorales@loynaz.cult.cu
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Los deberes de la inteligencia
Anomalías de la verdad
(Algunos usos y abusos de la historia, la memoria y el futuro desde la literatura cubana contemporánea)
Por Edel Morales

En alguna de las novelas que integran la saga de Las cuatro estaciones, Mario Conde, el personaje central de la exitosa tetralogía de Leonardo Padura, se define a sí mismo como “un recordador”. Si concordamos en que se trata del personaje de mayor popularidad en la narrativa cubana de los últimos cincuenta años, conviene no desatender ese rasgo de su carácter, decisivo, en mi opinión, para el calado de la trama novelesca pero también, y por eso mismo, para el asunto que trataremos aquí: la memoria, y la disputa que en torno a ella se libra en el imaginario cubano de estos días.Desde otra perspectiva, la historiadora Marial Iglesias nos ha ofrecido, en su atractivo ensayo Las metáforas del cambio en la vida cotidiana, un análisis pormenorizado de las muy distintas maneras en que los cubanos de hace un siglo metafori(boli)zaron la frustración del ideal independentista y la dolorosa transición sufrida por la isla entre el estado colonial español y las nuevas formas de dominación neocolonial, que entonces se probaban en Cuba e inauguraban la presencia en el escenario internacional de una de las fuerzas decisivas en el proceso histórico mundial del nuevo siglo: el imperialismo norteamericano.

Sin desconocer la calidad acumulativa que aportan a la historia insular períodos anteriores (algunos de particular relevancia en la germinación de una cultura propia, en constante modulación, desde los tiempos en que llega a asumirse a sí misma como distinta de sus componentes originales hasta su cristalización crucial en los años de la Guerra Grande y la Tregua Fecunda), podemos centrar la discusión actual en ese largo siglo que, según escuché decir hace unos días en esta misma sala a Fernando Martínez Heredia, comenzó para la isla en 1895, y aún no termina.

Para esa época quedaba bastante claro el dilema de Cuba: agotadas las opciones reformistas, anexionistas o autonomistas por pura inoperancia histórica o por su incapacidad de articularse en las necesidades de las fuerzas sociales actuantes en la isla y su contexto exterior, solo era pertinente la estructuración y profundización de un ideal de independencia política, justicia social y ética solidaria, que José Martí sintetiza y proyecta con máxima energía en la organización cotidiana de la guerra necesaria: un país no se funda como se dirige un campamento, un Partido único de todos los cubanos dignos para la Revolución; en sus deberes internacionales: el equilibrio del mundo, impedir a tiempo con la independencia de Cuba que los Estados Unidos se extiendan por las Antillas…; y en sus esbozos de la futura república: con todos y para el bien de todos, Revolución no es la que vamos a hacer en la manigua es la que haremos en… Ese ideal fue frustrado, ya se sabe, en su momento histórico, por varios factores, incluida la prematura muerte de Martí y, de modo decisivo, por la intervención militar del naciente imperialismo estadounidense en la guerra. Como resultado, la (ir)realización plena de ese ideal atraviesa el largo siglo cubano de entonces acá y condiciona los puntos de vista de cualquier acercamiento académico o político, social, cultural, racial, de género… a su devenir y a sus coyunturas.

Observado desde una mirada de larga duración, el punto de enunciación temporal y conceptual en que se sitúa hoy el debate es más o menos paradigmático: los albores de un milenio, para el cual los años anteriores serían un prólogo necesario hacia la realización de ese ideal plausible en el cambio de época que se insinúa en todo el hemisferio; y la intuición presente en sectores de la sociedad contemporánea de que sería posible intentar una asimilación de los saberes y las prácticas acumuladas, que no sea expresión textual de una tesis ni de una antítesis de lo que fue teóricamente dominante sino síntesis libre, justa, eficaz de las corrientes subterráneas y visibles que afluyen a esa idea del mundo, de América y de Cuba como dignidad plena del hombre, que desde 1895 intenta cumplirse en la práctica.

Lo que parece estar en juego en Cuba hoy, en este terreno, es la idea de futuro que proponemos, afincándola en la memoria vigente, por el replanteo ¿siempre desde el exterior? ¿sólo desde la cultura? de un proyecto de nación desustanciado en el tiempo, superado por el que aquí hemos venido comentando, y una de cuyas diferencias radicales pudiéramos condensar en expresiones dispares y bien reconocibles: la patria es el dinero, de Francisco de Arango y Parreño, frente al cual se empina el Patria es Humanidad, de José Martí.

El centro de la discusión que se nos propone tiene, a mi modo de ver, algunos ejes bien identificables y de importancia cardinal para el futuro, territorio que se aspira ocupar. El primero de ellos, la intención de sustraer de la memoria histórica y cotidiana del país el lugar decisivo que las ideas y prácticas imperialistas de dominación, emanadas de los grupos de poder que han constituido los sucesivos gobiernos norteamericanos desde el distante siglo XIX, han tenido y tienen en la realidad cubana, latinoamericana y mundial.
El segundo, la idealización de un período de vida republicana que nació, creció y murió frustrado en lo esencial político por las ideas y prácticas de esa dominación y cuyas mejores realizaciones se suscitan en la tensión a que fue obligada su estructura por la perdurabilidad y evolución en el seno de esa sociedad de las fuerzas liberadoras que tenían mayormente su origen en el proyecto martiano de República y que condujo al estallido revolucionario de los años cincuenta, favorecido por un golpe de estado de militares pro yanquis, que pretendió impedir el previsible ascenso al poder político por medios electorales de esas fuerzas liberadoras.

Un tercer eje central de la discusión está localizado en el ya casi medio siglo de la Revolución en el poder, un período al cual se evita mirar como proceso histórico y en cuyo análisis se escamotea el hecho de que se trata de un nuevo tipo de sociedad, un sistema dinámico complejo con sus contradicciones internas, resultantes también de la tensión del cambio y de acumulaciones culturales típicas de un país marcado en su tradición por dominaciones foráneas a las cuales sigue enfrentado, así como la superación dialéctica que de muchas de esas contradicciones ha sabido hacer desde sí mismo el poder revolucionario, en un planteo de método donde la profundización del cambio y la rectificación del error es casi continua y no suele asumirse como negación en bloque del pasado sino como crítica y superación de los límites o acercamientos sucesivos a la verdad, tal como es reconocida y asumida por las grandes mayorías y sus líderes de acción y opinión en un momento histórico concreto.

Bien es cierto que esta época y sus contradicciones merecen varias preguntas que aún no han sido correctamente formuladas desde las ciencias sociales, pero no es esa la intención subyacente en las aproximaciones y análisis de muchos de los autores que intentan hoy arrojar sombra sobre su memoria futura. A esa Revolución, con sus grandes realizaciones y sus insuficiencias visibles ante el formidable espejo del ideal martiano, se la persigue como proyecto político y se la niega como sociedad institucionalizada para intentar extirpar ahora de la memoria colectiva su legitimidad, la posibilidad de su perfeccionamiento y su derecho al futuro, mediante un estudiado proceso de desmontaje múltiple que tiene voceros bien perceptibles, también en el campo cultural. Quizá es esa, como escribí a propósito del libro de Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego, “la idea última que la revista Encuentro de la Cultura Cubana viene proponiendo desde hace diez años: la construcción intelectual de una memoria otra para Cuba, distinta y opuesta a la que las mayorías del país han percibido como su memoria desde el triunfo mismo de la Revolución de 1959, pero peligrosamente deslindada también de valores patrios arraigados en la memoria nacional previa a ese proceso histórico y que en mucho lo fundamentaron en sus orígenes y lo sostienen en su devenir actual”.

El cuarto elemento, tal como lo veo, es una especie de trozo de piedra arrancado del Muro de Berlín y arrojado a través de la mar océano para que golpee en La Habana, y parece tener dos líneas de acción y pensamiento: una, muy morbosa, pretende engarzar en la historia de Cuba todos los desarreglos, represiones y males exhumados de los territorios y museos socialistas de Europa del Este, y se goza en citar traumas, experiencias y reflexiones de esa región, saltando olímpicamente sobre las diferencias históricas y culturales que informan ambas realidades, pero también desconociendo las variadas discrepancias que entre el socialismo de la isla y el de esos países existió en la teoría y en la práctica, que llegó a plantearse incluso en varios momentos como disensiones entre sus liderazgos políticos; la otra línea de este cuarto eje pretende idealizar las sociedades contemporáneas de Europa Occidental (tan bien dispuestas a encauzar las aspiraciones hegemónicas del Imperio norteamericano, que ya en los sesenta nos endosaron desde allí la ofensiva contra la izquierda intelectual y la Revolución Cubana, mediante el agencioso Congreso por la Libertad Cultural y sus ramificaciones latinoamericanas) y presentarnos la ilusión de que esos grandes mercados –del libro, de la cultura, de ideas y bienes de consumo…, esos reservorios del dinero, en suma- son los modelos a los que deberíamos aspirar como absolutos después de una transición más cacareada que fundamentada, y se goza en el regodeo macabro de las duras realidades y complejidades teóricas de la crisis económica y de valores que asoló a Cuba en los años noventa e hizo parpadear con insistencia, y hasta cerrar a veces el ojo amoratado, a la idea socialista.

Típico de los muy críticos años de la crisis y transportado sin remilgos a unos dos mil que comienzan a ser otros -entre nosotros y más allá de nosotros-; este es, quizá, el eje en que se afinca mejor, por ejemplo, Antonio José Ponte, en La fiesta vigilada, una letanía imprecisa entre la confesión, la novela, el ensayo y el autobombo de unas memorias sin gloria, donde todo el mundo es sórdido o fútil menos el autor protagonista, para proponernos “una historia de represiones y miserias que este libro… nos cuenta como ningún otro”, según disfruta reseñar uno de esos parricidas revelados como eficaces colaboracionistas del poder exterior, Duanel Díaz. La Fiesta… de Antonio J. es la fiesta del chanchullo, la intriga, los manejos turbios, el egoísmo y la perfidia, la oscura fiesta del abandono, la simulación, el dólar y el turismo, cuya existencia no es un estado transitorio y equivoco, el resultado de una carencia y un aumento de la presión exterior, sino síntoma de la pudrición final del cadáver revolucionario y germen recuperado de lo que vendrá. Desde allí, Ponte levanta su memoria otra del país que propone como plataforma para recuperar el derroche de unos años cincuenta cuyo boato añora, aunque esa fastuosidad haya sido erigida, entonces si, sobre “una historia de represiones y miserias” abrumadoramente duras y de no ficción. Menos chancletero y no tan divertido, pero con el mismo cinismo resentido, casi maniático, hacia apocalípticos e integrados a que nos acostumbró Fermín Gabor, Antonio José Ponte -un autor inédito en Cuba, según la nota de solapa, falsedad evidente que predispone antes de entrar- llega en este libro al “final de toda fiesta de disfraces: el momento de abandonar las máscaras”.

Y creo que también de eso se trata: Ponte, Rojas, Duanel… participan conscientemente de una guerra ahora cultural que, según las últimas teorías de los grupos de poder que controlan el Imperio, no es necesario siquiera declarar en su fase militar. No se van a molestar ni más ni menos porque entendamos y digamos de una vez que lo que quieren es que la Revolución Cubana se acabe para siempre y que a ese fin aplican sus talentos, sin demasiados escrúpulos sobre los modos de conseguirlo. Propongo, entonces, que no demos muchas vueltas a la noria y nos planteemos la pregunta necesaria, ya ineludible: ¿por qué consentimos que dispongan a su antojo de ese falso derecho a ocupar sin objeción los territorios de la memoria –ese campo de batalla que, recogiendo el guante lanzado, esta mesa nos propone- presentándose a sí mismos como intelectuales libres de compromiso con todo poder, víctimas de una sociedad que en los hechos los aceptó y promovió con más anuencia que a otros hasta que ellos se autoexcluyeron cuando más convino a sus intereses, falseando la macro y la micro historia a su antojo, con miradas sobre el pasado, el presente y el futuro de Cuba que la mayoría de nosotros consideramos equivocadas, carentes de pertinencia, fundamento y argumentación, y que no compartimos?

Creo que nos asiste el derecho intelectual y ciudadano a disentir, a probar nuestras verdades, a proponer nuestra propia mirada, a tratar de encontrar respuestas, a realizar nuestras pequeñas maniobras, a intentar la recuperación de nuestro pan dormido, y evitar quizá la disfunción del campo que, ellos, nuestros adversarios, tratan continuamente de minar. Y sobre todo nos asiste el derecho a pensar por nosotros mismos, a plantear las preguntas de fondo, sin mediaciones exteriores ni aprobaciones internas y sin miedos, ser capaces de hacer también las necesarias preguntas sobre el aquí y ahora, sobre el aquí y ayer, sobre el mañana que viviremos aquí, como individuos y como país.

Es la mejor manera que conozco de olvidarlos y creo que es la única manera de ganar para nuestros hijos esa memoria del futuro que ahora nos ocupa.
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Ilustración : Siegfried Woldhek - http://www.woldhek.nl/

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